¡Dios mío, señorita! ¡Cuánto me he asustado esta mañana, cuando el padre Portail me ha dicho el accidente que ocurrió ayer en su casa, y que le he comunicado a toda la compañía!; le he dicho lo que nuestro Señor les dijo a los que le preguntaban por el motivo de que hubieran muerto bajo las ruinas aquellos judíos, cuando la caída de la torre de Jericó: que esto no se debía a los pecados de aquellas personas, ni a los de sus padres o sus madres, sino para manifestar la gloria de Dios. A usted le digo ciertamente lo mismo, señorita: que este accidente no ha ocurrido ni por sus pecados ni por los de nuestras queridas hermanas, sino para advertirnos a todos los que lo hemos conocido que hemos de vivir de forma que nunca nos sorprenda la muerte, y para que usted vea en estas circunstancias un nuevo motivo para amar a Dios más que nunca, ya que él la ha preservado como a la niña de sus ojos, en un accidente en el que debería haber muerto usted bajo las ruinas, si Dios no hubiese detenido ese golpe con su amable providencia. Todos le hemos dado gracias a Dios; entretanto, con la ayuda de Dios, espero tener la dicha de verla por aquí, si viene usted a vísperas, o bien en su casa; le mando estas líneas para saludarle y darle de antemano los buenos días.
Soy s. s.
V. D.
Dirección: A la señorita Le Gras.







