San Lázaro, 17 de marzo de 1642.
Padre:
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
Recibí la suya del día 23 de febrero desde Lión hace solamente dos o tres días, por lo que estaba un poco preocupado. Recibimos antes la que usted escribió desde Aviñón al padre Soufliers. Pues bien, le diré en respuesta a la suya y luego a la del padre Soufliers, que pagaremos todas las sumas que usted recibió en Lión y que, por no haber recibido la suya a su debido tiempo, sólo habíamos pagado unas mil libras en dos cantidades, según lo que señalaban sus letras de cambio, pero no la letra del señor Morand, caballerizo mayor de Lión; lo haremos en cuanto podamos; desde ahora, para evitar toda confusión, le ruego que no tome ahí nada más que lo necesario para vivir, en el caso de que yo no se lo haya mandado, sabiendo su necesidad, y de la forma que usted me escribió.
Le doy gracias a Dios por las que le ha concedido en todo cuanto usted me escribe, y le ruego que se las siga concediendo en adelante, sobre todo conservándole en perfecto estado de salud, [de la que] le ruego que se cuide mucho, y para ello que busque un alojamiento [bien] aireado y se muestre un tanto supersticioso en esas normas de [salir] y volver a Roma en los tiempos que el vulgo cree convenientes; por no haberlo hecho así, el buen padre Lebreton ha privado a la compañía de su persona.
Hemos consultado seriamente a siete de la compañía, (a seis por una parte y al otro en privado, porque tenía que marcharse al campo) a propósito de los apuntes dictados de los que usted [escribía] al padre Soufliers; pensadas y consideradas todas las cosas, cinco hemos sido contrarios a esos apuntes; y [entre esos] se encuentran los dos que se consideran más sabios de la compañía. Estas son nuestras razones.
La primera es por parte de la ciencia que se desea enseñar, la cual será más segura, siendo de un autor aprobado, que la que con tienen los escritos de un particular.
En segundo lugar, por parte de los prelados y del público, que preferirán a un autor aprobado antes que los escritos de un hombre joven que no ha dado ninguna prueba de su ciencia más que en los púlpitos.
3.° Por parte de la compañía, en la cual hay más sujetos que puedan explicar útilmente un autor que personas capaces de dictar; además, así no se verá expuesta a la censura de sus lecciones y no atraerá tanta envidia por lo que haga.
4.° Por parte de los que enseñan, a los que resultará mucho más útil explicar un autor que componer apuntes, si no los saca como usted lo ha hecho, de Bonacina o de algún otro autor; en ese caso, cuando se ha descubierto al autor, se burlan del maestro. Y si se sacan de la cabeza, es preciso ser profesor de teología para ello o tener mucha capacidad, y gastar mucho tiempo en consultar los autores, y no hacer más que eso. Y adiós la preocupación por hacer que repitan bien los alumnos, en lo que consiste el fruto principal; y adiós también el cuidado de lo espiritual y todo lo demás. Y si su espíritu ha sido capaz de hacer todo eso hasta ahora, habría que ver qué es lo que puede en adelante. De todas formas, si usted puede hacerlo, no todo el mundo tiene la fuerza del espíritu que nuestro Señor le ha podido dar para atender a todo eso.
5.° Por parte de los seminaristas, puede ser que sean teólogos o no. Si lo son, no entrarán en el seminario para aprender la moral, sino más bien la piedad y las demás cosas que les serán convenientes; tampoco los licenciados en teología de la Sorbona entran entre los ordenandos para aprender la doctrina que allí se enseña, sino para hacerse mejores. Si no son teólogos, nadie podrá contentarse con [dictarle] los apuntes, como se hace de ordinario en la Sorbona; el maestro que les enseñe creerá que ya ha hecho bastante dándoles los apuntes y que bastante tiene con haber trabajado en componerlos y en dár[selos]; y Dios quiera que los alumnos piensen luego en estudiar;os! Pero si son ignorantes, como son la mayoría desgraciadamente, ¿de qué les servirá que se haya tomado uno tanto trabajo por ellos? ¿No hubiera sido mejor haber gastado el tiempo en interpretarles bien los libros, en hacer que aprendieran de memoria y que repitieran a un autor, en vez de: perder el tiempo haciendo que escriban, ya que todo su aprovechamiento tiene que consistir en estudiarlo de memoria y en repetirlo?
Se puede objetar que los discípulos sentirán la tentación de salirse, si no se les da algo de la propia cosecha, y que no tendrán tan buena opinión de su profesor. Quizás esto fuese verdad si no hubiera otros atractivos en el seminario; pero tiene usted el de la piedad, que puede ser un gran atractivo, si Dios quiere que haya allí hombres muy piadosos; tiene usted el canto, las conferencias, las ceremonias, la instrucción, la catequesis y la predicación, y sobre todo el buen olor que brotará de la buena vida de todos los que sean educados de esa forma, y la forma con que los buscarán para las diversas ocupaciones.
La compañía de externos, que vienen a tener las conferencias en San Lázaro, hace profesión de tratar las materias con mucha sencillez; y apenas alguno se pone a ostentar mayor doctrina o adornar su lenguaje, inmediatamente se me vienen a quejar para que lo remedie; el último que ha venido a hacerlo ha sido el señor Tristán, doctor en teología, que es de ese grupo. Y sin embargo nuestro Señor permite que todos tengan ganas de venir. El último que hemos recibido ha sido el señor abad de Saint-Floran, consejero del parlamento. Créame, padre, que el espíritu de nuestro Señor no es un espíritu de querer hacer cosas para hacerse estimar y me parece que el de la Misión tiene que ser el de buscar su grandeza en la humildad, y su reputación en su amor al desprecio.
Se ha dicho que es más fácil componer y dictar que explicar un autor. Si eso es lo que a usted le pasa, enhorabuena; pero me parece que no es eso lo razonable. Hay más dificultad en pensar las materias, en ver los diversos autores, en ordenar mentalmente la materia y en escribirla personalmente, y luego dictarla y explicar, que en explicar solamente.
Se ha dicho que las cosas se aprenden escribiendo. Sería de desear que así fuese; pero los que escriben en la Sorbona nos hacen ver precisamente lo contrario. Es cierto que cierto pequeño número [de ideas magis afficiunt, pero la mayor parte de ellas nec afficiunt nec memoria capiuntur].
Se objetará que los maestros se harán de esta forma más sabios, ya que estudiarán las materias a fondo y consultarán a varios autores para ello. Sí, pero entonces no podrán hacer otra cosa más que estudiar y escribir; y siendo así, quién instruirá a los seminaristas en las cosas interiores? ¿Quién les enseñará las ceremonias? ¿Quién les enseñará a catequizar y a predicar y quién hará que se observe regularmente la disciplina? Se necesitará un montón de gente para cada seminario. ¿Y quién los mantendrá y en qué se convertirán las misiones? Me dirá usted que en Annecy lo ha podido hacer esto uno solo. Es verdad; pero no pasa lo mismo en todos los lugares y con todos los misioneros, aparte de que allí no se hizo más que comenzar.
Se alega finalmente el ejemplo de los reverendos padres jesuitas y el de la universidad de París; pero no es lo mismo. Ellos hacen profesión pública de enseñar las ciencias y tienen necesidad de reputación; pero en el seminario se tiene más necesidad de piedad y de una ciencia regular con el conocimiento del canto, de las ceremonias, de la predicación y del catecismo, que no de mucha doctrina. ¿Y qué diremos de las universidades de España, donde no se sabe qué es eso de dictar en clase y donde se contentan con explicar, y donde sin embargo están todos de acuerdo en que los teólogos son más profundos que [en las demás partes?] Además, si ahora se introdujese esa moda de componerlo y de dictarlo todo, dentro de poco tiempo vería usted cómo se diría que, para tener hombres capaces para ello, habría que tener colegios y enseñar. ¡Ay, Jesús!; si así fuera, ¿qué pasaría con el pobre pueblo?
Todas estas consideraciones hacen que sigamos explicando a Binsfeld, como habíamos empezado [con] la bendición de Dios, y que le ruegue a usted que se atenga a ello, así como también que sujete sus pensamientos a las decisiones que aquí se tomen, no digo solamente en lo tocante a este punto, sino en todas las cosas, y que no haga nada importante sin escribirme y haber recibido mi contestación.
Fíjese, padre, cómo usted y yo nos dejamos llevar demasiado por nuestras opiniones. Sin embargo, está usted en un lugar donde se necesita una exquisita prudencia y circunspección. Siempre he oído decir que los italianos son las personas más precavidas del mundo y que suelen desconfiar de las personas que van aprisa. La prudencia, la paciencia y la mansedumbre lo logran todo entre ellos y con el tiempo; y como se sabe que nosotros, los franceses, vamos demasiado aprisa, les gusta dejarnos mucho tiempo en la calle, sin comprometerse con nosotros.
En nombre de Dios, padre, tenga cuidado con esto y no pase nunca por encima de las órdenes que reciba de nosotros, como hizo en el caso del señor Thévenin. ¿Con qué buena conciencia podría usted tomar lo que le enviaba para él? Dice usted que es un loco y que anda pidiendo limosna por los caminos y gastando poco. Pase; pero usted tenía que creer que yo tenía alguna razón especial para ello, y debía pensar que quizás ese dinero no era de aquí, como no lo es en efecto. En nombre de Dios, padre, ponga atención en esto y creamos que siempre haremos la voluntad de Dios y él la nuestra cuando hagamos la de nuestros superiores, mientras que caeremos en mil inconvenientes y desórdenes cuando obremos de otro modo.
Escríbame todas las cosas y le prometo que le contestaré en todos los correos ordinarios, o al menos cada quince días; y lo que tenga que comunicarme, haga el favor de decírmelo personalmente.
Además de la carta que me escriba sobre los asuntos particulares, escríbame otra para que la pueda enseñar.
También convendrá que le escriba usted al señor de Montmaur, inspector de hacienda, que nos ha ayudado en esta ocasión; si la cosa va bien tenemos motivos para esperar que seguirá concediéndonos su ayuda. Su carta convendrá que tienda a darle gracias y a rogarle que acepte la rendición de cuentas que usted le dará de vez en cuando relativa a sus asuntos. También convendrá que le escriba usted en alguna ocasión a la señora duquesa de Aiguillon y a la señora presidenta de Herse, que también nos han favorecido en esta ocasión. Pero no hable de ninguno de ellos con nadie y haga el favor de enviarme sus cartas abiertas.
Bien, padre, le he escrito ya un montón de cosas; pero ¿con quién podría hablar sencillamente y con total confianza más que con usted, que es mi otro yo, y a quien quiero más que a mí mismo? Ciertamente, le abriré siempre mi corazón y no me reservaré nada sin decírselo, ya que conozco el fondo del suyo y el amor que nuestro Señor le ha dado por mí, que soy en su amor, de usted y de toda su querida comunidad, a quien abrazo en espíritu, prosternado a sus pies, su muy humilde y obediente servidor.
VICENTE DEPAUL
SEGUNDA REDACCION
París, 18 de marzo de 1642.
Padre:
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
¡Bendito sea Dios porque creo que ya habrá llegado finalmente a Roma! ¡Quiera su divina bondad que sea para su gloria y que usted se conserve en perfecta salud! Le ruego, padre, que haga todo lo posible para ello y que, con este fin, se aloje en lugares donde haya buenos aires y que sea incluso un poco supersticioso en la observancia de los tiempos en que el vulgo considera peligroso salir de Roma y volver de nuevo a dormir. Al buen padre Lebretón lo hemos perdido por no hacerlo.
He pagado sus letras de cambio de Lión, excepto la de mil libras del señor Morand, ya que no lo supimos hasta hace dos días. Es conveniente que no tome usted nada en Roma sin avisarme y aguardar mi respuesta, a no ser para el alimento.
Hemos consultado seriamente a siete de la compañía sobre e] asunto del dictado de apuntes; cinco de ellos están en contra, de forma que se seguirá explicando a un autor sin dictar, como habíamos empezado con la bendición de Dios. He aquí las razones.
La primera es por parte de la ciencia que se desea enseñar, que será más segura si es la de un autor aprobado que la de los escritos de un particular.
La segunda de parte de los prelados y del público, que preferirán a un autor aprobado y escogido antes que a un joven profesor que sólo habrá demostrado su suficiencia en los bancos.
La tercera de parte de la compañía, ya que ésta tiene más sujetos para explicar con utilidad un autor, que otros preparados para componer y dictar, y por consiguiente podrá servir a la Iglesia en más lugares y verse menos sujeta a la envidia.
La cuarta es de parte de los que enseñan, a los que resultará mucho más fácil, dígase lo que se diga, explicar que componer y dictar, a no ser que saquen sus apuntes de un autor, por ejemplo Bonacina, y cuando los alumnos lo descubren, se burlan del profesor o lo desprecian. Y si se lo sacan de la cabeza, hay que tener la competencia de un profesor de teología para ello. Además, hay que gastar mucho tiempo para ver los diversos autores y no hacer más que eso; siendo esto así, ¿cómo se podrá explicar bien, hacer las repeticiones y cuidarse de lo espiritual y de los demás ejercicios? Y si usted ha hecho todo eso, no todos tienen tanta fuerza para ello, y quizás usted mismo se cansaría con el tiempo. Por otra parte, si los profesores vuelven a dar los mismos apuntes a la segunda tanda de seminaristas, dirán que no sabe más que la misma canción. ¿Y qué diferencia habría entre hacer esto y seguir siempre al mismo autor? Y si siempre están componiendo nuevos apuntes, no podrán hacer mas que eso.
La quinta razón es por parte de los seminaristas, que serán sabios o ignorantes; si saben, no entrarán en el seminario para aprender la moral, sino para hacerse mejores y para aprender las demás cosas que allí se enseñan, como hacen los bachilleres en teología que vienen con los ordenandos y los doctores que celebran la reunión de eclesiásticos en San Lázaro, donde se profesa tanta humildad y sencillez en las materias que se tratan; y si son ignorantes, ¡ay, padre!, ¿de qué les servirán los apuntes?
Estas son las razones por las que hemos tomado la resolución que acabo de decirle, que consiste en explicar a un autor; y esta es la respuesta a las objeciones que presenta su carta escrita al padre Soufliers.
Se dice que los seminaristas no tendrán tan buena opinión de sus profesores y que sentirán la tentación de dejar el seminario, si no se les dan apuntes. Pues bien, se responde que esto sería verdad si en el seminario no hubiera otros atractivos más que la ciencia, y suponiendo que todos los seminaristas fuesen sabios; pero tiene usted además el atractivo de la piedad, el del canto, las ceremonias, el catecismo, la predicación, y finalmente el de la reputación de los que han estado en él, a los que preferirán para los cargos, los diversos oficios y beneficios. El señor penitenciario se fija ya en los nuestros para emplearlos en los monasterios y en cargos semejantes.
La tercera objeción es que resulta más fácil componer y dictar que interpretar a un autor y hacerlo repetir. Esto me parece paradójico, ya que para lo primero hay que estudiar, ver los autores, componer, dictar y explicar, mientras que para lo segundo no hay que hacer más que estudiar, explicar y repetir.
La cuarta objeción es que las cosas se aprenden escribiéndolas. Confieso que es así cuando se trata de unas pocas cosas que hay que retener; pero cuando hay muchas, la experiencia demuestra lo contrario, [como] en la Sorbona, donde los que no tienen más que apuntes ignoran las cosas como los que no tienen absolutamente nada.
Se dice además que, por este medio, los profesores se harán más sabios, ya que estudiarán las materias a fondo y consultarán a varios autores. Es verdad; pero entonces no podrán hacer otra cosa más que estudiar, componer y dictar; y de esa forma, ¿quién enseñará la piedad, el canto y las ceremonias? ¿Quién enseñará a tener la catequesis y a predicar? Se necesitarán casi tantos hombres como los diversos ejercicios que haya en cada seminario. ¿Y dónde encontraremos tantos hombres como se necesitan y los fondos para mantenerlos? Si se responde que en Annecy hay bastantes para todo esto. Le diré, como antes dije, que eso estará bien para aquel lugar y para el comienzo, pero que el trato con los ordenandos nos hace experimentar aquí lo contrario.
Se objeta finalmente la práctica de los reverendos padres jesuitas y de las universidades. Distingo en cuanto a las universidades. En España no se dicta nunca, a pesar de que hay allí tan grandes teólogos. Además, no es lo mismo; esas corporaciones, en Francia, hacen profesión de enseñar las letras.
Le aseguro, padre, que si aceptamos ese espíritu, pronto empezaríamos a ver en la compañía que era menester tomar colegios y enseñar en público, para tener personas más sabias que puedan enseñar a los seminaristas. Y si así fuera, ¡ay, padre! ¿qué sería del pobre pueblo del [campo] y en qué clase de espíritu nos meteríamos, si quisiésemos ir a la par con esas grandes corporaciones en lo que a la ciencia se refiere? ¿Adonde iría a parar la santa humildad, en la que Dios ha querido concebir, dar a luz y educar a esta pequeña compañía hasta el presente?
Pues bien, teniendo en cuenta todo esto, padre, no proponga ya más esta cuestión. Manténgase firme en las decisiones que aquí se adopten en todas las cosas; no haga nada sin escribirnos y sin haber esperado nuestra respuesta; quiero decir: nada que tenga alguna importancia. Haga el favor de acordarse de lo que le escribí a Annecy.
Tengo muchas cosas que decirle sobre lo que usted ha hecho con ese buen sacerdote del Delfinado; otra vez será, si Dios quiere.
Escríbame con frecuencia, y cada tres meses al señor de Montmaur, inspector de hacienda, que nos ayuda a mantenerle a usted, y las señoras duquesas de Aiguillon y de Herse. A nosotros escríbanos una carta en donde se hable de las cosas particulares, y otra para que puedan verla los demás. Las del señor de Montmaur y las de esas señoras, que sea,n para agradecer su ayuda, para asegurarles sus oraciones, para decirles en resumen la situación de la compañía, lo que puede esperarse en la cuestión de los ordenandos, y pídales que sigan manteniendo la buena voluntad que tienen por esa casa. A ninguno de e]los le gusta que se publiquen los favores que nos han hecho.
Espero escribirle cada quince días y quizás en todos los correos ordinarios. Si usted me escribe, y la cosa lo requiere, haga el favor de escribirme a mí solo, y no a otras personas para que me lo digan.
Esto es todo cuanto tengo que decirle de momento. Me queda mandarle un abrazo para toda esa querida compañía, como lo hago prosternado en espíritu a los pies de usted y de todos ellos. Soy, en el amor de nuestro Señor y de su santa Madre, su muy humilde y obediente servidor.
VICENTE DEPAUL
Indigno sacerdote de la Misión







