Vicente de Paúl, Carta 0410: A La Madre De La Trinidad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl · Year of first publication: 1972 · Source: Obras completas de san Vicente de Paúl.
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San Lázaro, en París, 28 de agosto de 1639

Mi queridísima madre:

¡El espíritu de unión por el que el Hijo de Dios unió a los hombres con su Padre sea siempre con usted!

Le doy un millón de gracias, mi querida madre, por la ardiente caridad con la que ha hecho el favor de escribirme; y, puesto que ha sido Dios el que para ello ha movido su querido corazón, y el que le inspira todo cuanto me dice, lo abrazo con toda la reverencia y el afecto que me es posible y le prometo, mi muy única madre, cumplir con toda exactitud lo que le place prescribirme. Es verdad. mi querida madre, que temo mucho que mi miseria haya dado muchos motivos de pena a nuestro bondadosísimo y amabilísimo comendador. Pero ¿qué otra cosa puede salir de un miserable pecador más que defectos y faltas en todas las cosas?; y esto, sin embargo, ha sido sin ninguna mala voluntad, que jamás he tenido, desde que tuve el honor de ser conocido por él, y mucho tiempo antes de honrarle y respetarle como un gran siervo de Dios, a quien soy indigno f!e acercarme. Y Puesto que no tengo ningún otro medio para sa tisfacerle más que el de recurrir a su bondad, lo hago, mi querida madre, por medio de la de usted y le pido muy humildemente perdón, quedando postrado en espíritu a los pies de él y a los suyos, y ciertamente con movimiento de lágrimas que mi corazón muy conmovido y enternecido envía a mis ojos.

Y puesto que es tan bueno que acoge mi petición en relación con monseñor de T[royes]. Y le parece bien que tenga una habitación en la casa, se lo agradezco muy humildemente y le suplico, en nombre de Nuestro Señor, que compadezca igualmente mi ruindad en relación con el otro punto que se refiere al consentimiento de la ciudad, y que haga el favor de hablarles él mismo, ya que no cree conveniente hacer que les escriban; porque sin dificultad, mi querida madre, no nos sufrirán allí. Me han dicho que la mujer de un magistrado ha dicho a una persona estas palabras: «¡Que no se les ocurra establecer en el arrabal a los sacerdotes de la Misión! ¡no los toleraremos!». ¡Qué disgusto tendría, mi querida madre, el señor comendador si viese que le ofenden de este modo en la obra de sus manos’ Si, haciendo con sencillez todo lo que esté en nosotros, nos rechazan, que sea en buena hora, y así conoceremos la voluntad de Dios; nos acomodaremos como podamos fuera del ámbito de la ciudad y de los barrios. Y si ellos lo aceptan, como espero, cuando les hable el señor comendador, será para nosotros un gran consuelo haber entrado en este establecimiento por la puerta de la deferencia, de la sumisión, de la humildad, de la sencillez, del candor y de la caridad. Si esto va en contra de sus sentimientos, mi querida madre, o de los del señor comendador, le pido muy humildemente perdón y también a él, y le suplico una vez más, en nombre de Nuestro Señor, que me soporte en esta miseria. Quiero creer que su presencia impedirá que se cometa alguna violencia, pero no tengo la menor duda de que, apenas haya vuelto la espalda, obrarán de otra manera.

Sé muy bien, mi querida madre, que santa Teresa actuó de manera muy distinta en algunas de sus fundaciones; pero ¿qué?, ella era una santa que tenía para ello la inspiración de Dios. Y además, mi querida madre, no sé si habría actuado de ese modo con un pueblo que tuviera aversión de los nuevos establecimientos y lo hubiera demostrado en varias ocasiones. Por eso suplico a su caridad con mucha insistencia que acepte con agrado lo que le propongo con toda la humildad y el respeto que me es posible y que se lo proponga así a dicho señor comendador, y que le diga también que con mucho gusto veo bien que tome las cuatro mil quinientas libras que están en manos de nuestras queridas hermanas de santa María, donde el buen monseñor de Troyes quiso ponerlas al principio. Le escribo a este efecto al padre Dufestel que haga entregar dicha suma al citado señor comendador cuando él lo indique.

Por lo que respecta al aumento de la fundación de Ginebra, no puedo ciertamente, mi querida madre, expresarle todo el agradecimiento que Nuestro Señor me da; y puesto que tengo tan poca gracia que no lo sé testimoniar bien, le suplico muy humildemente, mi querida madre, que me ayude a dar las gracias por ello y le asegure mi obediencia. Y para usted, mi querida madre, como tampoco soy digno de agradecerle oportunamente todas las gracias que recibimos incesantemente de su caridad, ruego a Nuestro Señor, mi querida madre, que lo haga él mismo y que sea él nuestro agradecimiento, y soy, en su amor y en el de su santa madre, mi queridísima madre, su muy humilde y obediente servidor.

VICENTE DEPAUL

Dirección: A mi reverenda madre de la Trinidad, superiora de las carmelitas del arrabal de Troyes, en Troyes.

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