Señorita:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
El padre du Coudray no tenía nada que decirle de su hijo, ni yo tampoco, a no ser preguntar si le agrada su estancia en Bons-Enfants, ya que la habitación con fuego de encima de la puerta está vacía y la hospedera me ha preguntado si la tomábamos para él. Lo que yo le digo es sencillamente: dígame cuál es su voluntad. El padre du Coudray no tenía el encargo de hablarle de este asunto, ni de alguna otra cosa sobre él; esté segura de que no tenemos ninguna queja de él y que sentiría mucho que no le agradase su morada y que la cambiase, a no ser por otra mejor, que no creo que haya, según creo.
Una muchacha ciega de Argenteuil, que gobierna la Caridad de aquel lugar, vino a verme con una prima de Bárbara de Saint-Leu, y me urgió para que yo consintiese que ella entrase en las religiosas que hace poco están en aquel lugar, pero no lo consentí. Sin embargo, ella ha saltado por encima de todo. Ha sido su viaje a la boda de su hermano lo que le ha dado la ocasión. ¡Bendito sea Dios! Hay que acatar el orden de su providencia y rezar por esa buena joven, para que quiera Dios darle la perseverancia y pensar qué es lo que usted le ha de dar.
Me parece ciertamente que hará bien en enviar a María, de San Pablo, a San Germán. No creo que sea preciso poner allí a Nicolasa, de San Salvador, al menos por largo tiempo. ¿Y a quién tiene para Saint-Leu, si Enriqueta se marcha a Villers, como dice usted y ella me pidió ayer?
Hoy enviaré al padre Benito a ver a su buena hermana, a la que saludo de todo corazón. Estoy un poco apenado por esa buena joven y por la pobre señora Goussault, a la que vi ayer por la tarde con su fiebre continua y con opresión de estómago. Estaba, sin embargo, algo mejor que el día antes; pero me han dicho que cambia frecuentemente de estado. La iban a sangrar media hora después. No le digo que la ofrezca a Dios: estoy seguro que no lo dejará de hacer. Le dije que su indisposición la retenía a usted en la cama. Le ruego que siga acostada y que no piense en ir a verla.
No me preocupo por usted, por la gracia de Dios. Pensaba haber ido a verla ayer; pero estuve muy ocupado y tuve que excusarme ante dos damas de ir a La Chapelle. Me gustaría conocer su situación actual. La mía va mejor, gracias a Dios, y me propongo ir al campo, según su aviso; nuestra conferencia del martes y el retiro del señor de la Marguerie me lo han impedido hasta el presente. ¿Me ha indicado que deseaba que la viera antes?
Buenos días, señorita. Soy
V. D.
Hoy no podrá ir a misa sin ponerse peor; óigala desde la cama, por favor, tal como la Introducción a la vida devota lo enseña, y esto tranquilamente, sin esfuerzo. ¿No es en su casa donde está enferma María Bécu?
Dirección: A la señorita Le Gras.







