París, 15 agosto 1636
Sería tan poco conveniente mandar que viniera acá el hermano [Felipe], que, en caso de estar aquí, habría que mandarlo a otra parte, ya que París está esperando el asedio de los españoles que han entrado en la Picardía y la están devastando con un poderoso ejército, cuya vanguardia se extiende hasta 10 ó 12 leguas de aquí, de forma que el pueblo llano huye a París; y París anda tan asustado que muchos huyen a otras ciudades. El Rey, sin embargo, intenta levantar un ejército para oponerse, ya que los suyos están fuera o en las extremidades del reino; y el lugar donde se levantan y se arman las compañías es aquí, de forma que el establo, la leñera, las salas y el claustro están llenos de armas, y los patios de gente de guerra. El mismo día de la Asunción no se ha visto libre de este jaleo tumultuoso. El tambor empieza a redoblar, aunque sólo sean las siete de la mañana, de suerte que en sólo ocho días se han formado aquí 72 compañías. Pues bien, aunque esto sea así, toda nuestra Compañía no deja de hacer su retiro, exceptuando a tres o cuatro, pero para marchar e irse a trabajar a lugares apartados, a fin de que, en caso de asedio, la mayor parte se vean libres del peligro que se corre en casos semejantes. Le escribo al señor abad que podré enviarle cuatro o cinco sacerdotes de la Compañía y le pido la caridad para ello. Enviaré otro grupo a los señores de Arlés y de Cahors, y espero que marchen lo antes posible, antes de que los asuntos se enreden todavía más. He tenido órdenes de actuar de este modo por parte de nuestro Superior, Y nuestros amigos lo aprueban, ya que no podrían trabajar en estos barrios, agitados de momento. Pues bien, juzgue de ello usted y pida la opinión a ese buen hermano si es conveniente que venga.
Soy de su parecer, y por eso siempre he albergado dudas, porque tiene una naturaleza perezosa y se ve tentado por el demonio de la holgazanería: ya puede acordarse de que se lo he dicho. Le suplico que le ayude a resistirle, y esto por el camino de la mansedumbre y la persuasión, y no por la fuerza, como solemos hacer. Los espíritus enfermos tienen que ser tratados con más delicadeza y caridad que los cuerpos.
En cuanto a la aversión que el padre Le P. manifiesta tener en contra de los ejercicios de la Misión, hay que honrar la mansedumbre, la paciencia y la humildad de Nuestro Señor con aquellos que manifestaban disensión de su persona y su doctrina y obrar en ello como él obraba.







