Padre:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
He recibido la suya, del ocho de octubre me parece, por la que me dice que el señor Le Bret le ha indicado a usted lo que ha dicho su primo, dom Le Bret, a propósito de su regreso. Pues bien, es preciso que le diga, de parte de Dios, en cuya presencia le hablo, que no sé lo que pasa, que no he hablado ni una palabra de esto con dom Le Bret, que yo sepa, que le haya dado ningún motivo para escribir eso, ni cosa parecida; pero que quizá todo esto proviene de que se le ha dicho desde ahí que no tiene usted nada que hacer en Roma y que había usted dicho que tenía que partir dentro de quince días. Eso es todo lo que sé por la conjetura que le digo; porque ese buen padre no me ha dicho nada de lo que ha escrito.
En cuanto a lo de haber dicho personalmente cosas de este estilo, le diré que, hablando de nuestros asuntos en Roma con ese buen padre, porque el señor Le Bret le escribe todo lo que se hace, hablando repito de nuestra estancia en Ferrara, le hablé de la pena que sentía por ello, sin haberle dicho nada más que lo que podría haber dicho en su presencia sin darle ningún motivo de pena, y que es verdad que ese buen padre, por el celo que tiene por nosotros, que dudo mucho lo tenga yo tan grande por la Misión como él, me dijo que quería escribirle a su primo que recogiese las bulas durante la ausencia de usted. Pues bien, como él me lo dijo espontáneamente, yo no puse tanta atención, pero, habiendo repasado en mi ánimo todo esto, fui luego a rogarle inmediatamente que no lo hiciera, porque tenía miedo de que esto le causase alguna pena, y que yo me daba cuenta de que convenía que lo hiciera usted. Sin embargo, luego supe que había escrito alguna cosa sobre ello, lo cual me supo muy mal.
He aquí, padre, todo cuanto puedo decirle sobre esto, con toda la libertad y sencillez que me es posible. No crea, por tanto, que ese buen padre tenga de usted algún sentimiento que no sea bueno, gracias a Dios, y que está lleno de estima y de afecto, y ciertamente con motivo. Por eso, le suplico con toda humildad que no dé lugar a ningún pensamiento contrario a lo que le digo, y que aleje esas ideas que por su carta veo que se ha forjado sobre mí y sobre ese buen padre. Ya sabe que la bondad de su corazón me ha dado, gracias a Dios, la libertad de hablarle con toda confianza y sin ocultarle nada; creo que habrá podido conocer esto hasta el presente por la conducta que he guardado con usted.¡Jesús, Dios mío! ¿Tendré que reconocer con pena que he dicho o hecho algo respecto a usted en contra de la santa sencillez? ¡Dios me guarde, padre, de obrar así con ninguna persona! La virtud que más aprecio y en la que pongo más atención en mi conducta, según creo; y, si me es permitido decirlo, diría que en ella he realizado algunos progresos, por la misericordia de Dios.
En nombre de Dios, mi padrecito, rechace esos pensamientos como tentaciones que pone el espíritu maligno en su espíritu y crea que mi corazón no es tan mío como suyo, y que usted es para mí el mejor consuelo y placer, y que es eso lo que me hace esperar su regreso; pero no quiero que sea durante el rigor del invierno y con esos peligros, sino de la manera como le indiqué en mi última, esto es, en el mes de febrero o marzo, a no ser que encuentre sitio en las galeras de Francia que tienen que llevar a Roma al cardenal de Lyón, que tiene que marchar para adviento, en cuyo caso sería conveniente o bien pedirle al padre Gilioli que le fuera a buscar a Roma, o marchar a esperar las galeras en Livorno, que es el puerto de mar de Florencia.
Nada digo del asunto de san Lázaro, porque ya indiqué que le rogaba hiciera firmar la súplica por el papa para poner las cosas en forma de poder hacerse dentro de cincuenta años, como me indica, y si todo pudiera conseguirse a buen precio, habría que procurarlo.
Está bien, padre; esto es todo lo que tengo que decirle de momento sobre mí, si no es que le saludo con todo el cariño de mi corazón y que le ruego que cuide de su salud; soy, en el amor de Nuestro Señor, su muy humilde y obediente servidor.
VICENTE DEPAUL
San Lázaro, 6 noviembre 1634.
Dirección: Al padre du Coudray, sacerdote de la Misión, en Roma.







