Señorita:
La caridad de Jesucristo, que la une conmigo, sea su salud.
Acabo de enterarme que se encuentra usted algo indispuesta, lo que lamento y le ruego que haga todo lo posible por curarse para su servicio; y le agradezco muy humildemente tantas preocupaciones y caridad como se toma por mí, ese buen pan, esas confituras, esas manzanas y todo lo que me acabo de enterar que me ha enviado. Ciertamente, señorita, es demasiado. Dios sabe con qué corazón lo recibo; pero lo hago siempre con cierto temor de que se prive de lo necesario para practicar la caridad. En nombre de Dios, no lo haga más.
Hoy he salido y no me encuentro mal; mañana será menester que vaya hasta san Lázaro. Confieso que he trabajado estos días aquí algo bien; pero ya he terminado, gracias a Dios.
Partió ya para Roma nuestro despacho; como ahora sólo hemos de trabajar en cosas menos urgentes, podré venir mañana a dormir aquí y estar algunos días. Me reservo para verla mañana en misa; pero si su catarro la obliga a estar en la habitación, le ruego que no se mueva; nos veremos a la vuelta. Si no la veo mañana en su casa antes de partir, será para practicar la regla de los misioneros con las personas de la Caridad. Pero si lo desea, no tiene más que decirlo si por ventura sigue indispuesta.
No he hablado con la señora del guardasellos; creo que será mejor hacerlo con la señora presidenta Goussault o con la señora Poulaillon, con las que hablaré. Entre tanto la deseo buenas tardes y soy, en el amor de Nuestro Señor, s. s.
V. D.
Dirección: A la señorita Le Gras.







