Vicente de Paúl, Carta 0001: Al Señor de Comet

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Vicente de Paúl · Año publicación original: 1972 · Fuente: Obras completas de san Vicente de Paúl.
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Señor

Hace dos años, al contemplar los favorables progresos de mis asuntos, cualquiera hubiera podido decir que la fortuna, en contra de mis méritos, se afanaba en hacerme más envidiado que imitado; por desgracia, eso no era más que para representar en mí su inconstancia y su capricho, convirtiendo luego su gracia en desgracia y su ventura en desventura.

Ha podido usted saber, por estar al tanto de mis asuntos, cómo encontré, a mi regreso de Bordeaux, un testamento hecho a mi favor por una buena señora anciana de Toulouse, cuyos bienes consistían en algunos muebles y unas tierras que la Cámara bipartita de Castres le había adjudicado por trescientos o cuatrocientos escudos que un bribón malvado le debía; para retirar una parte de ellos, me encaminé allí para vender dichos bienes, aconsejado de mis mejores amigos y de la necesidad que tenía de dinero para satisfacer las deudas que había contraído y los grandes gastos que suponía tendría que hacer para llevar a cabo el asunto que mi temeridad no me permite nombrar.

Al llegar a aquel lugar, me encontré con que el bribón había abandonado su país, huyendo de una orden de captura que la buena mujer había conseguido contra él por esta misma deuda, y me advirtieron cómo realizaba buenos negocios en Marsella y que disponía de abundantes medios. Por lo cual mi procurador concluyó (tal como, en realidad, la naturaleza de mis asuntos requería) que debería encaminarme a Marsella, ya que él poseía en dicho lugar buenos recursos. No teniendo dinero para realizar el viaje, vendí el caballo que había alquilado en Toulouse, pensando pagarlo a mi regreso, que el infortunio ha ido retrasando hasta tal punto de que mi vergüenza es grande por haber dejado mis negocios tan embrollados; lo cual yo no hubiera hecho si Dios me hubiese concedido tan feliz logro en mi empresa como las apariencias me prometían.

Partí, pues, con este propósito, atrapé a mi hombre en Marsella, le hice prender y me avine con él por trescientos escudos, que me pagó al contado. Estando a punto de partir por tierra, me animó un gentilhombre, con quien me había alojado, a embarcarme con él hasta Narbona. Viendo la bonanza del tiempo que hacía; lo cual hice para poder volver más pronto y para poder ahorrar o, por mejor decir, para no regresar nunca y perderlo todo.

El viento nos fue tan favorable como para poder llegar aquel mismo día a Narbona, que estaba a cincuenta leguas, si Dios no hubiese permitido que tres bergantines turcos, que costeaban el golfo de Lyon para atrapar las barcas que venían de Beaucaire, donde se celebraban unas ferias que se cree son de las más hermosas de la cristiandad, cargasen contra nosotros y nos atacasen tan vivamente que, después de matar a dos o tres de los nuestros y herir a todos los demás, incluso a mí, pues recibí un flechazo que me habrá de servir de barómetro por el resto de mi vida, nos vimos obligados a rendirnos a aquellos felones, peores que tigres, cuyas primeras explosiones de ira consistieron en descuartizar a nuestro piloto en cien mil pedazos, por haber matado a uno de los principales de los suyos, aparte de otros cuatro o cinco forzados que los nuestros les mataron Hecho esto, nos encadenaron, después de habernos curado groseramente, siguieron su rumbo, cometiendo mil clases de robos, aunque dando la libertad, después de haberlos saqueado, a todos los que se rendían sin combatir. Y finalmente, cargados de mercancía, al cabo de siete u ocho días, se dirigieron a Berbería, antro y madriguera de ladrones, sin permiso del Gran Turco, en donde una vez llegados nos pusieron en venta, con el proceso verbal de nuestra captura, que ellos decían haber realizado en un navío español, ya que, sin esta mentira, hubiéramos sido libertados por el cónsul que el rey tiene allí para asegurar el libre comercio a los franceses.

Para proceder a nuestra venta, después de despojarnos de todo y dejarnos completamente desnudos, nos entregaron a cada uno un par de calzones, una casaca  de lino y un bonete, y nos pasearon por la ciudad de Túnez, adonde habían ido expresamente para vendernos. Tras obligarnos a dar tres o cuatro vueltas por la ciudad, con la cadena al cuello, nos devolvieron al barco, para que los mercaderes viniesen a ver quién es el que podía comer bien o no, y mostrarles cómo nuestras llagas no eran mortales; hecho esto, nos condujeron de nuevo a la plaza, adonde acudieron los mercaderes para visitarnos, lo mismo que hubieran hecho para comprar un caballo o un buey, haciéndonos abrir la boca para examinar nuestros dientes, palpando nuestros costados, sondeando nuestras llagas y haciéndonos caminar al paso, y trotar y correr, levantar luego cargas para ver la fuerza de cada uno, y otras mil clases de brutalidades .

Yo fui vendido a un pescador, que pronto tuvo que desprenderse de mí, por no haber nada tan contrario para mí como el mar; el pescador me vendió a un anciano, médico espagírico, excelente destilador de quintaesencias, hombre muy humano y tratable, el cual, según me decía, había trabajado durante cincuenta años en la búsqueda de la piedra filosofal, siempre en vano en cuanto a la piedra, pero muy afortunadamente en otras clases de trasmutaciones de metales. Doy fe de que yo le vi muchas veces fundir juntas cantidades iguales de oro y de plata, disponerlas en láminas pequeñas, añadir luego una capa de cierta especie de polvo, encima una nueva capa de láminas, y luego otra capa de polvos, todo ello en un vaso o crisol como el que usan los orfebres en su fundición, tenerlo todo al fuego durante veinticuatro horas, abrirlo luego y encontrar la plata convertida en oro; y muchas más veces todavía le vi endurecer y solidificar el mercurio en plata fina, que vendía luego para dárselo a los pobres. Mi ocupación consistía en mantener el fuego en diez o doce hornos; en lo cual, gracias a Dios, y o no sentía más disgusto que placer. El me quería mucho y le gustaba discurrir conmigo sobre alquimia y más aún sobre su ley, a la que se esforzaba mucho en convertirme, prometiéndome grandes riquezas y todo su saber.

Dios mantuvo siempre en mí una esperanza de liberación gracias a las asiduas plegarias que le dirigía a él y a la santa Virgen María, por cuya intercesión yo creo firmemente que he sido libertado. De este modo, la esperanza y la firme creencia que tenía de volver a verle, señor, me hizo ser asiduo en rogarle que me enseñase el medio de curar el mal de piedra, en el que todos los días le veía hacer milagros; lo cual hizo, mandándome incluso preparar y administrar sus ingredientes. ¡Oh, cuántas veces he deseado  haber sido esclavo antes de la muerte de su hermano y conmaecenas  en hacerme bien , y haber tenido el secreto que ahora le envío, rogando a usted que lo reciba con tan buen corazón como es firme mi creencia de que, si hubiese yo conocido lo que le envío, la muerte no hubiese triunfado ya sobre él (al menos por este medio), aunque se diga que los días del hombre están contados ante Dios. Es verdad; pero no porque

Dios hubiese contado que sus días fuesen en tal número, sino que este número ha sido contado delante de Dios, porque ha sucedido así; o, por decirlo con mayor claridad, él no murió cuando murió porque Dios lo hubiese previsto así o decidido que el número de sus días fuese tal, sino que Dios lo previó así y el número de sus días fue conocido que era el que era, por haber muerto cuando murió.

Estuve, pues, con aquel anciano desde el mes de septiembre de 1605 hasta el próximo mes de agosto, cuando fue tomado y llevado al gran sultán  a trabajar para él; pero fue en vano; porque murió de pena en el camino. Me dejó a un sobrino suyo, verdadero antropomorfita, que me volvió a vender inmediatamente después de la muerte de su tío porque oyó decir que el señor de Breves, embajador del rey en Turquía, venía con buenas y expresas patentes del Gran Turco a reclamar a los esclavos cristianos

Me compró un renegado de Niza, en Saboya, malo por naturaleza, que me condujo a su temat: así se llama la finca que uno tiene como aparcero del Gran Señor, ya que el pueblo no tiene nada; todo es del sultán. El temat de éste estaba en la montaña, donde el terreno es sumamente cálido y desierto. Una de las tres mujeres que tenía (como greco-cristiana, pero cismática) estaba dotada de buen entendimiento y me quería mucho, pero al final, aún más, otra, turca de nacimiento, que sirvió de instrumento a la inmensa misericordia de Dios para retirar a su marido de la apostasía y devolverle al seno de la Iglesia, y contribuyó a libertarme de la esclavitud. Curiosa por conocer nuestra manera de vivir, acudía todos los días a verme en el campo en que yo cavaba, y después me mandó cantar alabanzas a mi Dios. El recuerdo del Quomodo cantabimus in terra aliena de los hijos de Israel cautivos en Babilonia me hizo comenzar, con lágrimas en los ojos, el salmo Super flumina Babylonis, y luego la Salve Regina y varias otras cosas; todo lo cual le gustó tanto que quedó grandemente maravillada. Por la tarde no dejó de decir a su marido que se había equivocado al dejar su religión, que ella creía sumamente buena, por la idea que yo le había dado de nuestro Dios y por algunas de sus alabanzas que yo había cantado en su presencia; en lo cual, decía, había tenido un placer tan divino que no creía que el paraíso de sus padres y el que ella también esperaba, fuese tan glorioso, ni acompañado de tanta alegría como el placer que había experimentado mientras yo alababa a mi Dios, concluyendo que había en todo ello cierta maravilla.

Esta otra Caifás o burra de Balaam hizo, con sus razonamientos, que su marido me dijese al día siguiente que no esperaba más que una buena ocasión para escaparnos a Francia, y que en poco tiempo encontraría tal remedio, que Dios sería alabado por ello. Esos pocos días fueron diez meses en que él me entretuvo en estas vanas, aunque al final, realizadas esperanzas, al cabo de los cuales nos escapamos en un pequeño esquife y llegamos el 28 de junio a Aigues-Mortes, y poco después a Aviñón, donde monseñor el vicelegado recibió públicamente al renegado con lágrimas en los ojos y sollozos en la garganta, en la iglesia de san Pedro, para honor de Dios y edificación de los espectadores. Monseñor nos ha retenido a ambos para llevarnos a Roma, adonde irá apenas venga su sucesor en el trienio, que él acabó el día de san Juan. Prometió al penitente hacerle entrar en el austero convento de los Fate ben fratelli, donde ya ha profesado, y a mí procurar que me concedan algún buen beneficio. Me hace el honor de estimarme mucho y de halagarme, por unos cuantos secretos de alquimia que le he enseñado, los que él estima, según dice, más que si io li avesse dato un monte di oro, porque ha trabajado en ello durante toda su vida y no hay cosa en que encuentre mayor satisfacción. Monseñor, al saber que yo era eclesiástico, me ha ordenado que envíe a buscar los títulos de mis órdenes, asegurándome que me ayudará y me proveerá de algún beneficio. Estaba yo preocupado por encontrar un hombre de confianza para ello, cuando un amigo mío, de la casa de mi señor, me dirigió al señor Canterelle, dador de la presente, que iba a Toulouse, a quien rogué que se tomase la molestia de hacer una escapada hasta Dax para poder entregaros la presente y recibir mis títulos indicados junto con los que obtuve en Toulouse de bachiller en Teología, que os suplico le entreguéis. A este fin, envío a vuestra merced un recibo. El señor Canterelle es de la casa y tiene órdenes expresas de monseñor de atenerse fielmente a su encargo y de enviarme los papeles a Roma, si hemos partido para entonces.

He traído dos piedras de Turquía que la naturaleza ha tallado en punta de diamante, una de las cuales le envío, suplicándole la reciba de tan buen grado como yo humildemente se la presento.

Espero, señor, que ni usted ni mis padres se habrán escandalizado de mí por mis acreedores, a los que hubiera satisfecho ya en parte con cien o con ciento veinte escudos, que nuestro penitente me dio, si no me hubieran aconsejado mis mejores amigos que los guardase hasta mi vuelta de Roma, para evitar los accidentes que por falta de dinero podrían acontecer (ahora que dispongo de la mesa y del aprecio de monseñor); pero creo que este escándalo se tornará en bien.

He escrito al señor d’Arnaudin y a mi madre. Ruego a usted que les haga sacar mis títulos por alguna persona a quien pagará el señor Canterelle. Si por casualidad mi madre hubiese perdido los títulos, estarán además, de todos modos, en poder del señor Rabel . Sin otra cosa más que rogarle continúe concediéndome su santo afecto, quedo, señor, humilde y obediente servidor de vuestra merced,

DEPAUL

En Aviñón, 24 de julio de 1607.

Dirección: Al señor de Comet, abogado en la Corte presidencial de Dax, en Dax.

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