Una figura discutida: el P. Vicente Lebbe, C.M. (II)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Octavio Ferreux · Year of first publication: 1964 · Source: Anales españoles.
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vincentlebbeHemos leído la correspondencia en Mons.Jarlín y nuestro misionero. Sin duda alguna que el P. Lebbe se guardaba bien de revelarla a sus compañeros. Mons. Jarlin no estaba informado de todo. Si hubiese sabido que el Padre Lebbe había inaugurado salas de conferencia des­de 1910 y estuviese al tanto de la manera de comportarse en ella el orador, ciertamente que Mons. hubiese protes­tado.

A estas conferencias eran invitados cristianos y paga­nos. El P. Lebbe se presentaba como el reformador de los métodos de evangelización. ¿Qué argumentos empleaba? Primero la lisonja. Lo confesaba él mismo. Un día un co­hermano se atrevió a indicarle: «¿Es posible que usted sea la única persona que no se da cuenta del mal que ocasio­na a la Iglesia de China, exaltando a los chinos y deni­grando a los europeos?» «No soy más torpe que los demás —respondió—pero tengo un principio: Doy a los chinos sólo lo que les agrada.» A otros, que le reprochaban, res­pondía: «Yo me acomodo siempre a mi auditorio», o tam­bién, «sé lo que les halaga». Otro compañero de Comuni­dad se le quejó: «Padre Lebbe, ¿por qué delante de los chinos acusa usted sin distingos a los misioneros, asegu­rando que no observan las directrices romanas y, en con­creto, la Encíclica Maximum illud? Usted sabe muy bien, Padre, que el Vicariato (Pao-Ting) próximo al suyo posee una escuela preparatoria llena hasta rebosar, con sus se­senta niños que, después de dos años de estudios elementales se trasladarán al Seminario Menor, cuya media es de noventa alumnos y, además, que su Seminario Mayor cuenta con treinta estudiantes.» En lugar de responder, el P. Lebbe—cosa muy común en él—replicó: «Ya veo; está usted celoso de mi popularidad. Si deseáis ser querido por los chinos obrad como yo.» «Me guardaré de ello—respon­dió el otro–. Lo que me preocupa es la conversión de Chi­na, la enseñanza de la verdad, y no el prestigio consegui­do con detrimento de la verdad.»

Otro de los argumentos empleados por el P. Lebbe era la política basada en un nacionalismo exagerado que po­dríamos llamar hipernacionalismo, justamente prohibido por la Encíclica arriba citada.

La prensa católica en China

En aquellos años de progreso y evolución en el sentido de una civilización más ilustrada, los misioneros europeos solían comentar entre sí este slogan: «Si San Pablo hubie­ra predicado en nuestros días hubiese sido periodista.» Ellos intuyeron que había llegado el momento oportuno para lanzar al público folletos, revistas, periódicos, como hacía en Europa para propagar las buena ideas, proclamar la verdad y defenderla si fuese atacada.

Hasta este momento los misioneros habían publicado algunos periodiquillos semanales o mensuales sobre doc­trina, espiritualidad…, dirigidos sólo a los fieles. Los Pa­dres Jesuitas antes de 1900 publicaban esa clase de im­presos en chino vulgar y en francés. En 1910, Mons, Rey­naud fundó «El Mensajero de Ning-Po», verdadera revista de Misión, interesante para los misioneros y para los bien­hechores extranjeros. En 1912 se fundó en Pekín «El Bo­letín Católico de Pekín», que aparecía cada mes con sus cuarenta paginitas. Se leían en él informaciones misiona­les y sucesos locales. Fue como una tribuna donde se aso­maron casi todos los misioneros de China. Sirvió de lazo de unión entre todos los Vicariatos y contribuyó a mante­ner la unión entre los misioneros, al mismo tiempo que creaba una saludable emulación.

Estas publicaciones no podían colmar el deseo de los misioneros. Se echaba en falta un periódico en lengua na­tiva que pudiese ser leído por todos los chinos.

El P. Lebbe vivía obsesionado por esta idea. Antes de la llegada de Mons. Dumond tenía él ya su proyecto, que realizó en 1912.

Creó un pequeño periódico semanal, lo intituló «Koang­I-Lou»: «El Bien público», título genérico que no llegó a alarmar a los paganos. Su contenido era: Un artículo de fondo sobre puntos doctrinales, noticias de China y Euro­pa referentes a la religión, informaciones, obras y méto­dos, correspondencia abierta…

Agradó esta revista a los misioneros e hizo mucho bien entre los fieles. Al comienzo, su tirada era de 500 ejempla­res, para llegar pronto a 1.000, y después desaparecer. Pero este no era el periódico soñado por el P. Lebbe ni deseado por los misioneros. Nuestro misionero pensaba en un diario influyente, activo. Sometió su proyecto a Mon­señor Dumond, pidió se le facilitara un viaje a Europa con el fin de buscar los fondos necesarios y así poder fun­dar un gran periódico católico chino en Tientsin.

El F. Lebbe llega a Europa. En el verano de 1913 se celebra en Versalles una semana social bajo la presiden­cia de Mons Gibier. El P. Lebbe asistió a ella y se dejó entrevistar por los periodistas católicos, que quedaron maravillados del Padre y de las cosas tan bellas que na­rraba. Entresaquemos algunos párrafos:

El «Boletín de la semana», en su número de 13 de agos­to de 1913, escribió:

«… Los católicos chinos aman mucho a Francia y con­sideran a este país como el primero del mundo. Yo mismo me considero, ante todo, chino, porque me debo todo en­tero al pueblo que debo ganar para el Evangelio. En se­gundo lugar soy francés.

Los católicos chinos llevan en su corazón, junto con el amor a su país y a la libertad, el amor a Francia. En China, católico y social son casi sinónimos. Bien pronto ellos podrán exponer sus ideas en un diario que publica­remos en Tientsin.»

En el periódico «L’Eclair» leemos estas ocurrencias: «En los Vicariatos de Pekín y de Tientsin los católicos al­canzan el 10 por 100 de la población. Afirmación exage­rada irreal. Estamos en el año 1913, es necesario avan­zar hasta el año 1930 para encontrar el 2,7 por 100 de ca­tólicos en Pekín y apenas el 1 por 100 en otras partes.

La suma de donativos recibidos por el P. Lebbe se ele­va a 60.000 francos, que llevó a Tientsin a principios de 1914. Esta cantidad era insuficiente para la empresa so­ltada. El ingenio del P. Lebbe sale al paso y funda una sociedad por acciones. Toman parte en ella Obispos, mi­sioneros, incluso cristianos, todos llevados de un entusias­mo por el diario católico.

El 1 de octubre de 1915 apareció el primer número del «I-Che-Pao», «El Bien público». Existió un hecho a partir del cual el diario católico tuvo que sufrir una lamentable y funesta orientación.

El asunto de Lao-Si-Kai

Monseñor Dumond quería establecer su residencia en un lugar mejor situado y más amplio. Pronto llegó a la conclusión de que el lugar designado con el nombre de Lao.Si-Kai  reunía las condiciones por él exigidas. Este ba­rrio era una de aquellas extraconcesiones que prolongaban la concesión francesa.

Monseñor Dumond levantará en él una gran Catedral rodeada de todos los edificios destinados a la residencia y obras episcopales.

Los terrenos sobrantes serán vendidos por parcelas a familias cristianas que el Obispo deseaba atraer a los al­rededores de la Catedral. En 1915 se concluyó un acuerdo entre el Ministro de Francia, señor Conty, y las autorida­des chinas. Estaba a punto de firmarse.

La concesión inglesa había obtenido las mismas venta­jas y se extendía sobre una superficie mucho más amplia, abarcando incluso dos pueblecitos.

Todo esto era normal. y sucedió lo mismo en la conce­sión de Shanghai, que también se había extendido consi­derablemente.

Pero cuando el acuerdo tocante a la extraconcesión fue conocido en la ciudad de Tientsin, hubo críticas y des­contento entre los nuevos habitantes de Lao-Si-Kai porque temían los impuestos franceses, ya que en las conce­siones toda la administración incumbía a la nación con­cesoria, considerada como municipalidad autónoma.

En el caso de Lao-Si- Kai esta reacción de rebeldía ha­bría desaparecido si no se hubiese entrometido el P. Leb­be. Una delegación de descontentos vino a rogar al P. Leb­be para que interviniese en su favor.

En este momento surgieron las dificultades, y nuestro misionero prestó su persona y su prensa.

En junio de 1916, en un número de «I-Che-Pao», el di­rector del diario, el seglar señor Liou-Jong-Tong, dirigió un ataque insultante al cónsul de Francia en Tientsin, señor Bourgeois. El Ministro de Francia en Pekín, señor Conty—convencido de que la Misión hacía causa común con el diario—, escribió a Mons. Dumond una carta ame­nazadora.

El Obispo conocía la efervescencia del momento, pero ignoraba la participación del P. Lebbe y el artículo recri­minado. Mons. Dumond se disculpó ante el Ministro, pro­metiéndole que actuaría urgentemente para que el Padre Lebbe no interviniese más. Efectivamente, Mons. ordenó a su Vicario General que se retirara. El P. Lebbe, en una nota escrita, declaró que consideradas las circunstancias no podía obedecer… Y dirigió al Ministro una diatriba in­juriosa acusándole de violar la justicia y el derecho en él asunto de los terrenos de Lao-Si-Kai. El señor Conty, he­rido en lo vivo, exigió la salida del P. Lebbe, comunicando por telegrama que si el P. Lebbe no era alejado haría eva­cuar—manu militari—el Obispado y demás establecimien­tos misionales situados en la concesión francesa.

La Misión se encontraba ante una intimación categó­rica. Mons. Dumond reunió su Consejo el 22 de junio de 1916. Se invitó al P. Lebbe para que renunciara al cargo de Vicario General y se le concedió plena libertad para que eligiera el lugar de su retiro, ya que se trataba de alejarlo de Tientsin, no de China.

El P. Lebbe eligió Cheng-Ting. Mons. De Vienne, Coad­jutor de Mons. Cogset, nombrado un año antes, accedió a recibir al sacerdote exilado. No calló el P. Lebbe las razo­nes de su expulsión. En Cheng-Ting contó a sus íntimos su odisea, presentándose como víctima.

El 23 de Junio el P. Lebbe tomó el tren que le condujo a Cheng-Ting. Faltó tiempo para que un grupo de agita­dores se presentase delante de la iglesia de Nuestra Seño­ra de las Victorias y censurase la conducta indigna del representante de Francia y la injusticia de Mons. Dumond, responsable de la expulsión del P. Lebbe. Al grito de «¡Aba­jo el Obispo!» el grupo se dirigió hacia la Embajada Fran­cesa, pero ésta había reforzado su Policía y los agitadores se disolvieron.

Al día siguiente el «I-Che-Pao» insultó groseramente al señor Conty y al Obispo. En términos tan gruesos que no los transcribimos.

Los acontecimientos van a sucederse en cadena. No ha­remos más que señalarlos.

Monseñor De Vienne se da cuenta de que continúa la campaña del periódico, y queriendo alejar más al P. Lebbe de su residencia lo envía a Ting-Tchaeng. Aquí el Padre Lebbe recibe a sus amigos frecuentemente y traza las di­rectrices.

El 14 de julio de 1916 una carta firmada por algunos sa­cerdotes chinos, cristianos y nobles de la ciudad, es dirigi­da al Ministro de asuntos extranjeros chino, protestando contra las maniobras del cónsul de Francia en Tientsin.

En agosto es enviada a Roma otra petición. Redactada por el F. Cotta y firmada por sacerdotes chinos y cristia­nos, pide el nombramiento del P. Lebbe para Obispo de Tientsin. El F. Visitador, C. M. de la Provincia del Norte, que conocía el papel representado por el P. Lebbe y su prensa, le prohíbe toda colaboración en el «I-Che-Pao». Le asegura: «Yo no he intervenido en este asunto. Yo no he escrito nada.»

En septiembre, sabiendo que la campaña continúa en toda forma, Mons. Dumond llama al P. Lebbe a Tientsin.

El 17 de octubre de 1916 el señor Bougeois, cónsul de Francia en Tientsin, publica un parte oficial anunciando que el acuerdo entre Francia y China sobre la extracon­cesión se había concluido y firmado.

Dos días más tarde el señor Martel, encargado de asun­tos extranjeros en ausencia del señor Conty, Ministro de Francia, ocupó el barrio de Lao-Si-Kai, cedido por China. Los agitadores organizaron un boicot contra los productos franceses, además la huelga de los empleados chinos de la fábrica de energía eléctrica, de las firmas comercia­les y las huelgas de criados.

El 15 de noviembre la huelga llegó al colmo: sabotaje en las fábricas de energía, huida de los policías indígenas al servicio de la Concesión francesa. Las familias france­sas quedaron desprovistas del servicio doméstico duran­te un mes.

El 19 de noviembre el señor Martel pide a París—por despacho—la repatriación de los señores Lebbe y Cotta. ¿Quién era este personaje?

El P. Cotta nació en El Cairo el 7 de enero de 1872, hijo de un egipcio casado con una austríaca. Ingresó en San Lázaro el 18 de julio de 1891; ordenado en París el 4 de junio de 1898, fue enviado a Madagascar, donde tra­bajó hasta el 1905. Por dificultades continuas con el señor Obispo Mons. Crouzet fué trasladado a China, a donde llegó el 3 de mayo de 1906. En el Distrito de Tientsin se junta con el señor Lebbe. Hombre sutil, andaba en discu­siones con sus superiores. Fué el consejero del P. Lebbe, que lejos de retenerle le empujaba a menudo más allá que lo que el P. Lebbe deseaba.

En febrero de 1917 el P. Guilloux, Visitador de la Pro­vincia Meridional, llega a Tientsin con amplios poderes re­cibidos de París. El P. Comisario recuerda a sus Co-her­manos el voto de Obediencia y la prohibición de Roma de inmiscuirse en asuntos políticos. Les exhorta a esperar respetuosamente las decisiones de los superiores, a evitar en lo sucesivo confusiones con ningún partido político y a ni siquiera hablar de los conflictos pendientes, incum­bencia exclusiva de los dos Gobiernos. Todos, incluido el Padre Lebbe, lo prometieron bajo juramento. Al día si­guiente el P. Lebbe reunió a los sacerdotes seculares (so­bre ellos el Comisario paúl no tenía ninguna autoridad), les contó todo lo que había sucedido en el día anterior y decidió con ellos apelar a Romar.

El 19 de marzo un telegrama llegado de París envia­ba al P. Lebbe al Vicariato de Ning-Po y al P. Cotta a Qui­to. El P. Lebbe obedeció inmediatamente. El P. Cotta rehu­só, alegando que era austríaco y que no quería sufrir el riesgo de ser apresado en el vieja (estaban en plena guerra mundial).

Por su rebeldía se le puso en entredicho, prohibiéndo­le los ministerios sacerdotales. El P. Cotta, haciendo caso omiso, recurrió a Roma.

Su carta estaba redactada tan hábilmente, que hizo cambiar de opinión. ¿Escribió también el P. Lebbe desde Ning l’o? Es posible. Pero lo ignoramos.

El 14 de agosto de 1918 Mons. Dumond llegó a Pekín provisto de una carta… La sagrada Congregación de Propaganda–influenciada por la ofensiva partida de Tientsin ordenaba a Mons. Dumond que volviera a recibir de nuevo a los misioneros expulsados y perdonara al P. Cot­ta, después de presentada su excusa.

Monseñor Dumond pensó en dimitir y vino a consul­tarlo con el Obispo de Pekín. Los demás Obispos Paúles del Norte fueron puestos al corriente de esta intriga.

En sendos telegramas, Mons. Jarlín, Mons. Fabrégues, Monseñor De Vienne y Mons. Gueurts pidieron una sus­pensión temporal del decreto y plantearon el pleito ante la sagrada Congregación de Obispos y Regulares. Las ór­denes de la Propaganda fueron anuladas.

Visita apostólica de Mons. De Guebriant

A fines de 1918 Mons. De Guébriant, Vicario Apostóli­co de Canton (1916-1921), fue encargado por Roma de hacer una visita apostólica de todas las misiones de Chi­na. El Obispo comenzó su gira por el Sur y llegó a Tient­sin en octubre de 1919.

Estaba encargado especialmente de arreglar el asunto Cotta en el curso de su visita al norte de China. Mientras Monseñor De Guébriant estaba todavía en Shanghai tuvo ocasión de recibir al P. Lebbe. Este escribió entonces a su amigo de Tientsin. «No vaya usted a estropear con sus saIidas intempestivas lo que yo he logrado obtener aquí.»

Pero las entrevistas que durante mes y medio sostu­vieron el Obispo y el P. Cotta no condujeron a nada. Eso sí, Mons. De Guébriant pudo tener conocimiento de los nu­merosos informes de los Vicarios Apostólicos y de los misioneros referentes a los PP. Cotta y Lebbe. Recibió asi­mismo otro de la Cámara de Comercio francesa de Tient­sin, en el cual, con pruebas al canto, se exponían los daños que estos dos personajes habían causado a los resi­dentes franceses de Tientsin.

Por fin, el 18 de noviembre de 1919, Mons. De Guébriant dirigía a todos los sacerdotes de Tientsin un documento latino que constituía una reprobación oficial del P. Lebbe y de sus partidarios. El P. Cotta se sometió cuando com­prendió que el Visitador Apostólico tenía su ex comunión en el bolsillo. El 23 de noviembre Mons. De Guébriant llevó consigo al P. Cotta a Shanghai. El 9 de diciembre éste embarcaba para Europa, y muy poco después abando­naba la Congregación para dirigirse a América, a los Padres de Maryknoll, entre los que moriría el 28 de abril de 1957.

Para el P. Lebbe sus tres años de estancia en el Che­kiang no fueron felices. Bien es verdad que, siendo la len­gua de esta región tan diferente de la del Norte, no le era posible producir en sus discursos los afectos oratorios que cautivaban a sus auditorios de Tientsin. Su influencia entre los sacerdotes era prácticamente nula, y entre los cris­tianos, inexistente. Su esfuerzo por atraer a Mons. Rey­naud a sus teorías fracasó por completo. Muy pronto Nig­po le resultó aburridísimo. Por otra parte, Tientsin le estaba definitivamente vedado. No le quedaba, pues, más que una solución: volver a Europa. Desde hacía varios años había en Europa numerosos estudiantes chinos de los que, según Lebbe, nadie se preocupaba. El iría a convertirlos. Así se lo indicó a Mons. De Guébriant. El plan no desagradó al enviado a Roma: veía en él el medio de alejar para siempre de China al P. Lebbe.

En pocas palabras: el P. Lebbe, que como religioso se encontraba bajo la jurisdicción del P. Gilloux, pidió a éste permiso para regresar a Europa. El Visitador se lo concedió de muy buena gana. El 5 de marzo el P. Lebbe embar­caba para Europa.

El «resumen histórico»

En Bélgica y Francia el P. Lebbe llevaría una vida tan activa como en China, pero de otro estilo. Nos limitaremos a mencionar un opúsculo compuesto por él; aunque de tirada muy reducida, tuvo una influencia muy grande sobre sus amigos y partidarios de Europa. Creemos que fué publicado hacia 1921 ó 1922, y es actualmente muy raro.

El que tenemos a la vista es de 46 páginas. Se titula «Resumen histórico». El autor intenta hacerlo pasar como un informe presentado por él al soberano Pontífice. Esto es evidentemente falso. El P. Lebbe no era tan ingenuo como para creer que un informe a la Santa Sede pueda presentarse de este modo. Además, varias veces, en el cur­so del escrito, se dirige al lector. Trátase sencillamente (le una apología de sus actividades en Tientsin.

Fara dar al lector una idea de lo que es el «Resumen»; citaremos dos pasajes tomados al azar.

Después de afirmar que, en castigo de cierta falta co­metida por él, la autoridad superior le había dejado sin víveres (lo cual es evidentemente falso. pues Mons. Jar­lin no dejó nunca de darle una doble subvención, una para su manutención y otra para las obras), añade: «El año siguiente se abrió para el distrito entero de Tientsin sin sub­sidio de la Propagación de la Fe para los gastos. Pero eso fue precisamente la salvación: al dejarnos sin dinero no podía exigirnos la compra de catecúmenos, pero en cam­bio no se podía prohibir a los misioneros la propagación del Evangelio; por fin eran libres para ensayar otros me­dios. Inmediatamente se pusieron al trabajo. El año aquel coincidía con la proclamación de la República, que inau­guraba una era rica en posibilidades, y entonces comen­to la ofensiva. Se trazaron planes lo bastante flexibles para quo pudiesen adaptarse a las circunstancias, hacer frente a los imprevistos; en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo se marchó adelante… A los seis años de esta marcha se habían logrado todos los objetivos, se ha­bían consolidado las posiciones, se había esclarecido la si­tuación, se habían abierto ilimitadas esperanzas sobre el futuro. Todo había resultado conforme a las previsiones.

Muchas veces, incluso, la realidad había sobrepasado las esperanzas…»

He aquí otra muestra, Acaba de hablar del famoso asunto de Lao-Si-Kai: «Casi en aquel mismo momento el creciente vigor de los católicos dio a luz a un diario, el «I-che-pao», que no tardaría en convertirse en el periódi­co más extendido y más estimado de todo el norte de Chi­na y el arma más formidable de la ofensiva tan bien co­menzada. El artículo de fondo del primer número era una carta abierta, cortés, pero implacable, al cónsul, que in­tentaba pisotear los derechos más sagrados de la patria china… El artículo fue corno una andanada de artillería que prepara y anuncia un gran combate. A este toque de rebato todas las fuerzas vivas del catolicismo de Tient­sin salieron de las trincheras. Fue el comienzo de una ba­talla inolvidable en la que aquel ejército, decidido a aca­bar con el problema, lo sacrificó todo al logro de la causa. Muchos cristianos se jugaron en ella, sin una vacilación, sus medios de vida; algunos jefes del movimiento le sa­crificaron algo más precioso que la vida misma. Pero tam­bién esta vez, al cabo de varios meses de lucha encarni­zada, se alcanzaba el objetivo.»

Algo hay de verdad en tanta palabrería. Se trata del asunto de las concesiones, que el autor presenta como un triunfo. Hubo, en efecto, por las calles de Tientsin mani­festaciones ruidosas e insultantes para Francia y el Pro­tectorado, conducidas por el P. Lebbe en persona. Un Pa­dre Jesuita, ahora octogenario, nos decía hace poco: «Yo vi con mis propios ojos al P. Lebbe, muy escuetamente ves­tido, dirigiendo en bicicleta las magnas manifestaciones de jóvenes por las calles de Tientsin, sugiriéndoles los «slogans» que debían repetir…»

El «Resumen» ha sido magistralmente refutado por el Padre Willemen, Paúl holandés del Vicariato de Youg-Ping y condiscípulo del P. Lebbe, en un opúsculo del mismo for­mato que el «Resumen», pero más voluminoso. Desgracia­damente esta respuesta no es muy conocida.

Pero volvamos al alegato del P. Lebbe. El pasaje que acabamos de citar termina con estas palabras: «El objeti­vo había sido alcanzado.» Así era, en efecto, pero el autor no dice cómo. Nosotros sí lo sabemos: las tres autorida­des, civil, eclesiástica y religiosa, se pusieron de acuerdo y el agitador fue alejado de Tientsin. Poco después, como hemos dicho, partía para Europa. Pero siete años más tarde volvía a reaparecer en China.

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