Hemos leído la correspondencia en Mons.Jarlín y nuestro misionero. Sin duda alguna que el P. Lebbe se guardaba bien de revelarla a sus compañeros. Mons. Jarlin no estaba informado de todo. Si hubiese sabido que el Padre Lebbe había inaugurado salas de conferencia desde 1910 y estuviese al tanto de la manera de comportarse en ella el orador, ciertamente que Mons. hubiese protestado.
A estas conferencias eran invitados cristianos y paganos. El P. Lebbe se presentaba como el reformador de los métodos de evangelización. ¿Qué argumentos empleaba? Primero la lisonja. Lo confesaba él mismo. Un día un cohermano se atrevió a indicarle: «¿Es posible que usted sea la única persona que no se da cuenta del mal que ocasiona a la Iglesia de China, exaltando a los chinos y denigrando a los europeos?» «No soy más torpe que los demás —respondió—pero tengo un principio: Doy a los chinos sólo lo que les agrada.» A otros, que le reprochaban, respondía: «Yo me acomodo siempre a mi auditorio», o también, «sé lo que les halaga». Otro compañero de Comunidad se le quejó: «Padre Lebbe, ¿por qué delante de los chinos acusa usted sin distingos a los misioneros, asegurando que no observan las directrices romanas y, en concreto, la Encíclica Maximum illud? Usted sabe muy bien, Padre, que el Vicariato (Pao-Ting) próximo al suyo posee una escuela preparatoria llena hasta rebosar, con sus sesenta niños que, después de dos años de estudios elementales se trasladarán al Seminario Menor, cuya media es de noventa alumnos y, además, que su Seminario Mayor cuenta con treinta estudiantes.» En lugar de responder, el P. Lebbe—cosa muy común en él—replicó: «Ya veo; está usted celoso de mi popularidad. Si deseáis ser querido por los chinos obrad como yo.» «Me guardaré de ello—respondió el otro–. Lo que me preocupa es la conversión de China, la enseñanza de la verdad, y no el prestigio conseguido con detrimento de la verdad.»
Otro de los argumentos empleados por el P. Lebbe era la política basada en un nacionalismo exagerado que podríamos llamar hipernacionalismo, justamente prohibido por la Encíclica arriba citada.
La prensa católica en China
En aquellos años de progreso y evolución en el sentido de una civilización más ilustrada, los misioneros europeos solían comentar entre sí este slogan: «Si San Pablo hubiera predicado en nuestros días hubiese sido periodista.» Ellos intuyeron que había llegado el momento oportuno para lanzar al público folletos, revistas, periódicos, como hacía en Europa para propagar las buena ideas, proclamar la verdad y defenderla si fuese atacada.
Hasta este momento los misioneros habían publicado algunos periodiquillos semanales o mensuales sobre doctrina, espiritualidad…, dirigidos sólo a los fieles. Los Padres Jesuitas antes de 1900 publicaban esa clase de impresos en chino vulgar y en francés. En 1910, Mons, Reynaud fundó «El Mensajero de Ning-Po», verdadera revista de Misión, interesante para los misioneros y para los bienhechores extranjeros. En 1912 se fundó en Pekín «El Boletín Católico de Pekín», que aparecía cada mes con sus cuarenta paginitas. Se leían en él informaciones misionales y sucesos locales. Fue como una tribuna donde se asomaron casi todos los misioneros de China. Sirvió de lazo de unión entre todos los Vicariatos y contribuyó a mantener la unión entre los misioneros, al mismo tiempo que creaba una saludable emulación.
Estas publicaciones no podían colmar el deseo de los misioneros. Se echaba en falta un periódico en lengua nativa que pudiese ser leído por todos los chinos.
El P. Lebbe vivía obsesionado por esta idea. Antes de la llegada de Mons. Dumond tenía él ya su proyecto, que realizó en 1912.
Creó un pequeño periódico semanal, lo intituló «KoangI-Lou»: «El Bien público», título genérico que no llegó a alarmar a los paganos. Su contenido era: Un artículo de fondo sobre puntos doctrinales, noticias de China y Europa referentes a la religión, informaciones, obras y métodos, correspondencia abierta…
Agradó esta revista a los misioneros e hizo mucho bien entre los fieles. Al comienzo, su tirada era de 500 ejemplares, para llegar pronto a 1.000, y después desaparecer. Pero este no era el periódico soñado por el P. Lebbe ni deseado por los misioneros. Nuestro misionero pensaba en un diario influyente, activo. Sometió su proyecto a Monseñor Dumond, pidió se le facilitara un viaje a Europa con el fin de buscar los fondos necesarios y así poder fundar un gran periódico católico chino en Tientsin.
El F. Lebbe llega a Europa. En el verano de 1913 se celebra en Versalles una semana social bajo la presidencia de Mons Gibier. El P. Lebbe asistió a ella y se dejó entrevistar por los periodistas católicos, que quedaron maravillados del Padre y de las cosas tan bellas que narraba. Entresaquemos algunos párrafos:
El «Boletín de la semana», en su número de 13 de agosto de 1913, escribió:
«… Los católicos chinos aman mucho a Francia y consideran a este país como el primero del mundo. Yo mismo me considero, ante todo, chino, porque me debo todo entero al pueblo que debo ganar para el Evangelio. En segundo lugar soy francés.
Los católicos chinos llevan en su corazón, junto con el amor a su país y a la libertad, el amor a Francia. En China, católico y social son casi sinónimos. Bien pronto ellos podrán exponer sus ideas en un diario que publicaremos en Tientsin.»
En el periódico «L’Eclair» leemos estas ocurrencias: «En los Vicariatos de Pekín y de Tientsin los católicos alcanzan el 10 por 100 de la población. Afirmación exagerada irreal. Estamos en el año 1913, es necesario avanzar hasta el año 1930 para encontrar el 2,7 por 100 de católicos en Pekín y apenas el 1 por 100 en otras partes.
La suma de donativos recibidos por el P. Lebbe se eleva a 60.000 francos, que llevó a Tientsin a principios de 1914. Esta cantidad era insuficiente para la empresa soltada. El ingenio del P. Lebbe sale al paso y funda una sociedad por acciones. Toman parte en ella Obispos, misioneros, incluso cristianos, todos llevados de un entusiasmo por el diario católico.
El 1 de octubre de 1915 apareció el primer número del «I-Che-Pao», «El Bien público». Existió un hecho a partir del cual el diario católico tuvo que sufrir una lamentable y funesta orientación.
El asunto de Lao-Si-Kai
Monseñor Dumond quería establecer su residencia en un lugar mejor situado y más amplio. Pronto llegó a la conclusión de que el lugar designado con el nombre de Lao.Si-Kai reunía las condiciones por él exigidas. Este barrio era una de aquellas extraconcesiones que prolongaban la concesión francesa.
Monseñor Dumond levantará en él una gran Catedral rodeada de todos los edificios destinados a la residencia y obras episcopales.
Los terrenos sobrantes serán vendidos por parcelas a familias cristianas que el Obispo deseaba atraer a los alrededores de la Catedral. En 1915 se concluyó un acuerdo entre el Ministro de Francia, señor Conty, y las autoridades chinas. Estaba a punto de firmarse.
La concesión inglesa había obtenido las mismas ventajas y se extendía sobre una superficie mucho más amplia, abarcando incluso dos pueblecitos.
Todo esto era normal. y sucedió lo mismo en la concesión de Shanghai, que también se había extendido considerablemente.
Pero cuando el acuerdo tocante a la extraconcesión fue conocido en la ciudad de Tientsin, hubo críticas y descontento entre los nuevos habitantes de Lao-Si-Kai porque temían los impuestos franceses, ya que en las concesiones toda la administración incumbía a la nación concesoria, considerada como municipalidad autónoma.
En el caso de Lao-Si- Kai esta reacción de rebeldía habría desaparecido si no se hubiese entrometido el P. Lebbe. Una delegación de descontentos vino a rogar al P. Lebbe para que interviniese en su favor.
En este momento surgieron las dificultades, y nuestro misionero prestó su persona y su prensa.
En junio de 1916, en un número de «I-Che-Pao», el director del diario, el seglar señor Liou-Jong-Tong, dirigió un ataque insultante al cónsul de Francia en Tientsin, señor Bourgeois. El Ministro de Francia en Pekín, señor Conty—convencido de que la Misión hacía causa común con el diario—, escribió a Mons. Dumond una carta amenazadora.
El Obispo conocía la efervescencia del momento, pero ignoraba la participación del P. Lebbe y el artículo recriminado. Mons. Dumond se disculpó ante el Ministro, prometiéndole que actuaría urgentemente para que el Padre Lebbe no interviniese más. Efectivamente, Mons. ordenó a su Vicario General que se retirara. El P. Lebbe, en una nota escrita, declaró que consideradas las circunstancias no podía obedecer… Y dirigió al Ministro una diatriba injuriosa acusándole de violar la justicia y el derecho en él asunto de los terrenos de Lao-Si-Kai. El señor Conty, herido en lo vivo, exigió la salida del P. Lebbe, comunicando por telegrama que si el P. Lebbe no era alejado haría evacuar—manu militari—el Obispado y demás establecimientos misionales situados en la concesión francesa.
La Misión se encontraba ante una intimación categórica. Mons. Dumond reunió su Consejo el 22 de junio de 1916. Se invitó al P. Lebbe para que renunciara al cargo de Vicario General y se le concedió plena libertad para que eligiera el lugar de su retiro, ya que se trataba de alejarlo de Tientsin, no de China.
El P. Lebbe eligió Cheng-Ting. Mons. De Vienne, Coadjutor de Mons. Cogset, nombrado un año antes, accedió a recibir al sacerdote exilado. No calló el P. Lebbe las razones de su expulsión. En Cheng-Ting contó a sus íntimos su odisea, presentándose como víctima.
El 23 de Junio el P. Lebbe tomó el tren que le condujo a Cheng-Ting. Faltó tiempo para que un grupo de agitadores se presentase delante de la iglesia de Nuestra Señora de las Victorias y censurase la conducta indigna del representante de Francia y la injusticia de Mons. Dumond, responsable de la expulsión del P. Lebbe. Al grito de «¡Abajo el Obispo!» el grupo se dirigió hacia la Embajada Francesa, pero ésta había reforzado su Policía y los agitadores se disolvieron.
Al día siguiente el «I-Che-Pao» insultó groseramente al señor Conty y al Obispo. En términos tan gruesos que no los transcribimos.
Los acontecimientos van a sucederse en cadena. No haremos más que señalarlos.
Monseñor De Vienne se da cuenta de que continúa la campaña del periódico, y queriendo alejar más al P. Lebbe de su residencia lo envía a Ting-Tchaeng. Aquí el Padre Lebbe recibe a sus amigos frecuentemente y traza las directrices.
El 14 de julio de 1916 una carta firmada por algunos sacerdotes chinos, cristianos y nobles de la ciudad, es dirigida al Ministro de asuntos extranjeros chino, protestando contra las maniobras del cónsul de Francia en Tientsin.
En agosto es enviada a Roma otra petición. Redactada por el F. Cotta y firmada por sacerdotes chinos y cristianos, pide el nombramiento del P. Lebbe para Obispo de Tientsin. El F. Visitador, C. M. de la Provincia del Norte, que conocía el papel representado por el P. Lebbe y su prensa, le prohíbe toda colaboración en el «I-Che-Pao». Le asegura: «Yo no he intervenido en este asunto. Yo no he escrito nada.»
En septiembre, sabiendo que la campaña continúa en toda forma, Mons. Dumond llama al P. Lebbe a Tientsin.
El 17 de octubre de 1916 el señor Bougeois, cónsul de Francia en Tientsin, publica un parte oficial anunciando que el acuerdo entre Francia y China sobre la extraconcesión se había concluido y firmado.
Dos días más tarde el señor Martel, encargado de asuntos extranjeros en ausencia del señor Conty, Ministro de Francia, ocupó el barrio de Lao-Si-Kai, cedido por China. Los agitadores organizaron un boicot contra los productos franceses, además la huelga de los empleados chinos de la fábrica de energía eléctrica, de las firmas comerciales y las huelgas de criados.
El 15 de noviembre la huelga llegó al colmo: sabotaje en las fábricas de energía, huida de los policías indígenas al servicio de la Concesión francesa. Las familias francesas quedaron desprovistas del servicio doméstico durante un mes.
El 19 de noviembre el señor Martel pide a París—por despacho—la repatriación de los señores Lebbe y Cotta. ¿Quién era este personaje?
El P. Cotta nació en El Cairo el 7 de enero de 1872, hijo de un egipcio casado con una austríaca. Ingresó en San Lázaro el 18 de julio de 1891; ordenado en París el 4 de junio de 1898, fue enviado a Madagascar, donde trabajó hasta el 1905. Por dificultades continuas con el señor Obispo Mons. Crouzet fué trasladado a China, a donde llegó el 3 de mayo de 1906. En el Distrito de Tientsin se junta con el señor Lebbe. Hombre sutil, andaba en discusiones con sus superiores. Fué el consejero del P. Lebbe, que lejos de retenerle le empujaba a menudo más allá que lo que el P. Lebbe deseaba.
En febrero de 1917 el P. Guilloux, Visitador de la Provincia Meridional, llega a Tientsin con amplios poderes recibidos de París. El P. Comisario recuerda a sus Co-hermanos el voto de Obediencia y la prohibición de Roma de inmiscuirse en asuntos políticos. Les exhorta a esperar respetuosamente las decisiones de los superiores, a evitar en lo sucesivo confusiones con ningún partido político y a ni siquiera hablar de los conflictos pendientes, incumbencia exclusiva de los dos Gobiernos. Todos, incluido el Padre Lebbe, lo prometieron bajo juramento. Al día siguiente el P. Lebbe reunió a los sacerdotes seculares (sobre ellos el Comisario paúl no tenía ninguna autoridad), les contó todo lo que había sucedido en el día anterior y decidió con ellos apelar a Romar.
El 19 de marzo un telegrama llegado de París enviaba al P. Lebbe al Vicariato de Ning-Po y al P. Cotta a Quito. El P. Lebbe obedeció inmediatamente. El P. Cotta rehusó, alegando que era austríaco y que no quería sufrir el riesgo de ser apresado en el vieja (estaban en plena guerra mundial).
Por su rebeldía se le puso en entredicho, prohibiéndole los ministerios sacerdotales. El P. Cotta, haciendo caso omiso, recurrió a Roma.
Su carta estaba redactada tan hábilmente, que hizo cambiar de opinión. ¿Escribió también el P. Lebbe desde Ning l’o? Es posible. Pero lo ignoramos.
El 14 de agosto de 1918 Mons. Dumond llegó a Pekín provisto de una carta… La sagrada Congregación de Propaganda–influenciada por la ofensiva partida de Tientsin ordenaba a Mons. Dumond que volviera a recibir de nuevo a los misioneros expulsados y perdonara al P. Cotta, después de presentada su excusa.
Monseñor Dumond pensó en dimitir y vino a consultarlo con el Obispo de Pekín. Los demás Obispos Paúles del Norte fueron puestos al corriente de esta intriga.
En sendos telegramas, Mons. Jarlín, Mons. Fabrégues, Monseñor De Vienne y Mons. Gueurts pidieron una suspensión temporal del decreto y plantearon el pleito ante la sagrada Congregación de Obispos y Regulares. Las órdenes de la Propaganda fueron anuladas.
Visita apostólica de Mons. De Guebriant
A fines de 1918 Mons. De Guébriant, Vicario Apostólico de Canton (1916-1921), fue encargado por Roma de hacer una visita apostólica de todas las misiones de China. El Obispo comenzó su gira por el Sur y llegó a Tientsin en octubre de 1919.
Estaba encargado especialmente de arreglar el asunto Cotta en el curso de su visita al norte de China. Mientras Monseñor De Guébriant estaba todavía en Shanghai tuvo ocasión de recibir al P. Lebbe. Este escribió entonces a su amigo de Tientsin. «No vaya usted a estropear con sus saIidas intempestivas lo que yo he logrado obtener aquí.»
Pero las entrevistas que durante mes y medio sostuvieron el Obispo y el P. Cotta no condujeron a nada. Eso sí, Mons. De Guébriant pudo tener conocimiento de los numerosos informes de los Vicarios Apostólicos y de los misioneros referentes a los PP. Cotta y Lebbe. Recibió asimismo otro de la Cámara de Comercio francesa de Tientsin, en el cual, con pruebas al canto, se exponían los daños que estos dos personajes habían causado a los residentes franceses de Tientsin.
Por fin, el 18 de noviembre de 1919, Mons. De Guébriant dirigía a todos los sacerdotes de Tientsin un documento latino que constituía una reprobación oficial del P. Lebbe y de sus partidarios. El P. Cotta se sometió cuando comprendió que el Visitador Apostólico tenía su ex comunión en el bolsillo. El 23 de noviembre Mons. De Guébriant llevó consigo al P. Cotta a Shanghai. El 9 de diciembre éste embarcaba para Europa, y muy poco después abandonaba la Congregación para dirigirse a América, a los Padres de Maryknoll, entre los que moriría el 28 de abril de 1957.
Para el P. Lebbe sus tres años de estancia en el Chekiang no fueron felices. Bien es verdad que, siendo la lengua de esta región tan diferente de la del Norte, no le era posible producir en sus discursos los afectos oratorios que cautivaban a sus auditorios de Tientsin. Su influencia entre los sacerdotes era prácticamente nula, y entre los cristianos, inexistente. Su esfuerzo por atraer a Mons. Reynaud a sus teorías fracasó por completo. Muy pronto Nigpo le resultó aburridísimo. Por otra parte, Tientsin le estaba definitivamente vedado. No le quedaba, pues, más que una solución: volver a Europa. Desde hacía varios años había en Europa numerosos estudiantes chinos de los que, según Lebbe, nadie se preocupaba. El iría a convertirlos. Así se lo indicó a Mons. De Guébriant. El plan no desagradó al enviado a Roma: veía en él el medio de alejar para siempre de China al P. Lebbe.
En pocas palabras: el P. Lebbe, que como religioso se encontraba bajo la jurisdicción del P. Gilloux, pidió a éste permiso para regresar a Europa. El Visitador se lo concedió de muy buena gana. El 5 de marzo el P. Lebbe embarcaba para Europa.
El «resumen histórico»
En Bélgica y Francia el P. Lebbe llevaría una vida tan activa como en China, pero de otro estilo. Nos limitaremos a mencionar un opúsculo compuesto por él; aunque de tirada muy reducida, tuvo una influencia muy grande sobre sus amigos y partidarios de Europa. Creemos que fué publicado hacia 1921 ó 1922, y es actualmente muy raro.
El que tenemos a la vista es de 46 páginas. Se titula «Resumen histórico». El autor intenta hacerlo pasar como un informe presentado por él al soberano Pontífice. Esto es evidentemente falso. El P. Lebbe no era tan ingenuo como para creer que un informe a la Santa Sede pueda presentarse de este modo. Además, varias veces, en el curso del escrito, se dirige al lector. Trátase sencillamente (le una apología de sus actividades en Tientsin.
Fara dar al lector una idea de lo que es el «Resumen»; citaremos dos pasajes tomados al azar.
Después de afirmar que, en castigo de cierta falta cometida por él, la autoridad superior le había dejado sin víveres (lo cual es evidentemente falso. pues Mons. Jarlin no dejó nunca de darle una doble subvención, una para su manutención y otra para las obras), añade: «El año siguiente se abrió para el distrito entero de Tientsin sin subsidio de la Propagación de la Fe para los gastos. Pero eso fue precisamente la salvación: al dejarnos sin dinero no podía exigirnos la compra de catecúmenos, pero en cambio no se podía prohibir a los misioneros la propagación del Evangelio; por fin eran libres para ensayar otros medios. Inmediatamente se pusieron al trabajo. El año aquel coincidía con la proclamación de la República, que inauguraba una era rica en posibilidades, y entonces comento la ofensiva. Se trazaron planes lo bastante flexibles para quo pudiesen adaptarse a las circunstancias, hacer frente a los imprevistos; en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo se marchó adelante… A los seis años de esta marcha se habían logrado todos los objetivos, se habían consolidado las posiciones, se había esclarecido la situación, se habían abierto ilimitadas esperanzas sobre el futuro. Todo había resultado conforme a las previsiones.
Muchas veces, incluso, la realidad había sobrepasado las esperanzas…»
He aquí otra muestra, Acaba de hablar del famoso asunto de Lao-Si-Kai: «Casi en aquel mismo momento el creciente vigor de los católicos dio a luz a un diario, el «I-che-pao», que no tardaría en convertirse en el periódico más extendido y más estimado de todo el norte de China y el arma más formidable de la ofensiva tan bien comenzada. El artículo de fondo del primer número era una carta abierta, cortés, pero implacable, al cónsul, que intentaba pisotear los derechos más sagrados de la patria china… El artículo fue corno una andanada de artillería que prepara y anuncia un gran combate. A este toque de rebato todas las fuerzas vivas del catolicismo de Tientsin salieron de las trincheras. Fue el comienzo de una batalla inolvidable en la que aquel ejército, decidido a acabar con el problema, lo sacrificó todo al logro de la causa. Muchos cristianos se jugaron en ella, sin una vacilación, sus medios de vida; algunos jefes del movimiento le sacrificaron algo más precioso que la vida misma. Pero también esta vez, al cabo de varios meses de lucha encarnizada, se alcanzaba el objetivo.»
Algo hay de verdad en tanta palabrería. Se trata del asunto de las concesiones, que el autor presenta como un triunfo. Hubo, en efecto, por las calles de Tientsin manifestaciones ruidosas e insultantes para Francia y el Protectorado, conducidas por el P. Lebbe en persona. Un Padre Jesuita, ahora octogenario, nos decía hace poco: «Yo vi con mis propios ojos al P. Lebbe, muy escuetamente vestido, dirigiendo en bicicleta las magnas manifestaciones de jóvenes por las calles de Tientsin, sugiriéndoles los «slogans» que debían repetir…»
El «Resumen» ha sido magistralmente refutado por el Padre Willemen, Paúl holandés del Vicariato de Youg-Ping y condiscípulo del P. Lebbe, en un opúsculo del mismo formato que el «Resumen», pero más voluminoso. Desgraciadamente esta respuesta no es muy conocida.
Pero volvamos al alegato del P. Lebbe. El pasaje que acabamos de citar termina con estas palabras: «El objetivo había sido alcanzado.» Así era, en efecto, pero el autor no dice cómo. Nosotros sí lo sabemos: las tres autoridades, civil, eclesiástica y religiosa, se pusieron de acuerdo y el agitador fue alejado de Tientsin. Poco después, como hemos dicho, partía para Europa. Pero siete años más tarde volvía a reaparecer en China.






