Una figura discutida: el P. Vicente Lebbe, C.M. (I)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Octavio Ferreux · Year of first publication: 1964 · Source: Anales españoles.
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vincentlebbeEn varias Comunidades de la Provincia se ha leído en público la biografía del P. Vicente Lebbe, escrita por el famoso canónigo belga Jacques Le­clercq. El P. Lebbe es indudablemente una de las grandes figuras de la historia de las misiones en nuestro siglo. Pero, como ocurre con toda las gran­des figuras, su actuación ha sido y es objeto de con­troversia. La vida de Leclercq parece haber subra­yado en exceso los rasgos favorables al P. Lebbe, aun a costa de la consideración debida a venerables instituciones de la Iglesia y, entre ellas, a la Con­gregación de la Misión y a algunos de sus más egregios representantes en China. Un elemental de­ber de justicia obliga a no juzgar antes de oír a todos los interesados en un conflicto: audienda est et altera pars. De ahí, el interés de presentar a los lectores de ANALES la visión que del discutido mi­sionero belga ofrece la «Historia de la Congrega­ción de la Misión en China», escrita por el P. Oc­tavio Ferreux y recientemente publicada por los «Annales» franceses. La siguiente traducción es de­bida a la pluma del P. Félix Urrestarazu.

Un misionero muy activo

Después de la tormenta del 1900, el Vicariato de Peking recibió de Paris, a lo largo de los años 1901 y 1902, once misioneros, de los cuales ninguno había recibido todavía el sacerdocio. Entre éstos se hallaba el señor Lebbe, que des­embarcó en Sang-Hai el 16 de marzo de 1901 en compañía del señor De Vienne, sacerdote desde el 9 de junio de 1900, y del señor Joseph Gaté, diácono secular.

El señor Vicente Lebbe nació en Gante (Bélgica) el 19 de de agosto de 1877. Fue recibido en París el 5 de noviembre de 1895, donde el 7 de noviembre de 1897 emitió los votos y comenzó sus estudios eclesiásticos en San Lázaro.

Bien dotado, hablador infatigable, no tardó en hacerse no­tar entre sus condiscípulos. Se vivía entonces en plena cri­sis modernista. Reinaba cierta inquietud entre los estudian­tes. Roma no había hablado todavía. Se discutía; algunos se inclinaban a favor de Loisy. El Hermano Lebbe era uno de ellos, y como él hablaba mucho y le gustaba discutir, causó algún desorden en torno a su persona. Sus superiores juz­garon conveniente cambiarle de lugar. Y le enviaron a Dax para que terminara sus estudios. Pero aquí también, sus ideas avanzadas y su espíritu crítico e insinuante, agradaron a al­gunos de sus condiscípulos; así se creó el «Partido Lebbe», que dió mucho que hacer a los profesores.

El clan preparaba de antemano las cuestiones que cada uno debía de proponer por turno al profesor. Un día, éste, irritado, y ya no pudiendo más—y no pudiendo sobreponer­se—, invitó al Hermano Lebbe a que ocupase su puesto en el estrado. Lebbe subió a él sin dudar y despachó sus teorías con aplomo. Bastó esto para que fuese llamado desde París a principios del año 1900.

Por estos hechos, el Superior de Dax, señor Verniere, tomó cartas en el asunto. Y explicó que era urgente para el bien de la Comunidad de Dax alejar de allí a este estudiante turbulento. Y realizado esto terminó el incidente.

Sin embargo, el Hermano Lebbe parecía tener talento y estar bien dotado para el estudio. Se pensó en París que una estancia en Roma, en nuestro Seminario Internacional, daría una mejor orientación a sus ideas. Allí fue enviado para la apertura de curso, octubre 1900. Se dice que no pudo seguir los cursos de la Universidad a causa de una enfermedad.

Mientras tanto, Monseñor Favier, tan pronto como la cal­ma fue restablecida en Peking después de la revolución de los boxers, hizo un viaje a Europa con vistas al reclutamiento de personal para su misión de Peking. En París se le propuso al Hermano Lebbe, próximo a finalizar sus estudios. El Obispo aceptó y el interesado consintió con gozo.

Apenas llegado a Peking, el Hermano Lebbe se puso a es­tudiar con empeño le lengua china, y consiguió en ello un éxito asombroso. Dotado de una memoria privilegiada le gus­taba hablar con cualquiera; él la asimiló tan bien, que des­pués de algunos meses de estancia en Peking podía mante­ner una conversación en chino.

Ordenado sacerdote el 27 de octubre de 1901, se le encar­gó dirigiera algunos cursos en el Seminario de Pétang. En una de sus primeras lecciones dijo a los seminaristas que el «Tratado sobre la Iglesia» era un círculo vicioso. El señor Gui­lloux, dándose cuenta del hecho, prefirió separarse de su co­la,borador. El señor Lebbe fué enviado en calidad de vicario al distrito de King-Tong, cuyo Director era el señor Scipio­ne, cohermano italiano. El señor Lebbe trabajó aquí con todo su celo; se puso al corriente de usos y costumbres, hablando con todos los que encontraba y entregándose con alegre co­razón a los trabajos ministeriales.

Sus cohermanos habían notado en él singularidades que les daban fundamento para suponer en él prurito de popu­laridad.

Realmente no había lugar para discutir sobre el moder­nismo; los misioneros abundaban en otras preocupaciones: se trataba de evangelizar a los chinos y este tema bastaba para sostener las conversaciones, en las que el P. Lebbe emi­tía teorías asaz extrañas; pero como su estancia en este dis­trito fue corta y normal, dejó la impresión de ser un misio­nero celoso.

En efecto, existía en él madera de un buen misionero. Sus dotes naturales servían de pantalla para sus originalidades. Monseñor Jarlín mostróle su confianza nombrándole en 1903 Director del Distrito de Tchouo-Tcho, a medio camino de Pao­Tm g, junto al ferrocarril.

El P. Lebbe, ya en su lugar, creyó poder obra con ma­yor independencia que en King-Tong bajo la mirada de su Director. En sus tres años de estancia en Tchouo-Tcho mos­tró su tendencia a mezclarse en asuntos que no tenían nada que ver con la religión, y esto sin el parecer de su Obispo; así se atrajo la reprensión de Monseñor Jarlín en un pleito. «Usted ha obrado muy mal —le escribió el 16 de agosto de 1905— al enviar al Mandarín la lista de los culpables. Usted ha asu­mido un papel que nunca debe ser el nuestro. Lo mejor hu­biese sido no haber escrito; pero en fin, supuesto que usted quería proteger a este rico, pudo haberse contentado —si de ello estaba usted bien seguro— con decir que él era inocente.»

Otra vez, el 14 de diciembre de 1905, Mons. Jarlín le acon­sejó: «Cuando usted abandone su residencia por largo tiem­po haga lo posible por informarme para que sepa dónde se encuentra usted.»

Viajaba frecuentemente a Peking, no por ver a su Supe­rior, sino por visitar a los sacerdotes chinos o a los semina­ristas, ya en sus recreaciones o en sus paseos, conversando con ellos, y excitándoles contra todo aquello que no fuese chino. Parecía más chino que los mismos chinos.

En su residencia de Tchouo-Tcho levantó una escuela pri­maria superior; sobre ella colocó la bandera imperial. Y en lugar de visitar sus cristiandades y sus escuelas de catecú- menos, nombróse a sí mismo profesor de esta escuela paga­na, donde se educaban un centenar de alumnos vestidos con un uniforme facilitado por el Director. Tras años más tarde, cuando el P. Lebbe fijó plaza en Tientsin, la escuela se cerró, y los alumnos tuvieron la satisfacción de haberse vestido casi gratuitamente.

Gastaba abundantemente; en el balance anual de cuentas se encontraba mensualmente con déficit. Además presen­taba a menudo cuentas inexactas. Una de las veces el pro­curador del vicariato advirtióle un error de 3.000 taels en de­trimento de la caja episcopal. El P. Lebbe levantó los brazos al cielo declarando que en lo tocante a cuentas no entendía ni una palabra.

Prestaba el dinero a amigos pobres en recursos económi­cos; la más de las veces el dinero prestado no volvía.

En suma, su estancia en Tchouo-Tcho no fue brillante, y si hacemos caso a la opinión de sus sucesores, los cristianos salidos de su catecumenado, por falta de vigilancia pasto­ral, adolecían en su formación. Hasta este momento no hay nada grave. Sencillamente hemos notado algunas de sus ex­centricidades. No porque sean importantes, sino más bien para entrever el estilo espiritual de este misionero que dará mucho que hablar un su vida y aún después de su muerte.

Monseñor Jarlín, misionero integral, mostró afecto a este minero emprendedor a pesar de algunas calaveradas.

En el otoño de 1906 Monseñor nombró al P. Lebbe Direc­tor del Distrito de Tientain, mucho más importante que el de Tchouo-Tcho. La residencia del señor Lebbe era la iglesia de Nuestra Señora de las Victorias, en Wang-ho-lecu. El y sus nueve colaboradores —tres de los cuales eran europeos— trabajaban intensamente. El método de limosnas estaba en pleno apogeo, y el señor Lebbe lo empleó hasta la saciedad. Monseñor Jarlín le escribía frecuentemente dándole conse­jos y directrices.

Poseemos unas cuarenta cartas, breves por cierto, dirigi­das por Mons. Jarlín al P. Lebbe, que abarcan un período de seis años, desde 1906 a 1912. De algunas de estas cartas po­demos deducir cuál fué la actividad del P. Lebbe en Tientsin.

Cartas de Mons. Jarlín al P. Lebbe:

13 de octubre de 1906: «Os mando que os acostéis a las nueve, a los tres, cuando no estéis fuera de casa.» Esto era al principio de la estancia del señor Lebbe en Tientsin. El Obispo conocía de sobra la costumbre del señor Director de trasnochar en charlas y corrillos para encontrarse menos dis­puesto a la mañana siguiente.

21 de enero de 1907: «Sea más comedido en conceder el bautismo y que no vaya tan de prisa. Tener cristianos que in siquiera cumplen con Pascua, es no tener nada. Inútil es convertirlos. Nosotros no queremos bautizos, queremos cris­tianos.» Se ve claramente que el Director se precipitaba demasia­do en verter el agua bautismal sobre la frente de los catecúmenos.

28 de febrero de 1907: «Una de las cosas que más necesi­tan, no sólo usted sino todo el vicariato, es tener catequistas para los hombres y para las mujeres. He aquí lo más necesario. ¡Cómo podré convenceros de esto! La obligación de pro­veer esta necesidad recae en cada Director y hay que atender­la con preferencia a las clases de geografía y gimnasia. Aña­da la necesidad del reclutamiento para el Seminario. Obligación que debe pasar a primer término«. Pocos días después Mons. Jarlín vuelve sobre este tema.

9 de abril de 1907: «¿No ha establecido usted todavía escuelas para catequistas? Para esto se le ha asignado un préstamo. Cada Director posee el suyo; usted lo tenía en Tchouo­Tcho.» ¿Se lo han concedido también en Tientsin? Difícilmente se comprende que un Director descuide la formación de catequistas. El P. Lebbe los solicitaba ya en los otros distritos, ya en el vicariato vecino de los PP. Jesuítas. El P. Lebbe jamás se preocupó de reclutar aspirantes para el Seminario: tenemos la certeza de que durante los veinte años que él trabajó en las misiones del Norte no envió un solo se­minarista menor a ninguno de los Seminarios de la Provincia vicenciana y mucho menos un seminarista mayor. Omisión extraña. El proclamará que los misioneros que le han precedido en el trabajo han descuidado la formación del clero indígena.

11 de abril de 1907: «Forme catequistas; es su deber. Es una de las obras más necesarias. Trabaje en esto. Yo pensé que usted los formaría una vez nombrado Director. Comien­ce. Nunca es tarde para hacer el bien…» El buen padre exhorta a su hijo con constancia y sin brusquedad.

4 de mayo de 1907: «No es extraño que nada de lo que usted hace sea perfecto. ¿No es un deber mío el hacérselo notar? Le aseguro que esto es para mí un consuelo…, ya que tanto deseo veros convertido en un perfecto misionero. Te­med equivocaros. Pero no temáis que se os diga. Lo único que me preocupa es vuestra falta de reflexión y las malas conse­cuencias de algunos asuntos precipitados.»

27 de julio de 1907: «Usted ha gastado 4.300 taels en ca­pillas. El año último había en vuestro distrito 60 capillas y este año solamente 55. Respondedme urgentemente.» iQué lástima! Ignoramos las reacciones que estas delica­das advertencias del Obispo provocaron en el alma del misio­nero. No poseemos ninguna de sus respuestas.

12 de junio de 1908: «No se apene por las cosas que yo tengo obligación de decirle. Usted posee grandes cualidades, pero le falta una: el carácter. Es necesario que se responsa­bilice de sus actos.»

14 de julio de 1909: «Me encuentro enfermo y apenas he podido repasar sus cuentas. He hallado en ellas cosas curiosas: este año posee usted menos capillas que el año anterior. Yo me pregunto: ¡Cómo habréis podido gastar tanto en favor de los catecúmenos! Calculad a cuánto se elevan los gas­tos que habéis hecho con ellos.» Las cuentas. La pesadilla del P. Lebbe. Se encontraba siem­pre sin dinero, metido en préstamos (sin contar con su Obis­po) y en deudas que nunca podía pagar. Los empleados mal­gastan su dinero.

8 de julio de 1911: «No esperamos las cuentas, pero no se apresure demasiado en hacérmelas, porque las quiero exac­tas y sin error…»

En la revolución de 1911 en Tientsin.

Monseñor Jarlín aconseja a su súbdito, porque se deja fácilmente impresionar por el pánico y se mezcla en asuntos puramente políticos.

28 de septiembre de 1911: «¿Qué opina usted de la situa­ción? ¿Qué medidas tomaremos? Advertid que no se nos ata­ca, y que nosotros no podemos ni debemos combatir contra un partido. En estas condiciones no tenemos nada que hacer.»

29 de noviembre de 1911: «En estas circunstancias siga­mos el consejo de San Vicente: Sigamos el parecer de los pru­dentes. No seamos jamás ni los primeros ni los últimos. La prudencia más elemental nos obliga a ello por nosotros y por nuestros cristianos.»

5 de marzo de 1912: «Demos gracias a Dios por su protec­ción sobre nuestros cristianos. En ningún lugar se les ataca. Las iglesias siguen en paz.»

El P. Lebbe era muy hábil en las relaciones con sus su­periores. En las visitas a su Prelado y en su correspondencia habla sólo de los catecúmenos y de sus conversiones. «Todas las esperanzas nos están permitidas.» Esta frase ocurrente la repetirá hasta la saciedad. Si era cogido en alguna falta caía de rodillas…, se reconocía culpable…, pero no se corregía. Y con un todo de magnanimidad intervenía siempre en favor de los paganos adinerados que habían sido más o menos des­pojados por los revolucionarios. El P. Lebbe, que habla mal de la Legación francesa y emprenderá pronto una campaña contra el ministro de Francia, rogará a Mons. Jarlín para que intervenga cerca del ministro francés y éste indemnice a sus ricos paganos alegando alguna esperanza en su conversión.

Monseñor Jarlín le dirigió la siguiente contestación el 25 de marzo de 1912: «Ciertamente yo querría ayudar a estos ricos, pero me será imposible. Usted sabe que el señor Picot (encargado de negocios de la Legación francesa) marchó a Pao-Ting, donde fue saqueado. El ha declarado a los que so­licitan una indemnización: ‘No podemos hacer nada; es una calamidad general.’ No cuente, pues, con la intervención del ministro. Yo creo que usted estará persuadido de que deseo tanto como usted la conversión de los ricos, de los poderosos y de los pobres, y que estoy dispuesto a hacer todo lo que yo pueda, pero solamente lo que yo pueda.»

De esta carta deducimos la actitud siempre independien­te del P. Lebbe en su obrar, y que obedecía sólo cuando le agradaba.

A partir del 9 de marzo de 1912 el P. Lebbe se encuentra bajo la autoridad de Mons. Dumond. El distrito que él gober­naba llegó a ser Vicariato Apostólico. El Obispo, consagrado en Peking el 30 de junio de 1912, entró solemnemente en Tientsin el 4 de julio. En Tientsin no había nada más que dos iglesias, la de Nuestra Señora de las Victorias, en Wang­Ho-Leon, donde residía el Director, y la de San Luis, donde residía el procurador de la Provincia del Norte, que con un vicario chino administraba a los europeos cristianos y a los chinos.

Monseñor Dumond fijó su residencia temporalmente en Nuestra Señora de las Victorias. El, que había sido Director de Tong-Lu, vicario general de Mons. Jarlín a partir de 1905, apenas conocía su nuevo Vicariato. Necesitaba un vicario ge­neral; depositó su confianza en el P. Lebbe, a pesar de sus atrevimientos y de sus excentricidades y lo nombró vicario general. Puede extrañarnos que depositara su confianza en un misionero que había dado señales inequívocas de falta de ponderación y de carácter. Para comprenderlo hace falta co­nocer la situación planteada al señor Obispo al comienzo de su episcopado en Tientsin.

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