Una actualización del carisma vicenciano (II)

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CREDITS
Author: Miguel Lloret, C.M. · Year of first publication: 1988 · Source: Ecos de la Compañía, 1988.
Estimated Reading Time:

Terminábamos el artículo precedente con la expresión «Signos de los tiempos», de la que a veces se ha abusado, pero que sigue conservando toda su fuerza de sig­nificado y de interpelación. Precisamente a propósito de la Doctrina Social de la Iglesia (aunque sin emplear este término) el Concilio puso el acento en la necesidad de:

  • «discernir en los acontecimientos los signos de la presencia y de la acción de Dios», y
  • «de iluminar todo con una luz nueva sobre la vocación integral del hom­bre».

Ya se trate

  • del destino universal de los bienes de la tierra y por tanto de la cuestión de la propiedad privada o social,
  • de la economía, que tiene como finalidad el servicio al hombre, a todo hombre, a todo el hombre y no el poder y el provecho de algunos,
  • de poner remedio a las inmensas desigualdades en el interior de una nación o entre las naciones, desde las más desarrolladas a las más pobres,
  • de establecer, a través de todo esto, una paz justa y duradera,
  • del respeto absoluto a la vida humana, desde el primero hasta el último instante, del respeto a los inmigrados y a sus características propias,
  • del reconocimiento de la libertad de emprender y de la necesidad de la participa­ción de todos en la gestión y en los beneficios de las empresas,
  • de concretar el derecho y el deber de intervención del Estado, dentro del respeto a las personas y a las asociaciones, para llevar a cabo de una manera concreta los derechos y las libertades de todos y de cada uno, etc.
  • Los vicencianos saben muy bien que, desde su puesto y según su espíritu, tie­nen que tomar parte en todas estas reflexiones y en todas esta tareas, puesto que van encaminadas a la promoción integral del hombre, y sabre todo de los pobres, en conformidad con el designio de Dios. Historia humana e historia de la Salvación son inseparables.

Ahora bien, dentro de este programa, María «dependiendo totalmente de Dios y plenamente orientada hacia El por el empuje de su fe, María, al lado de su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cos­mos. La Iglesia debe mirar hacia Ella, Madre y Modelo, para comprender en su inte­gridad el sentido de su misión» (Instrucción sobre la libertad cristiana y la liberación, n.° 97).

1. El Magníficat de María… y María la del Magníficat

A. La opción por los pobres

Es ésta una expresión que se utiliza con frecuencia y quizá no es siempre sufi­cientemente comprendida. Juan Pablo II, refiriéndose al texto que acabamos de ci­tar, lo pone en relación con el Magnificat en estos términos:

«El amor preferencial (de la Iglesia) por los Pobres está inscrito admira­blemente en el Magnificat de María. El Dios de la Alianza, cantado por la Virgen de Nazareth en la elevación de su espíritu, es a la vez el que «derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes,… a los ham­brientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos… La Igle­sia, acudiendo al corazón de María, a la profundidad de su fe, expre­sada en las palabras del Magnificat, renueva cada vez mejor en sí la conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes…» (La Madre del Redentor, n.° 37).

Los Servitas de María publicaron un texto muy denso de su capítulo General de 1983, bajo el título «Haced todo lo que El os diga» (texto francés en las Ediciones Paulinas del Canadá y en «Mediaspaul» de París, 1984). Del pasaje sobre la opción en favor de los pobres, podemos entresacar algunas notas dominantes:

1) Cristo es nuestra verdadera y suprema riqueza.

El Evangelio nos pone en guardia contra el apego desordenado a los bienes de este mundo, apego que endurece y cierra el corazón.

En oposición a las formas de vida dominadas por el deseo de las riquezas, Jesús escoge para Sí mismo y para sus discípulos una vida que está sellada por la pobreza.

2) En lo concreto de su vida evangélica, la Madre de Jesús aparece igualmente como una mujer pobre, en un doble aspecto:

  • Pobre desde el punto de vista sociológico.
    • Nace en una región despreciada de Galilea,
    • Es prometida en matrimonio a un humilde carpintero,
    • Deposita a su Hijo recién nacido en un pesebre de animales, Lo rescata con la ofrenda de los pobres,
    • Tiene que huir con El a un país extranjero,
    • Vive treinta años con El en las sombras de Nazareth,
    • Vive el drama de su muerte en una cruz entre dos malhechores, etc.
  • Pobre, sobre todo, desde el punto de vista espiritual.
    • Está en primera fila entre los «Pobres de Yahvé» que esperan y reciben de El la Salvación,
    • Se pone gozosamente al servicio del Señor, totalmente dócil a su voluntad,
    • Solícita con Isabel, goza con ella de la gratuidad de los dones de Dios,
    • Se la proclama bienaventurada por su Fe,
    • Es, al mismo tiempo, la mujer de la palabra decisiva y del silencio meditativo,
    • Es solidaria de su pueblo, de los oprimidos, de los humildes de corazón,
    • Colmada por la misericordia de Dios, proclama el poder liberador de esta mi­sericordia.

De este modo María nos invita a la vez a dar testimonio de la pobreza evangélica y a hacer una opción clara en favor de los Pobres. Los bienes de este mundo, precisamente porque están subordinados a los valores del Reino, están destinados pri­mordialmente al verdadero servicio y a la verdadera promoción del hombre. La Vir­gen nos precede en esta actitud de confianza en Dios y de denuncia de la injusticia.

B. La revolución de Dios

Sin duda alguna, tenemos que remitirnos siempre a este Magnificat en el que María no proclama, ciertamente, un mesianismo terreno, pero tampoco hace subir hasta el Señor una oración desencarnada: su canto de liberación brota de su Fe mis­ma. Es «la Revolución de Dios», según el título que René Coste ha dado en su libro La Revolución según el corazón de Dios (Edición Nouvelle Cité, París, 1986).

1) El Magnificat se enraiza en la concepción de la Salvación que encontramos en el Antiguo Testamento pero la supera infinitamente en Jesucristo.

Para el Antiguo Testamento, la explotación y la opresión de los seres humanos están en oposición con el plan divino y constituyen, por tanto, faltas graves de las que hay que arrepentirse y convertirse. Es ya un cambio profundo de situación en beneficio de la masa de los pobres.

María exalta en su propia persona a todos los pobres, a todos los pueblos humi­llados. Pero su canto es el cántico de la Nueva Humanidad en Jesucristo. Este men­saje se nos ha confiado a nosotros, porque no se concreta más que por nuestra pro­pia responsabilidad y nuestra libre cooperación. Existirá siempre la obstinación egoísta de los opresores —y, en cierto sentido, el mismo Jesucrito fue su víctima— pero la liberación se inscribe en la realidad histórica. Repitámoslo una vez más: no se trata de confundir la Salvación en Cristo con una liberación socio-política como tal, sino que la concepción cristiana de la Salvación es la que nos impone el deber de obrar en favor de esta liberación socio-política. El Dios del Magnificat se pone decidida­mente del lado de los pobres y de los sin-poder, y nos llama a hacer que cese la ex­plotación y la opresión y a contribuir al advenimiento de una sociedad justa y frater­nal.

2) Liberación de los pobres a través de los pobres.

Por eso hay que considerar el Catolicismo popular —y especialmente su dimen­sión mariana— como una gran riqueza de Fe y de experiencia cristiana, como una base importante para la evangelización y la catequesis, con la condición de contri­buir, como Iglesia, a su purificación y a su educación a la luz de la Palabra de Dios. Hacer de la devoción mariana un proceso de pura y simple resignación personal y colectiva, sería merecer los sarcasmos del marxismo contra la Religión como «opio del pueblo». Siguiendo a María, estamos llamados a hacernos hijos de Dios, valien­tes, justos, fraternos, porque el mundo querido por Dios es un mundo de justicia y de amor.

Por eso mismo, la Virgen del Magnificat nos enseña que la auténtica liberación de los pobres ha de llevarse a cabo por ellos mismos y en solidaridad con ellos dentro del espíritu de las Bienaventuranzas. El Cántico de María es el de las Bienaventuran­zas, por tanto es un cántico movilizador. Tanto como en el pasado, si no más, tene­mos que vivir la dimensión de interioridad del Magnificat, y más que nunca debemos actualizar su interpelación en favor de una sociedad justa y fraternal.

Esta «revolución de Dios» se entiende, por tanto, en el sentido de que Dios deja a los hombres la tarea de organizar libremente la ciudad terrestre, pero Él no se que­da sin embargo inactivo en esta aventura, ni extraño a nuestra historia. Toma Él mis­mo en sus manos la causa de los pobres y nos pide a todos que seamos pobres se­gún las Bienaventuranzas. Él interviene para enderezar, recrear, renovar a los hom­bres y les pide que piensen y obren de conformidad con su propia vocación. Por este mismo hecho, el Magnificat es un cántico de Esperanza, un cántico para una civiliza­ción del Amor, un cántico para una evangelización con miras a esta civilización del Amor.

2. Historia y geografía de la Fe

El Magnificat es el cántico de la Iglesia en marcha, dice Juan Pablo II. Indica como «signo» los múltiples santuarios que, a lo largo de los siglos, han sido elevados por la piedad de los fieles en honor a María y que constituyen, a través del mundo, una verdadera «geografía de la Fe» (La Madre del Redentor, n.° 28). Indudablemente pensamos en seguida en nuestra Capilla de la Medalla Milagrosa y en el mensaje que resuena en este lugar desde 1830.

A. Un lugar clave de la geografía mariana

Hemos tenido ya ocasión de hacer alusión a la carta circular enviada el 7 de oc­tubre último por el Cardenal DADAGLIO, Presidente del Comité romano para el Año Mariano. Este año debe ser para los santuarios marianos el tiempo favorable para ser más que nunca:

  • lugares de celebración del culto,
  • lugares de cultura,
  • lugares de proposición vocacional,
  • lugares de Caridad,
  • lugares de compromiso ecuménico.

No es posible desarrollar aquí todos estos aspectos tan importantes. Retenga­mos el que nos interesa más en el marco de nuestra reflexión: lugar de Caridad. Por otra parte, la carta-circular precisa que el Comité «desea profundizar en un futuro próximo el tema del compromiso de la Caridad en razón de este Año Mariano». Es­peramos con interés estas orientaciones pero hemos de poner en práctica el espíritu de iniciativa y de inventiva, sin más tardar, como lo hace notar el mismo Cardenal Dadaglio.

1) Motivaciones.

Se deducen suficientemente de todo lo que se ha dicho en este artículo y en el anterior.

«Cada Santuario mariano, dice esta carta, en tanto que celebra la presencia, el ejemplo, la intercesión de la Virgen del Magnificat, es por sí mismo un foco que irradia la luz y el calor de la Caridad. Esto

  • se deduce de las palabras y de los contenidos enunciados por María en su cántico,
  • se modela sobre el comportamiento de la Madre de Jesús, siempre atenta y solícita hacia los necesitados (cf. Juan 2, 2-10),
  • se profundiza con la presencia materna de la «mujer» al pie de la Cruz del Hijo Redentor, asociada a El en la obra caritativa (por excelencia) de la Re­dención»,

«La Caridad, en la acepción del lenguaje común, es «el amor» expresado en nom­bre de Dios y encuentra sus manifestaciones concretas en la misericordia, la solidaridad, el compartir, la acogida, la ayuda y el don. Por esto, los santuarios marianos representan el signo que testimonia la mediación entre el amor de Dios y las necesi­dades del hombre, en nombre y por intercesión de la Madre de la Misericordia.»

Podemos y debemos añadir —pero ya lo hemos desarrollado ampliamente— có­mo todo esto toma todavía una fuerza mayor cuando lo confrontamos con nuestro carisma vocacional y con el mensaje de 1830 que se nos ha confiado.

2) Aplicaciones socio-caritativas.

Esta carta-circular, después de haber insistido en la acogida a los enfermos, de­sea que «cada santuario mariano, o varios en colaboración, creen nuevas estructu­ras adecuadas o ayuden a las que existen ya para dar una respuesta a los grandes males de la sociedad contemporánea, como, por ejemplo, la nueva enfermedad del Sida, la difusión proliferante de la droga, la apremiante necesidad de ayuda a la ter­cera edad, el actual problema de los sin techo».

De hecho toda una toma de conciencia social para despertar, educar y concretar dentro del espíritu evangélico y del espíritu vicenciano. Sería preciso volver otra vez sobre los puntos señalados a este respecto en la introducción de este artículo, en especial los grandes temas de la primacía de la persona, de la solidaridad efectiva y dinámica, de la subsidiariedad: una vez más, constatamos que la permanente ac­tualidad de nuestros Fundadores tiene su fuente en la permanente actualidad del Evan­gelio y en el centro mismo de este Evangelio «hecho efectivo». Vamos a dar una nueva ilustración de esto.

B. Una ilustración poco conocida

Se le podría poner por título «Hijas de María y el sindicalismo naciente». La cito aquí para darla a conocer y con la esperanza de suscitar búsquedas del mismo géne­ro en otros países, porque se trata de un ejemplo francés de la primera mitad del siglo XX.

1) La acción de Sor Milcent

Cuando falleció Sor Milcent, Hija de la Caridad, el 24 de febrero de 1927, Geor­ges GOYAU, de la Academia Francesa, le rindió homenaje en un artículo recogido por «Les Rayons», revista de las Hijas de María (p. 179), en razón del papel prepon­derante que había desempeñado esta Hermana en la fundación de los sindicatos pro­fesionales femeninos.

En el punto de partida de su actividad, hay una experiencia personal de educa­ción y un deseo ardiente de conseguir que, por fin, las trabajadoras llegaran a benefi­ciarse de los programas de justicia y de organización que elaboraba la obra de los círculos católicos de obreros. Durante los cinco años —1897-1902— en que se ocu­pó, en la Casa Madre, de la dirección de las escuelas, estuvo obsesionada por lo que ocurría después de la escuela. Por eso emprendió una cruzada discreta pero eficaz para la organización del trabajo femenino y asoció la Compañía de las Hijas de la Caridad a las grandes iniciativas de acción social surgidas de la encíclica Rerum No­varum sobre la condición de los obreros (1891).

Luis Milcent, su hermano, se había interesado desde hacía mucho tiempo por estas cuestiones, se le había visto al lado de Albert de Mun en todos los grandes congresos y había creado el sindicalismo agrícola de inspiración cristiana. Sor Mil­cent fue, en cierto modo su discípula, fundando, en 1902, los sindicatos llamados de «l’Abbaye».

A medida que se iba despertando la iniciativa en las trabajadoras, las Hermanas se iban retirando discretamente. Sor Milcent se reservaba solamente el cuidado de proseguir en ellas la formación del espíritu sindical. Al mismo tiempo se iba elevando el nivel profesional. A partir de 1921, Sor Milcent se orientó cada vez más activamen­te hacia las empleadas de hogar: buscaba para ellas un salario mínimo, etc. El calor de su corazón abordaba de esta manera, en nombre del Evangelio, la complejidad de los problemas sociales.

2) Formación social y sindical de las Hijas de María.

Cuando recorremos la colección de los «Rayons» desde comienzos del siglo XX, nos impresiona la inquietud por la formación en el terreno social y sindical. Por otra parte, ocurre lo mismo con el Eco de la Casa Madre desde su creación en 1926 hasta la guerra. La Mádre Guillemin tomará el relevo con la creación de las Fichas docu­mentales, que después evolucionarán en otro sentido.

Lo que ayudó poderosamente al desarrollo de esta formación, fue especialmen­te la organización, desde 1920, de los sindicatos de «l’Abbaye» por Sor Milcent, co­mo acabamos de decir. Ahora bien, si pudo realizar esta obra audaz, fue con las Hi­jas de María como militantes y elementos indispensables de la primera hora. Una de las pioneras fue Luisa Gateblé: hace falta leer la historia de esta obrera para com­prender la audacia de su lucha. Fue la primera que se atrevió a pedir vacaciones a su patrón para una docena de trabajadoras de su fábrica.

Sería demasiado largo desarrollar aquí la acción social, la acción profesional, la acción económica de estos sindicatos: por ejemplo, en 1917, a consecuencia de unas huelgas de modistas, se creó por su iniciativa una comisión mixta bajo la presi­dencia del ministro de trabajo. Dos miembros de los Sindicatos de la de «l’Abbaye» formaban parte del Consejo Superior del trabajo y otro de la Comisión Municipal de París. Se creó igualmente una caja municipal de jubilación, una sociedad cooperati­va, una guardería sindical, cinco casas de descanso y de convalecencia, ocho res­taurantes y un taller para desempleadas.

Entre todos los documentos que muestran la preocupación de los Superiores por la Cuestión Social, citemos solamente una carta del Padre Verdier, Superior Ge­neral, en 1920. Después de haber felicitado a las Hermanas por su acción en el mun­do del trabajo —es decir concretamente lo más a menudo con las Hijas de María, formadas como acabamos de ver —anuncia el establecimiento de un comité mixto (Sacerdotes de la Misión e Hijas de la Caridad) — para reflexionar sobre la acción so­cial que se impone en el momento y responder a sus exigencias. Seglares competen­tes forman parte de este comité en el que volvemos a encontrar el nombre de Sor Milcent.

Se pretendía llevar a cabo esta acción social cada vez con mayor profundidad. En 1922, los «Rayons» hablan de los equipos sociales que acaba de lanzar Roberto Garric. Este, muy vinculado a la familia vicenciana, consideraba la casa de Sor Cata­lina Labouré en Reuilly como la cuna de sus actividades sociales… De 1924 a 1929 despertó mucho interés el estudio de las grandes encíclicas sociales. En 1929 se en­cuentra también un estudio sobre la carta que acaba de publicar el futuro Cardenal Liénard, Obispo de Lille, con ocasión de un documento de la Congregación del Con­cilio sobre la cuestión social en el que se expone todo el programa de los católicos de la época a este respecto. El Cardenal Verdier, Arzobispo de París, animará a su vez a las Hijas de María en su apertura a toda la doctrina social de la Iglesia. El Con­greso del centenario de las apariciones en 1930 será también un gran paso en esta dirección.

Se trata, claro está, de un lugar, de una época determinada, que no hay que idealizar, ni tampoco tratar de copiar pura y simplemente. Por el contrario, lo impor­tante para nosotros es ese espíritu que nos invita a preguntarnos si nosotros, a nues­tra vez, sabremos hacer actual el carisma de la vocación a la luz del mensaje de 1830.

Para esto se requieren unas condiciones, y la primera es, precisamente, vivir de este espíritu. Tanto en Sor Rosalía Rendu o en Sor Luisa Milcent, como en otras Hijas de la Caridad que hemos podido conocer y que han tenido una irradiación y unas iniciativas extraordinarias, se encuentra una amor a toda prueba a la vocación y a los pobres, una adhesión y una lealtad sin fallo a la Compañía y, por encima de todo, un enraizamiento inquebrantable en una vida de Fe. En estos corazones, plena­mente disponibles, la gracia divina pudo actuar sin obstáculo y el mensaje de María fue recibido al ciento por ciento.

Así, pues, es necesario que la sensibilización ante las necesidades actuales vaya unida a la verdadera Caridad derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado, con el amor sencillo y humilde de las verdaderas siervas de Je­sucristo en la persona de los Pobres. Esto es lo que María nos enseñará mientras nos repite: «Haced todo lo que El os diga».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *