Y pondré mi espíritu en vosotros, y haré que guardéis mis preceptos. Y vosotros seréis el pueblo mío,
y yo seré vuestro Dios.
(Ezequiel, XXXVI.)
VICENTE de Paúl, cuyo corazón se regocijaba santamente al contemplar las bellas disposiciones de espíritu de las Hijas de la Caridad, y los frutos copiosos con que la mano de Dios bendecía las obras nacientes, había dicho muchas veces:
«Hijas mías, la Pequeña Compañía es obra de Dios. Ni la señorita ni yo habíamos pensado nunca en establecerla. Dios, pues, es el autor de vuestra Compañía.»
Vícente de Paúl se alegraba con este pensamiento. Es cierto que, siguiendo el curso de los acontecimientos, se ve que la Divina Providencia, con los pasos ocultos pero infalibles con que endereza los caminos a la consecución de sus fines, había ido engrandeciendo a la pequeña comunidad que en 1633 se constituyó como tal, formada por la señorita Legras y cuatro jóvenes hermanas, en la casa del barrio de San Nicolás. Luisa de Marillac no fue, pues, propiamente la cofundadora de la Compañía de las Hijas de la Caridad, si hemos de atender a las palabras del santo, en cierto sentido exactas. Tanto ella como Vicente fueron los humildes instrumentos de la Providencia.
Ni San Vicente ni Santa Luisa, como se ha visto, intentaron una sola vez hacer crecer, a expensas de sus propias ideas, el pequeño grano de mostaza que había salido de sus manos y que hoy se ha convertido en árbol gigantesco. Hay hombres turbulentos a quienes la fuerza de sus propias convicciones arrebata de tal suerte que apenas dejan lugar a la Divina Providencia para que ejerza sus fines. Vicente y Luisa, aunque tan distintos espiritualmente, estuvieron unidos con tanta firmeza en lo que a las obras de caridad se refiere que, guiados siempre por esa prudencia singular que los calificó en su tiempo y en la posteridad, nunca se creyeron impelidos por sus propias fuerzas, sino por las que recibían del cielo.
El origen de la Compañía de las Hijas de la Caridad, siguiendo el curso de los acontecimientos caritativos del siglo XVII, es claro, distinto, indiscutible. Formadas las Cofradías de la Caridad a partir de aquella primera, modelo de las siguientes, que Vicente de Paúl estableció en su parroquia de Chatillon, fueron en un principio los únicos órganos de caridad que el santo tuvo a su disposición para socorrer las miserias de los desgraciados.
Las Cofradías, que tuvieron al principio un sabor local, establecidas por Vicente en el transcurso de las misiones que daba con sus sacerdotes por los pueblos de Francia, se organizaron siempre por un reglamento previo, llegando a florecer completamente con las visitas posteriores que el santo les hacía. Pero la extensión que las abras iban tomando, los muchos quehaceres de Vicente de Paúl, impedían que estas Cofradías tuvieran entre sí un lazo de unión común. La Providencia, que había suscitado a Luisa de Marillac tras aquellos primeros años de ansiedades espirituales, y la había puesto bajo la dirección de Vicente, dio en ella a las Caridades la más celosa visitadora. Ardiendo en el deseo incontenible de darse al servicio del prójimo, se constituyó en tutela visible de estas nacientes organizaciones parroquiales, que iban a transformar universalmente la práctica de la caridad en las sociedades modernas.
Más tarde, aplicados los reglamentos de las Cofradías rurales a las parroquias de París, Luisa de Marillac, multiplicando su actividad, siempre de acuerdo con Vicente, trabajó extraordinariamente con las Damas de la Caridad, aquellas señoras salidas de la nobleza y de la burguesía que dieron ejemplo por la práctica de la caridad.
Luisa, presidenta o superiora de las Cofradías, animó constantemente con su celo la vida apostólica de las nobles damas, alentando sus iniciativas, recordándoles sus obligaciones en bien de los pobres y siendo ejemplo fiel de aquella singular forma de vida. Ya vemos la norma que siguió en todo para poner los fundamentos a las nuevas asociaciones. La gloria de Dios era su único móvil, la razón de ser de todo aquel movimiento que iba llenando los ambientes por donde pasaba aquella corriente de caridad.
Importantísima fue la intervención de Vicente de Paúl en la obra de las Damas de la Caridad, puesto que con su palabra el humilde sacerdote, sin proponérselo siquiera, había conquistado la voluntad de aquéllas, que se movían siempre a obrar en bien de los desgraciados. Vicente de Paúl, sumamente respetuoso para con los grandes de la tierra, los miraba siempre, con su espíritu de fe, como a la providencia de los pobres. Ese hermoso pensamiento, tan de acuerdo con el Evangelio, es lo más contrario al espíritu demagógico de las sociedades modernas, que, en vez de unir los corazones en el único anhelo de la paz, abren profundas brechas entre las clases sociales. Una vez que Vicente había concebido la obra caritativa, y esperado la voz de la Providencia, moviendo los corazones de los poderosos para llevarla a cabo, Luisa de Marillac tomaba a su cargo el resto de la empresa, parte muy merito ria por lo que tenía de sacrificio obscuro y absorbente. Las Damas de la Caridad, conocedoras del bello proceder de Luisa de Marillac, admiraban en ella a la mujer fuerte que, con toda generosidad, se daba toda a Dios en el servicio de los pobres.
Pasado algún tiempo, y no por falta de abnegación personal de las damas, sino por la multitud de sus quehaceres, por influencias familiares o por reveses de fortuna, las señoras se hallaban imposibilitadas de poder cubrir por sí solas el creciente ritmo de la caridad, que en manos de Vicente y Luisa tomaba proporciones grandiosas. Por ello, y siguiendo una señal visible de la Providencia, permitieron que se unieran a las damas algunas jóvenes que, sin ninguna ambición material ni humana, sirvieran a los pobres por el amor de Dios. Es el momento que sigue a la venida de Margarita Naseau, el más bello modelo de Hija de la Caridad, acabado y perfecto, que registran los tiempos heroicos de la Pequeña Compañía.
Sin pretender una innovación substancial en el reglamento de las Caridades, estas jóvenes, procedentes en un principio de las aldeas y más tarde de todas las clases sociales de las ciudades, vinieron a vivir en la casa de la señorita Legras, que, por indicación de Vicente, tomó a su cargo el formarlas para el servicio de los pobres. Estas hermanas jóvenes, de corazón desprendido y espíritu magnífico, fueron objeto de las complacencias de Vicente de Paúl, que adivinaba el tesoro de abnegación que encerraban bajo apariencias humildes, y el gran provecho que podía obtenerse de sus virtudes.
Luisa no se reconoció nunca como fundadora de la Compañía. Dejemos que su humildad y su sencillez le sirvan de corona en el cielo. Pero adentrémonos en aquella primera Casa de la parroquia de San Nicolás, de París, y veamos su solícito cuidado en ir tallando sencillamente, definitivamente, aquellas almas que venían a sus manos, de las que había de hacer buenas Siervas de los Pobres. Luisa no se propuso hacer una obra grandiosa, pero lo consiguió plenamente. Los fundamentos que dio a su pequeña porción fueron tan sólidos, tan universales, que hoy se reconocen como inalterables en todos los continentes y en todos los climas sociales. La Hija de la Caridad es tan actual hoy como en los primeros días de su fundación. Y si en ciertas formas de apostolado ha tenido que seguir el ritmo de los tiempos, el espíritu de su santa fundadora es la gloria de sus tradiciones y el punto clave en que se apoya el edificio de su santificación per-sonal, sin la cual sería vano el bien que pretendiera hacer a los otros.
Y en cuanto a la modernidad en los métodos a que la Iglesia tiende para todas las Comunidades de vida activa, ¿no la logró Luisa en su tiempo? Lo hemos visto sobradamente en el desarrollo de cada una de las obras de caridad que le deben su existencia.
Aquella Pequeña Compañía que salía de sus manos, de la que Margarita Naseau era hija primogénita, recibió ya la señal de predestinación a la heroicidad por la muerte santamente caritativa de esta joven. Dios, sin duda, quiso que admiraran en ella los santos fundadores un compendio de las virtudes que querían ver grabadas en el alma de sus hijas.
Sagrada obligación la de Luisa de Marillac, junto a las hermanas que venían a formarse a su lado. Hasta el 25 de marzo de 1642 Vicente de Paúl no le aconsejará que ella, y cuatro de sus primeras hijas, pronuncien los tres votos de pobreza, castidad y obediencia. Luisa de Marillac venía a añadir estos tres votos al que ya tenía hecho en 1634 de consagrar toda su vida al servicio de los pobres. Las hermanas pronunciaron sus votos con toda sencillez, en la misa que ofició Vicente de Paúl, privadamente, en la iglesia de San Nicolás. Después de la elevación del Santo Cáliz, una tras otra, pronunciaron la fórmula de sus votos; fórmula que, a través de los siglos, iba a consagrar a Dios tantas vidas en holocausto perfecto de caridad.
Este acto de permisión de votos religiosos, los mismos substancialmente que podían pronunciarse en las Órdenes religiosas de la época, no suponían en Vicente de Paúl ni en Luisa de Marillac la intención implícita de convertir en religiosas a las Siervas de los Pobres. Precisamente estos votos las confirmaban en su servicio a Dios, para lo cual se habían reunido; mas lejos de ser un cambio de vida, una innovación en lo que primitivamente habían sido, imponía entre ellas la conservación de los principios que habían dado origen a la Compañía.
De ahí que Luisa desechara vivamente las insinuaciones de algunos espíritus que ardían en deseos de que a la Compañía se le diera el título de Comunidad o Religión. Esto suponía que para el régimen eclesiástico imperante en la época hubiera sugerido que las hermanas fueran privadas de ejercer sus ministerios cerca de los pobres y de los enfermos. Luisa tenía ante ella el ejemplo de la fundación de la Orden de la Visitación de Santa María, hecha por el Obispo de Ginebra, San Francisco de Sales. Este santo, llevado de su corazón apostólico, quiso hacer de la Visitación una Comunidad activa, que llevase a los pobres el socorro de la caridad. Este género de vida, desconocido hasta entonces, obligó prontamente a la clausura por parte de las autoridades eclesiásticas, a las visitandinas. De ahí que Francisco de Sales dijera muchas veces: «Yo no soy el fundador de la Visitación. He hecho lo que no quería hacer, y no he hecho lo que quería». Pero santamente sumiso a la voz de la Iglesia, que para él era la de Dios mismo, dejó que la Divina Providencia condujera a buen puerto la pequeña nave de la Comunidad, que desde su fundación hasta hoy ha dado tanta gloria a Dios.
Luisa de Marillac, con una lógica verdaderamente admirable, había ponderado muchas veces, en la presencia del Señor, estas razones. Y, pese a las grandes dificultades que pudo encontrar en su tiempo, fue desvaneciéndolas con su constante esfuerzo. Y, sin embargo, el hecho de la pronunciación de los santos votos y otras prácticas anexas al estado religioso nos hacen ver claramente que tanto Luisa de Marillac como Vicente de Paúl querían que a sus hijas las animara un espíritu tan austero como si vivieran en una religión, puesto que a ello las instaban constantemente, en la seguridad de que así encontrarían la fuerza para desempeñar su ministerio para con los pobres y lograr la perseverancia en la Caridad. El nombre no importaba apenas, como los tiempos han venido a confirmarlo, haciendo común hoy en día esta denominación de religiosas para todas aquellas personas que, viviendo en comunidad, practican la vida activa o contemplativa indistintamente.
Mas la verdadera visión profética de Santa Luisa es mucho más sutil, más penetrante y profunda. Se trata de asegurar la continuidad de la dirección de la Compañía. Y para comprobar esta sutileza de espíritu acudamos nuevamente al ejemplo coetáneo, tan elocuente, de la fundación de la Visitación por San Francisco de Sales. El piadoso fundador instituyó a los Obispos por superiores inmediatos de todas las casas de la Visitación, porque—son sus palabras—»si algún Obispo dejase decaer en ellas la observancia, su sucesor habría de levantarla, pues Dios, que no abandona nunca a su Iglesia, no permitiría que una tan larga serie de prelados olvidara su deber hasta ese punto».
En cuanto a la Pequeña Compañía, la situación era distinta. La edad de los santos fundadores, especialmente la de Vicente, que ostentaba la superioridad de la Comunidad, iba avanzando lentamente. Santa Luisa hacía tiempo que le preocupaba la persona que había de sustituir a Vicente de Paúl, y el modo en que se había de hacer esta sustitución.
En este punto, Luisa insistió profundamente para que la dirección estuviese siempre a cargo de los superiores de la Congregación de la Misión, que hubieran de suceder en su cargo a Vicente de Paúl. La firmeza con que insiste en este asunto es una de las claves de su ca-rácter, que nos la muestran plenamente firme y decidida cuando había conocido, en el silencio de la oración, que aquélla era la voluntad de Dios.
Desde noviembre de 1647 escribe a Vicente de Paúl que, después de haber hecho oración intensamente sobre este objeto, «le parecía que no dejar a la Compañía bajo la dirección que la Divina Providencia le había dado—es decir, bajo la de San Vicente de Paúl y sus misioneros–era ir contra la voluntad de Dios». Y no duda en hacer más fuerte su argumento con estas palabras: «A mi parecer, sería más conveniente que la Compañía desapareciera por completo antes de estar bajo otra dirección».
Dos santos, situados en la misma época, como son San Francisco de Sales y Santa Luisa de Marillac, habían de enjuiciar una misma cuestión con criterio distinto, basando sus resoluciones en las razones más opuestas. Y, sin embargo, la Divina Providencia, que suscitó las dos Comunidades, ha hecho ver en el transcurso de los siglos que los dos santos tuvieron en esa cuestión la inspiración divina.
Vicente de Paúl, menos dominado por esta idea, no había formado su resolución sobre ella de manera tan absoluta. Además, la innovación que la Compañía de las Hijas de la Caridad representaba en la Iglesia era causa de que todavía no se las hubiera catalogado entre las religiosas o las seculares. Si eran religiosas, la clausura les esperaba.
Si eran seculares, no debían pretender Letras Patentes del Arzobispo de París para confirmar sus reglas, porque éstas no les serían necesarias.
Santa Luisa mostró aquí un espíritu viril. Nicolás Fouquet, procurador general, pidió a Luisa una demora de tiempo «para pensar las cosas». Luisa insistía constantemente, alegando que «si la Compañía era buena en sí no convenía retardar su establecimiento sólido, después que el ensayo desde su fundación había durado quince años, durante los cuales, dice, «no ha habido ningún inconveniente».
En una carta que dirige a Vicente se declara a sí misma causa y único motivo de que se retrasen las resoluciones que hay pendientes sobre la Compañía, y «quién sabe si de su destrucción, tanto por su negligencia como por su falta de celo». E, insistiendo nuevamente, repite que ésta es cuestión vital para el establecimiento y continuidad de la Compañía.
Causas exteriores a la Comunidad retrasaron la tramitación de los deseos de Luisa. Entre ellas, la guerra civil de la Fronda, que llenó la capital de sobresaltos y desórdenes. La salud de la señorita Legras en el comienzo del año 1652 era precaria. Y, por su parte, Vicente de Paúl llegaba ya a los setenta años. ¿Se llegaría a ver a la Compañía de las Hijas de la Caridad establecida sobre fundamentos sólidos, que garantizaran su permanencia? Hubieran podido dudarlo otras personas que no hubiesen sido los santos fundadores. Mas ellos, basados precisamente en la convicción de que la Compañía era de Dios, y que en ella no habían puesto sus intereses personales, pensaban que a Dios correspondía asegurarla de manera definitiva.
Al fin Vicente presentó unos reglamentos y estatutos que sometían la Compañía al Arzobispo de París. Pero, por un conjunto de circunstancias que pudieran llamarse providenciales, éstos se extraviaron, y hubo que presentar otros a las autoridades religiosas y civiles. Luisa de Marillac, en una última súplica, escribía a Vicente:
«El fundamento de este establecimiento, sin el cual es imposible que pueda subsistir la Compañía ni que Dios obtenga la gloria que desea de ella, es la necesidad que tiene de ser erigida bajo el título de Compañía, enteramente sujeta y dependiente de la dirección del Muy Honorable Superior General de la Misión.»
San Vicente asintió, y los estatutos, así establecidos, fueron aprobados sin objeción alguna por el Cardenal De Retz, Arzobispo de París, en 1655, y posteriormente, en 1668, por el Cardenal De Vendóme, legado a latere de la Santa Sede.
Desde aquella época los Soberanos Pontífices han confirmado repetidas veces esta manera de ser de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Porque, según el canon 500, párrafo 3.», ninguna Congregación de mujeres puede estar sujeta al superior de una Congregación de hombres sin indulto apostólico especial. Todas las Congregaciones de mujeres están sujetas a los Obispos ordinarios de los lugares. La Compañía de las Hijas de la Caridad es una excepción a esta regla desde su nacimiento.
En tres documentos distintos los Sumos Pontífices Pío VII en 1804, luego Pío IX y, a petición del padre Fiat, León XIII, reconocieron este privilegio de las Hijas de la Caridad, declarando este último Papa el 8 de julio de 1882: «No hay nada que innovar en el gobierno de la Asociación de las Hijas de la Caridad, la cual, según los indultos pontificios, pertenece al Superior General de la Congregación de la Misión o sacerdotes llamados lazaristas, instituidos por San Vicente de Paúl».
Recientemente, suscitada la cuestión durante el glorioso pontificado de Pío XII, tras debatidas cuestiones, este augusto Pontífice, después de haber oído el parecer de la Sagrada Congregación de Religiosos, el 15 de julio de 1946, resolvió toda duda posible, y en la definitiva aprobación de las Constituciones en 1954 permitió que se declarara: «La dirección de la Compañía pertenece al Superior General de la Congregación de la Misión, a quien hacen voto de obedecer todas las Hijas de la Caridad».
Las reglas de las Hijas de la Caridad, que se dieron a las hermanas en agosto de 1655, inspiradas por Dios a San Vicente y a Santa Luisa, son las mismas que hoy tiene la Compañía, la Pequeña Compañía, que en el transcurso de los tiempos se ha visto crecer por la gran bondad de Dios. Hoy la Compañía de las Hijas de la Caridad tiene 44.500 miembros.
Luisa de Marillac, como madre de la Compañía, llenó su tiempo con el perfume de sus virtudes, con su abnegado ejemplo en favor de los pobres y formando a aquellas hermanas de heroicas condiciones. Pero, además, Luisa llenó su posteridad con el espíritu que supone infundir a la Compañía y con aquella tenacidad, nada femenina, para establecer los fundamentos de la misma.
El espíritu de la santa fundadora sigue vivo en sus escritos. Su correspondencia y sus avisos, llenos todos de la unción de un alma que se apoya constantemente en Dios, unen los detalles prácticos a los más hondos pensamientos de fe.
«Os debo dar la noticia—decía en una carta—de que la Divina Providencia, continuando sus desvelos, ha hecho que nos sea concedida el agua por los magistrados de la villa. Esto me hace esperar que, antes de las Navidades, tendremos una fuente en casa. Ved que, por haber sido fieles a Dios, Él es tan bueno con nosotros No dejemos nada para testimoniarle nuestra obediencia al mandamiento que nos da de amarle. ¡Qué importa, por otra parte, que las lenguas encuentren siempre algo que decir, cuando no comprenden el servicio desinteresado de las Siervas de los Pobres! El mundo habla contra las Hijas de la Caridad, pero este maligno espíritu, que juega su juego, no lo ganará ciertamente, con tal de que ellas se unan al pie de la cruz. Habituémonos a recibir todas las pequeñas contrariedades de la mano de Dios, que es nuestro Padre y sabe bien lo que nos conviene.»






