Un perfil heroico: santa Luisa de Marillac (14)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Yolanda de Montefrio · Year of first publication: 1960.
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No es Efraím para Mi el hijo querido,
el niño que yo he criado con ternura?
Por eso tendré con él entrañas de misericordia,
dice el Señor.
(Jeremías, XXXI.)

OLYMPUS DIGITAL CAMERAOtra de las obras emprendidas por el benéfico celo de la señorita Legras fue la de los niños abandonados, llamados más comúnmente expósitos. Estos niños, fruto de pasiones muchas veces inconfesables, fueron en el tiempo de Luisa, como actualmente, una lacra social. Hoy, recibidos y educados convenientemente en establecimientos que se fundan para ellos, nos parece que forman parte de una sociedad que los ha visto nacer así y repara la negligencia y el pecado de sus padres, que los abandonaron en su primera edad. Los niños expósitos de hoy cuentan con la compasión social, que, por medio de organismos adecuados, vela por hallar los medios igualitarios entre ellos y los demás hijos de la sociedad.

En el siglo XVII tales establecimientos no existían. Dicho con más exactitud, a Vicente y a Luisa se debe, en toda su integridad, la beneficencia que se ha hecho en torno a los niños abandonados. Las condiciones en que estas criaturas vivían antes de que los santos de la caridad se ocuparan de ellos eran tan precarias como desconocidas para sus mismos contemporáneos.

Recogidos por los agentes municipales, eran depositados en casa de una viuda, mujer de pocos escrúpulos morales, y que, por añadidura, recibía una exigua pensión oficial para el mantenimiento de estas criaturas en lo que se llamaba «La Cuna». Dos o tres mujeres, dedicadas a cuidar y alimentar a los pobres niños, eran insuficientes para estos desgraciados.

En pleno siglo XVII, en el seno de una sociedad distinguida por la exquisitez de sus costumbres, se encontraban casi diariamente en los atrios de las iglesias y en las puertas de las casas particulares niños recién nacidos que, extenuados de hambre y de miseria, perecían inánimes a los ojos de los que pasaban. Otros eran recogidos por los vigilantes, y después, por medio del comisario de la barriada, eran depositados en «La Cuna». Las mujeres sirvientas de la viuda que los cuidaba hurtaban de «La Cuna» a los niños y los entregaban a personas desalmadas que los destinaban a distintos fines; el más común era el de deformar sus miembros en los primeros meses de su vida, de tal modo que pudieran excitar la conmiseración de las gentes para recoger de ellas alguna limosna.

Los fundadores de las Caridades sentían gran compasión ante la desgracia de estos pobres acogidos, que eran cuatrocientos cada año. Su número no llegaba a ser muy crecido en la inhóspita residencia de «La Cuna» porque la mayoría morían de la inanición o medio intoxicados por estupefacientes que les daban aquellas mujeres a fin de dormirlos. Y lo más lamentable, lo que más hería el corazón de los dos santos en aquel espantoso cuadro de miseria moral, era que estas criaturas morían sin esperanza de alcanzar el cielo, puesto que la viuda declaró que no había bautizado ni hecho bautizar jamás a ninguno de aquellos pequeñuelos.

Hacer la propuesta entre las Damas de la Caridad de que pudieran socorrer a estos niños tal y como lo hacían con los enfermos del Hospital General era cosa en extremo delicada en una sociedad que miraba con extraños prejuicios la personalidad ambigua de los bastardos. Mas, a decir verdad, para mejorar la situación de estas criaturas era necesaria la colaboración de las damas de la alta sociedad, con las cuales, aunque no rodearan a los niños del afecto maternal de que carecían, siquiera no les hubieran faltado los recursos materiales, que eran para ellos la vida misma.

Una de las más ardientes empresas de Vicente de Paúl fue la de inspirar en el corazón de aquellas damas el que supieran vencer este concepto poco cristiano de los hijos naturales, que, a pesar de su inocencia personal, eran estigmatizados como hijos del pecado más horrible. Vicente rogó a algunas de estas damas que visitasen «La Cuna» que viesen los abusos que allí se cometían con estas criaturas, y después solicitó de esa generosidad, de esa ternura que toda mujer lleva en su corazón, la ayuda que necesitaba para los pobres niños.

Esta sociedad aristocrática tenía corazón, pero se hallaba demasiado alejada de las miserias humanas para poder encerrarlas en sí, para poderlas conocer. Cuando se hubo puesto en contacto con la miseria latente en los cuerpos débiles de los niños abandonados fue capaz de todas las generosidades, y, movido por la palabra ardiente de Vicente de Paúl, el pequeño grupo de damas que visitaron «La Cuna» de París se resolvió a encontrar para ellos una ayuda en la primera persona de todas las que componían la Caridad, providencia visible de los pequeños desgraciados, que era Luisa de Marillac.

Los comienzos de las obras de Vicente, como sabemos, fueron siempre humildes, porque fue enemigo de la ostentación, de emprender obras grandiosas en sus principios, que hubieran caído después por falta de recursos. Por esto, requeridas por las damas, Luisa de Marillac y sus hijas, las Siervas de los Pobres, recogieron a algunos de estos niños, pocos en un principio, faltos de nodrizas, hubieron de alimentarlos con leche de cabra; son notables, conmovedores, los detalles de las cartas de Luisa de Marillac acerca de los cuidados de los pobres niños abandonados.

Luisa, en todo sujeta a las iniciativas de Vicente, era, una vez que se le había dado la indicación de actuar, quien abría las puertas de los tesoros de la compasión y volaba a la consecución de todo aquello que podía ser beneficioso para las obras de la Pequeña Compañía. ¿Qué sentiría su corazón de madre al primer contacto con aquellas criaturas, bellas por su inocencia, pero envueltas en las más repugnantes miserias? Podría considerar, en la balanza del amor divino, la contraposición que había entre aquellas madres que abandonaron sin corazón a los pequeñuelos y el amor inmenso con que ella había cuidado a su único hijo, viviendo siempre pendiente de su suerte, hasta tal punto que Vicente hubo de refrenar muchas veces su ímpetu algo desasosegado.

Por otra parte, su alma se conmovía pensando en la misericordia divina, que no se olvida de los pequeños, puesto que ella, en nombre de Dios mismo, les abría las puertas de la Caridad. Desde entonces aquellos niños no carecerían jamás del amor maternal. junto a su cuna ve-larían, en todas las partes del mundo, en todos los tiempos, las alas blancas de una Hija de la Caridad. Recordemos que su misma condición de huérfana la haría mucho más comprensiva del abandono de estos pequeñuelos, puesto que ella, capaz de las mayores ternuras, las había deseado muchas veces en sus primeros años, faltos siempre de las caricias maternas. De ahí que su corazón, que indudablemente guardaba los trazos de su primera infancia, comprendiese perfectamente el dolor de estos niños.

Sus biógrafos nos dejaron, como queda dicho anteriormente, una estampa convencional de Santa Luisa por la melancolía de su temperamento, influido por las tristezas de la niñez. Digamos más bien que el Dios providente, que la había destinado desde la eternidad a una misión caritativa junto a los huérfanos, había querido prepararla para tan hermosa tarea con un contenido precioso de amor hacia un estado del que conocía la soledad, el abandono, el deseo de calor de la madre a quien nadie en el mundo puede sustituir, salvo el amor de Dios, cuando se hace visible por la caridad.
Madre por naturaleza, aunque había sobrenaturalizado este amor, que podía ser tierno y natural hacia su hijo, y madre de las Hijas de la Caridad, una tercera maternidad le aguardaba en la persona de estos pobres niños. La caridad de Jesucristo había venido a sustituir a la beneficencia humana, pobre, desfigurada por las conveniencias sociales. Luisa de Marillac, que había sublimado ya en Dios sus más grandes amores, se inclinaba ante la cuna de estos pequeñuelos para darles, sola y puramente por amor de Dios, de una vez para siempre en el transcurso de los siglos, unas madres abnegadas en las Hijas de la Caridad.

Como en todas las obras emprendidas con un fin caritativo, en ésta no bastaban los entusiasmos del corazón, porque, lejos de solucionar favorablemente la situación haciéndola estable y fecunda, hubieran pasado pronto, como otros muchos proyectos del mundo. Tras la resolución de recoger a los niños vino la necesidad de organizar la caridad hacia ellos, el rescatar, digámoslo así, del infecto lugar de «La Cuna» al mayor número de ellos, conforme a las posibilidades que se tuvieran para atenderlos decorosamente. En 1638 se abre una casa para ellos en I barrio de San Víctor.
A pesar de la gran simpatía que despertó la obra entre las Damas de la Caridad, éstas apenas allegaban más recursos que los que primitivamente habían asignado para el cuidado de los huérfanos. Eran éstos doce, que puntualmente se sustituían por otros, si morían. Pero Luisa, llevada por su ardiente caridad, sufría al ver que la muerte seguía arrebatando a los pequeños, aunque ahora regenerados por el santo bautismo. Por eso decidió, con Vicente, hacer una asamblea general (le las Damas, para poner ante ellas el doliente espectáculo de los niños expósitos. A ella acudieron las más dignas damas de la aristocracia, pie, conmovidas por las palabras ardientes de Vicente de. Paúl, decidieron darse por completo a la obra de los niños abandonados.

En 1640, y gracias a la caridad comunicativa del santo sacerdote, las damas retornaron a su cargo a todos los infantes de «La Cuna». Grande fue la alegría de Luisa, que estaba ausente de París, al saber la resolución tomada por las Damas, toda vez que ésta era la señal que esperaba de la Providencia para lanzarse a la redención de los pequeñuelos.

Se habilitaron nuevas casas para albergar a los niños. Algunos fueron acogidos en La Chapelle, cerca de París. Tomó algunas nodrizas para aquella casa, y así aseguró la vida de los pequeños. A otros los mandó a provincias, porque muchas de estas mujeres no querían trasladarse a París. Esto representaba un nuevo inconveniente para ella, puesto que tendría que ampliar sus visitas, mas, aun así, instaló el número más crecido de niños en los alrededores de París.

La experiencia de los sufrimientos que estos pequeños habían padecido en «La Cuna» le hacía ver en todos sus detalles la amplitud de la obra que había tomado a su cargo. Por ello, usando de métodos que hoy nos asombran por su modernidad, dejó a los niños en poder de las nodrizas que les había buscado, pero siempre con el vigilante cuidado de escoger, entre ellas, aquellas que gozaban de buena salud que garantizara la sana crianza de los pequeños y que a la vez tuvieran fama de moralidad intachable.

Para ello se valió de encuestas, certificados, visado de las autoridades eclesiásticas del lugar donde residían las nodrizas, y otros requisitos que no escaparon a su caridad. Las mujeres habían de garantizar los extremos que interesaban para que el buen cuidado de los niños quedase asegurado. La Compañía de las Hijas de la Caridad guarda como un precioso tesoro en sus archivos algunas de estas encuestas que se hacían a las primeras nodrizas de los huérfanos, en las que se adivina la mano de Luisa de Marillac, previsora y caritativa, juntamente con algunos datos anotados por Vicente de Paúl, lo cual nos hace ver la estrecha colaboración de estos dos santos en la obra magna de los niños expósitos.

La visita de las Caridades se hacía cada vez más apremiante. Luisa confió a las Damas la visita de las de París, y ella se dedicó a hacerla en las de provincias. Asimismo, algunas Damas que tenían posibilidad de dejar sus hogares por algún tiempo iban también a los lugares alejados de la capital. En 1642 una Hija de la Caridad acompaña a una de las Damas para visitar a los niños que se hallaban en algunas localidades de Normandía. Luisa, en vista de que las Hijas de la Caridad empezaban a ser designadas para la visita de los niños expósitos, ensanchó los campos de su caridad para darlas una instrucción sólida sobre el cuidado de los niños y hacer de ellas unas nuevas madres para los que carecían de ella.

Pocos años después, en 1653, los recursos de las cunas se hallaban en crisis. Las deudas se multiplicaban. Las Damas de la Caridad, agobiadas por otros gravámenes que la sociedad les imponía, apenas podían aumentar los recursos que tenían destinados al cuidado de los niños. Las nodrizas amenazaban con dejarlos abandonados. En este caos de confusión, que hubiese desalentado a otras almas de poca fe, Vicente de Paúl y Luisa de Marillac tenían toda su confianza puesta en Dios, a quien pertenecía velar por las vidas de los huérfanos. Luisa, que ya había visitado a los grandes de la corte para exponerles la ne-cesidad en que se hallaban, estaba fatigada ante las negativas, pues ni siquiera del mismo canciller del rey, a quien había ido a pedir socorro urgente para cien de aquellos niños que se hallaban sin lo más indispensable para su alimentación, había obtenido lo más mínimo.

Se trataba de recurrir de nuevo a las Damas de la Caridad para mover a compasión aquellos nobles corazones, sin cuya colaboración la obra de los niños huérfanos se hubiera reducido a la nada. Algunos de ellos hubieran podido retenerse; pero los demás enviados al Hospital General, fuera de un ambiente que les era propio, hubieran encontrado grandes dificultades para vivir.

Mas no bastaba el socorro personal de las Damas para cubrir totalmente las necesidades de los niños. Luisa, a fin de satisfacer algunas deudas que ya gravitaban sobre la Compañía, hizo que en la casa de las Hijas de la Caridad se disminuyese la alimentación hasta tal punto que quedó reducida a lo más indispensable, con una sola comida al día, compuesta de alimentos groseros y comunes. Luisa, sin consultar las reglas de la prudencia humana ni las leyes de la naturaleza, seguía únicamente los impulsos de su celo, que la atraía a las más heroicas acciones de caridad.

Ante la carencia de recursos y la negativa de las Damas de la Caridad, Luisa de Marillac procuró contrarrestar aquella situación con la doble abnegación de sus Hijas, las Siervas de los Pobres. Luisa, que había aprendido el amor de Dios en la escuela del sacrificio, sabía perfectamente que el Señor obra milagros de providencia en favor de aquellos que se acuerdan de los desvalidos. Por eso procuró formar a sus hijas reciamente en el cuidado de los huérfanos, y no escogió a cualquiera de ellas para esta misión, sino que seleccionó con gran cuidado a aquellas que iban a ser las madres de los huérfanos.

La obra de los niños abandonados pasaba por un trance amargo, del que iba a surgir con una pujanza definitiva. En tales circunstancias, las lijas de la Caridad que eran destinadas a las Cunas recibían de labios de Vicente de Paúl el aliento divino que había de preparar sus cora-zones. De este modo el trabajo agotador junto a los pobres niños, la falta de recursos, la mala alimentación, los disgustos que podía traer el cuidado de estas criaturas, quedaban altamente contrarrestados con la inefable palabra de Vicente, que les hacía volver la mirada hacia horizontes más elevados, a través de la miseria real de aquellos niños. Cuanto más abandono sufrían los pequeños de parte del mundo tanto más se representaba a Vicente la señal inequívoca de que la misión de las Hermanas entre ellos era una misión divina:

«Desde toda la eternidad Dios os ha escogido, hijas mías, para su servicio. ¡Qué honor para vosotras! Si las personas del mundo se tienen por honradas cuando se les designa para servir a los hijos de los grandes, ¡cuánto más os habéis de sentir vosotras, que habéis sido llamadas a servir a los hijos de Dios.»

Y les ponía delante el ejemplo que habían de dar a los pequeños, no escandalizándolos, antes bien mostrándose siempre como madres suyas, dispuestas a servirlos a todos con el mismo afecto y cariño.

Luisa de Marillac las animaba en el mismo sentido. Lo atestigua su correspondencia, en la que señala con toda evidencia que las Hijas de la Caridad tienen en sus manos, con sus cuidados, la vida y el porvenir moral de los niños de «La Cuna». Solicita de ellas una pervisión vigilante y aquellas hermosas cualidades que reflejaran un amor que, siendo completamente sobrenatural, creara el ambiente de amor maternal que esas criaturas necesitaban. De ahí que, en tarea tan delicada, les hiciera presente que su ejemplo era definitivo para los niños, y que cualquier negligencia en el servicio de los mismos sería altamente perjudicial. En palabras de Vicente:

«Si la señorita hubiera podido disponer de ángeles, a ellos debiera haber encomendado el servicio de los niños expósitos.»

Luisa, que había previsto con sabios reglamentos la asistencia a los enfermos a domicilio y en los hospitales, extendió también los objetivos de la caridad a la formación de las Hermanas que habían de cuidar de los expósitos y al método de vida que había de seguirse en las Cunas. Estos reglamentos, fruto de la colaboración de los dos santos, están llenos de detalles que dejan adivinar la mano de una mujer; una mano no sólo guiada por un corazón ardiente, sino por una inteligencia práctica poco coman. En ella puede verse, no sólo a la santa que se extasía al contemplar a Dios en un niño abandonado, sino que, soberanamente compasiva, asegura a Cristo, niño en los niños, la solidez de la caridad bienhechora.

En dicho reglamento están sabiamente señaladas las prescripciones higiénicas, las reglas morales que habrían de asegurar la buena salud de cuerpo y alma a los pequeños huérfanos. En él están previstos, junto a los mínimos detalles de la higiene rudimentaria entonces en uso, la manera de imponer castigos a las naturalezas que podrían empezar a rebelarse.

«Si se ha de castigar a los pequeños–dice—, sea con pequeñas mortificaciones o, todavía mejor, con decirles algunas palabras amables, que les hagan cobrar alientos para dirigirse en lo sucesivo por el camino del bien.»

Aconseja a las Siervas de los Pobres que no corrijan nunca a los niños en un momento de pasión. Este bello conjunto, armonía de cuerpo y espíritu, es la base de todo un mundo pedagógico muy superior al de la época.

Además, previendo que estos pobres niños habrían de enfrentarse con la vida en época no lejana, menos de lo que su edad requería, Luisa no descuida el inculcar a sus hijas que deben asegurar a estos niños un aprendizaje que empiece desde la cuna, para que después hallen más fácil acceso a cualquier empleo u oficio. Sus cartas a este res-pecto son la mejor lección de economía previsora. Una pequeña escuela de oficios, donde cada uno de los pequeños se considera pieza indispensable en el pequeño mundo en que vive, y comprenda desde los primeros días de su infancia que debe ser el elemento consciente de una sociedad que será su única y dilatada familia.

Esta previsión, que preludia la organización compleja de los modernos establecimientos de caridad, está cimentada también en el orden. Ninguno de los pequeños habitantes de las cunas podía ser ingresado sin las requisitorias previas que estaban reglamentadas para el caso. Luisa, ardiente en su caridad, sabe que la mejor garantía de mantener las obras es una perfecta organización, tan lejos del celo indiscreto como de la indiferencia.

Semejantes ejemplos por parte de la Santa Fundadora debían encender en el corazón de las Hijas de la Caridad un fuego ardiente capaz de alimentar en sus almas el deseo de darse continuamente al servicio de estos pequeños, toda vez que vivían en el hermoso panorama de lo divino.

Quedan testimonios fidedignos de que aquellas abnegadas Hermanas recogían con todo amor a los pequeños que se les presentaban en el Hospital General por parte de los administradores, en cualquier tiempo y a todas las horas, muy especialmente durante la noche. Ellas mismas los trasladaban a la casa que habían habilitado para ellos en 1 barrio de San Lázaro. Para evitar a los pequeños, a veces de salud muy deficiente, el ajetreo que suponía el trasladarlos en un coche mil acondicionado, lo cual hubiera sido grave para las pobres criaturas, ellas mismas los llevaban en los brazos. Una de las hermanas, anónima heroína de la caridad, como otras muchas que pasaron, tenía verdadero cariño a esta ocupación en bien de los niños expósitos, y la ejercitó hasta bien avanzada su edad. No era extraño verla por los suburbios de París con el cesto de provisiones para sus pobres en un brazo, y llevando en el otro, como preciosa carga, uno de estos pequeños abandonados, que llevaba a la Cuna de San Lázaro.

La administración de esta obra benéfica estaba completamente a cargo de Luisa de Marillac, que multiplicaba las posibilidades hasta lo insospechado para no rechazar a ninguno de los huérfanos abandonados a la caridad pública.

Sus continuas insistencias ante los personajes de la corte hicieron que en 1642 el rey Luis XIII les asignara una renta de 4.000 libras anuales, y que Ana de Austria, la reina regente, la aumentara con otra donación real de 8.000. En 1643 la duquesa de Aiguillon y madame de Miramion aportan cantidades considerables. Pero los gastos aumentaban en la Caridad, lo cual causaba verdaderas defecciones en el ánimo de aquellas heroicas mujeres. A mil doscientos se elevaba el número de los acogidos en las Cunas desde 1638. Las cargas pecuniarias para hacer frente a los gastos habían llegado a hacerse insostenibles. Vicente hizo una última llamada a las Damas de la Caridad para que vinieran en ayuda de La Cuna. Son notables las palabras que les dirigió con tal motivo, inflamadas en la caridad de su corazón. A esta asamblea acudieron las más nobles damas de la aristocracia, que re-solvieron darse por completo a la obra de los huérfanos. El santo sacerdote supo llegar al corazón de aquellas señoras presentándoles, con el peso de eternidad que daba a sus palabras, la suerte que corrían las vidas de aquellos niños, que morirían abandonados si ellas no daban sus riquezas para auxiliarlos. «Ellos serán vuestros jueces en el tribunal de Dios—les decía—, porque, pudiendo ser sus madres, los habéis abandonado.»

Estas hermosas palabras concluyeron por dar el triunfo a los niños expósitos, y las Damas prometieron a Vicente que por nada abandonarían la hermosa obra que habían comenzado. En lugar de aminorar los socorros que habían asignado a los niños, las Damas adquirieron el castillo de Bicetre, que pusieron a disposición de Luisa de Marillac y de sus hijas para que instalaran allí a los huérfanos. La guerra de la Fronda, desencadenada en 1652, no fue obstáculo que hiciera abandonar aquella residencia, aunque estaba situada en una zona cas-tigada; antes bien, la caridad de Luisa y de sus hijas, las Siervas de los Pobres, se extendió en socorro de los combatientes que tomaron parte de las luchas en frentes cercanos a la nueva Casa de los huérfanos. De este modo aseguraron el alimento de las personas que, a causa de la guerra civil, habían quedado sin amparo. Más tarde este socorro se extendió a todos los necesitados de París que habían sufrido los desastres y se acogieron a la llamada «sopa popular» distribuida por las Hijas de la Caridad. Luisa hace constar en una de sus notas dirigidas a Vicente de Paúl: «Hay parroquias en las cuales se socorre a cinco mil pobres con la sopa popular. En la nuestra se les da a dos mil, sin contar a los enfermos, a quienes asistimos cotidianamente».

Volvamos a considerar la obra de las Cunas. Por su amplitud, por su significado y por su pervivencia, podría llamársela «la epopeya de la caridad». De aquella primera «Cuna» que costó tantas privaciones a Luisa de Marillac y tantos sacrificios a sus heroicas hijas habían de salir las florecientes «Casas Cuna» de nuestros días, de las que todos los países civilizados se glorían como de uno de los títulos más eminentes de su beneficencia y de su altura moral. En lugar de desatender el cuidado de las criaturas venidas al mundo en condiciones poco favorables las hacen entrar en la sociedad con las mejores garantías para vivir una vida plenamente humana en las condiciones normales a todo ambiente civilizado.

Estas grandes organizaciones, que se superan continuamente en toda clase de adelantos pedagógicos, amables hogares donde los niños encuentran, junto a su cuna, la mirada maternal de una religiosa que los ama tanto más intensa cuanto más sobrenaturalmente, son la herencia de aquella primera «Cuna» donde Luisa contempló a Cristo tras las apariencias de un niño abandonado.

No es difícil ver a los santos fundadores de las Hijas de la Caridad representados en imágenes o pinturas llevando a un niño en los brazos, al que amparan cariñosamente. La devoción artística o popular ha podido rendir así un elogio cálido a San Vicente y a Santa Luisa para testimoniar el amor ardiente que tuvieron hacia la infancia desamparada. Sin embargo, esto no pasa de ser un tierno simbolismo que refleja la amorosa solicitud con que acogieron siempre a los niños abandonados. Para ser más exactos en la representación, esos niños deberían ir puestos, no en los brazos, sino en el corazón de ambos santos, donde hallaron el verdadero fuego de la caridad, al que ellos, pobres niños desvalidos, debieron la vida temporal y los horizontes de la eterna.

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