Un perfil heroico: santa Luisa de Marillac (10)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Yolanda de Montefrio · Year of first publication: 1960.
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A los ricos de este siglo, exhórtalos:
a obrar bien,
a repartir liberalmente,
a comunicar sus bienes,
a atesorar un buen fondo para lo venidero,
a fin de alcanzar la vida eterna.
(San Pablo a Timoteo.)

OLYMPUS DIGITAL CAMERAVICENTE de Paúl había querido fundar también las Cofradías de la Caridad en París. Pero su proyecto no se había podido llevas a cabo por los inconvenientes que se presentaban para adaptar a la ciudad un reglamento hecho para medios rurales.

En 1630 Luisa secunda la organización de estas Cofradías y con su fina perspicacia de mujer capta los detalles precisos que hace falta aña­dir o renovar para llevar a feliz término la adaptación. La Caridad se organiza en San Lorenzo, y es seguida de otra que se establece en la parroquia de San Nicolás, de la que era feligresa nuestra santa. Ahora es ella misma la superiora o directora de estas Caridades. Se halla en contacto con las damas que le ayudan en sus tareas. Acercándose a ellas, podía decirles con su ejemplo cosas más elocuentes que con sus avisos y advertencias. Ya no se trata aquí de las aldeanas acomodadas que so­corren a sus compañeros de vida rural, sino de las grandes damas que habrán de acercarse al lecho de los moribundos, de pobres moribundos que estaban instalados en los miserables suburbios de París. En 1631 se fundan nuevas caridades en San Eustaquio, San Sulpicio y San Benito, a las que siguen algo más tarde las de las parroquias de San Pablo, San Germán y San Andrés. La actividad de Luisa de Marillac crece al com­pás de la expansión de las obras. Nada la dispensa de acudir a la orga­nización de estas hermosas cruzadas evangélicas.

En París el acercamiento al pobre es más significativo, más sacrifica­do, más grande por parte de las damas que acuden en socorro de estos desgraciados. Dejando sus magníficos palacios, han de lanzarse por las calles tortuosas de los suburbios, llenas de fango y de inmundicias, para ir en busca del pobre que gime en un camastro, rodeado de sus hijos, en la mayor miseria. Es indudable que el celo de estas buenas señoras que acudían a las caridades no igualaba el que ardía en el alma de Luisa.

Ellas, envueltas en los quehaceres de su estado, consagraban al ejercicio de la caridad una pequeña parte de su tiempo, aunque lo hicieran con el mayor desvelo y abnegación. En cambio, Luisa se hallaba como sumida por completo, consagrada en cuerpo y alma a las tareas caritativas de las Cofradías.

Sin la cooperación de las damas las obras de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac no hubieran podido extender su actividad sino en un campo muy reducido. La liberalidad de estas señoras alivió constantemente las miserias de los pobres. Pero bien es verdad que el aliento poderoso que inspiraba en ellas la caridad venía de los dos santos que dirigían las obras.

Luisa no halló siempre libre el camino para extender estas obras. Muchos párrocos y algunos Obispos, no muy confiados en los proyectos de la santa, hubieron de contradecir sus actividades o, al menos, poner en tela de juicio la eficacia de sus procedimientos. Nos lo dicen las palabras que Vicente de Paúl dirige a Luisa, que en cierta ocasión se cree culpable del poco éxito de sus gestiones:

«Honrad, señorita, en este proceder la humildad del Hijo de Dios. Si su divina voluntad es que tal cosa no se haga, aceptadla. Vos no dejaréis de recibir la recompensa que habríais tenido si hubierais instruido a todas las jóvenes de aquellos barrios. Debéis consideraros dichosa de pareceros al Hijo de Dios, obligada, como Él, a retiraros de una provincia donde no habíais hecho ningún mal. Es una disposición de Dios muy provechosa para vuestra alma. Lo más relevante de la vida de San Luis fue la ecuánime serenidad con que volvió de Tierra Santa sin haber obtenido sus deseos de conquista. Tal vez no se os presente otra ocasión, señorita, de dar a Dios tanta gloria como ahora podéis darle por vuestro renunciamiento.»

Evocar la figura de Luisa en sus visitas a las caridades es verla pro­fundamente generosa, sin olvidar nunca que, siguiendo las normas de Vicente de Paúl, el objeto de la caridad material es abrir el camino a la caridad espiritual. Por eso la misión de nuestra santa no tuvo como único objeto el remediar las necesidades corporales, cosa que, aun siendo muy urgente, no llena los vacíos del alma. Luisa llevó a los pobres lo mejor de su vida misma, que era el amor a Dios. Por eso, cuidadosa catequista y maestra de catequistas, sabía elegir los momentos más íntimos de la vida de los aldeanos para explicar el catecismo, y así lo hizo después en las barriadas de París. Empleaba un método sencillo, que habría de atraer forzosamente la atención de todos los reunidos en el hogar fami­liar. Nada de frases sentenciosas que hubieran alarmado la sencillez de aquellas gentes.

Iniciaba su catecismo con ciertas preguntas, dirigidas siempre a los niños, para ver si conocían las verdades de su religión. Estas preguntas sencillas, adobadas con el encanto que les prestaban las candorosas respuestas infantiles, llamaban poderosamente la atención de las personas mayores que, junto a la lumbre, la cabeza descubierta, escuchaban aten­tamente.

Es el método que recomendará más tarde a las Damas y a las Hijas de la Caridad para cualquiera de las instrucciones religiosas que hayan de hacer a los pobres. Les dice que huyan de maneras afectadas, que vis­tan sencillamente, a fin de que los adornos excesivos de su traje o de su peinado no entibien la confianza que los pobres han de tener en ellas como en sus madres. Que se ayuden de un libro en sus explicaciones, para no parecer demasiado ilustradas, con lo que despertarían la confusión en­tre las pobres gentes.

Al acercarse a los moribundos, si han de prepararlos a hacer una con­fesión general de toda su vida, les indica que ellas mismas se presenten como modelo de penitentes, explicando a los enfermos las disposiciones que ellas tuvieron en otro tiempo al hacer la confesión general, lo cual inspira tal confianza y abandono en el enfermo hacia la catequista que esto mismo les obliga y persuade a recibir con alegría al confesor.

Estos detalles minuciosos, escogidos, eran fruto de la fina intuición de su corazón de mujer y de la experiencia y el consejo de Vicente de Paúl. Luisa había hallado el resorte del acercamiento fructuoso a las almas; sabía que en el enfermo, en el anciano, en el niño, hay un sentido especial que les hace percibir distintamente cuándo se obra con ellos por pura caridad y cuándo por filantropía. De ahí que unas veces abran sus almas a los rayos divinos de la gracia y otras se limiten a sonreír por el bien que se les hace.

Hemos dicho que los motivos que inspiraban a las damas en sus mi­nisterios de caridad, tanto en las Cofradías de París como en las aldeas, eran diversos, pero nunca tan fundamentados y sólidos como los de Luisa de Marillac. Estas damas que voluntariamente pasaron a formar en las filas de la caridad, se sintieron atraídas en un principio por los en­cantos del bien. La caridad es siempre hermosa, aun cuando se ejerza por un motivo puramente humano y natural. Mucho más si a esto se une el pensamiento de que Dios recibe como hecho a sí mismo lo que se hace a uno de sus hermanos más pequeños.

Mas en las cofradías rurales faltaba a veces la competencia para apli­car cuidadosamente los remedios a los pobres y a los enfermos. En otras ocasiones las pequeñas rivalidades venían a desbaratar el plan divino.

En la corte, en el propio París, los problemas eran de otra índole, quizá más difícil de combatir que entre las sencillas gentes de las aldeas. El mayor daño que sufrían las aldeas era que, al multiplicarse las Co­fradías, las visitas de Luisa eran más espaciadas. Las damas de las parro­quias de París mostraban cansancio de su continuada misión. Muchas, venidas a la Caridad siguiendo el ejemplo de otras damas amigas suyas, abandonaban después su caritativa misión, pretextando nuevas ocupacio­nes en sus casas, inconvenientes familiares que podían ser más o menos reales. Algunas de ellas, sinceramente entregadas a las obras de caridad, se veían privadas muchas veces de llevarlas a cabo por las exigencias de sus esposos, no conformes con que las damas visitaran las pobres vivien­das de los suburbios, por los perjuicios que podía ocasionarles la falta completa de higiene, las enfermedades infecciosas, la miseria que reinaba entre las pobres gentes.

Es de advertir que la visita de las damas no era protocolaria, sino plenamente caritativa. La señora había de ayudar al pobre en todo aquello que fuese necesario, hacerle la cama y servirle la comida, si no tenía quien lo hiciese; y, en ocasiones, adecentarle el mísero tugurio donde se hallaba. Para estos menesteres se necesitaba un grado no pequeño de abnegación y sacrificio. Con ser tan bajas estas obligaciones cerca de los pobres, fueron cumplidas con verdadera amor por las damas en mu­chas ocasiones. Pero eran la causa de que, las que se habían inscrito por un motivo puramente humano, volvieran prontamente la espalda a estas obligaciones y se dejaran arrastrar por la comodidad, que hace estériles las obras mejor emprendidas.

Se conservan en los archivos de la Caridad los nombres de grandes damas que ilustraron su vida con ejemplos heroicos en su ministerio con los pobres. Madame Goussault, corazón magnánimo, mujer de gran juicio, casi una segunda madre para las Hijas de la Caridad, Madame de Polla­lion, alma ardiente, de la que nada podía contener el celo, compañera asidua de Luisa de Marillac en sus visitas. Madame de Lamoignon, a quien el pueblo de París dio el título honroso de «Madre de los pobres». Y otras muchas, que Dios acogió benignamente en su seno por haberle amado en la persona de los desgraciados.

Las defecciones de algunas damas en el camino de la caridad hacían que los pobres no estuvieran lo suficientemente atendidos. San Vicente veía que la obra de las Caridades perdía por momentos su primitivo vigor, o, al menos, no estaba encendida en aquellos fervores que en un principio la animaban; pero, siempre en brazos de la Providencia, sabía perfectamente que, si la voluntad de Dios era que las Caridades preva­lecieran, Él proporcionaría los medios adecuados para salir adelante en una obra que había sido fundada únicamente para su gloria y el bien de las almas.

En este período, hasta 1633, Luisa hizo su aprendizaje de caridad. Dada por completo a sus ministerios, ayudada por Vicente, bogaba en un tranquilo mar, en el que Dios reinaba como soberano, y pudo probar a su siglo que Dios no abandona jamás a los que viven en su camino. Cuál fue la medida del sacrificio que tuvo que imponerse en distintas ocasiones para seguir las normas de su santo director queda en el se­creto de Dios. Pero, si se mide el fruto de una obra por el sacrificio que ha costado llevarla a cabo, Santa Luisa sobrepasó en mucho la medida que llamaríamos normal en el sacrificio de un alma consagrada a Dios.

Descender de una vida cómodamente familiar, en la que hubiera po­dido vivir con su hijo y sus parientes, a mezclarse con gentes de toda condición y vivir en contacto con todas las miserias, exige un renun­ciamiento poco común. Sobre todo, en un tiempo en que los menesteres caritativos eran completamente desconocidos. Hoy, aparte de que la caridad se ha multiplicado, no podemos calibrar en su justo medio lo que significaba en el siglo XVII una tal determinación para una perso­na particular.

Además, pulsando el corazón de Luisa, la vimos inclinada a un recogimiento interior más propio de una religiosa de clausura que de un alma de vida activa; no cabe duda que siempre sintió atractivo hacia eme recogimiento, pero supo darse exteriormente, y la conjunción de vida íntima con su Dios y de vida externa, dada a los otros como fruto de aquella unión, le aseguró la obra de su santidad.

Luisa, pasando por entre las escorias de este mundo, llevó en sus manos la lámpara encendida de la gracia que la hizo triunfar de sus enemigos y gozar para siempre de la dicha eterna, después de legar a la posteridad una vida del más fecundo apostolado.

«Nadie da lo que no tiene» es una sentencia popular que en el caso de Luisa de Marillac se aplica sencillamente: Si nuestra santa no hu­biera tenido en su corazón la caridad, que es Dios, no hubiera podido prodigarla al mundo en toda su riqueza, en ese florecimiento posterior de las obras que ella fundara, y que sienten el eco de su corazón de madre, alentándolas a proseguir la conquista de las almas a través del mundo.

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