Un perfil heroico: santa Luisa de Marillac (06)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Yolanda de Montefrio · Year of first publication: 1960.
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ESOS que están cubiertos de blancas vestiduras,
¿quiénes son
y de dónde han venido?
(Apocalipsis, VII.)

OLYMPUS DIGITAL CAMERAVICENTE de Paúl ha sido uno de los mayores dones que la ca­ridad y la misericordiosa de Dios han concedido al mundo. Su santidad personal es tan atrayente, tan humana, tan digna de imitación como lo es el espíritu vivo del Evangelio.

Sus virtudes sacerdotales le habían hecho preferir mil veces la hu­milde parroquia de una aldea a la capellanía de los señores de Gondi en París, puesto más honroso a los ojos del mundo. Su elevación al Consejo de Conciencia de la Reina y sus prerrogativas en la corte úni­camente le sirvieron para desplegar la caridad de su corazón.

La humildad de San Vicente de Paúl, nunca bastante admirada, hizo de él, a los ojos del Señor, un vaso de elección. Vicente de Paúl ha sido uno de los hombres más sinceros que han existido, de los que más han ahondado en el conocimiento de sí. Se creyó—y así se llamaba él cons­tantemente—un miserable, digno del desprecio de los demás.

Las raíces de su humildad estaban basadas en la verdad. Porque Vi­cente de Paúl había meditado grandemente en las prerrogativas divinas y en los defectos humanos; su mirada penetrante había medido la in­mensidad de las perfecciones de Dios y la infinitud negativa de lo humano. Había considerado las gracias que Dios concede a las almas, el valor de los medios que existen para elevarse hacia Él, y, natural­mente, su visión, limpia de engaño, le hacía verse pobre y miserable ins­trumento en las manos divinas.

Junto al modelo más acabado de humildad, Vicente de Paúl ha sido el genio de la caridad, el hombre que ha grabado con más exactitud den­tro de su corazón los sentimientos del corazón de Dios, y ha dado toda su vida para comprar la perla evangélica por medio de la virtud que no acabará jamás.

Hijo de unos piadosos aldeanos del sur de Francia, Vicente sintió desde muy niño su vocación al sacerdocio. En el momento en que cono­ció a Luisa de Marillac hallamos al piadoso sacerdote en casa de los señores de Gondi, no solamente como preceptor de sus hijos, uno de los cuales había de ser más tarde el famoso cardenal de Retz, sino dedicado a misionar a los campesinos de los dominios familiares de los Gondi, a la vez que echaba los fundamentos de la Congregación de la Misión que formaría poco después.

Vicente de Paúl alcanzó desde los primeros años de su sacerdocio la madurez de un anciano. Su juicio clarividente le hizo emprender gran­des obras a través de toda su vida, cuando consideraba implícita en ellas la voluntad de Dios, pero le hizo desistir también obstinadamente de todo cuanto, aun siendo bueno, no llevaba el sello de lo divino.

Lentamente, ponderando más las señales divinas que las opiniones humanas, avanzaba nuestro santo en su fecunda vida de caridad, con­sultando siempre, para tomar sus resoluciones, el corazón de Cristo. Siendo miembro del Consejo de Conciencia de la Reina, que hoy llama­ríamos órgano asesor para la provisión digna de cargos eclesiásticos, era, en su proceder, opuesto completamente al cardenal Mazarino, que tam­bién formaba parte de dicho Consejo. Humilde y profundo en sus deci­siones, hijas de una conciencia recta, siempre escuchó la voz divina para proveer a la Iglesia de Francia de celosos pastores.

Mas el título verdaderamente glorioso de Vicente es el amor que siempre sintió hacia los pobres, a los que consagró su vida entera; sin embargo, se vertió hacia ellos, sin negar a los ricos un trato escogido, maneras afables y humildes siempre.

San Vicente no inauguró la caridad en el mundo, pero le dio un ca­rácter tan auténticamente divino y evangélico que transformó la prác­tica de esta virtud; la hizo pasar, de una limosna misericordiosa o de una atención filantrópica que se vuelve a los hermanos, a una forma nueva que, en cierto modo, divinizaba al pobre. Vicente de Paúl no vio en el pobre solamente a un hermano, a un ser redimido por Cristo. Vi­cente de Paúl vioen el pobre a Cristo mismo. De ahí que su caridad tiene esa potencia avasalladora, ese vigor que no pueden deshacer los siglos ni los vaivenes de este mundo.

«Lo que hiciereis al más pequeño de los míos, a Mí me lo hacéis.» La humanidad del pobre, para San Vicente, es la Santa Humanidad de Cristo. Aliviar al pobre es aliviar a Cristo. Martín, futuro Obispo de Tours, siendo todavía soldado y catecúmeno, atravesaba las calles mon­tado en su caballo; un pobre medio desnudo le pide limosna. Baja de su caballo y, rasgando su capa en dos partes con el auxilio de su espada, tiende una de ellas al pobre para que se cubra. Por la noche, encerrado en su aposento, Martín tiene una visión resplandeciente. Es Cristo, que se aparece a él cubierto con la capa que le había dado al mendigo. Y el soldado oye de los labios divinos estas luminosas palabras: «Martín, siendo todavía catecúmeno, me ha cubierto con esta capa».

Cristo transformado en el pobre, he ahí la caridad de San Vicente de Paúl. Ante esta evidencia caen por tierra todos los prejuicios de época y de nación, y se universaliza la caridad. Los pobres, con frecuencia repugnantes, desagradecidos, groseros, no pueden ser atrayentes en sí; pero, siguiendo las indicaciones de San Vicente, «volvamos la medalla» y, ti as estas apariencias miserables, veamos a Cristo. De esta manera todos los sacrificios son aceptables, la consagración de una vida entera al servicio de esos desgraciados es la consagración al servicio del mismo Dios.

Vicente de Paúl ha realizado obras maravillosas en la tierra ; ha dado forma definitiva al amor cristiano, como oficialmente lo ha reco­nocido la Iglesia al proclamarle Patrono Celestial de todas las Obras de Caridad; ha hecho por la sociedad más que los grandes legisladores y gobernantes, porque si bien éstos han pretendido dar normas para el bienestar de los miembros que la componen, San Vicente ha sobrepa­sado los límites de la justicia para abrazar la misericordia y dar al mun­do la lección más sublime de amor.

«Amemos al prójimo—son sus palabras—, porque Dios está en él, o a fin de que esté.» Con este admirable espíritu no es extraño que San Vicente haya abarcado en su caridad a los grandes y a los pequeños, a los perfectos y a los pecadores. No fue el hombre tempestuoso que se lanza a la defensa de una determinada clase social—la ínfima clase—, sino que todo su proceder, ordenado en cristiano, fue deferente, sumiso, comprensivo con los poderosos, a quienes miró siempre como bienhe­chores de los pobres.

Con ser tan grande el movimiento social y caritativo de San Vicente, es más admirable su doctrina—legado precioso para sus hijas—, en la que les muestra un dilatado panorama de vida interior, necesario de todo punto a las almas que se dedican a trabajar en la salvación de sus hermanos. San Vicente, como director de conciencia, es uno de los sa­cerdotes más evangélicos de su siglo.

Este hombre providencial fue el que Dios, en sus misteriosos desig­nios, tenía preparado a Luisa de Marillac. No se sabe cuáles fueron las circunstancias en que se conocieron; algunos aseguran que fue el mis­mo monseñor Camus quien, previendo sus continuas ausencias de París, quiso asegurar a su hija un guía celoso y prudente, y le señaló al pia­doso sacerdote.

Otra conjetura es la de que Luisa conociera a Vicente cuando era director de los monasterios de la Visitación por encargo de San Francisco de Sales y de la madre Chantal, fundadores de los mismos. Tal vez la madre Catalina Beaumont, que frecuentaba el del arrabal de San Antonio, se lo hiciera conocer. Esta hija espiritual de San Fran­cisco de Sales probablemente alabaría ante Luisa al sacerdote a quien veneraban todas las visitandinas como puede hacerse a un santo. Quizá le contara que, mediante las visitas del celoso sacerdote, la Comunidad percibía el perfume de las virtudes de Jesucristo. Y las religiosas que padecían penas y tentaciones quedaban muy consoladas bajo su direc­ción. No se sabe a punto fijo cuál fue el motivo de su encuentro. En el fondo importa poco, sabiendo que la Divina Providencia se vale de causas segundas, de instrumentos humanos, pero que es su sabiduría la que, por su medio, gobierna todas las cosas.

Naturalmente hablando, este santo hombre no fue simpático a la señorita Legras. Mas si ella guardaba cierta repugnancia en el fondo del corazón para aceptar al director austero que le parecía ser San Vicente de Paúl, éste, a su vez, no había acogido sin reserva el consejo de ocu­parse de la dirección de esta «mujer de calidad». No era su cometido —pensaba él—el ocuparse de direcciones particulares. Otras ocupacio­nes más vastas y urgentes solicitaban su caridad.

Y, sin embargo, él también, secundando los designios de la Divina Providencia, terminó por aceptar la dirección del alma de Luisa de Ma­rillac. Esta fue la hermosa unión sobrenatural de dos almas, de la que iba a brotar una obra perdurable como la Santa Iglesia.

Luisa encontró en Vicente de Paúl no sólo al sacerdote de aparien­cias mediocres, de humilde linaje, menos humanista que los anteriores directores de su alma; estas condiciones, que al principio desconcertaron a Luisa, dejaron paso inmediatamente a la consideración de las verdade­ras virtudes personales de Vicente: Un espíritu llamado a la santidad evangélica, perfecto imitador de la vida de Jesucristo en la tierra.

Indudablemente, una de las glorias eternas de Vicente de Paúl será la de haber orientado definitivamente a Luisa de Marillac.

Vicente dejó que su dirigida le expresara todas las complejidades de su alma; conoció los tormentos interiores que la habían fortalecido, los tesoros de amor y ternura allí encerrados, y quiso poner en ellos el acicate de la caridad, para que esta virtud soberana quemara con su fuego los pequeños residuos de imperfección, y por ella se diera ente­ramente a trabajar por el prójimo, para hallar la perla evangélica.

«La santidad es una aventura—dice Bernanos—; es, por decirlo así, la única aventura.» Luisa de Marillac la ha realizado. Levantándose so­bre las impotencias humanas, los límites de una naturaleza frágil, con todos sus complejos e inquietudes, ha sido «la mujer fuerte», la mag­nífica realizadora que fue capaz de mirar de frente, durante más de un cuarto de siglo, tareas evangélicas de las que una sola hubiera parecido aplastante a una mujer menos fuerte que ella.

«La santidad—hace notar acertadamente el P. Liégé, volviendo a las palabras de Bernanos—es una aventura divina a la cual el hombre es invitado por Dios mismo; no hay que confundir el santo con el asceta voluntario, ni mucho menos con el fanático exaltado; no hay que creer que un santo es un hombre honorable, o un asceta, o un sabio. Los san­tos no esconden, pues, su secreto: Jesucristo forma en ellos una huma­nidad recreada. El Evangelio vuelve a tomar vida en su vida, en toda su vida; son los hombres del Evangelio.»

Los días en que Luisa vivió en las angustiosas tinieblas del espíritu fueron un largo prefacio a la acción arrolladora del Espíritu Santo. San juman de la Cruz dice que todas las penas purifican. El alma de Luisa, complicada y difícil para escoger las vías de su salvación, atada a las exigencias de una conciencia sutil, era simplicísima en la obediencia. Por tanto, este gran valor fue el resorte santificante de su vida, porque Dios encontró siempre a su sierva en la hermosa disposición de buscar lo que a Él había de agradarle. Con toda generosidad se adaptó al plan creador y redentor, al plan divino, que siempre es más amplio, infinita­mente más amplio que el más genial de los planes humanos.

Vicente de Paúl hubo primero de despojarla de aquellos hábitos es­pirituales tan arraigados, de las prácticas de devoción harto repetidas, martilleantes, más absorbentes que eficaces. Escuchó las confidencias mi­nuciosas de su alma, y con infinita caridad supo llevarla al olvido de sí y al amor del prójimo. Una de sus prácticas consistía en honrar cada día, por treinta y tres actos de adoración, la santa humanidad de Nues­tro Señor, en recuerdo de los treinta y tres días que había pasado en la tierra. Vicente le hace pensar que Dios es amor, y que quiere que se vaya a Él únicamente por amor.

Mas el verdadero amor libera, en sus exigencias mismas. Vicente de Paúl sabía que esta lección se aprende mejor día por día, y que a veces es necesaria una vida entera para realizarla.

Luisa de Marillac, siguiendo el consejo autorizado del padre Cham­pigny, renuncia a la vida claustrada de las capuchinas. En función de su temperamento, la vida claustral de nuestra santa hubiérase derivado hacia un excesivo mirarse a sí misma, una constante fuerza de introspec­ción, fatigosa y estéril muchas veces, para calibrar el fervor de su es­píritu con una sola medida: la de los actos de devoción a que se hubiera dedicado. Su amor excesivo al retiro y a la soledad no hubieran favo­recido la robustez de sus ideas, la independencia de su alma para diri­girse a Dios y el equilibrio que le da su verdadero peso de santidad.

Por eso Vicente de Paúl, que conoció perfectamente las posibilidades de esta gran alma, la lanza a las obras de celo y apostolado, vaciándola de sí misma para llenarla de las preocupaciones ajenas. La liberación de Santa Luisa fue la caridad. Encontró a Dios vivo en las almas de los pobres. Aquí los treinta y tres actos de adoración de la santa humanidad de Cristo se abrieron a la hermosa perspectiva de oír latir el corazón de Dios en cada uno de los corazones humanos.

La señorita Legrás dejó de esforzarse en reconcentrar su espíritu para buscar al Señor por las tortuosas sendas del «yo». Lo encontró en el que sufre, en el desamparado, en el huérfano, en el enfermo. Así pudo unirse en comunión perfecta con Cristo.

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