Un perfil heroico: santa Luisa de Marillac (05)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Yolanda Montefrio · Year of first publication: 1960.
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PARA que sepas dónde está la vida
y la luz de tus ojos,
y la paz.
(Baruc, III.)

OLYMPUS DIGITAL CAMERA«…se me aseguró que debía reposar en la idea de que Dios me daría un director que me hiciera ver clara la situación de mi alma; sin embargo, me parecía que este director, desconocido para mí en esos momentos, me iba a producir repugnancia al aceptarlo. No obstante, acepté…»

Así anota Luisa de Marillac su impresión personal del día de Pente­costés de 1623. Ella misma nos da a conocer hasta qué punto le preocupa­ban las necesidades de su alma. En una mirada ligera Luisa se nos apa­rece como un alma sujeta a las insinuaciones del Espíritu Santo, mas presa. en cierto modo, del parecer de sus directores. ¿Era nuestra santa un alma remisa, necesitada siempre de los cuidados ajenos, incapaz de tomar por sí misma una resolución o de entrever claramente su situación espiritual? (Lo que queda perfectamente en claro, en esta aparente ago­nía de su vida, es la hermosa limpidez de su alma, la sed insaciable «de Dios).

Hasta poco antes de la muerte de su esposo la dirección espiritual de Luisa había estado a cargo de dos hombres eminentes. San Francisco de Sales, el dulce Obispo le Ginebra, que habría de imprimir en su espíritu las máximas de su piedad persuasiva, auténticamente cristiana. Bien pudo aplicar a Santa Luisa las mismas palabras que dirigió a la madre Chantal:

«No aprisionéis, hija mía, vuestro corazón en ardientes de­seos de perfección. Caminemos por el camino de ese amor esen­cial, fuerte e insaciable donde nos tiene Dios, y dejemos correr aquí y allá los fantasmas de las tentaciones que se atraviesen en el camino. Os recomiendo la sencillez, que es una virtud amable y agradable a Dios…»

Monseñor de Ginebra debió amar con predilección el alma de Luisa; adivinó, con su instinto sutil para la santidad, que el Señor había puesto en ella un sello indeleble de pertenencia, y adivinó también que se deba­tía angustiosamente por la misma causa, por dar a Dios la bella y her­mosa respuesta que significara la entrega de la vida misma.

Más tarde, ausente Francisco de Sales, encomendó la dirección de Luisa a Monseñor Camus, Obispo de Belley, más famoso hoy por la di­rección de nuestra santa que por sus floridos sermones en el púlpito de Nuestra Señora de París, donde desplegó sus grandes dotes oratorias que hoy nadie recuerda, aunque admiraron al París piadoso de su siglo. De las notas y cartas que existen se deduce que Monseñor Camus fue para Luisa un padre cariñoso, compadecido de las alternativas angustiosas de su espíritu, ocupado siempre en refrenar los excesivos ardores de su piedad. Sus palabras iban dirigidas a llevar la paz al alma de Luisa, mas solamente por medio del abandono, de la esperanza en Dios. Así se des­prende de la carta que le dirigió con motivo de la enfermedad de su esposo:

«…compadezco vuestra tribulación por la enfermedad de vues­tro esposo. Y, sin embargo, he ahí vuestra cruz. ¿Y por qué me compadezco de verla sobre las espaldas de una hija de la cruz? Para llevarla no os falta dirección, ni libros, ni consejos, ni espíritu.»

Y con ocasión de una de sus ausencias de París, cuando ya declinaba verdaderamente la salud del señor Legras, escribe con su estilo ampuloso y florido:

«…¡ Oh Dios mío, querida hija mía! Vuestro esposo tan ama­do ha pensado morir, y este pobre padre vuestro no irá a París este invierno. No suspiréis por vos, hija mía, sino por mí, que, separado de mi país y de los míos, estoy relegado a un des­tierro que no tiene nada de amable, si no es la amable voluntad de Aquel que todo lo hace amable. ¡Oh Jesús, amor de nuestras almas, conservad a mi hija querida, bendecidla con vuestra dulce mano, juntamente con su marido y su hijo; dirigid vuestros con­suelos a esta alma, que estimo en la medida que Vos conocéis, oh divino Salvador mío, puesto que en Vos le soy humilde hermano y servidor!»

Como puede verse, esta dirección, más a propósito para mantener es­píritus templados que para deshacer inquietudes, no era la apropiada para el interior de Luisa, complejo y simple a la vez; complejo, porque en él pugnaban su temperamento, sus inquietudes, sus escrúpulos; simple, por la hermosa sencillez de su alma, que se dirigía irresistiblemente a su Dios.

La dirección que sobre ella había impreso San Francisco de Sales, aunque acertada, fue más bien esporádica y ocasional. Sabemos que Luisa le llamaba siempre «mi bienaventurado padre», y que, a través de sus escritos, revela una grandísima estima por la cantidad de sus enseñanzas y de su trato, siempre dulce y afable. El fundador de la Visitación ha­bía calmado muchas veces, con su amable serenidad, las torturas del espí­ritu de Luisa. Pero en los momentos de mayor crisis para ella este santo Obispo gozaba ya de la bienaventuranza eterna, y únicamente desde el cielo podía rogar por ella.

Esta digresión en torno a los directores de conciencia de Luisa de Marillac no es inoportuna. Porque el escollo con que han tropezado siem­pre el biógrafo y el lector de su vida ha sido la gran encrucijada de donde arranca la santidad eminente de Luisa, ya perfilada. Los rasgos de su personalidad están sobradamente dibujados en los años de su niñez, en su adolescencia y en su juventud. Ella misma ha diseñado su figura enérgica, mirando cara a cara la imagen de Jesucristo y procurando tra­zar, no los rasgos gloriosos de su Humanidad Santa, sino los que impri­me la verdadera mortificación cristiana. Se adivina, a través de las líneas de su fisonomía aún no acabada, una fortaleza heroica, un temple exqui­sito para la obediencia a las llamadas divinas, una capacidad sin medida para el sufrimiento.

Dios es cauteloso en el cuidado de nuestras almas. Nos parece que duerme junto a nosotros, pero vigila para hacer su obra en torno a ese pequeño ser, infinitamente amado por Él, que es el hombre.

Y la hora definitiva había sonado para Luisa. Dios le había dicho en todos los momentos cruciales de su vida: «Dame tu obediencia, dame tu voluntad, y yo haré en ti todo lo demás». El aviso recibido, por inspira­ción divina, el día de Pentecostés: «…que tendría un nuevo director de conciencia, si bien sentiría cierta repugnancia en aceptarlo», era para ella el camino de predestinación gloriosa a que Dios la llamaba.

Este nuevo director, que iba a cambiar el curso de su vida, de acuerdo perfecto con las inspiraciones divinas, era San Vicente de Paúl. Vicente de Paúl, en lo humano, era el reverso de los anteriores directores de su alma. Aquellos dos príncipes de la Iglesia, Francisco de Sales y Alberto Camus, de familias distinguidas, famosos por sus predicaciones, que fue­ron el centro de atracción de los selectos de espíritu, cedían el puesto, junto a Luisa, a Vicente de Paúl, capellán de la casa de los señores de Gondi, antiguo párroco de la aldea de Clichy, de humilde ascendencia, pero que iba a dar al mundo, de la manera más conforme al corazón de Cristo, la lección sublime de la caridad.

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