Un mártir Lazarista irlandés del siglo XVII

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros Paúles, Biografías vicencianas, La Familia VicencianaLeave a Comment

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En un estudio que tiene por título Hibernia Vicentiana, el autor del presente artículo da cuenta de los trabajos de los Lazaristas en Irlanda, durante la vida de su Fundador San Vicente de Paúl. En la hora en que Irlanda sufrió mayor persecución, tuvieron los primeros Lazaristas irlan­deses el privilegio de trabajar en este país y de participar de sus padecimientos; y uno entre ellos, el hermano Tadeo Lye, tuvo el honor de sufrir la muerte por manos de los enemigos de la fe católica.

El objeto del presente artículo es recoger todo lo que se conozca de la vida y muerte de este siervo de Dios, con la firme esperanza de que así como él fue asociado en los sufrimientos a los mártires irlandeses del siglo XVII, podrá también participar de los honores que la Iglesia, según es­pero, les tributará en fecha no muy lejana.

Los pormenores que han llegado hasta nosotros respecto a la vida y sufrimientos del Hermano Lye (Lee) son muy escasos, pero suficientes para demostrar que él vivió y mu­rió por la causa de Dios. La primera mención de que tene­mos noticia se encuentra en el registro en que están inscri­tos aquellos que eran miembros de la Congregación de la Misión. Este registro se conserva en los Archivos naciona­les de París bajo las notas M. M. 519 A. y tiene el título siguiente: «Catálogo de los Sacerdotes y clérigos que han sido recibidos en la Congregación de la Misión desde el principio de su fundación y han vivido en ella más de dos años, ó bien han muerto antes de terminar los dos prime­ros años (1625-1764.») 1 En este registro hallamos esta inscripción en el año 1643: «Tadeo Lie de veinte años de edad, natural de Toua (Tuam?) de Irlanda, recibido en París el 21 de Octubre 1643, emitió los votos el 7 de Octubre de 1645».

Según este texto, es evidente que Tadeo Lye era cléri­go, aunque algunas veces se ha hablado de él como de un hermano, conforme a la costumbre de algunas Comunidades religiosas, que dan este título aun a los eclesiásticos que no son sacerdotes. Además, en el mismo registro hay un catálogo distinto para todos los hermanos legos admi­tidos en la Comunidad durante todo este período, y el nombre de Lye no se encuentra entre ellos. Según todas las probabilidades, vino a París el Hermano Lye, como tantos otros de sus compatriotas, a estudiar para el presbiterado, y allí conoció a San Vicente de Paúl que por este tiempo tenía relaciones con el doctor Kirwan y se intere­saba por los eclesiásticos irlandeses que residían en la ca­pital de Francia.

Por su edad y el sacrificio que había hecho de sí misma a Dios, es evidente que «su corazón estaba fundado en el bien desde los días de su adolescencia.» (Eccl., XI, 9).

Otra mención, que difícilmente puede aplicarse a otro que al Hermano Lye, se halla en una carta de San Vicente fechada el 15 de Octubre de 1646 y dirigida al Sr. Obispo de Limerick. En esta carta anuncia el Santo al Obispo la partida de un grupo de Misioneros para Irlanda; escribe: «Monseñor: He aquí, finalmente, ocho Misioneros que tengo el honor de enviar a Irlanda: uno de ellos es francés, los otros son irlandeses  y un hermano inglés. El primero está encargado de la dirección de los demás, según la advertencia del difunto Sr. Skyddie, que antes de morir me aconsejó que él juzgaba como una necesidad el obrar de esta manera; el clérigo podrá enseñar el canto».

Según otras cartas de San Vicente escritas por la misma época, sabemos que uno de los hermanos legos que acom­pañaban a los Misioneros, llamado Salomón Patriarche, era natural de la Isla de Jersey, el cual podemos suponer que era aquel que anunciaba como inglés. Este buen her­mano hubo de sufrir muchas privaciones y peligros en Irlanda, hasta tal punto que en 1649 se juzgó necesario volverle a Francia. En una carta fechada el 10 de Septiem­bre de 1649, San Vicente hace mención de él y dice: «El Sr. Duguin (Duggan), que estaba en Irlanda, ha llegado a ésta hace algunos días: ha dejado en Saint-Meen el her­mano Patriarche, aun no repuesto de la alteración de su espíritu, por lo cual el Sr. Brin nos le ha enviado, aunque se halla ya notablemente mejor. Se me dice que este buen Hermano, tal como es, es de grande edificación a la Com­pañía, tan caritativo, afable, activo y todo de Dios».

El clérigo debía ser el hermano Lye, que no estaba ordenado, probablemente porque en 1646 no tenía aún la edad competente, y también porque no tenía título patri­monial y que la Comunidad no había obtenido todavía el privilegio de ordenar sus alumnos título Mensae Conmunis. Cualquiera que sea la explicación, el hecho es que estaba destinado a enseñar el canto, asunto que no carece de interés en estos días de reforma musical; esto parece indicar que no era desconocido el canto popular en Irlanda en el siglo XVII.

La tercera noticia que hemos hallado sobre el hermano Lye está en una carta de San Vicente, fechada el 22 de Marzo de 1652 y dirigida al Sr. Lamberto, Superior de una Casa de la Congregación en Varsovia. Después de hablar de los asuntos personales al Sr. Lamberto, San Vicente continúa: «Añado a estos nuevos los que hemos recibido de nuestros compañeros de Irlanda, los cuales pensábamos que hubieran sido del número de aquellos que los ingleses hicieron morir en la toma de Liuserick; mas a Dios gracias, han escapado de sus manos. Esto nos lo asegura el señor Barry que ha llegado a Nantes y le esperamos aquí muy pronto; también esperamos al Sr. Brin, aunque no con mucha seguridad. Salieron, parece, de Liuserick con cinco o seis Sacerdotes y religiosos, disfrazados todos y mezcla­dos con los soldados de la ciudad, que salieron de ella el día que habían de entrar sus enemigos. Los nuestros habían pasado la noche preparándose para la muerte, porque sa­bían que no se concedía cuartel a los eclesiásticos; pero Dios no permitió que fuesen reconocidos por tales. Al salir de allí se separaron, dirigiéndose cada uno por su parte, no sin gran sentimiento; pero ellos juzgaron ser necesario hacerlo así, para que si el uno pereciese, se sal­vasen los demás. El Sr. Brin tomó el camino de su país con el Vicario mayor de Cannes (sic), su buen amigo, y el Sr. Barry se dirigió hacia ciertas montañas que él nombra, en donde se encontró con una caritativa señora que le recibió en su casa, permaneciendo en ella dos meses, al fin de los cuales se presentó providencialmente un barco que venía a Francia y se embarcó, sin tener noticia alguna del Sr. Brin desde su separación. Él cree, por tanto, que no le será fácil volver a Francia, ya porque los ingleses ocupan el mar, ya también porque ellos están en su país; de modo que tienen grande necesidad de nuestras ora­ciones.

«P. D. — El pobre Hermano Lye, estando en su patria, ha caído en manos de sus enemigos, que le han machacado la cabeza y cortado los pies y las manos en presencia de su misma madre».

La carta precedente está basada sin duda en una infor­mación enviada por el P. Barry, que acababa de llegar de Irlanda. Es cierto que no da a conocer la fecha ni el lugar preciso en que el hermano Lye sufrió. Pero según el re­gistro de que se ha hablado más arriba y por el cual sabe­mos que el lugar de su nacimiento era Toua (Tuogh), parece probable que él se escapó de Limerick tan pronto como levantaron el sitio y que se refugió entre sus parien­tes. Allí parece fue donde cayó en manos de la gente de Cromwell, sin duda antes de terminar el año 1651, y que como los macabeos fue muerto ante los ojos de su madre. No pudo haber otro motivo de tratarle con tanta crueldad que el hecho de ser eclesiástico. La crueldad con que fue tratado tiene cierta semejanza con la que se ejerció con el santo Arzobispo de Tuam Malaquías Queely, cuyo cuerpo fue dividido en partes por los soldados. Los dos sufrieron en diferentes años, por la misma causa y de la misma ma­nera. Podemos afirmar que el uno y el otro estudiaron en París, y también esperamos que los dos serán colocados en la lista de los mártires irlandeses que trabajaron y sufrieron tan gloriosamente por la fe en el siglo XVII.

El hecho del martirio de Tadeo Lye ha llegado a nosotros apoyado en la autoridad de San Vicente de Paúl; si no poseemos más pormenores de él, probablemente se debe atribuir a la humildad del Santo. Cuando se terminó la misión de Irlanda, el Superior de ella deseaba publicar una relación de los trabajos de los Misioneros y de los fru­tos que habían producido, pero San Vicente le disuadió: «Nos basta—decía—que conozca Dios lo que se ha hecho; la humildad de Nuestro Señor pide de la pequeña Compa­ñía de la Misión que viva oculta. La sangre de estos már­tires no quedará en olvido delante de Dios, y pronto o tarde contribuirá a la producción de nuevos católicos». Mas aunque la humildad de San Vicente rehusaba publicar la relación de los trabajos de sus hijos en Irlanda y de los frutos producidos por ellos, el martirio del Hermano Lye no quedaba olvidado. Hacia la mitad del siglo XVIII Pe­dro Collet, muy conocido por sus obras teológicas, pu­blicó una Vida de San Vicente de Paúl. Puso especial cuidado en preparar su obra: no se contentó con consultar la Vida del Santo por Abelly, Obispo de Rodez , sino que acudió a las fuentes en que estaba ésta fundada, las cartas de San Vicente, al menos en número de 7.000, las escritas al Santo, las Vidas manuscritas de los primeros compañe­ros de San Vicente y de otros documentos, muchos de los cuales se han perdido después. Esta es la razón por que podemos mirar a Collet, no solamente como el eco del tes­timonio de San Vicente, sino aun, hasta cierto punto, como que aduce nuevo y distinto testimonio, por haber tenido a su disposición los documentos relativos a la misión de Irlan­da, documentos sobre los que se funda el propio testimo­nio de San Vicente. Hablando de los padecimientos de los misioneros con ocasión de la destrucción de Limerick, Collet escribe lo siguiente: «De tres misioneros que que­daban en Irlanda, dos solamente volvieron a París después de pasar en Limerick por todos los horrores de la peste y de la guerra. El tercero terminó allí su vida, los otros dos se disfrazaron y huyeron como pudieron: uno de ellos tomó el camino de su país con el Vicario mayor de Casheles, el otro se retiró a las montañas, en donde encontró una pia­dosa señora que le ocultó y mantuvo durante dos meses. Un hermano que les acompaña fue menos afortunado, o, por mejor decir, el más dichoso de ellos. Habiéndole des­cubierto los herejes en su retiro, le martirizaron en presen­cia de su misma madre: le machacaron la cabeza después de cortarle los pies y manos; pena inhumana y bárbara que demostraba a los Sacerdotes lo que podían esperar si eran prendidos».

El testimonio de San Vicente y de Collet ha servido de fundamento a los historiadores más modernos. El Abate Maynard, en un libro titulado San Vicente de Paúl, publicado en 1860, refiere el martirio del hermano Lye casi en los mismos términos que Collet. Más recientemente una obra de piedad, titulada Pequeño Prado espiritual de la Congregación de la Misión, compuesta por el difunto Sr. Chinchón, C. M., refiere los tormentos y la muerte del H. Lye poco más o menos en los mismos términos que los escritores que acabamos de mencionar. Sin embargo, comete el error de mirarle como un hermano Coadjutor, después que, según el catálogo de los miembros de la Comunidad, es cierto que era eclesiástico. Desde enton­ces existe una tradición constante y bien fundada que el H. Tadeo Lye sufrió la muerte por manos de los herejes in odium fidei.

Los pormenores que poseemos relativos a su vida y muerte son muy escasos; sin embargo, podemos asegurar que son más completos que los que se conservan de muchí­simos mártires que venera nuestra Santa Madre la Iglesia.

De los cuatro Santos venerados con el título de Quatuor Connati, hasta sus nombres fueron desconocidos por mu­cho tiempo; del mártir que abrazó a San Félix en el cami­no del lugar de su ejecución y que sufrió con él, hasta ahora no se ha conocido su nombre, y la Iglesia le llama Adauctus, porque se unió a San Félix en la gloriosa profe­sión de su fe.

A excepción de su nombre, que se hallaba escrito sobre su sepulcro, no se sabe nada de Santa Filomena. La redo­ma de sangre descubierta en su tumba es el único recuerdo que tenemos de su vida. El testimonio de un Santo cano­nizado, San Vicente de Paúl, repetido por graves autores y transmitido hasta hoy, no puede tener menos valor en favor de un hombre que puede con perfecto derecho con­társele entre los que han sufrido por la fe.

II

Hemos con la mayor diligencia buscado los testimonios auténticos relativos a la vida y muerte del H. Lye; ahora examinemos la luz que arrojan sobre su causa las circuns­tancias en que fue colocado. San Gregorio Nacianceno, en su sermón sobre San Basilio Magno, dice que tal era su gravedad, que fue Sacerdote antes de recibir el presbiterado. De la misma manera puede decirse que el H. Lye fue mártir antes de sufrir el martirio: acompañó los Misione­ros a Irlanda y participó de sus privaciones y peligros. Se puede juzgar, según diferentes cartas de San Vicente de Paúl, cuáles fueron estas privaciones y peligros. Escri­biendo al Sr. Portail el 14 de Febrero de 1647, le dice: «No tenemos nuevas noticias, sino las muy atrasadas de Irlanda, llegadas hace dos días y fechadas en los meses de Sep­tiembre y Noviembre. El Sr. Duchesne padece un flujo de sangre desde un mes antes de su última carta, y nuestro H. Levacher desde que está en Irlanda; los otros se hallan mejor, a Dios gracias. Las miserias del país son grandes y de todas clases; los enemigos rodean el lugar de su mora­da; de modo que cuando van a desempeñar su misión co­rren grande riesgo. Los encomiendo a vuestras oraciones».

En otra carta del m de Marzo 1647 habla nuevamente de Irlanda: «Hemos recibido nuevas noticias de Irlanda —escribe;—nos comunican que la guerra y la pobreza del país son grandísimo impedimento; sin embargo, en la mi­sión que se ha hecho ha sido tan grande la concurrencia del pueblo, que no eran suficientes para confesar, a pe­sar de haber cinco o seis confesores, por haber acudido muchos de los lugares circunvecinos al ruido de la palabra de Dios, viniendo algunos hasta de diez leguas y esperan­do cuatro o cinco días para poderse confesar. Les reco­miendo a las oraciones de toda nuestra Compañía».

Los peligros se aumentaron con el tiempo, viéndose San Vicente obligado a llamar cinco de estos Misioneros a Francia, tres Sacerdotes con el H. Lye quedaron allí. Por este tiempo, la armada de Ivetón devastaba el país situado alrededor de Limerick, y el pueblo huía de la ciudad bus­cando seguridad en otra parte. A petición del Sr. Obispo se dio una misión en la ciudad, y fue tan fructuosa, que se acercaron cerca de veinte mil a los sacramentos. Poco des­pués se declaró la peste y atacó a más de ocho mil perso­nas.»Era esta una cosa prodigiosa— escribe Abelly,—ver esta pobre gente soportar tan terrible azote, no solamente con paciencia, sino también llenos de paz y tranquilidad de espíritu, diciendo que morían contentos, porque estaban descargados de la pesada carga de sus pecados, que ha­bían depositado en el Sacramento de la Penitencia por medio de sus confesiones generales. Otros decían que no sentían su muerte, porque Dios se había dignado enviarles tan santos Padres—así llamaban a los Sacerdotes de la Mi­sión—para purificar sus almas. Había otros que en sus en­fermedades no pedían otra cosa que poder participar de las oraciones de sus confesores, a los cuales se reconocían como deudores de su salvación».

Muy pronto sucedió a ésta otra prueba mucho mayor aun: Ivetón puso sitio a la ciudad, el cual duró cinco me­ses y medio. El enemigo atacaba por fuera, el hambre y la peste se ensañaban por dentro; hasta que la falta de pro­visiones llegó a tal extremo, que la cabeza de un caballo se vendía por una corona. El H. Lye participó de todos estos sufrimientos, pero aun no había llegado la hora de su martirio.

Podemos decir con verdad del H. Lye lo que San Ci-priano dice de San Cornelio: Quantum ad devotianem,ejus pertinet et timorem, passus est quidquid pati potuit. Efecto de la disposición de su corazón y de la vista de los sufrimientos que le amenazaban, sufría una especie de martirio. Bien podemos decir de él, como San Cipríano dijo de San Cornelio: aun antes que fuese detenido ya su­frió el martirio: Nonne ‘lzic, fratres charissinzi summo virtutis et fidei testimonio praedicandus est, nonne inter glo­riosos confessores et martyres deputandus est, qui tantunz temporis sedit expectans corporis sui carnifices et tyranni ferocientes ultores; qui Cornelium adversus edicta feralia resistentem, et minas et cruciales et tormento fidei vigore calcantem, vel gladio invaderent, vel quolibet inaudito genere poenarunz viscera ejus et nzenzbra laniarent «¿No merecerá el mayor elogio por su virtud y su fe, no merece ser colo­cado entre los célebres confesores y mártires aquel que por tanto tiempo resistió, esperando a los ejecutores y mi­nistros del feroz tirano, prestos a atravesarle con la espada, a crucificarle, a quemarle o a desgarrar con inauditos tor­mentos el corazón y los miembros de aquel que, por virtud de su fe, despreciaba las órdenes, amenazas, dolores, an­gustias y tormentos?

El H.° Lye no era el único que se hallaba en tan noble disposición de espíritu en medio de aquellos peligros; tenía ante sus ojos excelentes ejemplos de valor: el Obispo de Limerich, dentro de las murallas de la ciudad, participaba de los peligros y mantenía el valor de su rebaño. Cuando capituló la ciudad fue también condenado a muerte; mas envuelto bajo el disfraz de un criado de los soldados, la ca­beza descubierta, la cara tiznada y con un bulto a las espal­das, se escapó y se refugió en Bélgica. 2 Terencio Albert O’Brien, el santo Obispo de Emly, estaba allí exhortando a los habitantes a resistir con valor los asaltos de los sitiadores. Era uno de los exceptuados de todo cuartel. El Padre Dionisio Haurechau, O. P., que también se hallaba presente en Limerich, refiere con cuánta fortaleza y resig­nación esperó el Obispo la muerte la vigilia de Todos los Santos de 1651, y con qué barbarie fue maltratado por los soldados su cuerpo exánime, suspendido por tres horas en el patíbulo, haciéndole balancear de una a otra parte, hirién­dole con sus mosquetes, y cómo después le cortaron la ca­beza y la pusieron sobre el puente que une la ciudad con el distrito. Este Padre refiere además cómo Freton, primer autor de tanta crueldad, fue víctima de la peste, y que du­rante su enfermedad en diversas ocasiones solía gritar que el Obispo no había sido condenado a muerte por él, sino per el Consejo: «Yo hubiera podido salvarle—repetía—pero no era del gusto de mis amigos. Pluguiese al Cielo que jamás hubiese visto a este Obispo papista». Atormentado por los remordimientos de su conciencia, Freton expiró el 26 de Noviembre de 1651.

Además del Obispo de Eurly hubo también otros cuya fortaleza y muerte sirven para derramar alguna luz sobre las circunstancias en que estuvo colocado el H.° Lye. Mientras que Haurechau, del cual Lynch resume la narración es un testigo contemporáneo de los tormentos del Obispo Terencio Albert O’Brien, por su parte Abelly, en su Vida de San Vicente de Paul, es un testigo contemporáneo de las virtudes y padecimientos de Sir Tomás Strich y de sus compañeros que fueron muertos en la misma ocasión. La Vida de San Vicente por Abelly, aunque imperfecta bajo el punto de vista de la disposición cronológica, es un traba­jo de mucho valor por los documentos que contiene. Fue publicada en 1664, y Lynch remite a ella en sus Vidas manuscritas de los Obispos de Irlanda. Cuando escribió Abelly, vivían aún los Misioneros que habían estado en Irlanda, y fácilmente podemos reconocer con plena seguridad que en la relación que hace de los sucesos de Irlanda, si la ma­no que escribe es francesa, la voz que habla es irlandesa. Abelly habla en estos términos de la ruina de Limerich:

«Esta pobre ciudad de (Limerich) fue sitiada y final­mente tomada por los herejes. Hicieron morir cruelmente a muchos de sus habitantes por causa de la fe católica que profesaban, especialmente a cuatro de los principales de la ciudad, que dieron excelente testimonio en semejante oca­sión de lo mucho que habían aprovechado, ya de las ins­trucciones y exhortaciones de la misión, como de los Ejer­cicios espirituales que habían hecho poco después en la casa de los Misioneros; y del celo invencible que manifes­taron en la defensa de la Religión Católica, particularmente sir Tomás Strich, el cual, al salir de sus Ejercicios, fue ele­gido Alcalde de la ciudad, en cuyo cargo se declaró abier­tamente contra los enemigos de la Iglesia; al recibir las lla­ves de la ciudad en sus manos, las llevó inmediatamente, por consejo de su confesor, a las de la imagen de la Santí­sima Virgen, a la cual suplicó recibiese esta ciudad bajo su protección, y obligó a todos los que formaban el cuerpo de la ciudad a ir delante de él a la iglesia, en donde se ce­lebró este acto de piedad con muchas ceremonias; a la vuelta este nuevo Alcalde arengó, muy cristianamente, a toda la reunión para animarla a una fidelidad inviolable a Dios, a la Iglesia y al Rey, ofreciéndose a dar su propia vida por aquella causa tan justa. Esta ofrenda fue aceptada por Dios; pues algún tiempo después de tomada la ciudad por sus enemigos, Dios le concedió la gracia de sufrir el martirio con otros tres de los más principales, Ios cuales, así como fueron sus compañeros en los Ejercicios, también lo fueron de su martirio. Se presentaron los cuatro, no sólo con constancia, sino también con alegría, poniéndose sus más preciosos vestidos para comparecer ante el público; y antes de ser ejecutados hablaron con tanto fervor al pueblo, que hicieron derramar lágrimas a todos los asistentes, aun á los mismos herejes, declarando ante el Cielo y la tierra que morían por la confesión y defensa de la Religión Católica; lo cual confortó en gran manera a los otros católi­cos para conservar su fe y sufrir toda clase de tormentos, antes que faltar a la fidelidad que debían a Dios».

Tales eran los hombres que daban tan excelentes ejem­plos al hermano Lye. Él participó de sus peligros; proba­blemente les serviría durante sus Ejercicios espirituales, y como ellos sufrió la muerte por la misma causa.

El elocuente San Gregorio Nacianceno, en un admirable sermón, resume así el elogio de los macabeos: «Toda la Judea admiró su constancia y se regocijó como si su corona fuese la suya propia; porque esta lucha fue la mayor de todas las que había sostenido en todos los tiempos la ciu­dad. Se trataba de demostrar si la ley sería violada o glori­ficada. Su lucha fue una crisis para toda la raza de los he­breos. Lo mismo podemos decir acaecía en el caso del hermano Lye y los mártires de Limerich; no fueron menos gloriosos que los macabeos. El esforzado Obispo de Emly se mantuvo firme como Eleazar en otro tiempo; el her­mano Lye, en el vigor de su edad, fue martirizado en pre­sencia de su valiente madre; sir Tomás Strich y los otros legos fueron fieles y constantes como el Clero, todos com­batieron por la misma causa. La fe de toda la nación irlan­desa estaba como en tela de juicio, la nación irlandesa toda entera admiró su constancia y se regocijó de su victoria.

A la autoridad establecida por Dios, la Iglesia, pertenece el pronunciar la última sentencia sobre los méritos de estos hombres heroicos. Si esta autoridad suprema llega a con­cederles los honores de los altares, todo el pueblo irlandés considerará este honor como si fuese el suyo propio; dando gracias a Dios «alabará a los hombres gloriosos» la heroica constancia de aquellos a los que la Irlanda se reconoce deu­dora de la preservación de la fe.

PATRICIO BOYLE, I. S. C. M.

(Traducido del The Trish eclesiastical Record, número de Octubre de 1904).

ANALES 1905

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