No se puede entender correctamente y en toda su hondura el gran edificio vicenciano sin penetrar en sus cimientos. Igualmente sería injusto el presentar la historia de Vicente de Paúl sin una prehistoria básica y una intrahistoria vivencial.
Porque, en definitiva, la andadura de este creyente «revolucionario» del siglo XVII es el fruto lógico y maduro de un triple descubrimiento: los márgenes depauperados de una sociedad asentada en el despilfarro, el indiferentismo y la guerra; los pobres como sacramento de Cristo y, consiguientemente, su pasión por Cristo en los pobres y por éstos en El; y el denodado esfuerzo por concienciar a la sociedad entera para que se organice en favor de los pobres y se movilice para liberarles de su pobreza.
Los pobres: una terrible pregunta de Dios
«Los pobres, que se multiplican todos los días, que no saben a dónde ir ni qué hacer, constituyen mi peso y mi dolor«. «El pobre pueblo se muere de hambre y se condena«. «Es poca cosa oír y leer estas cosas; sería menester verlas y comprobarlas con los propios ojos«.
Estas frases, tomadas al azar de entre las muchísimas que nos ha dejado Vicente de Paúl en sus 8.000 páginas, sintetizan angustiosamente su «descubrimiento de la realidad». Porque Vicente de Paúl depende de un descubrimiento elemental: el de los márgenes de la «civilizada y cristiana» sociedad. Lo que queda fuera de nuestro atildado mundo burgués. El submundo empedrado con todos los heridos en el camino de Jerusalén a Jericó. Esa llaga histórica que se agranda a nuestro mismo lado. Y, por supuesto, el descubrimiento de las más sutiles estructuras que generan marginación y abandono.
«Esqueletos cubiertos de piel«
En la película «Monsieur Vincent» («El Señor Vicente»), hay una larga escena que es una parábola plástica de este «primer descubrimiento vicenciano». Vicente de Paúl pasa la noche en una mísera pensión en compañía de un joven en paro, tuberculoso. El jóven, con lenguaje agrio, le va poniendo al tanto de las más lacerantes y pluriformes miserias. La cámara enfoca los ojos penetrantes de Vicente de Paúl y sus palabras parecen salir del fondo de sus pupilas: «iPerdón, Dios mío. No sabía nada; no sabía nada!».
La mirada de Vicente de Paúl se atreve a descubrir el innumerable ejército de los seres sin rostro y sin historia, la «despreciable» legión de los que «no importan», la opresión de todos los condenados de la tierra. Una mirada que irá escrutando toda la terrible marginación de la Francia del siglo XVII.
No es fácil comprender hasta dónde llegaba el «umbral de la pobreza» en aquella sociedad. Tal vez nos sirva de espeluznante indicador la carta que un sacerdote escribió a Vicente de Paúl: «El hambre es tan grande que vemos a los hombres comer tierra, masticar la hierba, arrancar la corteza de los árboles, desgarrar los miserables harapos de que están cubiertos para tragárselos. Pero lo que no nos atreveríamos a decir, si no lo hubiéramos visto, es que da horror ver cómo se comen sus brazos y sus manos, y mueren en esa desesperación«. O la comunicación que le hace otro sacerdote: «Se lo digo con toda sinceridad, hay más de ciento que parecen esqueletos cubiertos de piel… Es la cosa más espantosa que puede imaginarse«.
La mortandad infantil alcanzaba a más del 50 por 100 de los nacidos. La edad media de vida estaba entre los 25 y los 30 años. Las epidemias causaban casi el 40 por 100 de fallecimientos. El analfabetismo era total: solamente sabían leer y escribir dos millones y medio en una población de casi veinte millones. Los campesinos sufrían el «bloqueo social» de los poderosos.
Porque los gobernantes solamente querían hombres para la guerra, impuestos para alimentar esa guerra y, como diría el cardenal Richelieu, primer ministro de la época, «mulos de carga del Estado». Tan aplastados estaban los campesinos que el abogado general del Parlamento, Tálon, exclamaría delante de la reina Ana de Austria: «Estos desgraciados no poseen otras propiedades que sus almas, porque no han podido ser vendidas en la almoneda». La guerra de los Treinta Años se tradujo en una constante devastación y despojo del campesinado. Y así, toda la clase humilde —la mayoría de la población— se veía abocada a la mendicidad.
Sobre una maldita trilogía compuesta por «la peste, el hambre y la guerra» se levantaba un cínico monumento a la más cruel miseria física, psíquica y moral. No es extraño que un jansenista, Pierre Nicole, escribiera en ese tiempo: «Estas gentes no piensan en casi nada más durante su vida que en satisfacer las necesidades de sus cuerpos, en encontrar el medio de subsistir«.
«La eminente dignidad del pobre»
La expresión es de Bossuet, contemporáneo y, de alguna forma, discípulo de Vicente de Paúl. Pero la vivencia, la profundización práctica y el «lugar teológico» son plenamente de Vicente de Paúl.
Antes de su «conversión», Vicente de Paúl juzga la miseria de la sociedad como el «resultado de no saberse defender en la vida». Nada más. Los pobres no le preocupan, los oprimidos no le angustian. Pero, a partir de su «hora de Dios», el drama existencial se le presenta en toda su desnudez radical: o seguir pasando de largo o atender al herido. Sin neutralidades espirituales. O ser o no ser Buen Samaritano.
Y a este escrutador de los «signos de los tiempos» le envuelve totalmente la terrible pregunta de Dios: «¿Dónde está tu hermano?«. Y su respuesta es taxativamente afirmativa de la dignidad y libertad de los pobres frente a la falsa caridad entendida como represión, conveniencia social y política criminal de los responsables de aquella sociedad. Porque las estructuras mentales y sociales del siglo XVII francés en relación con los pobres se reflejan en el decreto real del 27 de abril de 1656 por el que los «asociales deben ser encerrados» para limpiar la ciudad, preservar de su peligro a las «buenas conciencias» y respetar el «orden colectivo».
Es sumamente ilustrativo el comparar algún texto de aquellos responsables con las frases más tajantes de Vicente de Paúl. Por ejemplo, las de Godeau, obispo sucesivamente de Grasse y de Vence, portavoz de los partidarios del «encerramiento de los pobres»: «Nada era tan profano ni tan abominable como la mayoría de los pobres en la ciudad de París. Eran como una población monstruosa en la Iglesia…, vivían en una gran ignorancia de todas las verdades de la religión…, y en toda clase de abominaciones. Tenían muchos hijos y celebraban pocos matrimonios. En cuanto a las leyes civiles, las contravenían de la misma manera… Encerrar a los pobres no es quitarles la libertad; es apartarles del libertinaje, del ateísmo y de la ocasión de condenarse«. Y Vicente de Paúl, en el mismo tiempo, exclama: «Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres«. «Tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a los pobres de su miseria«. «Somos responsables si ellos, los pobres, sufren por su ignorancia; somos culpables de todo lo que sufren, si no sacrificamos toda nuestra vida para instruirlos«.
«Nuestros amos y maestros«
H. Brémond escribe: «Quien le ve más filántropo que místico, quien no le ve místico ante todo, se representa un Vicente de Paúl que jamás existió«. Y es que los pobres no son para Vicente de Paúl una especie de lugar común, una categoría de análisis socio-económico-político. Ni siquiera un vertedero de la piedad o de la ideología. Su visión de los pobres es netamente evangélica. Y sus posturas y acciones en favor de los pobres van a nacer, no de su sentido ético o de su humanismo, sino de su pasión por Cristo en los pobres y por éstos en El.
Quien se asome a la obra vicenciana, observará una expresión reiterativa: «los pobres son nuestros amos y maestros«. No es una frase para la galería literaria ni para el descargo de la «mala conciencia». Es el signo infalible que guía la aventura de Vicente de Paúl hasta la entraña misma de nuestros días. Y, por supuesto, la clave de la espiritualidad y de la praxis liberadora de este Buen Samaritano. La originalidad de Vicente de Paúl no está en la composición de la expresión, sino en la aplicación que hace para sí mismo, para sus «hijos e hijas» y para todo creyente que se quiera tomar mínimamente en serio la persona de Jesús de Nazaret. Vicente de Paúl lleva hasta sus últimas consecuencias lo que otro contemporáneo suyo, B. Pascal, decía: «Si Dios nos diera directamente unos maestros, sería necesario obedecerles con complacencia. La necesidad y los acontecimientos lo son infaliblemente«. Es decir, la «necesidad y los acontecimientos» de los pobres esclarecen y determinan el ser y el quehacer de Vicente de Paúl.
Y esos «amos y maestros» pueden ser, en muchas ocasiones, duros, groseros, exigentes, desagradecidos. Pero, por eso, hay que amarles y servirles mucho más. Porque, resalta Vicente de Paúl «socorriéndolos, practicamos la justicia y no la misericordia». Porque los pobres tienen derecho a exigir que alguien les restituya lo que la opulenta sociedad les ha robado: la verdad y la dignidad de ser hijos de Dios.
El juicio de los pobres
Jean Anouilh —guionista de la citada película «Monsieur Vincent»– pone en boca de Vicente de Paúl unas palabras que se ajustan, con fidelidad, a la idea nuclear del pensamiento vicenciano: «Los pobres son terribles, terribles como la justicia de Dios que proclaman implacablemente. Nos engañamos con nuestras ropas decentes y nuestros rostros atildados; pero esos harapos, ese horror, esas enfermedades, esa desnutrición tras de la que asoman miradas de lobos, son de hombres, jueces duros, y hasta injustos a veces, pero a los que es preciso servir como a nuestros dueños, y amarlos«.
Con ese «juicio de los pobres», Vicente de Paúl nos remite al único criterio de salvación o de condenación: «Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui extranjero y me recogisteis; estuve desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; estuve en la cárcel y fuisteis a verme» (Mt 25, 35-37). Nos quiere decir que los pobres «son los grandes señores del cielo; a ellos les toca abrir sus puertas». Que esos seres, aparentemente despreciables, sin derecho a la mirada de la sociedad egoísta, son, en realidad, grandes. Y que son nuestros jueces porque pueden condenarnos o salvarnos ante el tribunal de Dios y de la historia; porque pueden aclarar nuestra mirada miope y enseñarnos a ver la realidad con los ojos de la «justicia de Dios». Porque, en definitiva, Dios, que es «su protector», les ha facultado para cuestionar y subvertir nuestro antievangélico sistema de valores.
Organización de la Caridad
A Vicente de Paúl le han querido encasillar en los más contradictorios moldes: desde el angelismo piadoso hasta la subversión radical. Por eso unos le han llamado el santo de la beneficencia, otros le han acusado de haber cerrado la boca con pan, a quienes gritaban la revolución, y algunos le han entronizado en el culto revolucionario de la filantropía. Tampoco han faltado los que le han reducido a la categoría de «limosnero». En realidad Vicente de Paúl está «en otra parte».
Una vez más tenemos que evocar el episodio de Chátillon. Porque es una referencia obligada para comprender cómo a partir de esta experiencia —»He aquí una gran caridad, pero mal organizada«—, Vicente cobra conciencia de que para ser eficaz en todos los frentes, donde aparece la miseria, se requiere organizar la caridad, socializarla, hacerla inventiva, creadora de justicia.
Con los pobres, contra la pobreza
No se puede estar con los pobres, si al mismo tiempo no se lucha contra su pobreza y las causas que la provocan. Esta perogrullada ha sido y sigue siendo desgraciadamente olvidada con demasiada frecuencia por los cristianos. Este olvido equivale para Vicente de Paúl a dejar de ser cristiano: «ver a alguien que sufre y no participar con él en su miseria, es ser cristiano en pintura, no tener humanidad, ser peor que las bestias«. Así de claro y contundente. Y él, que es uno de los pocos santos que han tenido sentido de las realidades económicas y de la eficacia organizativa, pone en marcha un completo sistema de acción social que todavía hoy a muchos les parece revolucionario.
Vicente de Paúl no intenta con ello proponer un proyecto político. Sin embargo, a través de su actuación y su doctrina deja entrever que la caridad es la única ley para construir la vida de la sociedad en la solidaridad y en la equidad. En definitiva, busca negociar con la sociedad, a través de la caridad, la redistribución de recursos que pueda hacer necesaria la coexistencia imposible de ricos y pobres.
Práctica de la organización: tres niveles complementarios
Para hacer operativo este proyecto, Vicente de Paúl asume todas las exigencias del compromiso social en cuanto tarea permanente en la construcción del Reino de Dios y su justicia:
— En absoluto prescinde de la acción asistencial. Es su primer nivel. El más elemental. Urgido por la enfermedad, el hambre, el paro, la guerra, el abandono pertinaz. Una acción que nunca desaparecerá de su vida, de su mensaje ni tampoco de las instituciones que él funda. Con su agudo sentido de las cooperaciones y de la coordinación en el plano caritativo-asistencial organiza durante la guerra de los Treinta Años y de las dos Frondas una inmensa red de recogida, almacenamiento y distribución de ayudas que llegan a la mayor parte de Francia.
— No se detiene en este primer nivel. Como una evolución natural e inevitable lo completa con un segundo nivel: la acción promocional. Con ello intenta proporcionar los medios para que el pobre, personal y colectivamente, sea agente de su propio desarrollo humano y cristiano. Y ello porque sabe que la pobreza generalizada tiene causas sociales. Esta organización promocional de la caridad se hace en él ingeniosamente inventiva. Como escribe en su correspondencia: «No hay que asistir más que a aquellos que no pueden trabajar ni buscar su sustento, y que estarían en peligro de morir de hambre si no se les socorre. En efecto, apenas tenga alguno fuerzas para trabajar, habrá que comprarle algunos utensilios conformes con su profesión, pero sin darle nada más. Las limosnas no son para los que pueden trabajar… sino para los enfermos pobres, los huérfanos o los ancianos«.
Esta acción promocional actúa sobre las causas de la pobreza generalizada de diferentes sectores de la sociedad. Y se prolonga hasta que éstos sean capaces de poder salir por sí mismos de su situación.
— La realización de su vasto plan social incluye un tercer nivel: la denuncia profética de las injusticias. Comprende que el cristiano, urgido por el amor de Cristo y de sus hermanos, no sólo debe ser justo. Debe además lanzarse a las exigencias de la lucha por la justicia, como expresión viva de la caridad.
Cualquiera que se acerque sin prejuicios a la vida de Vicente de Paúl encontrará una suma ingente de palabras, actitudes y opciones por las que intenta impedir a la sociedad continuar siendo una máquina de fabricación de pobres. Por eso se complace en presentar como modelo, «a las que vengan después», a sor Juana Dalmagne, quien «al saber que algunas personas ricas se habían eximido de los impuestos, para sobrecargar a los pobres, les dijo libremente que era contra la justicia y que Dios les juzgaría por esos abusos«.
El mismo Vicente no duda en lanzarse a la arena de la política en una situación en la que el primer ministro, Mazarino, es la causa del sufrimiento ‘del pueblo. Por eso va a Saint-Germain-enLaye, donde se encuentra, para decirle, lo mismo que a la reina, que cese el bloqueo de alimentos al que se ve sometido el pueblo de París. Y dos años y medio más tarde (11 de septiembre de 1652) escribe al mismo Mazarino una carta para decirle, sin rodeos, que se aleje del reino. Y ello porque le juzga el principal causante del sufrimiento del pueblo.
Hay otro aspecto en la lucha por la justicia no suficientemente resaltado en la organización de esta caridad vicenciana. Y, sin embargo, es el más eficaz en el vasto plan social de Vicente de Paúl: clarificar y convertir las conciencias de los poderes políticos , sociales, económicos. El les propone, hasta urgírselo, que utilicen esos poderes como mediaciones queridas y otorgadas por Dios para favorecer a los sin poder, sin prestigio social, sin dinero.
Todo este plan organizado de la caridad vicenciana es la expresión de la dimensión política de la fe de Vicente de Paúl. Realizarlo, le costó, entre otras cosas, permanecer exiliado de París desde el 14 de enero hasta el 13 de junio de 1649 y dejar de pertenecer al «Consejo de Conciencia» a partir de 1653. El sabe que el servicio a los pobres es siempre un riesgo y que nunca trae el poder.








One Comment on “Tres descubrimientos de Vicente de Paúl”
Excelente artículo, claro y muy preciso de la filosofía de vida que aplicaba nuestro fundador, San Vicente de Paúl, para con nuestros amos los pobres.
Saludos.