Susana Guillemin: Conferencia a las Hermanas, Ejercicios de marzo de 1966

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Hermanas, ya saben que acabo de regresar de Roma, a donde me habían llamado, bien en contra de mi voluntad, para un trabajo que debía efectuarse en torno al decreto del que ya conocen todas el nombre, el famoso decreto sobre la renovación de la vida religiosa, que se llama: Perfectae Caritatis. Precisamente, nosotras, Hijas de la Caridad, debemos ser las primeras en alegrarnos de que el Concilio haya situado lo concerniente a la vida religiosa bajo el título de la Perfecta Caridad.

La vida religiosa, nos dice el Concilio, es la realización, la puesta en práctica tan perfecta como sea posible, humanamente hablando, de la caridad más perfecta. Por eso, quisiera hablarles hoy de lo que se refiere a esa renovación profunda de la vida religiosa, que el Concilio no sólo desea sino ordena. Se había hecho ir a Roma desde las cuatro esquinas del universo (no es exageración puesto que había Religiosas de Estados Unidos y Canadá) unas cuarenta Superioras Generales, con el fin de trabajar en tomo a las obligaciones, que se derivan de este decreto, es decir, cómo hay que llevarlo a la práctica.

El decreto está bien, pues es prudente, es discreto, abre puertas, como se ha repetido mucho; pero uno se adentra por esas puertas sin saber a punto fijo a dónde conducen.

Además, son necesarios ciertos medios para poder proceder a la renovación. Todo eso es lo que hemos estudiado durante estos diez días, sin tregua ni descanso, de la mañana a la noche; no ha llegado a ser también de la noche a la mañana, pero, desde luego, de la mañana a la noche no hemos parado. Ahora se trata de poner por obra lo que el Concilio ha prescrito. Por ejemplo, es muy fácil decir, como se lee en el decreto, que hay que encontrar formas nuevas para la pobreza. Muy fácil de decir, pero esas formas nuevas ¿dónde están?, ¿cuáles son?, etc. Todos los artículos del decreto, uno por uno, podrían irse estudíando, profundizando, para tratar de encontrar cómo darles aplicación. Se puede decir que si el Concilio nos ha dado las líneas rectoras; a nosotras nos incumbe dar forma, dar vida a la renovación de la vida religiosa. Sí, son precisamente las Congregaciones religiosas las que tienen que prestar un rostro a esta renovación.

Hay que distinguir dos partes en el trabajo que tenemos que realizar ahora. El de la vida profunda y el de la forma, la manera como va a presentarse ante el mundo esta renovación, como la van a percibir nuestros contemporáneos. De la manera de hacer esa revitalización desde el fondo, del descubrimiento y puesta en valor de esas formas, dependerá en gran parte la perennidad de la vida religiosa en el mundo.

Vds. saben tan bien como yo, que ahora somos discutidas. Antes, por ejemplo, hace unos cien años, la vida religiosa tenía en la Iglesia y en el mundo un lugar que nadie pensaba en discutir, que todos le reconocían. Ahora, la vida religiosa se juzga desfavorablemente. Y desde el momento en que se la juzga y se la discute, tiene que presentarse con un aspecto de mayor perfección. Es cosa excelente para nosotras que se nos critique porque ello nos obliga a un trabajo de reflexión, de ahondar. Tenemos que descubrir quiénes somos, y, una vez descubierto, adaptarnos a lo que debemos ser.

Al final del Concilio hubo una magnífica ceremonia en la que el Santo Padre envió a los Obispos a todos los puntos del globo. Después de haberse reunido, éstos condensaron su pensamiento en una oración muy hermosa, que el Santo Padre pronunció en nombre de todos. Decía así: «Señor, Tú que nos has hecho pastores de tu pueblo, concédenos que seamos lo que pretendemos ser». Es magnífico.

Deberíamos con frecuencia en nuestras oraciones detenernos en este pensamiento y repetir al Señor: «Concédenos que lleguemos a ser lo que pretendemos que somos». Esta súplica es de una autenticidad y una veracidad maravillosa. No es imaginarnos que vamos a ser perfectos desde que nos propongamos trabajar en la perfección. La perfección no es de este mundo. Todas sabemos por experiencia, desgraciadamente, que se puede desear con un deseo sincero y trabajar con todo empello en ser perfecta, sin que por eso lo seamos. Sabemos que mientras vivamos en este mundo, estaremos en un constante devenir, llegar a ser. «Concédenos llegar a ser». No decimos «ser» simplemente, sino «llegar a ser», porque en este mundo no lo conseguiremos plenamente. Lo conseguíremos en el cielo, pero todos los días tenemos que estar en el trance de llegar a ser lo que debemos ser.

La parte que nos’incumbe, la parte de nuestro esfuerzo de perfeccíón está toda en ese devenir, en ese llegar a ser. A partir del momento en que no llegamos, ya no somos lo que debemos ser, ya no nos encontramos en el camino de la perfección. Estamos en la tibieza. Cuando todos los días se llega a ser algo mejor, nos encontramos en el camino de la perfeccíón, por imperfectas que seamos, aun cuando cometamos faltas, aun cuando tengamos grandes defectos. Desde el momento en que nuestro ser interior se muestra en situación de deseo, de llegar a ser; desde el momento en que hay en nosotras un trabajo interior de renovación, de marcha hacia adelante, de tendencia hacia una meta fijada, desde el momento en que «llegamos a ser», entonces estamos en el camino de Díos y podemos gozar de paz.

Pero es menester ponerse en esa situación de un «llegar a ser» diario. Es algo a lo que tenemos que prestar la mayor atención, como de suma importancia para la vida religiosa. Entramos en ella con la intención de darnos a Dios con la ilusión de que llegaremos a ser santas. Durante los primeros años de vocación, a veces tenemos la impresión de que sí, efectivamente, estamos conquistando la santidad; pero después, muy pronto, los acontecimientos se encargan de demostrarnos lo contrario, de hacernos ver que el deseo que teníamos no se ha realizado todavía. Entonces se continúan los esfuerzos, pero estamos un tanto mediatizadas por las cargas que se acumulan, las preocupaciones de la vida, el trabajo, a veces absorbente por la dificultad de hacernos con zonas de silencio en nuestra vida. Y el impulso disminuye, se adopta un pasito cómodo, más o menos rutinario. El deseo de antaño se hace más tibio, llega una especie de cansancio, de desaliento porque se da una cuenta de que se está muy lejos de aquella meta que parecíamos estar tan cerca de alcanzar.

Es en ese preciso momento de la vida cuando se juega la suerte de una vocación y de un alma religiosa. No hablo de la suerte terrible que sería caer en el mal, abandonar la vocación, etc. Me refiero a la que consiente quedarse en la mediocridad, en la tibieza. Y realmente no hay otra cosa peor. Una religiosa tibia es un absurdo. Pues bien, en esa encrucijada de la vida, o se cae en la tibieza o se toma la orientación definitiva hacia la santidad.

La santidad espectacular, Dios la concede o no la concede, según sean sus designios; pero esto no tiene itnportancia. Lo importante es mantener la marcha hacia Dios. Debemos ejercer sobre nosotras la mayor vigilancia, despertar nuestras energías todas las mañanas y por la tarde, en la oración, en la comunión. Cuando se quiere dar en el blanco, se apunta antes de tirar. Pues bien, todas las mañanas antes de empezar nuestra jornada, antes de dirigir nuestras acciones, señalémonos el blanco al que apuntar. La oración mental de la mañana tiene esa finalidad; la comunión, el encuentro con Dios tiene por objeto renovar nuestras energías internas. Pero no dejemos que todo esto pierda su sabor, se desvalorice, se convierta en gestos rutinarios, maquinales, que ejecutamos sin saber mucho lo que hacemos. Mantengámonos siempre en el «llegar a ser». Y ahora ese «devenir» es ponernos en marcha hacia la renovación, esa renovación religiosa en nosotras mismas y en la vida religiosa en general.

Estamos viviendo un período muy rico de la vida de la Iglesia. No es indudablemente fortuito. El Señor nos había elegido, nos había llamado y previsto a cada una en particular, quienes quiera que seamos, por modesto que sea el lugar que ocupamos en la Comunidad y en la Iglesia. El Señor ha querido que viviéramos en esta época de renovación de la Iglesia y de la Compañía. Esto quiere decir que cada una de nosotras tiene una misión, real, personal e irreemplazable que desempeñar en esta renovación general de la Iglesia, de la Compañíay kle la vida religiosa.

Se les ha consultado antes de la Asamblea del año pasado y se les volverá a consultar antes de la Asamblea General que se celebrará dentro de dos años. Pero sobre todo les incumbe la gran responsabilidad de cumplir en ustedes mismas esa renovación y de ayudar a sus Hermanas a que la cumplan dentro del marco de su comunidad local, dentro de esa porción de la Iglesia en que se encuentran Vds. establecidas. No creamos que nuestras actitudes personales, aun sin ejercer un cargo de autoridad, sean indíferentes. Una actitud personal que se opone o se enfrenta a algo, impide que pase la corriente de caridad, detiene la corriente de fervor, obstaculiza el beneficio de la vida común, y todo esto es grave, es muy grave. Puedo decirles que hablando con las Hermanas Sirvientes de los intercambios que debemos tener en comunidad y del buen clima comunitario que debe existir en nuestras casas, algunas me han contestado casi llorando: En casa es poco menos que imposible. Tengo tal Hermana que se niega a participar en los intercambios, o, si lo hace, es para llevar la contraria a lo que dicen las demás, creando una atmósfera de tensión. Hermanas, esto es terrible. Es absolutamente indispensable que cada una se examine muyiériamente y se pregunte si en su comunidad es ella el cortacircuito o si, por el contrario, ayuda a que circule esa corriente de caridad, esa corriente de amor de Dios que debe impulsamos a todas a ayudamos a llevar a cabo la renovación mandada por la Iglesia, no solamente en su comunidad sino también en la Iglesia local en la que estamos implantadas por gracia de Dios.

Por ejemplo: están Vds. en una parroquia en la que el Párroco quiera introducir las reformas litúrgicas. Puede muy bien introducirlas con extremada prudencia, teniendo en cuenta la psicología de los feligreses, después de haber preparado el clima ambiental, etc. O puede darse el caso de que tenga algo menos de prudencia. No por haber recibido la unción sacerdotal se está revestido de todas las cualidades humanas, morales, psicológicas, etc. Nuestros pastores tienen defectos como nosotras mismas los tenemos. Pues si tal o cual Hermana se pone a hacer coro con la beata del rincón de que ya no se rece esta o la otra novena de su devoción, de que se esté de pié en vez de rodillas, etc., esa Hermana será un cortacircuito, habrá, a causa de ella, una obstrucción, se resphará un malestar, y, por lo menos, no habrá hecho nada positivo para contribuir a la unidad, para enseriar prácticamente cómo todos los elementos que forman la Iglesia deben unirse para dar cumplimiento no sólo al decreto sobre la perfección religiosa (Perfectae Caritatis), sino a todos los documentos conciliares.

Debemos ser allí donde nos encontramos, factores de buen espíritu, factores de unidad, y sostener a la autoridad, cualquiera que sea, para poder ser esos medios de transmisión de caridad, de verdad y de unidad. Siempre y en todas partes esos tres elementos. La caridad, la unidad y la verdad lo encierran todo. Son los ejes. Revisemos nuestras posturas interiores. El amor de Dios, la unión con Dios, la vida interior y sobrenatural no consisten (¡ cuántas veces lo hemos oído decir!) en éxtasis, en oraciones y plegarias más prolongadas de lo que prevén las Santas Reglas. La unión con Dios es ser uno mismo, en profundidad, y transparentar a Dios a través de la conducta.

Pero, ¿quién es Dios? No un ser dotado de cuerpo como nosotros. No alguien a quien se circunscribe en un lugar. Lo aprendimos al estudiar el catecismo. Dios es un ser omnipotente, que posee —la expresión no es exacta— todas las perfecdones. No es exacto, porque Dios no tiene todas las perfecciones: es «la Perfección». Es la verdad. Es la Caridad. Es la Unidad.

Cuando vamos en contra de la Caridad, vamos en contra de Dios. Es algo así como si le diéramos la muerte en el momento y lugar en que suprimimos la caridad. Cuando suprimimos la Caridad, suprimimos a Dios. No es que Dios se retire cuando faltamos a la caridad, ni que se acerque para recompensarnos cuando la practicamos. Cuando practicamos la caridad hacemos a Dios presente, lo descubrimos a los demás, porque Dios es la Caridad. Hay que comprender las cosas en su verdadero sentido.

Cuando vivimos en la verdad, cuando hablamos en la verdad, Dios está presente, Dios resplandece en esa verdad. Dios nos posee en el fondo de nuestra alma porque nos hallamos establecidas en la verdad. Dios irradia en torno nuestro y los que nos ven, lo presienten, lo adivinan, porque vivimos en la verdad, y, al vivir la verdad hacemos a Dios presente. Recuerdan esa palabra del Evangelio que, a veces, nos sorprende un tanto. A los que dicen a Nuestro Señor que su Madre y sus hermanos están fuera y preguntan por El, Crísto responde: «eQuién es mi Madre y quiénes son mis hermanos? Los que cumplen la voluntad de mi Padre, esos son mi Madre y mis hermanos». Las palabras de Cristo son verdaderas.

En cierto modo cuando hacemos florecer en nosotros y en derredor nuestro la unidad, cuando vivimos en caridad, cuando vamos sembrando la verdad, en cierto modo —comprendan el estilo en que lo digo— damos la vida a Cristo, lo hacemos nacer, damos la vida a Dios. Es así como se edifica el Cuerpo de Cristo, el Cuerpo Místico.

¡Cómo tendríamos que ser, nosotras, Hijas de la Caridad, esos gérmenes de la presencia de Dios dondequiera que nos encontráramos! Si todas las Hijas de la Caridad extendidas por el mundo, fueran por todas partes esos seres de verdad, esos seres de caridad, el mundo quedaría transformado. No nos damos cuenta de nuestra grande y grave responsabilidad, magnífica responsabilidad también. Tenemos que vivir, por voluntad de Dios, en este período tan rico de la vida de la Iglesia y de la Compañía.

En todo lo exterior a la Comunidad, y al mismo tiempo en su interior hemos empezado a efectuar un movimiento de renovación, que, por lo demás, se lleva lentamente, con prudencia y a título provisional. Las fichas del Consuetudinario que forman parte de la misma, ya lo dicen: son fichas provisionales, que se experimentarán durante un tiempo y que se revisarán en la próxima Asamblea General.

Para entonces se les preguntaría: ¿Qué han sacado Vds. de ellas? O, por el contrario, ¿han sido más bien un obstáculo para Vds.? ¿Tienen Vds. la impresión de que por una parte, personalmente, y su comunidad, por otra, han crecido en sus relaciones con Dios? ¿O más bien tienen la impresión contraria de que se ha producido cierto relajamiento?, ¿de que el fervor no ha sido favorecido por estos cambios? Es así como siempre, siempre, debemos revisarnos, detenernos a considerar nuestra marcha. Según el resultado conjunto de la puesta en común de nuestras reflexiones, tomarernos decisiones que ya serán definitivas, aunque quizá haya alguna que quede sometida a estudio.

En el trabajo sobre el decreto Perfectae Caritatis, que hacíamos en Roma,, se introdujo en el texto esta frase: «Dado que la vida religiosa debe mantenerse en un esfuerzo constante, una marcha ininterrumpida hacia una perfección siempre mejor…». Ya ven el sentido de movimiento, como decíamos al principio, ese sentido de «devenir», de tener bases estables, puntos fijos, pero manteniéndose siempre en renovación, en el reajuste a las circunstancias del momento.

Es reiterativo decirles: «La renovación tiene que ser ante todo espiritual e interior»; pero voy, sin embargo, a insistir un poco en ello. Nos vemos siempre tentadas —es inherente a la naturaleza humana— a juzgar las cosas y aun a efectuarlas, a partir de gestos exteriores, de formas y de actos. Se dice: vamos a renovar la Comunidad, vamos a adaptarla, e inmediatamente se piensa: hay que cambiar tal o cual forma de proceder, hay que dar este o aquel permiso, hay que rnodificar este uso o aquel otro, hay que cambiar ellálaito —ya está hecho—, hay que… etc. Pues bien, todo esto no conduce a gran cosa.

Hay modificaciones que son necesarias, que se harán. Pero no reside en ellas la renovación. Son cosas accesorias que pueden ayudarnos, de acuerdo, porque somos cuerpo y alma. Y por consiguiente hay que tener tambíén en cuenta al cuerpo, no prescindir de las circunstancias en que vivimos, del ambiente que nos rodea, etc… de las necesidades actuales de conocimientos de nuestros contemporáneos. Esta es una de las, cosas más importantes. Tenemos pues, que cambiar algunas formas, ciertas cosas. Pero aun cuando hayamos cambiado todo, revisado todo, modernizado todo al máximo, no habremos dado ni un solo paso por el camino de la renovación, si todo esto no ha tenido por base una reforrna —no precisamente una reforma, la palabra es demasiado fuerte— una renovación espiritual, interior, profunda, de cada una de las Hijas de la Caridad.

Tengo que decir que, en general, lo han comprendido Vds. muy bien, pero quedan todavía algunos islotes aislados (por supuesto, un islote está siempre aislado… afortunadamente). Quedan todavía algunos puntos que no se han comprendido del todo. Se arroja una sobre una reforma exterior y se la toma como un relajamiento, como una mitigación o alivio. Esto es muy grave.

Cuando reciban ya sea una ficha del nuevo consuetudinario, ya una circular en que se les diga que en adelante hay que obrar de esta o de esta forma, pienso que lo primero que tiene que hacer es… y déjenme antes que les diga: a veces ha habido algunas que lo han tomado a broma. No; son cosas demasiado serias para hacer de ellas objeto de risa. Ciertas risas son destructoras, destructoras de algo verdadero y profundo. Bien, cuando reciban una nueva disposición enviada por la Compañía, lo primero que tienen que hacer, ante4 de comentarla y cambiar impresiones, es preguntarse cada una, ante Dios, en el silencio de la oración: «¿Qué debo sacar de esto en el plano espiritual? ¿Qué debe sacar la Comunidad? ¿Por qué se hace este cambio? ¿Cuál es su finalidad?». Pueden estar seguras de que en todo cambio, por material que sea o pueda parecer, hay siempre, siempre, un objetivo espiritual profundo. Si a cada vez les escribiéramos: «Fíjense, hemos hecho este razonarniento, hemos llegado a tal conclusión, por este y este motivo…», Vds. lo leerían pero no penetrarían hasta el fondo. Son Vds. mismas las que deben descubrir y llegar hasta la condusión. Y esa es la verdadera participación en la renovación. Tienen que reflexionar ante el Señor, solas y en silencio ante El, porque al contacto con el Señor se llega así, en soledad y en silencio. Después viene el segundo estadio, el de los comentarios e intercambios. Pero se empieza por el de «a solas con Dios», El y yo, yo con El, para después encontrar también a Dios en las demás.

La costumbre actual de los intercambios es excelente. Tenemos que fomentarla. Bien sabe Dios qué ayuda tan profunda pueden aportarnos. Sin embargo esta ayuda no llega a serlo sino con la condición de que cada alma conserve su relación personal con Dios. Si nos contentáramos con los intercambios y con buscar a Dios en común, sería del todo insuficiente. Dios nos llama a cada una personalmente. Sí, también nos llama a todas en conjunto, pero dentro de ese conjunto llama a cada una en particular. Ya se esforzarán por comprender. De modo que, lo primero, es reflexionar sobre lo que la Comunidad nos envía en el silencio de la oración; después poner en común el tesoro que cada una haya recibido por su parte. Así, cada una enriquecerá a las demás.

Pero como no podemos presumir de grandes riquezas, si pretendemos comunicarlas antes de haber ni siquiera reflexionado, ¿qué podremos dar a las demás? Nada. Una dará su movimiento de mal humor, porque se ha cambiado algo que a ella le agradaba, otra por el contrario, un movimiento de burla si su temperamento es superficial. O también harán circular un viento de amplitud y de vida cómoda, despojada de sello religioso. Esto será lo que podrá comunicarse si antes no se ha reflexionado.

En cambio si se ponen en la presencia de Dios y tratan de descubrir su voluntad y sus designios en aquello que se les ha comunicado, entonces sí podrán transmitir sus tesoros, el tesoro que el Señor haya depositado en su alma. De esta forma es como deben tratar de llevar su vida en común, orientada a la búsqueda de Dios. En este sentido es como deben empujarse unas a otras a cumplir, juntas y sin perder de vista su verdadero objetivo, la renovación que queremos poner en marcha.

Tenemos que fomentar —en nosotras, en nuestra alma, en nuestra comunidad y en toda la Compañía— tenemos que fomentar y conservar lo que podrá llamarse «la mística de la vocación». Quizá pueda parecer una palabra un poco complicada, pero en realidad es muy sencilla. San Vicente no la ha empleado nunca pero la ha puesto en acción. Y vivía de tal manera su mística que la comunicó a sus primeras hijas y de ellas ha llegado hasta nosotras. Nos incumbe ahora recogerla, vivir de ella, y transmitirla, no sólo intacta sino enriquecida con todo lo actual, a las generaciones venideras.

La mística de San Vicente, que era también la de Santa Luisa, tan profunda, es muy sencilla de determinar. Basta para ello un solo nombre. La mística de San Vicente es Cristo. De siempre se ha dicho en la Comunidad que la virtud principal de San Vicente, su mira principal, era la imitación de Cristo. Es esta forma de expresión de aquella época. En nuestro lenguaje actual se diría que San Vicente era «Cristocéntrico». Quiere decir lo mismo. Todavía se puede simplificar más diciendo: la mística de San Vicente descansa totalmente en Cristo, en Cristo presente en el pobre.

Cuidemos, sin embargo, de no quedarnos sólo en el pobre. Si se estudia bien a San Vicente, se verá que no se contentó con ver a Cristo en el pobre. Lo vió también en los más ricos. El mismo refiere que, cuando estaba en casa del General de las Galeras, había tomado la costumbre de considerar a Nuestro Señor en el Marqués de Gondi, y ala Santísima Virgen en su esposa, etc. Vean qué sentido tenía San Vicente de la presencia de Dios en cada una de las personas con quienes trataba. No nos limitemos, pues, a los pobres. Por lo demás, todo el mundo es pobre, porque todos lo somos de Dios.

Por lo tanto, veamos a Cristo presente en el pobre, en nuestros hermanos. Cristo hecho presente por nosotros a los pobres. Cristo a quien hay que descubrir en todas partes. Se les habla con frecuenda de vida de oración, se habla de oración. Ahora bien no puede haber verdadera vida religiosa, si no ha habido contemplación, yo diría permanente. Y debemos ser, de hecho somos, religiosas. En la Iglesia de Dios estamos clasificadas como: Instituto de perfección de vida activa. Pero esta vida activa supone en su base una contemplación permanente. No puede haber vida religiosa activa sin contemplación.

Van a decirme, quizá: no tengo tiempo de contemplar porque tengo que trabajar. Pues es precísamente en su trabajo donde tiene que contemplar. La oración, los momentos dedicados a la oración, son el tiempo fuerte de la contemplación, en el que se recoge, se rehace, la síntesis de todo lo que se ha contemplado durante el día transcurrido y se prepara la contemplación que se hará después de la oración. Lo único es que esto pide por lo menos un requisito mínimo: la atención. Volvemos siempre a lo mismo: a la voluntad, a ese dinamismo interior que debe impulsamos a buscar a Dios.

Miremos a los pobres. Si estamos atentas a nuestro trabajo, si tratamos de descubrir a Dios que actúa en esta o aquella alma; si ponemos atención en descubrir, de pronto, en la circunstancia que se presenta, el paso del Señor, que hace su obra… Esa es nuestra contemplación. No se trata de intentar éxtasis místicos, como los de Santa Teresa. Por lo demás, perderíamos el tiempo, porque los éxtasis no se intentan, vienen de Dios. Los da a quien El quiere, y no hay porqué desearlos, porque se me figura que deben crear muchas dificultades: ¿Cómo saber si son verdad? Debe de ser espantoso,..

Pero esta contemplación que debe ser la nuestra no admite engaño. Cuando nos encontramos, por ejemplo, frente a una contrariedad, si sabemos contemplar al Señor en ella, eso no es ilusorio, es cierto. Y cuando contemplamos al Señor en la alegría que nos visita, tampoco nos equivocamos. El Señor está ahí. Cuando vemos a un incrédulo que tiene un gesto espontáneo de caridad con un compañero de infortunio, también está ahí el Señor. Tenemos que llegar a ser almas de contemplación perpetua de Dios, que se maravillan de verle tan cerca de ellas, tan volcado en ellas. La mística de la Hija de la Caridad no es otra cosa: esa vida de fe que nos hace abrir los ojos sobre el Señor presente sin cesar a nuestra vista, que nos hace contemplarle en su trabajo continuo.

Trabajan Vds., por ejemplo, con un médico incrédulo, que no va nunca a Misa, que se jacta de no creer en Dios, y de pronto tiene ante Vds. un magnífico gesto de conciencia profesional. Dios está ahí, está presente. Tenemos que saberle descubrir. Si supiéramos ver al Señor, así, en todas las cosas, nuestra vida transcurriría en un júbilo incesante. Por lo demás, pueden advertirlo: Los Santos llevan consigo y transmiten a su alrededor una alegría interior profunda, perpetua, que no viene precisamente de ellos —porque, a pesar de su santidad, ellos no dejan de ser pobres seres falibles— pero que viene de esa su admiración por la presencia y la acdón de Dios en todo.

Tratemos, pues, Hermanas, de establecernos en esta mística, que nos es específica, que es la nuestra desde los orígenes. Que lleguen Vds. a ser almas contemplativas de un Dios siempre presente, de Cristo que está en Vds. y entorno a Vds. Es lo que San Vicente recomienda: «Hay que hacer oración siempre», y con ello repetía las palabras de Cristo: «Es menester orar siempre y nunca desfallecer». Sí, es en ese mismo sentido en el que lo decía Cristo Nuestro Se’ñor. Y San Vicente continúa —porque esas palabras que he citado forman parte de una explicación—: «y os digo que de la oración no hay que salir nunca». De esta forma nada nos impide vivir nuestra vida profesional, poner toda nuestra atención en cuanto tenemos que ejecutar: la clase a nuestras aliumias, el cuidado a nuestros enfermos, escuchar a la persona que nos habla y a los que nos rodean.

Cuando se ama profundamente, la persona amada está siempre presente en nuestro pensamiento. Miren a una joven esposa, a una prometida, en cualquiera de sus actos, tiene siempre en su cabeza el recuerdo de aquel a quien ama y hacia él van orientados todos sus actos. Ya sea que escoja el color de un vestido o la flor que se prenderá en el pecho, sea lo que quiera lo que haga: su peinado, su sombrero, siempre piensa en lo que pensará él. Si nuestro corazón está profundamente penetrado de ese amor y de esa búsqueda de Dios, todos nuestros gestos, toda nuestra vida lo irán delatando. Así viviremos de una continuada contemplación.

No tenemos que tener miedo de decirnos estas cosas.

A veces tenemos un excesivo pudor espiritual, en último término, respeto humano. No es que tengamos que cansarnos unas a otras con reflexiones espirituales: no hay nada más desagradable que esas personas que tienen siempre a flor de labios un sermón. Pero es necesario que nuestras pequeñas Comunidades no sean sólo comunidades de acción; tienen que serlo también de vida interior, de búsqueda de Dios. En este sentido es como tenemos que trabajarnos a nosotras mismas, a nuestras casas y a toda la Compañía.

Hay también otra frase que se ha tenido en cuenta en el texto sobre el que hemos estado trabajando en Roma, y que quiero decirles para terminar. Es ésta: <da perfección debe preferirse a la extensión». Acaso nosotras, Hijas de la Caridad, tengamos mucho que reflexionar en esto, porque estamos, desde nuestros orígenes, dedicadas a responder a las necesidades inmediatas. Es una vocación la de estar dedicadas al alivio de las necesidades inmediatas. Somos, en cierto modo, una Comunidad hecha para las urgencias, en la Iglesia de Dios. Desde la aparidón de la Compañía, en tiempos de San Vicente y de Santa Luisa, se ve a las Hijas de la Caridad algo así como los destacamentos móviles. La lástima es que hemos perdido algo de esa movilidad: tendremos que recobrarla. Que las ciudades de Calais o de Arras están sitiadas y abundan los heridos y enfermos sin tener quien les cuide… allá van las Hijas de la Caridad. Regresan y en otro lugar se ha declarado la peste u otra epidemia, para allá se dirigen a cuidar a los apestados. Y cuando la cosa termina vuelven. Lo que ocurrió es que en un momento dado, se marchó a cuidar a la gente, se respondió a aquella urgencia, pero no se regresó. Se quedaron allí las Hermanas. Y así, poco a poco, no se dispuso ya de destacamento móvil para el reemplazo.

No nos extendamos demasiado. Tenemos siempre la tendencia a decir: aquí hay una necesidad, voy a hacerme cargo de ella. Puede ser una llamada de Dios, pero puede ser también una imprudencia. Cuando en una Casa hay cuatro Hermanas y con ellas se puede hacer la visita a domicilio y la catequesis en la Parroquia, está muy bien, hay que hacerlo. Y si, además, les dicen: «No se dan Vds. cuenta, esas muchachas jóvenes que no tienen a nadie ni donde alojarse, ¿por qué no las acogen en una pequeña residencia?». Bueno, entonces se hace una residencia. Y además alguien sugiere: «Hay varios casos de niños que necesitarían seguir un régimen especial para la diabetes, podrían Vds. implantar un servicio para niños diabéticos». Vamos a hacer un servicio para niños diabéticos… ¡Es ridículo!

Evidentemente, no deben comprometerse a nada sin antes haber pedido todos los permisos necesarios; y es el Consejo Provincial, después de haber consultado con el Consejo General, quien tiene que decir. Pero retengan lo que les digo: prefiramos la perfección a la extensión. El Señor no nos preguntará si hemos cuidado a todos los enfermos ‘del mundo, si hemos respondido a todas las llamadas que se nos han dirigido. Nos preguntará si hemos hecho con perfección lo que teníamos que hacer y si, dentro de esa tarea que es nuestra, hemos cuidado de hacer presente a Cristo. Seremos juzgadas acerca de esto. ¿Nuestro trabajo ha sido hecho de tal forma que Cristo ha estado visible y presente a través de él? Sobre esto tenemos que examinarnos, que trabajar, y conservamos en un constante «llegar a ser».

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