Sor Rosalía Rendu (Desmet) 08

Francisco Javier Fernández ChentoRosalía RenduLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Desmet · Año publicación original: 1980 · Fuente: CEME.
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8. Las obras

Siempre dispuestos para toda obra buena

Sor Rosalía Rendu

Sor Rosalía Rendu

No faltaba tarea: estaba la escuela llena siempre de niños, estaban las numerosas visitas que había que hacer a casa de los pobres y de los enfer­mos, estaba el dispensario, la farmacia, el ropero… Y en torno a estas obras ya habituales en las casas de las Hijas de la Caridad se vio pronto surgir, una tras otra, bajo la mirada vigilante de sor Rosalía, todo un con­junto de obras caritativas, debidas a su iniciativa. En cualquier sitio que se encontrara con la miseria, intentaba poner el remedio más adecuado. Obras antiguas u obras con aires nuevos, todo estaba bien si se adaptaba realmente a las necesidades de sus pobres. Sabía utilizar las fecundas iniciativas de otros apóstoles generosos, pero sabía también, en caso necesario, sacar obras de nuevo tipo del tesoro de su propio corazón. Algunas de ellas, muy co­rrientes en la actualidad, eran entonces una verdadera novedad.

Pronto hubo al lado de las escuelas, que vieron multiplicar sus clases gracias a su interés, una guardería para los niños más pequeños y una casa cuna para los bebés. Se creó para ello un patronato, que era una prolongación de la escuela y que recibió el nombre de «Recreatorio dominical». Se trataba de algo nuevo por entonces. Se organizó también un taller de confección para las muchachas mayores. Sor Rosalía tuvo incluso el atre­vimiento de abrir un asilo nocturno para los ancianos vagabundos; a veces llegaron a buscar allí un cobijo hasta ochenta ancianos desamparados. Para aquellos pobres vagabundos y para otros ancianos que llevaban una vida difícil al estar aislados de los demás, llegó a soñar con hacer algo más y abrir un asilo permanente, una especie de hospicio que fuera una casa familiar para todos aquellos niños grandes. Y el sueño se realizó, aunque después de su muerte.

Nunca se acaba de hacer el bien. La vida no se detiene. Y si es tan pródiga en beneficios y en riquezas, tampoco faltan las desgracias y las desventuras. La savia del árbol hace brotar de continuo nuevas ramas, a veces ramas inútiles que se multiplican a costa de los frutos. Lo mismo ocurre en la vida humana. Siguiendo su impulso interior, se va desarrollan­do continuamente, pero a veces se atasca. Vencidos, los corazones perezo­sos se abaten y dejan que se consuma su vida en medio de hojarasca. Pero los corazones valientes se enfrentan con las dificultades y siguen adelante en la tarea. Gracias a Dios, siempre los ha habido. Sor Rosalía no se abatía jamás.

A veces hay que contar con las catástrofes. Un día estalla el cólera. En el barrio tan poco sano de la calle Mouffetard hizo numerosas víctimas entre los padres y madres de familia. Sor Rosalía pensará enseguida en un orfa­nato y recogerá en unos pocos días hasta setenta niños.

Infatigable, buscaba al mismo tiempo a algunas jóvenes que pudieran ayudarle en sus obras de caridad y creaba las «Luisas de Marillac» (de es­píritu, ya que todavía no se las designaba con ese nombre) para que aten dieran a algunos pobres ancianos abandonados. Por otra parte, algunas señoras siguiendo sus consejos y sus indicaciones se ofrecían también a lle­var personalmente a los necesitados su socorro y su simpatía.

Pronto hubo toda una red de obras caritativas dedicada a captar por todas partes y a encerrar dentro de sus mallas protectoras todas las mise­rias que andaban errantes y a la aventura en aquel pobre barrio de París.

¡Para ello se necesitaban no pocos recursos! Y sor Rosalía supo encon­trarlos. ¡Cuando la caridad es sincera logra abrir todas las bolsas!

El banco de l’Epée-de-Bois

Por la casa de la calle de l’Epée-de-Bois pasaba mucho dinero. Pero aquel dinero no se quedaba allí encerrado mucho tiempo. Las operaciones financieras se mostraban muy activas. Sor Rosalía recibía mucho, pero daba también mucho. A veces servía de simple intermediario: el dinero no hacía más que pasar por sus manos para llegar inmediatamente a las manos de los infortunados que ella recomendaba a los bienhechores.

Cuando tenía algún dinero a su disposición, se lo distribuía siempre a los pobres, los suyos o los que la Providencia le enviaba. Su casa no se beneficiaba nunca directamente de los regalos que recibía; los pobres loca les de aquella pobre casa no lograban nunca embellecerse. La casa -ob­serva una de sus compañeras- conservó siempre el sello de la sencillez y de la pobreza más humilde. Por el año 1828 fue necesario hacer algunas obras: los alumnos iban siendo cada vez más numerosos, los locales resul­taban insuficientes, hubo que construir nuevas clases; fue una obra modesta y aquel presupuesto extraordinario pudo cubrirse a costa de muchas ges­tiones y llamadas a la generosidad de los bienhechores, después de haber considerado la importancia primordial de aquellas obras.

Sor Rosalía se sintió maravillada de los resultados. ¡Qué buena herma­na! Se contentó con unos pocos gastos. El 24 de mayo de 1829 escribía a Confort: «Las cosas van bien por nuestra casa. Hemos hecho algunas obras. Seguramente no la conoceríais. Somos ocho y tenemos algunas clases más… Aquí reina la paz y el espíritu de trabajo. Me siento mil veces más feliz en todos los aspectos…». Sor Rosalía se sentía feliz. Feliz sobre todo al ver cómo afluían a la casa, debidamente agrandada, más niños del barrio a los que podría conducir hasta Dios. Feliz de ver cómo aumentaba a su alrede­dor el número de compañeras. En cuanto a los locales, siguieron conser­vando su apariencia tan modesta: aunque estuviera un poco más llena la caja del banco de los pobres, la casa de sor Rosalía seguirá siendo tan pobre como siempre. Y sor Rosalía está contenta. Se siente feliz, lo mismo que sus compañeras. La comodidad es algo muy secundario para aquellas almas. ¡Tenían su corazón muy lleno de otros pensamientos! Lo único que les pre­ocupaba a todas aquellas almas fervorosas era el fruto de su abnegación y de su apostolado.

La señora Bawcoffe de Montmahaut, hija de una amiga de la infancia de sor Rosalía, quería mucho a la hermana y solía acompañarla de buena gana en sus visitas. Pero aquella gran señora, que acababa de frecuentar los salones de la nobleza y hasta del mismo palacio imperial, se encontraba un poco incómoda en el pobre «salón» de sor Rosalía. A veces manifestó con cierta dureza la compasión que sentía: «La vida de sor Rosalía -decía en cierta ocasión (21 de julio de 1912)- estaba llena únicamente de amor a los pobres. Era muy buena con todas sus compañeras; siempre les hablaba con ternura. ¡Pero qué casa! Allí no se veía más que miseria. Puede decirse que allí no se conoció nunca lo que es el bienestar. ¡Era una pena ver aquello! «.

Evidentemente el «salón» de sor Rosalía no se parecía mucho a los sa­lones que frecuentaba la señora de Montmahaut. Pero sor Rosalía pudo vivir allí cincuenta años. Y se sentía a gusto en aquella casa. Y allí hacía también felices a cuantas la rodeaban, tanto a ricos como a pobres.

Las cosas superfluas desaparecían enseguida de aquel pobre «salón». Las regalaban o las vendían. La hermana de Virieu, que llegó a casa de sor Rosalía como joven postulante, al ver su pequeña mesa de despacho que se caía de vieja, creyó que hacía una buena obra sustituyéndola por una modesta secretaría. Las hermanas, a las que había confiado su proyecto de realizar aquel cambio, se prestaron de buena gana a aquella iniciativa que suponían habría de ser una buena sorpresa para su buena madre. Y desapa­reció aquel viejo armatroste. ¡Pero cuál no sería la sorpresa de todas ellas cuando, al ver el nuevo mueble que le habían traído, la buena sor Rosalía empezó a deshacerse en lágrimas! Para consolarla, no tuvieron más remedio que deshacerse de él, venderlo y dar su dinero a los pobres. ¡Qué amor tan poderoso es el de la pobreza y el de la sencillez que había en aquel alma! iY qué hermoso ejemplo para las demás! La joven postulante se sintió real­mente conmovida. Y aquello supuso un buen impulso para toda su vida de hija de la Caridad.

Como era de esperar, con frecuencia la caja de sor Rosalía se encontra­ba vacía. Y sin embargo tenía continuamente necesidad de dinero. Ella no se preocupaba. ¡Le había servido siempre con tanto esmero la Providencia de Dios! «Aceptemos -decía entonces- todo lo que se presenta. Dios nos enviará dinero suficiente y medios adecuados, con tal que sepamos hacer buen uso de ellos». «No tengáis miedo, hermanas -decía en otra ocasión-; no nos faltarán los socorros mientras nuestras manos sigan haciendo esto»: y hacía el gesto de dar con una mano y tender la otra para recibir. «Si una de las manos se cierra -añadía-, la otra es inútil que se tienda… Dad sin prodigalidad… Administrad bien el dinero de los pobres y ya veréis cómo Dios os dará siempre lo que necesitéis».

Y sor Rosalía aguardaba siempre la intervención de la Providencia. Entre tanto sabía tomar las cosas con paciencia y buen humor. Aludiendo en cierta ocasión al hermoso crucifijo de la parroquia de San Gervasio, que hacía años estaban pensando en volver a cubrir de plata, pero que por falta de dinero se encontraba siempre en el mismo estado, sor Rosalía decía con una sonrisa en los labios: «¡Yo estoy como el Cristo de san Gervasio!». También a ella le vendría bien cubrirla un poco de dinero.

Pero sus apuros económicos no duraban nunca mucho tiempo. La Pro­videncia derramaba sus tesoros de oro y plata en manos de sor Rosalía con corazón generoso. Y entonces sus manos podían abrirse por completo. Era un gesto que hacía de buena gana.

El dinero depositado en el banco de l’Epée-de-Bois era un dinero bien empleado. Aquel banco era algo así como el banco de Dios, con abundan­cia de intereses y de crédito en el banco del cielo. Por eso tenía no pocos clientes. Sor Rosalía tenía el arte de convencer a la gente de sus ventajas sobrenaturales. Y sus queridos clientes partían siempre con el corazón lige­ro, sabiendo que el negocio era seguro y que ofrecía magníficas esperanzas.

Un centro de acogida

Para todo aquel incremento de trabajo se necesitaba también un incre­mento de abnegación y de dedicación. Sor Rosalía y sus compañeras tenían que estar siempre tomando nuevos alimentos ante la tarea que se multiplicaba, con la alegría de ver cómo se ofrecía cada vez un trabajo más fecun­do. Todo resultaba posible para unas almas que vivían en aquel clima de alegría, en aquel triunfo creciente de la Caridad. Se les podía pedir cual­quier clase de servicio. Se les pidió incluso hospitalidad para que pudieran reunirse diversas obras de Caridad en su casa. La casa y los corazones de sus moradores se abrieron con generosidad a todos. A veces se trataba de obras cuya fundación había animado la misma sor Rosalía o que tuvieron en ella al guía de sus primeros pasos.

Así ocurrió con la obra de san Francisco de Regis para la reconciliación de los matrimonios. Sor Rosalía había animado al fundador y se celebraban las reuniones en su casa.

Y así ocurrió también con las conferencias de san Vicente de Paúl, cu­yos miembros acudían a su casa a recibir sus consignas y a los que encomen­dó sus primeros pobres. Varios de sus miembros hacían ahora en grupo lo mismo que ya habían hecho individualmente bajo su inspiración.

Sor Rosalía les dio también a las hermanitas de los pobres su primer anciano, después de haberles dado para su instalación la ayuda más cordial. Por medio de sor Rosalía se relacionaron también con el reverendo pa­dre Ratisbona, para su Obra de la Providencia, las dos primeras niñas judías que iban a inaugurar su obra. Aquel acto de caridad convertía a sor Rosa­lía, sin que ella tuviera la menor duda, en intermediaria de la santísima Vir­gen. En la persona de aquellas dos niñas ella le enviaba al padre Ratisbona un vivo mensaje de la Virgen María; aquel mensaje era la respuesta de la santísima Virgen a la oración de aquel padre, el signo que él le había pedi­do a la Virgen la misma mañana en que emprendió la obra tan delicada en que estaba soñando. La santísima Virgen se servía de sor Rosalía; y sor Rosalía se mostraba una vez más atenta a las inspiraciones divinas.

Sor Rosalía era una buena ayuda para muchas obras buenas. Otras mu­chas comunidades gozaron de sus servicios. Lo mismo que había acogido a las hermanitas de los pobres, también acogió cordialmente a las herma­nas de la Cruz, a las hermanas agustinas y a otras.

Por todas partes sabían que podía ofrecer una buena ayuda para cual­quier obra buena.

Cuando se organizaron las «cocinas económicas» en diferentes barrios de París, también tuvo el suyo la casa de sor Rosalía y ella misma sentía una gran alegría de poder atender personalmente a su servicio. En cada ocasión se llevaba consigo a una hermana, para la que era una verdadera recompensa poder acompañarla. Se entretenía allí de buena gana, dichosa de poder entrar en contacto por aquel motivo con todos aquellos pobres y poder hacerles algún bien. Y realmente era una buena ocasión. En febrero de 1838 llegaron a dos mil raciones las que tuvo que distribuir.

Toda aquella multitud de obras, el ir y venir continuo de gente de paso, visitantes o pedigüeños, pobres miserables o grandes personajes que se dis­tinguían por su nobleza o su piedad, todo aquel movimiento, toda aquella animación que formaba ya parte del trajín de la casa, constituía también un trajín para las almas. Las almas se sentían arrastradas por aquella pode­rosa corriente de caridad, sumergidas por completo en aquella atmósfera de alegría contagiosa, en donde la entrega de sí mismo se convertía en una necesidad y en una actitud constante de los espíritus.

La visita a los pobres y a los enfermos

La obra primordial de cualquier casa de las Hijas de la Caridad es la visita a los pobres y a los enfermos. Es ése el espíritu que las mueve a aña­dir a la firma de sus cartas y de sus documentos la fórmula s.d.l.p.e., es decir, sirvienta de los pobres enfermos («servante des pauvres malades»). La hija de la Caridad está al servicio de los pobres, «sus amos y señores», co­mo decía san Vicente de Paúl. Y es preciso que sus señores tengan también la impresión de que les sirven bien, de que les sirven como si fueran príncipes.

En la casa de sor Rosalía todas las compañeras tenían que estar dis­puestas para esta obra. Y no dejaban de trabajar en ello. Las mismas her­manas encargadas de dar clase tenían que ir durante las vacaciones escolares a ayudar a las hermanas de los enfermos, cuyo servicio no se veía nunca interrumpido. Siendo maestras de escuela sabían encontrar en parte su des­canso cambiando de ocupación.

A sor Rosalía le gustaba iniciarlas en estos menesteres, que solían ser nuevos para muchas. Se dedicaban algunos recreos con toda seriedad a este necesario aprendizaje. Alguna de las compañeras desempeñaba el papel de enferma o de herida; y en aquellas circunstancias se aprendía a vendar heri­das y a poner cataplasmas. En aquella época no había aún reglamentos ad­ministrativos que exigieran ningún diploma. La hermana superiora, como buena dueña de casa, se mostraba atenta a las aptitudes de cada una, a las habilidades o inexperiencias de aquellas enfermeras improvisadas, ya que a ella es a la que incumbía el cuidado y la responsabilidad de juzgar quién era o no apta para desempeñar seriamente sus funciones.

Ella misma se había dedicado en otros tiempos a esas tareas y lo seguía haciendo siempre que podía. Se presentaba muchas veces la ocasión para ello en su pequeño despacho, que se convertía entonces en un dispensario cuando entre visita y visita le traían algún pobre enfermo. Otras veces se presentaban ocasiones inesperadas. Sucedía que, en ausencia de sus com­pañeras o por la noche, se presentaba algún caso urgente. Sor Rosalía, para sus correrías nocturnas, iba a buscar a sor Felicia, una de sus jóvenes com­pañeras, que solía ir con ella en aquellas excursiones heroicas. Y con una linterna en la mano recorría, sin atender a las inclemencias del tiempo, aquel laberinto de callejuelas del barrio, buscando la pobre casa en donde yacía el pobre que apelaba a su caridad.

Desde el cadalso a las puertas del cielo

Cierto habitante del barrio de Saint-Marceau había asistido en otros tiempos, en la época del Terror, a las terribles ejecuciones de los ajusticia­dos en Nantes. Y había aplaudido con ganas aquellas escenas sangrientas.

Sin embargo, un día empezaron a brotar buenos sentimientos en su es­píritu durante una de aquellas tristes hecatombes. Los condenados habían ido cantando hasta el cadalso. Y era una hermosa canción que demostraba la alegría que sentían los condenados. Era una canción a la Reina de los mártires.

Cuando estuvo a punto de morir, sor Rosalía, que no deseaba que el demonio se llevara a ninguno de sus hijos, fue a verle. No le resultó fácil que aceptara su visita aquel personaje. Pero finalmente cedió. Y delante de sor Rosalía se puso a cantar aquella canción. Era un bonito cantar.

Sor Rosalía lo escuchaba extasiada. «¡Qué hermoso es!», le dijo de pronto.

Aquel hombre, sorprendido y lleno de emoción, la miró como deslum­brado. También él se daba cuenta de que aquello era muy hermoso. Pero su mirada se había transfigurado. ¡Una bonita canción, ciertamente! Pero se había convertido de repente en su corazón en un cántico mucho más her­moso, con una belleza superior. Y también resultaba hermoso a sus ojos, en la lejanía, el heroísmo de aquellos mártires que habían subido al cadalso con aquella alegría. Y también era hermoso el reino de Dios que se revelaba de repente a su vista en aquel alma tan santa, divinamente hermosa, de sor Rosalía, que comulgaba en su espíritu con el sacrificio heroico de los mártires.

Desde aquel instante el alma de aquel pobre hombre se abrió por com­pleto al arrepentimiento. Tuvo una buena muerte. Murió cantando su cántico.

Y hubo alegría en el cielo y en la tierra.

Sor Rosalía volvía santamente triunfante de aquellos duros combates. Sentía su alma inundada por completo de gratitud para con Dios. Y la alegría de aquellas radiantes victorias estimulaba más que nunca su entrega al servicio de los enfermos, sostenía la fatiga incansable de sus salidas, de las visitas, de sus curas a los enfermos, de todos sus cuidados materiales. Y hacía que surgieran mil delicadas iniciativas en su noble corazón. Llega­ba hasta las almas a través de los cuerpos. Mediante sus atenciones mate­riales, llenas de abnegación y prodigadas con cariño, alcanzaba los corazo­nes. Esa había sido también la fórmula de san Vicente de Paúl.

Sor Rosalía, educadora. Las escuelas de párvulos

Sor Rosalía sentía por las almas de los niños una especial predilección. La educación era a sus ojos, lo mismo que el servicio a los pobres, una obra de importancia primordial. Porque la educación de los niños proyecta sobre su vida entera una luz radiante de vigor moral y de rectitud de ca­rácter, o por el contrario un peso de rebeldía y de ociosidad y molicie. Sor Rosalía quería que en casa la tarea educativa fuera de la mejor ca­lidad. Quería que se diera una excelente educación, que fuera el mejor complemento de una buena instrucción. Cuando había que dar alguna re­compensa a lo éxitos escolares, tenía parte especial en la apreciación de los méritos, no solamente la ciencia adquirida, sino sobre todo la buena con­ducta de los alumnos. En la escuela reinaba siempre la disciplina. Ponía es­pecial cuidado en que todo estuviera en orden, debidamente limpio, que el vestido de los niños fuera sencillo y correcto, que hubiera modestia, que se apreciase la buena educación, que se inculcasen en el alma de los niños los sentimientos de respeto, base de toda buena educación. En la escuela reinaba una sencillez de buena ley en el tono y las maneras de actuar. En aquellas almas confiadas se adivinaban sentimientos delicados, modestos, que daban cierto aire de distinción, y aquella belleza moral que se desarro­llaba en un clima de puro cristianismo.

Sor Rosalía pasaba todos los días por las clases. Muchas veces se dete­nía en la puerta, escuchando durante algún tiempo las lecciones a fin de poder dar a continuación a la maestra algún consejo y estímulo en su tarea. Cuando ella entraba, todos se levantaban alegres y respetuosos. La apa­rición de la madre hacía asomar la sonrisa en los pequeños. A la madre le gustaba estar entre sus pequeñuelos. ¡Su inocencia se acomodaba tan bien a su candor! Los observaba. Con una ojeada pasaba revista a todo aquel mundillo; les daba a unos prudentes consejos; reprendía a otros cuando lo necesitaban, pero con acentos maternales; secaba las lágrimas de alguno; tenía a veces ocurrencias ingeniosas: cuando un niño no se sabía la lección, encontraba palabras de aliento: «Hijo mío, tu mamá, cuando estaba aquí en los mismos bancos que tú estás, se sabía siempre muy bien la lección; tienes que hacer como ella». ¡Qué estímulo! ¡Qué ánimos! Y por la tarde, cuando volvía el pequeño a su hogar a su familia, ¡qué orgulloso se sentía de su madre.

Después de su visita a las clases, sor Rosalía pasaba por el pasillo donde estaban colgados los cestillos que contenían las provisiones de cada uno de los niños. Siempre maternal, completaba generosamente la pobre ración de algunos de ellos. Y se iba, saboreando de antemano la alegría de aquellas niñas ante la sorpresa que tendrían en el momento de buscar la comida.

Los programas

La instrucción, desde luego, no podía tampoco abandonarse. Había que enseñar con cuidado los conocimientos elementales. Había que hacer bien las cosas, leer bien, escribir bien, articular bien la lectura, llevar los cuadernos bien limpios, hacer bien las cuentas… Se trataba de respetar debi­damente el trabajo que Dios les había encomendado. Y también de respetar a las personas ante las que había que hacer una lectura, o a la profesora de clase que tenía que corregir los cuadernos y, más tarde, a las personas a las que tuvieran que dirigir alguna vez su correspondencia.

A medida que iban creciendo los niños, les aguardaba todo un programa de estudio, perfectamente adaptado a las funciones que más tarde habían de desempeñar en la sociedad. Aquellas futuras madres de familia tenían que adquirir todos los conocimientos prácticas, necesarios para el gobierno de un hogar. «Yo iba a clase de costura -recuerda una de sus antiguas alumnas-. Teníamos que trabajar bien. ¡Qué bien nos enseñaba y nos for­maba a todas!… Ninguna se mostraba perezosa. Y aprendimos de todo. ¡No había ninguna tarea que nos asustase!». ¡Qué testimonio tan admirable y lleno de sano orgullo!

Pero sor Rosalía tenía miedo de todo aquello que, en los estudios, hu­biera podido infundir en aquellos niños ambiciones desmesuradas o quitar­les el gusto por los sencillos trabajos del ambiente familiar. Como tenía que vérselas con niños de condición familiar modesta y muchas veces de familias pobres, deseaba que siguieran estando, salvo excepciones justificadas, en la condición modesta de sus padres y que llevasen una vida de trabajo hon­rado, a la que la fe y la conducta cristiana pudieran dar, a los ojos de Dios, un brillo incomparable y un gran valor sobrenatural. Seguramente habría aplaudido con una fina sonrisa las protestas del buen Chrysale, rodeado de mujeres sabias y acosado por aquellas continuas discusiones y reproches gramaticales, sazonados por un vocabulario preciosista y una verborrea des­concertante… ¡Y cómo exageraban aquellas «mujeres sabias»!… El pobre Chrysale se sentía desgraciado. Y su desgracia repercutía en su plácido estómago:

«¡Por favor!-exclamaba-. ¡Dejemos la ciencia a los doctores de la ciudad!… ¡No vayamos a buscar lo que se hace en la luna! No es honrado, por una multitud de razones, que una mujer estudie y sepa tantas cosas. Formar en las buenas costumbres el alma de sus hijos. Llevar bien la casa, atender a los demás, gastar con economía: ¡esa debe ser su escuela y su filosofía!…»

Y añadía desolado:

«Toda esta casa se dedica a razonar y con sus raciocinios han echado fuera a la razón».

Sor Rosalía no quería que los futuros esposos de sus niñas se sintieran tentados algún día a reprenderlas de esta forma. Por eso estaba dispuesta a adoptar todos los artículos del programa del buen Chrysale.

En efecto, se la notaba un tanto desconfiada -o por lo menos con al­gunos reparos- cuando se trataba de ciertas exquisiteces. Es verdad que no desterraba la música, que ilumina la vida y proyecta un rayo de alegría en derredor; pero no quería para sus niñas 1a alta ciencia musical que qui­zás hubiera podido inspirarles deseos de seguir una carrera mundana, que no estaba hecha para ellas. La misma prudencia mostraba respecto a los cursos superiores de dibujo; es evidente que sabía admirar en los niños sus dibujos inocentes que desarrollaban su espíritu de observación de una forma divertida; pero no le asustaban los estudios superiores de dibujo.

En el barrio Saint-Marcel todo el mundo tenía en la más alta estima la escuela de sor Rosalía, tal como ella la había concebido. La escuela goza­ba de la confianza total de los padres. Por eso estaba siempre llena de niños.

Y los locales enseguida resultaron insuficientes. Entonces sor Rosalía tendió la mano en busca de limosnas. Y pronto pudieron abrirse nuevas cla­ses en una calle cercana, la calle del Banquier. Sor Rosalía, siempre práctica y habituada a la confianza, obtuvo que la ciudad de París se respon­sabilizara de aquella escuela, pero dejando su dirección a la comunidad de las Hijas de la Caridad. De esta forma pudo abrirse una nueva casa, cargada de clases y asediada también por las visitas de los pobres del barrio de Ivry. Otras hermanas se encargarían de la dirección de aquella obra nueva, pero el corazón de sor Rosalía la seguiría desde lejos. Ella amaba a sus obras con un amor verdaderamente universal. Pues bien, el amor de una madre no disminuye al darse: «Cada uno tiene su parte y todos lo tienen entero». Así es también la luz que Dios derrama a torrentes sobre todos los objetos que nos emocionan con su hermosura y que se desliza, bien­hechora y penetrante, hasta el corazón de las cosas más humildes.

Yo te bendigo, oh sol, que con tu luz radiante, tras bendecir todas las frentes y madurar todas las mieles entrando en las colmenas y en las chozas más pobres, te divides y continúas entero, lo mismo que el amor de una madre.

El corazón de sor Rosalía tampoco se empequeñecía al darse. Seguía siendo todo para todos.

El asilo de niños

Cuando la gran obra de la educación de los niños se fue multiplicando y dando origen a un asilo, a una casa cuna y a un patronato, sor Rosalía tuvo que seguir derramando fielmente sobre el asilo, la casa cuna y el patronato todos los tesoros de su corazón. Las visitas que hacía a todas estas obras significaban para ella un verdadero descanso, en medio de tantas preocupaciones como la agobiaban continuamente. El contacto con los más pequeños la reconfortaba. Su candor la llenaba de encanto. El frescor de sus almas, sin malicia alguna, le ayudaba a olvidar tantas miserias y tantas situaciones turbias con las que se encontraba en sus visitas y en las confi­dencias que le hacían. Su buen corazón se desbordaba en atenciones mate­riales sobre aquellos pequeños que se asomaban a la vida; les prodigaba sus sonrisas, sus caricias, sus obsequios; secaba a veces sus lágrimas y procura­ba llenarles siempre de alegría. Por otra parte, era aquella a veces la mejor ocasión que se le presentaba para practicar su apostolado con las madres. Cuando éstas venían a buscar a sus hijos se sentían agradablemente sor­prendidas al verlos limpios y vestidos de ropa nueva y trajecitos calientes de lana. Habían desaparecido los viejos harapos.

Cuando sor Rosalía llegaba al asilo de niños, todo aquel mundo se po­nía en ebullición, llenos de alegría y acudiendo todos a saludar a aquella buena madre. Ella por su parte miraba con cariño aquellos ojos confiados, les daba algún consejo, les contaba alguna historia en la que los niños ocupaban siempre los papeles principales; gozaba con el espectáculo de todas aquellas caras colgadas de sus labios. Su sencillez cuadraba perfecta­mente can aquellas escenas infantiles. Y para ella era también la mejor ocasión de admirar una vez más la entrega de sus compañeras, que se in­geniaban para instruir a los pequeños, para interesarles por las cosas buenas, para distraerles, que les hacían cantar canciones tan bonitas, que les hacían jugar y hacer gimnasia, todas tan formales, en la sala grande del asilo…

El patronato

Los días de vacaciones era el patronato adonde había que ir. También allí se prodigaba y se revelaba todo el inmenso corazón de sor Rosalía. Nunca decía ¡basta!, pues siempre tenía algo bueno que hacer. Volvía a encontrarse allí con las niñas mayores, que habían pasado la semana en el ambiente familiar realizando allí la dura experiencia de la vida. La verdad es que sor Rosalía prefería verlas allí que no metidas en un invernadero bien cerradas, con tal que pudieran acudir los días de vacación al patronato pa­ra volver a estar en contacto con ella y poder así cobrar nuevos ánimos y volver decididas a la lucha.

Y venían con gusto al patronato. Eran muchas. Encontraban todas ellas el momento más oportuno para tener un rato de confidencia filial con la madre, para recibir sus preciosos consejos, para pasar unas horas de santa recreación, de juego y de risas, de cantos y esparcimiento. Volvían a en­contrarse de nuevo con su alma de niñas. Y regresaban a su hogar con el corazón alegre, despierto a los buenos pensamientos y a los buenos deseos. Aquellas tardes que pasaban en el patronato, oasis de paz y de alegría, al abrigo de los placeres del mundo, les devolvía a todas la luz y la energía. Regresaban valientes a las duras tareas cotidianas, a enfrentarse con la des­preocupación religiosa de sus familias o con las seducciones del taller.

La Asociación de Nuestra Señora del Buen Consejo

Algunas encontraban también allí la ocasión de hacer un buen aposto­lado. Las mejores entre las antiguas alumnas se encargaron efectivamente de trabar amistad con las jóvenes aprendizas, que habían salido reciente mente de la escuela y se habían visto lanzadas en medio del mundo. Había ya unas señoras que velaban desde lejos por aquellas jóvenes y que ofrecían a sus familias necesitadas su socorro moral y material. Pero junto con esta lejana protección quedaba también sitio abundante para que algunas jóve­nes del mismo ambiente les ofrecieran a aquellas muchachas el beneficio de su amistad. Las mayores podían brindar a las más jóvenes su ayuda y su aliento, su protección y sus consejos fraternales. De ahí el nombre que tomó esta obra nueva, la de asociación de nuestra Señora del Buen Consejo. Este precioso servicio que se les hacía a las jóvenes aprendizas se vio pronto acompañado por los servicios hechos a otras personas necesitadas. Porque la verdad es que pronto se le saca gusto al apostolado; se da uno cuenta enseguida del bien que produce en el alma, cuando se actúa con generosidad. Al lado de los ancianos acurrucados en sus buhardillas, al lado de las personas aisladas, de los incapacitados, no hay nada que resulte más agradable que la sonrisa de la juventud. Las jóvenes de la asociación de nuestra señora del Buen Consejo encontraron en todo esto un buen campo de acción, abierto a su celo por la solicitud universal de sor Rosalía. Iban a hacer compañía durante una hora a aquellas pobres ancianas desampa­radas; hablaban con ellas y sobre todo las escuchaban; les contaban cosas, les leían algún libro para suplir la deficiencia de sus pobres ojos enfermos; les llevaban pastas o algunas golosinas; les lavaban la rapa. ¡Y todas se sentían muy felices de poder hacer algo por ellas!

El asilo de ancianos

Por su parte, también velaba sor Rosalía por los ancianos que recibía en su casa. Si había sabido hacerse un corazón de niña con los niños, también se hizo un corazón viril y fuerte con aquellos pobres viejos. Les comunicaba su serenidad. La ancianidad, en el otro extremo de la vida, es también una debilidad, pero una debilidad que ha conocido días de fuerza y de vigor, de actividad y de lucha. Y el recuerdo de las energías perdidas hace más amarga y más difícil la debilidad presente. Por eso tienen necesidad de aliento, de consuelo, de ayuda, de entusiasmo, y a veces de luz y de con­sejo en medio de la desesperación. Sor Rosalía sabía tratar a sus buenos ancianos con una especie de religioso respeto. Su cariño con los pequeños y la alegría maternal que experimentaba entre ellos se trasformaba aquí en compasión piadosa por esos pobres aplastados por la vida, por sus sufri­mientos, por sus preocupaciones. Su caridad alimentada por su ardiente fe le hacía ver en aquellos buenos ancianos unos caminantes hacia el cielo ya muy cercano, que se aproximaban a la casa del Padre por caminos muy difí­ciles, tropezando sin cesar y necesitados de una mano que les ayudase a seguir caminando hasta el final.

Tenía el arte de adaptarse a la situación psicológica de sus buenos an­cianos, al cansancio de su pobre cabeza fatigada. Se las ingeniaba de mil maneras para dar a aquellos niños grandes el alimento espiritual más adecuado a sus años y a sus almas, que habían vuelto a la simplicidad de la infancia. De vez en cuando solía entusiasmarles con el relato de algunas his­torias piadosas, cuyos héroes eran los antiguos patriarcas, unos viejos tan simpáticos como ellos. En la vida de aquellos ancianos servidores de Dios, en su fidelidad a las disposiciones de Dios, en su respeto y su sumisión a los designios de la Providencia, lograba encontrar magníficos ejemplos de fe, de sentido religioso, de respeto para con aquel Dios que se les revelaba en medio de solemnes manifestaciones. En la escuela de aquellos santos patriarcas que, a lo largo de toda su prolongada vida, a través de frecuen­tes peregrinaciones por medio de pueblos paganos, habían llevado intactas en su espíritu y habían transmitido a sus hijos las esperanzas de Israel, cuyo depósito les había confiado el Señor, sor Rosalía intentaba mantener en el alma de sus buenos ancianos del asilo la paciencia y el coraje suficiente para enfrentarse con la dura tarea de vivir con la maravillosa esperanza del más allá.

Sor Rosalía llegaba hasta el extremo en su bondad con sus ancianos. Cuando observaba en ellos algún defecto, su bondad se convertía en mise­ricordia. Y su misericordia no tenía límites. Había tomado la costumbre de defenderles siempre. Pobres ancianos, pobres mendigos, pobres extraviados, para ella todos eran pobres necesitados que necesitaban su protección y su defensa. ¿Es que la miseria y la misericordia no están hechas para estar siempre juntas? ¿No es la miseria el trono de la misericordia?

Sor Rosalía, rodeada de miserias, les ofreció un corazón realmente misericordioso.

Cuando se hablaba en su presencia de los defectos de los pobres con cierto tono de amargura, siempre sabía encontrar una palabra de com­pasión para excusar sus faltas.

¿Por qué tantas buenas personas pierden la razón en el fondo de un vaso de vino? Sor Rosalía supo encontrar en su misericordioso corazón va­rias razones para ello. A uno de sus viejos le gusta demasiado el vino y se lo recomienda a los demás diciendo que «el vino es la leche de los viejos». Y no se limita a alabarlo, sino que da ejemplo a los demás, pierde el rumbo y termina perdiendo la dirección. Sor Rosalía siente lástima de él, lo excusa y da la siguiente explicación: «Ese pobre desdichado ya no razona. Cuando se emborracha, cree que con ello se olvida de todo lo que ha sufrido». ¡Sí! ¡Aquel pobre hombre no razona! ¡Su oficio no es precisamente el de razonar! La máquina es la que razona por él. Y la máquina sigue su cami­no. Y el hombre se convierte en máquina. Y aquel pobre hombre se olvida de razonar. Y el clarete, en la copa de brillantes reflejos, le hace guiños y el hombre se deja llevar tras él. Sus reflejos pueden más que todos los raciocinios. Para conseguir que aquel hombre razonase un poco, habría sido necesario tener la cabeza bien templada y cierto hábito de pensar. Pero lo único que tenía aquel viejete eran unos ojillos picarescos que se dejaban seducir con facilidad por aquellos bonitos reflejos del clarete en la copa.

La verdad es que de todas formas nuestro hombre razona todavía un poco. ¿No decía sor Rosalía que bebe para olvidarse de sus males? Nuestro hombre no está totalmente equivocado. Ha acertado y por unos momentos ha conseguido lo que deseaba. ¡Se sentía lleno de desventuras y aquel vaso de vino le ha ayudado a olvidarse de sus males! ¡Perdonémosle! ¡Seamos tan misericordiosos como sor Rosalía! ¡Pero que aguce su ingenio y lleve más adelante su razón! Es un remedio peligroso que no resuelve nada. ¡Que vigile la dosis!

A sor Rosalía se le ocurrían además otras bonitas excusas: «Los pobres -decía- no tienen donde reunirse. Entran en la taberna para distraerse un poco y, sin quererlo muchas veces, sienten los efectos del vino». Es ver dad. No hablemos mal de esa pobre gente que, por falta de salones, tienen que irse a la taberna. Y en la taberna tienen que pagar su estancia con vasos de vino; y a veces hay que pagarle también un vaso a los compañeros, que nos brindan su compañía. Además, no sólo emborracha el vino; tam­bién están los amigos que se emborrachan mutuamente y el tabernero que, para redondear su negocio, anima a todos a beber. Realmente los pobres hombres que no tienen salones ni lugares de reunión tienen derecho a toda la misericordia de sor Rosalía y a nuestra comprensión.

¡Buena mujer sor Rosalía! Tenía excusas para todo. Un día se le pre­sentó una buena persona. Era del barrio. Conocía a la buena madre. Se po­día entrar en su casa sin muchos requilorios; lo sabía muy bien. La madre estaba siempre a disposición de todos los que quisieran visitarla. Pero aquel día no estaba allí. La sala de visitas estaba vacía. Y le dijeron a aquel buen hombre que sor Rosalía no podía recibirle, que estaba con fiebre. Aquel hombre no acababa de convencerse y no se quedó contento con la respues­ta. Tuviera o no tuviera fiebre, sor Rosalía siempre estaba dispuesta para recibir a todos. Si no le recibía, es que no quería… Es que nadie quería ocuparse de él. ¡Fue aquella una buena solución! ¡Aunque un tanto inopor­tuna! A pesar de su fiebre, sor Rosalía acudió a la sala de visitas y arregló sus asuntos. Y aquel buen hombre se marchó victorioso. Después de su mar­cha fue la hermana portera la que recibió su lección; como le dijera a la madre, para justificar su conducta, que aquel visitante inoportuno no se ha­bía mostrado muy educado, la misericordiosa sor Rosalía encontró esta ine­fable excusa: «¡Vaya, hija mía! Ese pobre hombre tenía otras cosas que hacer más que estudiar las buenas maneras. No tenemos que enfadarnos por ninguna palabra viva ni fiarnos de las apariencias un poco groseras. Esa pobre gente vale bastante más de lo que a primera vista parecen».

Cuando se trataba de defender a sus pobres, sor Rosalía siempre tenía la última palabra. ¡Los quería de verdad! ¡con un amor realmente maternal! Conocía tan bien sus miserias que las medía con una inmensa piedad. Su corazón se sentía conmovido por ellas. Su sensibilidad tan viva estaba siempre alerta para descubrirlas. Las emociones se sucedían ante el continuo desfile de miserias humanas que llamaban a su puerta. Le hubiera gustado aliviarlas todas, curarlas todas. Sufría ella misma par los sufrimientos ajenos. Y nunca conseguía acabar con todos ellas. No era posible pensar en cruzarse de brazos en aquel hermoso combate contra la miseria. Cuando otras personas pensaron por ella en buscarle algún descanso, ella no pudo marchar lejos de sus pobres. Sus mismos superiores pudieron experimentarla en cierta ocasión:

Pensaron en darle a sor Rosalía un cargo en la casa central. Era una buena prueba de confianza. Conocían muy bien sus éxitos y les constaba de la prudencia de sus iniciativas. Pero surgió una dificultad: para ella tendrían que alejarla de su barrio y de su buena gente de Saint-Médard y el rumor público decía que aquello no podía compaginarse con el afecto ex­traordinario de sor Rosalía a sus pobres. Decidieron hacer un ensayo: vi­nieron a Saint-Médard a buscar a sor Rosalía para una excursión a Versa­lles en compañía de los venerables superiores, que deseaban tenerla a su lado en aquella fiesta. Pero apenas se vio fuera de la parroquia, aquella alma tan dueña siempre de sí misma no se pudo dominar. ¡Se puso a llorar! Y la compañera que nos narra aquel hecho añade: «Lo mismo que san Vicente, ella tenía miedo de que las puertas de la ciudad cayeran sobre su cabeza por haber ido a distraerse abandonando a sus pobres».

Sintiéndose siempre educadora, sor Rosalía tenía para todas las edades de la vida excelentes consejos y una inagotable caridad. Hasta los mismos jóvenes del barrio latino se sintieron felices de acudir a aquella fuente limpia de sabiduría para gozar de los consejos, de la ayuda, de la protección maternal de sor Rosalía. Perdidas en aquel París volteriano de la época, encontraban en pleno barrio Mouffetard un oasis de paz, de oración, de caridad fraterna y de estímulo para la vida cristiana. Y acudían sin cesar a buscar allí el refrigerio para su espíritu.

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