Sor Mercedes Sánchez

Mitxel OlabuénagaBiografías de Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Anónimo · Source: Anales españoles, 1967.
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biografias_hijas_caridadEl 7 de diciembre depositamos en la tierra los restos de Sor Mercedes Sánchez, la Hermanita de los Leprosos del Rincón. Ese cirio femenino que se quemó, ardiendo por la gloria de Dios, ser­vicio de Cuba y provecho de los pobres leprosos.

Porque eso fue Sor Mercedes. Nada le era indiferente. Siempre concibió la vida en condición de servicio a los demás.

Vivía intensamente las emociones de la Patria en los vaivenes sobrevenidos desde los tiempos de José Miguel hasta los de Fi­del Castro. Su inteligencia, su corazón, sus manos y sus pies estu­vieron siempre al servicio de Cuba, de la Iglesia, de su Congrega­ción y de los enfermos del Rincón.

Desde joven, aun antes de ser Hija de la Caridad, estuvo a/ servicio de los demás. Conectada por parentesco con las mejores familias de la época, entre ellas con el Dr. Zayas, Presidente de la República, utilizó sus conexiones con los ricos para servir a los pobres. Manejó a los poderosos en servicio de los débiles.

Ella recordaba el pensamiento de San Vicente de Paúl:

«Entre un pobre y yo no resolvemos nada. Entre un pobre, un rico y yo podemos resolver muchas cosas.»

Al ingresar como una de las fundadoras del noviciado de las Hijas de la Caridad, en Cuba en 1919, luego de los primeros años dedicados a observar el espíritu caritativo de la organización, hizo un rumbo hacia las alturas, la caridad en grande.

Apareció en el Hospital del Rincón al servicio de los leprosos, convirtiéndose en criado y mandadero de todos ellos, en portavoz de sus necesidades colectivas e individuales.

¿Que la Administración no tiene presupuesto para arreglar las calles del lazareto? Sor Mercedes, aprovechando sus relaciones, bus­caría el dinero para los jornales y el material para la obra. Re­correrá La Habana pidiendo para sus pobres enfermos del Rincón.

¿Que hay que montar una sala de operaciones? Sor Mercedes buscará los equipos y el medio de mantenerlos como nuevos.

¿Que el pabellón de los niños y niñas está deficiente? Sor Mer­cedes sabrá llamar al corazón de personas buenas y el pabellón de los niños se convertirá en el más hermoso del Hospital.

¿Que la casa individual constituye el anhelo de los enfermos? Ella se arreglará para acercarse al que tiene dinero y sensibilidad, haciendo surgir un barrio con 21 casas individuales para solaz de otras tantas 21 parejas enfermas.

¿Que hay que buscar material para otros departamentos y los dineros del Patronato andan escasos? Sor Mercedes correrá para acá y para allá, apareciendo los materiales.

Pocas figuras más populares en la calle Muralla, Monte, Reina, San Rafael y otras más céntricas. Es Sor Mercedes, que recorre la ciudad dos o tres veces a la semana, venida desde el Rincón, en el más modesto cacharro del pueblo, manejado por el más in­feliz de los chóferes del Rincón, llevando en su modesta bolsa una lista con un sinnúmero de mandados, de la administración, de la superiora, de los enfermos, hasta de la gente del pueblo del Rincón.

Sor Mercedes era el intermediario entre los enfermos y las ofi­cinas del Gobierno, para sacarles papeles de ellos, de sus esposas, de sus hijos. Certificados de nacimiento, de la policía, de notario; partidas de nacimiento; pases de tránsito; toda clase de servicios.

Ella tenía entrada franca en todas las oficinas, sin previo avi­so o citación. A Sor Mercedes no había quien le dijera que no. Disponía de una llave «pasa por todo».

Su sensibilidad ante las dificultades y dolores ajenos era exqui­sita. Sor Mercedes obraba como si todas las necesidades que la rodeaban tuvieran solución en su acción personal; poniendo todos sus esfuerzos y diligencia para solucionarlas. Por ella no iban a quedar sin remedio.

Ella fue la mano derecha y los pies de Sor Antonia Barbero, de Sor Carmen Geijo y Sor Caridad, sus amadas superioras, las cuales guardaban la casa mientras Sor Mercedes corría por la calle.

Sor Mercedes vivía al servicio de la Iglesia. Que hay que cubrir las becas que el P. Lobato impulsaba para el Seminario. Ahí es­taba Sor Mercedes para interesar por ella a todo el mundo, lo­grando subidas sumas de aportación.

Que un muchacho daba señales de vocación sacerdotal, Sor Mer­cedes le ayudaba, caso el P. Caraballo, actual párroco de Jesús y María y algún otro que no cuajó. Hablaba al Sr. Obispo, corría con los papeles, conseguía la beca. Completaba cada año los gastos extra de algunos seminaristas.

Fue siempre una impulsora del sentimiento misional, logrando que el público y los enfermos contribuyesen voluntariamente a las colectas misionales.

Se multiplicaba para cuidar de los catecismos, que en los pobla­dos cercanos al Hospital regentaban las Hermanas y las señoritas del pueblo del Rincón. Que urgía el levantar una capilla en una finquita, no lejos del Hospital. Sor Mercedes logró los materiales, los jornales y muchas veces corría para acá y para allá buscando al cura que dijese la Misa con su justa limosna.

Nadie acudía a ella sin que encontrase eco en su alma sensible. Me contaba un caballero, Dr. Gil, que todavía no ha mucho, le dijo:

—Sor Mercedes, ¿podría usted buscarme una silla de ruedas para una enferma inválida?

—Ya veré; es un poco difícil, pero bueno, no le digo que no. Y apareció la silla de ruedas.

Conocimos de joven en «El Mundo» a la señorita Mercedes Sánchez. Podemos asegurar que andaba con seguridad, sin miedo alguno a ser contaminada por ese mundo que maldijo Cristo.

Para Sor Mercedes la vocación en las Hijas de la Caridad no fue un refugio, ni una fuga del mundo, que la había acariciado más bien. No se hizo Hija de la Caridad por miedo al infierno, del que nunca se preocupó. Fue un alistarse o un reengancharse en el ejército de Cristo, cuyos cuarteles, los Hospitales, le proporciona­rían la técnica, el material humano y el ambiente de lucha contra la miseria, el dolor y la ignorancia.

De ahí su eterna sonrisa, reflejo de un alma que nunca conoció el pesimismo en la lucha de la vida, ni acarició el mal pensamiento sobre el prójimo.

Cubana cien por cien, le gustaba que sus hermanas españolas sintieran y hablasen en español, no gustándole mucho las cubanas metidas a españolas, ni las españolas metidas a cubanas.

Ningún movimiento nacional, de los tantos que presenció en su vida desde principios de siglo, le fue indiferente. No es que hi­ciera politiquería, pero le agradaban los movimientos de protesta contra la corrupción de la vida pública, comentando, hasta en alta voz, su adhesión a todo lo que fuera dignidad nacional. No había en vano nacido y crecido entre hombres públicos, cosa que le ayudó mucho después para su apostolado en favor del prójimo.

Trató personalmente a todos los Presidentes de Cuba y a los más altos jefes del Estado, aprovechándolos en beneficio del Hos­pital de San Lázaro.

Repasando el libro «Las Hermanas de la Caridad en el Hospital del Rincón», sumamos en más de 350.000 (trescientos cincuenta mil pesos) los logrados por Sor Mercedes, sólo para las obras de construcción.

Dios purificó su alma en los últimos días, por si había alguna sombra en su alma iluminada, pidiéndole el sacrificio de separarse de sus enfermos, por una de esas incomprensiones, en las que Sor Mercedes vio la permisión de Dios.

Pero los Lazarinos del Rincón nunca la olvidaron, ni la olvidarán. Su gigante personalidad caritativa vivirá para siempre en el recuerdo de esa caritativa institución, al lado de Sor Ramona Idoa­te, Sor Antonia Barbero, Sor Carmen Tobar y otras y otras Hijas de la Caridad que se han quemado como cirios sagrados, alum­brando con su ejemplo y sus servicios el alma atribulada de tanto enfermo de la lepra.

Fue Sor Mercedes una hermana conciliar antes del Concilio.

El Concilio Vaticano II en su empeño de aprovechar los talen­tos y los esfuerzos personales de todos los religiosos, ha afirmado que «sólo aprovechando la iniciativa y la participación de todos los miembros de la Comunidad podrá ésta responder a sus des­tinos».

Esto lo comprendía siempre Sor Mercedes. Nunca necesitó que la empujaran. Fue ella quien empujó, poniendo su talento y corazón al servicio de sus superiores, ayudándoles con sus inicia­tivas, que siempre sometió a la bendición de la obediencia.

No fue Sor Mercedes Hermana de la Caridad que se contentase con pequeñas virtudes ni se sintiese llena con el consuetudinario, para todo lo cual sintió una alta estima, siendo exacta en el cum­plimiento de esas prácticas de la Comunidad, en las carreteras, ca­lles de la ciudad, salas de oficinas, antesalas de poderosos.

Fue para ella el mundo un inmenso templo en el que unió la oración, al servicio de los pobres, que para una Hija de la Cari­dad es la encarnación de Cristo, según expresión graciosa y ver­dadera de su Santo Fundador, San Vicente de Paúl.

Se fue Sor Mercedes, pero no nos abandonó; sólo ha hecho frase del prefacio de los difuntos: «cambiar esta morada de la tie­rra por la morada del cielo».

 

 

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