Sor Carmen Cuevas

Mitxel OlabuénagaBiografías de Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Benjamín Valdés · Source: Anales españoles, 1965.
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biografias_hijas_caridadLa Habana, 14 de agosto de 1964.

Sor Adelaida Maroto. Sor Mercedes Ganuza. Madrid (España).

Muy estimadas y recordadas Hermanas:

Acabo de llegar del cementerio y me apresuro a escribir la presente con el corazón profundamente apenado y dolorido por la pérdida irreparable de nuestra amada Madre Sor Carmen Cuevas (q. e. p. d.), cuyos restos dejamos en el panteón de .a Compañía, tras de escuchar las sentidas y emocionadas palabras de duelo y despedida pronunciadas por el R. P. Enríquez, y con la presencia de Mons. César Zacchi, Encargado de la Nuncia­tura Apostólica; la del nuevo representante diplomático español, la de muchos sacerdotes, religiosas, representaciones católicas, fieles y de numerosas Hijas de la Caridad.

Nosotros, como es natural, al conocer tan infausta noticia, interrumpimos nuestras vacaciones de descanso, ya que lograron localizarnos cerca de las tres de la tarde, y emprendimos el via­je de regreso a La Habana, llegando a la capilla de la Inmacu­lada sobre las 5,30 p. m., donde estuvimos, a excepción de bre­ves intervalos de descanso, hasta el momento en que la caja mor­tuoria fue conducida, por manos de Hijas de la Caridad, hacia la puerta principal de la capilla, donde se encontraba el carro fúnebre. Entre sollozos y plegarias pude percibir: «In paradisum dedúcant te Angeli». Supimos durante la tarde, noche y madrugada, de la ansiedad de Sor Rosalía por lograr comunicación con ustedes, para comunicarles la fatal noticia, y a la vez para darles animo e inspirarles tranquilidad, resignación y fortaleza. Al fin se logró la comunicación a las 3,40 de la madrugada, hora nuestra de verano. Sor Rosalía, brevemente les detallaría los úl­timos momentos de nuestra Madre.

Su muerte, o su tránsito feliz al cielo, fue casi momentáneo y apacible. Se presentó la crisis repentinamente, sin esperarla. Eran las 11,30 a. m. del día 13, cuando conversando animada­mente Sor Carmen con algunas Hermanas, llegó la buena sama­ritana Sor Pilar con la bandeja donde llevaba el almuerzo. Sor Carmen le manifestó su deseo de no comer; no lo deseaba en ese momento, porque se sentía «algo»…, que prefería estar acos­tada… Se la acomodó y comenzó a ponerse pálida y fría…; y es que ese «algo» que ella sentía, era la muerte que se acercaba. Sus Hermanas se dieron cuenta de la situación e inmediatamen­te cursaron aviso urgente al P. Enríquez, al párroco del Carmen y a su médico, el doctor Pérez Montes. A los diez minutos, casi volando, llegó el P. Enríquez y le administró los santos óleos y le impartió la bendición papal; nuestra Madre besó el santo cru­cifijo, dándose cuenta de ello. Momentos después llegaron el párroco y el médico. Este comenzó a realizarle el tratamiento adecuado, pero ya era inútil. A las 12, y con todas sus Hijas al­rededor, a las que dirigió postreras miradas de un lado a otro. expiró dulce, apacible y santamente, entregando su alma pura a su Dios y Creador.

Estamos, pues, ante una cruda realidad. Físicamente ya no contamos con nuestra Madre Sor Carmen, pero seguros estamos y convencidos de ello, de que ella, muy cerca de Dios velará y pedirá por nosotros, y esto nos consuela y nos conforta. Y nos­otros, a su vez, podemos contar con un alma buena, con una Madre santa a quien acudir en el cielo para que interceda, no sólo por nosotros, sino también por su amada Compañía de las Hijas de la Caridad, a la que sirvió con fidelidad y constancia durante cincuenta años de su vida.

Estimadas Hermanas: sabéis con cuánto afecto y filial cari­ño la queríamos y con cuántas modestas y humildes acciones ‘e demostrábamos su maternal distinción hacia nosotros. Cuán agradables resultaban nuestras periódicas visitas y cuánto dis­frutábamos de ellas recíprocamente. Así, muy de cerca y unido a ella, pude calibrar su grandeza de alma y pude constatar que efectivamente se había consagrado enteramente, como digna

Hija de la Caridad, llena de fervor, vivamente enamorada de la santa virginidad, la adorable pobreza y la callada humildad. Me di cuenta que con el perfume exquisito de su caridad y da los dones que Dios le concediera iluminó inteligencias e lus­tó mentes y corazones; modeló multitud de almas en el troquel purísimo del Evangelio; formó conciencias, disciplinó espíritus llevó a muchos corazones la fe, la pureza y el amor infinito de Dios Nuestro Señor.

Pude advertir que en ella, en su sentido providencial de re­solver los pequeños y grandes problemas, se encontraba siempre amparo, consejo, guía y protección. Su voluntad gigante era tan­ta que la hacía olvidarse de sí misma, sufriendo con cristiana resignación los males que últimamente le aquejaban y que le im­pedían actuar con agilidad y destreza, cual eran sus deseos. «Mi cabeza—decía—todavía anda bien; pero las piernas no me res­ponden, no me acompañan».

Hermanas, ustedes como yo podemos dar fe viva del resulta­do indudable y cierto de aquellas sus repetidas palabras: «… ‘a grande y elevada responsabilidad que mi cargo representa, como Vicevísitadora…» Y esa su grande responsabilidad supo de­mostrarla con dignidad y prudencia; porque sin doblegarse nadie o ante las duras y difíciles contrariedades y contratiem­pos con los que tuvo que enfrentarse, y en muy peligrosas circunstancias—recientes y conocidas para no olvidarlas—, puso a prueba su capacidad, su talento y sus facultades de mujer fuer­te; porque con esa su fuerza indomable de voluntad y espíritu cumplió cabal y fielmente sus deberes, obligaciones y responsa­bilidades, defendiendo en todo momento, con maternal rectitud y firmeza, los sagrados intereses de la Institución que presidía; y mucho más: la permanencia, la preservación y la perdurabili­dad de la misma… Y es justo consignar que en esos tiempos de dura prueba tuvo la eficaz ayuda y el aporte valioso de muchas de sus Hijas, entre las cuales se pueden contar ustedes. Testigo soy de ello.

Gritamos con toda el alma que gracias a ella y al concurso de sus Hijas tenernos en nuestra patria la presencia siempre ben­dita y bienhechora de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Gracias a ella, grita el corazón, estamos recogiendo ópti­mos frutos de su Seminario con vocaciones nativas; obra admi­rable a la que dedicó toda su fe y esperanza, todas sus energías, todas sus fuerzas, todo su gran entusiasmo; aspiración que aca­rició y defendió con apasionada ternura de Hija ejemplar de la Caridad; proyección que dejó establecida con el auxilio y con la luz del Divino Espíritu, para que dicha obra prosiga con ca­rácter de permanencia y durabilidad.

Ella nos bendice ahora desde el cielo; desde ese cielo que logró conquistar y alcanzar con sus grandes virtudes y buenas e in numerables obras. Dios en su providencia infinita dejó que ella celebrase primero en la tierra sus Bodas de Oro como Hija de la Caridad al calor del afecto, devoción y cariño de sus Hijas y de cuantos la amábamos… Efectivamente, en la capilla de la Inmaculada quedó vibrando como eco sonoro del justo y mere­cido homenaje eucarístico su frase predilecta: «Quid retribuam Domino», que se repitiera una y otra vez en la tarde feliz de aquel día 1 de agosto… Y en la tarde, postrera para nosotros, de ese 14 de agosto, en cuerpo presente nuestra llorada Madre Sor Carmen, todavía percibíamos los efluvios purísimos del «Quid retribuam Domino». Pero esta vez con la dulce complacencia de que dicha celebración—sus Bodas de Oro—la está dis­frutando a plenitud, con más solemnidad y gloria, junto a su Dios amado, a quien cara a cara exclama jubilosa y feliz: «De prcfundis clamavi ad te, Domine.» De lo profundo claro a ti, Señor: Señor, oye mi voz: «Qui retribuam…»

Y aquella capilla, pocos días antes jubilosa, hoy se ha torna­do triste, porque el cadáver de la respetable Vice-Visitadora Sor Carmen Cuevas estaba allí, de cuerpo presente, de cara al altar, dormida en el sueño eterno con su cara dulce y atractivamente bondadosa; en aquella misma capilla en la que en momentos muy críticos para ella y su Comunidad se refugiaba para buscar luz y consuelo; en aquella misma capilla en la que un día trascen­dente, con ansiedad y angustia, repetía sin cesar: Virgen San­tísima Milagrosa, que no sea yo quien tenga que cerrar esta ca­pilla… que no sea yo…» La Virgen Milagrosa escuchó sus rue­gos… Y en aquella capilla de la Inmaculada, donde catorce días atrás recibiera salutaciones en ocasión de sus Bodas de Oro, allí mismo, en este día triste, recibía lágrimas y expresiones de do­lor; en aquel día feliz, excelentísimos señores Obispos y fieles, junto a las Hijas de la Caridad, la congratulaban con misa, co­muniones, oraciones y cánticos, en este día de pena y dolor, aquellos mismos excelentísimos señores Obispos, representaciones diplomáticas, venerables sacerdotes y Comunidades religiosas, Asociaciones católicas y fieles en general, se unían al profundo pesar de las Hijas de la Caridad llorando todos la partida definitiva de nuestra inolvidable Madre Sor Carmen Cuevas y ofreciendo misas, responsos y oraciones por el eterno descanso de su alma.

Estimadas Hermanas, con estas sentidas expresiones de dolor a modo de desahogo deseo hacerles llegar nuestro profundo y más sentido pésame de condolencia, a nombre de mi esposa Ma­ricusa, de mi hija Marilyn y en el mío propio, porque estabais muy cerca de su maternal corazón y gozabais de su distinción y aprecio. Yo sé que ella os quería.

Asimismo sean ustedes portadoras de estos nuestros sentimientos ante la muy respetable Madre Visitadora y Comunidad Díganle que aquí en Cuba hay muchos hijos espirituales que sien­ten por ella una profunda admiración y filial devoción por la obra ingente, admirable y magnífica que realizan las Hijas de la Caridad. Díganle que estos sus hijos espirituales de Cuba se han comprometido a ayudar y defender siempre a las que con­sideramos madres espirituales, a las Hijas de la Caridad, muje­res llenas de amor divino, multiplicadas por todas las latitudes para derramar el bálsamo divino de la caridad cristiana. Dígan­le que modestamente, pero con dignidad y firmeza, hemos de­mostrado con hechos esto que expresamos con palabras. Dígan­le que sus hijos espirituales de Cuba piden fervientes y apre­miantes plegarias para que en un clima de paz, comprensión y de concordia, puedan vivir tranquilos y felices al lado de las benditisimas Hijas de la Caridad.

Y ustedes, Hermanas, vean en esta carta la gran devoción que sentimos por todas y el particular aprecio y distinción que les profesa quien no olvida sus atenciones y finezas. Saluden en nuestro nombre a cuantas Hermanas conocidas nuestras encuen­tren y esperamos verlas de nuevo en nuestra patria en un feliz regreso.

Con todo respeto y devoción,

Benjamín VALDES LOPEZ

Nota.—Sor María Carmen Cuevas Peña nació el día 5 de ene­ro de 1886 en Santa Clara (La Habana). Entró en la Comunidad el 1 de agosto de 1914. Fue destinada primeramente al Hospicio de Burgos. En 1928 pasó a Cuba. En 1933 pasó a Puerto Rico, con el cargo de Vicevisitadora, hasta enero de 1953, que volvió a Cuba con el mismo cargo, de Vicevisitadora. En Cuba, y con el cargo ya citado, falleció el 13 de agosto de 1964.

 

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