Siguiendo a Cristo, evangelizador de los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Misioneros Paúles de la Provincia de Salamanca .
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«Trabajar por la salvación de las pobres gentes del campo, y todo lo demás no es más que accesorio; pues no hubiéramos nunca trabajado con los ordenandos ni en los seminarios de eclesiásticos, si no hubiésemos juzgado que esto era necesario para mantener al pueblo y conservar el fruto que producen las misiones cuando hay buenos eclesiásticos, imitando en esto a los grandes conquistadores, que dejan una guarnición en las plazas que ocupan, por miedo a perder lo que han conquistado con tanto esfuerzo. ¿Verdad que nos sentimos dichosos, hermanos míos, de expresar al vivo la vocación de Jesucristo? ¿Quién manifiesta mejor la forma de vivir que Jesucristo tuvo en la tierra, sino los misioneros?… ¡Oh! ¡Qué felices serán los que puedan decir, en la hora de su muerte, aquellas hermosas palabras de nuestro Señor: «Evangelizare pauperibus misit me Dominus!» (Lc 4,18) Ved, hermanos míos, cómo lo principal para nuestro Señor era trabajar por los pobres» (SVP,XI, 55-56).

Lo que salta a la vista al leer este texto es el papel preponderantemente misionero que juega Cristo.

Estamos en el ámbito privilegiado de san Vicente: la Escuela Francesa de espiritualidad; y ésta se centra en Cristo. Vicente vive con «los ojos fijos en Jesucristo», como los oyentes de la sinagoga de Nazaret. El Salvador es su preocupación, y hay fuertes imágenes, aptas para alimentar nuestra meditación: Jesús «nuestra fortaleza», «nuestra vida», «nuestro alimento» (SVP, I, 272) es el lugar viviente de todas las virtudes: «humildad, mansedumbre, tolerancia, paciencia, vigilancia, prudencia y caridad» ¿?; es «la regla de la Misión» (XI 429); la eterna suavidad de los hombres y de los ángeles» (IV 55); «nuestro, padre, nuestra madre, nuestro todo»; «la vida de nuestra vida y la única pretensión de nuestros corazones»; «el gran cuadro invisible con el que hemos de formar todas nuestras acciones» (XI 129). Lo que concluye con estas palabras que destaca su primer biógrafo: Nada me agrada si no es en Jesucristo ( Abelly 95-96) No cabe duda, se atiene en todo instante a la imitación de Jesucristo, Él es «su libro y su espejo», conforme a la hermosa expresión del obispo de Rodez, Abelly.

Escribe san Vicente a un misionero que siente celos de los éxitos pastorales de otro: Un sacerdote debería morirse de vergüenza antes que pretender la fama en el servicio que hace a Dios y por morir en su lecho, viendo a Jesucristo recompensado por sus trabajos con el oprobio y el patíbulo. Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de

Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo (SVP, I; 320). Se advierte un acuerdo efectivo con su contemporáneo Pascal; Pascal arguye de este modo, con palabras que no engañan, sobre el único objeto que ambos desean y aplican: «No es sólo que no conozcamos a Dios más que por Jesucristo; es que ni siquiera a nosotros mismos nos conocemos más que por Jesucristo; sólo por la muerte de Jesucristo conocemos la vida. Fuera de Jesucristo no sabemos qué es ni nuestra vida ni nuestra muerte, ni qué es Dios ni qué somos nosotros». (Lafuma 417). El uno es más filósofo, el otro es más espiritual, y ambos son meditativos y se sumergen en la contemplación del crucificado.

Cristo está en el centro de la espiritualidad vicenciana, como también en el de su estrategia misionera.

Somos, para comenzar, sus continuadores; Él es el agente principal y el Misionero del Padre. Es el Enviado. Ocho veces utiliza Vicente, en los pocos textos que nos quedan de él, el pasaje de san Lucas 4:18, «me envió para evangelizar a los pobres». Está impactado por este Jesús Salvador. Se siente investido de la misma misión. Se quiere además libertador: En esta vocación vivimos de modo muy conforme a nuestro Señor Jesucristo que, al parecer, cuando vino a este mundo, escogió como principal tarea la de asistir y cuidar a los pobres. Misit me evangelizare pauperibus, y si se le pregunta a nuestro Señor: «¿Qué es lo que has venido a hacer en la tierra?» — «A asistir a los pobres» — «¿A algo más?» — «A asistir a los pobres», etc. (SVP, XI, 33-34).

En un principio, el pensamiento se precisa y se afirma en la contemplación de los misterios evangélicos. Una vez efectuada esta labor de penetración, es la sólo cuestión de presentarla. Sobre todo, nada de grandes palabras. Con el hermoso fraseo y los admirados vuelos de la época, San Vicente las rehuye. Preconiza él «el pequeño método» porque es el método del que se sirvió el Hijo de Dios para anunciar a los hombres su evangelio (SVP, XI, 170). Más allá de un mecanismo que hoy hace sonreír: naturaleza, motivos, medios, Vicente preconiza un discurso simple, concreto, familiar, ordinario. Que quien anuncia se guarde de disfrazar y falsear la palabra de Dios (XI,185). ¿Quién no percibe la actualidad de semejante recomendación?

Puesto que la Misión se dirige a los pobres A los pequeños, a los sencillos, a los sedientos de Dios y no a los estetas, que padecen de literatura. He ahí, pues, a Vicente de Paúl insistiendo sobre el ejemplo de ejemplos: Nuestro Señor cuando fue a sentarse en la piedra que había junto al pozo, desde donde empezó a instruir a aquella mujer, pidiéndole un poco de agua: «Mujer, dame un poco de agua», le dijo. Y así se les puede ir preguntando a cada uno: «¿Qué hay? ¿qué tal esos caballos? ¿cómo va esto? ¿cómo va aquello? ¿qué tal va usted?«( XI 268).

La vida es el primer interés del misionero genuino. Parte de lo cotidiano, de los acontecimientos, de la situación de cada cual, de sus indigencias, sus preocupaciones, sus deseos concretos. Insensiblemente, como Jesús con la Samaritana, se pasa de lo concreto a lo secreto, de lo que se ve a lo deseado, del parecer al ser.

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