Santidad en Catalina Labouré

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina LabouréLeave a Comment

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Author: Mª Ángeles Esteban Muñoz · Year of first publication: 2006 · Source: XXXII Semana de Estudios Vicencianos (Salamanca).
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CLaboureLos Santos son los verdaderos portadores de luz en la historia, porque son hombres y mujeres de fe, esperanza y amor.

Los Santos no nacen se hacen. Catalina se va haciendo Santa, ya desde niña vamos viendo rasgos de esa santidad que luego desarrollara.

Catalina nace en Fain-les-Moutier, una aldea borgoñona de apenas doscientos habitantes, el dos de mayo de 1906. (Estamos celebrando el 200 aniversario de su nacimiento). Es la octava de diez hermanos, suelen llamarla Zoe, el nombre de la Santa del día de su nacimiento.

Hasta los nueve años su vida transcurre como la de cualquier niño, en una familia de granjeros; sin embargo, el 9 de octubre de 1815 la repentina muerte de su madre cambiara todo; pero, para el vacío que en su espíritu ha dejado su madre, la misma Catali­na ha encontrado la solución. En la habitación de la difunta había una imagen de la Virgen. «Zoe» no era lo bastante alta para llegar hasta ella. Llena de lágrimas se sube a una silla y abraza a Nues­tra Señora, diciendo «desde ahora tu serás mi madre». Le pide así que sustituya a la madre que acaba de perder.

Estas lágrimas son las primeras y las últimas. Ahora Catalina se siente fuerte. La nueva Madre que ha escogido le enseña, no a gemir y a vivir en dependencia de los demás, sino a tomar las riendas de su propia vida.

Amor a Jesucristo Eucaristía

Desde el momento de su primera Comunión, Catalina acude cada DIA a la iglesia de Fain y reza detenidamente sobre las losas frías. Para ella, la fe, no son palabras sino muchas personas vivas, familiares, en las que se piensan, a quienes se habla y nos hablan. Aunque el sagrario de la iglesia está vacío, encuentra la presencia del Señor en el fondo de su corazón. Su oración da sentido a todo lo demás. Por eso experimenta sin cesar la nece­sidad de sumergirse en ella de nuevo.

Para asistir a misa los domingos tiene que ir a Moutiers-Saint Jean, a veces, vuelve también entre la semana. ¡Desea tanto encontrar a Nuestro Señor en la Eucaristía¡ ¡Es Él quien le da paz y fuerza para la jornada, nada le detiene en su entusiasmo. Cata­lina se levanta temprano, sale antes del alba y camina alrededor de 3 kms. Esta larga marcha en silencio, le ayuda a concentrar sus fuerzas para buscar activamente a su Dios.

En el camino de regreso, Catalina prepara su jornada con Dios a fin de llevar su amor a los que trabajan en la granja, a los vecinos, a la gente del pueblo y para saber reconocer en sus ras­gos el rostro de Jesús. Sus jornadas comienzan a ser lugares de comunión con la vida de Dios y con la vida de los hombres. Durante el día Catalina prolonga su encuentro con Cristo. Su corazón se convierte como en un sagrario en el que se retira de vez en cuando, para conversar con Él, pedirle su gracia, ofre­cerle su trabajo, una pena, darle las gracias. De todo esto nadie ve nada.

A los catorce años empezó a ayunar los viernes y sábados, durante todo el año. Descubierta por su hermana Tonina, que teme se ponga enferma, la amenaza con decírselo a su padre; pero no le importa, éste intenta disuadirla. Catalina había toma­do aquella decisión y aquel ayuno era un asunto entre ella y Dios. En él encontraba su fuerza.

La espiritualidad que vive Catalina, la conducirá a la Santi­dad y está enraizada en la familia, primero en su familia huma­na. No parece que hubiera sacerdote en su pueblo en vida de Catalina. Recordemos todos los conflictos producidos por la Revolución Francesa, por lo que, se supone, fue la madre la que tuvo un papel importante en la transmisión de la fe a todos los miembros de su familia. Y después en su otra familia la de las Hijas de la Caridad.En la familia de Catalina el cielo y la tierra están unidos: el trabajo y la oración se compenetran. La oración en familia cierra la jornada familiar. Es aquí donde ella recibe la fuerza, equili­brio, gozo y buena salud psicológica que le servirá después para vivir con naturalidad los dones celestes que recibió y los traba­jos físicos que le encomendará la Comunidad.

Estas semillas que se sembraron en su infancia, dieron un gran fruto.

Vocación

Catalina confía a su hermana su proyecto de vida: su voca­ción. Pero todavía no sabe ni dónde ni cuándo.

Esta llamada toma la forma de un sueño. Catalina se encuen­tra en la Iglesia de Fain, y está rezando. Llega un anciano sacer­dote y se pone a celebrar la misa en el altar. Lo que más le impre­siona es su mirada cuando se vuelve para el Dominus vobiscum. Al finalizar la misa le hace una señal para que se acerque. El temor la sobrecoge. Retrocede fascinada. No puede apartar de sí aquella mirada. Durante toda su vida la recordará. Sale de la Iglesia y va a visitar a una enferma, allí encuentra al anciano sacerdote, que le dice:

Hija mía, es una buena obra cuidar de los enfermos. Ahora huyes de mí, pero algún día te sentirás feliz de poder venir conmigo. Dios tiene sus designios sobre ti. No lo olvides.

Dios tiene designios sobre todos nosotros, pero a veces no escuchamos, Catalina escucha y hace vida esos designios.Aquello no ha sido más que un sueño. Pero es un nuevo impulso para Catalina. Su reino. Su Granja. Se ha convertido en un lugar provisional. Reflexiona. Forja proyectos.

En Moutiers-Sain Jean, donde va a Misa diaria, hay un hos­pital dirigido por las Hijas de la Caridad. Ella las visita

Para ser admitida en las Hermanas es condición necesaria saber leer y escribir. Su falta de instrucción la humilla. ¿Cómo solucionarlo?

Primera estancia en Chatillon

Tiene 18 años. Y Antonia Gontard una prima hermana por parte de su madre, le propone llevársela a Chatillón para que adquiera un poco de instrucción, Dirige allí un pensionado de señoritas conocido en toda la comarca.

Su hermana Tonina, ya tiene 16 años y es lo bastante mayor para asumnir las funciones de ama de casa. Esta es cómplice de su hermana y, aunque su padre tiene miedo a perder a Catalina, acaba cediendo.

En Chatillon tiene la dicha de poder asistir fácilmente a misa: hay una iglesia, con el Santísimo Sacramento, y un sacerdote a su disposición. Se trata del abate Gailhar, arcipreste, un anciano de ochenta años. Se atreve a confiarle su sueño. El sacerdote conoce mucho a las Hijas de la Caridad. Le impresiona la des­cripción del anciano: con barbas, el solideo negro, el servicio a los pobres.

Hija mía, me parece que ese sacerdote no era otro más que san Vicente.

Poco después Catalina acude acompañada de una prima suya a la casa de las hermanas, en la calle de la Judería. En el locutorio, una sorpresa. El retrato que ve allí representa al sacerdote que había visto en sus sueños.

¡Pero si es nuestro padre San Vente de Paúl! le explican las hermanas.

La decisión de Catalina está ya tomada. Pero ¿qué hacer? La entrada en el postulantado exigiría el permiso de su padre. Y no podía pensar en ello, ¿esperar? Catalina tiene prisa y le faltan todavía dos años y medio para alcanzar la mayoría de edad. Regresa de nuevo a su casa. Nada se ha perdido, ya es capaz de firmar con mano segura.

Su vocación le acosa. Llega finalmente el 2 de mayo de 1827. Ha cumplido 21 años. Expone su decisión. Su padre la rechaza encolerizado. Ya le ha dado a Dios una hija y no le dará otra más. Con la intención de disuadirla, la envía junto a su hermano Car­los que se había quedado viudo, y necesita ayuda.

Para ella esta decisión supone una nueva herida sobre la que ya tiene. Después del rechazo de su vocación, el despido de su padre, la ruptura de unos lazos que representan mucho para ella.

Segunda estancia en Chátillon

Catalina volvió a aquel pensionado que le gustaba tan poco, pero frecuenta cada vez más a las Hijas de la Caridad.

No será hasta el 22 de enero de 1830 cuando Catalina comien­ce su postulantado en Chatillon. Allí empezara a conocer la miseria y el servicio a los pobres.

Llegada al seminario en París

El miércoles, 21 de abril de 1830, llega Catalina a París. Reconciliada con su padre y abierta de par en par la casa de san Vicente.

Los obstáculos se han venido abajo, lo mismo que las mu­rallas de Jericó. Harta de dificultades, Catalina saborea, a pesar de la fatiga, la victoria prometida a la fe que transporta las montañas.La joven granjera que antaño tenía que disputar el tiempo para rezar en una vida agobiada y sin ocio, saborea ahora las vacaciones del espíritu y del corazón, ya que es Dios y la oración los que ocupan el primer lugar.

Apenas llegar recibe una noticia que viene a colmar sus deseos: las reliquias de san Vicente van a ser solemnemente trasladadas desde Notre-Dame a San Lázaro. Las hermanas del seminario irán en la procesión. San Vicente renueva a sor Cata­lina la señal de que se acerque; y en esta ocasión no se le ocurre retroceder, como había hecho en Fain. Todo su ser se vuelca en esta cita.

Es en este tiempo del seminario cuando ocurren en la vida de Catalina unos hechos extraordinarios, como son las visiones del Corazón de san Vicente, las cuales comunica a su confesor, el padre Aladel, que la contesta

—No escuche esas tentaciones del demonio. Una Hija de la Caridad está hecha para servir a los pobres y no para ponerse a soñar.

Catalina está de acuerdo en lo del servicio. Pero la verdad es que la visión redobla en ella sus fuerzas para amar y servir, una tónica en toda su vida.

Catalina escribirá muchos años después: vi a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento todo el tiempo de mi vida en el seminario, excepto cuando dudaba (es decir, cuando se resistía); entonces, ya no veía nada, porque quería profundizar… dudaba de este misterio y creía que me engañaba.

Una misión para Catalina

El 18 de julio de 1830, víspera de la fiesta de san Vicente, una de las formadoras del seminario da la plática y en ella evoca efusivamente la piedad del santo fundador para con la Virgen María. Catalina bebe sus palabras. Ella ha visto a san Vicente. Ha visto a Nuestro Señor. No ha visto a la santísima Virgen. Y se siente arrastrada por un nuevo impulso. Ver a la Virgen.

Habían hecho un regalo a las novicias, un trocito de la sobre­pelliz que en otros tiempos usara san Vicente. A Catalina se le ocurre una idea loca. Cortar la reliquia en dos trocitos y se la traga, escribiría después:

Me lo tragué y me dormí con la idea de que san Vicente me alcan­zaría la gracia de ver a la Santísima Virgen.

Y esa misma noche fue la primera aparicion de la Santísima Virgen. Hubo dos más, que no voy a relatar, pues es lo que más conocemos de la vida de santa Catalina.

De todas ellas dio cuenta a su confesor el Padre Aladel, quien ve solo ilusión e imaginación primero y desconfianza después. Esta vuelta a las apariciones es mala señal y le dice.

—¡Pura ilusión. Si usted quiere honrar a Nuestra Señor, «Imite sus virtudes» y guárdese de imaginaciones!

Aquí está la clave: Catalina hace de su vida una imitación de María que es sencilla, humilde, caritativa y disponible al plan de Dios.

Elementos de santidad

1. Su amor a los pobres

Como toda buena Hija de la Caridad, Catalina dejó que en la etapa del Seminario su corazón se llenase de sentimientos de cercanía y entrega a los pobres.

Su primer y único destino es el hospicio de Enghien, una resi­dencia de ancianos.

Allí revivirá su etapa en Fain, cuando se hace cargo de la granja. No era solo la familia, sino también los jornaleros a los que había que alimentar y lavar y arreglar la ropa. Pero ahora eran los pobres a los que había que servir. De la cocina al lava­dero, sin dejar el huerto y el establo.

Tenía predisposición pero también aprendió de los bonitos testimonios que recibió de sus hermanas al llegar a su nuevo destino. Cuenta que su primera hermana sirviente en el hospicio sor Savart,

Era una buena anciana, que quería que todos los años los primeros frutos del huerto se ofrecieran a las familias pobres del barrio o a sus buenos ancianos. Las hermanas no podrían probarlos hasta después de ellos.

Según sus compañeras, amaba «sobre todo a los pobres» que eran para ella los miembros doloridos de Jesucristo.

Para con ellos, lo mismo que para con los ancianos, había asimilado espontáneamente aquel consejo de san Vicente:

La verdad es que nunca han sido los designios de Dios al hacer esta Compañía, que sólo cuidarais los cuerpos… La intención del nuestro Señor, es que atendáis también a las almas de los pobres y enfermos.

Era un gozo para ella dar limosnas, dice son Laurel.

Nadie se ha quejado de la acogida que le hacia (dice sor Combes).

A la hora de servir la comida en el asilo, siempre preguntaba ¿es bastante?

Sor Dufes, hermana sirviente dirá de ella: nunca se enfadaba con los ancianos.

Acabó siendo la hermana preferida, pues ninguna otra era tan que­rida como ella, como testimoniará una hermana en su proceso de beatificación.

En este proceso se habla de su gran amor a los pobres. Especialmente se cuenta como acogía a los vagabundos. Siem­pre estaba dispuesta para las tareas más duras: acoger a los que llegan a la puerta o acompañar a los moribundos. Estos solían pedir que fuese sor Catalina quien les ayudase en estos momentos.

En ella los pobres, no sólo encontraron sonsuelo material, sino que aprendieron a mirar a Dios con confianza.

En sus notas espirituales nos muestra ese a amor a los pobres, incluso como garantía de una muerte dulce: María amó a los pobres y una hija de la Caridad que ame a los pobres no tendrá miedo a la muerte. Sentirá un gran sonsuelo por haber servido bien a los pobres. Nunca se ha oído decir que una Hija de la Caridad que haya amado a los pobres, haya sentido terror a la muerte. Al contrario, siempre se las ha visto llenas de los más dulces consuelos, con una muerte tranquila.

2. Sencillez

Su vida es sencilla y transparente.

Su sencillez parecía excesiva.

Es conocida como la Santa del Silencio.

Callar su experiencia de las Visiones y Apariciones y hablar sí pero ¿Cómo? Con su vida de entrega a los pobres.Su forma de Santidad vulgar decepcionaba a muchos.

Humildad

Catalina, aunque responsable del hospicio, no participa en las deliberaciones ni decisiones. Se hace poco caso de su persona. Es solamente la hermana regular, vaquera, hortelana, la criada para todo. Parece algo natural. Y como ella parece contenta, no hay que preocuparse por eso. Le gusta tratar con las jóvenes de la casa, y no crea problemas a nadie.

Siempre se queda con las tareas más bajas y humildes.

Sor Dufés, aunque sabe en secreto que Catalina es la vidente la trata con severidad:

Cinco o seis veces —cuenta sor Cosnard— vi a sor Catalina de rodi­llas ante sor Dufés, que le reprochaba por cosas que no había hecho y de las que no era responsable.

Los reproches era vivos, muy vivos. Sor Catalina, aunque inocente, no se escusaba. Sin embargo, me pareció notar una lucha en su alma. Sus labios se entreabrían como si fuera a hablar. La lucha ter­minaba siempre con el triunfo de la humildad.

Caridad

La acogida que ella dispensaba a las jóvenes principiantes es un tesoro oculto nos cuenta Sor Clavet:

Cuando llegué, me acogió Sor Catalina, fue la primera en abrazarme con mucha cordialidad.

La unidad de la casa debe mucho a aquella acogida que nacía del corazón, a aquellos consejos llenos de experiencia profunda y práctica que daba a las recién llegadas. La nobleza y el pueblo se mezclaban en el servicio a los pobres en una comunidad sin distinción: oración, sonrisas, horas de costuras. Las más inteli­gentes se dan cuenta de la extraña santidad de Catalina.

3. Devoción a la Virgen

A la muerte de su madre, como ya he comentado, Catalina toma a María como su madre.

Catalina pone toda su confianza en la Madre de Jesús. Pode­mos a través de esta joven contemplar sutilmente el misterio silencioso de María de Nazaret.

Catalina después de escuchar una conferencia sobre el Santo Nombre de María, escribirá esta resolución:

Tomarla como modelo al comienzo de todos mis actos. Pensar si María realizó esa acción, cómo y por qué lo hizo, con qué intención. ¡Qué hermoso y consolador es el nombre de María¡

¡Oh María, haz que te ame y no me será difícil imitarte¡ Esta era una de sus oraciones, aparecida en sus escritos.

Todo el mensaje que ha recibido de la Virgen, y que ha comu­nicado a su confesor lo tiene muy presente, siente pena por que no se cumple lo que la Virgen ha pedido.

Movida de ese amor a la Virgen se atreve a replicar a Nues­tra Señora. «EL» no quiere escucharme. «EL» es el padre Aladel.

El es mi servidor, responde aquella voz intima; temería dis­gustarme.

Y se atreve a decir a su confesor:

La Virgen está molesta.

Éste se queda de piedra.

Su insistencia consigue que por fin la Medalla se acuñe en 1832.

4. Fidelidad

Fue fiel a su bautismo. Con una vida de entrega, servicio y amor al prójimo.

A la familia: El amor a su padre.

A su vocación.

Al Mensaje de la Virgen:

No cesó hasta conseguir:

  • Que se acuñara la Medalla.
  • La construcción de la Imagen de la Virgen.
  • La Asociación de las Hijas de María.

Fue por encima de todo, fiel a Dios y a los compromisos de ser Hija de la Caridad.

Conclusión

Catalina muere el 31 de diciembre de 1876.

Esta vida sencilla y transparente habla por sí misma. Hay quien puede pensar que lo admirable de la vida de Catalina son las apariciones, ¿pero acaso no es más admirable su servicio a los pobres, «nuestros amos», como decía sor Catalina siguiendo a san Vicente? Allí es donde aprendió a encontrarse con Jesucris­to en profundidad.

Su secreto, no consiste tanto en haber ocultado su identidad de vidente, sino más bien en la admirable articulación que supo establecer entre el esplendor de las apariciones y la humildad de su servicio a los ancianos del hospicio, los pobres del barrio por quienes sintió una especial predilección, y todos los afligidos, los apenados, los marginados, los de temperamento difícil. Fue para todos ellos un verdadero refugio. Todos ellos fueron sus predilectos.

Entregó generosamente su trabajo, sus vigilias, su afecto, todo lo que tenía, no dejando casi nada en la hora de su muerte, de forma que resultó difícil poder «regalar recuerdos», a no ser sus gafas y sus vestidos.No tenía ningún complejo. Se atrevía a hablar de Dios con todas las personas a las que socorría. Darles el pan y darles a Dios, dar a Nuestros Señor y dar su propio afecto a los que sufrían, todo ello iba a la par, todo brotaba del mismo corazón.

En ella, el amanecer del siglo xIx, el Espíritu Santo empezó a formar para los nuevos tiempos un nuevo tipo de santidad, reen­contrado en las fuentes mismas del evangelio: una santidad sin esplendor y sin ningún tipo de triunfos humanos.

La trataron de ignorante, de necia y de ingenua. En ella no había otra cosa más que amor presente y eficaz. Toda y solo de Dios y por él toda para todos los hombres. Tal es la alianza de ese doble amor en un solo amor, de las visiones y del servicio que es el secreto de Catalina.

Vivió todos estos dones celestiales en medio de la prueba aunque se mostraba siempre valiente. Su misión, recibida de Nuestra Señora, tropezó con una oposición constante que ella llamaba sin exageración alguna su «martirio», ya que se sentía desgarrada entre la autoridad de su confesor y la luz de Dios que le impulsaba. Y superó este «tormento», no ya por su voluntaris­mo, sino recurriendo a las fuentes profundas de su naturaleza y de la gracia, que había sido invitada a buscar al pie del altar en la capilla de la calle del Bac

La vida de Catalina, sin énfasis ni romanticismos, estaba mar­cada ante todo por la sencillez misma, esa virtud que san Vicen­te colocaba en primer plano del espíritu evangélico y que definía como mirada de Dios. Sí, Catalina supo verlo todo en Dios, asu­mirlo todo en él, Dios en todo y todo en Dios. Y también Todo para Dios.

Esa fue su santidad: una hermosa imagen del mismo evan­gelio.

Reflexión final

Leyendo la Vida de Sta. Catalina de René Laurentin, he des­cubierto a una santa muy actual, un modelo a seguir hoy, y como miembro de la A.M.M., como se dijo en la Asamblea de la A.M.M., celebrada en esta misma casa en junio de este año, la A.M.M. es un camino de salvación al igual que fue la vida de Catalina:

Vida de Eucaristía y Sagrario. Venid al pie de este altar.

Una verdadera devoción a María.

Fidelidad a nuestra vocación, ya sea en la vida consagrada como en la familia.

Servicio a los hermanos, especialmente a los más necesitados.

Me gustaría, haber podido transmitir algo de lo que he apren­dido de santa Catalina y agradezco profundamente, el que me hicieran la proposición de esta comunicación, ya que al preparar­la me he encontrado con una persona que me ha impresionado profundamente y que estoy segura me ayudara a ser mejor.Y un miembro mas comprometido dentro de la Familia Vicenciana y en especial en la AMM.

Fuentes

Vida de Sta. Cataina Laboure. De René Laurentin

Ecos de la Compañía 2005 y 2006.

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