Santiago Masarnau (última parte)

Francisco Javier Fernández ChentoSantiago MasarnauLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Juan Carlos Flores Auñón .
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VI. El restablecimiento de las Conferencias (1875)

Con la restauración de los Borbones en el trono de España en la persona de D. Alfonso XII, la Sociedad vuelve plenamente a la escena pública. Ya señalábamos que algunas Conferencias con­tinuaron funcionando en la clandestinidad, variando el lugar de su reunión habitual, por lo general lo hacían en el domicilio de alguno de sus socios y cambiando el nombre de Conferencias por el de Se­cciones, la de Masarnau lo hacía en casa de Pedro Madrazo. Desde 1872 se reunían en Madrid doce Conferencias, lo que suponía una pequeña parte de lo que existía antes de la supresión.

Cuando se restableció legalmente la Sociedad, se recuperó todo lo incautado menos el dinero, 14.000 reales, y la sede se estableció en la calle Atocha, se comenzaron a celebrar las Juntas Generales y volvió a publicarse el Boletín. D. Santiago se volcó en la reorganización de la Sociedad, pero era ya un hombre de 70 años, además en 1879 reci­bió un duro golpe con la muerte de su hermano Vicente, que tan uni­do había estado a él, hecho que le afectó sensiblemente.

La salud de D. Santiago fue cada vez más frágil, el Boletín nos da no­ticia de sus cada vez más frecuentes ausencias de las Juntas Generales, el mismo había dicho: «La Sociedad sigue creciendo y yo, es claro, no lo siento; pero cada día me da más que hacer y, aunque algunos socios me ayudan (Dios se lo pague), ninguno se acerca a sustituirme, como con­vendría para los casos de ausencia, enfermedad o muerte que necesa­riamente se han de ofrecer, y así vamos hasta que la cuerda se rompa». Viéndose en un estado de postración importante que le impedía desempeñar el cargo de Presidente, convocó, con carácter extraor­dinario el Consejo superior, el 1 de junio de 1882, en su casa de la Calle Cedaceros 11 y, con gran sentimiento de todos presentó su di­misión o renuncia irrevocable, quedando al frente del consejo Su­perior, interinamente, los Vicepresidentes: D. Vicente de la Fuente y D. Marino Boch.

En esos momentos la Sociedad ofrecía el siguiente balance: 291 Conferencias, 5.194 socios activos, unos 2.900 entre socios de ho­nor y honorarios, 4718 suscriptores, 6.246 familias adoptadas, 1.337 niños instruidos, etc. y 2.220.436 reales de ingreso.

D. Santiago, según el Reglamento, propuso para sucederle a: D. José W Solano, Marqués de Socorro, quien renunció por con­siderarse sin las condiciones necesarias para el cargo; como tam­bién renunciaron, tras las sucesivas votaciones: D. José 1N/P Ante­quera, y otros cuatro candidatos. Tal situación se prolongó durante cinco meses, por lo que intervino el Presidente General de la Sociedad urgiendo la elección, la cual por fin se produjo el 13 de noviembre de 1882, recayendo en D. Luis María de Tapia y Parrella, que había in­gresado en la Sociedad con 20 años, en mayo de 1853, y que era, desde el restablecimiento de la So­ciedad, Vocal del Consejo Supe­rior, y permaneció en el cargo has­ta su muerte el 2 de octubre de 1909.

VII. Las virtudes relevantes de D. Santiago

Una semblanza biográfica de estas características, quedaría incompleta sin una descripción, aunque sea muy somera, de las virtudes practicadas por un cristiano al que se quiere proponer co­mo modelo y ejemplo a imitar.

De las biografías que disponemos sobre Santiago Masarnau nin­guna mejor que la de José Mª Quadrado para darnos a conocer co­mo la gracia divina se manifestó, en gestos y acciones, en nuestro personaje. Ya que este autor dispuso de testimonios, orales y escri­tos, de primera mano.

Aunque el lector se encuentre unas largas transcripciones de pá­rrafos de otros autores, he considerado, que en un tema tan deli­cado como el de dar a conocer el grado de virtud de una persona que murió hace más de cien años, esto se conseguiría al presentar­lo con el lenguaje fresco y característico de la época, recogidos en estos sencillos pero hermosos testimonios.

Hay que hacer notar, que para facilitar su lectura, he introdu­cido algunos epígrafes que clasifican y aclaran algunas de las vir­tudes practicadas por D. Santiago, y se han modificado algunas ex­presiones y signos de puntuación.

VII.1. Expresión de su vida de fe.

Su devoción era fervorosísima, oía todos los días misa, arrodi­llado y con profundo recogimiento, para cargar, como él decía, la escopeta, es decir, para recobrar bríos y fortaleza a fin de preser­var su alma de todo peligro, a la vez que de ejercitar virtudes y ac­tos de caridad. Comulgaba domingos y jueves, y asistía al celestial banquete con la característica corbata blanca atada por detrás, costumbre que sin duda había tomado de su estancia en el extran­jero. Y es muy de notar que el Señor parece quiso premiar esta co­munión del jueves, día consagrado al Santísimo Sacramento, ter­minando su larga vida con una dichosa muerte en el mismo día de la semana. Tanto amaba la Eucaristía, que hizo imprimir la tra­ducción del precioso libro «La Comunión es mi vida» y el opúsculo sobre La Comunión frecuente de Fenelón. Que su afecto a la Santísima Virgen era tiernísimo, lo dicen sus bellísimas composiciones musicales dedicadas a la Señora, su ora­ción por muchos años repetida al empezar y al concluir sus traba­jos diarios en la Colmena’ ante una pequeña estampa que allí ha­bía y las no menos frecuentes a la hermosa imagen que tenía en su alcoba, y que según dijo al autor de estos apuntes, había converti­do a una señora protestante.

VII.2. Práctica de la pobreza evangélica, modestia y humildad.

Su desasimiento era tal que tenía hecho como una especie de vo­to de pobreza: decía que así como los pobres no podrían permitir­se caprichos, compra de objetos innecesarios y pequeñas dulzuras o regalos, él hacia otro tanto, y en esto escrupulizaba muchísimo, pues llevaba exactos apuntes de sus ingresos y gastos, haciendo sus balances diario y mensual. Compadecía a los ricos, no sólo por lo que de ellos refiere el Evangelio, sino porque o los explotaban los malos, decía, o los buenos huían de su amistad para que no se interpretara por afición a su dinero. A la lotería aseguraba no ju­garía nunca, aunque supiese de cierto que le había de caer en suer­te el premio gordo. Y sin embargo la riqueza se presentó a ofre­cerle sus dones por boca de un amigo, a quien visitó en el lecho de muerte, brindándole en muestra de gratitud y afecto con una con­siderable suma de dinero que tenía guardada debajo de los ladri­llos de su habitación: no la aceptó y entrególa a los herederos del finado. La considerable herencia de su hermano fue para él una pesada carga, que administró para los pobres durante su vida y les legó a su fallecimiento.

No quería que le deseasen larga vida, porque la consideraba siempre llena de dolores y miserias; y aunque agradecía la buena intención, rectificaba al punto las ideas, demostrando su buen cri­terio espiritual en esta materia. Era serio a la vez que cariñoso en las expansiones de la amistad, en que a veces desahogaba la ter­nura de su corazón, pues aunque lo trataba de ocultar era vehe­mentísimo en sus afectos. En el vestir, en su sistema de vida, en su trato, fue siempre modesto y humilde, no obstante su gran ilustra­ción y talento; y poseído del espíritu de sencillez de nuestro regla­mento, no consentía que la Sociedad de San Vicente celebrase con pompa sus solemnidades hasta el punto de no permitir que se can­tase una misa para la cual se le habían ofrecido con insistencia diez mil reales de limosna.

VII.3. Práctica de la caridad.

Sin lugar a dudas podemos afirmar que consagró la mayor par­te de su vida al ejercicio de la caridad, por ello no es fácil conden­sar en breves renglones las obras de caridad practicadas asidua­mente durante casi medio siglo con socios y con extraños, con pobres y con ricos. A éstos no sólo favorecía con su discreta y fina manera de tratarles, sino con ocasiones que les procuraba de ha­cerse mejores y de salvar sus almas solicitando su concurso para protección de la infancia en los asilos o en extraordinarios e im­previstos casos que le presentaban su consumada experiencia y sus incesantes esfuerzos, sugiriéndole la creación de la caja de San Jo­sé. Los socios que se le acercaban y le comunicaban sus penas, o pedían el valioso auxilio de sus consejos en circunstancias difíciles, eran remediados, y Dios bendecía visiblemente sus resoluciones con éxito satisfactorio. ¿Y qué diremos de los portentos de abnega­ción y de sacrificio que con los pobres obraba? Subir a pesar de sus muchos años con increíble perseverancia escaleras de cinco y seis pisos, en que contrajo tal vez el padecimiento a que finalmente su­cumbió, prodigar socorros y consuelos, pegar su boca a los oídos de los moribundos para infundirles resignación y aliento, reconci­liar matrimonios desavenidos aún con exposición de su vida, tales fueron hasta el fin sus ordinarias tareas de cada semana, y por largas temporadas de cada día. En los niños empero tenía puestas sus complacencias, a semejanza del Divino Maestro: jugaba con ellos, haciáles cosquillas, los cubría de besos y les compraba dul­ces, cuando los visitaba en los asilos. Con los de los barrios bajos se paraba, aun sin conocerles, decíales alguna palabrilla y gozaba en su sorpresa, y si alguno, que era raro, no correspondía de buen talante, le desarmaba con su mansedumbre.

En la visita a los pobres empleaba los más exquisitos miramien­tos de atención y cortesía. Quitábase el sombrero al entrar, dando ejemplo al compañero; y en esto sólo conoció desde luego que eran socios de San Vicente una mujer, acostumbrada a distintos moda­les por parte de otros distribuidores de limosnas. Y reconvenida de falta de verdad una muchacha, quien había asegurado que desde su mudanza de domicilio había dejado de ser visitada la familia, ésta replicó con aguda sencillez: Es cierto, si, que todas las sema­nas van a casa unos señores y nos dejan unos bonos, pero no nos visitan.

Era D. Santiago cuidadoso hasta el extremo en utilizar el tiem­po y el dinero en lo que a si mismo se refería. En cambio era pródigo de ambos con los necesitados, y el voto de pobreza que se ha­bía impuesto le permitía consagrar casi todo su dinero, del que se reservaba bien escasa parte, a socorrer con generosa mano el in­fortunio, sin que respeto ni consideración humanos le arredrasen, y menos aún los males físicos que a veces le aquejaban, y soporta­ba sin exhalar la menor queja.

Se le vio atravesar Madrid un día en que asolaba las calles mortífero fuego del combate para llevar el pan a una infeliz que, sin él, hubiera perecido de hambre, dejándola absorta al verle en­trar en el obscuro rincón que habitaba; así, otra vez, al llegar a una miserable buhardilla en que había fallecido un pobre que él so­corría, y encontrarse que los sepultureros se negaban, por un pre­texto nada loable, a descender el cadáver, a pesar de las súplicas de la desolada viuda, que les hacía ver su extremada pobreza, se le vió tomar a cuestas de aquél, en unión del que le acompañaba, y entregarlo al pie de la escalera a los enterradores, que, mudos de asombro y avergonzados, le seguían.

En otra ocasión, en lo más crudo del invierno, y cuando los que le rodeaban veían con sorpresa que andaba a cuerpo, con una le­vita que bien escaso abrigo podría prestarle, algunos de ellos fue­ron a socorrer a un anciano que se moría de frío en una obscura y húmeda habitación, y le encontraron lleno de contento, arrebuja­do en una capa que, al decir de él, le había llevado «ese viejecito que la Sociedad de San Vicente tiene para repartir ropas;» y el vie­jecito no había sido otro que D. Santiago, ni la capa otra que la su­ya lo cual hizo decir a uno de sus amigos, en tono de broma, que había hecho más que San Martín, pues éste partió la capa con un pobre, y aquél se la había dado toda entera. El suceso corrió, bien contra la voluntad del actor principal de la escena, y hubo de lle­gar a oídos de su hermano, quien le compró otro abrigo igual, y aún le amonestó que le usara y conservara, dando lugar a que aquél dijera con tono jovial cuando se le hablaba de la nueva pren­da: «¿Qué quieren ustedes? Me la han dado de limosna.» En una palabra, y para no multiplicar ejemplos, el hombre de que hablo fue un asceta en el siglo en que vivimos, y un bienhechor de la hu­manidad.

VII.4. Amor a la verdad.

Terminaré, para completar el cuadro, con dos rasgos notables de la rígida aversión que profesaba D. Santiago, así a la mentira sólo por serlo, aun la más inofensiva, como a las diversiones filan­trópicas empleadas por el mundo para hacer caridad. Refería to­cante al primer punto su familiar amigo D. Juan Antonio de la To­rre, que deseoso un aprovechado alumno del colegio Masarnau de acreditar que en él había cursado historia universal mediante una certificación del vicerrector, y resistiéndose éste a darla por carecer de exactitud el hecho, se empeñó en obtenerla sin perjuicio de pa­sar antes por severo examen. Instó con vehementes súplicas el pa­dre del joven; atravesóse con el peso de su común amistad y res­petable mediación un Obispo que se hallaba en Madrid accidentalmente, visitando al austero profesor; la respuesta de és­te fue la misma de siempre, que en conciencia no podía.

—»¡Bah!-dijo el prelado-yo le absuelvo a usted de su escrúpulo.

 Su ilustrísima me permitirá que le diga -repuso D. Santiago- que podrá absolverme de un pecado cometido ya, pero no autori­zarme previamente, ni V.S. Ilma. Ni el mismo Papa, para faltar a un mandamiento de la ley de Dios.»

VII.5. Rasgos de su carácter.

Masarnau tenía una grande humildad, al mismo tiempo que una gran firmeza de carácter; la mortificación unida a un espíri­tu jovial; la más sólida piedad junta con una laboriosidad cons­tante, y una gran libertad de espíritu en consorcio con una gran­de austeridad de vida. De clarísimo talento, de sólida y esmerada instrucción, de felicísimo ingenio, de gran conocimiento del mun­do, a pesar del apartamiento en que vivía, y tan tolerante con las ajenas faltas como severo con las que él creía propias, era, a más, un amigo irreemplazable, un consejero atinado y seguro, y un hombre, en fin, cuyo trato atraía y cautivaba. Ajeno en absoluto a las luchas de la política, de la cual por nada de este mundo quería participase su Sociedad amada, cogióle bien de sorpresa la supre­sión de la misma a raíz de la revolución de 1868, sin que de sus la­bios saliese la menor palabra de queja al ver destruída de un gol­pe la obra de tantos años de continuo trabajo. Asistió con mudo silencio a la incautación de los papeles y fondos de la misma.

VIII. Última enfermedad y muerte

Fue el primero de diciembre de 1882 cuando comenzaron los alarmantes síntomas de la que sería su última enfermedad: sufrió un recio ataque de asma. Pese a ello, el domingo día 3, fue a misa utilizando un carruaje para el des­plazamiento. Pero le fue imposible asistir a la celebración eucarística el día 8, fiesta de la Inmaculada Concepción de María. Tampoco pudo asistir a la reunión general de la Sociedad, la primera que se celebraba con posterioridad a su renuncia. Dos días más tarde, el 10 de diciembre, cumplió su seten­ta y siete aniversario, solo pasaron tres días, para que se cumpliera su natalicio para el cielo.

Para el día 15 estaban citados los consocios y los pobres que fue posible avisar con objeto de dar más solemnidad al Viático, como era costumbre entonces. Es cierto que, dos días antes de su muer­te, tuvo nuevos y fuertes ataques de asma, lo que movió a alguno de sus más íntimos a que adelantara recibir el Viático, hay que seña­lar que durante su enfermedad recibió privadamente la comunión

en varias ocasiones; pero su sentido de la responsabilidad, tan ca­racterístico en él, le impulsó a no hacerlo ya que los consocios y po­bres estaban avisados para el día 15, como ya hemos dicho. Su idea dominante es que estuvieran presentes los pobres en su Viático y entierro.

Media hora antes de morir pudo, a duras penas, hacerse enten­der de uno de los consocios que rodeaban su pobre lecho, cama de colegial dice Vicente de la Fuente en un escrito hecho pocos días después de su santa muerte, para que diese 40 reales a una pobre que había ido a visitarle, es decir, que murió dando limosna, como había vivido, ejerciendo la caridad gran parte de su vida.

Finalmente fue su amigo Cafranga el que le administró la última comunión, después de recibir el sacramento de la reconciliación de manos de P. Angel de San Boal, rector de la iglesia de los capuchinos de San Antonio del Prado, fueron testigos un reducido número de so­cios y pobres que rodeaban, en ese momento, su humilde lecho.

Una vez recibido el «último alimento», su voz se fue apagando lentamente y sus últimas palabras no pudieron ya ser entendidas; a media tarde del día 14 de diciembre, descansó definitivamente en el Señor, aquel que tanto había trabajado por aquellos que son su más fiel figura en la tierra: los pobres.

Dos trajes de paño, de los cuales acababa de estrenar uno de ellos, como era su costumbre, el día de Santa Cecilia, media docena de camisas y otra media de calcetines, fueron las ropas que disponía en el momento de su muerte. También encontraron, sus más íntimos algún instrumento de penitencia entre sus objetos personales.

En su testamento3‘ había dispuesto, además de una clara y ro­tunda declaración de su fe y de numerosas disposiciones caritativas, que una vez producido su fallecimiento sus albaceas dispusie­ran todo lo relativo a su mortaja y entierro. Determinando, eso sí, que se le colocara en el ataúd «con las manos cruzadas sobre el pe­cho», entre ellas se colocó un crucifijo

Asimismo, disponía de que se celebraran sufragios por su alma, pero siempre con «modesta decencia y religiosa compostura y sin otra música que el canto llano», y lo mismo en el entierro, evitan­do «todo lujo y pompas mundanas que no son compatibles con la piedad cristiana».

«La enfermedad avanzó implacable con lento y seguro paso: Masarnau, que años antes, y en lo que él llamaba su «delicioso escondite» del Escorial, había escrito en sus apuntes que «los trabajos que Dios nos envía son el verdadero combustible de la llama del amor divino,» sufría los de su enfermedad con admirable paciencia. Pre­sintiendo su cercano fin, quiso terminar sus días en una casa de San Vicente de Paúl, y al efecto solicitó y obtuvo, por el mes de Octubre último, hospedaje en la que tienen establecida en Chamberí los Padres de la Congregación de la Misión, igno­rando por mi parte los motivos que tuviera para desistir de ello. Entrando Diciem­bre, sus padecimientos se aumentaron y agravaron, y fue preciso indicarle la con­veniencia de que se preparase espiritualmente. Oyó el aviso con la humildad del cristiano y la serenidad del justo, y persuadido de que la muerte, como decía el in­comparable autor de los Comentarios al libro de Job, es «mandamiento de soltura para el alma, que deja estos gusanos que la sirven de grillos y esta ceniza a que es­tá agarrada,», preparóse a ella, dictando y firmando una carta a sus consocios de Madrid para que asistiesen al solemne acto de darle el Viático. Fortalecido su espí­ritu con los Sacramentos de la Iglesia, rodeado de amigos cariñosos que le miraban como padre, como guía y como maestro, entregó su alma a Dios el 14 de diciembre último. Poco tiempo antes de expirar, y cuando ya su mirada era incierta y su len­gua apenas podía articular palabra, viendo postrada al pie de su mezquina cama una pobre, mandó se la diese un socorro. Murió, bien pueda decirse, como había vi­vido, dando limosna.

Vióse desde luego su lecho mortuorio rodeado de esas santas mujeres, las Herma­nas de la Caridad y las Hermanas de la. Esperanza, consuelo y alivio de los enfer­mos, y de acogidas de los asilos, que se apresuraron a rendir homenaje de gratitud al que tanto las había favorecido; rodeado de todas ellas, de pobres a quienes había socorrido, y de fieles amigos que se disputaron la honra de llevar sobre sus hombros el cadáver de aquel héroe de la caridad.

ESPERANZA Y SOLA, o.c. pág. 455 y 456″.

VIII.1 Entierro y sepultura

La noticia de su muerte se difundió rápidamente por Madrid y el resto de España, especialmente entre los miembros de las Conferencias por él fundadas y un gran número de sacerdotes, amigos y seguidores de toda categoría, pobres y necesitados, a los que había manifestado durante tantos años su amor sincero y cercano, de toda edad y sexo; religiosas de distintos institutos (Hijas de la Caridad, Hermanitas de los Pobres, etc.), así como niños y niñas de los establecimientos de la capital acudieron a venerar sus restos, tal fue la afluencia de público que el entie­rro tuvo que retrasarse hasta el día 16, ya que durante tres días la concurrencia fue continua.

A las diez de la mañana de ese día, el cortejo fúnebre salió de la calle Cedaceros, último domicilio de D. Santiago y lugar de su fallecimiento, y por la Puerta del Sol y la calle Mayor, el modesto, pero respetable cortejo, presidido por la cruz parroquial de San Sebastián, acompañado por los mismos que habí­an velado el cadáver, es decir, sacerdotes, socios y pobres, ni­ños y niñas, así como religiosas de vida activa; se dirigieron al Cementerio de la Sacramental de San Justo, en la otra ribera del río Manzanares.

Una vez en el Camposanto, tomaron sobre sus hombros el féretro sus más íntimos amigos y colaboradores, primero lo llevaron a la capilla y luego a la sepultura.

Cumpliendo también en este punto su voluntad testamentaria, fue sepultado en tierra, cubriendo con ella el ataúd los mismos que le habían transportado. Su sepulcro se ubicó en la sepultura n 34 del patio de San Millán.

Una sencilla lápida, de unos 30 cm. sobre el nivel del suelo y con la siguiente inscripción:

R.I.P.
DON SANTIAGO DE MASARNAU

Fundador y primer Presidente de la Sociedad
de San Vicente de Paúl en España.

Falleció en esta Corte el 14 de diciembre de 1882
a los 77 años de edad.

«Beatus qui intelligit super e genum et pauperem»
Salmo 40.2

VIII.2. Exhumación y traslado de sus restos al Templo de las Conferencias

La sencilla sepultura de D. Santiago se encontraba en un buen estado de conservación, únicamente la primera lápida, que tenía las letras de la inscripción de plomo, con el paso del tiempo se ha­bían ido deteriorando, por lo que, sin saber exactamente el mo­mento, se había superpuesto otra semejante y con la misma ins­cripción, pero con letras incisas, esta última es la que, en la actualidad, cubre su sepulcro en la capilla funeraria construida a la entrada del Templo de las Conferencias de España.

En 1996, surge la idea de trasladar los restos mortales de D. Santiago Masarnau, al templo de las Conferencias de San Vicente de Paúl (hoy también Parroquia de San Roberto Belarmino, C/ Ve­rónica, 11 en Madrid).

En la mañana del 13 de mayo de ese año, en presencia del Pre­sidente Nacional de la Sociedad en España, del Canciller del Arzo­bispado de Madrid, de un notario y de varios médicos especializa­dos en medicina forense, así como de algunos socios, se procedió a la exhumación del cadáver.

Corrida la lápida y retirada la tierra, casi dos metros de «arena de miga», muy característica del subsuelo madrileño, se encontraron los restos del ataúd, de cinc y madera, muy deteriorados por el paso del tiempo, y entre ellos algunos restos óseos así como parte de su morta­ja, la documentación conservada no dejaba ningún tipo de dudas, ya que era el único enterramiento existente en la sepultura.

Trasladados a la capilla del cementerio y ante los testigos antes citados se procedió por los médicos a un minucioso reconocimien­to, que quedó registrado en distintos y oficiales documentos. Di­chos restos se guardaron, envueltos en un lienzo de lino, en una pe­queña arca que fue debidamente precintada por el Sr. Canciller del Arzobispado de Madrid.

Dicha arca, junto con otra semejante que contenía los restos de los vestidos y calzado con los que amortajaron a D. Santiago, se deposita­ron en un arcón de madera de nogal, construida a tal efecto por dos de los acogidos en la Casa de Nuestra Señora del Amparo, obra social fun­dada y sostenida por la Sociedad de San Vicente de Paúl en Madrid.

En la tarde del 1 de junio de 1996, la Sociedad de San Vicen­te de Paúl en España, vivía un hecho realmente entrañable en sus casi 150 años de historia. El marco: el Templo de la Sociedad, allí se reunían un nutrido grupo de vicentinos, así como otros miembros de la Familia Vicenciana, amigos, simpatizantes y fie­les. El motivo: los restos de Santiago Masarnau Fernández iban a ser inhumados de nuevo en una sepultura, construida, en la an­tesala del Templo.

Una misa de Acción de Gracias, concelebrada por 14 sacerdotes, centraba el acto. Antes de comenzar la celebración eucarística, el arca de nogal que contenía los restos de D. Santiago, recorrió el pasillo central del templo, transportada por seis vicentinos – se revivía, de esta manera, la escena de su entierro, 114 años antes, cuando otros consocios llevaron su ataúd hasta su sepultura en el cementerio de la Sacramental de San Justo, aquellos tuvieron el privilegio de conocerle y tratarle, estos son continuadores de la obra por él iniciada-, mientras sonaba la «Marcha fúnebre de la Sonata Opus 35» de Chopín, antiguo amigo de D. Santiago como ya vimos, interpretada por otro de los acogidos de la obra social antes citada. El arca fue colocada al pie del altar, especialmente adornado para ese acto.

Comenzaba la celebración eucarística, que presidía el P. Euti­quio García Porras, Visitador de la Congregación de la Misión (P. Paules), que en la homilía dijo, entre otras cosas, «…En esta Eu­caristía en honor de la Santísima Trinidad, damos gracias a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo por hacérsenos cercano a través de mediaciones humanas. En otros tiempos Dios se sirvió de Moisés, de los Profetas, de su propio Hijo. Hoy Dios se nos hace cercano y presente de un modo especial en los Santos, en aquellos que más se han parecido a El por haber vivido de su palabra.

D. Santiago es uno de ellos. Su ejemplo de santidad sigue sien­do un fuerte estímulo para sus seguidores en las Conferencias de San Vicente de Paúl.

Aunque no ha sido todavía oficialmente reconocido por la Igle­sia como santo, no podemos dudar de que lo es. La práctica de la caridad y de las obras de misericordia son camino seguro de san­tidad según el Evangelio…».

Una vez finalizada la Santa Misa, se organizó una procesión con los restos del Siervo de Dios y se procedió a la inhumación. Junto al arca fueron depositados, en dos tubos apropiados, una serie de documentos  y objetos que daban fe, presente y futura, de los acontecimientos vivi­dos entre el 13 de mayo y el 1 de Junio de 1996.

Sellada la nueva sepultura, ésta se cubrió con la misma lápida que durante años había guardado los restos del Siervo de Dios. Un crucifijo, traído expresamente de Roma, como símbolo de la unión y fidelidad de D. Santiago a la Iglesia, preside ésta última morada del que fue Fundador y primer Presidente de la Sociedad de San Vicente de Paúl de España.

 

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