Santiago Masarnau (sobre el objeto de la Sociedad)

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JUNTA GENERAL CELEBRADA EN MADRID EL 8 DICIEMBRE 1861.

En seguida el Sr. Presidente del Consejo superior dio gracias en nombre de sus consocios al Ilimo. Sr. D. Manuel Obesso, que tenía la bondad de presidirnos, por el favor que nos dispensaba en el neto con su asistencia, y los que continuamente nos está dispensando. — Manifestó igualmente que tenía encargo del Emmo. Sr. Arzobispo de Toledo de hacer presente a la Junta su particular afecto, y que siempre está dispuesto a dispensar a la Sociedad su apoyo y protección: que el Excmo. Sr. Obispo de Jaén había tenido la bondad de hacer presente que le era sensible no poder asistir a la reunión a causa de una ocupación que tenía a la misma hora; y en fin, que los Excmos. Sres. Nuncio de Su Santidad y Arzobispo Claret acababan de mandar aviso de que no podían asistir: notando que estas atenciones de parte de personas de tan elevado carácter hacia nosotros, que en todos conceptos tan poco valemos y merecemos, deben excitar nuestra más viva gratitud.

A continuación, obtenida la venia del Ilimo. Sr. Obesso, leyó el siguiente discurso:

Ilimo. Señor; Señores miembros de honor: queridos hermanos en Jesucristo:

«Obligado como lo está el Consejo superior a vigilar de continuo por la conservación del verdadero espíritu, del espíritu primitivo de nuestra humilde Sociedad, no puede menos de aprovechar las ocasiones que se le ofrecen para dar a conocer el resultado de sus observaciones constantes, y sobre todo, advertir los peligros que descubre, y que más o menos amenazan desviarnos de la recta senda que debemos seguir, sin apartarnos un ápice de ella ni a un lado ni a otro.

Por eso esta noche, contando con la bondad de todos los presentes, me propongo señalar a su atención, en nombre de dicho Consejo superior, una tendencia equivocada, torcida, que de un tiempo a esta parle se nota en muchas de las Conferencias de España, y, cosa de advertir, más todavía en las modernas, en las nuevamente organizadas, que en las que llevan algunos años de funcionar.

Esta tendencia ha producido ya y está produciendo resultados que, si bien en la apariencia son insignificantes, en la realidad están muy lejos de serlo; y que si no se atajan del único modo posible, que es cortando la raíz de que brotan, a saber, la falta de inteligencia de una de nuestras principales bases de organización que los ha producido, no sabemos hasta qué extremo pudieran conducirnos, Justo será, pues, que hablemos aquí de esto, y que recomendemos todo lo posible a los que nos oyen y a los que nos lean la importancia de fijar bien la atención sobre el punto.

El objeto de nuestra Sociedad es, como todos debemos saber, puramente espiritual. Nos hemos reunido, dice el Reglamento en una de sus primeras páginas, por un impulso de piedad cristiana, y por eso «o buscamos las reglas de nuestra conducta en otra parle más que en el espíritu de la religión, en los ejemplos y palabras de Nuestro Señor Jesucristo, en la doctrina de la Iglesia, y en la vida de los santos: por eso nos hemos puesto desde un principio bajo el patrocinio de la Santísima Virgen y de San Vicente de Paúl, consagrándoles un culto particular, y esmerándonos en seguir tus huellas. Y pocas líneas después, viniendo al verdadero objeto de la Conferencia que luego se convirtió en Sociedad, dice: El fin de la Conferencia es: 1º Observar los socios una vida cristiana, ayudándose mutuamente con sus ejemplos y consejos; 2. visitar a los pobres, llevándolos socorros en especies, y consolándolos piadosamente, etc,

Si estas palabras, amados hermanos en Jesucristo, que todos hemos leído, acaso muchas veces, hubiesen sido meditadas una sola por cada uno de nosotros, imposible fuera que la tendencia equivocada que se advierte hoy en un gran número de nuestras Conferencias hubiera aparecido, pues que dimana solo de no entender el verdadero objeto de nuestra humilde Sociedad, tan claramente expresado por ellas. Con efecto, Señores, ¿para qué nos hemos reunido? ¿Qué hemos venido a buscar aquí? Natural es que el que sufre busque alivio a sus dolencias. Todos las padecemos físicas y morales. Pero ¿es el alivio do las dolencias físicas el que tratamos de hallar y procurar en esta Sociedad, o es el alivio de las dolencias morales? Conviene que lo consideremos despacio, porque si no, mal podremos, ni llenar nuestros deberes en la Sociedad, ni aun comprender su organización. Esta, consignada en el reglamento al cabo de años de práctica, de observaciones, de consultas, etc., y que ha resultado tan sencilla como acertada en el concepto de los muchos varones ilustres por su virtud y ciencia que la han tributado los mayores elogios, sería (no vacilamos en decirlo), sería enteramente disparatada si la Sociedad se propusiera, como lo entienden muchos por equivocación, el bien temporal de sus asociados y de sus pobres, el alivio de las necesidades físicas, en una palabra, la limosna material, no la espiritual; la filantropía, no la caridad.

Para verlo claramente examinemos con un poco de atención sus principales bases. La limosna material exige recursos materiales; y ¿con qué recursos materiales contamos según nuestra organización? Si bien se mira, se advertirá que no contamos con nada, absolutamente nada que pueda llamarse recurso lijo y determinado; pues el principal, el único acaso en la mayor parte de nuestras Conferencias, quo es la colecta secreta, ¿qué tiene de seguro? Dejado el socio, como lo está, en plena libertad para dar poco, mucho o nada, con seguridad de que no se ha de saber lo que ha dado, y ni aun si ha dado, ¿qué certidumbre podemos tener en este recurso? Algunas Conferencias reciben donativos; otras tienen suscritores; los socios honorarios, no los de honor (cuidado, Señores, con no confundir dos ciases tan diferentes para nosotros, aunque semejantes en su denominación), los socios honorarios se comprometen a dar algo, lo que quieren, con más o menos regularidad; pero todo esto ya se ve que es muy incierto, que por lo común debe ser escaso, y sobre todo que no ofrece la seguridad necesaria para recursos destinados al alivio de necesidades grandes y constantes. Y sin embargo, no tenemos más en punto a medios materiales, y con estos hemos vivido hasta aquí, gracias a Dios, bastante bien, sin acudir a otros muchos arbitrios autorizados por la práctica de asociaciones superiores a la nuestra, y cuyos resultados no desconocemos. ¿Qué significa esto? ¿Qué es lo que prueba claramente?

Por otra parte, la santa amistad que nos profesamos, y que tan superior hallamos a las amistades ordinarias del mundo, lejos de autorizarnos el reglamento para valernos de ella con el fin de adelantar en nuestros negocios temporales, en nuestros intereses, en nuestra posición social, etc., nos previene expresamente que no lo hagamos  en ningún caso: que nuestro afecto, este santo cariño que nace y crece en el seno de nuestras Conferencias, tiende a objeto más a alto, muy supe­rior a todos los intereses de la tierra, como que es nada menos que el logro del cielo, y que sería desvirtuarle, corromperle en algún modo, hacer de él otro uso.

Por otra parte también, esta separación absoluta en que se esta­bleció la Sociedad desde su origen, de toda mira, de toda tendencia y hasta de la sombra de toda aspiración política; separación cuya importancia suma para nosotros no comprenden algunos, y otros no quieren comprender (Dios se lo perdone); separación determinada, no a la ligera o por capricho de nuestros jóvenes fundadores, sino basada en aquellas palabras de nuestro San Vicente: «los que se quie decir ministros de la caridad no deben ni aun hablar entre sí de los intereses de la tierra, que traen divididas a las potencias del mundo, recomendada luego por nuestro primer Presidente general en su circular de 11 de junio de 1844, que dice, hablando de ella, que desde el principio la hemos adoptado con particular esmero, y que en ella están resumidos para nosotros todos los esfuerzos del pasado »y todos los intereses del futuro; vuelta a recomendar por el segun­do Presidente general en su circular de 15 de agosto del mismo año, que dice, hablando de la política: «mientras la misericordia de Dios mantenga lejos de nosotros a este incesante foco de discordia, la »Sociedad prosperará y los pobres la bendecirán, el día que, por el contrario, le fuese dado a la política hacer oir uno solo de sus acentos entre nosotros, el pedazo de pan que damos al pobre se convertiría en piedra, y la Sociedad se destruiría; recomendada, en fin, por el tercero y actual Presidente general en iguales términos en varias de sus circulares; esta separación absoluta de toda mira política, tan fundada y recomendada en nuestras reglas, ¿qué es lo que está probando con evidencia?

Pero volvamos a la tendencia equivocada de que estábamos ha­blando, y que no es ni se parece a tendencia política.

Decimos: una Sociedad en cuyo reglamento nada hay consignado para asegurarle recurso alguno material, para proporcionar a sus socios ventaja alguna mundana, para que en ningún caso ni tiempo pueda ejercer influencia alguna política, ¿podrá tener por objeto el bien material de sus socios y de las familias pobres que adopte? ¿No se ve claro que su objeto principal no está en el cuerpo, en la materia, en la tierra, sino que es el alma, el espíritu, el cielo? ¿No es evi­dente que su organización, aprobada por la Santa Sede, colmada de indulgencias y de elogios por tantos y tan eminentes Prelados, sería del todo equivocada si el objeto de la Sociedad fuera de este mundo? Pues bien, a pesar de todo eso, no solo se desconoce fuera de la Sociedad su verdadero fin y objeto (lo que no debemos extrañar ni aun sentir); sino que en el seno mismo de ella, en muchas de sus Con­ferencias, se aplica toda la atención a la parte material, a la accesoria; resultando de aquí forzosamente el descuido de la parte espiritual, de la principal, y otros varios inconvenientes de más o me­nos trascendencia. Así, v. gr., se desea sobre todo dar mucho a las familias adoptadas, y no se repara que en este deseo puede tener tanta o mayor parte la vanidad o la propia satisfacción como la verdadera caridad. Se teme que falten recursos, y no se advierte que este temor puede acaso dimanar mas bien de falta de fe y de confianza que de verdadero amor al pobre.—Se piensa demasiado en la adquisición y destino de la limosna material, y no se piensa bas­tante en la importancia infinitamente superior de la limosna espiri­tual; y estos deseos, estos temores y estos pensamientos vanos en­torpecen con frecuencia la buena marcha de las Conferencias , y las privan a veces de mucha parte de su carácter primitivo, ese carácter sencillo, humilde y confiado, que con el mayor esmero debed siempre conservar, y conforme al cual todo entre nosotros se puede enten­der y explicar. Así, por ejemplo, si un socio, por ignorancia u otra causa, pregunta: ¿de dónde nos han de venir los recursos? Se le responde sencillamente: “de donde nos han venido siempre; esto es, de la misericordia de Dios por medio de nuestra organización…—Y ¿si nos faltan?—Los pedimos a Dios y a nuestra organización, que hasta ahora nunca ha dejado de proporcionárnoslos. —Y ¿qué destino se da a los ingresos?— El consignado en la cuenta que todos los años se imprime en el Boletín. —Y ¡qué cantidades se remiten al extranjero!: —Ninguna Conferencia de España remite poco ni mucho al extranjero. El Consejo superior, al cabo de siete años de oca­sionar gastos al general, no solo ya los ordinarios de la correspon­dencia, sino otros muchos de impresos, hojas de agregación, cua­dros estadísticos, etc., que intentó pagar sin que se accediese a ello, creyó deber destinar mil francos anuales como donativo compensación de los gastos, cada vez mayores, que ocasionaba el general; y así se verificó desde entonces, con mucho agradecimiento de  este y no sin sorpresa el primer año, pues nada esperaba, nada pedía, y nada absolutamente había recibido en los siete años an­teriores, durante los cuales diferentes veces ofreció sus auxilios y aun remitió algún donativo.—Y ¿cómo se mantiene la caja del Consejo superior de España? —Con los donativos que recibe de bienhechores y de los Consejos particulares, las colectas de las cuatro Jun­tas generales que se celebran en Madrid, el producto del Boletin y sus demás publicaciones, y la décima de las colectas ordinarias, que la ceden la mayor parte de las Conferencias de España establecidas en pueblos en que no hay Consejo particular, voluntariamente, pues no tienen obligación alguna de hacerlo así: pero es de notar que esta caja socorre a los Consejos particulares y a todas las Conferencias necesitadas, y que hasta ahora siempre ha superado en mucho, en seis mil duros algún año, lo que ha dado a las provincias a lo que de ellas ha recibido, como consta en las cuentas impresas en el Boletín.

Triste es, Señores, tener que entrar en estas aclaraciones para hacer ver en algún modo la vanidad de los deseos, de los temores y de las cavilaciones que se han introducido más o menos en algunas de nuestras queridas Conferencias. Pero ¿cómo se ha de remediar? No se puede podar el árbol sin tocar a la rama seca y convencerse de que lo está.

Pasemos cuanto antes a la verdadera savia de nuestro árbol siguiendo la comparación; a la parte espiritual de nuestra Sociedad, a su santo objeto, que no es otro que el de la práctica de la verdadera caridad. ¡Qué objeto, amados hermanos míos, qué objeto en todos tiempos, y muy particularmente en el presente! ¡Que objeto, queridos consocios, si bien lo pensamos en presencia de Dios! Parece el mundo un vasto campo de batalla, en el que por todas partes atruenan el estrépito, la confusión, el ruido de la pelea, los ayos y gemidos de los heridos, el movimiento continuo y precipitado de grandes masas en todas direcciones, y…. ¡qué sé yo cómo decirlo! Una barabúnda general que no se puede explicar con palabras.

Y nosotros, llamados por la misericordia de Dios a calmar, a consolar, a aliviar todo género de penalidades y aflicciones con la dulce práctica de la santa caridad en medio de toda esta lucha, ¿cómo hemos de tener tiempo ni atención para pensar en otra cosa más que en este nuestro grande objeto? No vemos más que desastres, heridas y muertes en derredor nuestro. Todo se ataca. Nada se respeta. La pluma y la lengua, causando mayores estragos que en la edad media el hierro y el fuego, amenazan la completa disolución de la Sociedad cristiana; ¿y tendremos la frialdad de ánimo necesaria para distraernos ni un solo instante de nuestro cometido? Los tiros se cruzan en todos sentidos, y algunos tienen que tocarnos también forzosamente a nosotros mismos; no puede menos de ser así. Pero si permanecemos heles a la doctrina de nuestro santo patrono, constantes en la práctica de la verdadera caridad, ¿cuánto partido podemos sacar hasta de nuestras mismas heridas para curar las ajenas? En esto, en esto sí que debemos poner lodo nuestro esmero y cuidado; y no en números, m en cálculos, ni en ninguna de las cosas a que el mundo da gran importancia, pero que para nosotros no pueden tenerla.

Mostremos que somos hombres de caridad, pues que se nos permite aspirar a tan hermoso título, procurando con incansable celo aliviar toda dolencia, cicatrizar toda llaga, cerrar toda herida, ajenas y propias, por medio del único bálsamo que nos es dado usar, que es el amor.—Aprovechemos las ocasiones que la bondad de Dios nuestro Señor nos depare para enseñar del modo más eficaz, que es con el ejemplo, cómo entendemos nosotros la ley santa del amor, y cómo la aplicamos prácticamente. Amemos de corazón a nuestros enemigos, reconociendo que en esto consiste el mandamiento nuevo de que nos habla el evangelista San Juan, para distinguirlo del amor a los amigos, tan viejo como el hombre. No nos seáa difícil con el auxilio de la divina gracia, si reflexionamos que así como las perfecciones de la criatura se deben siempre referir al Criador para que su consideración no nos dañe, así también las imperfecciones de la criatura, todas sus miserias y aun maldades, se deben referir al maligno espíritu que, para daño suyo más que para el nuestro, ha logrado seducirla y hacerla pecar; y de este modo no conseguirá con su astucia que confundamos el crimen con el criminal en nuestros juicios, y que el odio que solo merece la infernal serpiente se cambie en nuestro corazón en odio a la frágil criatura, también representada por la madre Eva en la primera tentación del género humano.

Rectificado el juicio, no será difícil que nuestra lengua y nuestra pluma se mantengan siempre heles a la santa ley del amor, porque estas no se deslizan sin haberse primero deslizado el pensamiento; y de este modo ganaremos más almas para Dios, único objeto final de todos nuestros esfuerzos, que de ningún otro; conservando de paso el incomparable bien de la paz interior.

Fíjense pues en esto las Conferencias todas, y particularmente los Presidentes que las dirigen.—Comprendan la importancia de dar a la parle espiritual de nuestras obras ¡a preferencia que la da c! reglamento; y no se dejen alucinar por ideas, planes, deseos que no tienden más que a la adquisición de recursos materiales. Que teman el peligro de desear lo que tal vez no conviene, y sobre lodo el de distraer la atención y el cuidado del objeto esencial de nuestra humilde Sociedad a los que son en ella puramente accesorios. Añadiremos solo para concluir, que la lectura atenta del Boletín nos parece el mejor preservativo para que las Conferencias se mantengan en el espíritu verdadero de la Sociedad, y por lo tanto no podemos menos de recomendarla mucho. Lo hacemos con tanta mayor confianza, cuanto que todos saben el destino que se da a su producto Integro, pues que los socios que trabajan en su redacción y administración, lejos de recibir por ello retribución alguna, pagan sus suscripciones como todos los demás. Si la lectura del Boletín se generalizase más, creernos que la tendencia equivocada de que hemos hablado no se podría presentar, ni otra alguna parecida, porque se advierte que las Conferencias que tienen muchos suscritores (que son muy pocas) son las que mejor se mantienen en el verdadero espíritu de la Sociedad; al paso que las que no cuentan más que con una o dos suscriciones, que son las más, tropiezan a menudo con dudas y dificultades que en el Boletín se han resuello; y lo que es aún peor, incurren en errores.

«Señores: estamos en la noche del 8 de diciembre, noche de día tan grande en el cristianismo, y rodeados, no solo de la oscuridad y de las tinieblas propias de la noche, sino también de las de la ignorancia, del error y de la maldad, propias de esta existencia. Las luces que nos alumbran no se parecen nada a la clara y hermosa luz del sol,

«Clamemos a María; clamemos a nuestra tan dulce como poderosa protectora; invoquemos su amparo y protección; y nada temamos. Dentro de pocos instantes nos entregaremos tranquilamente al descanso, confiados en volver a disfrutar de la alegre luz del día en la aurora de mañana. Así también nuestras almas, en medio de las sombras y oscuridades de esta existencia terrenal, deben confiar animosas, no solo en disfrutar de la luz inmarcesible del sol de justicia en la aurora de la felicidad eterna, sino en el triunfo final de la virtud aun aquí mismo en la tierra, en la reaparición de la luz después de las tinieblas, de la verdad después del error, del día después de la noche.»

 

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