Santiago Masarnau (sobre el ejemplo y la palabra)

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JUNTA GENERAL CELEBRADA EN MADRID EL Día 3 DE MAYO DE 1867.

A continuación el Sr. Presidente del Consejo Superior, obtenida la venia del Excmo. o Ilmo.Sr. Nuncio, leyó el discurso siguiente.

Excmo, e Ilmo. Señor:

Las hojas estadísticas del año pasado se han recibido en este con mayor puntualidad, y casi todas más correctas que otros años. El Consejo superior trabaja sin interrupción para terminar cuanto antes el cuadro general, cuyos resultados, que espera poder someter a la atención de la Junta del mes de julio según costumbre, probarán el buen estado y la marcha progresiva de la Sociedad en España. Entretanto, parece oportuno decir aquí algo de lo que no hacemos, ya que en la Junta próxima se ha de examinar lo que hayamos hecho.

Colocados, como lo estamos por la disposición de la divina Providencia, entre los pobres y los ricos, puesto que, según nuestro Reglamento, no podemos ser pobres más que de espíritu, ni podemos participar del de los llamados comúnmente ricos; para llenar bien nuestra modesta misión, no bastará que procuremos dar al pobre cuanto podamos, sino que será preciso también pedir al rico, o más bien, procurar que el rico de según sus facultades; y en el desempeño de esta segunda parte de nuestro cometido, se advierte por desgracia bastante negligencia o descuido.

Es muy de notar, Señores y amados hermanos en Jesucristo, que nuestro Santo Padre Pío IX, que Dios Ntro. Señor nos guarde, al dirigirse a todos nosotros en su inolvidable alocución del 5 de enero de 1855, no se limitó a recomendarnos la práctica de la caridad cerca del pobre, sino que también nos dijo: «acercaos al mundo, a ese mundo, que puede llamarse un cadáver sepultado en las «sombras de la muerte; y después de llorar por los pecados que cometen los que le aman, después de orar para que Dios obre el mayor de los milagros, que es la conversión de todos los pecadores, »penetrados de ardiente caridad, gritad a ese muerto con la voz de «Jesucristo: Sal de la tumba, y vuelve, de la muerte del pecado a la «vida de la gracia; de las tinieblas del error, a la luz de la verdad; »del lodazal del vicio, a la pura senda de la virtud;» pues es evidente que por la palabra mundo no designaba aquí Su Santidad al conjunto de los pobres solamente, sino también, o mas bien al de los ricos, que es el que se denomina así por lo común.

Autorizados por tan notables palabras, no se nos puede tachar con justicia de presumidos si gestionamos cerca, del rico con verdaderamente caritativas, sino que, por el contrario, pecaremos de omisos dejando de hacerlo.

Séanos, pues, permitido llamar la atención de nuestros queridos consocios aquí presentes un breve rato sobre este punto, que no deja de ser del mayor interés, tanto para nosotros, cuanto para nuestros pobres.

La mayor parte de los miembros de nuestra humilde Sociedad destina, no hay que dudarlo, a los pobres considerables limosnas, y lo prueban las sumas de las colectas ordinarias. Hay muchos que no se limitan a dar lo que ponen en la colecta sino que, por efecto de su buen corazón o de su escaso conocimiento de nuestra organización, dan tanto o más, por otros medios. El trato frecuente que mantenemos con el pobre no puede menos de producir esos resultados; pero ¿cuáles son para la caridad los del trato que también tenemos que mantener, por nuestra posición social, con el rico?
En primer lugar ¿tenemos ideas exactas acerca del rico y del pobre? Se suele llamar rico al que tiene mucho dinero, y pobre al que tiene poco: pero si se examina la cuestión a fondo, se verá que es muy posible ser pobre poseyendo mucho, y ser rico teniendo poco, porque lo que constituye la verdadera riqueza, es más bien el no necesitar que el poseer; y así como podrá ser pobre el que mucho tenga si necesita más de lo que tiene, así también podrá ser rico el de escas haber, si con él descubre sus necesidades. “Veía lo que tienen, decía S. Ambrosio hablando de los ricos, veis lo que tienen y no veis lo que les falta”. Para graduar por lo tanto la verdadera riqueza o la verdadera pobreza con probabilidad de acierto, habrá que hacer respecto a los individuos, lo que hace respecto a las casas de comercio. Nadie calcula la fortuna de estas por el examen solo de las cuentas de las entradas, o sea el debe. Sabido es que hay que examinar también el haber, o sea la cuenta de las salidas; y si estas superan a aquellas, por muchas que sean, resultará déficit en el balance, y por consiguiente que la casa pierde en vez de ganar.

Pues ahora bien, ¿quién de nosotros no conoce ricos, esto es, personas que tienen mucho, y que, sin embargo, necesitan más de lo que tienen?

Las necesidades son las que hay que investigar, y se hallará al hacerlo grandísima dificultad para trazar la línea que separa lo necesario de los superfluo, puesto que no hay acaso dos hombres para

Los que esas dos palabras, necesario y superfluo tengan el mismo significado. Influye en variación de este para cada uno de nosotros; además de la posición social, la educación, la instrucción, las facultades físicas y morales, la edad, la salud o la capacidad intelectual y otras mil circunstancias que no dependen en su mayor parte de nosotros mismos.

Por eso el lujo es tan temible, pues su tendencia natural consiste en convertir en necesario lo superfluo; y demasiado se está viendo cómo a medida que el lujo crece, crecen también los verdaderos pobres, esto es, los que no tienen lo que necesitan; pues pobres son aunque vivan en magníficos palacios, y tanto más dignos de compasión, aunque el vulgo los crea dignos de envidia, cuanto que no son pobres de espíritu.

Señores, ¿a quién no llama la atención lo que está hoy día sucediendo en nuestra capital y en las ciudades principales de España? Nuestros consocios claman de todas partes que los pobres se aumentan y que no hay dinero. Que los pobres se aumentan es indudable; pero ¿cómo hemos de admitir que no hay dinero, mientras vemos esa profusión de magníficos carruajes que por todas parles nos estorban el paso, esos espléndidos cafés atestados de gente a todas horas, las diversiones públicas tan multiplicadas y tan concurridas, y otras mil pruebas por este estilo de lo que cunde el lujo en nuestra pobre España?

Su funesta influencia se entiende hasta las últimas clases de la sociedad, y demasiado observamos sus efectos en los pobres mismos que visitamos, y que ya no se contentan con los socorros en especie que tanto agradecían no ha muchos años, sino que nos piden socorros extraordinarios, y calzado, y ropas, y baños de mar, y pagos de viajes de ida y vuelta, y dinero para mantenerse durante su permanencia en los puntos que elige a veces su capricho para bañarse.

¿Qué tiene de extraño que falte el dinero para las verdaderas limosnas, cuando tanto se gasta en la satisfacción de necesidades creadas por el lujo? Y los hombres de verdadera caridad, ¿no deben considerarse obligados a trabajar por todos los medios que están a su alcance para impedir tan grave mal, oponiéndose varonilmente al torrente de ideas tan disparatadas como perniciosas, que lodo lo invade y que no puede menos de producir los más funestos resultados?

Así es: pero debemos tener presente lo que nos recomienda el precioso Manual del Visitador del pobre, que con tanta frecuencia leemos. Nosotros no podemos, como miembros de nuestra humilde Sociedad, alzar la voz para acusar a nadie. Nuestra misión se reduce a ir por el camino que la caridad nos ordena: levantar al caído, consolar al triste, sin investigar hasta qué punto se pudieron o debieron evitar las lágrimas del uno y la caída del otro: ver los males, sentirlos y consolarlos; hallar su origen en la imperfección humana y buscar su remedio en Dios.

Sí…en Dios…o lo que es lo mismo en la oración, y este es, el medio de los medios para todo; pero es preciso también corresponder a la gracia que por la oración se alcanza, y cooperar con ella. Al efecto tenemos otros dos medios al alcance de todos nosotros; medios preciosos que debemos emplear con el mayor esmero, y que, bien empleados, no dejarán seguramente de producirnos los más felices resultados. Esos medios son el ejemplo y la palabra. Reflexionemos un instante sobre ellos.!

¿Hemos pensado alguna vez con la debida detención en la eficacia verdaderamente prodigiosa del ejemplo? No hay duda que por efecto de nuestra inclinación al mal, el ejemplo del pecado corrompe con mucha más facilidad que el de la virtud moraliza: pero sin embargo, ¿quién es capaz de calcular el bien producido por solo el ejemplo?

S¡ todos los individuos de nuestra humilde Sociedad, tan extendida hoy por el mundo entero, arreglásemos con esmero nuestra vida y costumbres a la santa moral del Evangelio; si todos profesásemos con la debida libertad la completa renuncia a las pompas y vanidades del mundo, que prometimos en la santa fuente del bautismo; si todos cuidásemos, no solo de ser cristianos de corazón, sino de aparecer tales en todos los actos de nuestra vida, conformándola completamente a la santa enseñanza de nuestra Santa Madre la Iglesia, ¿quién sabe el fruto que podríamos obtener?

Porque nuestra debilidad o cobardía en esta parte es tan común como deplorable. Creemos por la misericordia de Dios, nos ejercitamos en obras de caridad para mantener viva nuestra fe; y por una contradicción inexplicable, imitamos los gustos de los que no creen, sus costumbres y sus hábitos, privando a los que nos observan del ejemplo edificante que debiéramos darles con nuestra oposición franca, leal y constante a todas las máximas del mundo, para sacar así un partido muy ventajoso de nuestra misma posición en él.

Recordemos, Señores, que el incomparable libro que siempre se ha leído en nuestras Conferencias desde el origen de la Sociedad, se titula no solo de la Imitación de Cristo, sino también y del desprecio del mundo: como si su inspirado autor nos hubiera querido resumir en el solo título de la obra los dos grandes puntos a que puede referirse toda la perfección cristiana. Y es de notar la importancia que dio al desprecio del mundo, mencionándole en la cabeza del libro, aunque en rigor no parecía necesario, pues no es posible imitar a Jesús sin despreciar al mundo. Sin embargo, ¡cuántos cristianos se descuidan en esta parte! ¡Cuántos viven como si fuera posible imitar a Jesús y no despreciar al mundo! ¡Cuántos procuran el imposible de amalgamar en su conducta el amor a Jesús con el amor al mundo!

Reconozcamos este temible escollo, y separémonos de él con toda la energía debida. Lejos de contristarnos las críticas, las burlas, o las persecuciones del mundo, recibámoslas con alegría; y ¡ay de nosotros si en algo buscamos su aprobación o aplauso!

Persuadámonos bien de que para llenar nuestros deberes sociales, sean los que fuesen, no necesitamos agradar al mundo, sino que, por el contrario, cuanto más le despreciemos tanto mejor los llenaremos, porque la divina moral del Evangelio no se ha escrito para anacoretas solo, sino para todos los hombres, a quienes Dios nuestro Señor ha querido preservar del mal sin sacarlos precisamente del mundo.

El otro medio eficacísimo de cooperar a la salvación del rico como a la del pobre, es la palabra; medio precioso que, como el anterior, está al alcance de todos nosotros, y que si acertásemos a emplearle bien, es incalculable el fruto que nos reportaría.

Todos comprendemos fácilmente la importancia de dar a los pobres, y en particular a nuestros adoptados, buenos consejos; de aprovechar las ocasiones que nos ofrece su visita para inculcarles máximas de moral y religión, la práctica de las virtudes, la conformidad y la paciencia en sus trabajos, etc… Pero ¿lo hacemos así también con los ricos que tratamos? ¿Aprovechamos las oportunidades que se presentan, pues no dejan de presentarse, de aconsejarles las virtudes propias de su situación, el buen uso de sus riquezas, la obligación que tienen, y tan fácilmente olvidan, de socorrer en proporción a ellas las necesidades de los pobres?

A mí me parece que en esto hay mucha negligencia de nuestra parte, y temo que hemos de dar estrecha cuenta de ella en su día. Pues qué! ¿los ricos dejan de ser prójimos nuestros porque no necesitan de la limosna material? ¿Acaso no les hace falta la espiritual, reconocida siempre por nosotros como la principal, tanto o más que a los pobres?

Equivocadas son, muy equivocadas, las ideas que generalmente se tienen de los ricos; y así como por lo común están muy lejos de ser felices porque no son pobres, así también suelen estar muy lejos de ser lo que parecen en otros respectos. Difícil es seguramente que el pobre se conforme con su suerte; sin lo que es de notar que no le comprende la primera de las bienaventuranzas, por pobre que sea: pero ¿es acaso menos difícil que el rico haga el uso debido de la suya, cuando el Evangelio compara la dificultad a la de pasar un camello por el ojo de una aguja? ¿Y no merece esto que nuestra caridad se avive en favor del rico?

El beneficio que podemos hacer al rico con nuestras palabras, es verdaderamente inmenso y de incalculable trascendencia, pues no en vano nos tiene la divina Providencia colocados entre él y el pobre.

La mayor parte de sus desvaríos y locas profusiones, dimana más bien de ignorancia y de falta de reflexión, que de verdadera depravación o malicia. Si supiera lo que padecen muchos por falta de auxilio que está en su mano el prestar; si supiera que la limosna proporcionada al haber de cada cual no es una práctica de consejo para un cristiano, sino una rigorosa obligación; si supiera que hay medios seguros de cumplir esa obligación, sin temor de ser engañado por la turba multa de impostores que siempre le están molestando con sus gestiones e importunidades, es bien seguro que obraría de un modo muy diferente del que suele obrar, y con mucha ventaja para sí y para los pobres.

Y ¿será por ventura poca caridad, informarle bien sobre todos esos puntos, hacerle conocer los peligros de su situación, y ayudarle a librarse de ellos?

Es muy común quejarse de la dureza del rico, de su orgullo, de su falta de generosidad; pero ¿no sería mejor investigar las causas de esas faltas, y procurar combatirlas, como podemos hacerlo nosotros que le tratamos?

Dios Nuestro Señor nos libre de las pasiones que produce la posesión de oro. Conocimos a un millonario que se murió de hambre, se puede decir, pues a fuerza de no comer por economía, se llegó a extenuar hasta el extremo de no poder vivir, y falleció. ¿Qué limosnas haría aquel miserable, cuando ni a sí propio se daba el sustento necesario para vivir?

Tan cierto es que las riquezas son como los pechos de la mujer, que se secan cuando no se descargan, y que reproducen tanto más su leche cuanto más saca de ellos el hijo que alimentan: ¡hermosa comparación de S. Juan Crisóstomo!

Pero falta el amor al rico, que lejos de estar excluido por el amor al pobre, lo completa; y se le mira por lo común con cierta prevención injusta, cierto orgullo solapado, que nos aleja de él en vez de buscarle por caridad, que también lo es amar al rico, como se le ame de veras, esto es, por su alma y no por su oro.

Resumiendo ya todo lo dicho por no molestar la atención de los que escuchan, diré que en mi humilde opinión no debemos contentarnos con amar al pobre solamente, sino que este mismo amor debe completarse con el verdadero amor al rico; y que si sacamos todo el partido posible de nuestra posición social para hacerle bien, así como debemos sacarle de nuestra adhesión a la Sociedad de San Vicente de Paúl para beneficio del pobre, es inmenso el fruto que podemos reportar.

Esto no quiere decir en manera alguna que pidamos al rico sin la debida prudencia. Desde luego se comprende que si esta es necesaria para dar, tan necesaria al menos será para pedir. No es esto lo que se quiere decir. Se recomienda solo la conveniencia de hacer conocer al rico, con nuestro ejemplo y con nuestra palabra, la vanidad de los deseos mundanos y de los goces que tan caro suele comprar; la dulzura incomparable de la limosna; el consuelo que se encuentra al aliviar las penas ajenas; la obligación que tiene de dar en proporción a lo que posee; y el peligro grande en que está su salvación eterna, si por desgracia suya olvida esa obligación.

Persuadido el rico de todo eso, no necesita que le pidamos para darnos; y una experiencia de muchos años nos lo confirma completamente.

El rico, no hay que dudarlo, es mucho más digno de compasión, por lo común, que de envidia. ¿Qué rico está seguro del afecto que le muestran los que le rodean? Y ¿puede haber cosa más triste que el no estar seguro del amor de nadie?

Por cierto que si se considera esto un poco, ya no se extrañará que el semblante del lacayo sea por lo común tan alegre y satisfecho, como triste y macilento suele ser el de su señor que va dentro del carruaje; porque la tabla que los separa significa una distancia enorme en el campo de la felicidad, y no hay que preguntar quién de los dos está más avanzado en él.

Otra reflexión no más para concluir.

Es muy común considerar la pobreza como un mal, creer que la riqueza es un bien; y de aquí la falta de conformidad en el pobre, que le priva desgraciadamente de las ventajas propias de su situación para alcanzar la vida eterna, y la falla de desprendimiento en el rico, que le expone a todos los peligros de condenarse perpetuamente, propios de la suya.

¿Qué bien mayor se puede hacer a la vez al rico y al pobre que el de sacarles de esos funestos errores en que se hallan, valiéndonos del ejemplo y de la palabra con la debida prudencia, pero con el celo queda el verdadero amor, para persuadirles de que la pobreza lejos de ser un mal, puede asegurarnos el mayor de todos los bienes, que es la salvación eterna, con solo aceptarla de buena voluntad; al [jaso que la riqueza, lejos de ser un bien, nos expone al mayor de todos los males, que es el fuego eterno, con solo permitir que nuestro pobre corazón se apegue a ella?

Ejerzamos, pues, la caridad verdadera con el pobre y con el rico. Observemos que la una completa la otra; y procuremos sacar todo el partido posible del trato con el pobre y con el rico, para la salvación de sus almas y do la nuestra.

Los mundanos esquivan el trato del pobre, porque los acibara sus falsos placeres; pero también hay muchos desengañados del mundo, que se creen obligados a esquivar con exageración el trato del rico para vivir según el Evangelio; y al paso que reconocen los funestos extravíos a que suele conducir la riqueza, nada hacen por preservar de ellos a los que naturalmente se hallan expuestos a incurrir en ellos.

Para nosotros todas las condiciones sociales deben ser respetables, pues todas dimanan de Dios; y es de notar que sin esa preciosa desigualdad que se advierte en las fortunas como en los dotes físicos y morales de los hombres, fallarían los más poderosos estímulos de la caridad, y sin la caridad la vida sería insoportable.

Pero guardémonos bien de escudriñar las disposiciones de la divina Providencia, en el orden moral como en el físico, porque nos exponemos a blasfemar de lo que no conocemos. Cuando no nos parecen bien, o no las hemos meditado bastante, o no conviene que las comprendamos, lo más seguro es humillarnos mucho, reconocer nuestra ignorancia natural, nuestra pequeñez, y recordar que el gran Dios, el Omnipotente que todo lo rige y gobierna, no está sujeto a ninguna de las flaquezas del hombre, y por consiguiente no se puede equivocar en nada. Sus juicios están más elevados sobre los juicios nuestros, que las estrellas lo están sobre las lucecitas que encendemos acá en la tierra. ¿Qué tiene pues de extraño que muchas veces y en muchas cosas no acertemos a comprenderlos? Humillemos nuestra orgullosa razón: amemos y esperemos.

«Esperar debemos solo en Dios. Pero amará todos los hombres, y por consiguiente al pobre como al rico, al uno por el otro, al uno y al otro por Dios.»

 

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