Santiago Masarnau (5A)

Mitxel OlabuénagaSantiago MasarnauLeave a Comment

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  1. SEGUNDA ESTANCIA EN EL EXTRANJERO

En realidad fue éste el tercer viaje y estancia de Masarnau, pues —como se vio antes— estuvo algo más de un año fuera desde su regreso a España en 1829. No obstante, esta vez fueron casi seis años, y aun hubieran podido ser más de no mediar su hermano Vicente, en tanto que el anterior viaje fue como una interrupción de su período español.

De nuevo en Londres

Desde que su hermano Vicente había regresado a Madrid como catedrático de la Universidad, Santiago se sintió de nuevo acompañado: la casa de la calle de Hortaleza dejó de ser un lugar solitario pese a los desvelos de la fiel Dominga. Si antes había procurado estar el menos tiempo posi­ble en casa, frecuentando sobre todo la de los Madrazo, ahora era más casero. Siguió colaboran­do en «El Artista», dando sus clases en el Conser­vatorio, acudiendo a óperas y conciertos y al Ate­neo, asistiendo a lecciones de ciencias exactas y naturales… y estudiando alemán. Entre unas cosas y otras (Quadrado dice que también escribía en «El Español» de Andrés Borrego, pero —aparte el artículo sobre Gomis— habría que examinar el pe­riódico para comprobar la afirmación de Quadra-do) tenía el tiempo ocupado, porque además «y sobre todo, tocaba», interpretando al piano com­posiciones propias o ajenas para sus amigos en las reuniones, y para él mismo, puesto que la música era su vida.

Vicente tenía un modo de ser distinto. Era cien­tífico, no artista, y más práctico que su hermano; tenía un marcado interés, como buen liberal, por la política, materia por la que Santiago no sentía interés alguno, y de sentir algo era una cierta re­pugnancia tanto por la política como por los polí­ticos, a los que había visto desde fuera con cierta perspectiva, y conociendo además la oposición que de su valía, honradez y actuación se tenía en el extranjero, aunque fuera amigo personal de al­guno. El sentido de una cierta subordinación a su hermano, cabeza de la familia, aunque fuera tan reducida, le arrastró a hacerse miliciano nacional y hasta a vestir su uniforme, aunque no con asidui­dad ni por mucho tiempo.

Una sensación análoga al rechazo que había sentido en 1834 al llegar a Madrid y enterarse de cerca de la matanza de frailes y de la impunidad de sus asesinos, así como de la destrucción de conventos y quema de iglesias de reconocido valor artístico, había experimentado en agosto de 1836 al conocer la sargentada de La Granja y la manera en que había sido humillada la reina. A mediados de 1837 (se había producido a raíz del nombra­miento de Calatrava una emigración de modera­dos, de la que no suelen hablar los libros) la estan­cia en España se le hacía cada vez más penosa. Había perdido ya las ilusiones que en 1825 le impulsaban hacia la gloria y la fortuna; la posición que tenía en el Conservatorio y las colaboraciones no le habían llenado; la música que componía se despachaba con tal lentitud que apenas le compen­saba: en una palabra, en España no veía horizonte y aunque se encontraba a gusto con su hermano y sus relaciones antiguas y nuevas, un buen día —7 de junio de 1837— salió con su equipaje, y como quien viaja sin prisa porque ninguna parte le lla­maba la atención de modo especial, por San Ra­fael, Olmedo, Valladolid, Torquemada, Burgos (estancia de cinco o seis días) y Santander (dos semanas) embarcó el 1 de julio rumbo a Inglaterra. Llegó a Plymouth y desde allí hizo su entrada en Londres el 13 del mismo mes.

Habían pasado muchos años desde los días feli­ces en que tanto le agradaba la ciudad del Támesis que intentó convencer a su padre de que se reunie­ra allí con él. La carta que escribió a su hermano al día siguiente de su llegada no puede ser más expresiva: «Apenas hay calle que no excita mis recuerdos…, pero recuerdos terribles. ¡Gomis y Trueba, muertos! ¡Schelinger, en América! ¡madame Laborde no se sabe dónde! Mil relaciones per­didas, desparramadas. ¡Mi adorada (Gracia), casa­da…. quiera Dios que no la vea! ¡Con qué pavor he pasado esta mañana por delante de su casa!» Era como una ciudad a la que hubiera llegado por primera vez. Sus antiguos y cordiales amigos esta­ban fuera: Field en Bath, Esain se había cruzado con él camino de España. Londres había crecido y ahora le encontraba inconvenientes: el humo —smog—, las grandes distancias, «y la libertad de costumbres respecto del sexo femenino, gran in­centivo de pasiones en ardientes temperamentos», concluía. «Londres creo que ya no es para mí»».

Pero había que vivir: volvió a antiguas relacio­nes, entabló otras nuevas, siguió asistiendo a ópe­ras y conciertos. Hubo además de atender multitud de encargos (principalmente compra de pia­nos, como tres años antes había hecho a solicitud de don José Madrazo), para algunos de los cuales había él de adelantar el dinero. Volvió a vestir a la moda inglesa y hasta pensó establecerse con Field (con quien había mantenido correspondencia acer­ca de esta posibilidad) en Bath. Cuando por fin pudieron verse en Londres, a la vuelta de Field de un viaje a París, trataron ampliamente del negocio que, al fin, no se realizó, entre otras cosas por el cambio que se había operado en su amigo. Field ayudó a Masarnau mientras le llegaban los fondos que le enviaba Vicente, pero Santiago se quejaba a su hermano de la mudanza que había observado en su amigo inglés y que atribuía «a la exageración de sus ideas religiosas». Field se había convertido al catolicismo. «Música —escribía Masarnau—, amigos, todo para él ha perdido interés: no hay más que su confesor y la Iglesia». Parece, incluso, que llegó a pensar ingresar en una Orden religiosa, cosa que al fin no llegó a cuajar. Por lo demás, el establecimiento de Masarnau en Bath podía dañar a Field, por favorecer a un extranjero en perjuicio de los artistas locales. Viendo, pues, que no se le abrían caminos en Inglaterra, resolvió ir a París tanto pronto hubiera terminado encargos y comi­siones y le quedara expedito el camino.

También su estado de ánimo había cambiado. No sólo en los anteriores viajes se había identificado con Londres y el modo de ser inglés, sino que por comparación veía a España como desprovista de todo atractivo. Ahora, después de los años pa­sados en Madrid, de la aventura de «El Artista» y la relación con el movimiento cultural, tenía ratos de nostalgia. Todavía pasó en Londres el mes de septiembre, alegrado por la compañía de Gayan-gos, hasta que el 29 partió hacia Boulogne, lle­gando el 1 ó 2 de octubre a París, donde apenas esperaba estar más que el tiempo necesario para «el cobro de una deuda algo importante y recursos para mantenerse con decoro, mientras se lo permi­tiese la nostalgia de su país, al cual se había reser­vado volver cuanto antes, si no podía ser a Ma­drid, al menos a alguna provincia».

París. Dos años de crisis

Según asegura Quadrado, la intención de Masarnau era principalmente componer. A estas altu­ras —32 años— no tenía una posición fija, a pesar de tantos años de estudio». Tenía ya entre manos una ópera; se estableció —él pensó que transitoria­mente— en un alojamiento a orillas del Sena, pero esa estancia transitoria duró más de cinco años. Sería muy interesante para una buena biografía de Masarnau disponer de la correspondencia con amigos y amigas y con su hermano. Su trato era de modo especial, con sus amigos españoles enton­ces en París: Federico y Pedro Madrazo, Eugenio de Ochoa (que tan gran labor hizo dando a cono­cer en Francia la literatura española), con Viardot, viejo amigo y conocedor de España, que le relató los últimos triunfos y la enfermedad de Gomis.

En el año 1838 se encontraba de nuevo a gusto en París. Había conocido a Alkan, quien a su vez le había presentado a un amigo suyo polaco, de nombre Federico Chopin, anudándose entre ellos una sólida amistad, bien demostrada en el episodio que relata José María Esperanza (y que se incluyó en el Preámbulo del presente libro), aunque no puede darse una fecha, ni siquiera aproximada de aquella reunión que tantas consecuencias tuvo para Chopin. La llegada de América del composi­tor alemán y también viejo amigo Schlessinger fue otra circunstancia que contribuyó a ir asentando a Masarnau, que vivía bien atendido en la Rue Saint Lazare, 25.

Había reanudado como medio de vida las clases de solfeo, piano y canto, con alumnos suficientes para subvenir decorosamente a sus necesidades. Entre ellas hubo una alumna, Paulina Aubert, a cuya familia conocía Masarnau, por la que sintió un especial afecto que, a los pocos meses, era fuerte enamoramiento; seguía, además, con trato muy frecuente con los Madrazo y el matrimonio Ochoa. Esta fue, sin duda, la causa de la carta que le escribió don José Madrazo, que indica el grado de amistad y confianza que depositaba en él:

Madrid, 10 de febrero de 1838.— Sr. D. San­tiago Masarnau. Reservado.— Mi querido ami­go: No he escrito a Vm. hasta ahora, lo primero porque no se me ha ocurrido nada en que mo­lestarle, y lo segundo porque en todos los correos tengo por mis hijos noticias de Vm. para mí muy satisfactorias, porque creo disfruta de buena salud, que es lo principal; de consi­guiente, el objeto de esta carta no es otro más que el de prevenirle que la Isabel, esposa de d’Aguerre, se halla enferma con una calentura inflamatoria que puede ser de mucho cuidado; y como conozco la grande impresión que pudie­ra producir en Luisita, su hermana, atendido su estado de embarazo, y la que también produci­ría en el ánimo de Federico, tanto por su sensi­bilidad como por el cariño que la tiene, espero de la prudencia de Vm. que le prepare al último de un modo insensible para que su esposa no pueda tampoco penetrarlo, pues si Federico llegase a saber la naturaleza del mal de su cuñada acaso no lo sabría disimular. A esto sólo le digo en la carta que le escribo estas precisas pala­bras: «La Isabelita d’Aguerre se halla en cama constipada».

Igualmente quisiera que Carlota no supiese más que esto, y lo mismo Rosita Ouradou, si es que está en París, porque como Vm. no ignora, las mujeres tienen épocas en las cuales les es muy perjudicial recibir impresiones desagrada­bles. Después que Vm. haya preparado a Fede­rico del modo que su prudencia le sugiera, será conveniente le prevenga esté al cuidado de que su mujer no reciba ninguna carta de España, porque como Vm. tampoco ignora hay gentes imprudentes que escriben y aun abultan las co­sas a quien no debieran.

Como estoy muy penetrado de la buena amis­tad, y aun del cariño que Vm. profesa a toda mi familia, le he preferido para el expresado obje­to, no dudando de que me dará esta prueba más de amistad y de que me favorecerá con dos letras para enterarme del efecto que produzca en Federico.

En el presente invierno apenas se ha sentido el frío en Madrid, pero en cambio hemos tenido muchas lluvias, que han ocasionado enfermeda­des de otra especie diversa de las pulmonías, aunque tampoco han faltado algunas. Guárdese Vm. bien de esos fríos tan fuertes, procurando tener en movimiento, en cuanto sea posible, la sangre, ya sea en casa o en la calle, para que no penetre hasta los huesos, pues me acuerdo que en el famoso año de la gripe en el 1802, el mejor medio que hallé para librarme de él fue el de dar grandes paseos por los Campos Elíseos hasta la Barriére, en los días buenos, esto es, cuando no llovía ni nevaba.

Mis expresiones al señor Arnaud, y Vm. man­de lo que quiera a su afmo. amigo, José de Madrazo.

Con referencia a Mme. Aubert y a sus relacio­nes con Paulina, Masarnau quería verle y exponer­le con claridad tanto sus deseos y los de Paulina —el matrimonio— como su situación económica, y en caso de no recibir el beneplácito, retirarse. No llegó a plantear la cuestión por la insistente nega­tiva de Paulina. Mientras, y a la vez, tuvo lugar lo que Quadrado llama mudanza y quizá pudiera lla­marse, como en el caso de Field o de Donoso, conversión. Don Santiago de Masarnau y Torres había inculcado a sus hijos desde la niñez una acendrada piedad; ya vimos en su correspondencia con Santiago cuando éste vivía en Londres hasta qué punto insistía constantemente en este aspecto, y cómo le preocupaba la integridad religiosa y moral de su hijo. Desde luego aquella piedad se había ido enfriando, y por esta época, Santiago era un católico que cumplía con Dios y con la Iglesia oyendo Misa los domingos y fiestas y cumpliendo el precepto pascual. En esta línea se mantuvo «por espacio de muchos años, tanto en Madrid como en el extranjero; si algún homenaje rendía al principio o al sentimiento católico, tenía más bien de re­flexión filosófica que de arranque devoto». Hasta que en un momento determinado, hacia 1839, cambió el panorama.

 

La «conversión» de Masarnau

No está muy bien explicado el proceso de cam­bio de Masarnau. Quadrado, que por haber tenido en su poder correspondencia y apuntes personales mejor podía haberlo explicado, resulta un tanto confuso. Al parecer tuvo lugar durante la Cuares­ma de aquel año 1839, y lo que sin gran inexacti­tud podemos llamar «conversión» ocurrió a conse­cuencia bien de unos Ejercicios espirituales, bien por la asistencia a las Conferencias cuaresmales que en Nótre Dame daban afanados predicadores, tal como Lacordaire. El caso es que desde enton­ces se intensificó su vida espiritual: los domingos leía la Biblia y asistía —dice Quadrado— a un ser­món en alemán; el jueves Santo asistió a los oficios en Nótre Dame; después de Pascua comenzó a tratar durante dos semanas a un sacerdote, relatan­do su vida y preparando su gran confesión general de toda ella. Recibida la absolución, el día siguien­te, 19 de mayo, recibió la comunión en Nuestra Señora de Loreto, día que fue tenido por él como el que «formó época» en su vida. Se inscribió, por consejo del abate Badiche, en la Congregación del Sagrado Corazón de María; acudía a las juntas, organizaba los coros y los cantos para las fiestas. Comenzó a hacer oración, a leer el Kempis y otros libros piadosos, pero apenas cambió su vida en el aspecto exterior: las reuniones sociales, las clases a Paulina Aubert y otras alumnas (pero sólo a Paulina durante el verano), excursiones al campo o por el Sena…

Quizá la misma influencia que Masarnau ejer­ció inconscientemente sobre Donoso fue la que ejerció su amigo inglés Field en Masarnau, tanto por su conversión como por su cambio de vida, y también a través de sus cartas, en una de las cuales relataba la conversión de su hermana que, al prin­cipio, combatía la religión católica. No era incom­patible esta nueva vida interior de Masarnau con el amor a Paulina. Los que percibieron el cambio reaccionaron cada cual a su manera, sin que nada le apartara ya del rumbo que había emprendido:

«ni las indirectas más o menos burlonas de Chopin y Alkan, no muy propenso el uno, que digamos, a la vida mística, y teniendo el otro, como él mismo confesaba a Masarnau, y éste me ha dicho más de una vez, la desgracia de no creer, ni las quejas de antiguos amigos cuyo trato no frecuentaba tanto como en otros tiempos».

La relación con los hermanos Madrazo era tan fraternal y frecuente como siempre. No sabemos cómo Masarnau desempeñó el encargo que acerca de su hijo Federico le confió don José. El 20 de septiembre de 1838 le escribía Federico:

12 rue de Trévise.— Querido Santiago: Hice anoche tu encarguillo; ya lo habrás sabido por el mismo interesado. Mañana comeremos jun­tos, n’est ce pas? Tuyo afmo. amigo F. de Madrazo.

Estas citas para verse, comer juntos, o para comunicarse algún encargo o noticia no eran infre­cuentes. Unos meses antes Federico le había es­crito:

Querido Santiago: Mañana comeremos a las cinco y media en punto, en punto; ¿no es dema­siado tarde para ti, no es verdad? Si quieres, será antes. Ve por mi a casa de Dauzats a las cinco. Si no estás allí a esa hora, me vendré a casa para estar pronto y dispuesto para comer a las cinco y media, pero si fueras guapo chico irías por mí.— Tuyo como siempre, Federico.-24 de julio de 1838, a las ocho de la noche’.

Se trataba, como se puede apreciar por la fecha, de celebrar el santo de Santiago. A medida que avanzaba el año crecía en él la decisión de tomar en serio su fe; en diciembre se le reunió en París su perseverante amigo Field, para proponerle de nuevo que se instalara en Bath sustituyéndole todo el tiempo que durara su viaje a Italia; pero ahora ya no le parecía exagerada la religiosidad de su amigo, con quien concurría a los oficios de la parroquia. Con Pedro Madrazo solía dar largos paseos. Su amor por Paulina Aubert, sin enfriarse, comenzó a sufrir alguna vacilación por los obs-taculos que surgían, pues Santiago quería hablar francamente a sus padres exponiendo su situación económica para que no hubiera engaños ni equí­vocos, y Paulina se oponía a ello. En las cartas a su hermano Vicente le dio a conocer la razón de su mayor felicidad y alegría, haciéndole saber que tenían su causa en motivos más profundos que su amor por Paulina, dándole cuenta del cambio interior que había experimentado y el modo como ahora vivía su fe. Ante esta revelación, «no le perdonó sus pullas el escéptico Vicente, intencio­nadas bien que sobrias, y entablóse por cartas una discusión» de carácter religioso o apologético sin que ninguno lograra convencer al otro.

A medida que transcurría el tiempo se consoli­daba su situación en París, se multiplicaban las lecciones de piano (desde septiembre, además ha­bía recibido tres alumnas de calidad que aumenta­ron su prestigio: las hijas del infante don Francisco de Paula y de la infanta Luisa Carlota), creciendo el trabajo hasta obligarle, antes que renunciar a las obligaciones religiosas que había contraído, a can­celar las salidas nocturnas a teatros, bailes y con­ciertos, al menos notablemente, así como suprimir visitas, tanto a hacerlas como a recibirlas.

A primeros de febrero del año siguiente, renun­ció a pertenecer a la Archicofradía en la que tanto interés tenía el abate Bediche que ingresara, por no permitírselo sus muchas ocupaciones y conside­rar que no estaba en condiciones de cumplir sus estatutos. En cambio, a través de un estudiante, también conocido del Abbé Bediche, conoció las recién creadas conferencias de San Vicente de Paul, en las que el citado estudiante, apellidado Aussat, se había inscrito (murió siendo Prior de un convento de dominicos de Roma) y en las que también ingresó Masarnau. No deja de ser extraño que Quadrado no mencione a este propósito a Federico Ozanam, que las organizó, y con cuya amistad se honró también Masarnau. Tampoco en esta etapa, hasta el regreso a España, da Quadrado los datos cronológicos.

Cumplió con esta nueva obligación como cum­plió con todas las que asumía. Conoció nuevos amigos —entre ellos a Alberiche de la Blanche, marqués de Raffin, traductor de Balmes y poste­riormente también amigo de Donoso—; hizo parti­cipar en la atención a los pobres a sus amigos, preferentemente españoles, los cuales, de no ser así, ni siquiera se hubieran percatado de que había muchos pobres que necesitaban ayuda: Ochoa, Guelbenzu, Pedrosa, fueron algunos de ellos hasta que, en 1840 y con la forzada salida de España de la Reina María Cristina y el advenimiento de los progresistas al gobierno con Espartero a la cabeza, un aluvión de exiliados llegó a París.

 Federico Suárez

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