Pienso que Santa Luisa de Marillac fue una mujer profeta —me gusta más que profetisa— en el sentido bíblico. La palabra «profeta», en la Biblia hebrea, tiene dos sentidos: «el que clama», «el predicador», o bien: «el vidente». La Biblia griega la traduce por «el que habla»: aquel que en nombre de Dios, en su lugar y por su mandato, comunica algo a los hombres. En la actualidad las palabras profeta o profetismo se han hecho muy populares. ¡Ojalá haya muchos y muchas profetas en las próximas asambleas!
Para definir a Santa Luisa como «profeta» creo que en ella se deben dar estas cinco condiciones:
- estar en contacto con Dios para recibir el mensaje que debe comunicar,
- estar encarnada en la situación social y religiosa de los hombres a los que debe comunicar el mensaje,
- creatividad para saber interpretar el lenguaje divino,
- valentía para comunicarlo, pues muchas veces es un mensaje doloroso y hasta provocador, y
- a pesar de todo, comunica siempre la esperanza.
Es decir, que Santa Luisa fue profeta si comunicó a los hombres, de parte de Dios y con valentía, un mensaje de aprobación o crítica, aunque fuera doloroso, pero abriendo caminos de esperanza. Adelanto ya que para mí las cinco notas se dan en Santa Luisa y en San Vicente, aunque de distinta manera. Por ejemplo, estar en contacto con Dios para recibir el mensaje que deben comunicar. Santa Luisa habla íntimamente con Dios en la oración. Nos dice ella misma que en la oración mística que tenía, Dios le decía, Dios le daba a entender, Dios le comunicaba’. Es una verdadera contemplativa. San Vicente, sin embargo, apenas nos habla de su oración personal y, por ello, parece que la comunicación con Dios se hace interpretando los acontecimientos de la vida, los signos de los tiempos de los que habla el Concilio Vaticano II. Los sucesos, las necesidades de los pobres eran el lugar donde Dios le hablaba; él había aprendido ese idioma y lo sabía traducir, al igual que los profetas del Antiguo Testamento. También Luisa de Marillac lo iba aprendiendo, pero poco a poco. Cuando se encontró con el sacerdote Vicente, él ya dominaba esa lengua. Lo vemos en los meses anteriores a la fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Luisa siente en la oración que Dios le comunica que funde una congregación religiosa, pero el sacerdote Vicente siente en los sucesos de la vida que Dios le indica que, si son religiosas, habría clausura y se acabó el servicio a los pobres. Proféticamente le anuncia cuál será su futuro y con metáforas veterotestamentarias le dice que el ángel de Luisa se ha puesto en comunicación con el suyo para fundar las Hijas de la Caridad. Igualmente hoy en día Dios nos habla a los vicencianos de las dos maneras. Pues sin oración, como decía San Vicente, nada sirve de nada. Como tampoco, si no sabemos dar una respuesta esperanzadora a las necesidades de los pobres con inventiva y valentía. Punto urgente a tener en cuenta en las próximas Asambleas.
Metida ya en el engranaje del sacerdote Vicente, llegó a amar a los pobres, como a ella misma, y a las hermanas, como a hijas que ella hubiera engendrado. A los seis años de fundarse la Compañía, a la Superiora de las benedictinas de Argenteuil, que quería llevar a su convento a una Hija de la Caridad, le revela una verdadera profecía: Es poner en peligro su salvación querer oponerse al designio de Dios de ir en socorro de unos pobres abandonados, sumidos en toda suerte de necesidades, que no pueden ser atendidos con dignidad más que por estas buenas chicas (c. 14). Sin un amor sacrificado a Dios, a los pobres y a la Compañía, el profetismo desaparece.
Profeta más que visionaria
Sin embargo, la actividad que la presenta como una profeta verdadera, más que visionaria, es cuando se esfuerza en que la Compañía fuera aprobada oficialmente bajo la autoridad del Superior General de los misioneros paúles. Y digo profeta, porque Luisa tenía conciencia de estar anunciando un mensaje divino. A San Vicente le escribe que habla de parte de Dios o que se lo dice conducida por la Providencia o que Dios se lo ha dicho en la oración, y le amenaza, como profeta, con que, si no le da a la Compañía el mismo superior general de los paúles, tanto en lo espiritual como en lo temporal, inmediatamente la Compañía dejará de ser lo que es y los pobres enfermos ya no serán socorridos; por eso, Dios preferiría que desapareciese la Compañía, pues sería ir contra su voluntad3.
Ya se sabe que los profetas, como en la antigüedad, sufren martirio, si no de sangre, sí ese martirio interior de tener que anunciar sufrimientos y desgracias por no aceptar el mensaje divino. Pero dominada por el espíritu profético, Luisa de Marillac ya no era dueña de sí misma, Dios se había posesionado de ella cuando le comunica a San Vicente con dolor —dice ella— el mensaje divino.
San Vicente hizo caso a esta dirigida que le anunciaba un mensaje de parte de Dios, y una de las peculiaridades más significativas de la Compañía de las Hijas de la Caridad hasta el día de hoy, se lo deben a ella. Luisa tuvo visión y valor para remar contra corriente, porque se veía conducida por Dios. Pero ella logró entonces y a través de la historia, en unas épocas en que las mujeres debían estar bajo la jerarquía masculina, que, a pesar de ser la institución más numerosa en la Iglesia, al tener una sola cabeza, conservara la unidad mundial y no fueran fragmentadas ni modificadas por los obispos de cada diócesis, como fueron las ursulinas, o corrieran el peligro de serlo, como en España a principios del siglo XIX. Al estar exentas del ordinario de lugar, preocupados en extremo de las directrices canónicas, tampoco se les cambiaron las estructuras, como a las salesas; y al estar unidas a los misioneros de Vicente de Paúl, recibían una formación espiritual y teológica que las libró de ser sospechosas de herejía y ser suprimidas, como las jesuitinas de Maria Ward. Hoy tenemos que confesar que vio el futuro, que lo vio en Dios, que fue profeta.
Pero, no sólo vio el futuro de las Hijas de la Caridad, sino también el de las Voluntarias, a las que previene para que, aunque tengan autonomía plena, nunca abandonen la dirección del señor Vicente. Santa Luisa redactó este escrito (E 71) para una asamblea de las Voluntarias, por encargo de ellas mismas.
¿Visionaria más que profeta?
Ya sé que se confunden los dos términos, porque el profeta es un visionario del arcano divino, que los demás mortales no pueden ni vislumbrar. Pero Luisa de Marillac, cuando habla del futuro de la Compañía, se manifiesta como quien ha recibido el carisma de profecía del que habla San Pablo en la primera carta a los Corintios. No fue culpa suya si no se realizó su profecía, convertida en un sueño por ser prematuramente atrevida y revolucionaria. Pero ella no se contentaba con lo establecido, era atrevida y buscaba caminos de esperanza que abrieran nuevas rutas en bien de los pobres. Estoy hablando del tesón que puso para convencer al Superior Vicente, de hacer una sola Congregación con dos ramas, una masculina y otra femenina, pero bajo una sola autoridad. Era una visión prematura de lo que hoy llamamos Familia Vicenciana, pero fundamentada y unida en estructuras y estatutos sólidos.
Para ello se enfrenta al Superior Vicente que rebatía con el Concilio de Trento y la Constitución Quaecumque de Clemente VIII, para fijar la naturaleza jurídica de la Compañía. Lo gracioso es que logró convencer al Santo de la conveniencia y utilidad de su visión, como se lo escribe el santo a un misionero, pocos meses antes de morir (VIII, 227). ¡Lástima que no tuvieran tiempo de realizarlo! ¿No habremos llegado a una época en que es posible y útil intentar, al menos, realizar su profecía? Estamos viviendo la época de la globalización, de las multinacionales, donde las pequeñas entidades sociales y económicas desaparecen. Se compran bancos y eléctricas, se asocian las empresas o se unen para fortalecerse y aumentar las ganancias. ¿Por qué nosotros no? Se dirá que las instituciones vicencianas no son negocios. Cierto, pero no se oponen a las técnicas de hacer eficaces los fines de servicio y evangelización de su misión. El fondo de las instituciones civiles y económicas no se debe copiar, pero sí las formas y a veces las estructuras, como siempre lo ha hecho la Iglesia. Pues la esperanza es divina e infusa, pero apoyada en el engranaje de la sociedad. Al fin y al cabo, ¿qué eran las Caridades en tiempo de San Vicente sino una evolución y una variación de las asociaciones y gremios artesanales de la Edad Media?
Y he dicho profecía porque lo era en sentido bíblico. Cuando se lo propone a San Vicente le dice que es un aviso divino, que es la voluntad de Dios, que lo ha visto en la oración. Se lo propone después de examinar las condiciones de los pobres y la situación tanto de las Hermanas como de los Padres, y se siente con valor para comunicárselo al Superior, aunque duelas.
Profeta dentro de la compañía
Una vez fundadas las Hijas de la Caridad, Santa Luisa cumplirá la misión profética entre ellas, pues el carisma profético nunca ha desaparecido de la Iglesia. El Espíritu Santo sigue actuando y actuó en Santa Luisa. Es lo que San Vicente llamaba su experiencia. Dios no habla articulando palabras. Ese modo de hablar puede ser verdadero en las visiones privadas, pero no en el profetismo. La manera más común de hablar Dios es a través de las reflexiones sobre los acontecimientos, ‘y Santa Luisa aprendió de San Vicente a entender ese lenguaje divino y a traducírselo a sus hermanas y a la gente. En este sentido, decía Henri de Lubac: que «según las disposiciones divinas, la historia entera es en sí misma una revelación».
Luisa aprendió de su director a interpretar los «signos de los tiempos», como el idioma de Dios, y lo manifiesta con las expresiones ya me imaginaba, ya me figuraba, ya me temía, como si ella ya hubiera descubierto lo que Dios le decía a través de los sucesos de la vida o de las situaciones locales antes de que sucedieran. Hoy solemos decir que una mujer así es espabilada, sin embargo, tenemos que calificarla de profeta si ese prever el futuro se lo atribuye a la providencia divina.
Se ve claro en las fundaciones. Por poner sólo unos ejemplos: en Nantes pidió que se echara al abastecedor, por convertir el oficio en un negocio personal; que se quitara a su mujer de despensera, por querer dirigir; y que el capellán no se entrometiera en los asuntos del hospital ni de la comunidad (c. 171). El tiempo le dio la razón. En Montreuil-sur-Mer parece contemplar en una pantalla las relaciones con el conde y con las religiosas del hospital y abre camino para unas buenas relaciones, y aun para que la directora fuera una seglar y las hermanas unas empleadas (E 55). En el Asilo del nombre de Jesús, siente que la Providencia la empuja a engañar sin mentir, y pone a unos buenos maestros de tejedores como si fueran vagabundos, para que enseñen y arrastren a los demás, pues la experiencia le dice que en los comienzos los fundamentos tienen que ser firmes (E 76). Comprendió que Dios ilumina, pero que es el hombre quien lo realiza sopesando los medios que tiene a su alcance.
Reglamentos
Se puede decir que, también en la actualidad, hay hombres y mujeres que pueden ser considerados profetas; y lo son: Helder Cámara, Teresa de Calcuta, el obispo Romero, algunos Misioneros, Hijas de la Caridad, Voluntarias, Vicentinos… Pero ¡cuidado! No todo el que tiene dotes naturales para analizar, prever u organizar es profeta. El profeta es un hombre que habla con Dios y le escucha lo que El le dicta y no lo que el interesado quiere. No dispone de Dios, sino que Dios dispone de él. Pablo dio ya su criterio y delimitó el campo del profeta, porque el don o carisma de profecía no autoriza a imponer su criterio personal o a pretender gobernar la Compañía sin tener autoridad institucional (1 Co 14,37). Por sus frutos los conoceréis, decía Jesús (Mt 7,16): la oración, la humildad y la esperanza suficiente para confortar a los pobres.
Donde yo admiro más el don de profecía en Santa Luisa —algunos lo llaman carisma de fundación— es en la redacción de las Reglas y Reglamentos. Me parece verla en oración y redactando luego las observaciones a las Reglas o componiendo los Reglamentos. La contemplo poseída por el Espíritu Santo, como Isaías o Jeremías, y escribiendo –sin que sea revelación, no cabe duda—, las reflexiones y observaciones que le presenta la razón guiada por el Espíritu divino. Como aquellos profetas, analiza la situación social y religiosa del pueblo, el servicio y la labor interna de las hermanas, sus virtudes y defectos. Alaba y anima, critica y condena, pero siempre abriendo caminos de esperanza y de consuelo, como Jeremías y el Segundo Isaías.
No exagero ni atribuyo a Santa Luisa plumaje de ilusión o de oropel. El carisma del Espíritu aparece en las cartas C 133, 181, 228, 374, 394 o en los escritos E 43, 44, 61, 81, 101… Y, sobre todo, en los Reglamentos que escribió. ¿Cómo puede una mente humana penetrar con delicadeza y atención en tantas situaciones de sicología femenina, si no está conducida por el Espíritu de Dios? ¿Cómo una mujer de la burguesía podría dar soluciones sociales tan atinadas para los niños abandonados, los galeotes, los ancianos, los marginados en los hospitales, si no fuese guiada por el don de profecía? Sólo una mujer con el carisma profético sería capaz de oponerse a las autoridades civiles y eclesiásticas y a su mismo director, e implantar parvularios mixtos en los pueblos y en los orfanatos, cuando caía un anatema terrible sobre quienes solamente lo intentaran. Claro que, para ello, se necesita tener corazón humano hacia los pobres y compañeras.
Santa Luisa tenía conciencia de su misión divina y de ser llevada por el Espíritu Santo. Hoy diríamos que tenía conciencia de seguir a Jesús en su misión profética. Bajo el influjo divino entreveía cosas que muy pocos eran capaces de ver, y de San Vicente aprendió a convertir todo en revelación, en signo de Dios. Por eso da respuesta a los problemas de situaciones determinadas, concretas y de cada momento, pero, sobre todo, llenando a todos de esperanza.
Los profetas auténticos están llenos de amor
Y aquí está la diferencia entre el profeta verdadero y el falso. Los profetas auténticos no suelen gozar de buena fama, porque molestan y no buscan el aplauso. Son tenidos por exagerados, rebeldes, capaces de una crítica demoledora. Santa Luisa fue una mujer profética que tampoco se acomodó a los valores del mundo. Su vida y sus palabras inquietaban e interrogaban; era sal que escocía, como a sor Huitmille de Angers, que confesaba tenerle miedo (D 403), como temían muchos a los profetas del Antiguo Testamento. Era la luz que descubría los egoísmos, como a sor Rosa de Fontenay-aux-Roses, que arrepentida, al escucharla, le escribió una carta, camino de Nanteuil, que aún hoy día nos conmueve (D 362). Luisa fue arriesgada, a sabiendas de que iba a contracorriente en una sociedad instalada en el dualismo de una minoría holgando en el bienestar y una mayoría luchando por sobrevivir. Sólo que Santa Luisa depositaba un aire de paz y de esperanza, como cuentan las hermanas enfermas: que tan pronto como iba a visitarlas, se sentían ya curadas.
Santa Luisa tenía presente lo que decía San Vicente, que la Hija de la Caridad «está destinada a representar la bondad de Dios entre los pobres enfermos» (IX, 915), y que Juan Pablo II modernizó cuando escribió a sor Juana Elizondo que «la Hija de la Caridad está llamada a ser el rostro de amor y de misericordia de Cristo». Cuando Luisa corrige duramente a sor Bárbara y a sor Luisa, aclara «que es el amor que Dios le da por todas las hermanas el que la hace hablar así»; cuando anima y arrastra a las hermanas de Angers o de Nantes a servir a los pobres, lo hace porque los ama, hasta decir a las hermanas que el amor tiene que llevarlas, más que a ver a Dios en los pobres, a que los pobres vean a Cristo en ellas. Es decir, al denunciar con amor, engendraba esperanza. Por esto una hermana que se siente profeta, siempre y en toda ocasión es comprensiva, servicial, no tiene envidia, no presume ni se engríe: disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, invitando a conjugar la denuncia con el amor, y la lucha con la esperanza y la paciencia. Un día, incluso el don de profecía se acabará, pero el amor, nunca. En definitiva, ser profeta significa llamar a todos a vivir la esperanza en el amor6.
En sus escritos o en las cartas que Luisa enviaba a sus hijas, más que predecir el futuro y denunciar los males, anunciaba, en nombre de Dios, que el futuro tiene un horizonte de esperanza y que los males, desde la perspectiva del evangelio de Jesucristo, tienen remedio. Pregonaba la esperanza de que Dios garantiza la salvación. De ahí que su misión no era amedrentar ni destruir, anunciando males y catástrofes, sino alentar, consolar y abrir caminos de esperanza. El mensaje que Dios le había encargado anunciar fue siempre un mensaje positivo y salvador, aunque a veces y para que resaltase más la liberación del pobre descubría y denunciaba enérgicamente los males de la comunidad o del servicio, como en las cartas que envía a las hermanas de Angers y de Nantes, o en los escritos sobre la estima y la conservación de la Compañía (E 64, 70, 81). Delicada y fina, pero aguda, como era ella, no se amedrenta ni ante San Vicente al que le señala con toda claridad y crudeza los fallos de las hermanas, pero, atrevida, le indica los caminos de sanación y de esperanza (c. 374, 394).
Conclusión para la actualidad
Hoy corremos el peligro del pesimismo, de ver sólo lo mal que nos parece va la sociedad para condenarla, de fijarnos sólo en los desajustes de los gobiernos para denigrarlos, en especial si no son de nuestras ideas políticas, en los fallos de los superiores, de la Compañía, de la Provincia y de la comunidad para criticarlos sin esforzarnos en corregirlos. Santa Luisa de Marillac, profeta de Dios, enseña que conviene, y hasta es necesario, que las hermanas que se sientan imbuidas del carisma profético, destaquen y acentúen el aspecto positivo de la profecía, sin excluir que a veces también es válida la denuncia. Y necesariamente tiene que ser positiva la figura del profeta porque el verdadero profeta habla siempre en nombre de Dios, y la palabra de Dios siempre es salvadora, constructiva, alentadora, de perdón y de aliento. La hermana que sirve a los pobres en nombre de Jesús o los evangeliza tiene que ser y manifestarse positiva.
La crítica negativa y señalar los defectos es muy fácil. Pero sería una pena malgastar nuestras mejores energías en esta labor negativa y estéril, especialmente en la vida espiritual y en la tarea dolorosa de servir a los pobres.






