Santa Luisa de Marillac, profeta

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Benito Martínez, C.M. · Year of first publication: 2008 · Source: Anales españoles, 2008.
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Pienso que Santa Luisa de Marillac fue una mujer profeta —me gusta más que profetisa— en el sentido bí­blico. La palabra «profeta», en la Bi­blia hebrea, tiene dos sentidos: «el que clama», «el predicador», o bien: «el vidente». La Biblia griega la tra­duce por «el que habla»: aquel que en nombre de Dios, en su lugar y por su mandato, comunica algo a los hom­bres. En la actualidad las palabras profeta o profetismo se han hecho muy populares. ¡Ojalá haya muchos y muchas profetas en las próximas asambleas!

Para definir a Santa Luisa como «profeta» creo que en ella se deben dar estas cinco condiciones:

  1. estar en contacto con Dios para recibir el mensaje que debe co­municar,
  2. estar encarnada en la situación social y religiosa de los hombres a los que debe comunicar el mensaje,
  3. creatividad para saber interpre­tar el lenguaje divino,
  4. valentía para comunicarlo, pues muchas veces es un men­saje doloroso y hasta provoca­dor, y
  5. a pesar de todo, comunica siempre la esperanza.

Es decir, que Santa Luisa fue pro­feta si comunicó a los hombres, de parte de Dios y con valentía, un men­saje de aprobación o crítica, aunque fuera doloroso, pero abriendo cami­nos de esperanza. Adelanto ya que para mí las cinco notas se dan en San­ta Luisa y en San Vicente, aunque de distinta manera. Por ejemplo, estar en contacto con Dios para recibir el mensaje que deben comunicar. Santa Luisa habla íntimamente con Dios en la oración. Nos dice ella misma que en la oración mística que tenía, Dios le decía, Dios le daba a entender, Dios le comunicaba’. Es una verda­dera contemplativa. San Vicente, sin embargo, apenas nos habla de su ora­ción personal y, por ello, parece que la comunicación con Dios se hace in­terpretando los acontecimientos de la vida, los signos de los tiempos de los que habla el Concilio Vaticano II. Los sucesos, las necesidades de los po­bres eran el lugar donde Dios le ha­blaba; él había aprendido ese idioma y lo sabía traducir, al igual que los profetas del Antiguo Testamento. También Luisa de Marillac lo iba aprendiendo, pero poco a poco. Cuando se encontró con el sacerdote Vicente, él ya dominaba esa lengua. Lo vemos en los meses anteriores a la fundación de la Compañía de las Hi­jas de la Caridad. Luisa siente en la oración que Dios le comunica que funde una congregación religiosa, pero el sacerdote Vicente siente en los sucesos de la vida que Dios le indica que, si son religiosas, habría clausura y se acabó el servicio a los pobres. Proféticamente le anuncia cuál será su futuro y con metáforas veterotestamentarias le dice que el ángel de Lui­sa se ha puesto en comunicación con el suyo para fundar las Hijas de la Ca­ridad. Igualmente hoy en día Dios nos habla a los vicencianos de las dos maneras. Pues sin oración, como de­cía San Vicente, nada sirve de nada. Como tampoco, si no sabemos dar una respuesta esperanzadora a las ne­cesidades de los pobres con inventiva y valentía. Punto urgente a tener en cuenta en las próximas Asambleas.

Metida ya en el engranaje del sa­cerdote Vicente, llegó a amar a los pobres, como a ella misma, y a las hermanas, como a hijas que ella hu­biera engendrado. A los seis años de fundarse la Compañía, a la Superiora de las benedictinas de Argenteuil, que quería llevar a su convento a una Hija de la Caridad, le revela una ver­dadera profecía: Es poner en peligro su salvación querer oponerse al de­signio de Dios de ir en socorro de unos pobres abandonados, sumidos en toda suerte de necesidades, que no pueden ser atendidos con dignidad más que por estas buenas chicas (c. 14). Sin un amor sacrificado a Dios, a los pobres y a la Compañía, el profe­tismo desaparece.

Profeta más que visionaria

Sin embargo, la actividad que la presenta como una profeta verdade­ra, más que visionaria, es cuando se esfuerza en que la Compañía fuera aprobada oficialmente bajo la autori­dad del Superior General de los mi­sioneros paúles. Y digo profeta, por­que Luisa tenía conciencia de estar anunciando un mensaje divino. A San Vicente le escribe que habla de parte de Dios o que se lo dice conducida por la Providencia o que Dios se lo ha dicho en la oración, y le amenaza, como profeta, con que, si no le da a la Compañía el mismo superior general de los paúles, tanto en lo espiritual como en lo temporal, inmediatamen­te la Compañía dejará de ser lo que es y los pobres enfermos ya no serán socorridos; por eso, Dios preferiría que desapareciese la Compañía, pues sería ir contra su voluntad3.

Ya se sabe que los profetas, como en la antigüedad, sufren martirio, si no de sangre, sí ese martirio interior de tener que anunciar sufrimientos y desgracias por no aceptar el mensaje divino. Pero dominada por el espíritu profético, Luisa de Marillac ya no era dueña de sí misma, Dios se había po­sesionado de ella cuando le comunica a San Vicente con dolor —dice ella— el mensaje divino.

San Vicente hizo caso a esta dirigi­da que le anunciaba un mensaje de parte de Dios, y una de las peculiari­dades más significativas de la Com­pañía de las Hijas de la Caridad hasta el día de hoy, se lo deben a ella. Luisa tuvo visión y valor para remar contra corriente, porque se veía conducida por Dios. Pero ella logró entonces y a través de la historia, en unas épocas en que las mujeres debían estar bajo la jerarquía masculina, que, a pesar de ser la institución más numerosa en la Iglesia, al tener una sola cabeza, conservara la unidad mundial y no fueran fragmentadas ni modificadas por los obispos de cada diócesis, como fueron las ursulinas, o corrie­ran el peligro de serlo, como en Espa­ña a principios del siglo XIX. Al estar exentas del ordinario de lugar, preo­cupados en extremo de las directrices canónicas, tampoco se les cambiaron las estructuras, como a las salesas; y al estar unidas a los misioneros de Vi­cente de Paúl, recibían una forma­ción espiritual y teológica que las li­bró de ser sospechosas de herejía y ser suprimidas, como las jesuitinas de Maria Ward. Hoy tenemos que confesar que vio el futuro, que lo vio en Dios, que fue profeta.

Pero, no sólo vio el futuro de las Hijas de la Caridad, sino también el de las Voluntarias, a las que previene para que, aunque tengan autonomía plena, nunca abandonen la dirección del señor Vicente. Santa Luisa redac­tó este escrito (E 71) para una asam­blea de las Voluntarias, por encargo de ellas mismas.

¿Visionaria más que profeta?

Ya sé que se confunden los dos tér­minos, porque el profeta es un visio­nario del arcano divino, que los de­más mortales no pueden ni vislum­brar. Pero Luisa de Marillac, cuando habla del futuro de la Compañía, se manifiesta como quien ha recibido el carisma de profecía del que habla San Pablo en la primera carta a los Corin­tios. No fue culpa suya si no se reali­zó su profecía, convertida en un sue­ño por ser prematuramente atrevida y revolucionaria. Pero ella no se con­tentaba con lo establecido, era atrevi­da y buscaba caminos de esperanza que abrieran nuevas rutas en bien de los pobres. Estoy hablando del tesón que puso para convencer al Superior Vicente, de hacer una sola Congrega­ción con dos ramas, una masculina y otra femenina, pero bajo una sola autoridad. Era una visión prematura de lo que hoy llamamos Familia Vi­cenciana, pero fundamentada y unida en estructuras y estatutos sólidos.

Para ello se enfrenta al Superior Vicente que rebatía con el Concilio de Trento y la Constitución Quae­cumque de Clemente VIII, para fijar la naturaleza jurídica de la Compa­ñía. Lo gracioso es que logró conven­cer al Santo de la conveniencia y uti­lidad de su visión, como se lo escribe el santo a un misionero, pocos meses antes de morir (VIII, 227). ¡Lástima que no tuvieran tiempo de realizarlo! ¿No habremos llegado a una época en que es posible y útil intentar, al me­nos, realizar su profecía? Estamos vi­viendo la época de la globalización, de las multinacionales, donde las pe­queñas entidades sociales y económi­cas desaparecen. Se compran bancos y eléctricas, se asocian las empresas o se unen para fortalecerse y aumen­tar las ganancias. ¿Por qué nosotros no? Se dirá que las instituciones vi­cencianas no son negocios. Cierto, pero no se oponen a las técnicas de hacer eficaces los fines de servicio y evangelización de su misión. El fon­do de las instituciones civiles y eco­nómicas no se debe copiar, pero sí las formas y a veces las estructuras, como siempre lo ha hecho la Iglesia. Pues la esperanza es divina e infusa, pero apoyada en el engranaje de la sociedad. Al fin y al cabo, ¿qué eran las Caridades en tiempo de San Vi­cente sino una evolución y una varia­ción de las asociaciones y gremios artesanales de la Edad Media?

Y he dicho profecía porque lo era en sentido bíblico. Cuando se lo pro­pone a San Vicente le dice que es un aviso divino, que es la voluntad de Dios, que lo ha visto en la oración. Se lo propone después de examinar las condiciones de los pobres y la situa­ción tanto de las Hermanas como de los Padres, y se siente con valor para comunicárselo al Superior, aunque duelas.

Profeta dentro de la compañía

Una vez fundadas las Hijas de la Caridad, Santa Luisa cumplirá la mi­sión profética entre ellas, pues el ca­risma profético nunca ha desapareci­do de la Iglesia. El Espíritu Santo sigue actuando y actuó en Santa Luisa. Es lo que San Vicente llamaba su ex­periencia. Dios no habla articulando palabras. Ese modo de hablar puede ser verdadero en las visiones priva­das, pero no en el profetismo. La ma­nera más común de hablar Dios es a través de las reflexiones sobre los acontecimientos, ‘y Santa Luisa aprendió de San Vicente a entender ese lenguaje divino y a traducírselo a sus hermanas y a la gente. En este sentido, decía Henri de Lubac: que «según las disposiciones divinas, la historia entera es en sí misma una re­velación».

Luisa aprendió de su director a in­terpretar los «signos de los tiempos», como el idioma de Dios, y lo mani­fiesta con las expresiones ya me ima­ginaba, ya me figuraba, ya me temía, como si ella ya hubiera descubierto lo que Dios le decía a través de los su­cesos de la vida o de las situaciones locales antes de que sucedieran. Hoy solemos decir que una mujer así es espabilada, sin embargo, tenemos que calificarla de profeta si ese pre­ver el futuro se lo atribuye a la provi­dencia divina.

Se ve claro en las fundaciones. Por poner sólo unos ejemplos: en Nantes pidió que se echara al abastecedor, por convertir el oficio en un negocio personal; que se quitara a su mujer de despensera, por querer dirigir; y que el capellán no se entrometiera en los asuntos del hospital ni de la comuni­dad (c. 171). El tiempo le dio la ra­zón. En Montreuil-sur-Mer parece contemplar en una pantalla las rela­ciones con el conde y con las religio­sas del hospital y abre camino para unas buenas relaciones, y aun para que la directora fuera una seglar y las hermanas unas empleadas (E 55). En el Asilo del nombre de Jesús, siente que la Providencia la empuja a enga­ñar sin mentir, y pone a unos buenos maestros de tejedores como si fueran vagabundos, para que enseñen y arrastren a los demás, pues la expe­riencia le dice que en los comienzos los fundamentos tienen que ser fir­mes (E 76). Comprendió que Dios ilumina, pero que es el hombre quien lo realiza sopesando los medios que tiene a su alcance.

Reglamentos

Se puede decir que, también en la actualidad, hay hombres y mujeres que pueden ser considerados profe­tas; y lo son: Helder Cámara, Teresa de Calcuta, el obispo Romero, algu­nos Misioneros, Hijas de la Caridad, Voluntarias, Vicentinos… Pero ¡cui­dado! No todo el que tiene dotes na­turales para analizar, prever u organi­zar es profeta. El profeta es un hom­bre que habla con Dios y le escucha lo que El le dicta y no lo que el inte­resado quiere. No dispone de Dios, sino que Dios dispone de él. Pablo dio ya su criterio y delimitó el campo del profeta, porque el don o carisma de profecía no autoriza a imponer su criterio personal o a pretender gober­nar la Compañía sin tener autoridad institucional (1 Co 14,37). Por sus frutos los conoceréis, decía Jesús (Mt 7,16): la oración, la humildad y la es­peranza suficiente para confortar a los pobres.

Donde yo admiro más el don de profecía en Santa Luisa —algunos lo llaman carisma de fundación— es en la redacción de las Reglas y Regla­mentos. Me parece verla en oración y redactando luego las observaciones a las Reglas o componiendo los Regla­mentos. La contemplo poseída por el Espíritu Santo, como Isaías o Jere­mías, y escribiendo –sin que sea reve­lación, no cabe duda—, las reflexiones y observaciones que le presenta la ra­zón guiada por el Espíritu divino. Como aquellos profetas, analiza la si­tuación social y religiosa del pueblo, el servicio y la labor interna de las hermanas, sus virtudes y defectos. Alaba y anima, critica y condena, pero siempre abriendo caminos de esperanza y de consuelo, como Jere­mías y el Segundo Isaías.

No exagero ni atribuyo a Santa Luisa plumaje de ilusión o de oropel. El carisma del Espíritu aparece en las cartas C 133, 181, 228, 374, 394 o en los escritos E 43, 44, 61, 81, 101… Y, sobre todo, en los Reglamentos que escribió. ¿Cómo puede una mente humana penetrar con delicadeza y atención en tantas situaciones de si­cología femenina, si no está conduci­da por el Espíritu de Dios? ¿Cómo una mujer de la burguesía podría dar soluciones sociales tan atinadas para los niños abandonados, los galeotes, los ancianos, los marginados en los hospitales, si no fuese guiada por el don de profecía? Sólo una mujer con el carisma profético sería capaz de oponerse a las autoridades civiles y eclesiásticas y a su mismo director, e implantar parvularios mixtos en los pueblos y en los orfanatos, cuando caía un anatema terrible sobre quie­nes solamente lo intentaran. Claro que, para ello, se necesita tener cora­zón humano hacia los pobres y com­pañeras.

Santa Luisa tenía conciencia de su misión divina y de ser llevada por el Espíritu Santo. Hoy diríamos que te­nía conciencia de seguir a Jesús en su misión profética. Bajo el influjo divi­no entreveía cosas que muy pocos eran capaces de ver, y de San Vicente aprendió a convertir todo en revela­ción, en signo de Dios. Por eso da res­puesta a los problemas de situaciones determinadas, concretas y de cada momento, pero, sobre todo, llenando a todos de esperanza.

Los profetas auténticos están llenos de amor

Y aquí está la diferencia entre el profeta verdadero y el falso. Los pro­fetas auténticos no suelen gozar de buena fama, porque molestan y no buscan el aplauso. Son tenidos por exagerados, rebeldes, capaces de una crítica demoledora. Santa Luisa fue una mujer profética que tampoco se acomodó a los valores del mundo. Su vida y sus palabras inquietaban e in­terrogaban; era sal que escocía, como a sor Huitmille de Angers, que confesaba tenerle miedo (D 403), como te­mían muchos a los profetas del Anti­guo Testamento. Era la luz que descu­bría los egoísmos, como a sor Rosa de Fontenay-aux-Roses, que arrepen­tida, al escucharla, le escribió una carta, camino de Nanteuil, que aún hoy día nos conmueve (D 362). Luisa fue arriesgada, a sabiendas de que iba a contracorriente en una sociedad instalada en el dualismo de una mino­ría holgando en el bienestar y una mayoría luchando por sobrevivir. Sólo que Santa Luisa depositaba un aire de paz y de esperanza, como cuentan las hermanas enfermas: que tan pronto como iba a visitarlas, se sentían ya curadas.

Santa Luisa tenía presente lo que decía San Vicente, que la Hija de la Caridad «está destinada a representar la bondad de Dios entre los pobres enfermos» (IX, 915), y que Juan Pa­blo II modernizó cuando escribió a sor Juana Elizondo que «la Hija de la Caridad está llamada a ser el rostro de amor y de misericordia de Cristo». Cuando Luisa corrige duramente a sor Bárbara y a sor Luisa, aclara «que es el amor que Dios le da por todas las hermanas el que la hace hablar así»; cuando anima y arrastra a las hermanas de Angers o de Nantes a servir a los pobres, lo hace porque los ama, hasta decir a las hermanas que el amor tiene que llevarlas, más que a ver a Dios en los pobres, a que los po­bres vean a Cristo en ellas. Es decir, al denunciar con amor, engendraba esperanza. Por esto una hermana que se siente profeta, siempre y en toda ocasión es comprensiva, servicial, no tiene envidia, no presume ni se en­gríe: disculpa sin límites, cree sin lí­mites, espera sin límites, invitando a conjugar la denuncia con el amor, y la lucha con la esperanza y la pacien­cia. Un día, incluso el don de profe­cía se acabará, pero el amor, nunca. En definitiva, ser profeta significa llamar a todos a vivir la esperanza en el amor6.

En sus escritos o en las cartas que Luisa enviaba a sus hijas, más que predecir el futuro y denunciar los ma­les, anunciaba, en nombre de Dios, que el futuro tiene un horizonte de es­peranza y que los males, desde la perspectiva del evangelio de Jesucris­to, tienen remedio. Pregonaba la es­peranza de que Dios garantiza la sal­vación. De ahí que su misión no era amedrentar ni destruir, anunciando males y catástrofes, sino alentar, con­solar y abrir caminos de esperanza. El mensaje que Dios le había encar­gado anunciar fue siempre un mensa­je positivo y salvador, aunque a veces y para que resaltase más la liberación del pobre descubría y denunciaba enérgicamente los males de la comu­nidad o del servicio, como en las car­tas que envía a las hermanas de An­gers y de Nantes, o en los escritos so­bre la estima y la conservación de la Compañía (E 64, 70, 81). Delicada y fina, pero aguda, como era ella, no se amedrenta ni ante San Vicente al que le señala con toda claridad y crudeza los fallos de las hermanas, pero, atre­vida, le indica los caminos de sana­ción y de esperanza (c. 374, 394).

Conclusión para la actualidad

Hoy corremos el peligro del pesi­mismo, de ver sólo lo mal que nos pa­rece va la sociedad para condenarla, de fijarnos sólo en los desajustes de los gobiernos para denigrarlos, en es­pecial si no son de nuestras ideas po­líticas, en los fallos de los superiores, de la Compañía, de la Provincia y de la comunidad para criticarlos sin esforzarnos en corregirlos. Santa Luisa de Marillac, profeta de Dios, enseña que conviene, y hasta es necesario, que las hermanas que se sientan im­buidas del carisma profético, desta­quen y acentúen el aspecto positivo de la profecía, sin excluir que a veces también es válida la denuncia. Y ne­cesariamente tiene que ser positiva la figura del profeta porque el verdade­ro profeta habla siempre en nombre de Dios, y la palabra de Dios siempre es salvadora, constructiva, alentado­ra, de perdón y de aliento. La herma­na que sirve a los pobres en nombre de Jesús o los evangeliza tiene que ser y manifestarse positiva.

La crítica negativa y señalar los de­fectos es muy fácil. Pero sería una pena malgastar nuestras mejores energías en esta labor negativa y esté­ril, especialmente en la vida espiri­tual y en la tarea dolorosa de servir a los pobres.

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