San Vicente y el sufrimiento (VIII)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad, Espiritualidad vicencianaLeave a Comment

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EN LAS HUELLAS DE SAN VICENTE. EL SUFRIMIENTO EN LA VIDA DE SUS DISCÍPULOS

El sufrimiento visitó a los seguidores de san Vicente desde los primeros pasos de su vivencia humana, además de ser una presencia constante en la vida de las distintas comunidades. A modo de aviso previsor, ya en su tiempo bastantes misioneros y hermanas atestiguaron con la vida la fidelidad a Cristo y el com­promiso en el servicio. Quienes les siguieron no hicieron ahorro de sí mismos. Conocemos bien la epopeya de Madagascar: misioneros embarcados que no arribaron a la isla, o aun tras alcanzarla murieron bien pronto. Así también los enviados a las islas británicas, entre los que figura el primer mártir vicenciano, P. Tadeo Lee. Otro tanto avino a los que fueron enviados a Argelia y Túnez. Casi podría hablarse de «despilfarro» de fuer­zas y energías humanas: mas para el Reino de Dios nada se per­dió, pues a través de la muerte se genera nueva vida. Tenemos luego tantos y tantos mártires de la caridad: los que perecieron en Génova durante la peste, sirviendo sin temor a los apestados; los caídos en Polonia «por peste, hambre y guerra»; los sacrifi­cados en los campos de batalla en diversas partes de Francia. Ya en tiempos del fundador, también bastantes Hijas de la Caridad supieron entregarse con gozo y total abnegación. Y frente a tan­tas pruebas, dolores y lutos, el santo no se arredra: dialoga con misioneros distantes, espolea a los que titubean, regaña a los que quisieran renunciar a la empresa apostólica. Hermoso coloquio a distancia, el que sostiene con el P. Bourdaise. Su decisión se manifiesta irrevocable: —Bonita compañía sería la de la Misión si, por haber tenido cinco o seis bajas, abandonase la obra de Dios!

Y la historia continúa. Basta hacer un veloz recorrido históri­co para descubrir lo rico y variado que es el martirologio vicenciano. Una etapa significativa es la Revolución Francesa, que no hizo excepción de los hijos espirituales del propio patrón de Francia. La casa de San Lázaro en París fue la primera que saquearon los insurrectos el 13 de julio de 1789 (la víspera del comienzo oficial de la Revolución). Misioneros y hermanas die­ron después la vida por no renegar de la fe en Dios y la fidelidad al compromiso con el prójimo y lealtad a la Iglesia. Despierta interés y entusiasmo la aventura de los misioneros en China, que es concluida y se vuelve a emprender. Rebosa de significado el caso de san Francisco Régis Clet, que se aleja de una Francia presa de la Revolución para ir a morir mártir en China en 1820. Siguiendo sus huellas, san Juan-Gabriel Perboyre pudo reproducir en su martirio la Pasión de Cristo. Y ni aun en tiempos más próximos al nuestro han faltado los tes­timonios de la fe y de la caridad. Pensemos en la reciente eleva­ción de Hijas de la Cardad al honor de los altares, tales las bea­tas Lindalva Justo de Oliveira y Marta Anna Wiecka. Aunque distantes geográficamente —una brasileña y la otra ucraniana—, estuvieron unidas en cuanto a dar toda su vida al Señor y a los pobres, compartiendo un mismo carisma.

Se puede decir que la enseñanza del fundador ha desafiado al tiempo y no ha cesado de dar frutos de santidad en el curso de la historia. Hoy mismo, numerosos vicencianos, incluso seglares, en otras tantas partes del mundo, continúan dando lo mejor de sí mismos, confortando y consolando a quienes el sufrimiento opri­me de mil modos, incluso a causa de las injusticias de los hom­bres. Así aquella enseñanza sigue dando sus frutos: no sólo con el compromiso de la asistencia a los enfermos, sino también aceptando con gozo el llevar la propia cruz.

CEME

Mario di Carlo

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