San Vicente y el sufrimiento (VI)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad, Espiritualidad vicencianaLeave a Comment

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LOS FUNDAMENTOS BÍBLICOS PARA LA REFLEXIÓN SOBRE EL SUFRIMIENTO EN SAN VICENTE

Por lo hasta ahora dicho nos apercibimos de que las conside­raciones de san Vicente sobre este tema no son sólo fruto de experiencia y de sabiduría humana, o convergencia con el común modo de sentir de su tiempo, sino que muestran una referencia significativa e importante a la Escritura. Es en la palabra de Dios, meditada y profundizada, cómo el santo encuentra las líneas maestras para dar un sentido al dolor humano. Necesariamente vamos a encontrar, en este tipo de reflexión, los distintos pilares de su espiritualidad. Partiendo del misterio mismo de la Encarnación, tema central de toda su reflexión, vemos cómo este acontecimiento gozoso está atravesado por el misterio de la Cruz. El abajamiento y la humillación del Hijo de Dios en el misterio del nacimiento, el hacerse niño y ocultarse en la envol­tura pobre y frágil de una creatura, deja entrever al Cristo humi­llado de la Pasión, cuando su semblante llega a estar tan desfigu­rado, que desaparecerán de él los rasgos humanos. Padecer es por ello asemejarse a Jesucristo «que acabó su vida sufriendo por todo el mundo en el árbol de la cruz».

Para el pensamiento del santo tiene mucha importancia la invocación del tema bíblico del siervo de Yahvé. De él habla ya el profeta Isaías20, presentando a este personaje misterioso como anticipo del futuro Mesías, y al cual identifican los evangelios con Cristo. El mensaje es claro y evidente: Dios escoge el cami­no del padecimiento y del sufrimiento para dar cumplimiento a su proyecto de salvación, y de ahí que escoja a sus siervos y luego a su Hijo. Pudo haber elegido otros caminos: nosotros debemos apercibirnos de lo que Él quiso realizar escogiendo com­partir la experiencia más fuerte de los seres humanos. Jesús tiene conciencia de esta «vocación» que marca su vida terrena y su misión: es siervo, servidor por amor, que da la vida libremente21, es el siervo de la voluntad del Padre y servidor de la humanidad: «El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos». Son aquí evidentes los ecos de aquello que las Constituciones de las Hijas de la Caridad presentan como el fundamento de su llamada al seguimiento de Cristo «servidor de los pobres». Justo por estar marcado por el amor, se trata de un dolor que cura y sana: es el valor redentor del ofrecimiento de Cristo al Padre. Cristo aceptó cumplir la voluntad del Padre por medio de la kénosis, el anonadamiento, el hacerse carne24, demostrándonos así toda su compasión, que es compartir (sufrir con), con los hombres. Cristo no sólo ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos, sino que se ha hecho uno con nosotros, compartiendo las más bajas experiencias humanas. En la estela de Hebreos 5,2s he aquí cómo es expresa san Vicente: «El Hijo de Dios, al no poder tener sentimientos de compasión en el estado glorioso que posee desde toda la eternidad en el cielo, quiso hacerse hombre y pontífice nuestro, para compadecer nuestras miserias. De ahí la consecuencia que para reinar con él en el cielo, hemos de compadecer, como él, a sus miembros que están en la tierra». Hay mucho del pensamiento de la carta a los Hebreos en la reflexión de nuestro santo, como lo hay también en la atenta mirada al Jesús de los evangelios, al Jesús que cura y salva, cuya acción físicamente sanadora mira siempre a la salva­ción total. Es lo que se transparenta en el episodio evangélico de la curación del paralítico. La palabra de Jesús pone en movi­miento todas energías del minusválido, comenzando por la fe, que se torna así en causa primera y decisiva de la curación. Y en la curación de los diez leprosos27, vemos cómo todos sanan en el cuerpo, pero uno solo es «salvado».

Hay un hilo continuo que une los diversos momentos de la vida terrena de Cristo, desde la cuna a la tumba, el cual halla su momento más alto y profundo en la contemplación de Cristo Crucificado: encontramos aquí la medida insondable e inagota­ble de su amor misericordioso y compasivo: Él es el cordero de Dios, humilde, manso, que fue inmolado por la salvación de todos, que se dio todo Él por nosotros «por amor, voluntaria y libremente» (como bien sintetizaban los padres de la Iglesia). Es un misterio al que amar, adorar e imitar, justo porque Jesús se hizo semejante a los pobres. Por ello dirá san Vicente a los misioneros: «¿No son los pobres los miembros afligidos de nues­tro Señor? ¿No son hermanos nuestros? Y si los sacerdotes los abandonan, ¿quién queréis que les asista? De modo que, si hay algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tene­mos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás»; y a continuación se invocan las palabras de Jesús sobre el juicio universal, que luego revierte en lo que hayamos hecho para con los necesitados’. El crucifijo es ade­más el contenido de la predicación, según lo que san Vicente toma de san Pablo, quien reivindicó esta centralidad en su predi­cación: es la que llama él «necedad de la predicación», es la afirmación solemne, «nosotros anunciamos a Cristo crucificado», un método de anuncio basado en la debilidad de la pala­bra y no en discursos altisonantes y persuasivos; es contar sólo con el poder del Espíritu31. Puede verse en estas consideraciones el motivo de la elección del pequeño método como estilo de pre­dicación, famoso e importante, no sólo por la sencillez de la expresión, sino sobre todo porque se basa en su contenido esen­cial: el amor de Dios para con el hombre. Es el mismo sermón, reordenado de mil maneras, como solía describir el santo la característica de su predicación.

San Vicente logra conjugar bien el evangelio de la alegría con el evangelio del sufrimiento. Aun cuando los términos son los de su tiempo, nos hace entender que no es posible detenerse en la Cruz, aun siendo éste momento importante y tránsito obligado: siempre está delante el acontecimiento de la Resurrección, por lo cual al sí de Cristo ante el Padre en el acontecimiento de la Pasión, le corresponde el sí del Padre, en el misterio de la Re­surrección. Cobra relieve ahí una visión unitaria de la Pascua de Cristo como acontecimiento de salvación, que rescata todas las situaciones humanas, aun las más pobres, dando renovada con­fianza y esperanza a los pobres y a los oprimidos. Identificándose con los pobres en el momento de la Pasión, Cristo puso las bases para que ellos pudieran participar también en el momento de la gloria de Cristo resucitado y en el triunfo de la vida sobre toda forma de muerte, violencia y miedo.

Se puede asimismo seguir un recorrido específico bíblico-evangélico sobre este tema del sufrimiento y de la prueba, cual se halla en el pensamiento del santo. Podemos partir de la bien­aventuranza de los perseguidos por la justicia, y a causa del nombre de Cristo, porque de ellos es el reino de los cielos; hacer luego referencia a aquello que Cristo dice a sus discípulos: «Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga». Jesús no se ahorra palabras duras, provoca­doras, si bien nunca falta la motivación fundamental: todo es «por el reino y para ir tras Él». En los demás textos del Nuevo Testamento encontramos, expresado de manera fuerte el nexo entre «prueba y gozo». Se es feliz si se es perseguido: «Conside­rad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas»; «Por ello os alegráis, aunque ahora es preciso padecer un poco en pruebas diversas»; «Pues eso es realmente una gracia: que, por consideración a Dios, se sopor­te el dolor de sufrir injustamente… que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios»; «Pues si, además tuvierais que sufrir por causa de la justicia, ¡Bienaventurados vosotros!»;»… no os extrañéis del fuego que ha prendido en vosotros y sirve para probaros, como si ocurrie­ra algo extraño. Al contrario está alegres en la medida que com­partís los padecimientos de Cristo… Si os ultrajan por el nom­bre de Cristo, bienaventurados vosotros …»; «-Bendito sea Dios… que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios! Porque lo mismo que abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, abunda también nuestro consuelo gracias a Cristo»;»… se os ha concedido, gracias a Cristo, no solo el don de creer en él, sino también el de sufrir por él»; «Soportad la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos?». La alegría, pues, deriva, no de la prueba en sí, sino más bien de la capacidad de vivirla unidos a Cristo. Sufrir con Cristo, puesto que nos dejó un ejemplo para que sigamos sus huellas, a fin de participar en su gloria: tal es el programa de vida de todo verda­dero discípulo de Cristo. No es resignarse al mal, en cuanto que es pecado e injusticia, sino invitación y capacidad de transformar­lo en gracia y bendición, en la medida en que se lo vive en unión con el Maestro. Y en esta capacidad de aceptación debe incluirse quienquiera esté necesidad. Con san Vicente podemos volver a las palabras de Cristo en la sinagoga de Nazaret, en el comienzo de su actividad pública, cuando lee, interpreta y se aplica a sí pro­pio las palabras de Isaías, que son el núcleo anticipado del evan­gelio que revela que laBuena Nueva tiene como primeros y privi­legiados destinatarios justamente a los pobres, a los cautivos, a los ciegos, a los encarcelados. Para ellos y para quien se hace como ellos se proclama el año de gracia del Señor.

CEME

Mario di Carlo

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