SAN VICENTE MEDITA Y REFLEXIONA SOBRE LA ENFERMEDAD Y EL SUFRIMIENTO
Realista como era, san Vicente muestra un acercamiento muy concreto al sufrimiento y al consiguiente dolor. Es deudor al modo de pensar de sus contemporáneos, aun en el ámbito eclesial, pero sabe además rebasarlo. Habla de la enfermedad como de un estado molesto, y casi insoportable para la naturaleza; llega a decir que aun puede ser una verdadera injusticia, cuando ataca a los pobres, que no tienen medios de poderla combatir: por ello, es necesario hacer todo esfuerzo para combatirla y elimi-narla8. No ve en ella fatalismo ni castigo por parte de Dios. Podemos invocar las palabras que el filme de Maurice Cloche pone en labios del santo como respuesta al problema del mal: «Cuando Dios quiere «castigar» a alguien, es a su Hijo a quien manda a la cruz!». Está ahí la llamada a lo escrito por san Pablo a los Romanos: «El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros». Palabras que nos dicen, que el santo no puede aceptar la idea de que la enfermedad sea un castigo de Dios por los pecados de los hombres. El sufrimiento forma parte de la condición humana y es preciso hacer todo lo posible para combatirlo y ofrecer, a las personas que soportan su peso, mejores condiciones de vida, además de otros motivos de esperanza. He ahí por qué siente compasión, como hizo Cristo, que llegó hasta dar su vida, además de sus numerosas intervenciones para sanar y curar a quien acudía a Él: «Si quieres… Sí lo quiero, queda curado»‘ (es la curación de un leproso). Yen estos relatos evangélicos vemos en acción el deseo de curación de quien está enfermo, la fe en Cristo de quien pronuncia la petición, y la misericordia de Jesús, que se conmueve ante las miserias humanas e interviene para poner remedio a ellas. Ahora bien, para san Vicente, la enfermedad no es sólo un estado penoso, sino que es además un tiempo y hora de gracia, en la cual se revela la persona como lo que en verdad es, en lo íntimo de su realidad; un tiempo para la reflexión y la revisión de vida: podemos definirlo como tiempo de evangelización y salvación. Tras haber pedido a Dios la gracia de conocer el gran don que se oculta bajo el estado de enfermedad, el santo prosigue de este modo: «Por medio de él, hermanos míos, se purifica el alma, y los que carecen de virtud tienen un medio eficaz para adquirirla. Es imposible encontrar un estado más adecuado para practicarla: en la enfermedad la fe se ejercita de forma maravillosa, la esperanza brilla con todo su esplendor, la resignación, el amor de Dios y todas las demás virtudes encuentran materia abundante para su ejercicio. Allí es donde se conoce lo que cada uno tiene y lo que es; la enfermedad es la sonda con la que podemos penetrar y medir con mayor seguridad hasta dónde llega la virtud de cada uno, si hay mucha, o poca, o ninguna… es la mejor prueba que tenemos para reconocer quién es el más virtuoso y quién no lo es tanto’. Y añade que en ningún otro sitio como en la enfermería se observa de verdad el valor de un hombre. Visitaba por ello a los misioneros enfermos, no sólo para darles alivio y esperanza, sino también para aprender a vivir con fe la experiencia del dolor. Para san Vicente la enfermedad lleva a la santidad desde el momento que Dios envía la cruz a los que ama; pero no hay identificación alguna entre sufrimiento, santidad y salvación: se precisa aceptar el sufrimiento redentor, esto es, aceptar la voluntad de Dios en esta condición de vida. El dolor es fuente de fecundidad sólo si se lo acepta «por amor de Dios». Sólo mirando al Cristo que sufre es posible dar un sentido al dolor.
No siempre es fácil reaccionar positivamente a las pruebas. Sobreviene a veces el desánimo, ante todo cuando llegan noticias dolorosas, tales las pérdidas de misioneros, las calumnias, la privación de bienes que se estiman necesarios. Pero el santo abre el corazón a la esperanza e invita a hacer otro tanto: el enemigo (como en el caso de la persecución de los cristianos), el mal, las dificultades serán tarde o temprano superadas y volverá la paz y la tranquilidad. La experiencia del dolor afina la sensibilidad y la comprensión para con los demás, y esto importa sobre todo a quien esté llamado a tener responsabilidades en la comunidad’. San Vicente empero va más lejos en sus consideraciones, y alcanza una visión del sufrimiento como parte integral, no sólo del camino de la fe, sino aun de la respuesta a la vocación y a la necesidad de vivir el carisma de la caridad hasta las consecuencias más extremas, según el ejemplo de Cristo, que amó a los suyos hasta el fin, hasta la consumación de sí mismo. Estamos aquí ante el martirio de la caridad, ese dar la vida un momento tras otro, el consumirse por amor en bien del prójimo. Es la caridad de Cristo crucificado (como bien lo expresa santa Luisa) que le impele al servicio de la sanación completa del hombre, así corporal como espiritual. De ahí que llegue a decir a los misioneros que «no rehúyan las cruces», y añade que los miembros enfermos de la Compañía son para esta una bendición. «Las enfermedades y las aflicciones vienen de Dios, la muerte, la vida, la salud, la enfermedad, todo viene por orden de su providencia y siempre para el bien y la salvación del hombre…/Huir de nuestra felicidad! Sí, hermanos míos, esto es huir de nuestra felicidad, ya que el estado de sufrimiento es un estado de felicidad, puesto que santifica las almas’.
Sobre el modo de contemplar la posibilidad del martirio vuelve una y otra vez, ya hable del martirio de sangre, o bien el de la caridad. Y los ve como última consecuencia del seguimiento de Cristo. Si es espléndido y divino «morir por el prójimo», lo es asimismo «dar la vida diariamente», aceptando el que se acorte la vida por las fatigas y peligros a los que se expone. Pensemos en las hermanas en medio de los enfermos, en los misioneros en su actividad apostólica. Está convencido de que este deseo, y no sólo él, de morir por el Señor es alabanza de Dios y perfeccionamiento de la caridad, sino además se trueca en «semilla de vocaciones» (según lo manifestaba en su tiempo Tertuliano, que decía «sanguis martyrum, semen christianorum»). La salvación de los pueblos y nuestra propia salvación son un beneficio tan grande que merece cualquier esfuerzo, a cualquier precio que sea; no importa que muramos antes, con tal que muramos con las armas en la mano; seremos entonces más felices, y la compañía no será por ello más pobre… Por un misionero que haya dado su vida por caridad, la bondad de Dios suscitará otros muchos que harán el bien que el primero haya dejado por hacer. Invitaba a acrecentar el deseo del martirio, y a este propósito gustaba de detenerse refiriendo los gestos heroicos de sus misioneros. Sobre el de un joven misionero, el P. Luis Robiche, fallecido a consecuencia de una enfermedad que contrajo sirviendo a los galeotes, dirá que «la voz del pueblo (que es la voz de Dios) lo considera bienaventurado y ha muerto casi como un mártir, ya que expuso su vida y la perdió trabajando, por amor de Jesucristo, en la salvación corporal y espiritual de los pobres enfermos, con una enfermedad que produce ordinariamente la muerte y que él sabía muy bien que era contagiosa». Es un sufrir y un morir por amor de Dios que da el valor más grande al gesto del ofrecimiento de una vida gastada toda ella por los demás.
CEME
Mario di Carlo







