NOSOTROS HOY, COMO VICENCIANOS, ANTE EL ENFERMO Y EL SUFRIMIENTO
Ninguno de nosotros puede considerarse excluido de la llamada a testimoniar a los necesitados de nuestro tiempo la misericordia y la ternura de Dios Padre. Lo primero de todo es dar una respuesta a nivel concreto. Se nos convoca más y más a escuchar el clamor del pobre y de todo necesitado, adoptando ante ellos el mismo sentimiento de Cristo: tenerles compasión, hasta el punto de ser uno capaz de compartir la experiencia dolorosa de quien sufre. Puede en este ámbito servirnos un aspecto de la tradición vicenciana que llevamos a nuestras espaldas, la de la visita a domicilio, la cual permite efectuar una relación directa y más familiar con la persona que está en necesidad, y posibilita ponerle el remedio más apropiado. De este modo podemos responder a las verdaderas expectativas del enfermo: ¿de qué está en verdad necesitado, en aquella situación particular que está viviendo? ¿Y qué estamos dispuestos a dar; de cuánto somos capaces? Nos daremos cuenta así de la importancia que tiene el contactar con el enfermo en un acercamiento más completo, el cual conlleva ambos aspectos: la salud y la salvación, el remedio corporal y el espiritual. Es lo que vemos en el evangelio, donde algunos son curados de la enfermedad del cuerpo y otros son también salvados, así el pasaje de los diez leprosos’. A nivel más intelectual se trata de lograr dar respuesta a las preguntas que la enfermedad hace en todo tiempo a las personas: ¿tiene un sentido? Y si lo tiene, ¿dónde hallarlo? ¿Podemos mirar al aspecto físico nada más? Sólo una visión unitaria de la persona posibilita la respuesta: así podremos combatir una cierta difundida mentalidad eficientista, la cual valora sólo a quien puede producir y resulta útil en términos económicos. La persona, en cambio, vale mucho más de cuanto es capaz de producir: vale por sí misma, limitada o no, en cuanto a la producción de bienes materiales. Tal es el mensaje evangélico, que no minimiza los relevantes logros de la ciencia médica, sino que sabe valorarlos con justo discernimiento, invitando a mirar por el bien integral de la persona. Los progresos científicos, y en particular los de la medicina, son sorprendentes, pero no lo resuelven todo. El creyente puede ofrecer una respuesta más honda, invitando a leer el historial de una persona dentro del más amplio y decisivo proyecto de Dios. La enfermedad, al igual que toda forma de debilidad y de pobreza, pone de manifiesto la condición de creatura en la persona, hace sentir la precariedad del hombre, y convoca por ello a una actitud de solidaridad; es así siempre un llamamiento a la caridad. Esto nos recuerda que siempre hay espacio para los vicencianos en el mundo y en la Iglesia, de suerte que continúen viviendo idénticos valores e ideales idénticos a los que animaron el corazón y la acción de san Vicente. Siempre habrá pobres y enfermos a los que amar con la misma pasión e intensidad de Cristo.
En síntesis, a manera de provocación y propuesta, podemos decir que también hoy la respuesta al dolor es Cristo: en Él el Padre comparte el sufrimiento humano y le da un gran valor. En las huellas, pues, de nuestro san Vicente, se nos convoca a un empeño serio y duradero en la lucha contra el mal, el dolor, el sufrimiento, sea para aliviarles y curarlos en aquello que les aflige, sea para quitar de raíz las causas, pues a menudo son la consecuencia de formas de injusticia, violencias y abusos. Esto impele además a cambiar el estilo de nuestras intervenciones en el ámbito caritativo, hasta actuar a nivel de cambio sistémico, como a menudo se nos viene recordando y pidiendo. Se trata en definitiva de evangelizar el dolor, iluminándolo con la luz de la fe y con el calor de la caridad. Nunca olvidemos que estamos todos llamados a llevar «siempre y en todas partes la muerte de Jesús».
Dos textos de san Vicente pueden resumir su pensamiento sobre este tema del sufrimiento y el modo como debemos darle respuesta en cuanto vicencianos, intentando ser, en todo tiempo y en toda situación, los buenos samaritanos de los golpeados por la vida. Son textos bien conocidos, pero podemos releerlos con fruto para concluir estas reflexiones:
«No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre; él casi ni tenía aspecto de hombre en su pasión y pasó por loco entre los gentiles y por piedra de escándalo entre los judíos; y por eso mismo pudo definirse como el evangelista de los pobres: Evangelizare pauperibus misit me. ¡Dios mío! ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo! Pero, si los miramos con los sentimientos de la carne y del espíritu mundano, nos parecerán despreciables».
«¡Quiera Dios, mis queridísimos padres y hermanos, que todos los que vengan a entrar en la compañía acudan con el pensamiento del martirio, con el deseo de sufrir en ella el martirio y de consagrarse por entero al servicio de Dios, tanto en los países lejanos como aquí, en cualquier lugar donde él quiera servirse de esta pobre y pequeña compañía! Sí, con el pensamiento del martirio. Deberíamos pedirle muchas veces a Dios
Esta gracia y esta disposición, de estar dispuestos a exponer nuestras vidas por su gloria y por la salvación del prójimo, todos los que aquí estamos, los hermanos, los estudiantes, los sacerdotes, en una palabra toda la compañía. ¡Ay, padres! ¿Puede haber algo más razonable que dar nuestra vida por aquel que entregó tan libremente la suya por todos nosotros?».
CEME
Mario di Carlo







