San Vicente y el sufrimiento (IV)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad, Espiritualidad vicencianaLeave a Comment

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EL REVERSO DE LA MEDALLA: LOS POBRES Y LOS ENFERMOS EN LA VIDA DE SAN VICENTE

San Vicente no quedó como espectador mudo ante las nece­sidades de su tiempo. Hubo de recorrer un largo camino, que le llevó a la renuncia de toda búsqueda de éxito personal para hacer sitio a Dios y a los demás. En este recorrido tuvieron un puesto especial los pobres. Por los pobres fue precisamente él el prime­ro en ser evangelizado. Volvamos sobre sus primeras experien­cias pastorales. Su presencia en la corte de la reina Margarita, donde ejerce el cargo de limosnero, se torna en ocasión de ver de cerca a los pobres (estamos en 1610), a los que no dará tan sólo las limosnas de la reina, sino además algo de lo suyo. Supera la tentación decidiendo dedicar toda su vida al alivio de los pobres (1612). Párroco de Clichy (1612), experimenta el gozo de estar en medio de una gente sencilla y pobre, que le hace saborear el ser sacerdote para los demás, y no para los intereses propios. En el año decisivo de 1617, en Folléville y Chátillon, se encuentra con la pobre gente, necesitada en el cuerpo y en el espíritu y, una vez más, su respuesta es inmediata y capaz de hallar las solucio­nes más oportunas. Aprende que el sacerdote está para los demás, y que la comunidad cristiana debe construirse en torno a la palabra de Dios y a la caridad. Allí descubre la pobreza mate­rial de quien cae en la enfermedad, y la miseria espiritual de tan­tos pecadores, algo que le inducirá a decir, «la pobre gente muere de hambre y se condena», y le impelerá a dar comienzo a sus fundaciones. Y la historia continúa con las sucesivas experien­cias fuertes, de entre las que podemos recordar la de los galeotes (año de 1618), cuyo recuerdo le acompañará largo tiempo, gra­bado todo su dolor en la mirada y en el corazón («He visto a esa pobre gente tratada como bestias»); y la de los expósitos, que serán con mucho una de sus atenciones especiales y por los que prorrumpirá en expresiones apasionadas, para que las damas se dejen convencer y continúen su obra de asistencia. Diríamos que la reacción de san Vicente a tales situaciones nunca es estéril, o de alguien indiferente: siempre surge de un sentimiento de fuer­te compasión, la cual le impulsa a asumir iniciativas eficaces, y a implicar a otros en semejante empresa caritativa. Es la caracte­rística de su modo de pensar y actuar.

Los pobres, en especial si están enfermos, son «su peso y su dolor»: son la razón de ser de su vida y aun casi su obsesión. Querrá que, en San Lázaro, se sienten a su mesa dos pobres dementes, precisamente aquella especie de pobres a los que se destinó en el pasado el antiguo priorato. Las Hijas de la Caridad reciben como designación «las servidoras los pobres enfermos» (tal el comienzo de las Reglas Comunes). Aun más, el plan de servir a los pobres está presente en toda fundación por él acepta­da, sea para las hermanas (una de las cuales, en las parroquias, debe ejercer su servicio a domicilio), sea para los misioneros, al igual que cualquier quehacer que emprenda, o carga que asumas. No se arriesga a formular una definición del pobre: mira su ros­tro y ve a la persona, cuya plena dignidad humana descubre: da la vuelta a la medalla y ve a Cristo. El que sepa ver el sufrimien­to de los pobres, bien con la mirada de la fe, o bien por la expe­riencia concreta habida en ellos, los transformaba a sus ojos en la imagen de Cristo en ellos presente. Y es justamente con la vista vuelta a ellos como regulaba también su vida personal, así su estancia, su sustento, las necesidades de la vida, la repulsa de toda comodidad y privilegio; y podía pedir de los misioneros, que aceptasen algún sacrificio más, en ciertos momentos de grave crisis y de grande dificultad. En cuanto hemos dicho, se ve corroborado por el hecho de que los pobres verdaderamente evangelizaron a nuestro santo en todo el camino de su vida. Se puede también decir que el cómo se situó san Vicente ante el sufrimiento, se identifica con toda su actividad caritativa: no pasó con mirada indiferente ni «acelerando el paso», sino que se dejó involucrar, así cambió su vida.

CEME

Mario di Carlo

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