CONTEXTO HISTÓRICO. EL SUFRIMIENTO EN TIEMPO DE SAN VICENTE
Si toda época está señalada por momentos difíciles, debido a tanto género de pruebas como afectan a la vida de las personas, puede decirse que el Seiscientos, siglo en el que se desarrolla en gran parte le quehacer humano y espiritual de san Vicente, ha estado marcado, de modo particular y traumático, por la terrible y dolorosa experiencia del sufrir. Se le ha llamado «el siglo de los pobres», hasta el punto de que «crear los pobres» fue casi una acusación hecha a nuestro santo (acusación que le dirige al menos el cardenal Mazzarino). Se ha escrito también que se sintió con gran fuerza «el clamor de los pobres». Conocemos lo bastante la situación social de Francia en aquel tiempo: una sociedad dividida en tres estratos, y cómo de entre ellos, los dos primeros (el clero y la nobleza), que constituían sólo un 7% de la población, juntos poseían dos tercios de la riqueza nacional. Existía por ello una gran masa de pobre gente, la cual penaba por vivir con decoro, a menudo en el borde de la supervivencia, por lo cual bastaba poco para que recayeran en situaciones de subsistencia vital mínima. A este efecto se habla de
- Pobres estructurales, esto es siempre en la miseria, consecuencia de la constitución de la sociedad;
- Pobres coyunturales, los que, a la menor crisis, caían en la miseria;
- Pobres al límite, los que tenían un sustento normal, pero a los cuales por las crisis, se les abrían también las puertas de la miseria.
A esta situación habitual se añadían otros factores, que surgían con no escasa frecuencia: las guerras (en particular la de los treinta años: 1618-1648), las carestías, las epidemias, la desnutrición, fenómenos que conllevaban hambre para la gente, hasta el extremo infrahumano de que ésta comía hierba o corteza de árboles. Era fuerte la desesperación, así como abundaba también el vagabundeo, que generaba un clima de temor, aun en las mismas ciudades. Se ha calculado que tal masa de mendigos y marginados, a menudo asociada a bandas de delincuentes, no andaba lejos de abarcar un cuarto de la población. Pestes, guerras y hambrunas formaban una terrible trilogía, la cual conllevaba además una terrible miseria física, psíquica y moral. La guerra, con alto costo, determinaba un recurso continuo a los impuestos, y por consiguiente a sustraer recursos para afrontar otros problemas sociales, si por ventura había voluntad de resolverlos. Puede en verdad decirse que la pobreza era tanta, que los pobres daban miedo. Hablar de los pobres es hablar de personas que vivían al margen de la sociedad, de gente sin voz ni derechos, excluida de toda manifestación de vida cívica, privada de salud y de reputación, aparte de carecer de todo recurso económico. Gente a la que se había privado de toda dignidad humana. Consecuencia inmediata de semejante realidad era lo fácilmente que cundía toda especie de enfermedades, con escasa perspectiva de remedio alguno, dada la falta de cuidados médicos. Según vemos además por el testimonio de san Vicente y santa Luisa, se intentaba prestar asistencia sirviéndose de remedios poco más que aproximativos, fruto de la intuición, o con medicamentos de cuño popular.
Dentro de esta realidad vivió san Vicente; en un primer momento quiso zafarse de ella persiguiendo un ideal propio y un recorrido vital de su elección; pero el Señor le iluminó e hizo comprender que su existencia debía desplegarse al lado de la pobre gente. Y todas sus iniciativas serán una respuesta a esta variada problemática, por la cual se dejó interpelar. No quedó indiferente o pasivo: «fue movido a compasión», y ello le valió el dar origen a tan variadas actividades. Reacciona así a las guerras y a las carestías, no menos que a las demás emergencias, construyendo una red de auxilios para llevar alivio a personas necesitadas. Sus iniciativas, en particular las Conferencias de la Caridad (que fueron las primeras en surgir) querían responder a diversas pobrezas endémicas de la sociedad de su tiempo, y aun más que eso. Su interés principal fue siempre, el de la atención a la persona, a sus necesidades materiales y espirituales, con una visión unitaria del ser humano.
CEME
Mario di Carlo







