Artículo segundo: Pruebas
1.- La tradición universitaria
La tradición de la Universidad cesaraugustana consta en documentos escritos anteriores a su beatificación. Cuando el Arzobispo de Zaragoza fundó el Seminario de Belchite 1724, la Universidad se alzó en queja ante el trono de Felipe V, alegando a su favor el hecho de haber estudiado en ella, entre otras grandes figuras, «el Venerable Vicente de Paúl». A raíz de su canonización, la Universidad vuelve a catalogarle entre sus más preclaros discípulos, y el Cardenal Benavides graba el hecho en una lápida en el Seminario de San Carlos en 1889. El prólogo de los Estatutos de 1735 consigna que «desde 1596 estudió la Sagrada Teología también en esta Universidad el más ejemplar de todos los eclesiásticos, el gran San Vicente de Paúl fundador y primer Superior General de la Congregación de la Misión, y recibió el grado de bachiller en ella, sin que después recibiera otro alguno». Y el eruditísimo Camon en sus Memorias de Zaragoza, 1768-1769, afirma que «en estos tiempos—se refiere a la década de 1594-1604—floreció más que en todos el estudio de la Sagrada Doctrina en la Universidad y produjo un Santo a la Iglesia en San Vicente de Paúl».
2.- El panegírico de los teólogos españoles
Existen, entre otras, dos cartas en la correspondencia vicenciana en que el Santo expone el método de enseñar que él implantó en sus Seminarios y que coincide con el implantado por Cebruna en la Universidad de Zaragoza y que tan a rajatabla llevaba su lugarteniente Diego Frailla por los años de 1597 y siguientes, como se echa de ver en su Lucidario y que coincide, con las lechas que damos para la venida y estancia del Santo en Zaragoza. Damos las citas de referencia que cualquier lector puede comparar con la edición de Coste.
«He sabido que el señor Guesdón da las lecciones por escrito a los seminaristas, lo que es contrario a nuestro proceder y un método de enseñanza poco útil, ya que los alumnos se fían de sus escritos y no ejercitan su entendimiento y su memoria, quedando de esta suerte su espíritu vacío mientras se cargan de papeles, que quizá no vuelven a mirar jamás. Uno de los nuestros, puesto al frente de un Seminario, quiso dar por escrito sus lecciones, de lo que le hecho desistir. Jamás se hace esto en España, y creo que lo mismo ocurre en Italia. De ahí que los españoles sean muy sabios y profundicen más en las ciencias que en ninguna parte». Esto escribía en 1652 al P. Gicquel, Superior del Seminario de Mans. Y el P. Bernardo Codoing, Superior del de Annecy, escribía en 1642: «¡Qué diremos de las Universidades de España, en las que no se sabe siquiera qué cosa sea dictar en las clases y se limitan a la mera explicación? Sin embargo, todos estamos de acuerdo en que en ella están los más profundos teólogos del mundo». Y en otra redacción insiste: «Hay que distinguir de Universidades; en España no se dicta, y, sin embargo, existen allí tan grandes teólogos».
El Estatuto dado a la Universidad por su magnífico fundador en 1583 y llevado a la práctica con retoques de mayor perfección por su gran colaborador Diego Frailla, disponía el orden y el modo de las explicaciones, y el modo era: «sin aguardar que los oyentes escribiesen, pero cuidando que se hiciesen capaces de lo que se explicara y que lo retuviesen en la memoria…, porque el dictar tiene el inconveniente de pasar poca materia los oyentes y no se les da a entender ni declara con la utilidad necesaria». La dependencia del Santo del gran Cerbuna y de su Estatuto es evidente, y el entusiasmo y tenacidad con que el Santo lo defiende y lo impone gritan a voces que San Vicente vivió el método y lo comprobó por propia experiencia, cuando todavía él y el Estatuto cerbuniano estaban en los fervores de las cosas nuevas en 1597.
Los grandes teólogos españoles arrancan grandes elogios a San Vicente. Ningún francés es capaz de suscribir elogios tan categóricos y ponderativos. Y es que él los vio y oyo sus enseñanzas. Tales fueron en Zaragoza a fines del XVI y XVII, Jerónimo Xavierre, O. P., más tarde Cardenal de la Santa Iglesia; Hernández de Monreal, Juan de Granada, Jerónimo de Aldovera, Malón de Chaide, Fr. Martín Perant, ve luego pasó a Salamanca a leer la cátedra de Biblia; el celebérrimo Bautista de Lanuza, gran orador y escriturario; Juan Miguel de Losilla, profesor de la cátedra de Durando, y sobre todos el gran Luis Aliaga O. P. a quien Borao seña la como profesor de San Vicente de Paúl. Estos teólogos explicaban el texto del Maestro de las Sentencias por las partes de Santo Tomás de Aquino, según lo ordenaba el Estatuto de Cerbuna, el cual, no siendo suficiente para explicar todas las cuestiones en los cuatro cursos teológicos, han seleccionado los temas cardinales para darles mayor extensión y profundidad. El Estatuto ordenaba además, que en las clases todos los catedráticos enseñasen doctrina católica, sana, sólida y verdadera. Y para que así fuera, allí estaba el insigne Fraila, para dar vueltas por las aulas y vigilar las materias, métodos y ortodoxia de los catedráticos, haciendo cumplir con inteligencia tesonera las bellísimas orientaciones estatutarias. Estas atendían a la buena conducta de los estudiantes y a las necesidades de los más pobres, que tenían para su auxilio un limosnero nombrado por la Universidad y que recibían asistencia gratuita en el hospital adscrito a la Facultad de Medicina. Y acaso esta «doctrina católica sana, sólida y verdadera», que, al decir de Camón, «bebió» en las aulas zaragozanas, junto con la inquina que en España se profesaba a la herejía, encierre la clave de por qué San Vicente siempre vio claro en las intrincadas argucias del jansenismo y fue de los contadísimos personajes quo salió incontaminado de la lucha, en la que se mostró enemigo implacable y activísimo de una de las herejías más peligrosas que ha padecido la Iglesia.
3.—San Vicente y las Carmelitas de España
En 1588 la Venerable Isabel de Santo Domingo, una de las compañeras de Santa Teresa de Jesús, llegó a Zaragoza y fundó el convento de San José en la calle de Sobrarbe del Arrabal. Toda Zaragoza quedó entusiasmada ante la modestia y santidad de aquellas Hijas de Santa Teresa, y como acontecía en todas las fundaciones teresianas, durante mucho tiempo fue el tema de las conversaciones, sobre todo de la gente devota. Cuando San Vicente llegó a Zaragoza alrededor de 1597, la mortificación y austeridad de las Hijas de Santa Teresa traían asombrados a los vecinos de la ciudad del Pilar.
El Santo debió de ir a contemplar aquel portento y se le grabó tanto en el alma que cincuenta años más tarde no se le había borrado de su memoria y lo traslada a sus Hijas con detalles que transpiran a recuerdos juveniles.
Así hablando el 3 de enero 1652 a las Hijas de la Caridad, les decía:
«Las Carmelitas comen grandes escudillas de potaje y huevos podridos. Esta es su alimentación, aunque sean hijas de casas ilustres, que en otro tiempo han sido tratadas con esmerada delicadeza. Y no digo nada que no sepa con absoluta certeza: los huevos que les sirven huelen como carroña. Y, sin embargo, los comen«. También sabe cómo visten y mil detalles de su vida.
«Las Carmelitas son tan austeras que ayunan ocho meses al año, no llevan ropa interior, se levantan a media noche y oran sin cesar«. Esto decía en agosto de 1655. Y en octubre del mismo año insistía:
«Las Carmelitas tienen una mortificación muy grande. Andan con los pies desnudos. Puede ser que en Francia lleven sandalias. No sé muy bien cómo van aquí: pero en España no llevan zapatos ni medias: van desnudas de pie y piernas y se acuestan sobre un poco de paja o heno, a pesar del rigor del invierno«.
Es de subrayar que San Vicente sepa cómo comen, visten y duermen las Carmelitas en España y no sepa cómo lo hacen en Francia. «Y esto lo sabe a ciencia cierta». Se nota que esta información no es libresca, sino personal, y de primera mano.
¿Dónde adquirió estas noticias? Hace algunos años quedé gratamente sorprendido cuando leí en una crónica de ‘Ya» los resultados de las investigaciones de la vida de las Carmelitas, hechas por una escritora francesa en los conventos no de Francia, sino de España; y sus datos coincidían a la letra con los que nos da de ellas San Vicente de Paúl. Todo nos lleva a la conclusión de que el Santo las visitó en el Arrabal de Zaragoza en los primeros años de la fundación, en que se respiraba el fervor y el espíritu de penitencia de la gran Santa castellana, tan conocida y estimada por San Vicente, implantado allí por una de sus discípulas más fervorosas, la Madre Isabel.
4.-La tradición jesuítica
Desde la primera mitad del siglo XVII ya consta fijada en documentos escritos la tradición oral de los Jesuitas de que aun siendo alumno, durante su estancia en Zaragoza, de la Universidad, San Vicente de Paúl había residido en calidad de fámulo en el Colegio que tenían en Zaragoza, que más tarde fue convertido por Carlos III en el Seminario de San Carlos. El dinero de la venta del par de bueyes le daría para los gastos de viaje a Tolosa o a Zaragoza, pero no para residir en una u otra ciudad durante varios años. La estancia, gratuita en San Carlos aliviaba notablemente el problema, económico y es probable que los parientes de España, valiéndose acaso de la influencia de Cerbuna, que por un lado sabemos que era amigo de los Jesuitas y por otro lado natural de Fonz, pueblo cercano de Azenuy y de Tamarite, pueblos de Bertranda de Moras y de Juan de Paúl, le proporcionarían este medio de poder realizar sus estudios. Años después de la muerte del Santo vemos a varios de Paúl de la misma región afluir a Zaragoza para ejercer allí sus funciones sacerdotales, entre ellos, Juan y Gabriel de Paúl, que se decían parientes del Santo, y cuyos padres eran sus contemporáneos. Yo he visto en Fonz partidas de bautismo con el apellido De Paúl, que eran contemporáneos de Cerbuna y que podían ser tíos o primos del Santo. Es de notar la seguridad con que el P. Bofil, Provincial de los Jesuitas de Aragón, atestigua el hecho de la permanencia de San Vicente en el Colegio de la Compañía, diciéndonos que él mismo había leído una nota acreditativa del hecho en uno de los libros de las Décadas del Colegio, obra hoy día en parte desaparecida.
5.- La ciencia inedia profesada por San Vicente de Paúl
En la primera carta que de él se conserva, el Santo hace un alarde de aplicación de la ciencia media, que, a las claras, revela que lejos de asustarle y ahuyentarle de las aulas de Zaragoza, como quieren Collet y sus repetidores, la teoría del Jesuita conquense, le entusiasma hasta convertirla en vivencia. Reproducimos el párrafo. El hermano de su corresponsal, señor De Comet, durante su cautividad, había muerto de la enfermedad de piedra, y el Santo, entre las coas que había aprendido del médico espagirita de Túnez, había traído una receta contra esta enfermedad, de la que le emitía una copia, y escribía:
«Cuántas veces después de mi esclavitud he deseado haber salido de ella antes de la muerte de su señor hermano su conmecenas en hacerme bien, y haber poseído el secreto que ahora le envío, rogándole que lo acepte con tan buen corazón como firme es mi creencia de que si hubiera sabido lo que ahora le envío, la muerte no hubiera triunfado de él, al menos por causa de esta enfermedad, si bien se dice que los días de los hombres están contados delante de Dios. Esto es verdad; pero ello no «arre así porque Dios haya contado sus días y fijado en tal número, sino que el número de los días ha sido contado por Dios, porque ha resultado ser así. O hablando con más claridad, él no murió en el tiempo que murió, porque Dios así lo hubiera previsto o porque hubiera fijado en tal cifra el número de sus días, sino que Dios lo previó así y el número de sus días fue conocido tal cual ha sido, porque murió en el tiempo que murió».
Las frases subrayadas son de sabor y filiación típicamente molinista; y pregunto: ¿dónde pudo el Santo aprender el sistema del Jesuita español? ¿En Tolosa? No se enseñaba allí. Allí no había Jesuitas y en las cátedras de Teología enseñaban los Dominicos Agustinos, Carmelitas y Bernardos, ajenos todos ellos y aun enemigos del sistema. Tampoco lo aprendió en la Universidad de Zaragoza, en la que enseñaban Dominicos, Franciscanos y Agustinos. Menos lo pudo aprender en ninguna otra Universidad, pues la carta está escrita a raíz de la cautividad y antes de ella sólo frecuentó la de Tolosa, según los hipercríticos, y también la de Zaragoza, según la tradición histórica, que arranca desde el primer biógrafo. ¿En dónde, pues, aprendió el sistema? La solución la da un tercer elemento es la tradición antiquísima de que fue colegial, en calidad de fámulo, del Colegio que los Jesuitas tenían en la capital de Aragón. Se con firma la hipótesis teniendo en cuenta la estima en que siempre tuvo a la ínclita Compañía de Jesús y a sus miembros a pesar de la hostilidad con que ya la distinguían los personajes que le rodeaban. La adhesión al sistema no fue pasajera y su uso le duró de por vida, tanto en la polémica con los jansenistas como en las Misiones al hablar del «número de los días que Dios tiene fijado a cada cual», y hasta en las Conferencias a las Hijas de la Caridad, sobre todo al explicarles en la fiesta de Santa Catalina la parábola de las «Vírgenes prudentes», en que, hablando de las necias dice que «ya estaban perdidas en el pensamiento de Dios, y ello no porque Dios lo hubiera previsto, sino que las vio perdidas, porque ellas se habían de perder».
Un argumento apodíctico.—En efecto, es el mismo Santo el que categóricamente dice haber estado en España. Y se lo dice a las Hijas de la Caridad en una conferencia que re produce Coste en la página 448 del tomo X de su colección, en un pasaje cuyo alcance se le ha escapado al ilustre publicista. Dice así:
«¿De dónde creéis que han venido todas las guerras pasadas y presentes en Francia? Sin duda alguna han venido de que ciertas personas, movidas del mal espíritu, han encontrado qué decir acerca de la administración del Estado Basta que una persona no ame al rey para que haya turbulencias, porque, preocupada de su pasión, a esta persona le parecen muy distintas las cosas de lo que son en sí. La tal persona comunicará a otra sus impresiones y dirá: «D. Fulano no cumple con su deber; si no se toman medidas, arruinará al Estado». Esta impresión pasará a otro y a otro en una cadena sin fin, hasta que todo el Estado queda dispuesto para la subversión. Ya no mirarán al rey sino como a un mal administrador del reino, y de ahí las revueltas. Si aquí me observara lo que hacen en otros países no habría tantas guerras como hay. Yo estuve en un reino en donde un religioso, habiendo ido a ver al rey, preguntó alguna noticia de la Corte, y le fue respondido: «Pero, Padre, ¿está bien que un religioso se mezcle en los asuntos del rey?» En este reino no se habla mal del rey. Y porque es una persona sagrada, tienen tanto respeto por lo que le concierne que jamás hablan de las cosas del rey. Y de ahí sucede que en este reino todos están unidos al rey y no se permiten decir una palabra contra sus órdenes.
Crítica textual.—-No se necesita tener vista de lince para ver en este texto dos hechos contrapuestos: un reino, que es Francia, todo él dividido y alzado en armas contra su rey en tiempo de las dos Frondas, a causa de las murmuraciones contra la realeza; y otro, todo él en paz, en donde nadie hablaba mal del rey y en donde todos miraban su poder como sagrado y venido de Dios y le profesaban sumo respeto. Este doble hecho lo comprobó el Santo con sus mismos ojos.
Cabe ahora preguntar: ¿qué reino era ése, en que el Santo estuvo años atrás? Evidentemente no se trata de Francia. Tampoco se trata de Italia, donde el santo estuvo efectivamente; pero Italia a la sazón estaba fragmentada en repúblicas y no había ningún reino Mucho menos se trata Túnez, que era una posesión del sultán de Constantinopla, en cuyo palacio se guardaría muy bien de entrar ningún religioso, si es que lo había, para murmurar del autócrata mahometano. Entonces, ¿de qué reino se trata?
Sólo resta España, en la que además se daban las circunstancias que anota el Santo, sobre todo en la época en la que Abelly dice que vino a ella, que eran los últimos años de Felipe II, respetado y venerado de todos los españoles y tenido como lugarteniente de Dios para defender a la cristiandad. No cabe duda. Sólo un ciego puede negar la fuerza apodíctica a este argumento. Es, pues, del todo evidente que el Santo estuvo en Zaragoza. El que se obstine en negar la evidencia de esta conclusión tendrá que explicar de qué reino so trata o descender del trono de la ciencia y de la imparcialidad.
¿Pero cuándo estuvo? Abelly se limita a consignar el hecho, sin precisar si vino antes, en medio o después de Tolosa. Algunos suponen que vino en el intervalo de los estudio,‘ tolosanos. ¿De dónde sacó el dinero? El producto de la venta de los bueyes lo gastaría de seguro en el primer viaje. Ir de Dax a Tolosa, de Tolosa a Zaragoza y desde Zaragoza otra vez a Tolosa, resulta extraordinariamente antieconómico, que no es fácil pudiera aguantar la flaca bolsa del Santo En cambio, se explica que viniere primero a Zaragoza, donde el Santo tenía parientes o conocidos que le proporciona ron la estancia gratuita como párvulo en el Colegio de la Compañía de Jesús. Desde Zaragoza a Tarbes, donde se ordenó de subdiácono, el camino es inferior a la mitad que ch. Zaragoza a Tolosa, y no es difícil que los parientes de Aragón le ayudaran en su viaje de vuelta, que es fácil lo motivara el deseo de recibir las órdenes mayores y quedar con ello incardinado en la Diócesis donde vivía su familia. En el testamento su padre, que había muerto a principios de 1598, había encargado a sus hermanos que le ayudaran en su carrera, por donde es fácil conjeturar que harían un esfuerzo para pagarle el viaje a Tolosa desde Tarbes, donde recibió el diaconado. Esta opinión queda convertida en casi cierta teniendo en cuenta que la paz que tenía España y la veneración que tenían los españoles a su rey coincide con los timos años de Felipe que murió en 1598.
Esta es también la opinión de Pedro Collet, C. M., el segundo de los grandes biógrafos del Santo, y es la que adoptamos por más lógica, más económica y más llana, dada mi ascendencia aragonesa.
Cuánto tiempo estuvo en Zaragoza?) De la expresión de Abelly se deduce que los estudios de Tolosa y Zaragoza formaron un bloque, el bloque teológico con dos etapas. La de Zaragoza con dos años, y la de Tolosa con cinco, que son los siete años que le asignan de estudios teológicos el P. Espíritu Larran, O. S. A., regente de una de las cátedras de Teología, y el doctor Assolens, secretario de la Universidad en I certificado que en su favor expiden en el mes de octubre de 1604. No se conserva el original de este documento, y su contenido se conoce por lo que dice Abelly, que lo vie en San Lázaro. Y Abelly escribe: «Il eut moyen, en instruissant cette petite jeunesse, de continuer ses études de theologie; ce qu’il fit avec tant d’affection et diligente, que apres y avoir emplyé sept ans, como il se voit par une attestation authentique». No dice Abelly que el documento certificara que estuvo estudiando en Tolosa siete años, sino que empleo siete años en los estudios de Teología. Ya en la página 24 había dicho: II s’en alla a Toulouse pour s’appliquer aux études de theologie, ou’il employa environ sept ans. Il est vrai que, pendant cet temps, iI passa en Espagne et fit quelque sejour a Sarragossa pou y faire aussi quelques études». Nótese las palabras subrayadas «Durante este tiempo»—este tiempo de los siete años–residió en Zaragoza para hacer allí algunos estudios. Y esto lo da por cierto. La Universidad tolosana se mita a certificar los siete años de estudios sin especificar fueron todos o no en Tolosa.
Estos no fueron de tan corta duración en Zaragoza como pretenden Collet y sus repetidores, ya que en Zaragoza se familiarizó con los problemas de la Predestinación, que no están precisamente en el pórtico de la Teología, sino en el segundo libro de las Sentencias de Pedro Lombardo, que fue libro, para el que la Universidad de Tolosa le otorgó en octubre de 1604 la facultad de enseñar y explicar; mas adviértase que este tercer documento de la Universidad tolosana no le confiere el título de maestro, sino únicamente la simple facultad de enseñar, facultad que de seguro se apoya en el título que ya tenía a partir del otoño de 1589, y que seguro no recibió en Tolosa, pues de habérselo otorgado está Universidad, le hubiera expedido el certificado del título como le expidió el de bachiller.
El título de maestro lo recibió en Zaragoza. Esto nos lleva a la conclusión, no exenta de grave fundamento, de que el título de maestro lo recibió en Zaragoza y que su estancia en ella duró desde fines de 1596 al otoño de 1598, en que regresó a su casa con motivo de recibir en la Diócesis del domicilio de su familia, en que pensaba ejercer, las Órdenes mayores. Cuando las autoridades de la Universidad cesaraugustana se alzan en queja contra las pretensiones del Arzobispo de Zaragoza de fundar el Seminario de Belchite afirman que «el Venerable Vicente de Paúl» fue discípulo de aquella Universidad y que allí recibió grados académicos, cosa que ya en 1704 había afirmado el primer biógrafo español, si bien exagerando la estancia en Zaragoza, como por su lado la habían exagerado para Tolosa los biógrafos franceses. Este reparto lo tengo por equitativo y fundado en los documentos que, por otro lado, no dan más de sí. Insisto, y ello refuerza la tesis, en el hecho cierto de que San Vicente aprendió el molinismo en Zaragoza, materia que, aunque no la trata el segundo libro de las Sentencias, porque era cuatro siglos anterior a Molina, sí que trata de la Predestinación, materia en que se encuadra la teoría del Jesuita español.
En Zaragoza explicaba al maestro de las Sentencias el gran Xavierre, O. P., más tarde elevado a la púrpura cardenalicia en premio a su saber. Los cuatro libros eran explicados por Santo Tomás, y además Aliaga explicaba en docencia directa las principales tesis de la Aquinate. Es cosa sabida que el Santo profesó gran devoción al Doctor de Aquino, y que a pesar de la utilización práctica de la Ciencia media, utilizó más la doctrina del Aquinatense que la de Molina y dejó entre los suyos la ley de que los estudiantes se guiaran siempre por su doctrina, regla que hasta el día de hoy ha estado siempre en vigor.
La Leyenda de Oro, publicado en Barcelona, consigna: «Y pasando de Dax a la Universidad de Tolosa y a la de Zaragoza, cabeza del reino de Aragón, estudié siete años la Teología con fervor, sin intermitirle en el estudio de la devoción. Y el traductor anónimo al italiano de la vida de Abélly, publicada en Venecia en 1740, escribe: «Terminados sus estudios de Gramática y Filosofía en Dax, pasó de aquí a España, fijando su residencia en Zaragoza, capital del reino de Aragón, donde, continuando en ella sus estudios, dícese que hasta consiguió algún grado».
«Mas porque los profesores de aquella célebre Academia andaban en gran discordia con motivo de las conocidas controversias de aquellos tiempos y porque desagradaban mucho al manso siervo de Dios aquellas disputas sobre cosas opinables que casi llegaban a la perturbación de los ánimos, se volvió a Francia, conservando, sin embargo entonces, después, y siempre, gran veneración a aquellos insignes teólogos». Y luego de decir que ya en Francia en 1596 recibió la tonsura y demás Ordenes menores, agrega: «Después pasó a Tolosa y se aplicó con ardor al estudio de la Teología». «El texto de la traducción no responde a la primera edición de Abelly. El traductor lo amplía con noticias propias y con elementos de Collet. La noticia, a todas luces falaz, de las disputas entre profesores la tomó de Collet; pero la venida directa a Zaragoza, la del grado que aquí recibió, el aprecio que siempre guardó de los teólogos españoles, hasta la recepción desplazada de las Ordenes menores, y la ida, después de todo esto, a Tolosa, son elementos nuevos y propios, algunos dio nos de retenerse: la venida directa a Zaragoza, el grado que allí tomó y la prosecución de los estudios en Tolosa, y hasta el falso detalle de las Órdenes menores recibidas a su vuelta a Francia, que es fácil haya de sustituirse por las Órdenes mayores que, a mi parecer, fueron la causa de la interrupción de sus estudios en Zaragoza, para después proseguirlos en Tolosa. Cuarenta años antes el Oratoriano Acami tradujo la obra de Abelly al italiano, y el hecho discutido lo escribe así:
«Con el consentimiento de su padre se encaminó a Tolosa y de allí a Zaragoza, en España. En aquellas Universidades empleó el tiempo de siete años continuos en el estudio de la Teología y tomó el grado de Bachiller con la facultad de interpretar públicamente al Maestro de las Sentencias.» Luego añade los consabidos detalles de que todo se ignoró hasta después de su muerte, en que se descubrieron los documentos que acreditaban el grado, los años de estudio y la facultad de explicar al Maestro de las Sentencias, que él había mantenido ocultos, diciendo siempre de sí mismo que era un simple estudiante de Gramática. Un año después, fray Juan, que escribía en Nápoles, calca esta noticia sobre Acami con ciertas variantes y amplificaciones:
«Pidióle, escribe, la bendición a su padre, y con su consentimiento, que sin él estuviera siempre mentida su obediencia, se partió para Tolosa, y de allí vino a Zaragoza, ciudad bien conocida en nuestra España. En aquella ciudad, donde a ingenios floridísimos asisten maestros grandes, empleó Vicente siete años continuos en el estudio de la Teología y se graduó de Bachiller con la facultad de poder interpretar públicamente el Maestro de las Sentencias. No quiso privar el cielo a nuestra España de la gloria de haber laureado y ceñido el acero para triunfos del nombre de Cristo a un ministro tan grande de su Evangelio«.
En este litigio tercia también la propia «Universidad y Estudio General de Zaragoza», que acude a los reales pies de Felipe V para «pedir su protección, para que en el feliz reinado de V. Mag. no se destruya un cuerpo que con tantos cuidados de los gloriosos progenitores de V. M. se erigió, y que ha mantenido con gran beneficio del público y con la fortuna de haber producido innumerables varones que han ido el ornamento de esta corona y el descanso de sus Serenísimos Reyes…»
La causa de este temor de ruina, y de ahí su petición de amparo y protección, los expone la Universidad en estas líneas:
«El ardiente celo de don Manuel Pérez de Aracill, último Arzobispo de Zaragoza de santa memoria, erigió en la villa de Belchite en la ermita de los Desamparados—paraje muy expuesto a enfermedades, según dictamen de nuestra Facultad médica—una casa de Recolección, de Ejercicios Espirituales, de Misioneros apostólicos y de examen de vocaciones eclesiásticas, con el título de Seminario.»
En esta fundación el Arzobispo se colocaba en la línea exacta de San Vicente de Paúl, y, según asegura más adelante el documento, efectivamente lo tuvo en cuenta. Su generosidad dotó a la fundación con 10.000 escudos a condición de que «ningún clérigo pueda ser promovido al subdiaconado sin haber residido, al menos, seis meses en Belchie y que para conseguir los órdenes de diaconado y sacerdocio, les sea preciso la residencia en aquella casa todo el tiempo de los Intersticios o más, si pareciere necesario, y esto, sin poderse dispensar con lo que estudian en las Universidades del Reino». Esta misma línea era la seguida por los Seminarios vicencianos de la primera época y que tal vez el Arzobispo había leído en la «Vida de San Vicente de Paúl», por fray Juan del Santísimo Sacramento; pero esta fundación la consideraba la Universidad como un golpe mortal para su propia supervivencia, ya que más de la mitad de sus alumnos—eran más de 400 los estudiantes que profesaban la Teología y los Cánones, todos ellos en camino de los Sagrados Órdenes»–, más sus respectivos profesores, tendrían que abandonar sus aulas.
Aunque el infolio de 12 páginas, que contiene esta Representación de la Universidad a Felipe V, por faltarle la portada, no señala la fecha de su expedición, es menester ponerla hacia fines de 1726, a raíz de la muerte del Arzobispo. y antes de la elección del sucesor y, por tanto, antes de la beatificación del fundador de la Misión.
Para hacer más fuerza en el ánimo del Rey, la Universidad alega que «esta escuela ha sido siempre fecundísima de varones píos, que al mismo tiempo se instruyen en las ciencias y practican las virtudes». Y después de citar a San Lorenzo y a San Vicente en los tiempos antiguos, a San Pedro Arbués y otros en los tiempos más modernos, dice la Representación que esto «debió mover al Arzobispo» a confiar en la capacidad de la Universidad para la formación de sacerdotes, ya no fundar el dicho Seminario, «mayormente, añade, cuando para la fundación de su casa de Belchite tuvo presente al Venerable Vicente de Paúl, Fundador y primer Superior General de la Congregación de la Misión, nuestro Bachiller en Teología, que bebió en esta Escuela en los siete años continuos que la cursó, aquella ciencia, que admiró la Italia y la Francia, y aquella virtud que nos hace esperar verle en los altares».
Estos autores, coleados en la línea de Abelly, son más amplios que él e introducen datos nuevos, verbigracia: lo de tomar grados, al menos, uno, en Zaragoza. Casi todos convienen con Abelly en que los siete años de estudios teológicos han de repartirse entre Zaragoza y Tolosa. No ha faltado quien piense en un doble Bachillerato, opinión disparatada. Ante tanto barullo, y siendo cierto que su grado de Maestro es anterior a los estudios en Tolosa, creo que lo más acertado es ordenar así los hechos:
1.° Estudios de Gramática y Filosofía en Dax; 2.° Recepción de Ordenes menores; 3.° Venida a Zaragoza a fines de 1596 o principios de 1597; 4.° Conquista del título de Maestro para explicar a Pedro Lombardo que había Cátedra especial en Zaragoza, regentada por Xaviérre, pero explicada «por las partes de Santo Tomás» 5.° Regreso a Francia, no con motivo de las disputas de la Ciencia Media, entonces inexistentes, como se puede ver por el Lucidario de Frayla desde 1904, sino para recibir las Ordenes Mayores; 6.° Continuación de sus estudios en Tolosa, donde recibe en 1604 el certificado de los siete años de estudios teológicos, el título de Bachiller y no el título de Maestro, que ya lo tenía desde 1598, sino la facultad de explicar al Maestro de las Sentencias, que suponía ya logrado el título, que es el que conquis1 ó las aulas cesaraugustanas.
Acerca de la autoridad de Abelly.—Aquí, lo mismo que en la cuestión de la fecha y lugar de su nacimiento, es menester asentar la absoluta garantía de la autoridad de Abelly. Coste supone que estas y otras noticias relativas a su infancia las tomó Abelly de ciertas Memorias enviadas desde Dax por el Canónigo Juan de San Martín, después de la muerte del Santo. Mas, aparte de que estas Memorias merecen no poca garantía, por estar muy cerca de las fuentes, es el mismo Abelly el que se encarga de decirnos que él las bebió en las mismas fuentes. Y, en efecto, en su «Avivs au lecteur», se expresó así: «Todo lo que en este !ibro vais a lees es de absoluta garantía, o por ser públicamente conocido, o por estar apoyado en distintos testimonios dignos de fe, o porque yo puedo certificar haberlo visto con mis propios ojos u oído con mis propios oídos, por haber tenido la dicha de conocer y tratar frecuentemente al señor Vicente durante muchos años y aun haber visitado el lugar de su nacimiento y sus parientes más próximos en un viaje que hice a Guyena hace unos veinticinco años».
Cuando en 1640, siendo Vicario General de Bayona, el futuro primer biógrafo se acercó a Pouy para visitar a la familia del Santo, todavía vivían allí sus hermanos Bernardo, Domingo y María. Bernardo era mayor que San Vicente y estaba en perfectas condiciones para saber qué edad tenía su hermano, y, sobre todo, si fue o no a Zaragoza. Difícilmente se encuentran hechos bebidos en fuentes más puras. Y que el obispo de Rodez no mintió ‘y escribió lo que oyó, se deduce de estas palabras:
«Siendo la verdad el alma de la Historia, sin la cual ni tal nombre merece, sino el de la novela o cuento de recreo, el lector puede estar seguro que en esta historia la verdad ha sido respetada y guardada con la máxima fidelidad.» De donde se echa de ver que no quiso mentir y que sabía lo que escribía.






