San Vicente de Paúl y el trabajo

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Desconocido · Source: En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy, Vol. 1.
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I. – Introducción

Hoy como ayer, es necesario acudir al trabajo, al propio o al de otro, para vivir. La relación del hombre con el trabajo, el aprecio que de él hace, la importancia que le da en su existencia, caracterizan una civilización.

Heredero del Renacimiento, el siglo de san Vicente sólo tenía una estima mediocre del trabajo, y especialmente del trabajo manual. Era impensable que un «hombre de categoría» se envileciera trabajando con las manos. Tampoco el comercio estaba exento de esa sospecha despectiva. El ideal parecía que era poder vivir cada uno de sus rentas, vigilando las propiedades o disfrutando de alguna buena pensión o de algún gran beneficio.

En el ínfimo grado de la escala social, un pueblo de campesinos y de artesanos hacía vivir al resto de la nación, que le chupaba de mil modos, por medio de impuestos, rentas, diezmos y recibos de todas clases, abandonándolo al desprecio, un desprecio que abarcaba a todos los que estaban obligados a trabajar con sus manos para vivir.

Aún siendo soportable en tiempos de paz y de prosperidad, esa situación llegaba a ser intolerable en períodos de calamidades públicas: carestía, epidemias, guerras, etc. Entonces su peso caía más pesadamente sobre los que con su Tabajo alimentaban la ociosidad y el lujo de un pequeño número. Esquihnado por los agentes del fisco, desollado hasta los huesos por los soldados, sucedía que el desgraciado «mulo», que era el pueblo pobre (la expresión es de esa época), se ponía a dar coces,—tal fue el caso de las revueltas—, o quedaba derrumbado: regiones enteras quedaron reducidas a la nada por las exacciones de las gentes de guerra.

El pequeño Vicente creció en medio de los rudos trabajos del campo. Al percibir su mente despejada, sus padres creyeron que sería de lamentar que semejante muchacho fuera condenado, como ellos, a trabajar la tierra el resto de sus días. Decidieron dirigirlo a los estudios para que, más adelante, pudiera hacer mejorar al resto de la familia. También Vicente ha compartido por su parte ese menosprecio difuso hacia el trabajo manual, especialmente el del campo. Confesará más adelante que tuvo ver­güenza de su padre, sobre todo, porque parecía más aldeano de lo que era. También él trató de escaparse de aquel mundo despreciado; hizo lo posible para conseguir algunas de aquellas ventajas que permitían precisamente vivir del trabajo de los demás: alguna buena pensión o algún beneficio sustancioso.

Cuando estaba en casa de los Gondi participaba de un universo refinado, cuya existencia, cultura, lujo, incluso piedad, se abrían, de manera exquisita, como flores por encima del terruño popular que los alimentaba «Vivimos, dirá más adelante el Sr. Vicente, del sudor y del trabajo de la gente pobre».

A partir de 1617, el mundo de los pobres lo lleva a sumergirse de forma vital en el mundo popular en el que ha nacido, para sobrellevar y aliviar todas las miserias. Sin embargo, hablará con aprecio y admiración de las duras condiciones de vida de quienes, día tras día, ganan su pan y el de los demás. Hablando de la actividad misio­nera, la define como un trabajo y a los misioneros los llama trabajadores.

En su modo de pensar, el trabajo confiere una dignidad a quien lo realiza. Así en los países asolados por la guerra, llevará socorros a quienes no pueden bastarse a sí mismos, pero les procurará trabajo a los que pueden trabajar: herramientas y semillas a los hombres, ruecas y estopa o lana a las mujeres. En la película Monsieur Vincent, Mauricio Cloche le hace decir a un vagabundo: «El pan que comerás mañana, será tuyo, porque, ése lo habrás ganado».

En nuestro mundo occidental, desde la revolución industrial, ¿no habrá llegado el trabajo a ser algo absoluto? Ha sido sacralizado, hasta el punto que las expresiones (siempre en plural) de «trabajadores» y de «masas trabajadoras» hallan en los discursos un uso encantatorio, cuasi litúrgico. El hombre de esa forma ¿no ha sido valorizado de tal manera por su trabajo que el trabajo se ha convertido en un derecho absoluto y el paro en el peor de los males? ¿No será eso una especie de fetichismo que lo ha invadi­do todo? Así, nadie se atreve ya a alistarse como rentero y, a la madre de familia le causa mala conciencia decir que ella no trabaja, ella que no para durante todo el día.

En fin, ¿no habremos exportado nuestro mundo del trabajo con sus exageraciones y sus desequilibrios al exportar nuestro tipo de sociedad occidental, su sistema de salario, sus parados, su consumo de objetos inútiles? De esa manera quizás hayamos logrado destruir el equilibrio de sociedades del Tercer Mundo haciéndoles perder otros valores, como los de la solidaridad social o familiar.

En una reciente encíclica sobre el trabajo Juan Pablo II destaca su dignidad, evoca la contribución del trabajo del hombre en la creación del hombre, pero también en la pre­paración de un mundo nuevo. Sin embargo, no hace de él algo absoluto, porque la ver­dadera norma de la actividad humana es el mismo hombre y su dignidad de hijo de Dios.

Es precisamente en esa dignidad humana en la que pensaba san Vicente cuando proponía a las grandes señoras, ocupadas en las múltiples obligaciones de su ociosi­dad, que pusieran la mano en la masa para socorrer y atender a los pobres, sin que por eso perdieran un ápice de su dignidad. También pensaba en ella cuando proporcionaba trabajo a los desgraciados que atendía, y deseaba que se convirtieran en unos hombres hechos y derechos.

II.- San Vicente y el trabajo

El trabajo ocupó un grandísimo lugar en la experiencia, el proyecto y el pensamiento de san Vicente. Para apreciar su importancia, evidentemente conviene situarse en el contexto del siglo XVII, en un estilo de sociedad muy alejado del nuestro, especialmente en lo tocante al trabajo.

¡Si uno acepta ese esfuerzo de simple honestidad, ciertamente quedará sorprendido al descubrir en san Vicente unas formas de obrar y unas perspectivas susceptibles de provocar, aún hoy en día, nuestra reflexión y nuestras revisiones de actividad y de vida!

1.- La experiencia de san Vicente

 

Toda la vida de san Vicente está marcada por el trabajo. Nació en un mundo de trabajadores y pasó en él toda su infancia. Ordenado sacerdote, y después de 1617, presenta el ministerio sacerdotal y el servicio de los pobres en general como «un trabajo», que exige valor, competencia y conciencia profesionales. Como sabemos, él será un «obrero» infatigable y, a pesar de eso, al final de su vida, confesará su pesar «por haber empleado mal el tiempo».

Acerca de sus orígenes «sociales», san ‘Vicente es muy claro: afirma que conoce el mundo de los aldeanos pobres.

«Por experiencia y por nacimiento, ya que soy hijo de un pobre labrador y he vivido en el campo hasta la edad de 15 años» (IX.92).

Desde su más tierna edad, toma parte en la vida laboriosa de la gente pobre y, cuando evoca los recuerdos de su infancia, aparece en ellos el trabajo siempre como una necesidad opresora. Así, a propósito de la vida de las aldeanas pobres:

«Vuelven de su trabajo a casa, para tomar una frugal comida, cansadas y fatigadas, mojadas y llenas de barro; pero apenas llegan, tienen que ponerse de nuevo a trabajar, si hay que hacer algo; y si su padre y su madre les mandan que vuelvan, en seguida vuelven, sin pensar en su cansancio, ni en el barro, y sin mirar cómo están arregladas» (IX, 101).

A la edad de 15 años, Vicente se aleja manifiestamente de ese «mundo del trabajo» y ve primeramente en el sacerdocio la ocasión «de un ascenso» (I, 88), En 1617 descubre los pobres y se convierte en «obrero del Evangelio». Efectivamente, es interesante notar que con mucha frecuencia san Vicente emplea el vocabulario del trabajo para definir los ministerios en la Iglesia:

«Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. La Iglesia es como una gran mies que requiere obreros, pero obreros que trabajen» (XI, 733-734).

Y la vida concreta de los trabajadores llega a ser una referencia privilegiada y pro­vocadora tanto para los padres de la Misión como para las Hijas de la Caridad.

«Pobres viñadores, que nos dan su trabajo, que esperan que recemos por ellos, mientras que ellos se fatigan para ilimentarnos. Buscamos la sombra, no nos gusta salir al sol; ¡nos gusta tanto la comodidad! En la misión, por lo menos, estamos en la iglesia, a cubierto de las injurias del tiempo, del ardor del sol, de la lluvia, a las que están expuestas esas pobres gentes. ¡Y gritamos pidiendo ayuda, cuando nos dan un poquito más de ocupación que de ordinario! ¡Mi cuarto, mis libros, mi misa! ¡Ya está bien! ¿Es eso ser misionero, tener todas las comodidades? Dios es nuestro proveedor y atiende a todas nuestras necesidades y a algo más, nos da lo suficiente y algo más. No sé si nos preocupamos mucho de agradecérselo.Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres. Al ir al refectorio debería­mos pensar: «¿Me he ganado el alimento que voy a tomar?» Con frecuencia pienso en esto, lleno de confusión: «Miserable, ¿te has ganado el pan que vas a comer, ese pan que te viene del trabajo de los pobres?» Al menos, si no lo ganamos como ellos, recemos por sus nece­sidades. Las bestias reconocen a quienes las alimentan» (XI, 120-121).

En cuanto a las Hijas de la Caridad la referencia está igualmente, y más aún, toma­da del mundo del trabajo, y aplicada a la vida concreta de las sirvientas.

A partir de 1617 y hasta el final de su vida, san Vicente fue, también él, un «obre­ro»… y un obrero que trabaja «en la evangelización de los pobres». Y sus últimos lamentos parece que fueron definidos por el trabajo:

«¡Ay! Mis setenta y seis años de vida no me parecen ahora más que un sueño y un momento; y nada me queda de ellos, sino la pena de haber empleado tan mal esos ins­tantes» (XI, 234).

2.- El proyecto de san Vicente

 

Para san Vicente, «el trabajo» ciertamente ha sido una experiencia y una referen­cia privilegiada. En su proyecto de evangelización y de servicio de los pobres, el tra­bajo resulta un criterio de primera importancia. La limosna, los socorros para él sólo son unas soluciones de urgencia, nunca satisfactorias del todo. Claro que hay que ase­gurarlos en tanto que la sociedad del siglo XVII no dispone de estructuras ni de ini­ciativas en esa materia. Pero lo que pretendía san Vicente es claro e incansablemente recordado: permitir a quienes puedan: «bastarse a sí mismos», «ganar su vida», «no servir de carga para nadie». Estas tres últimas expresiones aparecen una y otra vez en las consignas que da y en los reglamentos que escribe. Siempre distingue tres situa­ciones de pobreza: quienes no pueden ganar su vida (niños, ancianos, enfermos); quienes sólo pueden ganar parte de su vida; finalmente, quienes pueden ganar su vida.

«Los directores de la Asociación (se trata de una «Cofradía de la Caridad» pondrán a los niños pobres a trabajar en algún oficio apenas tengan la edad suficiente para ello. Les distribuirán cada semana a los pobres inválidos y a los ancianos que no pueden trabajar lo que necesiten para su subsistencia; en cuanto a los que no ganan más que una parte de lo que necesitan, la asociación les proporcionará lo restante» (X, 595).

«La compañía de la Caridad se establece…para atender corporal y espiritualmente a los pobres… haciendo que aprendan algún oficio …y proporcionándoles a los demás los medios con qué vivir» (X, 646).

«Todos los pobres… muchachos de ocho a quince o veinte años, o personas mayores, pero inválidos o ancianos, que solamente pueden ganarse parte de su sustento, o personas decrépitas que no pueden ya hacer nada. A los niños, a los inválidos y a los decrépitos se les dará todas las semanas lo necesario para vivir; a los que ganen parte de su sustento, la compañía les dará el resto; en cuanto a los muchachos, se les pondrá en algún oficio, como de tejedor o bien, se levantará un taller de alguna obra fácil» (X, 649).

Ya se ve, el criterio de «ganarse la vida» aparece constantemente. Incluso aparece cuando san Vicente organiza los socorros nacionales en las provincias devastadas por la guerra:

«Se ha destinado alguna pequeña ayuda para que esos pobres hombres puedan sembrar un poquito de tierra; me refiero a los más pobres, que no podrían hacer nada si no se les soco-rriese. Todavía no hay nada preparado, pero se hará algún esfuerzo para reunir al menos cien «pistolas» para ello, esperando a que llegue el tiempo de sembrar. Entretanto le ruegan que vea en qué lugares de Champaña y de Picardía hay más pobres que tengan necesidad de esta ayuda; esto es, mayor necesidad. Podría recomendarles de pasada que preparasen algún trozo de tierra, que lo labrasen y abonasen, y que le pidiesen a Dios que les envíe alguna semilla para sembrar allí, y sin prometerles nada, darles esperanzas de que Dios proveerá. Se querría igualmente que todos los pobres que carecen de tierras se ganasen la vida, tanto hombres como mujeres, dándoles a los hombres algún instrumento para trabajar, y a las muchachas y mujeres ruecas y estopa y lana para hilar, y esto solamente a los más pobres.

En estos momentos en que va a llegar la paz, cada uno encontrará donde ocuparse y, como los soldados no les quitarán lo que tengan, podrán ir reuniendo algo y recuperándose poco a poco. Hay que ayudarles al comienzo y decirles que ya no podrán esperar otros socorros de París» (VIII, 66).

3.- La idea de san Vicente sobre el trabajo

Para san Vicente, el trabajo fue una experiencia, una referencia privilegiada. En su proyecto de evangelización y servicio de los pobres, fue un criterio de grandísima importancia, siendo la finalidad de su acción dar a los pobres los medios «de ganar su vida, de no servir de carga a nadie».

En una conferencia a las Hijas de la Cariad del 28 de noviembre de 1649, san Vicente presenta de una manera más metódica y completa su pensamiento sobre el trabajo (IX, 498).

3.1.- No ser una carga para nadie

«Dios, al hablar al justo, dice que vivirá del trabajo de sus manos, como si hubiese querido darnos a entender que la mayor obligación del hombre, después del servicio que tiene que hacer a Dios, consiste en trabajar para ganarse la vida, y que bendecirá de tal forma el esfuerzo que haga, que no caerá en necesidad, que no será una carga para nadie, y que lo que él haga servirá para mantener a su familia, y todo le saldrá bien. Dios mismo promete trabajar con él, y mientras trabaja, bendecirá a Dios» (IX, 443).

3.2.- Como la hormiga y las abejas

«La hormiga, mis queridas Hermanas, es un animalito al que Dios le ha dado tal previsión que todo lo que puede recoger para el invierno durante el verano y el tiempo de la cosecha, se lo lleva a la comunidad. Fijaos, mis queridas Hermanas, no se apropia de nada para su uso particular, sino que se lo lleva a las demás y lo mete en el pequeño almacén de la comu­nidad. Las abejas hacen esto mismo durante el verano. Van formando su provisión de miel, recogiéndola de las flores, para vivir durante el invierno, y se la llevan, lo mismo que las hormigas a la comunidad No son más que unos animalitos, de los más pequeños que hay en la tierra, pero Dios ha impreso en ellos ese instinto de trabajar, de forma que nos lo pone como ejemplo, para que aprendamos a ser previsores con nuestro trabajo» (IX, 444).

3.3.- Para el hombre, sólo para el hombre

«Dios, trabaja con cada uno en particular; trabaja con el artesano en su taller, con la mujer en su tarea, con la hormiga, con la abeja, para que hagan su recolección, y esto incesantemente y sin parar jamás. ¿Y por qué trabaja? Por el hombre, mis queridas Her­manas, por el hombre solamente, por conservarle la vida y por remediar todas sus nece­sidades. Pues bien, si un Dios, soberano de todo el mundo, no ha estado ni un solo momento sin trabajar, por dentro y por fuera, desde que el mundo es mundo, y hasta en las producciones más bajas de la tierra, a las que presta su concurso, ¡cuán razonable es que nosotros, criaturas suyas, trabajenos, como se ha dicho, con el sudor de nuestras fren­tes!» (IX, 444-445).

3.4.- Sirvió de jornalero y de albañil

«¿Qué hizo nuestro Señor mientras vivió en la tierra? Diré solamente que Él llevó dos vidas sobre la tierra. Una, desde su nacimiento hasta los treinta años, durante los cuales tra­bajó con el sudor de su divino rostro por ganarse la vida. Tuvo el oficio de carpintero; se cargó con el cesto, y sirvió de jornalero y de albañil. Desde la mañana hasta la noche estu­vo trabajando en su juventud, y continuó hasta la muerte. El otro estado de la vida de Jesucristo en la tierra fue desde los treinta años hasta su muer­te. Durante esos tres años, ¿qué es lo que no trabajó de día y de noche, predicando unas veces en el templo, otras veces en una aldea, sin descanso, para convertir al mundo y ganar las almas para Dios, su Padre? Durante aquel tiempo, ¿de qué creéis que vivió, mis queri­das Hermanas? No poseía nada en la tierra, ni siquiera una piedra en donde descansar su divina cabeza, en la que habitaba la eterna sabiduría. Vivía entonces de las limosnas que le daban la Magdalena y las demás piadosas mujeres que lo seguían para escuchar sus ser­mones. Iba a casa de los que lo convidaban y no dejaba de trabajar día y noche, a cualquier hora, yendo adonde sabía que había algunas almas que ganar, o bien un enfermo para darle la curación del cuerpo, y luego la del alma. Obrar de esta forma, mis queridas Hermanas, es imitar la conducta de nuestro Señor en la tierra; y ganarse la vida de esta manera, sin perder tiempo, es ganársela como nuestro Señor se la ganó.

San Pablo, el gran apóstol, se ganó la vida con el trabajo de sus manos; en medio de sus grandes trabajos, de sus graves ocupaciones, de sus predicaciones continuas, empleaba el tiempo de día y de noche, para poder bastarse a sí mismo sin pedir nada a nadie; en una de sus epístolas dice: «Sabéis que no os he exigido nada y que han sido estas manos las que han ganado el pan que como, para sostener mi cuerpo»». (¡Es interesante acudir a 2Tes 3, 8, para apreciar la interpretación personal de este texto de la Escritura» (IX, 446-447).

3.5.- Ganando lícitamente mi vida

«Pero vosotras podéis ganar lo suficiente para vuestra vida sirviendo al prójimo; no sois costosas para nadie: sino que vosotras mismas proveéis a vuestras necesidades. ¡Quiera Dios que también lo pudiese hacer yo así, indigno del pan que como, y que, ganando lícitamente la vida, pudiese servir a mi prójimo sin poseer nada y sin ser gravoso a nadie! ¡Ojalá nuestros Padres pudiesen hacerlo y nos viésemos obligados a dejar lo que tenemos! Dios sabe con cuánto gusto lo haría. Pero no podemos hacerlo, y tenemos que humillarnos» (IX, 448-449).

3.6.- Las exequias de la caridad

«Este bien (ganar la vida), es muy grande, Hermanas mías, mucho mayor de lo que podrías pensar y yo sería capaz de deciros. Por ejemplo, dos Hermanas que están en una parroquia, ¿qué es lo que no hacen? ¿qué es lo que oímos decir de su manera de vivir? Es una vida como la que Jesucristo llevó en la tierra; Dios trabaja continuanente con ellas, y tiene que ser así, mis queridas Hermanas, porque ellas de por sí no podrían hacer lo que hacen. Recuerdo ahora a dos de nuestras Hermanas que están en un lugar en donde no tienen mucho que hacer y tienen abundantemente lo que necesitan; estoy preocupado y tengo miedo de que no sea esto para ellas una ocasión para decaer y refugiarse en la pereza. Preferiría que no se hubiera hecho la fundación, porque, mis queridas Hermanas, la ruina de vuestra Compartía vendría precisamente por ahí. Cuando se vea a nuestras Hermanas bien establecidas y que no tienen mucho en qué ocuparse, no se preocuparán de trabajar y no se cuidarán de ir a ver a los pobres. Y entonces habría que despedirse de la Caridad; ya no sería Caridad; estaría totalmente sepultada; habría que celebrar entonces las exequias de la Caridad. Si Dios no pone su mano, sucederá así. No lo veré yo, ya que no me queda mucho por vivir en la tierra; pero sí lo veréis vosotras, a las que Dios concederá más años de vida» (IX, 449-450).

3.7.- Tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria

«Un hombre del mundo me decía ayer: «Padre, hace ocho años que me entregué a Dios para no aprovecharme de mis bienes. Una vez alimentado y vestido, doy lo que me sobra a los pobres. Sé muy bien que de esta forma no podré dar carrera a mi hijo, pero no podría obrar de otra forma». Mis queridas Hijas, se trata de un hombre del mundo, que no sabe estar sin hacer nada, y que tiene hijos, y que todo lo que hace, después de haberse provisto sencillamente de lo necesario, es para los pobres; llega incluso a vender y a entregar sus fondos. Tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria» (IX, 451).

3.8.- Yo, que soy el más indigno

«Ruego a Dios, que desde toda la eternidad trabajó dentro de sí mismo, ruego a nuestro Señor Jesucristo, que trabajó aquí en la tierra hasta ser un jornalero, ruego al Espíritu Santo, que nos anima al trabajo; ruego a san Pablo que se ganó con el trabajo de sus manos el pan de su sustento; ruego a todos los antiguos religiosos, que se ejercitaron en el trabajo manual y que llegaron a la santidad, que quiera la bondad de Dios perdonarnos el tiempo que tantas veces hemos perdido, y especialmente a mí, que soy el más indigno de comer el pan que como y que Dios me da; ruego a nuestro Señor Jesucristo que nos conceda la gracia de trabajar por imitarlo; ruego a la santísima Virgen y a todos los santos que nos obtengan de la santísima Trinidad esta gracia, en cuyo nombre, confiando en su infinita bondad, pronunciaré las palabras de la bendición» (IX, 452).

III.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo

  • ¿Cuál es nuestro concepto del trabajo?
  • ¿Cómo nos situamos en relación al mundo del trabajo? ¿Por qué?
  • ¿En qué están marcadas nuestras reacciones por nuestro origen, nuestras solidaridades, la naturaleza de nuestro trabajo, nuestra visión del servicio de los pobres?

«Pero vosotras podéis ganar lo suficiente para vuestra vida sirviendo al prójimo; no sois costosas para nadie; sino que vosotras mismas proveéis a vuestras necesidades. ¡Quiera Dios que también lo pudiese hacer así yo, indigno del pan que como, y que ganándome lícitamente la vida, pudiese servir a mi prójimo sin poseer nada y sin ser gravoso a nadie!» (IX, 448).

  • ¿De qué manera verificamos actualmente esta doble exigencia vicenciana: servir a los pobres y ganar la vida?
  • Por el trabajo nos solidarizamos con la clase a la que pertenecemos, los trabajadores. ¿Creés que vives del trabajo o de los otro?
  • La defensa de los más desfavorecidos, ¿en qué favorece un mejor servicio de los pobres?
  • En expresión vicenciana el voto de pobreza está relacionado extrechamente con el trabajo: «trabajo y no des trabajo» ¿es esta tu experiencia?

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