San Vicente de Paúl. Su vida, su tiempo; sus obras, su influencia. Libro 8, capítulo 3 (a)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Abate Maynard, Canónigo de Poitiers · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1880.
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Capítulo Tercero: Provincias Salvadas

Art. I: La Lorena.

I. Desgracias de la Lorena.

Desde 1639, durante el último periodo de la guerra de los Treinta Años, Vicente había hecho, de alguna manera, en Lorena, su primer ensayo de su caridad universal, y desde el primer intento, había operado prodigios que él mismo bien podía extender, multiplicar, pero no sobrepasar en adelante. Lorena tenía entonces por duque a aquel Carlos IV, cuyo nombre se ha pronunciado repetidas veces en nuestro relato de los azares de la Fronda. Como conclusión del entendimiento concluido entre las dos ramas de la casa de Lorena, y de su matrimonio con su prima Nicole, hija de Enrique II el Bueno, Carlos IV se veía duque hereditario. Pero, no queriendo reinar siendo jefe su mujer, declaró la ley sálica aplicable a su país, y mandó proclamar legítimo heredero del duque de Lorena a su padre Francisco II, conde de Vaudémont, quien al cabo de algunos días, abdicó en su favor (1625). Carlos IV reinaba así como rey absoluto y exclusivamente.  El Emperador, que le necesitaba, no pensó en molestarle en  esta sustitución de derechos y de títulos, y el Papa Urbano VIII prometió guardar silencio. Pero Francia, que tenía ya sus vistas sobre Lorena, declaró, por la boca de Richelieu, que si no tenía que ocuparse de los asuntos interiores  del ducado, no era lo mismo que del condado de Barrois, cuya mitad dependía de la corona. El duque ofreció el homenaje por el Barrois movedizo; se negaron a recibirle en nombre de Carlos solo, lo que habría sido reconocer su legitimidad. Francia tenía también otra queja  contra él. En 1627, este príncipe joven, bullicioso, ambicioso, ávido de aventuras y de renombre se había dejado seducir por la bella e intrigante duquesa de Chevreuse, refugiada entonces en Nancy, y él había entrado en una coalición formada contra Francia por el duque de Buckingham. El proyecto descubierto por la sagacidad y la política de Richelieu, él vino a París para justificarse. Luis XIII no le habló de complot, sino que continuó negándole el homenaje declarándole que quería vivir con él como buen pariente y buen amigo. Con esta respuesta, Carlos regresó bruscamente a Lorena. Él creía que el asunto se había suavizado, cuando Richelieu, quien no esperaba más que un momento favorable, mandó detener hasta el territorio lorenés a lord Montaigu, principal agente de Buckingham sobre quien se hallaron documentos comprometedores. Carlos reclamó vanamente contra la violación de su territorio; Montaigu no fue liberado hasta la toma de La Rochelle, que echaba por tierra todos sus proyectos. Un tal debate de reino presagiaba grandes desgracias a Lorena. En efecto, a la prosperidad de los reinos precedentes van a suceder la peste, el hambre y la guerra. Precursora de la guerra esta vez, la peste salida de Oriente, después de invadir Alemania a favor de las guerras  cuyo teatro acababa de ser Hungría, amenazó, en 1610, las fronteras de nuestro país. Durante varios años, y a pesar de de las sabias prescripciones, hizo irrupciones en Lorena de alguna forma periódicas. Los tres años 1629, 1630 y 1631, señaladamente, la vieron asolar Pont-à Mousson y Nancy y extenderse de allí por los campos, por donde asoló varios centenares de pueblos. Al mismo tiempo las cosechas eran malas, y el hambre se añadió a la peste. Para colmo de males, no faltaba más que la plaga de la guerra: las intrigas de su duque se la van a atraer. En enero de 1629, Carlos IV se había dirigido a Châlons-sur-Saône para ver a Luis XIII camino de Italia. La entrevista fue fría pero educada. Con todo el rey pidió con más insistencia el homenaje del Barrois al nombre de Nicole y, ante la negativa de Carlos, le concedió un plazo hasta su vuelta  del campo. En lugar de prepararse a una abierta y fuerte resistencia, el duque recurrió otra vez a las negociaciones y a las intrigas. Ofreció una hospitalidad de torneos y de fiestas a Gaston d’Orléans que huía delante de su hermano, y los dos, negociando con Richelieu, trabajaban en prepararle problemas y enemigos. Gaston se reconcilia con el rey a primeros de 1630; pero un mes después, llevado por los encantos de Margarita de Lorena, por el amor de los placeres y de las intrigas, vuelve a la corte de Carlos IV y le pide la mano de su hermana. Desde su exilio en Flandre, María de Médicis consiente en  esta unión, para la cual Urbano VIII concede dispensa; pronto se celebrará el matrimonio secretamente. Entretanto Luis XII y Richelieu conciben contra los duques el más vivo resentimiento, y por las dos partes se hacen preparativos para la guerra. Con el dinero enviado de España a Gastón reúne armamentos, y cuando Luis XIII, llegado ya a Château-Thierry, le pide explicaciones sobre el asunto, responde que la invasión del luterano Gustavo Adolfo, lanzado por la política de Richelieu sobre Alemania, fuerza a los príncipes católicos a mantenerse en guardia. Esa era la verdadera actitud que adoptar en esta guerra entre el Imperio católico y Francia aliada de los protestantes. El bienaventurado Pedro Fourrier, consultado por Carlos IV, le había aconsejado guardar, entre las dos potencias beligerantes, esta neutralidad que es frecuentemente el único papel de los débiles. Mas como Carlos quería asumir un papel más vigoroso, ya que no más prudente, hubiera tenido que colocarse netamente como defensor de la causa católica y defensor de su propios Estados. En lugar de una política de báscula inclinándose ya del lado del Imperio, ya del lado de Francia, todo constituía para él un deber de  abrazar abiertamente la causa del Imperio que era ya  la suya como príncipe católico, que lo iba a ser tarde o temprano, como príncipe lorenés. Ya que era evidente que los acontecimientos le obligarían pronto a defender su corona contra la ambición de Richelieu; que Francia comprometida en su gran lucha con Austria, no dejaría en sus fronteras este poderoso bulevar de Lorena, sin tratar, no sólo de atraérselo a sí, sino de incorporarlo a su propio territorio. Aliado del Emperador, Carlos IV hacía pues una guerra a la vez religiosa y  nacional, llamaba al mismo tiempo en su ayuda la fe y el patriotismo, los dos móviles más fuertes de los ejércitos. Inseguro y dubitativo va atraer sobre sí la invasión de las armas de Francia, la invasión más terrible de sus feroces aliados, y no hallará recursos en las fuerzas del Imperio que, llegada la paz acabó por abandonarle. Carlos tenía fe y valor; pero sin carácter y sin costumbres, no estaba hecho para un papel tan grande. La nobleza y el pueblo de Lorena han sido más firmes y más dignos. Ellos sí que combatían verdaderamente por su religión y su nacionalidad contra la política bárbara de Richelieu; sus desdichas van a hacer de él un pueblo de mártires. Apenas ha recibido Luis XIII la respuesta  de Carlos IV cuando le amenaza con invadir su ducado, si no se lleva sus tropas al otro lado del Rin. Carlos deja la regencia a su padre y parte con 14 000 hombres. Después de batallar por algún tiempo, es reclamado por la noticia de que el rey está ya en Metz y ha vuelto a sus proyectos de invasión. Luis XIII obedecía así a las  a la quejas de Gustavo Adolfo, y al deseo de impedir el matrimonio de su hermano. Pero este matrimonio tan fatal a Lorena es bendecido, el 3 de enero de 1632, en el locutorio de las damas del Santo Sacramento, de las que Catalina de Lorena era abadesa, por el cardenal Nicolás Francisco de Lorena, obispo de Toul. Irritado, Luis XIII impone a Carlos IV un tratado humillante y oneroso. El duque se comprometía a renunciar a toda inteligencia con los enemigos del rey; a no contratar ninguna alianza sin su consentimiento; a expulsar a sus adversarios de Lorena, en particular a los refugiados franceses; a no autorizar ni levas ni agrupación de tropas en los dos ducados; a permitir entrar a los oficiales de Su Majestad para detener a sus súbditos rebeldes; a dejar paso libre a las tropas francesas; a proporcionarles víveres y un contingente de seis mil hombres; a ceder al rey los dos tercios de los impuestos en las ciudades que él crea deber momentáneamente ocupar; por último, a entregarle por tres años la fortaleza de Marsal. Por su parte, el rey prometía defender la Lorena, no firmar ningún tratado sin incluirla en él. Carlos IV lo firmó todo; pues, apurado ya por Francia, estaba ahora amenazado por Gustavo Adolfo, que había enviado a una columna sueca hasta las fronteras de la Lorena Alemana. Pero, desembarazado de los Suecos por Luis XIII, y de Luis XIII por el rápido regreso del monarca a París, reanudó sus inteligencias con los enemigos de Francia, acogió a sus regimientos, creó nuevos y guarneció sus plazas fuertes. Montecuculli vino a verle en Nancy de parte del emperador Ferdinando II y le prometió rechazar a los Franceses de Marsal y del ducado. Recibió de España parecidas promesas, con subsidios que le eran tan necesarios en un país tan devastado por la peste, el hambre y las tropas tanto lorenesas como extranjeras. Después de vanas amonestaciones, el rey entra en Champaña con un pequeño ejército; otra amenaza por Tréveris, y los dos se acercan a Metz. Gastón llega a Nancy so pretexto de ver a su mujer; no se queda allí más que veinticuatro horas, pero lo suficiente para comprometer  una vez más a su cuñado, y parte para su loca expedición de Castelnaudary. Luis XII acelera la marcha de las tropas hacia Lorena, pronto invadida por los mariscales de la Force y d’Effiat. El rey avance por su lado, invade Barrois y recupera Bar-le-Duc, Carlos IV presenta negociar, Luis XIII le responde: «No deseo ningún mal al Sr de Lorena, sino recordarle que no se ofende a reyes de mi corazón y de mis poderes sin pagar gastos.» Y Richelieu añade que se ha de «poner a Carlos.el bocado además de la brida de Marsal.» Con todo, se firmó un tratado, el 26 de junio de 1632, por el cual Carlos consentía en el desmembramiento de Lorena y hacía al rey la devolución de sus plazas. Era, como se decía a su paso, a su entrada en Nancy, no saber hacer la paz más que la guerra. Se le comprometía a cicatrizar sus heridas. Pero Gustavo Adolfo acababa de caer en Lutzen, y el emperador que, queriendo tomarse la revancha, andaba buscando tropas, ofrece a Carlos la posesión de Alsacia, si quiere combatir por él. Acepta y hace levas en Lorena, por cuenta de Ferdinando. Luis XIII disimula al principio. El año siguiente, las plazas de Alsacia son atacadas por los Alemanes al servicio de Francia. Carlos quiere defenderlas. Es derrotado. Vagabundo va de Lunéville a Nancy y de Nancy a Lunéville. Lorena está consternada. Sobreviene la expiración del plazo otorgado para el homenaje del Barrois móvil. Carlos IV queda emplazado ante el Parlamento de París. No comparece. El Parlamento declara por contumacia Barrois reunido a Francia, y las tropas reales toman posesión de él al momento. Fue en este año de 1633, cuando Callot publicó su colección: las Miserias de la guerra, cuadro verdadero ya de la desdichada Lorena, que no estaba sin embargo en el colmo de sus males. Al cabo de algunos años, no había tenido que sufrir más de las tropas francesas, que de las levas de su duque, formadas de aventureros que vivían allí como en país de conquista. Los registros de los receptores loreneses para 1632 están llenos de peticiones para la dispensa de impuestos, basadas en la memoria sobre gastos y ruinas espantosos. Y para colmo,  durante varios meses otra vez, de mayo a octubre, la peste vuelve a visitar Nancy y otras muchas ciudades y pueblos. Las cosechas siguen siendo malas, y los trigos a precios exorbitantes. Por fin, la guerra vuelve a empezar. Carlos está en Lunéville. Saint-Chamond recibe en Tréveris la orden de cerrarle el regreso a su capital, cortarle los víveres, detener a Margarita para anular su matrimonio con Gastón, y hasta, si es posible, al duque de Lorena; «El rey, escribe Richelieu a Saint-Chamond, se sentiría feliz, teniéndole en sus manos, para rendirle cortesía después.» Saint-Chamond está ante Nancy, cuya entrega exige Richelieu, antes de escuchar propuesta alguna. Carlos ofrece abdicar a favor de su hermano el cardenal, quien, sin órdenes aún, se casaría con la señora de Combalet, la futura duquesa de Aiguillon. Se pasa, efectivamente un acta de abdicación entre los dos hermanos. Luis XIII sospechaba ya de su sinceridad, cuando el cardenal de Lorena favorece la evasión de Margarita, que va a reunirse con Gastón en Bruselas. Se presenta el asedio ante Nancy, interrumpido por un tratado humillante del que Carlos IV se arrepiente al instante, y es acogido con vigor, y al cabo de algunos días, el rey y Richelieu entran en esta capital, cuyos homenajes Carlos se ve obligado a hacerles. Después de varios intentos para entrar en posesión de estos Estados, el duque vuelve a hacer una abdicación a favor de su hermano y se marcha a batallar a Alsacia. Francia no reconoce siquiera esta abdicación. Siendo Nicole estéril, Carlos no tenía herederos. Francia pretendió que la corona pertenecía a la princesa Claude, hermana de Nicole, y se propuso unirla a un príncipe francés, que se convertiría por este matrimonio en el soberano natural y legítimo de Lorena. Nicolás Francisco hizo fracasar este proyecto con los consejos del bienaventurado P. Fourier de Mattaincourt. Es el P. Fourier quien, habiendo podido mantener a Carlos en la neutralidad entre el Imperio y Francia, le había comprometido a abdicar a favor de su hermano, y quien autorizó a éste, para salvar la nacionalidad de Lorena y su dinastía, a abdicar el episcopado y el cardenalato sin esperar el consentimiento del Pontífice romano, y a casarse con su prima Claude, dispensándose a sí mismo, como obispo de Toul, del impedimento de parentesco. El matrimonio fue, en efecto, celebrado en Lunéville, de donde la nueva pareja se escapó a Viena. De esta unión salieron los dos últimos duques de Lorena: Carlos V, el salvador de Viena con Sobieski, y Leopoldo, rama de la casa de Lorena-Habsburgo, reinante todavía hoy en Austria1. Tras la huida de Nicolás Francisco, Luis XII se apodera de La Mothe, se apropia Lorena y manda hacer justicia en su nombre. Carlos se encuentra entonces en Alemania. Vencedor de los Suecos, vuelve, en 1635, para reconquistar sus Estados. La desgraciada Lorena se ve entonces pisoteada por siete cuerpos de ejércitos a la vez: tres cuerpos de tropas francesas, dos cuerpos de los Imperiales comandados por Juan de Werth y Gallas, el cuerpo del duque Carlos y por último el cuerpo sueco del duque de Saxe-Weimar. Saint-Nicolas, plaza de diez mil almas, a unas leguas de Nancy, fue la primera víctima de esta temible invasión. Presa de una multitud de soldados y de aventureros, fue entregada al pillaje a la señal dada por las bandas del duque de Saxe-Weimar. Éstas, luteranas por lo general, saciaron su furos con las iglesias. Durante seis o siete días, nuevas bandas de desalmados acudieron al encarne, bajo la mirada de los Franceses que no pusieron ningún obstáculo, y Saint-Nicolass se vio reducido a unos centenares de habitantes. El ejército franco sueco se dirigió después a Vic y a Château Salins, donde cometió los mismos estragos. El invierno siguiente fue particularmente desastroso. Carlos se había retirado con los Españoles en Besançon. No teniendo nada que temer, los Suecos soltando la brida a su furor luterano y a todas sus pasiones, devastaron las iglesias y los monasterios, sin respetar ni los objetos del culto, ni a las vírgenes consagradas a Dios. Una banda de éstas llevaba un estandarte que representaba a una mujer partida de arriba abajo, y rodeada de soldados armados de espadas y de antorchas.. En torno, se leía: Lotharinghia; imagen demasiado fiel en efecto de la desgraciada Lorena! Los Franceses caminaron demasiado, aunque de lejos, siguiendo sus pasos. Pero las bandas de Húngaros y de Croatas que seguían a Gallas y a Carlos IV, rivalizaron con ellos en tropelías. Los Loreneses mismos, expulsados de sus casas, perdido todo, se apoderaban de los castillos y vivían de robos y pillajes. El hambre era extrema. Ni cosechas ni semillas en aquellos campos siempre pisoteados por soldados. Todo el trigo que quedaba en la provincia era transportado a las fortalezas para alimento de seis o siete ejércitos de ciento cincuenta mil hombres, sin contar cincuenta mil criados y una cantidad de mujeres. Todo eso vivió a discreción durante más de la mitad del año 1635. «En noviembre  de 1635, se lee en el Memorial de Juan Conrad de Malzeville, cuesta tanto vivir, que el trigo se vende a 36, 38 y 40 francos(barrois) el reseaulx; aun así no se encuentra. La pobre gente se muere de hambre. Se vende a cuatro gruesas(más de un franco) la libra de pan, y más…La pobre gente daban pena. Se les veía comer cañamones así sólo, a falta de pan.» La peste sobreviene de nuevo, y el movimiento continuo de los ejércitos impide  tomar ninguna medida contra ella. Por eso causa desastres horribles. Es una despoblación espantosa. Los registros de los recaudadores están llenos de detalles increíbles. En Frouard, donde se contaban cien matrimonios en 1633, no quedan ya «más que cinco o seis pobres habitantes, a los que resulta imposible cultiva la tierra del municipio.» Buissoncourt está desierto. Ningún impuesto es posible en Houdemont, «por causa de las miserias del tiempo.» No hay ya nadie en Pierreville, en Parez, en Saint-Cesaire y en los pueblos del Vermois. Houdemont no está habitado más que por dos o tres viudas. Art-sur-Meurthe está reducido de cuarenta y dos conductos a seis; Lay-Saint-Christophe y Eulmont, de ciento ochenta y uno a doce; Neuveville, de setenta y cinco a diez. Malzeville, de doscientos dieciocho a cuarenta y seis; Manzoville, de veinticuatro a uno; Roville, de treinta y tres a uno; Richarménel, de veintinueve a cinco; Villers-lez-Nancy,  de cuarenta y tres a cinco, t Vandoeuvre, de cincuenta y siete a catorce2. Las desgracias fueron mayores todavía, lejos de los ojos de los generales franceses en las otras partes de Lorena y de Barrois. «El recuerdo de sus miserias ha sobrevivido a la reunión de Lorena y Francia; se ha conservado a través de los terribles acontecimientos del siglo último…Hoy todavía, se muestran, en algunos de nuestros bosques, grutas que servían de asilo a los habitantes de los campos, obligados a huir ante el hierro enemigo entregadas sus casas a las llamas y al pillaje; hoy también, se designa con el nombre de Campos de los Suecos a ciertos lugares en los cuales, según la tradición, sucedieron algunas escenas de carnicería ; como se atribuye a la reina Brunehault todas las vías y las calzadas antiguas; como se atribuye a los Romanos todos los monumentos cuyo origen se desconoce, y cuyos restos gigantescos nos llenan de admiración3. Las quejas de los Loreneses llegaron a Luis XIII, quien trató de suavizar sus males. Ordenó demoler las fortalezas feudales, convertidas en guaridas de bandoleros. Pero el remedio fue peor que la enfermedad. Los bandidos se extendieron por el país, y la Lorena, por no encontrar descanso momentáneo, perdió con ello sus más curiosos edificios. Por otra parte, con esta medida, Richelieu quería mucho menos quitar un refugio a los saqueadores que castigar a los gentilhombres propietarios. Persiguió, en efecto, a los que habían estado en relación con el duque o que habían favorecido el matrimonio de Gastón y la huida de Margarita; a todos aquellos también que habían participado en el matrimonio  del Cardenal Nicolás Francisco con Claude, entre otros al bienaventurado Pedro Fourier de Mattaincourt. Las comunidades religiosas tuvieron también que padecer por la política de Richelieu; así los jesuitas fueron expulsados de Pont-à-Mousson por haberse negado a prestar al rey un juramento que no querían retirar a su duque. Todo este año de 1636, Franceses y Suecos vivieron a discreción en la calamitosa Lorena. Siguiendo las tierras prácticamente en barbechos, la recolección fue mediocre. De agosto a noviembre volvió la peste a llevarse lo que había dejado el hambre. Demasiado insensible a tantos males.  A pesar de un fondo de bondad natural, Carlos pasó el invierno en Bruselas en medio de los placeres. Las hostilidades se desataron en la primavera de 1637. Durante ese tiempo, Carlos se enajenó la protección de Dios y la estima de los hombres desposándose, en vida de su mujer Nicole, por entonces en París, con Beatriz de Cusance, viuda del príncipe de Cautecroix. A partir de lo cual, indigno de defender sus Estados y la nacionalidad Lorenesa, no hay ya, con el título de capitán general del Franco-Condado, que una especie de condotiero a sueldo y servicio de España. Si durante este año 1637, Lorena no fue hollada por los ejércitos, fue asaltada por las tropas de bandidos, a los que perseguían vanamente los Franceses. No se disfrutaba de treguas más que en las ciudades cerradas. Por séptima vez llagó la peste a hacer su visita cruel, seguida de un hambre espantosa. «La miseria continuó siendo tan extrema en todas partes dada la necesidad de víveres, ha escrito dom Cassien Bidot, que muchos murieron de hambre. Las carnicerías y animales muertos son recogidos por los pobres como buena carne,. Lo que aumenta las calamidades es el extremo frío que ha hecho siendo la causa de numerosas muertes. Retirados los pobres campesinos a los bosques, quedándose los demás en sus cabañas arruinadas privadas de leña, han perecido. De manera que se ven pueblos, que estaban poblados como pequeñas ciudades, totalmente desiertos, habitados tan sólo por gente tan macilenta y descarnada, que se les tendría por esqueletos4.» En efecto, la mayor parte de los pueblos no contaban ya más que con algunas familias; muchos estaban abandonados del todo, y han acabado por desaparecer. Se ha tratado durante años hacer la lista. Muchos, aun hoy, están representados por una aldea, una granja, un molino; de muchos otros no queda más que el nombre. A estas dos categorías pertenecen  ochenta burgos o poblados casi desaparecidos, a los que hay que sumar cantidad de aldeas, de censos, de casas aisladas, de capillas, leproserías y ermitas destruidas. Asimismo, dom Cassien Bidot, en su diario citado por Lionnais, no ha dudado, después de recapitular todos los males que habían caído sobre Lorena, decir que, para encontrar semejante desolación, había que remontarse hasta la guerra de los Judíos y al saqueo de Jerusalén. El P. Caussin, confesor de Luis XIII, abundó en esta comparación, cuando dijo: Sola Lotharingia Hierosolymam  calamitate vincit. En el cuadro compuesto por estas dos grandes desolaciones, no faltaría ningún rasgo de similitud: ni las espantosas comidas de carne humana, ni las madres devorando a sus hijos; pero por cuenta de la sola Lorena quizás se hallaría a madres asociándose para comerse por turno y recíprocamente  el fruto de sus entrañas, a jóvenes muchachas asesinando a sus recién nacidos para alimentarse con sus cadáveres, y sobre todo a una joven matando y comiéndose a su propia madre. El año 1638 se abrió bajo auspicio no menos siniestros. La guerra, es verdad, tuvo primero por teatro a Franco-Condado. Pero Carlos IV, que había entrado den campaña con ocho mil hombres, sin víveres, sin municiones, después de recorrer la Champaña, vino a Lorena para ver el cariz de las cosas. Fue para esta pobre provincia la señal de nuevas hostilidades. Turenne la atravesó con tropas que llevaba a Alsacia al duque de Saxe-Weimar que iba a sitiar Brisach. Al mismo tiempo Remiremont, Épinal, Lunéville, todas plazas que estaban todavía en poder de los Loreneses, estaban sitiadas por los Franceses. A petición del Emperador, Carlos había pasado a Alsacia; batido, se volvió en ayuda de Lunéville la que encontró tomada, y se fue a retomar sus cuarteles de invierno en Franco Condado. Los años siguientes nos ofrecerían los mismos detalles, con una monotonía tan disonante. En enero de 1641, en particular, Carlos IV pasó a Lorena con cuatro o cinco mil hombres que agravaron la situación del país. En este fecha, los registros de los recaudadores constatan una despoblación siempre creciente, una escasez más angustiosa, una mortalidad más extendida. Nancy misma se habría quedado desierta sin los refugiados que le llegaban de los campos. Los obreros se retiraban al extranjero para buscar trabajo y pan. Todas las clases de la sociedad se reducían a la misma indigencia. . Las familias nobles se encontraban tan desprovistas como el campesino. Los sacerdotes, después de vender para vivir y mantener a sus parroquianos los vasos sagrados de sus iglesias, abandonaban sus puestos y caminaba al azar. Las religiosas enclaustradas que no se atrevían a romper su clausura, a punto de perecer de inanición, y la campana destinada a llamar en su socorro a la caridad pública no cesó de tañer durante meses enteros. Pero agotada la caridad no las habría salvado de la muerte, si el rey  no hubiera mandado distribuirles  primero una ración de pan como a los soldados. Entretanto seguía la persecución contra los >Loreneses fieles a su príncipe. Se trató de trasladarlos a América, y se habría hecho a no ser por el mariscal de La Force quien, aunque protestante, se opuso a este proyecto bárbaro. En compensación se los sometió a gobernadores e intendentes que les hacían casi echar de menos el exilio. Richelieu, agotado, sin esperanzar de hacer Lorena francesa, volvió a las negociaciones. Carlos vino a París en 1641. Un tratado dictado por la astucia e impuesto por la violencia no podía durar, y las guerra continuó. Richelieu, volviendo con obstinación nueva a su proyecto de anexión, la empujó a ultranza. En 1642, el hambre fue tan extrema que ni los más ancianos habían visto el pan tan caro. La muerte misma del Cardenal no cambió en nada esta triste situación. Mazarino envió a un gobernador que se mereció el horrible sobrenombre de  Carnicero de la Lorena. Con todo el mariscal de la Ferté-Senneterre, aun imponiendo pesadas contribuciones, mantuvo una disciplina severa en su ejército y se pudo volver al cultivo de los campos. Pero los años que siguieron no pudieron restablecer la Lorena. Ella no respiró siquiera con el tratado de Westfalia, habiéndose negado el Emperador a incluir en él al duque y habiéndole despachado a España. De ahí los proyectos extravagantes en los cuales se precipitó Carlos. Lo hemos tocado y volveremos otra vez en todos los líos de la Fronda.

II. Intervenciones caritativas de Vicente de Paúl.

Fue en medio de estos ejércitos, de esta peste y de esta hambre, de estos crímenes y de estas desgracias, de estas muertes y de estos moribundos, donde san Vicente de Paúl se lanzó con su sola caridad. Intervención temeraria, cuando la fuerza y el derecho, las armas y las negociaciones, se reducían a una impotencia igual. Además, ¿dónde tomar los recursos de esta guerra pacífica que iba a emprender? Agotada por cinco ejércitos que mantenía entonces, Francia no tenía ya nada que dar a los desdichados. Lo que el presente no se había devorado la prudencia hacía una ley reservarlo para un porvenir más amenazador aún.. Vicente entró a pesar de todo en campaña con mayor valor y resolución que la confianza de Richelieu en el éxito. Como siempre se dirigió ante todo a las damas de su Asamblea, reanimó su piedad con la pintura que tan bien sabía trazar de los males que quería curar. Cuando les hubo infundido su espíritu, las puso en movimiento para buscar tesoros de la caridad. Él mismo recurrió a la duquesa de Aiguillon, su tesorera de costumbre; a Ana de Austria, a quien invitó a olvidarse de su carácter de reina para  no acordarse de otra cosa que de sus obligaciones de cristiana; al rey mismo, a quien rogó que aliviara las heridas que su política continuaba abriendo. En efecto, desde el 14 de diciembre de 1639, y sin duda a petición de San Vicente, Luis XIII otorgó a las comunidades de Lorena un plazo para pagar sus deudas; en febrero de 1642, libró cartas semejantes de tregua a varias comunidades de la jurisdicción de los Vosgos. Vicente quiso dar el ejemplo de la caridad. Durante el sitio de Corbie, en 1630, había recortado a los suyos una pequeña entrada de mesa que no se volvió a servir. «¿No es acaso justo, decía, que recortemos para compadecer y participar en las miserias públicas?» Pero, en el tiempo de las desgracias de Lorena, los redujo a pan moreno. «Es el tiempo de la penitencia, dijo él entonces, ya que Dios aflige a su pueblo. ¿»No nos toca a nosotros sacerdotes estar al pie de los altares para llorar sus pecados? Es cosa de obligación; pero, además, ¿no debemos recortar para su alivio algo de nuestro alimento ordinario? » Verdadera caridad cristiana, que hace del sacrificio el fondo de la limosna! Los recursos que sacó Vicente allí, los que las Damas le proporcionaron, le colocaron pronto en estado de salvar la vida, y a menudo el honor, a los habitantes de veinticinco villas y de un número infinito de poblados y pueblos, reducidos al mínimo. Recogió a los  enfermos perdidos en los bosques o acostados  en las plazas públicas, y les procuró remedios y auxilios; alimentó a una multitud de hambrientos; vistió la desnudez  no sólo del pobre pueblo, sino de la nobleza, del clero, e los religiosos y de las religiosas, confundidos en la misma miseria. Todo ello se hizo con este orden y esta economía que Vicente llevaba en todo. Los distribuidores de limosnas tenían sus instrucciones. Debían evitar importunar a los bienhechores, exponerles sencillamente el estado de los pobres, y darles cuenta del empleo de sus caridades y de los bienes que resultaban. Para conocer el estado de los pobres, ellos mismos debían no referirse a los testimonios, ni dejarse ganar por las recomendaciones, sino asegurarse en persona de sus necesidades y tener por máxima asistir  siempre a los más miserables. A su llegada a una parroquia, después de saludar al Santísimo Sacramento y al párroco, se informaban por éste sobre los pobres que no podían ni ganarse la vida ni buscarla; y una vez conocidas sus viviendas, iban a visitarlos ellos mismos, les tomaban el nombre, publicaban en número de los que, en cada familia, serían admitidos a la limosna, como los ancianos, las viudas, los niños y los enfermos. Después de este examen y de esta numeración, compraban trigo, -ya que les estaba prohibido dar dinero, -y rogaban bien al párroco, bien  a alguna mujer caritativa y acomodados de la parroquia, que hiciera cocer el pan necesario para una semana, y distribuírselo a cada pobre o a cada familia indigente una cantidad suficiente y reglamentada. Una suma de dinero se dejaba sin embargo al párroco y a la señora para los enfermos que, sin poder comer pan, necesitaban sopa. El servicio caritativa así organizado en la parroquia, pasaban a otra, después a una tercera, a las más arruinadas con preferencia, recorrían sucesivamente toda una provincia. Regresaban luego sobre sus pasos para cerciorarse si las distribuciones se habían hecho fielmente, para comprar otro trigo, y para juzgar a los que había que suprimir la limosna o a quiénes admitir como nuevos. Aquello se extendía según las proporciones de las necesidades y de los recursos. Se tenía cuidado, no de poner a los pobres fuera de todo sufrimiento, sino sólo de impedir que nadie se muriese por falta de ayuda5. Mediante esta orden tan sabia, Vicente manejaba el tesoro de la limosna, y lo hacía suficiente en todas las necesidades extremas; evitaba ofender a los obispos y a los párrocos, a los gobernadores y a los magistrados; hacía callar hasta los murmullo y las reclamaciones de los pobres, a los que el sufrimiento irrita con demasiada frecuencia  y empuja a la injusticia: por último, llegaba hasta justificar sumas que le habían entregado, y obtener nuevas mediante la pintura comparada de los males aliviados y de los que quedaban por curar. Aunque algunas Damas de la Asamblea se remitiesen a su caridad y a su prudencia, nunca disponía de nada sin pedirles su parecer; nunca hacía un gasto, sin comunicarles su empleo. Cámara deliberante y tribunal de cuentas, la Asamblea de las Damas votaba y controlaba siempre el presupuesto de la caridad, del que Vicente no parecía ser sino el redactor. En las grandes necesidades y en las grandes empresas, llegaba hasta la reina, de quien se cuidaba de recibir las órdenes para cubrirse de su autoridad. Tomadas todas estas medidas, envió a doce Misioneros llenos de celo y de inteligencia a diversos puntos de la Lorena, verdaderos Missi dominici de este rey de las buenas obras. También algunos hermanos de su Congregación, de los que unos debían servir de mensajeros  caritativos, otros, hábiles en medicina y en cirugía, provistos de recetas contra la peste, cuidar y vendar a los enfermos. La ciudad de Toul, donde estaban establecidos sus sacerdotes desde 1635, experimentó la primera los efectos de su caridad. En 1639, Du Coudray y Boucher habían recogido, a falta de hospital, a cuarenta pobres, parte de ellos enfermos en su propia casa, y había adoptado a ciento cincuenta fuera de la ciudad. Los alimentaban y asistían a todos «con una caridad que hacía saltar las lágrimas» de todos los que lo veían. San Vicente de Paúl, más impresionado que nadie, temía que sucumbieran bajo la carga, por falta de fuerza física y de recursos pecuniarios. También les escribía que cuidaran sus cuerpos y ahorraran el dinero de las limosnas. Du Coudray le dio esta respuesta heroica: «Señor, o ayudadme, o llamadme, o dejadme morir con estos pobres6.» Una caridad semejante merecía la expresión  de un agradecimiento público y oficial. En diciembre de 1639, Jean Midot, doctor en teología, consejero en el parlamento de Metz, gran archidiácono, canónigo y vicario general de Toul, hallándose vacante la sede episcopal a causa del matrimonio de Francisco de Lorena, mandó dirigir a Vicente un informe en el que le decía: «Certificamos y damos fe de que los sacerdotes de la Misión que residen en esta ciudad continúan, desde hace más o menos dos años, con mucha edificación y caridad, consolando, vistiendo, alimentando y medicando a los pobres; en primer lugar a los enfermos, de los cuales han retirado a sesenta a su casa, y a un centenar que están alojados en los barrios, en segundo lugar, a muchos otros pobres vergonzantes, reducidos a una gran necesidad y refugiados en esta ciudad, a los que dan limosna; y en tercer lugar, a los pobres soldados que vuelven de los ejércitos del rey, heridos y enfermos, que se retiran también a la casa de dichos padres de la Misión, y al hospital de la Caridad  en donde los alimentan y tratan; de dichas acciones caritativas y de sus demás comportamientos, las gentes de bien quedan grandemente edificadas». Este certificado fue seguido de otros dos, entregados por las religiosas dominicas de las dos casas de Toul. En ellos hacían justicia ellas a la caridad ejercida por los Misioneros tanto con los dos regimientos franceses muy maltratados cerca de Gondreville por los imperiales de Jean de Wert, como con sus propias casas, cuya Providencia ellos eran, durante dos años y medio. «Así, concluían las dominicas del Gran Convento, nosotras podemos decir, y decimos con toda la diócesis de Toul, Bendito sea Dios, que nos ha enviado a estos ángeles de paz, den un tiempo tan calamitoso,  para el bien de esta ciudad y el consuelo de su pueblo, y para nosotras en particular, a quienes han hecho y hacen todavía a diario caridades  con sus bienes, dándonos trigo, leñas, frutas, socorriendo nuestras necesidades. El sentimiento interior nos apremia a emitir este testimonio, lo que hacemos con toda el alma (20 de diciembre de 1639)». Cuántos sacerdotes habrían podido hacer tales declaraciones! Por ejemplo, este pobre sacerdote arruinado, de nombre Blamont, que vino un día a la Misión de Toul a celebrar la misa, habiéndole retenido el superior para comer, le tomó gusto y no se olvidó de y no se olvidó ya del camino de la caritativa hospedería. Por este motivo, el superior consultó a Vicente que respondió: «Dádselo, Señor, no sólo a  comer, sino a cenar y una habitación en el seminario.» Cosa que se hizo hasta la muerte del sacerdote, acaecida varios años después7. Las certificaciones de esta naturaleza serían de cantidad infinita, si la humildad de Vicente so se hubiera opuesto  en un principio a su publicación. Habiéndole preguntado sus sacerdotes de Toul si debían retirar declaraciones parecidas de las demás ciudades a donde iban a llevar los mismos auxilios: «Haréis bien en no preguntarlo, respondió él. es suficiente que Dios solo conozca vuestras obras y que los pobres sean aliviados, sin desear que se produzcan otras declaraciones.» Más tarde, le hicieron temer las murmuraciones, las sospechas sobre el empleo de las limosnas; le informaron sobre todo que ciertas clases de declaraciones, en las que se señalaba la miseria junto con la asistencia, eran menos una recompensa por los servicios prestados, que un ánimo a hacerlos mayores todavía: la humildad entonces cedió el paso a la justicia y a la caridad. Él mismo entonces exigió a todos sus sacerdotes recibos de las sumas distribuidas, y constancia de la asistencia de los pobres. «Se lo hago ver a todos estas buenas Damas (de la caridad) todos los meses, escribió a Du Coudray (10 de julio de 1640), y esto las consuela mucho. Empleamos el sábado pasado dos o tres horas viendo las cartas de nuestros Señores, de quienes se sentían .encantadas.» De esta forma a la luz de informaciones nuevas, podemos seguir a los Misioneros por las demás ciudades  de Lorena y por las fronteras. La ciudad de Metz era una de las más afectadas. Invadida por dentro, sitiada por fuera por un ejército de cuatro o cinco mil pobres de toda edad y de todo sexo, era como un campo de batalla de la miseria, donde todos los días se veían diez o doce muertos, sin contar a los que, sorprendidos en solitario, habían sido devorados por los animales. Pues lobos salvajes atraído por el olor de cadáveres continuo, infestaban en pleno día los poblados y pueblos, donde devoraban a las mujeres y a los niños y, por la noche, se introducían en las ciudades por las brechas de las murallas, y se apoderaban de toda presa, viva o muerta. La licencia, más cruel que los lobos, se aliaba al hambre para atacar el honor de las mujeres. Varias comunidades religiosas, empujadas por la necesidad, estaban a punto de romper su clausura, en un tiempo en que los muros más fuertes eran murallas demasiado débiles para la virtud. Ningún recurso posible contra estos excesos, ninguna resistencia frente a estas miserias. El parlamento establecido en Metz en 1635, huyendo ante el hambre y la guerra, se había refugiado en Toul en 1638. En lugar de un pastor de los primeros tiempos, de un patrón de la caridad, Metz, recordamos, tenía entonces por obispo nominal a Enrique de Borbón, este bastardo de Enrique IV, a quien sus ricas abadías de Saint-Germain-des-Prés, de Fécamp, de Vaux-de-Cernai, de Tyron, de Bomport, de la Valasse, no proporcionaban nada para el alivio de su pueblo. Vicente debió ocupar el lugar de todos y bastarse para todo. Envió a sus Misioneros a Metz, en socorro del la vida y del honor amenazados, y pronto, en el mes de octubre de 1640, los grandes magistrados  y los Trece de la ciudad le escribían: «Señor, os debemos tantas cosas al socorrer, como lo habéis hecho, la indigencia y la necesidad extrema de nuestros pobres, mendigos, vergonzantes y enfermos, y en particular de los pobres monasterios de las religiosas de esta ciudad, que seríamos unos ingratos, si dejáramos pasar más tiempo sin testimoniaros nuestros profundos sentimientos; al poder aseguraros que las limosnas que habéis enviado a nuestra región no podían haber sido mejor distribuidas ni empleadas entre nuestros pobres, que aquí son muy numerosos, y señaladamente en el lugar de las religiosas que se encuentran desprovistas de todo socorro humano, unas sin poder disfrutar de sus pequeñas rentas después de las guerras, y las otras sin poder recibir ya nada de las personas  acomodadas de esta ciudad, que les dan limosnas, porque les han robado los medios para ello. Lo que nos obliga a suplicaros, como lo hacemos muy humildemente, Señor, que tengáis a bien continuar, tanto con dichos pobres como con los monasterios de esta ciudad las mismas ayudas que habéis enviado hasta ahora. Es un asunto de gran mérito para los que hacen una obra tan buena, y para vos, Señor, que lleváis la dirección, que administráis con tanta prudencia y tanto acierto, en lo que os aseguráis un gran lugar en el cielo.» Todas estas cartas, ya se ve, eran menos un agradecimiento por el pasado que otra petición para el presente y el porvenir. La miseria seguía, y la magnitud misma de los socorros llevados hacía temer que  no pudieran continuar mucho tiempo, menos todavía extenderse a todas ciudades necesitadas. Verdun, por ejemplo, estaba tan desprovista como Metz ce sus defensores y apoyos naturales. Tenía por obispo a Francisco de Lorena quien, llegado sin vocación al estado eclesiástico, no usó de sus poderes más que para excomulgar a todos aquellos que, por orden de Francia, trabajaban en la ciudadela. Un golpe tan duro sólo podía animar a los franceses contra Verdun y agravar sus males. Él mismo llevó las cosas hasta el extremo. Habiéndose visto obligado a retirarse a Colonia, regresó pronto a la cabeza de algunas tropas y atacó a su ciudad episcopal. No logró retomarla, pero sí arruinarla más. Sin embargo, la miseria era menor que en Metz, porque había menos concurrencia de desdichados en ella. Qué cantidad de necesidades a pesar de todo! Los registros del ayuntamiento de Verdun, con fecha del 21 de enero de 1640, han consignado esta resolución: «Se escribirá al Sr. Vicente, general de los Padres de la Misión en París para que tenga a bien continuar las caridades  y distribuciones de limosnas que ha comenzado ene estos  barrios, para bien y consuelo del público, y asegurarle con agradecimientos del fruto que lleva su piadosa empresa en estas fronteras.» Las caridades continuaron en efecto en Verdun y, en 1641, dos Misioneros de Vicente de Paúl pudieron escribir que, en tres años, habían dado pan diariamente al menos a cuatrocientos pobres, y suministrado potaje a menudo a quinientos o seiscientos, también a diario, y carne a cincuenta o sesenta enfermos, y a algunos dinero para otras necesidades, habían asistido a  unos treinta pobres vergonzantes; y distribuido pan en todo momento a una multitud de gente del campo y transeúntes; por último, vestido a una gran multitud de desnudos vergonzosos. Siguiendo la prescripción acostumbrada de Vicente, sus sacerdotes, al propio tiempo que a los cuerpos asistían a las almas de ordinario mejor dispuestas y más dóciles a la voz de Dios debido a las desgracias. En Verdun en particular ellos admiraron la misericordia de la Providencia, que no hiere sino para sanar. «Oh Señor, escribía uno de ellos a Vicente, cuántas almas van al Paraíso por la pobreza. Desde que estoy en Lorena he asistido a más de mil pobres a la hora de la muerte, que parecían todos bien dispuestos. ¿Cuántos intercesores para tantos bienhechores!8» La misma caridad, tanto espiritual como corporal, en Nancy con los cuatrocientos o quinientos pobres válidos, pero desprovistos de trabajo y de salarios, a quienes los Misioneros distribuían cada día  pan y sopa, administrando al mismo tiempo el pan de la palabra de Dios; y los infelices, movidos por tanta caridad, impresionados además por el espectáculo continuo de la muerte, llevaron la piedad cristiana hasta confesar y comulgar casi todos los meses. En cuanto a los enfermos y heridos, los Misioneros hicieron admitir a un buen número de ellos en el hospital de Saint-Julien; recogieron a los demás en su propia casa o los cuidaron a domicilio. Atendieron a las necesidades de todos, incluso de los del hospital empobrecido, y no temían vendar con frecuencia ellos mismos las heridas y úlceras. Médicos y cirujanos del cuerpo y del alma, hacían operaciones, componían remedios; de esta manera disminuían el salario que habían de para a la gente del arte médica. Había que ahorrar y economizar tanto. Por importantes que fueran las limosnas llegadas de París, ¿qué eran para tantos necesitados? Por ello, su caridad tan  fuerte como ingeniosas descendía a los cálculos más minuciosos, a veces los más repugnantes. Así, para repartir la ropa blanca a un montón de miserables, recogían sus andrajos repelentes de suciedad y de miseria, los hacían blanquear, remendar, de manera que se pudieran repartir de nuevo; las peores las hacían añicos. Qué otros males aliviaban. A cuántas madres, cuyos pechos había secado la pobreza, les conservaron la vida y los hijos. A cuántos pobres vergonzantes, del pueblo o de la nobleza o del clero, salvaron de la muerte distribuyéndoles cada semana o mes pan y dinero, según su nacimiento y sus necesidades.

  1. Panegírico del R. Pedro Fourier, por el R. P. Lacordaire, en las Conferencias de Toulouse, p. 249.
  2. Ver l’Hist. de la Loraine , 6 vol. in-4º, por M. Digot, quien cita aquí (t. 5, p, 265) a M. Lepage: De la despoblación de la Lorena en el siglo XVII, p. 22. –Hemos sacado casi todos estos detalles de la obra de M.Digot, quien a su vez se basa en todos los documentos contemporáneos.
  3. M. Lepage, p. 58 y passim.
  4. Citado por M. Digot, t. V, o. 275.
  5. Instrucciones y Memorias, , n. 12, B, mss. p. 125. –Archivos de la Misión.
  6. Carta de san Vicente a de Sergis, en Toulouse, del mes de febrero de 1639.
  7. Sumar. , p. 236.
  8. Verdun nunca se ha olvidado de tales servicios. En la institución del culta al principio de este siglo, el Sr. Martin, prior de la abadías de Saint-Paul, mandó consagrar un altar a san Vicente en la catedral, en recuerdo de todos los beneficios que había prodigado a Verdun y a toda la Lorena.

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