IV. Hugonotes y galeotes
La Iglesia y el Espíritu Santo
En Montmirail, Vicente convirtió también a tres hugonotes.
Pudo convertirlos con cierta facilidad, siempre por la razón que demostraba la evidencia de la f¿ con la bondad de las obras, Su vida personal era el argumento apologético más al alcance de la mano.
Uno de los tres le dió un poco que hacer, porque, enamorado de sus talentos dialécticos, le gustaba discutir hasta más no poder. Presentó una resistencia encarñizada sobre el contraste entre la pretensión de la Iglesia romana de ser guiada por el Espíritu Santo y la conducta de los sacerdotes, ignorantes y callejeros en los campos, numerosos y holgazanes, en las ciudades, mientras la muchedumbre de los fieles estaba sumida en la ignorancia religiosa.
Pocos como Vicente, sabían qué inconsciente era aquella acusación en su generalidad, a pesar de las apariencias contrarias: pues aun entre los defectos de una cristiandad mordida por la herejía y por el humanismo maquiavélico y arruinada por crisis políticas e invasiones militares, estaba brotando en toda Francia como en gran parte de Europa una primavera espiritual, promovida por espíritus grandes y animosos. A Vicente le bastaba volverse a su alrededor, en busca de maestros, amigos y conocidos, y repetir las noticias que le llegaban de todas partes de iniciativas de regeneración espiritual, para poder poner una lista de nombres y de obras: un Francisco de Sales, promotor de un humanismo dirigido a Dios, un padre Bérulle, que había despertado un renacimiento teológico y moral ; sus compañeros y discípulos, como Codren, que parecía a Juana de Chantal maestro de ángeles ; y Adrián Bourdoise, que en Saint-Nicolas-du-Chardonnet y en otras partes estaba despertando comunidades de sacerdotes santos. Por aquel tiempo Dom Bénard estaba introduciendo en la Abadía de Saint-Wandrille, donde los monjes habían vivido en estancias suntuosas y se habían comportado como aristócratas mundanos, aquella reforma que debía desembocar en la Congregación benedictina de San Mauro, honor de la Iglesia y de la cultura. Así mismo un canónigo regular, Charles Faure (1594-1644), estaba reformando el monasterio de Sainte-Genevieve en París, de modo que algunos años más tarde recibió del cardenal de La Rochefoucauld el encargo de dirigir la Congregación formada por la asociación de varias comunidades de canónigos regulares. Además jesuitas como Binet y Lallemand, apóstoles de espiritualidad, y sus hermanos en religión que divulgaban la práctica regeneradora de los ejercicios espirituales ; carmelitas, como el P. de Saint-Samson ; dominicos como el P. Louis de Chardon (1595-1651), autor de un escrito teológico sobre la «cruz de Jesús» ; e innumerables apóstoles de congregaciones nuevas y órdenes antiguas, desde diversos sectores, avivaban la moral y fortalecían la fe.
Y probablemente ya Vicente había incluido el destino de jóvenes, lanzados, como águilas, hacia el altar del Altísimo: de un Juan Santiago Olier (1608-1657), de un Juan Eudes (1601-1680), de un P. Surin (1600-1663)…
Por otro lado, la observación del hugonote contenía también partes de verdad, pues embestía contra el escenario de zonas enteras de Francia, donde el clero holgazaneaba en la ignorancia o se ausentaba de las iglesias, para atender a tareas mundanas, cuando no se entregaba a la caza, al galanteo o a la embriaguez. Y la Iglesia, con las almas más grandes impulsadas por el Concilio de Trento y a la cabeza de ellas aquel Carlos Borromeo, santo reformador incomparable, había hecho consistir el núcleo de la reforma en la formación de un clero digno, en seminarios que había que instituir.
La reforma debía empezar desde las escuelas primarias y terminar en los grados más elevados ; pues en Francia y en gran parte de Europa, el episcopado procedía de un poder civil, que frecuentemente era agnóstico o maquiavélico y representaba por consiguiente el fruto de cálculos y de criterios con demasiada frecuencia mundanos, buscado por «familias de obispos», por lustre social y patrimonio doméstico, Muchos de aquellos pastores no residían en sus diócesis y dejaban el cuidado de ellas a vicarios, interesándose únicamente por las rentas y atendiendo a veces a tareas políticas y militares. Sucedía lo que, en otras circunstancias, Vicente mismo llamará «tráfico condenado de obispados», temblando ante el pensamiento de la «maldición de Dios» sobre Francia, buscada de esa manera, Como el fin de la carrera era el lucro y la altanería, estallaban contiendas entre obispos y abades, entre canónigos y monjes, entre religiosos y seglares, entre párrocos y coadjutores, con intervenciones de parlamentos, de curias, de la Corte misma y apelaciones a Roma, sin cuento, ante los ojos del pueblo indignado, desilusionado o burlón.
Roma no intervenía en la elección de los candidatos, sino en la investidura canónica : y por consiguiente se encontraba envuelta en aquel torbellino.
En un clima de simonía, los más audaces —como los parientes del rey o de los príncipes— y los más afortunados, acumulaban beneficios y abusaban de la encomienda, por medio de la cual era posible poner al frente de las abadías aun a caballeros hugonotes y niños de pecho, mientras que con otras ficciones jurídicas, se consentía en que quedara vinculado a una familia, de padres, a hijos, un beneficio o un cargo eclesiástico. «L’abbé mange le couvent», decía un proverbio florecido de aquella época, entre el pueblo que llamaba comúnmente asnos a los aspirantes a los beneficios. El epíteto estaba justificado por la condición cultural de gran parte del clero, hecho a imagen de gran parte de la jerarquía.
En el seno de un clero semejante, donde se mostraba la ignorancia entre el ocio y el vicio, entre episodios de avaricia e impureza, realmente no se podía descubrir la presencia del Espíritu Santo. Vicente sabía todo esto y sufría por ello. Por otra parte respondió al hugonote haciéndole ver que no se debía generalizar: si algunos sacerdotes faltaban a sus deberes, mostrando así que eran hombres sujetos al pecado como todos, en compensación otros muchos atendían a los cuidados pastorales. Por otra parte, cuando se decía que la Iglesia era guiada por el Espíritu Santo, esto se entendía de los obispos reunidos en concilio o de los fieles guiados por la luz de la fe y por las normas de la justicia cristiana. «Los que lo discutan, resisten al Espíritu Santo».
El hereje que no se dejó desmontar por los argumentos y tuvo también que rendirse ante los hechos: los de Vicente, que eran de una elocuencia irresistible. Hasta tal punto que, al año siguiente, en 1621, se dirigió espontáneamente a Marchais, junto a Montmirail, donde san Vicente con otros sacerdotes daba unas misiones y les declaró que ahora sí, frente a los hechos, tenía que admitir que la Iglesia de Roma era guiada por el Espíritu Santo ; y se prestó a abjurar públicamente de sus errores. Y esta abjuración tuvo lugar algunos días después.
Como reconoció el Santo, era fruto de la comprobación hecha de la acción del Espíritu Santo en la instrucción y santificación de los pobres.
Fundación y organización de Confraternidades
Se erigieron otras Confraternidades en Folleville, Paillart y Séverillers, donde la institución se enriqueció con un factor nuevo : la participación de los hombres, que también quisieron ser siervos de los pobres, distintos y sin embargo solidarios de las siervas de los pobres.
Después se instituyeron también confraternidades mixtas. Por otra parte, con el tiempo, primero se tuvo que separar en la dirección, a los hombres de las mujeres ; después se tuvo que abandonar a las Confraternidades masculinas. Y la razón fue que en la administración de los fondos se comprobaron desórdenes por parte de los hombres ; en cambio se comprobó siempre exactitud y escrupulosidad en la administración de las mujeres.
La Confraternidad de la caridad se convirtió en una institución popular: se deseó tenerla en todas partes: y desembocó en numerosos centros de Francia y pronto, como ya se ha indicado, aun más allá de los Alpes.
Era un vástago nuevo, actual, de la Iglesia eterna que renacía del pueblo, como de establos y cuevas, lo mismo que en Belén; y se convirtió en instrumento de perfección, sobre todo de los pobres y de las mujeres.
En esta operación, como siempre, Vicente seguía las huellas de Cristo. ¿No había venido Jesús para los pobres, y no había dirigido también «una compañía de mujeres»? Y puesto que la caridad no hacía distinciones, Vicente llamó a este servicio social lo mismo a las mujeres pobres que a las mujeres de la corte: más aún, más tarde se dedicó a fundar una confraternidad dentro de la misma corte, bajo la presidencia de la reina Ana de Austria, para que tutelara las compañías de la caridad del Hotel Dieu, de los expósitos, de los forzados, de las jóvenes recogidas por las nobles señoras Pollalion y Lestang, y de otras instituciones asistenciales.
La cosa no resultó. Tal vez se opuso Mazzarino, que no amaba a Vicente; pero la tentativa de convertir el ocio de los ricos en servicio de los pobres, si no resultó en aquel caso, había resultado y estaba para resultar, en otros ambientes, con personas particulares.
La innovación, por notable que fuera, no trajo perturbación ninguna dentro del orden de la Iglesia: Vicente supo encuadrar la confraternidad en la órbita de la parroquia y constituirla sólo donde el obispo la aprobara. En este punto era explícito. La voluntad del obispo era la voluntad de Dios: por consiguiente había que acatarla aunque fuera contraria.
Aquí, como en otros casos, Vicente era el revolucionario que tenía en cuenta la tradición.
El «reglamento general de la caridad de las mujeres», como se titulaba, vino después de ensayos y experiencias ; y en su sencillez, hecha para gente humilde, sella la grandeza del ideal caritativo, En él se definían los fines, la dirección, las relaciones.
«La confraternidad —se decía en él— está compuesta de mujeres casadas, viudas y vírgenes. Su fin es honrar a Jesucristo y a María Virgen y asistir a los pobres enfermos corporalmente (con alimentos y medicinas) y espiritualmente (con instrucciones y sacramentos); en caso de muerte, enterrarlos, según el rito de la Iglesia.
«Para esto, «las hermanas», por turno, se dirigirán a las casas de los enfermos y en los días festivos harán la postulación en la iglesia y por las casas ; dos veces al mes asistirán juntas a Misa, confesándose y comulgando, y tomarán parte en la procesión cantando5 las letanías de Nuestro Señor o de Nuestra Señora: todos los años celebrarán, el 14 de enero, la fiesta del Nombre de Jesús, titular de las confraternidades.
«El espíritu de caridad para con los enfermos se cultiva con el ejercicio mismo de la caridad entre las hermanas, las cuales se amarán «como personas a quienes Nuestro Señor ha unido y juntado con su amor, se visitarán recíprocamente y se consolarán en las aflicciones y enfermedades…» Se santificarán en colectividad».
En algunos centros está prevista también la instrucción de las niñas, para que después sean capaces de instruir gratuitamente a los pobres.
La dirección de la asociación está confiada a una superiora, a una tesorera y a una lencera, elegidas por las asociadas por mayoría de votos, democráticamente. Reuniones periódicas sirven tanto para discutir los problemas de la asistencia como para unir las almas. Son reuniones que .se desarrollan bajo la mirada del Crucificado «Señor de la caridad», el cual las preside o, como dice san Vicente, «está en medio» ; y esto en locales tapizados con textos de la Sagrada Escritura.
Efectivamente su objetivo es traducir en vida el Evangelio, haciendo que nuevamente Jesús viva y enseñe en medio del pueblo, hecho nuevamente Iglesia.
Entre los galeotes (1618)
Se ve, pues, que volviendo a casa de los Gondi, con la vocación que definía toda su vida, Monsieur Vincent no había vuelto a las comodidades ; ni realmente había ascendido en la escala de la jerarquía. Su camino era otro: llevaba a los campos entre los pobres. Pero los pobres no estaban solo en los campos. Y Vicente los buscaba dondequiera que estuvieran. En esta búsqueda le tocó bajar al plano quizás de mayor degradación de la Europa cristiana : a un bajo fondo donde la miseria formaba un todo con la deshumanización de la criatura humana y la abyección física y moral se unía con el odio a Dios y a los hombres.
Los Gondi le habían hecho nombrar capellán mayor de las galeras ; y éste no fue para él un título decorativo, fue un ministerio activo y para ejercitarlo, se introdujo en las cárceles de París, empezando por la Conciergerie (antigua prisión de París), bajo cuyas bóvedas, en antros sin luz y sin aire, como en cloacas, hediondas y húmedas, yacían hatos de condenados a las galeras del rey, que rodeados de miasmas y hambrientos, esperaban la partida para Marsella, de la llamada cadena. Tenía lugar de seis en seis meses.
Muchos de aquellos condenados, entre cadenas y privaciones de toda clase, «se pudrían vivos» y sucumbían antes de salir para dirigirse hacia el lugar patibulario de su pena: a las galeras, donde serían encadenados a los bancos para remar, doscientos setenta y cinco por nave, atados de dos en dos a la misma argolla.
Vicente sintió todo el horror de aquel trato inhumano, por el que el hombre, redimido por Cristo, se convertía en esclavo de la herida. Aquello era ateísmo en acto ; aquella era la crucifixión de Cristo que se prolongaba ; y por culpa de una sociedad hipócrita que se decía cristiana.
Ante el espectáculo de aquellos miembros del Cuerpo místico, de aquellas criaturas redimidas con la sangre de un Dios, que padecían en aquel horror, su alma se llenó de angustia, mientras su conciencia cristiana se rebelaba. Confiando en la Cruz, con su sentido práctico, inmediatamente se puso a hacer algo para aliviar aquellos sufrimientos. Lo primero que hizo fue informar a los poderosos del estado civil, militar y eclesiástico sobre aquel infierno, abierto bajo sus pies, e ignorado de la mayor parte de ellos ; y pidió piedad. Inmediatamente obtuvo algo: los galeotes fueron trasladados desde aquellos antros a un edificio del suburbio Saint-Honoré, próximo a la iglesia de san Roque, refocilados y curados. El mismo obispo de París, el cardenal de Retz, pidió ayuda a los Eeles, que en gran número intervinieron con donativos y visitas. Vicente fue el más asiduo en acercarse a los presos, uno a uno, curándolos en el cuerpo y en el espíritu. Veía que, si en lo físico perecían. presa de infecciones y tisis, en el espíritu agonizaban, presa de odio a la Iglesia y a la sociedad. Cuando no podía ir personalmente, enviaba a dos capellanes amigos y discípulos suyos: Portail y Belin. Juntos poco a poco iban devolviendo algo de luz a aquellas simas de la condenación humana; y aquellos desgraciados terminaron por ver en Vicente a un ángel y sus almas se abrieron para volver a creer, esperar y hasta amar.
En la corte y en la ciudad, durante algún tiempo, no se habló más que de aquel desconocido «encantador de tigres», bajo cuyas caricias habían resucitado turbas de desesperados.
Al mismo tiempo, a instancias del Santo, el general de las galeras introducía también en Marsella modificaciones saludables en el modo de tratar a los galeotes, amontonados allí en espera de los barcos.
Cuando Vicente se trasladó en medio de ellos, se estremeció de horror, ante el espectáculo del abandono en que se encontraban, arrojados en locales sórdidos, donde de vivo no había más que los alaridos de los forzados, bajo el látigo de los carceleros, despiadados sin necesidad y ladrones sin escrúpulo. Pues aquellos esclavos, impotentes, abandonados a su suerte, eran víctimas de especulaciones y extorsiones sin fin: como si su miseria no hubiera llegado ya al colmo.
Su estado era de un abandono tal que muchos se veían obligados a prolongar durante años el período de su condena, por el cuidado nulo de los registros y por la rapacidad con que se amontonaba material humano para las galeras.
Hasta el rey se enteró, con admiración, de los prodigios obrados por la caridad de este héroe, que no pedía cargos; y por ello el 8 de febrero de 1619 le confirió el título de capellán real de las galeras, con el estipendio de 600 pesetas anuales, poniéndole al frente de los capellanes aplicados a la flota.
Y Vicente subió a las naves de remos, en las que los forzados estaban encadenados a los bancos, con el dorso descubierto, para que los verdugos pudieran azotarles hasta hacerles derramar sangre, hasta matarlos. Esto sucedía con frecuencia, cuando era necesario acelerar la marcha. Las naves, con las dos grandes velas, aparecían en lontananza soberbias ; pero su velocidad dependía, con demasiada frecuencia, de la destrucción de aquel material humano, encargado de producir fuerza motriz, hasta caer desmayados, aun ante los ojos de oficiales somnolientos y de damas galantes, asomadas al puente.
Se daban órdenes de este calibre: —Dobla los golpes, verdugo, para estimular a esos perros; haz como yo mismo he visto hacer en las galeras de Malta ; arranca un brazo a uno y sírvete de él como de torniquete para golpear a los demás.
Ordinariamente los galeotes vogaban al compás de un silbato, a las órdenes de un cómitre, que mandaba la boga, y de un subcómitre, que repetía la orden con el silbato. mientras otro subcómitre, desde el centro del barco, fa repetía de viva voz, al tiempo que un verdugo azuzaba a la tripulación, azotando sin piedad. Silbato y azotes hundían a aquellos seres humanos en una sima, en la que la muerte parecía el único alivio.
Por culpas leves se les azotaba hasta hacerles derra. mar sangre, ordinariamente por uno de los galeotes mismos, más nervudo y rudo, estimulado y azotado a su vez por el cómitre de turno. De ordinario después de unos cuantos golpes el golpeado perdía el sentido y se desplomaba ; pero sobre su cuerpo exánime se seguían decargando golpes, hasta el número establecido.
Era la rebelión hipócrita contra el Creador, «Dios de vivos». Y aquellos desgraciados terminaban por ver en Dios a su enemigo y prorrumpían en blasfemias deshonestas. Así las galeras se convertían en antecámaras del infierno.
Increíble, aunque explicable, la suciedad de los galeotes que, encadenados al banco, se veían obligados a ha. cer todas sus necesidades en aquella postura, viviendo entre estiércol y chinches ; el hedor era tal que los oficiales en cubierta, se veían obligados a usar tabacos olorosos fuertísimos y perfumes muy penetrantes.
El film Monsieur Vincent reproduce la escena del capellán santo, que, a la vista de uno de aquellos galeotes que caen bajo una tempestad de azotes, ocupa heroicamente su puesto para salvarle. El episodio que refiere, con diferentes detalles, el primer biógrafo del Santo, Abelly, lo recogen de diversas maneras otros historiadores y panegiristas. Pero quizás es una leyenda. De todos modos —esto es seguro— Vicente sustituyó a los forzados en el sentido de que encarnó y defendió sus derechos, en cuanto las condiciones de la época se lo permitieron.
«La caridad con estos pobres forzados es de un mérito incomparable ante Dios», decía.
Si en París, ya en 1622 alquiló para ellos una casa en el suburbio de Saint-Honoré, en 1625 hizo un contrato con Felipe Manuel Gondi y su esposa para la asistencia perpetua de los misioneros a los forzados. Después en 1632 obtuvo del rey el uso de una torre, junto al puente de la Tournelle, para hospitalizar allí a galeotes enfermos: y él mismo hizo de capellán suyo y llamó allí a personas piadosas. Mucho trabajaron también en tal fip los sacerdotes de la parroquia de san Nicolás.
Mientras vivió, aun cuando la enfermedad le inmovilizó sobre una pobre yacija, cuidó de aquellos desgraciados: e hizo de banquero para no pocos, haciéndoles llegar sumas destinadas a ellos ; mientras para ellos también orgnizaba un servicio hospitalario, de modo que cuando salieran enfermos de la galera, tuvieran lecho y comida.
El encuentro con Francisco de Sales
También esta batalla contra los monstruos de la miseria se entabló en el período mismo en que empezaba la Guerra de los treinta años (1618-1648), es decir aquel fratricidio que, desencadenado por la convergencia de crisis religiosas y dinásticas, por pasiones racistas y de casta, terminó amontonando ruinas y horrores nunca vistos y conculcando los derechos de la civilización y los valores de la fe, en Europa, en nombre de la religión: de aquella religión que sería una de las mayores víctimas de la catástrofe.
Para la producción de aquel estrago excepcional, surgieron genios militares de la categoría de un Wallenstein, de un Condé, de un Tilly, de un Turenne y de un Gustavo Adolfo, jefes de ejércitos, con bandas de aventureros, bajo cuyos pies quedaron conculcadas las libertades de los ciudadanos.
Sobre todo esto los gobiernos absolutistas debían erigir como sobre una base de roca viva su jactancioso «de 1 recho divino» de los reyes ; mientras que la alianza de protestantes con católicos, querida por el cardenal Richelieu para poner al rey «cristianísimo» contra el rey «católico» y el sacro Romano Imperio, preparaban aquel principio de destrucción de las libertades del ciudadano, que los juristas redactarán en latín: Cuius regio eius religio. En esta expoliación Hobbes podía preparar los materiales de su Leviatán: el Estado-monstruo, el Estado que se hace Dios para abolir al hombre.
Frente a los genios de la destrucción, para la tutela de los pueblos surgían aquellos genios de la santidad, entre los cuales, por tantas luces, sobresalió como sol, Vicente de Paúl, que organizaba la defensa de la muerte y salvaba la vida.
Por eso también para él aquel 1618 fue un año de trabajos, de experiencias y de resultados enormes. Debía prefigurar el curso de su existencia, tan rica en obras en los sectores más diversos.
Al fin del año recibió el gran premio del encuentro en París con el célebre obispo de Ginebra, san Francisco de Sales. Rápidamente nació una gran amistad entre las dos almas, ambas ávidas de amor a Dios y a la Iglesia: y el aristocrático obispo ya anciano, director de almas, teólogo profundo, dio consejos preciosos al vigoroso y joven sacerdote rural, que le respondió con el ímpetu característico: vio inmediatamente en el obispo al hombre que mejor reproducía «al Hijo de Dios viviente en la tierra». A su vez Francisco tuvo que confesar que no había conocido jamás «un sacerdote más digno y más santo».
La santidad reconocía la santidad. Y era un reconocimiento íntimo y recíproco, pues también Francisco abrió al sacerdote los secretos de su piedad. Y la estima llegó a ser tan grande que, cuando logró fundar en París un monasterio de la Visitación, bajo la dirección de su discípula y colaboradora, la viuda del barón Chantal, santa Juana, Francisco, el obispo, confió su dirección eclesiástica a san Vicente de Paul. En esta elección tan significativa, san Francisco estuvo enteramente de acuerdo con santa Juana y con el cardenal de Retz, obispo de París. Hecho esto, la fundadora puso en su lugar a Ana Catalina de Beaumont y ella se volvió a Suiza, a donde la llamaba Francisco de Sales, próximo a morir ; y esta marcha fue posible porque todos sentían que la dirección espiritual estaba en buenas manos. A su vez Vicente debía reconocer que en aquella comunidad de hermanas palpitaba un solo corazón con una sola alma, según el ideal de Jesús.
La muerte de Francisco de Sales, ocurrida el 28 de diciembre de 1622, fue un rudo golpe para el amigo, que le lloró convencido de que perdía a un gran santo. Y así lo declaró mientras vivió, tanto ante las autoridades eclesiásticas como en las conversaciones con sus compañeros.
Casi como para consolarse de aquella pérdida, reanudó los estudios de derecho canónico en la universidad de París, graduándose al año siguiente.
Esta aplicación a los estudios, mientras era tanto lo que tenía que hacer como capellán mayor de las galeras, como preceptor en la casa Gondi, como superior de la Visitación de París y párroco de Clichy, demostraba la exuberancia de sus energías aun físicas y, al mismo tiempo, la estima que tenía de la cultura, desde el momento que la decadencia del clero le parecía fruto no menos de la ignorancia que de la depravación.
La única vuelta a casa
Mientras tanto Vicente había vuelto a ver a sus familiares y había podido comprobar la virtud de los seguidores de Cristo.
Hacía unos veinte años que había dejado a su madre y a sus hermanos, gente pobre, porque —dice el Señor—»quien no odia al padre y a la madre, a los hijos, hermanos y hermanas, y hasta su misma vida, no puede ser mi discípulo».
Solo en 1621 fue a ver de nuevo a su gente, cuando se hallaba para dar misiones a los forzados de Bordeaux, en las cercanías de Pouy. Pero no sin haber tenido antes dudas, de las que le libraron, antes de salir de París, sus amigos, a quienes consultó (como hacen los grandes santos y como debía enseñar a hacer él mismo a los suyos, a quienes pedía siempre el parecer para conocer la voluntad de Dios). Ellos le dijeron que, habiéndose presentado la ocasión, podría hablar de Dios también a sus familiares.
El por qué de sus dudas lo explicó él mismo en el ocaso de su vida (el 2 de mayo de 1659): y era que él había asistido a la ruina de muchos eclesiásticos buenos, que después de haber ido a visitar a sus familiares habían vuelto siendo otros, «inútiles para el pueblo» y entregados enteramente a los asuntos de las familias.
Con estos pensamientos se dirigió a Pouy, donde estuvo ocho o diez días para hablar a los suyos «de los caminos de su salvación y alejarlos de la idea de tener bienes». Tal vez aquellos pobrecitos esperaban, según las costumbres, una ayuda en dinero de aquel sacerdote nacido en el seno de una familia pobre; pues también en la campiña francesa, lo mismo que en las campiñas italianas, se creía que es «beata quella casa che ha la chierica rasa».
«Llegué a decirles —refirió el Santo a sus sacerdotes— que no esperaran nada de mí, que aunque hubiera tenido cofres de oro y plata, no les habría dado nada, porque si un eclesiástico tiene algo, esto pertenece a Dios y a los pobres. El día de mi partida sentí tanto dolor por tener que dejar a mis pobres parientes que no hice más que llorar durante todo el camino… A las lágrimas sucedió la idea de ayudarlos para mejorar un poco su condición, dando alguna cosa a uno y alguna otra a otro… Pasé tres meses presa de esta pasión importuna de mejorar a mis hermanos y a mis hermanas ; peso continuo de mi pobre espíritu… Pero oré al Señor, que al fin tuvo piedad de mí ; y me libró de estas ternuras para con mis parientes ; y aunque hayan tenido que pedir limosna y aun ahora la pidan, Dios me ha hecho la gracia de confiarlos a su Providencia y de considerarlos más dichosos que si hubieran conocido las comodidades»1.
La mendicidad, en Francia y en todo Europa, era la flor infecta de la guerra. Y Vicente la tomó a su cuidado inmediatamente.
Una de las obras más señaladas del año 1621 fue la constitución de una Confraternidad de la caridad en Macon, donde lo que más le había impresionado había sido el espectáculo de masas de mendigos harapientos y disolutos, que vagaban por las callejuelas: tantos y tan ignorantes que en cuestión de religión casi no conocían ni siquiera el nombre de Jesucristo. Vicente vió que sus almas se perdían y sintió angustia, como si se tratara de una culpa propia. Y se puso a trabajar para recuperar esas almas. Una obra en que, como de costumbre, la instrucción se convertía en una de las obras de misericordia.
Al principio su acción redentora fue incomprendida y escarnecida por las mismas autoridades locales, a las que se dirigió ; más aún, por los mismo mendigos a quienes parecía que había que defender obstinadamente la mendicidad como una forma de libertad en el ocio.
Se trataba, pues, de vencer, con una reeducación amorosa, la resistencia misma de aquellos desgraciados.
Al fin su acción y su elocuencia vencieron todo obstáculo de tal manera que, con la aprobación del obispo, constituyó una confraternidad mixta, bajo la protección de san Carlos Borromeo. El ejemplo arrastró a todos: ricos y pobres contribuyeron al éxito y trescientos mendigos fueron alojados, alimentados y recobrados para la sociedad. Y todo esto en cerca de tres semanas de trabajo.
El éxito fue tal que «para evitar los aplausos» de la población, san Vicente se vio obligado a marcharse de incógnito.






