III. Las Confraternidades de la Caridad
Párroco en Chátillon (1617)
Bérolle asignó a Vicente una parroquia bastante más importante: Chátillon-les-Dombes, una ciudad de 2000 almas, atravesada por el río Chalaronne, sobre Lión, en el límite con la Savoya, entre bosques espesos y valles fértiles. Allí la asistencia eclesiástica estaba a cargo de un clero, o ausente, que percibía las rentas desde lejos, o ignorante, que exhibía de cerca el descuido, dilatando aquel escándalo sobre el que trabajaba-con éxito el pro- selitismo de los religionarios (hugonotes). Había seis capellanes ancianos, cuya presencia se advertía más frecuentemente en los figones; había una iglesia, grande, pero descuidada, con un hospital que amenazaba ruina.
Vicente llega a su nuevo destino en julio de 1617. Para trasladarse allá tuvo que alejarse de la casa de los Góndi. Puso como pretexto un viaje corto que tenía que hacer: no tenía valor para despedirse. Por consejo del padre Bence, superior del Oratorio de Lión, como la casa parroquial católica en Chátillon estaba en ruinas, Vicente se alojó en casa de un calvinista.
Aquella casa parroquial simbolizaba muy bien la religión de la ciudad, presa de la herejía y de la inmoralidad. Como después, Vicente no mostró ninguna repugnancia respecto del anfitrión que no era católico, sintiéndose siempre, como sacerdote, en deuda con los que no tienen la fe verdadera.
En la casa del calvinista, junto con el coadjutor, cuya elección recayó en la persona de Luis Girard, sacerdote docto y virtuoso, practicó una regla severa, la misma que él ya practicaba : levantarse a las cinco ; limpie. za de la propia habitación, meditación durante media hora ; después Misa, oficio y actividad apostólica duran. te toda la jornada.
Ninguna mujer por casa.
El ejemplo produjo su efecto. Los seis capellanes, que, en ausencia de un párroco virtuoso, habían equivocado el sentido de su ministerio, se dejaron voluntariamente reducir a la vida eclesiástica de comunidad y pidieron que se les asignaran varias tareas: catecismo, predicaciones, funciones sagradas, visitas a los enfermos, cuidado de las iglesias… La gente volvió a ver al sacerdote: volvió a comprender a la Iglesia ; reanudó las prácticas del culto… Aquel párroco no frecuentaba los figones, no vagabundeaba por las calles, no vestía a la moda: no se le veía más que orando y trabajando. Y la gente le tuvo por un taumaturgo ; y las buenas costumbres volvieron a florecer. En cuatro meses el vecindario renació a nueva vida. Conversiones ruidosas .sellaron su apostolado diario.
Entre las primeras la del calvinista, su amo de casa. Juan Beynier, que además de ser hereje en la fe, era corrompido en su moral. La vida del párroco le descubrió la hermosura de la ortodoxia y la fealdad de su propia conducta. De manera que aquella tolerancia y caridad, al instalarse en casa de un hereje, le valió conquistar un alma y edificar aun pueblo.
Otra conversación ruidosa fue la de un famoso espadachín, er6lérico conde de Rougemont, oriundo de la SavoyabEste había desafiado, herido y dado muerte a un número de personas que no se podía precisar. La fama de las virtudes de Vicente le impulsó a acercarse al nuevo párroco; y el efecto fue que cambió de vida, rompió toda relación con el mundo y con las criaturas hasta separarse de su fiel espada, su gloria y su defensa ; y fue ésta la separación que más le costó. Meditando cierto día mientras cabalgaba y reparando que en aquella «querida espada» estaba precisamente el último vínculo que le ataba al pecado, saltó de la silla y se puso a romper su hoja sobre una piedra, haciéndola saltar hecha pedazos: así con: quistó su libertad. Desde aquel instante ya sólo amó a Dios ; y su vida de oración se hizo tan intensa que se le concedió tener reservado en su capilla privada el Santísimo Sacramento. Sólo las palabrs de Vicente le retuvieron para que no vendiera hasta el castillo de Chandée, en que vivía, después de haber vendido y dado a los pobres y a monasterios todo su patrimonio. Bajo la guía de Monsieur Vincent, hizo de aquel castillo un hospicio para en• fermos, pobres y eclesiásticos en formación.
Purificado por una larga enfermedad, murió santamente, vestido con el sayal de los capuchinos.
Capuchino se hizo también el hijo mayor del calvinista Garron, cuñado de Beynier, mientras hermanos y hermanas, después de su abjuración, se hacían religiosos o empezaban a vivir como católicos honrados, con rabia del padre, que murió traspasado de dolor.
Ahora Vicente había precisado una técnica o, como decía él, un «pequeño método», inspirado en la conducta misma del Señor, que coepit facere et doceTe: un apostolado hecho de fé y obras, de sacramentos y alimentos, de predicación y de asistencia, asociando continuamente, a los ojos de los fieles y para su servicio, lo divino y lo humano, valorizando continuamente la liturgia con la sociología y animando las visitas a los enfermos con los can* tos corales: Jesús y María, cielo y tierra, altar y hospital, Dios y el hermano… En Una palabra restituía a los fielés aquella otra porción de la vida: la más valiosa; doblm- do así el valor de la existencia: integrándola. Y esto daba alegría : y llegaba a los espíritus como un rescate y un descubrimiento, en aquella desolación histórica, hecha de carestías, pestes, aluviones de tropas, impuestos y prestar ciones personales.
Aquellos siervos de la gleba, aquellos colonos, aquellos artesanos se veían transformados en conciudadanos de los santos y puestos de nuevo en posesión de un dominio, que ni tropas ni déspotas les podían robar.
Y la caridad, puesta en circulación por las casuchas, las cuadras y las buhardillas, difundía por todas partes una serenidad nueva, encendiendo, en aquellos ántros, una claridad evangélica.
Al mismo tiempo la gente volvía a cantar.
Cantaba los himnos de la Iglesia, que eran los himnos del pueblo, de la familia, lazo vivo con las almas dé los difuntos, con los santos, las vírgenes y los profetas; y con las lágrimas volvía a probar aquel sentido de nostalgia de lo divino, que Vicente había despertado aun en la mujer ótomana de su señor en Africa.
En la iglesia, orando juntos, los ciudadanos restablecían la comunidad entre sí, entraban en comunión con la Virgen Santísima y con el Hijo de Dios, cuya realidad se evocaba en los sermones claros, surcados de lágrimas, del párroco.
Era una palabra convincente e incisiva, al alcance de todos: pues, después de años de ministerio, Vicente permanecía campesino, de lenguaje vivo, pero sencillo, hecho de ideas directas: el instrumento que acompañaba su marcha hacia un ideal, que se llamaba Jesucristo: era una subida hacia Dios mediante una bajada hacia el hombre. Abajándose, subía: y esto era sencillo, estaba al alcance de todos. Hacía como Cristóbal Colón, que, buscando nuevos caminos para la India, fue a Oriente pasando por Occidente y, por el camino, encontró un nuevo mundo. Vicente de Paúl, buscando los caminos para el cielo, iba al Padre celestial pasando por el hermano, que le servía de ianua coeli: y por el camino encontraba a Cristo mismo, encarnado en los pobres.
Fue entonces cuando, con materiales divinos y humanos, fundó la primera Confraternidad de la caridad.
La primera Confraternidad
Fue ésta, en su humilde germinación, una de las empresas más estupendas en la historia de la Iglesia y de la civilización: la organización comunitaria de la solídarie- dad, de la sociabilidad humana y divina, en una época en la que el individualismo de la Reforma y del Humanismo estaba produciendo el egoísmo económico, la explotación social y la yuxtaposición de los productores que hacía del pueblo la masa, encaminada hacia el agregado borreguil, mantenido a raya por los poderes externos de la policía. La cosa sucedió de esta manera :
Monsieur Vicent (como le llamaban y como se decía «Monsieur Saint-Pierre» y «señor san Francisco»), en Chátillon, lo mismo que en Clichy, en substancia había logrado hacer de la iglesia una casa, de la parroquia una comunidad, de san Andrés el corazón del pueblo y del Sacramento el corazón de las almas. Había devuelto la vida a la Iglesia : comunidad de almas y de cuerpos, con Cristo a la cabeza. El sentido de comunidad, que había avivado, despertaba la deuda de solidariedad e impulsaba del aislamiento a la comunión.
De esta manera el Cuerpo místico, reanimado, debía producir, a su vez, obras buenas.
A Vicente que despertaba esta comunión y que, a su vez, se sentía empujado por ella, como por el impulso del Espíritu Santo, dispuesto siempre a recoger de la ocasión humana la inspiración de lo divino : cierto domingo por la mañana, mientras se preparaba para celebrar la Santa Misa le vinieron a decir que, en una cabaña, perdida en el campo, toda una familia, herida de la peste, estaba muriéndose por falta de asistencia. Podemos Imaginarnos cómo se quedaría Vicente. Ya no vio más que aquel montón de desgraciados, solos, llagados y hambrientos. Y al llegar al Evangelio, en vez de echar el sermón que tenía preparado, habló de aquellos hermanos, que estaban en necesidad urgente, por el abandono universal. Habló con tales acentos que los fieles en la iglesia se conmovieron y los más no pudieron contener sus lágrimas.
Después de la función sagrada, se dirigió a casa de una buena señora del lugar para estudiar juntos el modo de asistir a aquella familia : y, pasando de las exhortaciones a los hechos, apenas celebradas las vísperas, junto con un señor del lugar, se echó al campo en busca de aquella cabaña: y cuál no fue su agradable sorpresa al encontrar, por el camino, una verdadera procesión de mujeres que iban y volvían: unas llevaban paquetes, otras, por el calor, descansaban de vez en cuando. Eran las mujeres del pueblo que, habiendo escuchado su sermón, se habían dirigido y se dirigían a asistir a la familia enferma.
Al ver desfilar en hilera a aquellas criaturas —más de cincuenta— Vicente tuvo la primera idea de reunirlas en una comunidad, en la que se entregaran a Dios para un servicio continuo de los pobres. Con esta primera idea, se dirigió a la cabaña, donde desempeñó su cometido y confesó y dio la comunión a los enfermos más graves.
Después, vuelto a casa, propuso a todas aquellas madres e hijas que habían acudido en ayuda de aquella familia, que continuaran la obra, ofreciéndose, una para cada día, a hacer la comida, no sólo para la familia enferma, sino para cuantos enfermos hubiera en el pueblo, entonces o en el futuro. La idea gustó ; y el párroco reunió a las mujeres, algunas de ellas de las más nobles, en una asociación, encargada de proveer cada día un número de voluntarias para «ayudar al cuerpo y al alma» de los necesitados: «al cuerpo, alimentándolo y curándolo ; al alma, disponiendo a bien morir al que ya no tenía remedio, a bien vivir al que podía curar».
«Aquel día memorable —dijo tres siglos más tarde el cardenal Eugenio Pacelli, futuro Papa Pío XII, hablando a las Damas de la Caridad—, se plantó la semilla de aquel árbol de la caridad que vosotras cultiváis ; árbol que tiene las raíces aquí abajo, que crece vigorosamente aquí abajo, que se agiganta aquí abajo, venciendo todos los obstáculos y tempestades ; pero para levantar su copa hacia el cielo… Así nació la organización de la caridad y el milagro de vuestra asociación, en cuya fundación colaboraron un corazón de mujer y un corazón de apóstol, y que fue una fuente de milagros…»1.
Patrona y protectora de la obra debía ser y no podía menos de serlo, la Madre de Dios: ellas eran sus representantes y sus siervas y no podía recibir un honor más grande.
Después de tres meses de experiencia, Vicente redactó un reglamento para la asociación, que fue la primera Confraternidad de la caridad, erigida solemnemente el 8 de diciembre de 1617 —el día consagrado a la Inmaculada—, llamándose sus asociadas Siervas de los pobres y de la caridad.
Aquella palabra de «siervas», en el siglo de la ostentación nacida del orgullo de los espíritus y de los bullones de los vestidos, indica, por sí sola, la revolución obrada por el «señor» Vicente. Aun las campesinas, sin letras, acogieron y comprendieron aquella prestación, en la que se realizaba el Evangelio, precisamente porque se asociaba con el servicio del cuerpo el del alma: se rehacía la unidad teándrica de la religión en la práctica de la cari» dad, donde la reforma calvinista, que estaba a punto de desembocar en el jansenismo, había vuelto a separar la fe de las obras, el amor a Dios del amor al hombre. En el servicio de los pobres se rehacía la integridad con la unidad del catolicismo.^
Y esta conciencia se imprimió en el reglamento, cuyas normas venían dé la persona de Jesucristo, Hijo de Dios, hecho hombre. Se habían tomado como divisa de la asociación sus mensajes: «Sed misericordiosos como mi Padrees misericordioso». Y «venid benditos de mi Padre; poseed el reino que se os ha preparado desde la fundación del mundo; porque tuve hambre y me disteis de comer, estuve enfermo y me visitasteis; pues cuanto habéis hecho a uno de estos pequeños me lo habéis hecho a mí».
Toda confraternidad tenía que estar compuesta de veinte mujeres virtuosas, casadas o solteras. También éste era un rasgo audaz, en una época en que la mujer estaba alcanzando un gran ascendiente, más a fuerza de intrigas y lujuria que en gracia de su cultura y de la misma belleza.
En el servicio de la confraternidad se igualaban matronas ricas con amas de casas pobres, hechas todas sier- vás del amor a Cristo, personalizado en los pobres; todas se elevaban a una tarea nueva, a una dignidad no alcanzada en la Iglesia, precisamente abajándose sobre las yacijas fétidas de los mendigos y de los abandonados, haciéndose enfermeras, cocineras, lavanderas y al mismo tiempo misioneras, portadoras de Cristo: dando sopas y Oraciones, lavando llagas del, cuerpo y culpas del alma.
A la cabeza de las asociadas estaba una priora, elegida por ellas mismas. Las asistía, sobre todo en la parte religiosa, un procurador, que era o un eclesiástico o un señor de la ciudad «particularmente amante de los pobres». El primero fue Juan Beynier, convertido del calvinismo. Prácticamente su caridad brotaba de una ascesis comunitaria, cultivada con reuniones fijas (el tercer domingo de cada mes), en las cuales se acostumbraban a amarse en Cristo, a orar juntas y a corregirse recíprocamente.
Se establecieron normas para la asistencia: y estas se ocupaban de la limpieza de los pobres enfermos (lo primero que se les procuraba era una camisa blanca), del suministro de medicamentos, víveres, muebles, utensilios de cocina, y de las oraciones bajo la mirada de un Crucifijo. Las Siervas de la caridad, llamadas también Hijas de la Caridad, daban de comer a los enfermos (en general, sopa, un trozo de carne, pan y legumbres) después de haberles hecho lavar las manos: los ayudaban, si era necesario, haciendo aun esto por amor a Jesús y María Santísima.
Así aun la enfermedad, aun la comida servían para acordarse de la casa de Nazaret. Junto al lecho, mientras partían la carne y servían el vino, resonaban palabras de esperanza y de alegría, relacionadas siempre con el amor a Dios: y era como una floración de violetas en un terreno pantanoso de las Landas.
Al fin del ario (1617) la confraternidad obtuvo el reconocimiento canónico del arzobispo Dionisio de Marque• mont, aquel mismo que poco antes había negado a las Hijas de la Visitación de Francisco de Sales la facultad de salir del monasterio para visitar a los pobres, como había deseado el santo Fundador. Pero entonces no se comprendían religiosas que no fueran de clausura. Por esto —concluía Vicente muchos años después, rehaciendo la historia—, sólo Dios podía inspirar una institución religiosa con traje seglar.
Nacía la acción católica con otra forma de participación del laicado en la vida de la Iglesia : brotaba una manifestación nueva de sacerdocio real aun por parte de las mujeres, convertidas en brazos de Cristo. Y el efecto fue enorme y rápido y se vio durante la carestía y más tarde durante la peste, que inmediatamente después afligieron a aquellas poblaciones.
San Vicente de Paúl se valió sobre todo de mujeres, núbiles o casadas : porque sobre todo las mujeres respondieron a aquella llamada al sacrificio, que arrastraba a señoras y campesinas a hacerse cocineras, enfermeras, mozas de cuerda, obligadas a subir con cargas de enseres, a buhardillas sucias, a escudriñar ambientes corrompidos, a vivir en hospitales donde se amontonaban, hasta a doce por lecho, enfermos de toda clase destinados a morir de abandono y de infección.
La fuerza de estas mujeres renacía continuamente cada vez que se reunían ; pues lo hacían para orar, para hacer penitencia y para amarse hasta la renuncia de su propia voluntad, teniendo por ideal a Jesucristo, Hombre-Dios, y por modelo a María, amada como virgen, madre y esposa viuda. Con un método semejante Vicente atendía a reformar el clero, reuniendo a los sacerdotes en asociaciones, en las cuales, uniéndose entre sí, se unían con Cristo. Aun a las damas de la Corte, ocupadas en intrigas, a las que quería unir en torno a la reina en una Confraternidad de la caridad, prescribirá en el reglamento : «se amarán entre sí como hermanas, a quienes el Señor ha unido con el vínculo del amor».
El secreto del éxito gracias al cual la institución se extendió rápidamente por toda Francia y, en vida del Santo, aún por la Liguria y el Piamonte, estuvo en esta colaboración de las mujeres «siervas de los pobres», en aquel reunir a las almas para unirlas, en aquel deliberar sobre todo, poniendo entre ellas, con la caridad, a Dios.
«Jesucristo —escribe el biógrafo Coste— presidía sus reuniones».
Por su medio, la Iglesia se renovaba desde su base: desde los campos, desde el pueblo, desde las mismas familias aristocráticas dedicadas al servicio de los pobres: se renovaba desde la pobreza, después que herejías, cismas, guerras y corrupciones habían brotado de la riqueza. Cristo en los pobres, contra Mammona en los ricos, eclesiásticos y laicos.
Con la movilización de las mujeres, María volvió en medio de los hombres; y el sexo femenino recobró dignidad con una vocación nueva. «Hace casi ochocientos años —les dice Vicente— que las mujeres no tienen oficios públicos en la Iglesia ; en otro tiempo existían las llamadas diaconisas…, pero, hacia el tiempo de Carlo Magno, vuestro sexo se vio privado de todos los cargos y desde entonces no–ha vuelto a tenerlos ya nunca. Pues bien, la Providencia se vuelve hacia vosotras… ¿No os parece una cosa singular y nueva?» Efectivamente era algo nuevo y singular: y por ello también las señoras, acercándose a los pobres, se separaban del mundo. Permaneciendo en el mundo, perseguían la perfección como en un claustro. En un siglo de ostentación y barroquismo, la pobreza se convertía en pasaje para lo Eterno.
Aquellas mujeres habían vuelto a encontrar un fin para su vida, el fin de colaborar —ellas, «siervas de la caridad»—, con Cristo «Señor de la caridad»: y en los bajos fondos tocaban el Cielo. Unidas con Dios, saboreaban la «alegría perfecta».
«La caridad nos apremia», decían con su padre e inspirador. Y puesto que donde está la caridad está Dios, en Dios descubrían desde allí, desde las casuchas y sucesivamente desde las prisiones y hospicios, todos los Aspectos de la Iglesia universal: y aquellas jóvenes, aquellas madres, aquellas viudas se convertían en portadoras de la palabra de Dios, en colaboradoras aun de la construcción de seminarios, en misioneras entre campesinos ignorante/ y extranjeros herejes. A la muerte de una de ellas, de la Miramion, Madame de Sévigné pudo definirla como una «Madre de la Iglesia». Y esto en el período histórico de la más exagerada extravagancia de la feminidad, que trataba de afirmarse sobre todo en ridiculeces («Las precio. sas ridículas» de Moliére), en poses culturales y refinamientos viciosos.
Estas, en cambio, encontraban la grandeza de Dios haciéndose siervas.
De alguna de aquellas mujeres san Vicente pudo decir que «si por desgracia, se perdiera el Evangelio, su espíritu y sus máximas se encontrarían en las costumbres y en los sentimientos de ella».
En el cuerpo llagado de la cristiandad, la introducción de este apostolado de los laicos fue como una infusión de sangre generosa.
Le lección queda : y es que resucita a la Iglesia, Cuerpo místico, poniendo también a los laicos a traducir en obras la fe, a actuar en servicios la caridad. Sirviendo a los hermanos, se descubre a Cristo : se vuelve a descubrir el Evangelio. Y uno se santifica. Vicente daba a las colaboradoras el consejo luminoso, todo substancia, del mandamiento nuevo, de lanzarse a amar y, por consiguiente, a servir a los demás. Lanzada a la aventura del amor a los pobres, la mujer ya no se veía a sí misma, sino a Dios: de un ámbito de angustia que era un embudo clavado en la propia alma, el espíritu se dilataba a un horizonte infinito, que era el plano del Cuerpo de Cristo. «Porque en suma, —decía el santo— esta vida, aquí, es la vida de los santos que sirven al Señor en sus miembros».
Y era accesible a todos.
La confraternidad de Chátillon mostró con sus frutos la firmeza de su fundamento : durante la vida del Santo, las mujeres con su asistencia a los enfermos, fueron la causa de numerosas conversiones y prestaron innumerables servicios a miserias de todo género. Por la caridad de aquellas mujeres, aun el sufrimiento —que no faltó nunca en aquellos años de anarquía y de guerra— se cambió en valor de redención y produjo alegría.
En las tierras de los Gondi
La confraternidad de Chátillon-les-Dombes debía ser la primera de otras muchas que florecerían en Francia y, poco a poco, en toda la cristiandad.
De ordinario fueron las circunstancias las que indujeron al santo a dilatar su fundación.
Sucedió que Madame Gondi, cuando comprendió que Vicente se había alejado de ella y de los suyos, empezó a lamentarse y valerse de peces gordos para volver a traer a su casa a aquel capellán de dotes no comunes : inteligencia, laboriosidad, virtud, iniciativa…
En ausencia de Vicente —se lamentaba ella (y lo escribía)— «mis hijitos se van perdiendo de día en día ; y el bien que él hacía a mi casa y a ocho mil almas de mis tierras, ya no lo hará nadie». Y también ellas eran almas rescatadas con la sangre de Cristo. Por esto la generala suplicaba a Dios y conjuraba a los hombres para que le devolvieran a Vicente. Por esto se dirigió directamente a él, con cartas conmovedoras, pidiéndole que volviera. Como se resistía, ella solicitó la ayuda de un amigo influyente, Carlos du Fresne, el recordado secretario de la reina Margarita Valois ; y éste, con el refuerzo de las cartas de recomendación del cardenal de Retz, arzobispo de París, del padre Bérulle, de Madame Gondi misma, de sus familiares y de otros eclesiásticos y seglares de todo rango, se presentó ante el párroco de Chátillon, para pedirle que volviera.
Vicente se conmovió. Consultó de nuevo al padre Bence y, por su consejo, se resolvió volver a París para deliberar con Bérulle y otros amigos competentes, sobre su trabajo en la capital.
Y un día tuvo que despedirse también de los feligreses: un grito de piedad se oyó en todo el pueblo, gritos y llantos resonaron en la muchedumbre agolpada en la iglesia, y él mismo lloró. Pues se marchaba, los fieles le arrancaron hasta los vestidos que llevaba puestos, para conservar un recuerdo, una reliquia : tan convencidos estaban de estar tratando con un santo.
De vuelta a París se entrevistó con sus consejeros y visitó a Madame Gondi. A sus súplicas, a sus lágrimas, respondió con aquella humildad y desasimiento, que le eran propios, que estaba hecho para servir a los pobres de los campos y que ya no se sentía en coñdiciones de volver a la ciudad, a una casa de lujo. Pero la generala, que era tan religiosa como deseosa de volver a contar con su asistencia, le mostró la necesidad de las poblaciones de los feudos de la casa Gondi, desde la Picardía hasta la Champaña : él podría trabajar en medio de aquellas almas abandonadas ; sin decir que desde París podría hacer alguna escapada a Clichy y después… Y después el alma de ella y las almas de su marido y de los hijos tenían necesidad de él: y él no podía dejarlas solas sin sumirlas en la desolación.
Vicente cedió y se quedó como capellán de la casa Gondi y de sus tierras. En Chátillon se substituyó el coadjutor Girard. Pero el pueblo no pudo olvidar al santo, del que le viene y conserva el mayor título de gloria, que recuerda la estatua de bronce de san Vicente, erigida en una de sus plazas.
En realidad, dejando a Chátillon por las tierras de. los Gondi, Vicente descendió un escalón hacia la miseria: se dió a una miseria más vasta. Y de ahora en adelante su ascensión será un bajar continuo hacia desolaciones más ignoradas. Aldeas áridas, tugurios sórdidos, campiñas desvastadas por la carestía y la guerra, almas hundidas en el pecado y entumecidas por la ignorancia, criaturas explotadas y abandonadas en el régimen de una monarquía fastuosa, dominada por una corte opulenta y consumida por una aristocracia parasitaria. Virtualmente no había comunicación entre la casta que anidaba en los palacios de grandes pinturas murales, de lámparas fantásticas, de cortinas y divanes guarnecidos de oros y piedras preciosas, y la masa anónima de los fuera de casta, amontonados en los callejones, en las cuevas, en las cabañas, en las buhardillas miserables, con frío y hambre, llenos de parásitos y tuberculosos. Sobre su miseria precisamente entonces estalló la Guerra de los treinta años, durante la cual, por las audacias ambiciosas de un ministro cardenal, Richelieu, verdadero dueño de Francia bajo Luis XIII que en 1617 había hecho matar al ministro de María de Medici, Concini, se volcarán sobre el suelo nacional españoles y alemanes y aventureros en gran número. Mientras el cardenal tejía las tramas del primer gran conflicto europeo, por un sueño de hegemonía política, desde su celda, Vicente atendía a producir la vida, buscando la paz siempre.
Mientras tanto emprendió una obra misional en las tierras de los Gondi. En Follevill e había estado ; y por eso fué a Villepreux, aldea pequeña del Seine-et-Oise. Ayudado por sacerdotes y almas piadosas, que le procuró la dueña, predicó la doctrina de la Iglesia a los grandes, catequizó a los pequeños, visitó a los enfermos, indujo a muchos a la confesión general, atrajo a los más a la Comunión y después, para dejar un instituto estable de santificación, fundó una Confraternidad de la caridad, semejante a la de Chátillon. Dado al carácter particular del ambiente, confió a las mujeres la tarea de pedir, para reunir los fondos necesarios para pagar medicinas, médicos, enfermeros y muebles ; después la asociación adquirió en propiedad rebaños de ovejas y vacas. En la iglesia se destinó una capilla particular a la Confraternidad, para sus prácticas y para sus fiestas, una de las cuales, la del 14 de enero, del Santo Nombre de Jesús, fue considerada como patronal. Y esto porque la nueva Confraternidad se fundió y también en otras partes se fundirá con la Confraternidad, difundida por todas partes, del Santo Nombre de Jesús.
En septiembre se trasladó a Joigny, pequeña ciudad de la diócesis de Sens. También allí, con la ayuda de la infatigable Madame Gondi, fundó una Confraternidad de la caridad, compuesta de cuarenta y dos asociadas, veinte de ellas incapaces de firmar. La Gondi fue su priora y entregó varios donativos para la casa, entre ellos los impuestos debidos por el paso sobre y por debajo de los puentes de la ciudad.
En noviembre fue aprobada la Confraternidad de Montmirail, con el encargo de asistir a los enfermos y además a los presos, visitándolos, ayudándolos con consejos y dinero y poniéndolos en situación de cambiarse la ropa interior todos los sábados.
El sábado era un día predilecto porque estaba consagrado a María y se gastaba en su honor. El año 1620 Vicente inició, precisamente en Montmirail, la llamada bendición del sábado, una práctica piadosa continuada por muchos años.
Y pareció bien que aquel día los pobres se limpiaran por fuera en sus vestidos, para limpiarse más fácilmente, por dentro en el espíritu.






