San Vicente de Paúl, maestro de oración (09)

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CREDITS
Author: Abbé Arnaud d'Agnel · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1929.
Estimated Reading Time:

Capítulo IX: Parte e importancia de los sentimientos sobrenaturales en la oración

vincent Croatia Zagreb 2San Vicente hace, en la oración, una parte muy amplia al sentimiento o, para decirlo mejor,  a la vida afectiva. Sin  ella -piensa él- nada importante  ni en el bien ni en el mal. Si la luz nos es necesaria para vivir, el calor no nos es menos indispensable, y hasta, en el orden moral, para ser brillante y duradero, la luz exige el calor.

Según san Doroteo, los antiguos Padres tenían  por una máxima constante que lo que el espíritu no alcanza con alegría no podría ser de larga duración. Si el sentimiento en las almas escogidas tiende a jugar un papel  cada vez más débil y a desaparecer  ante el amor de la voluntad, no es menos verdad que ocupa un lugar considerable al principio de toda vida espiritual,  y a menudo en lo sucesivo.  San Juan de la Cruz lo reconoce en estos términos: «Una vez que el alma ha tomado una firme resolución de servir a Dios, el Señor acostumbra a dirigirla tratándola como una tierna madre que alimenta a su hijo. Esta madre calienta a su hijo en su corazón, le da una leche bien dulce, un alimento delicado, lo lleva en sus brazos, en fin le colma de caricias y dulces. Pero a medida que crece le va quitando  todas estas alegrías».

Cuántas palabras y escritos del buen Sr. Vicente recuerdan este texto.  El gozo de Dios de vernos en oración está dibujada allí bajo colores tal vez aún más impresionantes.

Dando la importancia debida a la vida afectiva, Vicente está de acuerdo con la psicología contemporánea y con las diversas escuelas de terapéutica. Varios siglos antes de Ribot, Blondel, William  James y tantos otros filósofos, ha comprendido, como san Agustín y san Ignacio de Loyola,  que la idea pura no lleva a la acción, y que una imagen o una idea, para ejercer sobre nosotros una influencia determinante, debe imponerse al sentimiento. En esta condición solamente, de puramente representativa, se convierte en motriz. Regla general, actuamos o reaccionamos en la medida en que sentimos. Sin pasión, nada y poca iniciativa. Cómo podría ser de otra forma puesto que el principio que preside la actividad humana bajo todas sus formas es el deseo de la felicidad, deseo fatal, universal, que comienza y se acaba con la vida. Esta sed de felicidad, que nada de aquí abajo puede satisfacer es lo que me hace querer todas las veces que quiero y cualquiera que sea el objeto de mis voliciones sucesivas. Mejor que eso, ella es el fondo mismo de mi voluntad. De ahí, esta voluntad se funde en el sentimiento para formar esta facultad que tan felizmente llamada por los Escolásticos l’appétit intellectuel, que es a la vez tendencia sentida y fría determinación, amor y fuerza.

Bajo el imperio de esta convicción, Vicente recurre a menudo a los recursos de la vida afectiva. Su táctica es por otra parte la de la Providencia que nos atrae hacia la perfección por el regalo de las dulzuras sensibles. Como lo advierte Sandreau-4, «estos consuelos espirituales que los teólogos comprenden bajo el nombre de devoción accidental, suponen, como las emociones estéticas, la acción de las facultades espirituales, pero la parte que en ello juegan las facultades sensibles es tan grande que, en el lenguaje ordinario, que se pasa en silencio el papel jugado por la inteligencia y la voluntad, y  estos fenómenos se llaman las operaciones sensibles de la gracia. Tales son las emociones producidas por las representaciones imaginativas de las cosas santas».

El papel desempeñado por la sensibilidad en la obra de nuestra santificación hace de contrapeso en el papel más considerable que ella juega en nuestra perversión. De ordinario, nuestras pasiones malas, comprendido el orgullo, de todas la más intelectual, toman formas sensibles. Según la enseñanza de la Escritura, el hombre, al apartarse de Dios por el pecado para complacerse a sí mismo, disminuye su actividad de ángel y de repente aumenta su actividad de bestia.

El empleo de las imágenes preconizado por el Sr. Vicente tiene precisamente por fin de santificar el alma por mediación de los sentidos exteriores. Además, si le aconseja tener en mano las representaciones de los misterios y decirse al mirarlas: qué significa este gesto, esta actitud o este acto, es menos para obrar en el espíritu que en el corazón. Nadie dudará de ello después de la lectura de las líneas siguiente: «La señora de Chantal tomaba una imagen de la Virgen y, fijándose en sus ojos, decía: ¡‘Oh, amables ojos‘! Luego cuando su corazón se sentía así inflamado de amor, rogaba a Dios que le diera la gracia de no ofenderlo con las miradas: «Señor, dadme esa modestia que tenía vuestra santa Madre». A continuación hacía la resolución de guardar bien su vista y no dejar distraerse sus miradas en cosas vanas».

Otra prueba de la importancia que atribuye Vicente  al lado afectivo de la oración es su insistencia con sus dirigidos  para que tomen sobre todo, como asunto de la meditación, la vida de Jesús y principalmente sus sufrimientos y su muerte. Entonces, no hay nada tan conmovedor para cristianos como la Vida dolorosa y el Calvario. El Fundador de la Misión y de las Hijas de la Caridad, en sus conferencias, charlas y repeticiones de oración, hace lo imposible para colocar a Jesús a la vista de sus oyentes, para ponerlos en condiciones de seguir a través de las fases de su existencia terrestre, de escuchar sus palabras, de echarse a sus pies, de oprimir sus manos en las de ellos, de besar el rastro sangriento de sus pasos, y no se tendría el convencimiento de que da al sentimiento un papel destacado!

Si este orador habla así, es evidente para preparar a sus hijas e hijos espirituales para meditar amorosamente sobre estos misterios.

¿No es acaso también un fin de orden afectivo el que persigue el santo queriendo que se haga, en el transcurso de la oración, un regreso sobre sí mismo, que se traigan al recuerdo las gracias recibidas y las faltas cometidas desde su edad joven? El fin de este examen de conciencia y de esta referencia al pasado lejano no puede ser otro que el de abrir el corazón al arrepentimiento y al agradecimiento, en una palabra al amor sobrenatural. ¿Quién no dirá ante los peligros de que se ha librado y los favores sin número de que ha sido el objeto : «¿Qué? desde toda la eternidad Dios ha pensado en hacerme bien, aun en el tiempo en que yo no había entrado en los sentimientos de gratitud y de acción de gracias!»

Las líneas siguientes del santo responden a este orden de ideas: «No se han de buscar muchas razones para excitarse al amor de Dios, no hay que salir fuera de sí mismo para encontrarlas. Solo tenemos que considerar los bienes que nos ha hecho y que continúa haciéndonos a diario».

Si Vicente urge a sus dirigidos para que den un carácter personal y práctico de su oración, sea cual fuere el asunto, es siempre con  vistas a la vida afectiva y a la voluntad. «Algunos tienen buenos pensamientos y buenos sentimientos –dice él- pero no se los aplican a sí mismos y no reflexionan lo suficiente sobre su estado interior ; y no obstante se ha recomendado siempre que cuando Dios comunica algunas luces y algunos buenos movimientos en la oración, se han de hacer servir siempre a sus necesidades particulares ; se han de considerar sus propios defectos, confesarlos y reconocer ante Dios, tomar una fuerte resolución de corregirse de ellos. Lo que no se hace nunca sin ningún provecho».

El Fundador de la Misión felicita al Sr. Coglée por dedicar muy poco tiempo a los razonamientos durante la oración y de aplicarse sobre todo a hacer actos de afecto. Es el mejor método. ¿Por qué  divertirse en buscar toda clase de motivos? Más vale «aficionarse a los actos de amor a Dios, de humildad, de pesar por nuestros pecados…  Qué vamos a hacer con razones cuando estamos persuadidos de la cosa que queremos meditar!» Sigamos las luces que Dios nos da en lugar de forjar argumentos inútiles ya que la necesidad no se hace sentir.

El peligro de perderse en especulaciones sin fin y de absorberse en ello, de complacerse  hasta el punto de no oír ya la palabra  interior del Espíritu Santo.

Por este medio, lo que gana el ejercicio en el punto de vista psíquico, lo pierde en el sobrenatural. Si no andamos con cuidado, transformaremos inconscientemente este medio divino en un procedimiento puramente humano. El santo ve justo al decir y repetir en todos los tonos : no acumuléis razones sobre razones… No os aficionáis lo suficiente. El razonamiento es algo, pero no es todavía suficiente; es preciso que la voluntad actúe, y no solo el entendimiento…Todas nuestras razones se quedan sin fruto, si no llegamos a los afectos.

Se medita, por ejemplo, sobre la institución de la santa Eucaristía, no es ni el tiempo ni el lugar de argumentar sobre los textos de la Escritura y de los Padres, como lo haría un exégeta o un teólogo, basta con fijar su atención sobre estas palabras de Nuestro Señor : esto es mi cuerpo, esto es mi sangre. Lo único que hay que hacer es exclamar a Dios mediante actos de fe, de esperanza, de caridad, de humildad, de gratitud… ¡Oh Señor,  seáis alabado y agradecido por siempre  por haberme dado por alimento y por bebida vuestra carne y vuestra sangre! ¡Oh Dios mío cómo os lo podría agradecer dignamente!

Con la ayuda de una comparación tan justa como práctica, el Sr. Vicente muestra la superioridad del amor sobre el conocimiento. Todo el trabajo intelectual de la razón no puede llegar por sí mismo más que a poner de relieve el carácter, la hermosura, las ventajas del asunto meditado. Tan activo, tan luminoso como se le supone, no puede pasar de ahí. Es al amor al que corresponde poner al alma en comunicación efectiva con el esplendor entrevisto y hacérsela suya de alguna manera, por la luz y la fuerza que en ello encuentra. » El razonamiento nos hace ver la belleza de la cosa, pero no nos la da por eso. Por ejemplo, veo una manzana en un manzano, y a pesar de que, al mirarla, la encuentro muy bella, no la tengo todavía, no la tengo, no la tengo en mi posesión ; pues una cosa es ver y otra poseer ; una cosa considerar la belleza de la virtud, y otra cosa tenerla. Bien, el razonamiento nos hace ver bien la virtud, pero no nos la da ; como cuando una persona dice a otra:’Oye, mira esta manzana ; mira qué hermosa es’. Mas por eso no se la da en posesión. Así hace el razonamiento en nuestra meditación».

Se ve  en la luz de la que saca el santo esta comparación, cuánto el problema suscitado le llega al alma. Y cómo no sería así pues de la vida afectiva  depende indirectamente la fuerza de las resoluciones, como se verá en el capítulo siguiente.

A propósito de los sentimientos para los que Vicente reclama un sitio tan amplio en la oración, se plantea una cuestión muy práctica, la de los excesos que se pueden producir en el modo de ejercitarse en el amor de Dios. Sin duda, la caridad no podría ser demasiado grande. Por ardientes que sean sus llamas, siempre estarán en desproporción con su objeto. Hagamos lo que podamos no amaremos  nunca a Dios como debemos. Imposible de reconocer esta generosidad del Salvador que le hace darnos toda su sangre, de la que una sola gota es de un precio infinito.

No resulta menos verdad que incluso allí caben excesos,  y el santo los explica en estos términos: «Si bien que Dios nos manda que le amemos con todo el corazón y con todas nuestras fuerzas, su bondad no quiere sin embargo que esto llegue hasta incomodar y arruinar nuestra salud a fuerza de actos. No, no, Dios no nos pide que nos matemos por ello.

Nada instructivo ajo el punto de vista psicológico como estas líneas sobre la génesis de los excesos en cuestión: «Cuando la caridad habita en un alma, ella ocupa enteramente todas sus potencias: no hay descanso; es un fuego que actúa sin cesar; se tiene siempre en vilo, siempre en acción a la persona una vez abrasada. ¡Oh Sauveur!

La memoria no quiere acordarse más que de Dios, detesta los demás pensamientos y los tiene por importunos, los rechaza. Tan solo los que le representan a su bien amado le pueden resultar agradables; es preciso, pero es preciso, al precio que sea,  hacerse su presencia familiar, es preciso que sea continua».

El Sr. Vicente describe entonces esta carrera loca del alma después de nuevos medios de unirse más a Dios, y hacerse su presencia más sensible.

Además si la elección de una nueva devoción se acompañara del abandono de otra fecha menos reciente, la carga no se agravaría por días hasta el punto de no ser ya soportable. Cuanto más multiplica el alma los actos de amor y más ambiciona aumentar el número e intensificar la fuerza, de manera que se gaste y se agote en correr esta  sublime apuesta. Esta sobrexcitación llega fatalmente a una crisis de agotamiento nervioso. El diagnóstico del santo es severo, pero se ha verificado en varios casos: «Llega uno a ser inútil del todo por el resto de sus días y no se hace más que languidecer hasta la muerte, que ha llegado pronto».

Parece que sea bueno verse reducido a este estado por la caridad; No es morir de amor; ser mártir del amor. Se podría llamar a estas almas holocaustos, -observa el santo con un punto de malicia- ya que, sin reservarse nada, ellas se consumen de amor.

No nos dejemos engañar de este ardor excesivo. Con demasiada frecuencia es causa de accidentes lamentables para ser estimado como señal de santidad. Pensemos con el Sr. Vicente que es mejor, mucho mejor, en la oración, no llegar a calentarse tanto, moderarse sin romperse la cabeza para hacerse  sensible el amor de Dios. ¿Qué se gana la mayor parte de las veces multiplicando así los actos de caridad? » Una desgana de todas las devociones, penas extremas «.

Directores de conciencia, padres, pedagogos deben prestar una atención muy particular a estos peligros. » Esto sucede en los comienzos, les dice el santo. Cuando se comienza a gustar las dulzuras de la devoción, no se puede saciarse de ellas, se piensa no tener lo suficiente jamás, se sumerge demasiado pronto. Oh! es preciso que yo tenga esta presencia de Dios, pero continua, es preciso que me apegue; se echan las manos al cuello; yo no cejaré; se lían  con una obstinación invencible, hasta enfermarse. Oh, es demasiado, es demasiado»!

Los excesos,  a los que hace  aquí alusión se deben a la misma causa profunda que los que se producen sea en la parte propiamente intelectual de la oración, sea en las resoluciones. Es el amor propio reconocible por diversos signos, de los que el más característico es esta obstinación invencible de la que habla el Sr. Vicente. En el fondo, so capa de amar a Dios y de buscar su presencia, se ama y se busca su propia satisfacción que, por ser de orden superior, no está menos mancillada de egoísmo. Una conclusión importante se desprende: en el dominio afectivo como en los de la inteligencia y de la voluntad, la oración debe ser hecha colocándose en el único punto de vista sobrenatural. A medida que lo humano se mezcla, ella pierde de su grandeza y de su eficacia. Seamos todo espíritu, todo corazón, todo voluntad en la oración, pero que sea el espíritu, el corazón, la voluntad de Jesucristo. Tender a este ideal es entregarse a este ejercicio para agradar a Dios, sin tener cuenta de sus gustos o de sus repugnancias.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *