Capítulo VII: Preparaciones próximas y preliminares inmediatos
Recogimiento. –Elección de la hora y del lugar. Sueño y Despertar. –Puesta en la presencia de Dios.
Como se ha visto en otro capítulo, la preparación remota a la oración es una santa vida. El solo hecho de una existencia profundamente cristiana prueba la influencia continua de este ejercicio en la conducta. Con todo por lo sobrenatural que sea el aire que respiran las almas de buena voluntad, les resulta saludable realizar ciertos actos establecidos en ciertas disposiciones de espíritu ante la oración. Cuando suena la hora de acostarse, se ha de leer atentamente el asunto de la meditación del día siguiente, luego irse a la cama a dormirse pensando en él. El santo, adelantando una teoría de los psicoterapeutas modernos, atribuye una virtud especial a los estados mentales que preceden inmediatamente al sueño. » Cuando se duerme con un buen pensamiento, -escribe él- este buen pensamiento guarda al corazón de los malos «. A nosotros toca hacer la experiencia si no la hemos hecho ya. Qué verdadera psicológicamente es esta expresión guardar el corazón que atribuye al Inconsciente este papel activo que reivindica para sí en estos términos el profesor Dwelshauves: «El mundo infinito de los sueños y de los ensueños nos permite adivinar qué actividad inconsciente y singularmente móvil se agita en nosotros. Y ello basta para hacernos entender que el inconsciente no se reduce al subconsciente patológico ni al automatismo de costumbre. Hay en nosotros un inconsciente latente y activo, siempre listo para estallar dentro, y reprimido por las necesidades prácticas y la aplicación de la atención».
En la mayor parte de los casos, las distracciones, que estorban y disminuyen nuestra intimidad matinal con Dios, se relacionan directa o indirectamente con las preocupaciones de orden profano con las cuales nos hemos dormido. Estas ideas y estos sentimientos se depositaron en las oscuras profundidades del alma y allí se han desarrollado libremente, puesto que el control del consciente no estaba ya allí para estorbar su evolución. Tratemos pues de crear una mentalidad en armonía con la oración del día siguiente. Las personas de imaginación ardiente o apasionadas por las cosas del espíritu no se contentarán con leer el asunto de la oración, ellas harán el objeto de sus reflexiones durante unos minutos. Lo mejor sería hacer una lectura relacionada con este objeto de manera que se defienda lo más posible contra la intrusión de ideas extrañas. El santo cuenta a este propósito que un gentilhombre, el Sr. Chaudebonne, habiendo conseguido la costumbre, por devoción, de dormirse siempre con las manos juntas, dios le recompensó con la gracia de morir rezando.
Una medida complementaria de las anteriores es el silencio o recogimiento exterior. No habléis sin necesidad, –nos aconseja el Sr. Vicente – por miedo a interrumpir el trato de vuestra alma con Dios. Nuestro Señor lo ha dicho por su profeta: «Yo llevaré a mi esposa al silencio, y allí le hablaré al corazón».
El mutismo voluntario atrae abundancias de gracias y de bendiciones, tanto que observarlo no es otra cosa que escuchar a Dios, hablarle y darle audiencia, secuestrándose del barullo y de la conversación de los hombres para oírle mejor. Es pues el fin del silencio callarse para dejar hablar al Señor. Los charlatanes sacarán la fuerza de refrenar su lengua con la intención de honrar así la vida silenciosa y oculta de Jesús. Si el recogimiento debe ser el punto de apoyo y el almacén de la vida exterior, a fortiori debe ser el fundamento de la oración y su preparación inmediata.
Si es importante dormirse pensando en Dios, otro tanto será tener, desde su esperar, una mentalidad parecida. Aprovechémonos de los consejos siguientes que dirige el Sr Vicente a las Hijas de la Caridad: «Vuestro primer pensamiento debe ser para Dios ; dadle gracias por haberos conservado por la noche, mirad luego si le habéis ofendido, dadle gracias o pedidle perdón, ofrecedle todos vuestros pensamientos, los movimientos de vuestro corazón, vuestras palabras y obras ; proponeos no hacer nada que le desagrade. En todo lo que hagáis, de día, sacará su fuerza de esta primera ofrenda hacha a Dios; porque, lo veis, Hijas mías, por no ofrecerle todo, perderéis la recompensa de vuestras acciones; san Pablo dice todo lo que perdéis cuando vuestro espíritu, en su primer pensamiento, se llena de otra cosa que de Dios».
Según el santo, el bueno y el mal ángel vigilan toda la noche: el buen ángel, para poner un buen pensamiento en el espíritu de la persona desde su despertar; y el ángel malo para presentarle uno malo. El peligro de tener en el corazón una pasión fuerte es que ella se apodere de vosotros cuando apenas habéis despertado. Si se tiene algún motivo para temer que sea así, conviene condenar ante todo esta primera impresión para disminuir su fuerza.
Un modo soberanamente eficaz para atraer las bendiciones divinas al comenzar la jornada, es tomar con energía la costumbre de levantarse temprano y siempre a la misma hora, salvo los casos de necesidad. Si nos mantenemos firmes, todos nuestros actos, principalmente la oración mental, sentirán los excelentes efectos.
Una vez despertado, importa salir sin titubear de la cama. Es un modo de mortificarse muy agradable a Dios. Disputar con la almohada, según la palabra del santo, darse una vuelta a la derecha, luego a la izquierda para ver si se debe levantar, sería una cobardía. Recordemos que hay siempre una buena palabra que decir a Nuestro Señor nada más despertar, como esta: «Dios mío, vos sois mi Dios, yo os doy mi corazón», u otra equivalente.
El Sr. Vicente atribuye una importancia capital a la ofrenda u oblación de sí mismo que debe extenderse a todo lo que somos y a todo lo que nos concierne de un modo o de otro. Pide que se haga muy filialmente con tanta generosidad en el fondo como sencillez en la forma. No es el momento de abandonarse de palabra ni de pulir sus frases. Imitemos al niño a quien una caricia le hace mucho más que un discurso.
La ofrenda de sí es importante por un doble título: por un lado, es la expresión más perfecta de nuestros sentimientos y deberes para con Dios; por el otro, la modalidad según la cual este acto se hace, influye grandemente sobre las de la oración. Si me ofrezco sencillamente sin segundas intenciones ni búsqueda de ninguna clase, cuando llegue el momento de la meditación, yo hablaré a Dios y le escucharé con tanta franqueza como sencillez. Por el contrario si he llevado alguna reticencia y algo de amor propio en la oblación de mí mismo, es probable, por no decir cierto, que tendré más durante la oración. Como dentro de poco, buscaré, sin lograrlo del todo, ilusionarme con hermosos pensamientos y grandes protestas de amor, sobre mis propios sentimientos, sobre el yo real, objetivo.
La ofrenda de sí es por lo general conforme moralmente al levantarse que la precede, por eso terminemos con un texto relativo a este último. Es una de los más prácticos que haya escrito el santo: » Se contrae el hábito cuando uno se acostumbra a la hora. Ella hace que luego se sea exacto al levantarse, sirve incluso de reloj en los lugares donde no lo hay, y no cuesta saltar del lecho. Al contrario la naturaleza se prevale de las ventajas que le dan: descansando un día, pide el siguiente la misma satisfacción y la pedirá mientras no le quiten del todo la esperanza.
Nada de humanamente más prudente y mejor fundado bajo el punto de vista psicológico que estas líneas; aquí van otras, escritas por la misma mano, y hermosas por el sentimiento sobrenatural que las anima: «Si Nuestro Señor ha dejado el paraíso por nosotros y se ha reducido en esta vida a una tal pobreza que no tenía dónde reposar la cabeza, ¡cuánto más debemos nosotros dejar una cama para ir a él!..
«Si la vida del hombres es demasiado corta para servir a Dios dignamente y para reparar los malos usos que ha hecho de la noche, es cosa deplorable querer acortar un poco de tiempo que tenemos para ello».
El santo compara nuestra pereza en el servicio de Dios al celo que despliegan tantos hombres de asuntos y gentes de mundo con vistas de bienes de orden puramente material: «Un comerciante se levanta temprano para hacerse rico; todos los instantes le son queridos; los ladrones hacen otro tanto y pasan las noches para sorprender al que pasa. Vamos nosotros a tener menos diligencia para el bien de la que ellos tienen para el mal! Los del mundo hacen sus visitas desde la mañana y se encuentran al levantarse de un grande con mucho cuidado. Dios mío, qué vergüenza si la pereza nos hace perder la hora asignada para conversar con el Señor de los señores, nuestro apoyo y nuestro todo! «.
Hombre de experiencia y de juicio si los hubo, el Sr. Vicente insiste ante los suyos sobre la correlación entre el modo de levantarse y la práctica de la oración.
¿Cómo entregarse de buena gana a este ejercicio matinal, si no nos levantamos más que a despecho? ¿Cómo meditar fructuosamente, cuando no se está en la iglesia más que a medias y solamente por bienestar? Los hechos lo prueban: solo perseveran en la oración cotidiana y progresan los que saltan de la cama resueltamente, a la misma hora cada día.
Los medios, preconizados por el santo para ser fieles a esta práctica, son convencerse de que la exactitud en esto es de tal importancia que todos los actos del día dependen de él, solicitar cada noche de Dios la fuerza de vencerse por las mañana y obedecer sin retraso su voz, por último infligirse alguna penitencia en caso de infidelidad. A pesar de todo, Lo mejor es no cejar nunca en esta exactitud; pues cuanto más se difiere, más inhábil se hace uno. Grabemos en nuestra memoria esta fórmula tan rigurosamente verdadera: «La oración saca su valor del levantarse, y las demás acciones no valen más que lo que la oración les hace valer».
Que no se den por buenos estos consejos más que para solos hombres o mujeres que viven en comunidad, cuando se apoyan en los argumentos válidos para todo cristiano decidido a subir por el sendero de la perfección. Si los Religiosos y las Religiosas se santifican tan poco a pesar de la austeridad de su vida y el número de los ejercicios de piedad a los que se entregan, la causa es casi siempre la insuficiencia de su preparación a la oración de la mañana.
Ya hemos llegado a la puesta del alma en la presencia de Dios, acto tan grande que constituye por sí solo, para los místicos, el principal de la oración, ya que la contemplación se reduce a esto. Ella es, ciertamente, su forma más alta. San Ignacio de Loyola, preocupado en hacer recorrer a su discípulo todo un ciclo de meditaciones coordenadas entre sí, no indica más que un modo de ponerse en la presencia de Dios, y escoge intencionadamente el más sencillo, el más popular, el de considerar cómo nos mira y nos habla Nuestro Señor. El Sr. Vicente, él, señala cuatro principales que toma de san Francisco de Sales, pero explicándolos con tanta originalidad que se convierten en suyos.
La primera manera es representarse a Jesús sustancialmente presente en la santa Eucaristía. Es bueno transportarse por la imaginación a una iglesia que nos es familiar y fijar la mirada del alma en el altar y en el tabernáculo. Si recuerdos personales o tradiciones de familia se relacionan con el santuario escogido, la impresión resultará más viva, a condición no obstante de no hacerse el pesado sobre lo que solo es accesorio.
La segunda manera es de ver en espíritu a Nuestro Señor en el Cielo, «sintiendo alegría porque es adorado y nos es permitido contemplarle, con toda clase de placer». El santo juzga excelente este procedimiento.
El tercer modo es considerar al Creador presente en el conjunto y en todas las partes del Universo. Una presencia que nos interesa y nos impresiona en particular es la del Todopoderoso en nuestro cuerpo y en nuestra alma. «¡Qué honor para los hombres y principalmente para los cristianos el de encontrar a Dios por todas partes adonde pueden ir! Si voy al Cielo, dice David, ahí está; si desciendo a los infiernos, allí está. De manera que, como un ave, aunque vuelva y gire, encuentra el aire en todas partes, de esta formas, donde quiera que vayamos, encontramos a Dios, pues está no solo en las cosas que son realmente, sino que también en las imaginarias».
Estas líneas están animadas por el gozo de san Pablo que se regocija porque no puede estar separado de su Dios por nada ni por nadie, y por la dulce poesía de este cantor del aire y de los pájaros que era Francisco de Asís.
El cuarto modo de ponerse en la presencia divina se relaciona con el anterior, como una parte a su todo. Consiste en ver a Dios sobrenaturalmente presente en las santas almas por la gracia santificante y por los dones del Espíritu Santo.
El mérito del Sr. Vicente es explicar este último modo en términos tan conmovedores que se necesitaría un corazón piedra para no impresionarse. Estas explicaciones dadas a las Hijas de la Caridad son verdaderas para todos nosotros: «Dios está en las almas buenas, y no encuentra otra cosa más agradable. Veis, mis queridas Hermanas, no hay nada por lo que Nuestro Señor tenga más amor del que tiene por las almas buenas. No se encuentra nada más bello, ni en el Cielo, ni en la Tierra, que eso. Allí adentro se complace, allí hace su morada. Es él quien nos hace movernos, quien nos hace oír y quien concurre con nosotros en todas las acciones naturales que hacemos. Es él quien nos ha dado su ley y quien nos da el deseo de guardarla.
«Ved qué felicidad tener a Dios presente de esta manera: cuando una persona le sirve por vía de amor, todo cuanto hace, lo que piensa y lo que dice da un placer tan grande a Dios que no hay padre que sienta más placer en ver lo que hace su hijo, de lo que siente Dios al ver a una Hija de la Caridad que le ofrece todo lo que hace desde la mañana.
Vicente resume su enseñanza sobre este ejercicio en una repetición de oración con fecha del 10 de agosto de 1657. Se encontrará aquí como anteriormente el espíritu de fe del santo y su ternura de corazón que producen sobre nosotros una impresión tan profunda: «Vamos a ver ahora lo que hay que hacer : en primer lugar, ponerse en la presencia de Dios, considerándole bien como está en los cielos, sentado en el trono de su Majestad, desde donde tiene los ojos sobre nosotros y contempla todas las cosas ; bien en su inmensidad, presente en todas partes, aquí y en otras partes, en lo más alto de los cielos y en lo más profundo de los abismos, viendo nuestros corazones y penetrando hasta los más secretos repliegues de nuestra conciencia ; bien en su presencia en el Santo Sacramento del altar: Oh, Salvador, aquí me tenéis, pequeño y miserable pecador, aquí me tenéis al pie de los altares donde descansáis : Oh. Salvador, que no haga yo nada indigno de esta santa presencia; bien por último en nosotros mismos, testigo total de nosotros y morando en el fondo de nuestros corazones. Y no vayamos ahora a preguntarnos si está aquí. ¿Quién lo duda? Los paganos mismos han dicho:
Está Dios en nosotros, están también los tratos del cielo.
A nosotros, del cielo llega aquel espíritu.
No se cuestiona sobre esta verdad. Sin embargo tú estás en nosotros, Señor. Nada más cierto«.
Al leer este último texto y los precedentes, dos hechos sobresalen. El primero es que conviene dar un carácter afectivo al ejercicio de la presencia de Dios, cualquiera que sea la forma adoptada. El acto de fe debe fundarse en jun acto de amor, y cuanto más perfecta sea esta fusión, mejor será este preliminar inmediato de la oración.
El segundo hecho en conexión con el primero, es la utilidad para su propio bien de aplicarse a sí mismo las consideraciones a las que uno se entrega al imprimirles un cachet personal.
Est Deus in nobis, sunt et commercia coeli.
In nos; de coelo spiritus ille venit.
De donde la preferencia del santo por el primer modo de ponerse en la presencia de Dios. Por la fuerza de las cosas nada me lleva respetar al Señor y a amarle con la convicción de que está dentro de mí, y en mi alma y en mi cuerpo.
Según el santo, la práctica en cuestión es extremadamente necesaria. Debe ser cuidadosamente hecha porque de ello depende el conjunto de la oración; hecho esto, lo demás marcha como sobre ruedas.
Los conocimientos psicológicos del Sr. Vicente le advierten de un peligro, al que sus hijos e hijas de adopción están expuestos, el de querer imaginar vivamente a Nuestro Señor a fin de sentir más el beneficio de su presencia. Es eso un peligro porque, el día que este deseo no se realice ya, el alma es víctima de una tristeza y del desánimo.
Puesto así el problema es resuelto por el Fundador de las Hijas de la Caridad en una conferencia dada a estas últimas. La lectura de sus consejos no puede por menos que ser útil a las personas que buscan la devoción sensible: «Así es cómo podéis poneros en la presencia de Dios de una de las cuatro maneras: en el Santo Sacramento, en el Cielo, en todas partes y en el corazón. Cuando lo hayáis logrado, hay que adorarle. Después de este acto de adoración: yo creo que mi Dios está aquí, no es necesario representársele con algunas imágenes, basta que lo creáis, ya que la fe os lo enseña. Aquellas que se figuran imaginaciones para representar a Dios, si tienen facilidad para ello, pueden hacerlo con utilidad, pero las que no tienen esta gracia, no deben sentir pena.
Podéis poneros en la presencia de Dios por un sencillo acto de fe sin hacer esfuerzos para tener representaciones, ni decir: «Quiero ver a Dios o a Nuestro Señor de esta manera». No, Hermanas mías, no deseéis esto. Cuando Dios quiera representarse a nuestro espíritu, que sea en hora buena; pero fuera de eso, contentaos con decir: «Yo creo que mi Dios está en todas partes».
«No solamente se ha de comenzar así la oración, pero es necesario comenzar todas vuestras oraciones por la presencia de Dios, a fin de que sean agradables. Y cuando debemos hacer algo, como servir a los enfermos, se ha de empezar siempre por el acto de fe en la presencia de Dios. Oh Hermanas mías, qué hermoso es eso, y fácil! ¿Quién os lo enseña? Es David quien decía: «o veo siempre a Dios ante mis ojos» y cuando los patriarcas querían asegurar algo, decían: «Os lo digo en la presencia de Dios». Conviene pues comenzar así. Pero, como os he dicho, no se ha de sentir pena por tener esta vista imaginativa, ni seguir en ella mucho tiempo».
Al final de este capítulo, tomemos la resolución de levantarnos regularmente a la misma hora y de hacer oración al instante. La mañana es el tiempo más propio para este ejercicio porque es el más tranquilo del día. Los santos lo han utilizado siempre con este fin. «El Israelita se debía levantar por la mañana para recoger el maná; -escribe Vicente- y nosotros que estamos sin gracia y sin virtud, ¿por qué no haremos lo mismo para tenerlas? Dios no depara en todo tiempo por igual sus favores».






