San Vicente de Paúl (la esclavitud en Túnez) (VIII)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de Paúl, Formación Vicenciana, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jean Guichard, C.M. · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1937 · Fuente: Desclée de Brouver.
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TERCERA PARTE: LA CRÍTICA DE  LAS OBJECIONES

Lo que se ha de pensar de las nuevas opiniones.

Esta tercera parte de nuestro trabajo es ciertamente la más delicada. Debiendo refutar opiniones, no podremos evitar por completo citar nombres propios. Se verá bien que no nos atengamos a un rigor. Nuestras contradicciones no se dirigen a las personas, sino a los escritos y a las opiniones emitidas bajo el punto de vista histórico. A la par que profesando el mayor respeto y la mayor estima por los autores, debemos decir por qué sus asertos sobre la cautividad de san Vicente de Paúl no nos parecen en absoluto fundadas históricamente. Es el complemento necesario de nuestro trabajo según el método clásico en historia.

Después de la crítica interna del documento -tras la crítica externa sacada de los datos extraños al documento- queda por fin por hacer la crítica de las opiniones adelantadas que no cuadran para nada con nuestras conclusiones.

1. Ningún documento nuevo

Sucede a veces en historia que una doctrina o una opinión que había sido sostenida hasta entonces, de manera general, por unanimidad de los autores, se convierte súbitamente en caduca por descubrimiento de un documento nuevo, revestido de todas las señales de autenticidad. Otras veces el descubrimiento obliga a modificar tan sólo tal o cual modo de ver que había sido adquirida hasta entonces y nunca rechazado.

Así -para no salirnos de la vida de san Vicente de Paúl- los descubrimientos realizados sobre la compañía del Santísimo Sacramente en el siglo XVII y toda la literatura nueva publicada sobre este tema desde hace cuarenta años, demostraron la influencia inmensa para la reforma católica que se ha de reservar a esta asociación en todos los terrenos a la vez: enseñanza, asistencia, caridad, religión, misiones. Hasta esta época reciente, el secreto había sido guardado, la compañía no era nada. Después de la revelación, la compañía lo es todo, la compañía está en todas partes, siempre ocupada en realizar su sencillo e inmenso programa: «velar con gran cuidado sobre todo cuanto puede impedir el mal y procurar el bien».

La simple enumeración de las cuestiones tratadas en los capítulos de sus Annales produce una aplastante impresión en el espíritu.

La compañía en efecto está compuesta de miembros altamente situados que están en la Corte, en el alto clero, en el Parlamento. Ella crea, organiza, sostiene, reforma, tiene la palabra en todo.

Hôtel-Dieu, Prisiones, Enfermos, Moribundos, Blasfemos, Jubilado, Profanaciones, Carnaval, Escándalos, Modas inmodestas, Afiches licenciosos, Galerías, Trabajo del domingo, Misiones a los pobres, Incurables, Niños, Juegos prohibidos, Gremios, Zapateros y sastres de Renty, Sala de los milagros, Auxilio a las provincias devastadas, Escuelas de jóvenes, Sacerdotes escandalosos, Refugio, Lucha contra los protestantes, Pobres vergonzantes, Duelos, Misiones de Marsella, Bolsa clerical, Hospital General, Misiones extranjeras.

La compañía dirige y manda en París y, por sus sesenta fundaciones, parece dirigir y mandar en todas las ciudades de Francia.

Ante esta revelación, ¿qué queda de la obra de Vicente de Paúl -a quien se había llamado el Padre de la Patria? Él mismo, miembro de la poderosa compañía, ¿no es acaso más que un mecanismo anónimo? ?Puede conservar su independencia, actuar según su espíritu? ¿O va por el contrario a centuplicar su celo conduciendo con prudencia a la compañía a sus fines propios? ¿Se servirá de la maravillosa máquina espiritual o bien se verá aplastado?

Éste es el nuevo problema que ha surgido que ha surgido en la vida de san Vicente por el descubrimiento y la publicación al comienzo de nuestro siglo de los documentos ignorados sobre la compañía del Santísimo Sacramento.

Cuando se suscitó la cuestión de la cautividad de san Vicente de Paúl, en 1928, ¿se presentaron documentos nuevos, se buscó el apoyo en algún descubrimiento importante que hubiera llegado a obligar al historiador a revisar la opinión aceptada hasta entonces?

Nada.

El único documento publicado en esta ocasión por el principal protagonista de la no-cautividad fue -¿quién lo iba a decir?- el facsímil fotográfico de la primera y principal carta de san Vicente al sr de Comet sobre su esclavitud, que el sr Coste había ya colocado a la cabeza de la Correspondencia de san Vicente de Paúl.

Así pues nada de documentos nuevos.

La verdad nuevamente enseñada se desprende únicamente del poder de razonar y del valor del silogismo.

II. Falsa partida: Petición de principio.

No solamente no existe documento nuevo en la base de la nueva opinión, pero hay, en la base también, un al uso del documento antiguo.

¿Cómo proceden nuestros nuevos historiadores?

Comienzan por resaltar en la carta en cuestión los trozos de frases, todas las proposiciones que van hacia el fin que se pretende por ellos de antemano y a priori:

el caballo de alquiler vendido,

el deudor recalcitrante apresado,

las deudas de que Vicente estaba agobiado,

la ambición por los altos cargos que le arrastra,

la temeridad confesada de sus proyectos,

la fuga de la juventud en pos de los bienes terrenos, etc.

Forjan también un tipo de joven menesteroso, aventurero, audaz, intrigante, sin escrúpulos, que se precisa, se anima en su imaginación, se sustituye por el verdadero Vicente, piadoso, modesto, prudente, sabio y humilde.

Y, por un toque maravilloso, que raramente se ha visto en la historia sutilizan la carta declarando que no es más que un juego de la mente, una novela cuidadosamente tramada, una jugada bien hecha, una simple rascuña, escrita para explicar la ausencia de dos largos años, pasados no se sabe dónde, por la Costa Azul.

Y en esto, no se dan cuenta de que cometen un grave error de lógica, que se llama petición de principio.

Pues claro, puesto que no se conocen los detalles que se conservan más que por la carta sin rechazar también los datos que forman la base de la historia que se querría conservar.

¿Según qué principio se puede afirmar históricamente de san Vicente que ha habido una juventud ligera, si se saca este conocimiento de la carta que no sería otra cosa que una novela?

Si se opina por la novela, se ha de ir hasta el final, y rechazar la carta entera. La opinión media de J. Dagens no es más aceptable.

«Ante un relato tan extraño escribe, hay tres actitudes posibles: aceptarlo por verdadero en su integridad. Según el libro del sr Grandchamp, es a nuestro parecer imposible. Negarlo en su integridad, se choca entonces con la muy fuerte objeción sicológica del sr Coste: ¿»Qué motivos habría tenido san Vicente de mentir descaradamente a su bienhechor y a su familia misma?

Someter todos los detalles a un examen crítico extremadamente riguroso y preciso, tratar de determinar lo que es posible y lo que no lo es (fecha, circunstancias de evasión, estancia en Roma, historias de alquimistas, etc.), admitir en el caso particular lo que es posible, con relación a la personalidad del autor, y rechazar lo demás, con relación a las debilidades de su carácter antes de su ‘conversión’ para hablar como en el gran siglo.

Es la actitud que por nuestra parte adoptaríamos».

El sr. Dagens no tuvo cuidado de que la solución media que él adopta choca también con la objeción sicológica del sr Coste.

Las cosas morales no se reparten en dos o varias partes.

Si -en la hipótesis de Grandchamp- no le está permitido a san Vicente escribir a los suyos que ha estado esclavo en Berbería, le queda prohibido -en la hipótesis de Dagens- al hacerles el relato de lo que le pasó, inventar detalles fantasiosos para divertirlos, jugar con la verdad, en una palabra mentir. La mentira no cambia de naturaleza disminuyendo en importancia.

Habíamos concluido hace un momento que los partidarios de la opinión negativa de la cautividad partían de una petición de principio, razonamiento viciosos que consiste en tener como verdadero lo está en cuestión: imposibilidad lógica; y aquí ellos llegan al mismo tiempo a una imposibilidad moral: el mal moral no es divisible, lo es o no lo es.

III. Los Argumentos Negativos.

El sr Grandchamp ha hecho un uso muy abundante, casi único, del argumento negativo.

Cuando no se tienen documentos -que se quiere negar un documento- no queda más que entregarse a la negación.

Tuvimos por profesor, hace tiempo, de Sagrada Escritura y de Historia eclesiástica a un misionero sabio y distinguido, para quien, si las ciencias que enseñaba tenían inevitables secretos, el verdadero método que se seguía no los tenía. Nos ponía a menudo en guardia, en sus clases, contra el peligro y la impotencia del argumento negativo.

«Para que un argumento negativo tenga un valor, nos decía,  conviene que sea al mismo tiempo negativo «.

Cuando se lo emplea; no es preciso que quede la menor escapatoria; el silencio del documento  debe haber sido guardado expresamente, intencionadamente, se podría decir.

El sr Grandchamp no lo ve de tan cerca. Se contenta con expresarlo para unirlo al siguiente, encadenándolos unos a otros sin cesar. Se diría que quiere impresionar al lector.

«Cómo se va a creer, afirma él, que combate ocurrido en las aguas provenzales entre el navío salido de Marsella y los tres bergantines turcos, tal y como lo relata el joven sacerdote, no haya tenido ningún eco en la costa del Languedoc tan cerca?».

Esta es la respuesta de la mano del sr Coste:

«Muchas capturas importantes son señaladas por un solo autor; aunque este autor no haya hablado de ellas, los hechos habrían sido verdaderos de todas formas. En sus cartas, el sr Le Vacher apunta capturas de 200 y 300 esclavos y sólo lo sabemos por él! Se podrían haber perdido estas cartas  ¿y entonces?».

-¿Qué les pasó a los compañeros de Vicente en particular al gentilhombre con quien se había embarcado? Silencio total.

Respuesta: San Vicente no tenía por qué contárselo a su bienhechor. Si lo hubiera hecho, habría sido por cumplimento.

La reserva es más bien una prueba de autenticidad para el documento.

Así es cómo el argumento negativo puede volverse contra el que le emplea sin fundamento.

-¿Que sucedió con el navío capturado San Vicente de Paúl no lo dice.

Respuesta: ¿por qué inquietarse por este asunto? Vicente no estaba obligado a decirlo. Para agradar al sr Grandchamp, nosotros vamos a hacerlo por él.

Si el barco no sufrió mucho en la lucha, los corsarios delegaron a gente de la tripulación para montarlo y conducirlo de conserva con los bergantines en Túnez si salió de la batalla demasiado dañado, le abandonaron a su suerte, después de pillarlo y saquearlo completamente.

-«Por qué Vicente y sus compañeros no trataron de ponerse en relación con Honoré Garnier, vice-cónsul, para que los liberaran?»

Hay varias respuestas a esta pregunta:

1º Pudieron tratar de dar a conocer su derecho sin poder llegar hasta las autoridades a causa de su esclavitud;

2º Pudieron lograr llegar a las autoridades sin lograr nada;

3º Las pistas de su búsqueda pueden no haber sido consignadas;

4º Si consignadas, pueden haber desaparecido.

-» Vicente se equivoca cuando afirma que fueron devueltos al barco después de dar vueltas en la ciudad. Ignora que los barcos se quedaban en La Goulette, y que Túnez está situada al fondo del lago».

Cuando san Vicente dice que después de dar las vueltas a la ciudad varias veces, los corsarios los devolvieron al navío, quiere decir a la chalana que sirvió a los corsarios a pasar el lago y que había quedado amarrada a esta especie de puerto improvisado que se llamaba entonces como hoy la Marine. No se debe olvidar que hay un cuarto de legua entre las murallas de la ciudad y este puertecito.

Si Vicente hubiera escrito intencionadamente este relato sin ir a Túnez, habría notado este matiz.

No nos figuremos que la geografía era desconocida en este punto, al principio del siglo XVII.

Grandchamp continúa:

«Cómo y cuándo había llegado a Túnez la noticia de la muerte del alquimista?

Lo ignoramos todavía, pero se puede suponer, dada la precariedad de las comunicaciones de esa época, que llevó un cierto tiempo en llegar a la familia: algunos meses al menos, quizá dos o tres. Esto nos llevaría a septiembre u octubre de 1606».

-No se ha de exigir a Vicente el modo cómo llegó la noticia. Lo principal es que haya llegado, el medio es del todo secundario.

En cuanto a la precariedad de las comunicaciones de la época, séanos permitido remitir al sr Grandchamp a los autores que han escrito sobre las instituciones musulmanas, y que hacen remontar a los califas omeyas, al siglo VIII, la institución del bérid o del correo, mientras que para Francia hay que llegar hasta los reinados de Enrique IV y de Luis XIII, para encontrar la organización del correo postal.

-Otra prueba negativa avanzada por el sr Grandchamp:

Queda fuera de duda que una evasión del género de la de Vicente y de su amo no quedaría desapercibida… Pues, en las actas, no se hace mención en ninguna parte de una evasión de esclavos que pueda acercarse a la que Vicente nos ha contado.

Respuesta: Las exigencias del sr Grandchamp no parecen de recibo. ¿Hubiera querido que Vicente y su amo fueran a hacer la declaración de fuga? He ahí una consecuencia inesperada del argumento negativo.

¿Por qué se traducen de ordinario las evasiones por represalias del amo contra los demás esclavos de su casa, o también por las de las autoridades civiles contra los capitanes de los navíos anclados en el puerto, sospechosos de haber facilitado la operación?

Porque la evasión de un esclavo es una pérdida material muy sensible para el propietario. Éste se presentará a todas las jurisdicciones para reivindicar su bien: ante el bassa o virrey y ante el cónsul francés. Hará mucho ruido, castigará a los demás esclavos que tiene en su casa por estar en connivencia con los fugitivos; les someterá a tortura para hacerles confesar; tratará de que se castigue al patrón de barca supuesto y de que le reembolsen por su pérdida material por todos los medios.

Pero no es el caso de la evasión de Vicente. Saliendo el esclavo con su amo, no queda nadie para hacer todas estas reclamaciones. Se  constata la salida más o menos temprano, y eso es todo. El renegado de Niza con seis meses para prepararse, ha podido arreglarlo todo de manera que sus mujeres como las demás personas de la casa, no hayan tenido nada que sufrir por la fuga. No estaba sin amigos. Tenía seguramente una pequeña fortuna. Con eso se pueden arreglar unas cuantas cosas.

El P. Grandchamp -justo es reconocerlo- ha hecho una observación con fundamento, cuando pone en duda la palabra de Vicente, declarando que los corsarios «daban la libertad a los que se entregaban sin combatir, después de robarles».

Ni una sola vez -que sepamos nosotros- señalan los relatos un acto parecido de misericordia. La crueldad de los Turcos, y a la vez su codicia, se lo impedían. Siendo su propósito capturar cristianos para ponerlos a la venta como esclavos, no podían descuidar esta fuente de ingresos. Todo lo más, un capitán benévolo, habiendo arrasado, y sin poder armar la barca capturada con sus soldados, habría podido ejercitar tal acto de humanidad. En cuyo caso, o bien no daba la caza, o bien, capturada la barca, hacía prisioneros a los pasajeros y, habiéndola expoliado, la dejaba ir a merced del mar.

Pero por este detalle inexacto -es el único a nuestro modo de ver- ¿debemos declarar que la carta de Vicente es inventada y no corresponde a la realidad? ¿No es posible hallar una razón suficiente para explicar el error de Vicente? No se puede adelantar que el cautivo, de la cala del bergantín donde estaba encadenado y estrechamente vigilado, ¿ha visto mal, o ha sido mal informado? Eso parece verosímil.

IV. Contradicción evidente.

El sr Grandchamp, en sus escasas páginas, ha hallado el medio de colocar las afirmaciones más opuestas, las más contradictorias, en un debate tan importante.

«A nuestro parecer, escribe, se ha de concluir y decir que el relato de la esclavitud en Túnez no es otra cosa que un cuento inventado por las necesidades de la causa. ¿Como consecuencia de qué incidentes fue Vicente llevado a ocultar lo que había hecho durante los dos años que nos ocupan? No se sabrá probablemente nunca, y nos guardaremos mucho de emitir suposiciones en esta materia, en la imposibilidad en que estamos de fundamentarlas en algo que sea preciso».

Esto es lo que hallamos en la página 17. Pasemos la hoja y sigamos la lectura en la página siguiente. Tras la duda y la reserva, ésta es la afirmación sin escrúpulos.

«El relato de la pretendida esclavitud en Túnez no ha tenido pues por intención, lo repetimos, más que desenmascarar una falta de adolescente sin recursos, movido, agitado, como lo eran muchos jóvenes sacerdotes de aquel siglo turbulento».

Esta es la conclusión de todo artículo. Se dice, en lógica, que la conclusión, para ser verdadera, debe estar comprendida en las premisas. No sólo, no está comprendida ésta en lo que precede, sino que se opone radicalmente a todo lo que ha sido expuesto hasta entonces.

V. El silencio de san Vicente.

El silencio que guardó san Vicente durante toda su vida sobre su cautividad en Berbería, la sorpresa que demostró cuando se enteró de la carta en la que contaba estos acontecimientos había sido recuperada, los esfuerzos que desplegó para entrar en posesión de esta pieza, nos parecen ser el argumento más fuerte que los adversarios de la historicidad de la esclavitud puedan invocar.

El sr Coste no se oculta. Ha hecho de ello el objeto de una comunicación, insertada por Grandchamp en sus Observaciones nuevas.

En notas manuscritas, escritas en su lecho de enfermo, algunas semanas antes de morir, el sabio historiador de san Vicente de Paúl dice:

«Creo en el argumento del silencio, porque Vicente de Paúl ha tenido mil veces la ocasión de hablar de su cautividad y que tenía interés en hablar. Esto así, ya no es un argumento negativo, sino positivo».

Resulta necesario hacer un examen en profundidad de este argumento y ver si no se puede recibir otra explicación.

Y en primer lugar, que nos permita el lector remitirle a lo que se dijo antes, en la segunda parte de este trabajo.

A pesar de su silencio voluntario, determinado, se ha creído descubrir, en las conferencias de san Vicente, escapadas que dan la impresión de cuadros vistos que en otro tiempo impresionaron sus sentidos, que se quedaron, durante años enteros en el subconsciente de su memoria y que, de repente, de improviso, por sorpresa, saltaron a su discurso, a pesar de todos los esfuerzos del orador y de todas las resoluciones tomadas.

Estas citas son bastante numerosas para hacer pensar en el aforismo conocido: De la abundancia del corazón habla la boca.

Y habíamos concluido: Vicente no habla tan bien de los Turcos sino por haber estado en Turquía.

Ésta es una primera respuesta al argumento del silencio: Este silencio no había sido tan absoluto como se quiere afirmar, el sr Vicente habría hablado de Berbería.

Con todo la dificultad sigue.

Se ha destacado, en sus conferencias, citas que traicionan su paso por el país de los Turcos, pero ha sido por accidente e involuntariamente; él, en su voluntad, quiso con una resolución testaruda que no se conociera su aventura. Jamás dijo nada deliberadamente. Aquí la fuerza del argumento no está en el hecho -al que se han hallado explicaciones- sino en la voluntad de guardar el silencio.

Nunca soltó Vicente palabra de su esclavitud, de forma que su secretario, el hermano Ducourneau, podía escribir en 1658, al canónigo de Saint-Martin, quien acababa de enviar al superior de los Bons-Enfants los autógrafos de las dos cartas al sr de Comet:

«Ninguno de nosotros ha sabido con certeza que él hubiera estado en Berbería… Admiro la fuerza que ha tenido para no decir nunca una sola palabra de todas estas cosas a nadie  de la Compañía, aunque haya tenido ocasión de hablar cientos y cientos de veces, hablando del auxilio a los cautivos que él emprendió  hace ya doce o quince años».

Cuando san Vicente se entera, dos años antes de su muerte, de que su secreto va a ser descubierto y revelado, se conmueve; sin pérdida de tiempo coge la pluma para pedir esas cartas, proponiéndose destruirlas. El tiempo pasa, no sucede nada; él insiste y ¡en qué tono de súplica!

«Yo os conjuro, por todas las gracias que ha sido del agrado de Dios derramar sobre vos, que me concedáis la de enviarme esa miserable carta que hace mención de Turquía… Os suplico de nuevo, por las entrañas de Jesucristo Nuestro Señor, que me otorguéis lo antes posible la gracia que os pido«.

Aquí hay varias cosas que piden ser analizadas y explicadas.

1º Primero la resolución inquebrantable de guardar el silencio absoluto sobre su cautividad. Vicente la había tomado muy temprano, la había mantenido fielmente. El grito que se le escapa la confirma.

2º  ¿Por qué reclama estas cartas de una manera tan apremiante?

Para destruirlas. Es el testimonio de su secretario y de los contemporáneos: «Si estas dos cartas hubieran caído en sus manos, nunca las habría visto nadie».

Es lo que se desprende de sus disposiciones generales. Habiendo resuelto desde el origen guardar el secreto, no quiere dejar tras él ningún rastro de esta aventura.

3º Y ¿por qué serían estas cartas testigos comprometedores que se deben hacer desaparecer?

¿Por qué quemar estas actas de su juventud?

¿Por qué quiere Vicente aniquilarlas?

A esta última pregunta, la más importante de todas, se han dado varias respuestas divergentes.

Resulta siempre delicado, se da uno cuenta fácilmente, querer interpretar las intenciones, sondear las conciencias del prójimo.

A) Sus contemporáneos, que son sus hijos de la Misión, atribuyen este motivo a la perfección de su humildad.

Él nos dijo muy frecuentemente que era hijo de un labrador, que había guardado los puercos de su padre y otras cosas humillantes, pero él nos calló las que podían volverse en su honor, como haber sido esclavo, para no tener ocasión de decir el bien que de aquello resultó…

no nos habla nunca de sí más que para confundirse y nunca para manifestar las gracias que Dios le ha dado, y las que Dios ha repartido a otros por medio de él. Si estas dos cartas hubieran caído en sus manos, nunca las habría visto nadie…»

Los suyos pensaron, con el hermano Ducourneau que expresa los sentimientos de todos, que los hachos narrados en esta carta iban demasiado en su alabanza, lo que su humildad no podía soportar.

Al final de una vida gloriosa como la suya, deber dar a conocer que había sido esclavo en Berbería, preparador en casa del médico espagírico, que había traído del exilio consigo a su último amo renegado, después de convertirle…

Vicente no pudo resignarse a este destino.

Había hecho de la humildad su virtud preferida. Dejar desvelar estos hechos laudatorios era retroceder en su vida espiritual, era dar un ejemplo funesto a sus hijos.

B) El sr Coste, por su parte, encuentra que este silencio absoluto oculta un misterio, el misterio de las experiencias alquimistas, que son también objeto de la segunda carta, escrita desde Roma. En ella descubre imposibilidades extras, curiosidades vanas, que habrían debido tener cierta resonancia en Roma y de las que la historia es muda.

Se responderá que, efectivamente, esta aventura de Vicente devolviendo a Roma, para gran satisfacción del antiguo vice-legado, Pierre Montorio, los juegos de prestidigitación que había visto realizar a su amo, el médico espagírico, parece poco banal.

Pero se pueden hacer dos objeciones a este asunto:

1º Estos juegos extraordinarios no llevan consigo nada prohibido. Quedan relegados al dominio de la física natural. Al final de su vida, Vicente debía considerarlos como juegos de niños.

2º Si ningún escrito de la época señala estos descubrimientos maravillosos, que fueron divulgados en Roma por las sesiones del vice-legado, esto no le viene porque la historia no las ha registrado, sino porque la historia de aquel tiempo y de aquellas cuestiones no se ha escrito aún. Se puede admitir que quedan piezas, que los archivos particulares bien despojados suministran informaciones. El argumento que se saca del silencio de estas piezas no es totalmente probatorio.

No hay ningún misterio en todo este pasaje de la segunda carta sobre la cautividad. Una cosa rara, una cosa excepcional, sí, todo lo que se quiera, pero nada misterioso, en el sentido, sea de relato inventado a placer e introducido con todas sus piezas en su narración, sea de una práctica prohibida por las leyes romanas, dictadas contra los alquimistas y sus sectarios.

Sin duda, san Vicente declara haber aprendido estas curiosidades de su año médico que se daba a las prácticas de la alquimia; pero las cosas que nos revela en cuanto tales: «el comienzo, no la total perfección del espejo de Arquímedes, un resorte artificial para hacer hablar a una cabeza de muerto»,  no tienen ninguna relación con la búsqueda de la piedra filosofal. Se refieren directamente al estudio de la física natural o de a magia blanca.

No había ningún peligro para él al enseñárselas al vice-legado, ni para éste al «mostrársela a veces a Su Santidad y a los Cardenales».

La revelación de todas estas cosas curiosas, aun en el atardecer de su vida, no podía tener para Vicente ninguna consecuencia fastidiosa bajo el punto de vista doctrinal.

Si se niega tan obstinadamente, sólo puede ser por un motivo de humildad profunda. No quiere que se sapa que ha estado en semejantes relaciones de intimidad con un vice-legado pontificio, que en un momento de su existencia se ha atraído los ojos de la ciudad eterna, del papa y de los cardenales.

Pero el sr Coste insiste y hace notar las expresiones de que sirve Vicente de Paúl:

«Yo os conjuro, por todas las gracias que Dios ha tenido a bien concederos, que me concedáis la de enviarme esta miserable carta que hace mención de Turquía… Os pido otra vez, por las entrañas de Jesucristo Nuestro Señor, que me otorguéis lo antes posible la gracia que os pido.

‘Miserable carta’, ¿por qué? exclama el sr Coste. Y ¿por qué estas expresiones: por todas las gracias que Dios ha tenido a bien concederos, por las entrañas de Jesucristo Nuestro Señor, que ponen de relieve un deseo ardiente e intenso? Nunca san Vicente ha hablado de esta manera. Misterio».

Notemos primero que ningún santo ha hecho un uso tan frecuente de la palabra miserable como san Vicente. La encontramos escrita centenares de veces en sus cartas y en sus conferencias. Era, en las conversaciones, su palabra preferida cuando hablaba de sí.

El sr Chantelauze se expresa así: «Se le trataba como a un santo, él no se trataba más que de miserable».

En una asamblea de Damas de la Caridad, habiéndose dado cuenta una de ellas que el sr Vicente, según su humildad ordinaria, seguía más bien los sentimientos de las que opinaban otra cosa que los suyos propìos, le costó lo suyo pero no pudo menos de reprocharle con toda suavidad que no se mostraba firme para hacer valer sus consejos aunque fuesen los mejores. Y el Santo responde:

«Que no quiera Dios, Señora, que mis pobres pensamientos prevalezcan sobre los de los demás. Encantado de que el Buen Dios haga sus asuntos sin mí, que no soy más que un miserable.

Viendo un día que era acusado de haber mandado dar un beneficio a alguien, mediante una biblioteca y una suma considerable de dinero, el servidor de Dios se sintió de verdad un poco conmocionado en un principio por esta negra calumnia y tomó la pluma con el propósito de justificarse. Pero de pronto volviendo en sí mismo: «oh miserable, dijo, ¿en qué estás pensando? Qué! ¿es que quieres justificarte? Y ahora que nosotros acabamos de saber que un cristiano acusado falsamente en Túnez, ha permanecido tres días en los tormentos, y al fin ha muerto sin proferir una palabra de queja, aunque fuera inocente del crimen que le habían imputado. Y luego tú, tú quieres excusarte! ¡Oh no! ¡eso no ocurrirá!»

Y así quedó la cosa.

Entrando al refectorio de su comunidad, se apostrofa de esta manera: «Ah, miserable, no has ganado el pan que te comes!»exhortando a los sacerdotes de su Compañía a partir a las misiones, se interrumpe, de pronto, y se le oye exclamar: «Ah, qué miserable soy; me he hecho indigno por mis pecados de ir a servir a Dios entre los pueblos que no le conocen».

El sr de Saint-Rémy, archidiácono de Langres, habiéndole escrito para anunciarle que su hermano deseaba dedicarle una de sus obras, Vicente coge la pluma y le responde:

Las cartas dedicatorias se hacen en alabanza de aquellos a quienes se dirigen, y yo soy totalmente indigno de alabanzas. Para hablar de mí con propiedad habría que decir que soy hijo de un labrador, que ha cuidado de los puercos y de las vacas, y añadir que eso no es nada comparado con  mi ignorancia y mi maldad. Juzgad por ahí, Señor, si una persona tan poca cosa como soy debe ser nombrada en público del modo que me proponéis: sería el mayor desagrado que me podríais hacer».

De un hombre que ha tenido semejantes sentimientos habituales de sí mismo, no sería extraño oírle calificar de «miserable» su carta de cautividad.

Parece que no es necesario para explicar esta palabra acudir al misterio ni construir hipótesis inverosímiles pensando en errores de juventud, en engaños que contendrían estas páginas, en una novela secreta, bajo esta expresión, para la primera parte de su vida.

La explicación por la humildad me parece exhaustiva y más en relación con los sentimientos habituales del Santo. Además no se puede, sin cometer una falta general contra la gramática, atribuir siempre un sentido peyorativo a la palabra miserable. En el siglo XVII, podía tener con más frecuencia que hoy el sentido etimológico de miseria material y no moral.

Así en un placet a Richelieu, en favor de su padre, Jacqueline Pascal podía escribir:

«Sacad del exilio a mi miserable padre…  salvad a este inocente de un peligro manifiesto».

El epíteto inocente nos fija sobre el significado del de miserable.

Y La Fontaine, a su vez, ha dicho, en la moralidad de la fábula de los Annimales enfermos de la peste:

«Según seáis poderoso o miserable,

Los juicios de Corte os harán blanco o negro».

Es verdad que hay todavía otras expresiones, raras en los labios de san Vicente:

«Por todas las gracias que Dios se ha servido concederos.

Por las entrañas de Jesucristo Nuestro Señor!»

Se ha de confesar, en raras ocasiones se ha oído hablar a san Vicente con tales conjuros, esto da a entender el precio que ponía a su demanda, y debe hacernos admirar más aún la estima que tenía por la virtud de la humildad, su práctica principal.

En el concepto y en las exigencias de esta virtud, Vicente de Paúl -lo cual sea dicho sin paradoja- parece haber ido más lejos que santo Tomás de Aquino.

Éste enseña que cada uno debe ser humilde con respecto a todos los hombres, si considera en sí sus pecados y en los otros la gracia de Dios; pero añade que se puede, sin ir contra la humildad, estimar mayores los dones que Dios nos ha dado que los que ha repartido a nuestro prójimo, según el ejemplo de san Pablo (II Cor., c. 11).

Vicente, por su parte, piensa y quiere que, en todos los casos, nos coloquemos por debajo del prójimo, ya que se puede suponer que el prójimo tiene bienes que no tenemos nosotros, o que nosotros tenemos males que él no tiene, o que nosotros hemos usado mal de los dones de Dios, y que, en suma, el verdadero término de comparación (el conocimiento del prójimo) se nos escapa.

«El espíritu de humildad, dice, nos hace reconocer a los otros mejores que nosotros y a nosotros peores que los demonios, porque si Dios les hubiera dado la décima parte de las gracias que nos ha dado a nosotros, qué uso no habrían hecho de ellas».

Por fin, queda por hacer una última advertencia sobre el silencio de san Vicente. ¿No encontramos en la vida del servidor de Dios otros ejemplos de este silencio?

Podemos estar bien seguros -históricamente hablando- de que, incluso después de los trabajos de su brillante historiador P. Coste, cantidad de acciones heroicas son y serán siempre desconocidas, a causa del silencio resuelto del Santo.

El hombre de Dios podrá ser traicionado por alguna colaboración humana, pero él lo habrá hecho todo para que tal gesto, tales palabras, tal gestión sigan enterrados para siempre en el más profundo olvido.

¿Qué nos ha dicho personalmente sobre el papel desempeñado por él en la Compañía del Santísimo Sacramento? Nada.

¿Qué conocemos sobre la acción de san Vicente en el Consejo de conciencia? Se sabe que las materias llevadas a deliberación pedían ser tratadas en el mayor secreto; pero ¡qué poco satisfecha queda nuestra curiosidad!

– ¿Qué se sabe de sus caridades heroicas? Un archidiácono de Toul, Louis Machon, secretario del P. Séguier, después de hacer en San Lázaro unos santos ejercicios bajo la dirección del Santo, tiene la desgracia de sellar piezas privadas de los sellos del canciller. Era un caso de condena a muerte. Una carta de Séguier no dice que fue Vicente quien el encargado de detener el brazo de la justicia. Si no es por él caía la cabeza del culpable.

¿De qué nos hemos enterado por él? De nada.

¿Quién salvó la de Saint-Cyran, cuando tuvo que responder de su doctrina ante Richelieu?

¿No fue Vicente otra vez por su deposición caritativa, deposición que durante dos siglos ha sido considerada como apócrifa e inventada por los Jansenistas?

¿Qué dijo él mismo? Nada.

-¿Que se ha sabico por Vicente de su cargo de vicario general de los dos hermanos Jean-Baptiste-Anador y Emmanuel-Joseph de Vignerod para las abadias de Saint-Ouen de Rouen, Marmoutier de Tours y del Priorato de Saint-Martin-des-Champs en París de las que fueron sucesivamente comanditarios?

Pues bien Saint-Ouen nombraba a sesenta y nueve párrocos, Marmoutier en un número tan elevado, Saint-Martin-des-Champs a sesenta y ocho, sin contar numerosas capellanías.

Durante diecisiete años, de 1643 a 1660, la presentación de estos párrocos y capillas en el momento de la muerte o dimisión de los titulares se hizo al ordinario del lugar, en nombre del abad comanditario, por su vicario general, el humilde Vicente de Paúl.

Éste se tomó el trabajo de buscar al reemplazante, de examinar si tenía los títulos requeridos, de presentarlos al ordinario, y de firmar la pieza de presentación.

¿Qué sabemos  de todo esto de boca del propio Vicente? Nada.

Y estas ignorancias no han sido posibles hasta hoy más que porque Vicente, por su acción de vicario general, como por la de miembro del Consejo de conciencia y de miembro de la compañía del Santísimo Sacramento, hizo desaparecer con toda la intención y por amor a su humillación todos los documentos que dependían de su gestión.

Ante los sentimientos de un hombre así, y en presencia de una conducta semejante, ¿es necesario, para comprender la vivacidad d estas reclamaciones al sr del Saint-Martin, recurrir -mientras no se haya encontrado otros testimonios más explícitos- a otro misterio que el de la perfección de su inconcebible humildad?

Victor Giraud, un biógrafo de san Vicente de Paúl debidamente informado, al dar cuenta para los lectores de la Revue des Deux Mondes, de la obra de Pierre Coste sobre Monsieur Vincent, hacía esta advertencia justa, en relación con el silencio del Santo sobre la cautividad:

«Es sin duda sorprendente que el Santo no haya hablado nunca a nadie -que nosotros sepamos al menos- de este episodio de su vida, y el ardiente deseo que tuvo de hacer desaparecer el único testimonio puede parecernos singular. Pero si se nos escapan las razones que tenía, -razones de humildad según toda probabilidad- ¿debéis, para vengarnos de nuestra ignorancia sicológica e histórica, acusarle sencillamente de mentira?».

Este estudio querría arrojar un poco de claridad sobre «nuestra ignorancia sicológica e histórica», determinar otras investigaciones parecidas y volverles prudentes y circunspectos a los que no dudan en lanzar contra Vicente de Paúl la imputación de mentira.

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