San Vicente de Paúl (Henri Lavedan) (13)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Lavedan · Traductor: I. Fernandez. · Año publicación original: 1928.
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Las Hijas de la Caridad

Siempre profesó a la Virgen una devoción especial. Así como refería todo a Dios y veía en todos los hombres una imagen divina restableciéndolos por este medio a su puro origen, así también, como ya lo hemos visto, solía consi­derar y honrar en la señora de Gondi a la madre del Sal­vador. Este empeño y placer en venerar a María, en ha­cerla descender hasta sus más dignas hijas o mejor dicho en hacerlas ascender hasta Ella, produjo el efecto de fe­minizar su robusta piedad dentro de lo permitido y en la más exacta expresión de la palabra, comunicando a su ca­ridad suave dulzura y aquella ternura y atención mater­nales tan características de su natural. Su preocupación constante de evangelizar y cultivar al hombre no fue im­pedimento para que se dedicase con igual celo a la forma­ción de la mujer de la cual esperaba los poderosos y par­ticulares auxilios que sólo ella podía ofrecerle.

Una vez asegurada la solidez y porvenir de sus co­fradías de hombres vio llegada la hora de la misión per­sonal de la mujer y de completar la gran cruzada comen­zada con los hombres. Entonces creó la obra maestra úni­ca y virginal, nacida de su amor a la Virgen e inspira­da por el Espíritu Santo: la institución de las Herma­nas de la Caridad, cuyo primer y verdadero nombre fue el de «Hijas de la Caridad». Pero, no son ellas acaso las hermanas, las hijas, las madres y las parientes del pobre y del desheredado? A su paso se extingue la orfandad. Son las hadas de Dios enviadas a la tierra para que vivan en ella hasta el último suspiro de la agonía del mundo. Las Hijas de Vicente serán las últimas en florecer junto a él y a su inspiradora, la señorita Le Gras, pues la idea de esta obra de amor había de nacer en un corazón y un cerebro de mujer.

La señorita Le Gras, por nombre de familia Luisa de Marillac, era sobrina del canciller Miguel de Marillac y del mariscal Luis de Marillac, ambos víctimas de la ven­ganza de Richelieu después de la jornada de Dupes. Ha­bía casado con Antonio Le Gras, secretario de mandatos de María de Médicis. En aquellos tiempos de rigurosa noble­za era necesario ser mujer, por lo menos de un barón o de un caballero para merecer el título de señora. Luisa de Marillae, estando casada con un escudero no podía recibir otro título que el de señorita. Lo cual no impidió que esta simple señorita dejase, gracias a «sus hijas», un nombre más ilustre que el de muchas reinas.

¿Cuáles eran las características y el género de vida de estas hijas de la caridad cuyo modelo inmortal había ella plasmado y creado en comunión con Vicente?

Eran preferentemente aceptadas las jóvenes campesi­nas, adornadas de todas las cualidades y virtudes, de la servidora de Dios y de los hombres, alegres, despiertas y hábiles en los más humildes quehaceres. Se levantaban a las cuatro de la mañana y se acostaban tarde, durmiendo poco y casi siempre vestidas. Sin embargo debían conser­var siempre el buen humor, la fortaleza y la salud y vivir en castidad y obediencia. Al principio, por lo menos, no es una religiosa propiamente dicha; no pronuncia votos, no se encierra en. el fondo de un convento protegido por es­pesas rejas.

Tampoco su vestido es el que se usa en la actualidad. Eran, como hemos dicho, simples muchachas campesinas vestidas modestamente a la moda del campo, que cubrían la cabeza con un pañuelo. Dios quiere que los pobres vean su rostro. Su claustro es la calle que recorren, la empina­da escalera que suben y bajan, la infecta sala de hospital, la buhardilla donde las reclama el enfermo y el chiribitil donde penetran audazmente. No hacen penitencias ni se abisman en la contemplación; caminan y se afanan todo el día; sus trabajos ininterrumpidos las dispensan de medi­tar. El permanecer inmóviles, mudas, sentadas, arrodilla­das no es propio de ellas ni Vicente lo quiere. Su voluntad es que en medio de tanta actividad hablen, rían, canten… canciones más que cánticos. A fin de que se entreguen al trabajo en cuerpo y alma, llega a privarles de los ejerci­cios de piedad como si las castigara: «Pues bien, que los pobres sean vuestro oficio y vuestras letanías. Eso basta. Dejadlo todo por ellos. Hacer esto es dejar a Dios por Dios. Vuestros pobres os reclaman. Tratadlos, pues, con dulzura, compasión, amor, pues son vuestros señores y amos y los míos. Y siendo grandes señores del cielo, muy grande cosa será también abrirles sus puertas».

Vicente se aplica sin cesar ‘a compenetrar a «sus hermanas» del espíritu de esclavitud voluntaria por el cual cada una debe considerarse como sirvienta de los pobres repitiendo sin cesar esta idea fundamental de que ellos son nuestros amos, aunque se estimen menos que nuestros sier­vos y de que les debemos respeto y ayuda. Hace trescien­tos años que la hija de la caridad fue informada por él de este espíritu que se conserva en nuestros días sin nin­gún detrimento. Antes se la llamaba «hermana gris», hoy se la designa con el nombre de su padre y fundador, su hábito es de color distinto, el pañuelo anudado en la cabe­za se ha transformado en toca… pero sigue siendo la misma.

La toca

¿Cuál es el origen de su toca y a quién se debe? Con­trariamente a lo que más de uno pensaría no se debe a Vicente sino al señor Joly, su discípulo y sucesor. Sin em­bargo la leyenda no carece de toda razón. Resulta difícil y penoso separar del santo esta criatura de su genio y admitir, aun por un instante, que el buen Padre de espí­ritu tan atento y corazón tan minucioso, haya permaneci­do extraño al asunto. ¿Sería inverosímil que lo hubiera tratado hacia el fin de su vida cuando su edad y sus acha­ques no le permitían realizaciones inmediatas? ¿Que en su humildad incorregible hubiera dejado a su sucesor la ac­tualización de su pensamiento? ¿Por qué no?

No, porque entonces el virtuoso señor Joly no hubiera consentido jamás en usurpar el mérito de su maestro. La verdad, como me atrevo a concebirla, es mucho más sen­cilla. La paternidad de la toca puede atribuirse a ambos He aquí cómo. El mismo Vicente —lo aseguramos sin te­mor— si no en vida, después de su muerte, debió sugerir a su discípulo, entre las brumas de un sueño, el tocado que deseaba para sus hijas, esbozando el patrón y mos­trándole el conjunto terminado. El señor Joly, apenas des­pertó, saltó inspirado del lecho y se precipitó a su mesa para fijar los rasgos de la asombrosa visión, antes que se disipasen. Comprendió que se trataba más de una orden que de una sugestión y recibido el mandato, lo ejecutó sin demora.

Tal obra de arte, tal poema, no pudo ser concebido sino entre sueños.

El hábito de ver la toca a cada instante, nos hace olvidar su originalidad, pero considerada con atención, su forma resulta asombrosa. Lo han de llevar las arrogantes hijas de la campaña, habituadas a la intemperie, llama­das a vivir fuera del claustro, en contacto con el pueblo. Su deber les exige que penetren en los estrechos tugurios, de atmósfera asfixiante donde habrán de barrer, limpiar, cocinar, hacer las tareas domésticas, sin vestidos embara­zosos, libres los miembros, despejada la frente, los ojos, los oídos y el rostro. En tal caso, ¿no sería el más indi­cado un sencillo gorro «de tres piezas» como el de los bebés, o al menos algo semejante que pudiera quitarse y ponerse con facilidad?

Pero en su lugar, buen señor Vicente, ¿qué se os ocurrió inventar? Y vos, señor Joly, ¿cómo aceptasteis sin observación tal ocurrencia? Estimados Padres, si no fue­seis quienes sois, estaríamos por creer en una apuesta ca­prichosa. ¡Contemplad vuestras inocentes hijas y conside­rad a qué las condenáis para siempre! A llevar más que un sombrero o un gorro… una especie de catedral de tela en pugna con el buen sentido. En lugar de realzar los ras­gos de vuestra creación la veláis y comprimís de la nuca a las cejas. Ni los oídos se libran del lienzo opresor. Ha­biendo ellas de circular entre las multitudes y rozarse con toda clase de inmundicias sería recomendable una tela más ligera y sufrida; sin embargo les imponéis una especie de cúpula alta y tiesa cuya cúspide parece hecha a propó­sito para chocar y deteriorarse con los objetos circundan­tes. Y no contentos con aprisionar de modo tan cruel el rostro de vuestras siervas, ¿por qué los cubrís de paños de abundantes pliegues que las impiden correr a su deber con la presteza deseada? ¿Por qué vosotros, tan sabios y versados en economía les habéis querido prescribir el te­jido frágil y delicado de la estameña, cuya limpieza exi­girá lavados incesantes y costosos? ¡Explicadnos, por fa­vor, este enigma!

Ambos señores nos replican sonrientes:

—Calma ante todo. Verdad que a primera vista po­dría parecer nuestro proceder en desacuerdo con nuestra experiencia; sin embargo, al prescribir este tocado que os asombra —tela, forma, color— nada sacrificamos a la ligereza o al placer de la fantasía. Bien sabíamos a dón­de íbamos aunque no lo entendáis.

Resolvimos cortar y después ocultar el cabello de nues­tras hijas y cubrir sus frentes para imprimirles material­mente, y en consecuencia moralmente, este pensamiento constante: sin estar obligada a la reclusión, deben conside­rarse en medio del mundo como fuera de él. Están, pues, de más los rizos y los caprichos del cabello. El oído al per­cibir la palabra y los sonidos tamizados por la tela, apren­derá a cerrarse a lo impertinente; los ojos, al mirar en­tre los dos remedos de muros que colocamos adrede con­tra sus mejillas, tendrán la impresión, estén donde estén ellas, de deslizar sus miradas por los corredores frescos y tranquilos de nuestras casas. Les restringimos la visión hacia los bordes del camino, para que se concentre más eficazmente en su objetivo, prolongándola ilimitadamente hacia las altas lejanías indicada por la extremidad aguda de la toca. En cada movimiento, la hermanita de caridad señala al cielo. ¡Qué bien parece entre las suaves sombras el rostro flanqueado y en perpetuo retiro. Allí se está como en el propio claustro lejos de toda disipación, vien­do sin ser visto, recogido hasta en el tumulto, llevando consigo su celda, ¿Insinuáis «Que no es práctica»? Ape­lamos a la experiencia de quienes la llevan. Ellas os proba­rán lo agradable y cómodo de nuestra invención, prote­gidas de la nieve, de la lluvia, del viento y del sol. ¿Di­fícil de colocar? Se aplica, pliega y asegura con alfileres en un santiamén. Tampoco digáis que esta toca de am­plios volados apesadumbra a nuestras viajeras, antes bien las aligera dándoles alas. Queda en pie el inconveniente de la blancura. Pero en ella justamente estriba la coquetería de nuestra pureza. Para honra y gloria de la Inmaculada, nuestras hijas visten de blanco y azul: el azul profundo de los hábitos, el blanco de la toca, emblema de sus al­mas sin mancha. Aún me preguntaréis, agrega Vicente ¿De dónde se os ocurrió? —Aquí me ponéis en aprieto. ¿Lo sé acaso yo mismo? De mi pasado, de mi vida, de Dios ante todo, sin más búsquedas. Los aciertos vienen siempre de El. Yo y el señor Joly apenas hemos tenido parte. Sólo somos los humildes fabricantes del modelo ofre­cido.

¿Quién fue el intermediario? Un lienzo desplegado en el aire, que al caer presentaba la forma indicada por el cielo.

Todo sucedió como mi vida: «buena y sencillamente».

Si os ponéis a mirarla con ciertas intenciones, encon­traréis en ella semejanzas, recuerdos, reminiscencias, al­go de galera, de su velamen, de su popa y de su proa… En verdad, todo esto asombra. Después de todo nadie nos prohíbe creer que Dios en su bondad nos concedió de ese modo un pequeño recuerdo de nuestra capellanía, querien­do que en memoria de los pobres galeotes, la toca de sus hijas hienda los aires como un girón de vela. Pero insis­timos en que no fue nuestra la idea. Las razones y expli­caciones expuestas proceden del deseo de responder a vues­tras críticas, de justificarla y elogiarla».

Así nos habla desde ultratumba Vicente aplicando has- en la eternidad su «humilde método».

He aquí el origen de la toca. Una vez emprendido su camino, ¿qué sitios dejo por recorrer? En poco tiempo dio la vuelta al mundo y atravesó todos los cielos. Internacional, sin perder su carácter francés, ¿a qué abismos no descendió, qué cumbres no escaló? Se inclinó al nivel de los más humildes dolores y se elevó hasta las alturas más sublimes del sentimiento, de la compasión, del arte, de la poesía. Y ya sea que vele la frente de sor Rosalía, ya de otra desconocida cualquiera, sólo célebre en la mente de Dios, ha tenido por doquier sus pintores, escultores, gra­badores, poetas y cantores. Es el tema obligado en los Anales de la Fe, en los frescos de las iglesias, en el arco iris de los vitrales. Boticelli y Angélico han de añorar no haberla podido hacer objeto de sus pinceles, pero por lo menos nuestro Willette la desplegó como una gran ma­riposa en el Paree Domine de la Colina. Como un símbolo heroico irá unida a la historia, a sus estertores y a sus apoteosis. En tiempos de guerra, de epidemia, de revolu­ción, de tempestad, cuando nadie piensa más que en la fuga o en el refugio subterráneo, la toca se despliega tran­quila convertida en la paloma del arca, de la trinchera, de la barricada. Ella rodea de blancos cortinados la ago­nía del pobre y del soldado; a su paso el aviador caído respira al expirar. Su blancura flota en las estaciones, en las portezuelas de los vagones de tercera clase, en los puertos de ultramar, sobre el puente de los grandes trasatlánticos que navegan hacia la China o al Continente negro; y cuan­do «nuestra madre superiora» la obliga a permanecer en la ciudad, es para convertirla en alegría de la escuela, del t alter y del hospicio, en flor que adorne las cunas, en li­rio del tabernáculo o para que juegue a la gallina ciega con un grupo de huerfanitos.

Y oh prodigio renovado! en medio de tantas idas y venidas, la toca conserva intacta su pureza, su forma an­gélica, y su blancura inmaculada. Jamás se vio en nin­guna de ellas la menor mancha… excepto en los días de guerra y de muerte las manchas de sangre ajena que su portadora restaña o de la propia que derrama.

En fin, ya escoltando procesionalmente con rumor de follaje el Santísimo o la bandera, ya resonando entre los juegos infantiles, entre el clamor de las muchedumbres, el estrépito de las calles o el vaivén de los suburbios, en todas partes es amada y venerada como sagrada y única. Entre los miles de lienzos que velan las frentes de las demás religiosas de la tierra —y también del cielo— ella es la primera.

¡Magnificat! Basta decir: la toca, y todos compren­den. Saben que se trata de la buena hermana de San Vi­cente de Paul.

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