San Leonardo de Porto Mauricio y los métodos de «misionar».

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana sin categorizarLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fray Leonardo de Porto Mauricio · Año publicación original: 1941 · Fuente: Anales Barcelona.
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d1126sanleonardoportomauricio«No es raro en nuestras casas antiguas de Italia toparse con la penitente figura de este célebre predicador franciscano (1675­-1751), todo inflamado de celo y en ademán de mostrar el Cru­cifijo a una invisible multitud. Desde la tela parece hechizar con el poder de su mirada y la eficacia de su palabra a las muche­dumbres que un día se apretujaban a sus pies y circundan hoy de veneración sus altares.

«Fue, ciertamente, la afinidad de ministerio la que le granjeó tanta simpatía entre nosotros. Y creo que ésta fue asimismo una de las razones que sugirió a las educandas del Colegio de Cam­pomorone (Génova), la idea de regalar al P. Alfonso Baratelli, C. M. (1849-1926), en un hermoso marco, como insigne reliquia, la carta que publicamos.»

Con estas palabras presenta el P. A. Bugnini a los lectores de los «Annali» italianos (enero-febrero 1942) la reproducción del documento en cuestión, que se guarda actualmente en la Casa de Siena. Al final de las cuatro páginas, bien aprovechadas, de escritura clara y hermosa, sin borrones ni raspaduras, d(e que consta, hay una declaración solemne de autenticidad firmada y sellada en Ferrara por el arzobispo Felipe Filonardo, el año 1828. La carta fue escrita en. Florencia y lleva la fecha del 5 de abril de 1746 cinco años antes de la muerte del fervoroso misionero franciscano del siglo XVIII.

Termina la nota preliminar del P. Bugnini con estas palabras, quo merecen ser atentamente consideradas: «Es interesante oír de boca de San Leonardo, hombre apostólico y gran siervo de Dios —que de misiones había de entender mucho si, como él mismo dice, en 1746 llevaba ya 37 años dedicado a este ministe­rio–, oír, digo, el elogio que hace del método vicenciano de «misionar». Nótase con harta frecuencia la inclinación a magnificar los tesoros ajenos con olvido y tal vez menosprecio de los propios. Esta carta del santo franciscano que, en el siglo XVIII, con su predicación sencilla y familiar, suscitó en toda Italia tantos entu­siasmos y tan santos frutos de salvación, puede sernos motivo de algunas reflexiones prácticas. Por ejemplo, sobre la perenne ac­tualidad del «pequeño método»; sobre la necesidad, aún perma­neciendo fieles al espíritu, de acomodarlo a las exigencias de los tiempos, de los lugares, de las personas, de los diversos ambien­tes; sobre la necesidad del trabajo individual en las almas me­diante el confesionario; sobre la justa valoración y el uso pru­dente de las manifestaciones exteriores para mejor asegurar, en ciertos medios, el éxito de las misiones, etc., etc.»

He aquí, ahora, algunos fragmentos del mencionado documen­to, cuyo texto completo, como llevamos dicho, publican nuestros «Anales» de Roma.—N. P.

Ilmo. y Rdmo. Señor y muy respetable Padre:

Recibí su apreciadísima, con las hojas adjuntas, y con el rostro pla­gado al suelo «fateor imbecillitatem meam», pero no me siento con áni­mos para cambiar el método de Misión, no porque no quiera, sino porque se me hace ello imposible… Espero que el Espíritu Santo le inspirará el dejarnos obrar del modo que se ha hecho hasta ahora, por espacio de 37 años que me ocupo en este ministerio.

In nomine Domini.—En cuanto a la entrada es casi igual a la que se describe en las susodichas hojas. Sólo se diferencia en que nosotros llega­mos dos o tres días antes de empezar para disponer todas las cosas y va­mos a alojarnos en las casas de nuestros Padres, o de los Reformad» o de los Observantes, si los hay. Llegado el día en que se debe empezar y recibido el Crucifijo del Prelado, en la puerta de la ciudad o de la Ca­tedral, subo a una mesita y pronuncio una alocución brevísima para excitar a todos a que acepten la Misión, terminando con un acto de contrici4n. Vase después a la iglesia y ante el altar mayor se canta el Veni Creator Spiritus con algunas oraciones. Seguidamente predico el Sermón de En­trada, en el cual se da una idea exacta de la Misión y se anima a todos a la penitencia. Al fin, «hago la disciplina» y se dan los avisos necesarios.

En los últimos días, por la mañana, a hora competente, tiene lugar la Catequesis, que dura una hora; después se expone la reliquia de La Santísima Virgen, y uno de mis compañeros narra un ejemplo que, con la Bendición, dura un cuarto de hora, y se despide al pueblo para que vaya a su trabajo, Nunca incomodamos a los párrocos a que vengan procesionalmente con su pueblo, y esto por muchas razones.

Por la tarde, y a la hora que al Prelado le parece más oportuna, no cantan algunos motetes mientras va llegando el pueblo; luego se expolio el Santísimo, hago una breve plática con algún ejemplo, y se da la Bendición, no llegando toda esta función a media hora. Y después predico el Sermón, que dura una hora y un cuarto aproximadamente. y «hago la disciplina»; excepto que algunos días, en la predicación, y después de ella, se dan varios avisos. Todo junto durará hora y media [—].

Este método se observa todos los días y no se altera nunca

No permitimos que vengan procesionalmente los pueblos vecinos, pala evitar la competencia los disturbios y, además, por otros motivos perjudiciales. Exhortamos, sí, que vengan con modestia recitando el Rosario…

La Bendición Papal se da del modo descrito en las hojas, recógense los impresos y libros malos que se encuentran, y en ese día se queman, se dan varios avisos, que en Roma y otras ciudades han sido impresos y procuramos que cada cual tenga un ejemplar en su casa para observarlo.

La Comunión general no se hace para todos en una sola mañana, sino que un día va una parte de la familia, y luego otra, exhortando a todos a hacerla sin prisas para que la hagan con calma y tranquilamente, y de este modo me lo han aprobado todos los señores Obispos y los Curas nemine excepto, y me lo han agradecido; Clemente XII no sólo me lo aprobó, sino que me concedió que pudiese lucrarse la Indulgencia de lo Misión durante los tres días consecutivos a la misma para aquellos que confesaran y comulgaran en ellos y el Sumo Pontífice reinante, después de haber alabado nuestro método de misionar, me dijo que, en cuanto al tiempo de poder lucrar la Indulgencia, le parecían poco tres días, y me concedió que la pudiera hacer durar, después de la Bendición, todos los días que, a mi juicio, juzgase necesarios.

He aquí, pues, expuesto de prisa y corriendo, por la escasez del tiempo, lo más esencial de nuestras funciones aprobadas por dos Soberanos Pontífices y por todos los Obispos en cuyas Diócesis hemos trabajado y espero que querrá (S. Ilma.) hacerse cargo de la imposibilidad en que me hallo de mudarlas.

En cuanto al tiempo de doce días permítame le exponga mi opinión, y después haré lo que me mande, porque en esto no me siento imposibilitado para obedecerle.

Dos métodos de misionar encuentro en la Iglesia de Dios: el primero es el de los Padres de la Compañía, todo fuego y entusiasmo, con muchas procesiones y exterioridad; el segundo es, el de los Padres Misioneros de San Vicente, todo calma, quietud que excluye todo género de exterioridad: los dos son fructuosos, sin embargo, yo que voy por el mundo, he tocado con mis manos  el segundo es mucho más provechoso que el primero; pues, que el primero dura sólo ocho o diez días, no se da tiempo a resolver en el confesionario todas las dificultades, y, en efecto, que está práctico en este oficio, sabe muy bien que en los rimeros cuatro o cinco días vienen al confesionario las mujeres y personas devotas. Cuando oigo, después, decae que en los os, cuatro o cinco días han sido confesados cinco o seis mil pe­cadores, metidos tal vez en la iniquidad hasta los ojos, no puedo leer de ningún modo que esto pueda hacerse sin gran detrimento de las almas. Al contrario, en el segundo método de misionar se trabaja en el confesionario, y cada Misión dura un mes y aun más, y se tranquilizan las conciencias.

Con todo yo he juzgado mejor tomar un término medio; me aprovecho de la exterioridad de los Jesuitas, pero con moderación, y repruebo la brevedad de su tiempo. Soy discípulo de los Jesuitas, porque he hecho todos mis estudios en el Colegio Romano, y he sido convictor del Internado (?) del P. Caravita, y la gratitud me obliga a desearles todo el bien que pueda: pero en este punto no concuerdo, y me desfogué acerca de esto ene% el Padre Segneri el joven, con el cual estudiamos juntos en dicho Colegio; alegan ellos algunas razones, pero los más prácticos en este asun­to, consultados por mí, lo reprueban como superficial. De ahí es que nues­tras Misiones las hacemos durar al menos quince días en los pueblos y en lao ciudades hasta dieciocho días, pero después de la Bendición nos que­damos una semana y a veces más y, créame, en esos días se recoge más fruto que en los otros y se presentan los casos más dificultosos.

De manera que nuestra mayor fatiga consiste en confesar, y después de haber movido las almas con el trueno de las Verdades Eternas, procurarganarlas ayudándola„ a hacer una Confesión Ge­neral, si se ve necesario, como acontece en la mayor parte, o al menos se les invita a una Confesión extraordinaria, que tranqui­lice sus conciencias; y éste es el mejor provecho de la Misión.

Todo lo demás sin esto es una mera apariencia de bien; he ahí porque dije antes que el segundo método de misionar era el más fructuoso, y porque éste lo ponen por obra exactísimamente los PP. Misioneros de San Vicente, nosotros procuramos imitarlos. Mis compañeros confiesan siempre, yo que predico mañana y tarde, confieso poco en los días, pero después de impartida la Bendición, me pongo a ello, y, aunque viejo, logro por la gracia de Dios confesar muchas horas al día.

Para concluir y acabar ya con mis enfadosas razones diré que, con los doce días que desea V. S. Ilma. y Rvdma., estropearemos la obra de Dios, pero como en esto puedo obedecerle, le obedeceré … J.

Nuestras misiones, además, no llevan ningún gravamen, somos pobres y vivimos del producto de la mendicación. El primer día declaramos al pueblo nuestra pobreza y quien nos trae una cosa, quien otra, para nuestro sustento. Tomamos para nosotros lo meramente necesaria, y lo restante se da a los pobres: este sustento por treinta y aún más años consistía en hierbas, legumbres y frutas. Nuestro Señor hizo nos escribiera el P. Brudioli Jesuita, para que moderáramos el rigor en la comida y para obe­decerle, hemos admitido un plato de salazones o de pescado, cuando ¿algún bienhechor nos lo regala, mas aquí, en Lombardía, se ha determinado por varias causas admitir lacticinios; es cierto que nuestra comida no la que remos ni de los Obispos ni de los Curas, ni de las Comunidades del lugar, y en Roma, no la aceptaríamos ni siquiera del Papa. Nos gozamos en ser proveídos más bien de los pobres que de los ricos, porque Dios más lo bendice.

Ni siquiera se grava a la Sacristía. Todos los días se expone del Santísimo por brevísimo tiempo, y para cubrir el gasto de la cera, todos los días, después del Sermón, se haga una colecta, como en la Cuaresma, re­cogiéndose cuatro veces más de lo necesario, y con ello se pagan los gas tos de los estrados y el transporte de nuestro equipaje, etc., y el sobrante se invierte todo en honor del Santísimo[..].

En el Convento de San Francisco del Monte de Florencia, el día 5 de abril de 1746.

De V. S. Ilma. y Rdma. humildísimo y devotísimo servidor,

Fray Leonardo de Porto Mauricio Misionero de M. O. R. del Retiro

 

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