San Justino de Jacobis

Francisco Javier Fernández ChentoJustino de JacobisLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Silviano Calderón, C.M. .

Nace en san Fele el 9 de octubre de 1800. En 1818 entra en la Congregación de la Misión. Se ordena de sacerdote en Brindisi el 12 de junio de 1824 y ejerce el apostolado con asiduidad, particularmente en Nápoles, donde hace estragos el cólera de 1836. En 1839 es enviado por Propaganda Fide a la misión de Etiopía, en la que trabaja infatigablemente durante veinte años. Se le nombra Prefecto Apostólico y se le consagra obispo en Massauah, el 7 de enero de 1849. Sufre la opresión con valentía y muere en el valle de Aligadé, el 31 de julio de 1860. Su beatificación tuvo lugar el 25 de julio de 1939, y fue canonizado por el Papa Pablo VI el 26 de octubre de 1975.


Tiempo de lectura estimado:

«Abuna Jacob, el obispo de Lucana, hijo ilustre de la Congregación de la Misión, Justino de Jacobis, fue, a mediados del siglo pasado, misionero con gran coraje en la evangelización de las lejanas tierras de Etiopía. Desde ayer ha entrado en el catálogo de los santos de la Iglesia de Dios. La canonización se celebró en la plaza de San Pedro, ante una gran multitud…, a las diez de lo mañana del 26 de octubre «. (ANALES 83, nov.-dic. 1975, p. 718). Así comienza la crónica de la ceremonia de canonización de Justino de Jacobis. Era el final de una larga carrera: la carrera de un misionero que dejó su vida por los caminos de Etiopía, y de una Iglesia que, edificada por el testimonio de ese hombre, lo declara santo, para animación y ejemplo de todos los cristianos.

La preparación

Justino nació el 9 de octubre de 1800 en San Fele, Basilicata, centro-sur de Italia. Sus padres, Giovanni Battista y Maria Giuseppa Muccia tuvieron 14 hijos (nueve murieron pequeños), de los cuales Justino fue el séptimo. Bautizado al día siguiente de su nacimiento, le pusieron tres nombres: Giustino Pasquale Sebastiano.

La familia Battista Muccia era sencilla pero con un nombre y prestigio, y de fuerte tradición católica, por lo que Justino fue educado en la piedad sobre todo por su madre. Fue confirmado a los siete años y a los catorce su familia, no sabemos las causas, se trasladó a la ciudad de Nápoles. En Nápoles siguió formándose, allí conoció a un sacerdote carmelita, Mariano Cacace, quien se convierte en su director espiritual y acompañante vocacional. Este sacerdote orientó a Justino, después de haber discernido sus inclinaciones vocacionales, a buscar una comunidad de vida esencialmente activa, que era lo que respondía a las inquietudes vocacionales del joven. Es así como el 17 de octubre de 1818 ingresó a la Congregación de la Misión.

Justino era de carácter impulsivo, pero al mismo tiempo reflexivo, lo cual moderaba lo que hubiera de defecto en él. Ya en las misiones, le serviría el espíritu arrojado, emprendedor, combinado con una gran capacidad reflexiva y conciliadora.

Estudió su noviciado en Nápoles; emitió los votos en 1820, y continuó con los estudios de teología. En 1823 es trasladado a Oria, donde recibe en poco tiempo las órdenes menores, el subdiaconado y el diaconado y es ordenado sacerdote el 12 de junio de 1824.

Una vez ordenado, pasó 15 años de ministerio antes de partir a la misión «ad gentes». Quince años «haciendo su equipaje». ¿En dónde estuvo?: En Oria hasta 1829, en Monopoli hasta 1834, superior en Leche hasta 1836, en Nápoles como Director del Seminario Interno hasta 1837, asistente y luego superior de «dei Vergini» hasta 1838, donde lo encuentra el destino.

Y durante este tiempo ¿qué hizo? Hizo lo que cualquier misionero vicentino: Predicar misiones, acompañar espiritualmente a los fieles, ejercicios espirituales, promoción de las obras vicentinas. Participó en unas 50 misiones. Trabajó mucho dando ejercicios espirituales y en la atención a enfermos y pobres, fundando y dirigiendo asociaciones de caridad.

Fueron quince años que, sin saberlo, le sirvieron como preparación para su gran empresa; años en los que fue viviendo y profundizando los principios de la espiritualidad vicentina, centrada en la figura de Cristo evangelizador de los pobres, la docilidad a la Divina Providencia, el cultivo de las virtudes del misionero: humildad, sencillez, mansedumbre, mortificación y celo apostólico. Estos serán aspectos que configuren como misionero a Justino, son parte del equipaje que llevará a la misión y desde las cuales vivirá su entrega misionera. Otros aspectos de su espiritualidad que desarrolla personalmente son: la devoción a la Virgen, fue gran propagador de la «Medalla Milagrosa», acuñada apenas unos años antes de su partida a Etiopía (Justino fue el primero en llevar la medalla a Africa). Y otro aspecto: su apertura a los demás, el «hacerse todo a todos», abisinio con los abisinios, con una capacidad de adaptación y comprensión extraordinarias.

En su predicación desarrolló el «pequeño método» vicentino, que consiste en hablar con sencillez, persuasión, familiaridad, más que con gran elocuencia y erudición. Durante su ministerio en Italia fue un gran predicador de misiones. Fue también intenso en la vivencia de la caridad, fundando cofradías de caridad y buscando recursos para sostener obras de asistencia. Fue asombroso su comportamiento en la epidemia de cólera de 1836, en la que se desvivió, junto con otros misioneros, en la atención y cuidado de los enfermos.

En este tiempo de «preparación» murieron sus padres: su papá en 1837 y su mamá en 1838. Un hermano suyo, Vincenzo, se había hecho cartujo y otro, Filippo, misionero vicentino también. De sus otros hermanos uno (Nicola) llegó a ser literato y el otro (Donato) abogado.

Un misionero de la Congregación, el P. Sapeto, había iniciado los trabajos de una misión en Etiopía. Cuando «Propaganda Fide» pensó que era necesario formalizar dichos trabajos, pensó en el P. Justino de Jacobis. En un viaje a Nápoles el Prefecto de «Propaganda Fide» se entrevistó con Justino, con quien habló de la misión de Etiopía y sus necesidades, proponiéndole que tomara la dirección de la misión como Prefecto Apostólico. Los superiores mayores de la Congregación de la Misión aceptaron la encomienda un poquito forzados por los hechos y tal vez sin mucho entusiasmo. Después, ya con Justin al frente, irían asumiendo de mejor modo la misión.

La propuesta-elección para la misión de Etiopía le entusiasmó grandemente, tenía el corazón de misionero. Emprendió pronto un viaje a Roma para hablar más claramente de los detalles de la misión, y a Paris, para hablar de ello con el Superior General y rezar en la tumba de San Vicente. El viaje a París lo hizo en compañía de un personaje francés, estudioso de la geografía e historia etíopes, y de dos sacerdotes abisinios y su criado que iban a Francia como embajada diplomática. A través de ellos tuvo el primer contacto con Etiopía y se informó de muchos detalles de la vida en aquellas tierras.

Llegado a París, en san Lázaro, se encontró primeramente con el P. Etienne, ecónomo general, luego con el P. Nozo. Los superiores mostraron aprecio por el detalle de De Jacobis de ir a París a consultar con ellos personalmente; apreciaron su bondad y su entusiasmo por la misión. Tal vez los superiores habían tenido alguna reticencia para aceptar el proyecto de la delegación apostólica, pero toda duda quedó disipada al conocer a De Jacobis y se comprometieron a apoyar su trabajo.

Regresó por tierra a Roma, donde recibe el decreto de Propaganda Fide en el que se creaba la «Prefectura Apostólica de Abisinia, Alta Etiopía y regiones limítrofes, sin límites al occidente ni al mediodía», y nombraba prefecto apostólico de la misma a Justin de Jacobis. Se le asignaban como compañeros a sus cohermanos Luigi Montuori y Giuseppe Sapeto (éste ya en Etiopía). En Roma se preparó con pasaportes, cartas de recomendación, dinero, libros. Y así, con la bendición del papa Gregorio XVI, salieron de Roma el 24 de mayo de 1839.

La Misión

Llegaron a Alejandría el 4 de Julio y se hospedaron en el Convento de Tierra Santa, donde se dedicaron a ordenar el equipaje, recoger herramientas, semillas y preparar todo para la misión. Ahí tuvieron ya que despojarse de los hábitos eclesiásticos para vestir de civil, lo cual era lo más conveniente.

De Alejandría viajaron a El Cairo. Ahí permanecieron varios meses esperando a D’Abbadie, que debía conducirlos a Etiopía. Pero, al recibir una carta del P. Sapeto comunicando que estaba solo y enfermo, y diciendo también que las rutas de Abisinia estaban libres, a De Jacobis ya no le fue posible esperar y se decidió a emprender la marcha. Atravesaron parte del desierto y el Mar Rojo, lo cual les resultó sumamente penoso y peligroso. Finalmente llegaron el 13 de octubre a Massaua, sede de los consulados extranjeros y puerto general del imperio etíope, aún cuando no dependía políticamente de él.

Ahí prepararon la caravana para ir al interior, a Etiopía. Anteriormente se llamaba Etiopía a toda la región al sur de Egipto, que comprendía el Sudán y Somalia actuales. El nombre deriva del griego aithios: negro.

¿Qué país encontró De Jacobis? «Un imperio sin emperador; una iglesia sin jefe; un pueblo con mezcla de todas las razas que se disputaron este territorio; un país con tres lenguas y unos cuarenta dialectos; donde los libros sagrados y la única fuente del derecho estaban aún escritos en una lengua muerta que ni siquiera sus sacerdotes entendían; un clero corrompido y venal que dominaba sobre jefes y pueblo, administrando una religión en el fondo ahogada por las herejías, el Islam y por el paganismo; una población orgullosa de sus tradiciones guerreras que miraba con desprecio a cualquier otro pueblo» (Lucatello­Betta, «Justin de Jacobis», Cerne, Salamanca, 1976, pp. 45-46).

Era un pueblo de 8 a 10 millones de habitantes, y eran los únicos que en todo Africa creían en Cristo, veneraban a la Virgen, los ángeles y los santos y tenían una aparente jerarquía eclesiástica.

Y una vez tocado el tema, hablemos de la Iglesia en Etiopía: La historia de la Iglesia en Etiopía está vinculada a la de los albores del cristianismo; recordemos aquel diálogo del diácono Felipe con el etíope, que culmina con el bautismo de éste, el primer hombre de una raza distinta a la judía que recibe el Evangelio (Hech. 8,26-39). Ésta fue una semilla que se olvidaría, hasta que en el siglo IV, el Patriarca de Alejandría, san Atanasio, consagró primer obispo de Etiopía a san Frumencio, muerto en el año 380 en Aksum, después de haber evangelizado gran parte del país, convirtiendo incluso al rey y a su familia. En el siglo V llegaron a Etiopía monjes expulsados del Sinaí, quienes fundaron en los montes del norte numerosos monasterios y tradujeron las Santas Escrituras a la lengua ghez.

Pero la iglesia de Etiopía siguió las huellas de la iglesia-madre de Alejandría rechazando la doctrina del Concilio de Calcedonia en lo que se refiere a las naturalezas de Cristo, separándose de Roma. La iglesia tiene períodos de florecimiento, pero después va decayendo lentamente. Por el siglo XVI, ante la amenaza de los musulmanes, los reyes abisinios acudieron al Papa y a Portugal, pidiendo ayuda, a lo que se respondió enviando misioneros de la Compañía de Jesús. Los esfuerzos llevados a cabo por 56 misioneros jesuitas portugueses del 1555 al 1633 para restablecer la fe católica se frustraron. Desde Egipto hubo intentos de trabajos misioneros en Etiopía, pero siempre fueron rechazados. Hubo un posterior esfuerzo por parte de los capuchinos en el siglo XVII que acabó con el asesinato de dos misioneros, después beatificados: Agatángelo de Vendome y Casiano de Nates, en 1638.

El cristianismo abisinio en el siglo XIX era una mezcla de creencias, tradiciones, supersticiones y errores, con infiltraciones paganas, judías y musulmanas. El reto del misionero era restituir esa confusión a la fe católica original. La iglesia etíope, como dijimos antes, se adhirió a la iglesia copta de Egipto y con ella caminó a la herejía y separación de Roma. Pero el Islam, al conquistar la costa mediterránea, cortó la comunicación con Europa y Asia, aislando a la Iglesia de Etiopía, que se encerró, teniendo sólo un escaso contacto con el patriarcado de Alejandría. Aceptan la Sagrada Escritura y la Tradición como fuentes de la Revelación. En tiempos de Justino lo que más preocupa es la vida moral y la vida religiosa en general. La vida sacramental está muy descuidada. Aunque aceptan los siete sacramentos, algunos están en desuso, como la unción de los enfermos; la confirmación aparece como mero apéndice del bautismo (en el cual se practica la circuncisión). La reconciliación se practica sólo en el lecho de muerte y en base a una moral muy permisiva. El matrimonio casi no se practica como sacramento, y existe el divorcio. Al orden sacerdotal era admitido cualquiera, casi sin preparación.

La lucha de la iglesia abisinia contra el catolicismo no partía sólo de diferencias teológicas, pesaban más bien, los celos frente a los misioneros cultos, bien preparados, con una vida recta y edificante. También veían en ellos la amenaza de una invasión extranjera y esto creaba un clima de hostilidad, siempre a punto de desencadenar la persecución.

De esta manera Etiopía parecía impenetrable para la fe católica romana, pero el nacimiento de una nueva misión y duradera fue posible gracias a un joven misionero vicentino, Giuseppe Sapeto, que desde la misión de Siria, donde trabajaba, vino al norte de Africa para intentar penetrar en Etiopía, a donde logró entrar a finales de 1837. El trabajo de este misionero comenzó a rendir frutos; logró estrechar lazos con algunos y sembrar la fe católica. Enviaba muchos informes a Roma hablando de la posibilidad de establecer una misión, y finalmente convence a Propaganda Fide de establecer oficialmente una misión. Es cuando ponen manos a la obra y fijan sus ojos en Justino, que es enviado como prefecto apostólico. La prefectura era el primer paso que daba la Iglesia en el establecimiento de una iglesia local. Así, pues, la actividad de los misioneros católicos volvió a hacerse presente en Etiopía en el siglo XIX, con los trabajos apostólicos de Justino de Jacobis, primer vicario apostólico de Abisinia.

Una vez en Etiopía y ante esta historia de dificultades misioneras ¿qué podía hacer un misionero? «Amar aquel pueblo, hacerse abisinio con los abisinios para hacer renacer la verdad sin imponerla desde fuera, sino suscitándola desde dentro, recuperando las fuentes más antiguas del cristianismo etíope, que es de idéntica antigüedad que el romano; emplear lo poco que había quedado, para hacer renacer lo mucho que era necesario» (Ibid. p. 46). Ésta fue la estrategia adoptada por el nuevo misionero.

De Massaua tuvieron que atravesar las montañas y bajar a la planicie para llegar a Adua, donde residía Sapeto. Fue muy emotivo el encuentro de los dos misioneros, y muy esperanzador para el florecimiento de la Iglesia en aquellas tierras.

Instalados en Adua prepararon la audiencia con el «ras» Ubié, jefe de aquella región, ante quien se presentaron llevando sendos regalos. La presentación fue exitosa y el ras se mostró satisfecho con los regalos. De hecho este jefe político permanecerá en muchas ocasiones como uno de los aliados de Justino.

Los inicios

¿Cómo se comienza una misión prevista para largo plazo? Justino organizó la misión en tres centros: él permanecería en Adua; Sapeto iría a Schoá y Montuori a Góndar. Los misioneros se guiaban por una serie de principios: -Mantener buenas relaciones con los jefes locales, pero permaneciendo alejados para conservar cierta independencia. —No involucrarse en asuntos políticos. -Cultivar la simpatía del clero, sacerdotes y monjes locales; -Rehuir las controversias apasionadas, contentándose con exponer pura y sencillamente la doctrina católica (no era urgente discutir sobre las dos naturalezas de Cristo, sino llevar a la gente a una vivencia religiosa más cercana al evangelio); -Evitar fundaciones ostentosas, no gastar excesivamente en ello, preferir la modesta vida del misionero itinerante.

Una vez instalado Justino en el centro de misión, comenzó su tarea. Vestía el hábito de los monjes abisinios; para dar ejemplo al clero local, mantenía su casa como una clausura. Lo urgente era aprender la lengua. Había una lengua antigua, usada en la liturgia, el gue’ez, pero muy pocos la hablaban y leían. Tres lenguas eran las que se hablaban en la región una de las cuales, la amhariñá, era la más común, y ésta fue la que se empeñó De Jacobis en aprender. También trató de entrar en contacto con la gente, cosa difícil, ya que en general los etíopes eran altaneros y desconfiados. No podía hacer proselitismo abierto, ni rezar ni celebrar misa, corría peligro de muerte si lo hacía en público. Todo lo tenía que realizar en secreto, muy de madrugada.

Con trabajos, mucha paciencia y bondad fue ganándose un círculo de conocidos y con el tiempo se atrevió a invitarlos para una instrucción religiosa. La cita fue para el 25 de enero, conversión de San Pablo y aniversario de la fundación de la Congregación de la Misión. Acudieron diez personas y les habló sencillamente de temas del catecismo. Las reuniones se hicieron periódicas, los domingos, y poco a poco fueron siendo más nutridas. Un día los abisinios le pidieron predicar para ellos en la Iglesia del Salvador. Se reunieron sacerdotes y monjes en gran número; Justino les habló abiertamente de su catolicismo, les habló de la Iglesia, unida en un principio, ahora dividida. Les hablaba con dulzura, expresándoles su amor por Etiopía y su disposición a entregar su vida por la fe de los abisinios. Estas predicaciones se repitieron y poco a poco se los fue ganando y la relación fue siendo óptima. Le pedían, sobre todo la sagrada medalla, que repartía a todos. Por este hecho, la gente lo empezó a llamar «abba Yakob Mariam» o «padre Jacob de María». En esto pasó su primer ano en Etiopía.

Por estos tiempos la iglesia copta de Etiopía no tenía obispo o abuna desde hacía 10 años; el abuna era nombrado por el patriarca copto ortodoxo de Alejandría mediante el pago de una gran suma de dinero que debía ofrecer la iglesia local. Una vez reunido el dinero, se decidió que una delegación acudiera a El Cairo a apurar el nombramiento del nuevo abuna; al frente de dicha delegación debía ir un extranjero para encabezarla y darle protección con la bandera de su país. El ras eligió a De Jacobis; lo cual le planteaba a éste un problema: ¿cómo encabezar un grupo no católico, para ir a pedir un obispo no católico? Por otro lado si rechazaba la propuesta perdería la oportunidad de adquirir cierta influencia en los abisinios y dejaría el lugar y los posibles frutos a algún protestante. Finalmente se decidió Justino y le presentó al ras las siguientes consideraciones: «Yo soy católico y no puedo en conciencia cooperar al nombramiento de un obispo que no reconozca la autoridad del Papa. Sería un acto contrario a mi fe y a mi disciplina. Pero si es necesario que acompañe vuestra misión a Egipto, iré bajo estas condiciones: que se intente convencer al patriarca copto para que se una; que se permita la construcción de iglesias católicas en Abisinia; en fin, que la embajada entera vaya conmigo a Roma a hacer acto de homenaje al sucesor de san Pedro y a pedir al menos su amistad». (Ibid. p. 58)

Aceptadas las condiciones, salió la embajada compuesta por unas cincuenta personas, entre sacerdotes, monjes, defteras (entre ellos Guebra Miguel) y otros funcionarios. A la cabeza De Jacobis. El viaje estuvo lleno de contratiempos y problemas. Justino llevaba unas cartas del ras Ubié para pedir al Patriarca la construcción de iglesias católicas en Abisinia y la protección para ir a Tierra Santa y a Roma con toda la delegación. Después de salvar muchas dificultades, llegaron a Alejandría y el patriarca nombró obispo a un sacerdote ambicioso e ignorante; pero Justino, por su parte, logra el anhelado viaje a Roma.

Llegaron en agosto de 1841. En Roma su llegada fue una gran noticia. Estuvieron un mes y fueron recibidos en todas partes, comenzando por el Papa Gregorio XVI. Justino estaba feliz, quería que los abisinios se llevaran una buena impresión de la Iglesia Romana, pensando en una futura conversión y cooperación en la obra misionera. La visita fue buena: cuatro abisinios convertidos se quedaron para prepararse en el colegio de Propaganda, y a Justino la Congregación le da dos refuerzos: P. Lorenzo Biancheri y el hermano Giuseppe Abbatini.

De Roma fueron a Jerusalén y regresaron de nuevo a casa. El viaje duró más de un año y fue, en general, positivo: Justino consiguió refuerzos para la misión y aumentó su prestigio entre los abisinios.

La consolidación

Al regresar Justino de su viaje encontró dos situaciones adversas: el ras Ubié estaba en guerra contra otro rey, luchando por el predominio en la región sur de Etiopía (y la guerra complica siempre las cosas) y el nuevo abuna, autonombrado Salama, recién nombrado en Alejandría, se manifestaba abiertamente hostil a la Iglesia Católica.

Aún con ello, poco a poco fueron dándose las conversiones. Tal vez la más grande conversión fue la del deftera o monje Guebra Miguel, un caso raro de monje instruido de vida recta y búsqueda sincera de la verdad. Estuvo en el viaje a Roma con Justino y al regresar, movido por las experiencias vividas y siguiendo un camino sincero de reflexión, llegó a desear abrazar la fe católica. Justino le pidió esperar y junto con él repasaron toda la doctrina, llevándolo a mayor claridad. Finalmente abjuró el 2 de mayo de 1844, adhiriéndose a la fe católica. Guebra era conocido y tenía ascendiente entre la clase eclesiástica abisinia, por lo que, al conocer la noticia, muchos monjes lo siguieron. Dos de ellos se unieron inmediatamente a los misioneros, lo mismo que Guebra, quien se convirtió en compañero inseparable de Justin.

De Jacobis había ganado mucho prestigio, las conversiones fueron aumentando, pero necesitaba un espacio, un templo donde pudiera crecer la Iglesia. Con un grupo de conversos se dio a la tarea de buscar un lugar; con este grupo formó una especie de comunidad itinerante. Instruía a los jóvenes, insistiendo en que no debían renunciar a su identidad abisinia, sino desde ella vivir la fe católica. Tal vez los, anteriores misioneros habían fracasado por querer desarraigar a los abisinios (tan orgullosos y celosos de sus raíces) de su mundo, de su contexto nacional. Un sacerdote católico abisinio puede hacer mucho más que varios europeos, decía Justino, adelantándose en el tiempo a la preocupación por el clero nativo y el establecimiento de las iglesias locales, que desarrolló la Iglesia ya en nuestro siglo.

El centro elegido fue Guala, ahí construyen el primer colegio o seminario llamado de la Inmaculada Concepción. Fue inaugurado en 1844 e inició con unos 20 jóvenes formándose para el sacerdocio. Este colegio fue un centro que comenzó a irradiar devoción; se difundió sobre todo la devoción a la Medalla Milagrosa, muy bien acogida por los abisinios. Al mismo tiempo Justino comenzó a fundar casas que eran como estaciones de descanso y centros de operación para sus viajes apostólicos. Nadie le impedía fundar casas, lo que sí estaba prohibido era que celebrara o que abiertamente hiciera proselitismo. La hostilidad del abuna Salama comenzó a hacerse presente: en 1845 declaró excomulgado a todo el que se relacionara con el abba Yakob.

En 1846 Propaganda Fide dividió el territorio de misión en dos partes, nombrando al capuchino Giuglielmo Masaia, obispo, a cargo de la parte sur de Etiopía. Justino lo fue a recibir a la costa y lo introdujo hasta Guala, donde la pequeña comunidad le dio una cordial bienvenida. Etiopía tenía ya obispo católico.

De Jacobis era flaco; siempre lo había sido, pero las privaciones le habían hecho enjuto como un abisinio: la piel del rostro, ya de color aceitunado, se había tornado oscura, casi tanto como la de los indígenas; llevaba una barba negra, poblada, pero muy recortada. Sus negros y vivos ojos estaban ordinariamente velados como por una sombra de tristeza que detenía el arrojo natural a su carácter de italiano del sur; raramente se acaloraba al hablar, y todo su modo de obrar estaba marcado por una gran dulzura y calma. Vestía el hábito de los monjes del lugar: pantalones y túnica, y encima el schammá; en la cabeza un trozo de tela o el cobé de los monjes; al cuello llevaba el mateh, cordoncito azul que distingue a los cristianos en Etiopía, en la mano bastón y sandalias a los pies.

El 6 de julio de 1847 fue expedida la bula de nombramiento para Justino como obispo titular de Nilópolis y vicario apostólico de Abisinia. Justino escondió dicho nombramiento cuando le fue entregado; sólo le dio la noticia al obispo Masaya, a quien le correspondía consagrar al nuevo obispo. Justino le pidió encarecidamente no hacerlo por el momento.

Por lo pronto la estrategia de la misión era mantener en secreto la presencia del obispo Masaia, hacer las ordenaciones sacerdotales en privado. Pero pronto se supo del obispo y se recrudeció la hostilidad contra la misión. El abuna Salama lanzó una excomunión contra todos los católicos y el ras Ubié, aunque favorable a Justino, le pidió se retirara a la costa, fuera de su jurisdicción, esperando que se calmaran los ánimos, para no entrar en conflicto con el abuna. Justino aceptó sólo después de recibir la promesa de que no tocarían a los fieles conversos.

«De otra manera volveré para morir con ellos «, le dijo al ras. Dejó Guala en octubre de 1848. Salió no para ponerse a salvo, sino para calmar los ánimos y poder poner a salvo a todos. No quería poner en peligro inútilmente lo que había construido.

Apenas salió Justino, los oficiales amenazaron a todos los conversos para que abandonaran la fe católica, lo cual hizo la mayoría, seguramente por miedo. En poco tiempo estuvo desarticulada la misión católica. Justino se reunió en Massaua con el obispo, que le recordó lo de la ordenación episcopal pendiente. Después de mucha insistencia, la gran humildad de Justino cedió y fue ordenado en una casa, frente a unos cuantos asistentes, en una ceremonia sencilla pero emotiva, llena de devoción y amor a la Iglesia..

Estuvo esperando unos meses, hasta que, recibiendo noticias de la persecución de los fieles y las discordias que había entre ellos, decidió regresar a Guala. Por su parte Guebra Miguel había seguido instruyéndose y Justino decidió conferirle el sacramento del orden sacerdotal en 1851.

Ese mismo año el abuna Salama atacó directa y abiertamente a los católicos; sus guardias arrasaron las misiones de Guala y Alitiene, arrestando a los fieles. Justino logró escapar con algunos hasta el campamento del ras Ubié, con quien tuvo una audiencia. El ras, favorable a Justino, ordenó la liberación de los presos. Fue una derrota del abuna Salama, quien esperó una mejor ocasión para volver a atacar.

Después de este conflicto, Justin fundó otra casa, su refugio episcopal en Halai, a donde se trasladó junto con algunos sacerdotes y fieles convertidos.

La misión, mientras tanto, crecía; se fundaban nuevos centros y aumentaban las conversiones; se contaban alrededor de cinco mil católicos, quince sacerdotes ordenados y diez jóvenes preparándose para el sacerdocio. Y esto a pesar de las persecuciones. También ordenó obispo al P. Lorenzo Biancheri, nombrado por Pío IX obispo auxiliar con derecho a sucesión del vicariato apostólico de Abisinia.

La prueba

Etiopía no tenía una unidad nacional; el país estaba constituido por una serie de reinos que poco a poco habían perdido toda integración. Existía la figura del «rey de reyes», que en un tiempo había aglutinado los pequeños reinos configurando una especie de alianza nacional, pero ahora la figura era sólo formal, en realidad cada región era independiente. Alrededor de 1840 comenzó a destacar la figura de un guerrillero, Cassá, que uno a uno fue dominando a todos los reyes, hasta que en 1854 llegó a dominar toda Etiopía., uniéndosele el abuna Salama, para conjuntar poder político y religioso. Nada bueno traería esto, ya que tenían la intención de unir también religiosamente a Etiopía.

Aún sabiendo de la hostilidad y hasta odio con que era visto por Cassá y Salama, Justino no abandonó Góndar, esperando lo peor. Ambos jefes quisieron convencer a Justino de abandonar el país; pero nadie pudo hacer que dejara su misión. Cassá no se atrevía a ejecutarlo por ser extranjero, su muerte podría traer problemas para su proyecto político, no se podía permitir enemistarse con alguna potencia europea. A Salama tampoco le convenía, ya que sabía del desprecio que merecía de muchos y del ascendiente que tenía Justino entre el clero abisinio. Finalmente determinaron expulsarlo de Etiopía, esperando que muriera por el camino. El 15 de julio de 1854 fue apresado Justino junto con todos sus compañeros. Todos fueron maltratados y torturados, buscando que los abisinos abjurasen la fe católica.

La captura de Justino fue conocida aún fuera de Etiopía. El obispo Masaia, puesto a resguardo en una región externa, escribió a Roma comunicando la noticia y sugiriendo la intervención de Francia o Inglaterra para liberar al Obispo. Las potencias no se quisieron inmiscuir, sus intereses eran colonialistas solamente. Pero el misionero recibió un Breve del Papa Pío IX, bendiciendo a los prisioneros y animándolos a permanecer firmes. También recibió una carta parecida del P. Etienne, Superior General de la Congregación de la Misión. Justino escribía, rogaba, pedía audiencias, pero nada, su expulsión estaba decretada y en breve se le acompañaría a la frontera de Egipto. Escribió a muchos fieles, animándolos y consolándolos; ellos, a su vez le enviaban cartas de aliento.

La prisión duró cuatro meses; pero Justino ya desde antes estaba preparado para el martirio. Había meditado mucho sobre el martirologio; incluso antes de ser apresado había escrito: «…declaro que muero únicamente para dar testimonio de la fe católica, apostólica y romana… «. En noviembre se hizo efectiva la expulsión; fue enviado con una escolta y una carta para un gobernador egipcio de la frontera pidiéndole que, de llegar vivo, ultimara al prisionero. Pero esta carta no fue entregada e incluso Justino, ya en la frontera de Egipto fue liberado por quienes lo cuidaban.

Una vez libre, por un momento pensó ir a Europa y tratar de hacer algo por los cristianos de Etiopía, pero decidió que era mejor regresar a Góndar. Permaneció allá algún tiempo escondiéndose, pero finalmente decidió que lo más prudente para todos era irse a Massaua, y ponerse bajo el abrigo de los consulados europeos. Los fieles católicos seguían siendo perseguidos, y esto atormentaba grandemente al obispo. Víctima de la tortura, murió Guebra Miguel el 13 de julio de 1855. Murió antes de cumplir su deseo de incorporarse a la Congregación de la Misión. De hecho Justino lo llama «novicio» de la C.M.. Fue beatificado por Pío XI el 3 de octubre de 1926.

Justino siguió en la costa, visitaba algunas comunidades, pensando si debía regresar al interior; incluso afrontó con su caridad y capacidad organizativa una epidemia de cólera que se desató en la región.

Durante este período terminó sus largos estudios sobre la compleja y antiquísima liturgia abisinia, que envió a Roma. Él mismo había adoptado elementos para algunos sacramentos y había hecho traducciones, así como el catecismo, en lengua nativa. Pedía a Roma la publicación de obras pequeñas, piadosas y sencillas que ayudaran a los fieles, muchos de los cuales se habían dispersado, regresando a la anterior fe, en parte por el acoso, pero en parte también porque la evangelización no había tenido tiempo para asentarse, ni había tenido los medios necesarios para madurar y profundizar en la conciencia de los nuevos fieles.

Decidido a entregar la vida por los abisinios, lo demostró con ocasión de aquel homicida condenado a muerte. La ley abisinia permitía al reo rescatar su vida por dos medios: pagando cierta cantidad, o encontrando a otro que muriera en su lugar. A Justino le causó tal compasión la situación del condenado, que ofreció a la familia agraviada pagar la suma, lo cual no aceptaron. Entonces ofreció morir él en lugar del otro, esto sí lo aceptaron inmediatamente, tal vez por aversión al mismo Justino. Fue tal el asombro y conmoción que el trato causó en el pueblo, que al momento fue liberado por una multitud, impidiendo su muerte.

El triunfo

En 1860 llegó un nuevo misionero, el P. Delmonte. En verano, Justino decidió viajar a Halai, un lugar más alto con un clima más benéfico que le mitigara la disentería que padecía. Salió el 29 de julio, con algunos sacerdotes y fieles. Aquella peregrinación sería la última de su vida. Por el camino muchos salieron a saludarlo, él bendecía a todos. Poco a poco el viaje fue fatigando al obispo, tuvo una alta fiebre, de día el calor era muy alto y el frío por la noche insoportable. La caravana se detuvo en el valle de Aliguedé. Justino se sentó a descansar y estuvo rezando. Se veía realmente agotado. Ahí reunió a los más cercanos y les dirigió las siguientes palabras: -Por una disposición divina, que los hombres no pueden cambiar, me quedan solamente tres horas de vida. Todos pensaron que desvariaba. Durante la comida les dio su último mensaje: «Como el Señor a los apóstoles, os digo adiós. Quiero que recibáis en herencia mi deseo de que permanezcáis unidos… Alejad de vosotros la calumnia y la maledicencia, amaos mutuamente, apoyaos en la fe y anteponed a todo la caridad.. Sed la luz de Etiopía… Olvidad el mal que he hecho, el mal ejemplo que os he dado y perdonadme «. Todos se arrodillaron y él los bendijo. Hicieron que se recostara y pidió la unción, la cual le fue administrada. Estuvo momentos en desvaríos por la fiebre, hasta que en un momento preguntó si habían pasado las tres horas. Le dijeron que sí. «El Señor está para llegar» dijo y cruzó sus brazos, mirando al cielo, luego se recostó. Al poco tiempo comenzó a sudar fuertemente y todos los presentes se dieron cuenta que era el final. Los sacerdotes juntos le dieron la absolución y luego se vio que el rostro se le iluminaba, como ante una visión, y entregó su alma a Dios. Era el 31 de julio de 1860, a las tres de la tarde.

Murió extenuado y quebrantado por tantos anos de entregar la vida. Pío XII dijo que había «muerto caminando, como un héroe que cae en su propio rastro, como mueren los mártires sin martirio, heraldos del evangelio y, aún sin martirio, es su sangre semilla de cristianos».

Se calcula que logró más de doce mil conversiones al catolicismo «poca cosa en comparación de aquella vasta siembra de verdad y caridad, que había dejado por doquier tras sí, con sus sufrimiento, hasta la cárcel, hasta la sangre.» Son palabras de Pío XI.

«Los 21 años (1839-1860) de Justino de Jacobis como misionero en Etiopía son una de las más brillantes páginas de la historia misionera de la Iglesia: historia vivida en los trabajos apostólicos, en el martirio de confesores invictos, en las persecuciones sufridas, en las almas llevadas al conocimiento de la fe verdadera, en el clero católico indígena y reestablecido, en las iglesias y nuevas comunidades fundadas, en sus relaciones con la misión protestante, en las intrigas de los Ras contemporáneos, en el dificil juego de la penetración política de las grandes potencias en Etiopía». (Betta, Anales 83, nov.-dic. 1975, p. 720)

La fama de la vida y el trabajo de Justino dura todavía entre los cristianos etíopes y aún entre los musulmanes. En 1904 fue introducida su causa de beatificación. El 25 de junio de 1939 fue beatificado por Pío XII y finalmente canonizado el 26 de octubre de 1975.

Los escritos de Justino de Jacobis aún no han sido compilados ni publicados en su totalidad. Entre ellos podríamos mencionar:

  • Diario: seis volúmenes manuscritos con noticias cotidianas, borradores de cartas, textos de discursos, documentos, borradores de traducciones de ritos litúrgicos…
  • Epistolario. Con varios volúmenes de cartas autógrafas de Justino.
  • Obras, casi todas inéditas: -Catecismo en lengua etíope. —Misal etíope con traducción y comentarios. —Ritual etíope. —Teología moral, en lengua ghez, para los alumnos del seminario. – Historia de las herejías, en lengua etíope.

«¿Quién fue Justino de Jacobis? Fue apóstol de Etiopía… fue sacerdote de la Congregación de la Misión, fue un hombre que coronó en una región tan lejana de su tierra natal sus sueños juveniles y varoniles de mensajero del evangelio de Cristo. Pero todo esto no es suficiente: ¿no vale todo esto, quizá, para otros tantos religiosos y misioneros católicos? ¿Quién fue, pues, nuestro santo y cuáles son sus características peculiares, o más exactamente, las virtudes que caracterizan su caminar evangélico?» (Paulo VI, homilía en la ceremonia de canonización, «L’Observattore Romano, 27-28 oct., 1975)

«Fue el siervo bueno y fiel (Mt 25,21) quien enviado a la viña del Señor trabajó sin descanso entre ininterrumpidas tribulaciones, para desbrozarla, cultivarla y fecundarla. A esta tan gran misión se había preparado con esmero y, por así decirlo, ya estaba en forma. A este propósito recordamos el apostolado que desempeñó en su patria, primero en Puglia, después en Nápoles, en donde vivió su celo durante una luctuosa epidemia «. (Ibid.)

«Hoy tenemos un nuevo santo: Justino de Jacobis, un gran hijo de Lucana, Apóstol de Abisinia. Fue beatificado en 1939 por nuestro venerado predecesor Pío XII. Nació en 1800 y murió en Abisinia en 1860. Era hijo de san Vicente de Paúl, esto es, misionero Paúl. Pertenecía a la Congregación de la Misión y fue misionero en el sentido propio de la palabra. Tiene un fallo, el que es poco conocido» (Paulo VI, en el Angelus, el 26 de octubre de 1975).

«El beato Justino de Jacobis ha sido el Padre de la Iglesia de Etiopía, ha regenerado, de hecho, la Etiopía cristiana, dando plenitud a aquella fe que había recibido de su primer apóstol, San Frumencio» (del Presidente de la Conferencia Episcopal de Abisinia al Papa, con motivo de la canonización).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *