Sacerdote de la Misión, ¿para hacer qué? Estudio de la evolución de las Provincias de Francia desde 1810 a 1960

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

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Autor: Andrés Sylvestre, C.M. · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1995.
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El testamento del Padre

San Vicente dejaba, al morir, unos 120 cohermanos, que habían, con él y gracias a él, removido profundamente la Iglesia de su tiempo. Su número mediocre, del que hablaba el Sr. Vicente, hizo más por la renovación de la Iglesia de entonces que las apretadas filas alineadas por unas órdenes poderosas y respetadas.

En una época en que se nos plantea la cuestión de nuestra supervivencia, de nuestro reclutamiento, al menos en Francia y en Europa, no resulta inútil buscar unas lecciones en el pasado, especialmente cuando nos las da semejante maestro.

San Vicente partía de un punto de vista enteramente diferente del que actualmente nos preocupa. No tenía, cuando menos en sus orígenes, por qué preocuparse por una Compañía que aún no existía.

Después de haber empezado su carrera eclesiástica, porque entonces se trataba para él de una carrera, las circunstancias lo llevan a entrar en contacto con la miseria. Fascinado por lo que había visto, prosigue, a lo largo de los años, su exploración descendiendo, unos detrás de otros, por los círculos infernales de la miseria: el mundo de los hospitales, los mendigos, los niños abandonados, las jóvenes en peligro, los campesinos arruinados por la guerra, y, en el mismo fondo del abismo, a los presos y galeotes.

Puso el dedo en la llaga de su tiempo: la miseria de los humildes que bordeaba el lujo insolente de los poderosos. Llega a esta conclusión: «El pobre pueblo se muere de hambre…y se condena». Grita esta convicción a los ricos y a los poderosos, a todos los que, por su influencia y por su dinero, pueden cambiar el orden de las cosas…La comunicará al clero, para que no haga lo que el Levita de la parábola, que pasa a lo largo del camino sin ni siquiera mirar al desgraciado.

Fue derecho a los problemas de su tiempo, y les ha llevado una respuesta. Los gritos de socorro de otros, que los habían oído, pero con frecuencia sin entenderlos. Él estaba predispuesto a comprender ese lenguaje, porque era el lenguaje del pueblo, el suyo. Tampoco el pueblo se engañó, cuando le reconoció a él como a uno de los suyos.

Vivió al pie de la letra la función de la Iglesia descrita en el «Gaudium et Spes», n_ 4: «Escrutar los signos de los tiempos…conocer y comprender el mundo en el que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones, su carácter frecuentemente dramático…» ¿Podemos nosotros rehacer hoy la gestión que él hizo? Por responder a los problemas de su tiempo San Vicente fue comprendido y seguido por los primeros Sacerdotes de la Mision, por las primeras Hijas de la Caridad, y por la muchedumbre que después le ha seguido.

A veces nos preguntamos entre los cohermanos, lo que la Compañía puede tener de específico, en qué se distingue de los demás Institutos, y las respuestas son variadas. Pero al revisar de nuevo la obra de San Vicente, se podría responder: «Nada, sino acudir a las necesidades más urgentes del tiempo». Pero, ¿no es esa la función de la Iglesia, la función que ella nunca deberia haber perdido de vista, y que ella acaba de definir nuevamente en el Concilio?

Lo que San Vicente hizo era algo que debía hacer toda la Iglesia, y él se empeñó en hacerle tomar conciencia de ello.

Los tiempos felices

Con el impulso de San Vicente, la Compañía continuó hasta la Revolución francesa, tanto en Francia como en el extranjero, con algunos desvíos en ocasiones, pero no me entretendrá en ese período. Ella desaparecería en la tempestad, cuando menos en Francia donde contará unos veinte mártires, de los que varios han sido beatificados. Después de 20 años a partir del comienzo de la tormenta, vuelve a renacer de sus cenizas. Las causas de esta resurrección son varias. Tratemos de destacar algunas.

A la llamada del Vicario General, M. Hanon, los cohermanos dispersados por las diócesis empiezan a reagruparse en sus comunidades a partir de 1809.

Son al principio unos cien, pero su número va a elevarse hasta 220 a mediados del siglo, a 585 en 1875 y a 680 a fines del siglo.

¿Cuál ha sido la causa que ha promovido, en Francia, semejante desarrollo extraordinario, semejante multiplicación por 7 en menos de un siglo, cuando no disponía de obras de reclutamiento propiamente dichas? Sin embargo, en la última parte del siglo se organizaron 4 escuelas apostólicas…

Se ha de notar en el curso del siglo XIX el nacimiento y desarrollo de Comunidades misioneras. Nuestra Comunidad se vio envuelta en ese impulso de renovación y sacó mucho provecho de ello. Pero, además de esas causas generales y comunes a todas las Comunidades, se pueden destacar algunos puntos particulares, gracias a los cuales hemos desempeñado un papel notable.

Por entonces, la Compañía parece estar particularmente bien insertada en la Iglesia de Francia: responde, por su actuación en diversos sectores, a las necesidades más vivamente sentidas en ese siglo.

  1. La reorganización y la evangelización de la cristiandad que hubo que reemprender. A mediados del siglo, habíamos conseguido poner de nuevo en funcionamiento 7 casas de Misiones. Este número asciende rápidamente hasta 30 en 1875.
  2. La formación de un clero sólido para dirigir la cristiandad. A mediados del siglo habíamos vuelto a encargarnos de 11 seminarios mayores y 1 seminario menor. Al final del siglo son 19 los seminarios mayores y 5 los menores. Esta progresión es una prueba de la confianza con que se nos distinguió.
  3. La apertura a todo lo ancho por las Misiones lejanas, misiones a las que la sensibilidad francesa está más particularmente despierta. Misiones en tierras del Islam, sobre todo después de la conquista de Argelia. Misiones en América latina, donde los movimientos de liberación y de independencia se inspiraron en gran parte en las ideas francesas. Misión en China, donde Francia interviene y se constituye en protectora de las misiones.

Por esos tres compromisos, pero hubo también otros, la Compañía se encuentra en el interior del clero francés como pez en el agua. Prueba de ello son dos hechos, que tuvieron gran resonancia en la opinión del clero en Francia. El extraordinario éxito de los relatos del viaje del P. Huc, y la beatificación del Beato Perboyre. Un sacerdote ordenado en 1900, en una diócesis en la que no estábamos representados, Nancy, me decía en 1950 el entusiasmo que se suscitó poco antes de 1900 entre los seminaristas y los sacerdotes por la beatificación de J.G. Perboyre

Los ingresos en San Lázaro

El registro de los ingresos en el seminario interno nos demuestra que de 1850 a 1900 se presentaron para entrar en el seminario interno 523 seminaristas procedentes de los seminarios mayores de Francia, esto es, de 10 a 11 como promedio por año, y en el mismo medio siglo, 281 sacerdotes diocesanos solicitaron también ellos su admisión en el seminario interno, o sea, de 5 a 6 por año.

Saben que entran en San Lázaro para trabajar en uno o en otro de los objetivos mayores de la Iglesia. Saben que, al entrar en San Lázaro, tendrán el apoyo de una vida de comunidad. Saben también que en la C.M. tendrán unos horizontes mucho más amplios que los límites de una diócesis en la que quedaría uno confinado. Una especie de simbiosis se había establecido entre la Compañía y el clero diocesano. Ella trabajaba para él y con él, y era en buena parte una emanación de él.

Las necesidades más notables sentidas en la conciencia del clero diocesano, tenian su repercusión entre nosotros. Unos sacerdotes de la Misión estaban, a fines del siglo, en la vanguardia de la Iglesia de Francia en la investigación intelectual: Pouget, Ermoni…; en la prospección ecuménica: Portal…; en la expansión misionera: basta con evocar los grandes obispos de China: Mouly, Jarlin…Hacia 1900 contamos 680 cohermanos franceses, de los cuales 260 están en países de misión.

El exilio

Un golpe terrible recibió la presencia de la Compañía en Francia con la separación de la Iglesia del Estado. Del hecho de que nosotros estábamos desdichadamente asimilados a los Religiosos, hemos desaparecido casi completamente de la Iglesia de Francia. Entonces estábamos, por diversas obras, presentes en unas treinta diócesis, llegando a contar algunas de ellas hasta tres casas, como Montpellier, Carcasonne, Cambrai, Marsella; no nos queda, después de la Separación, más que cuatro casas: París, Burdeos, Dax y Marsella.

Cerca de 200 cohermanos parten para al extranjero, van a reforzar a los 260 que están ya en tierras de misión, o bien, van a dedicarse a nuevas obras. Así es cómo, a petición del Santo Padre, nos encargamos de 4 seminarios diocesanos en Sicilia.

Esta gran prueba fue quizás un bien para toda la Iglesia, ya que otras cristiandades ganaron con ello, pero para nosotros fue un desastre, una completa desorganización, de hecho, el trastorno total de nuestros asentamientos en la Iglesia de Francia. La provincia de la C.M. de Alemania había experimentado una prueba análoga cuando el Kulturkampf decretado por Bismarck.

Esta situación duró para nosotros hasta después de la Gran Guerra.

La Restauración o el Malentendido

Después de 1919, volvemos a nuestra tierra y rápidamente volvemos a hacernos con nuestro lugar. A pesar de esos años de ausencia y de pruebas, somos todavía cerca de 500 cohermanos franceses, en lugar de los 680 que éramos veinte años antes.

En 1920, nos hemos vuelto a encargar de 8 seminarios mayores y hemos abierto 8 casas de misiones. Se reorganizan o se fundan unas Escuelas apostólicas en los años siguientes: Berceau, Primecombe, Marvejols, Loos, Beaupreau, Gentilly y Belletanche, que se trasladará rápidamente a Cuvry.

La progresión de los cohermanos en número vuelve a subir. De 500 cohermanos que había al terminar la guerra, el número se elevará a 552 en 1939. La sustitución de los fallecidos durante esos 20 años y el aumento de 52, representan un poco más de 200 nuevos cohermanos ordenados entre 1919 y 1939.

Nuestro servicio de reclutamiento y de formación cuenta en las Escuelas apostólicas un total de 55 cohermanos para 400 alumnos cuando más. El porvenir de la Compañía parece asegurado; parece haber recuperado un desarrollo normal, ya que va aumentando en número. Aparentemente sí, pero algo se ha quebrado, y la herida no aparece.

El lazo íntimo y vital para nosotros, de la Compañía con el clero de Francia, la presencia en el corazón de la Iglesia de Francia y en lo más vivo de sus problemas, la atención a las urgencias del mundo en el horizonte francés ya no se daban. En el clero, los que conocían y apreciaban la Compañía, nos lo han hecho notar con un tono de sentimiento.

Ensayo de explicación

Habíamos estado ausentes durante veinte años, como esos emigrados que volvieron a Francia en el momento de la Restauración en 1815, y que no se daban cuenta de que el mundo había cambiado. Se había cambiado sin ellos y se había cambiado también sin nosotros. Seguramente tendríamos la aureola de antes de la Separación y nos referíamos demasiado gustosamente, sin que necesariamente lo dijéramos, a nuestra experiencia de antes del exilio. No tuvimos bastante en cuenta el estado presente y las las dos guerras.

En nuestros seminarios y en nuestras misiones, aplicábamos unos métodos experimentados. Pero era más cómodo descansar en la gloria de nuestro pasado sobre la gloria y seguridad de nuestro pasado, que inventar soluciones para un mundo nuevo.

También, en ese universo en gestación, exceptuando el lanzamiento y el desarrollo de los Hijos de Maria, el nacimiento de las Luisas de Marillac, la creación y la propagación de la Novena de la Medalla Milagrosa, no hemos estado mezclados, ni como creadores, ni como colaboradores principales en el nacimiento de ninguno de los grandes movimientos apostólicos o caritativos que han distinguido la vida de la Iglesia de Francia desde 1920 hasta 1970, ya se tratara del nacimiento de la Acción católica rural, de la creación del Socorro católico, o de los Traperos de Emaús, de A.T.D. cuarto mundo, del lanzamiento de la Misión de Francia, que nos había rogado que organizáramos su Seminario, y nosotros habíamos declinado aquella propuesta.

Quizá no podíamos estar todos insertados en la Iglesia en el mismo grado con que estuvo M. Gounot Iglesia no se equivocó al elegirlo como obispo.

La fisura

Hemos pues continuado con el impulso de otrora, y gracias a nuestras Escuelas apostólicas, hemos continuado teniendo vocaciones. Todavía ingresaban donde nosotros, pero no se sabía bien por qué entraban.

Hasta la consulta general de los cohermanos de las provincias de París y Toulouse llevada a cabo durante el invierno del 66-67, a base de la siguiente pregunta:

¿Por qué se hizo usted Sacerdote de la Misión? Más de la mitad de los cohermanos de menos de 55 años contestaron: Por un azar providencial.

Claro que providencial, pero es muy de lamentar que tantos cohermanos sólo hayan entrado en la Compañía por azar. Nuestro ideal se habría esfumado tanto, que muchos al entrar en la C.M., no sabían muy bien por qué ingresaron en ella, aunque, después lo hayan visto más claro. Los cohermanos más antiguos han respondido a la misma pregunta con una respuesta mucho más concreta. Sabían por qué entraban donde nosotros, ya por la misión extranjera o por los seminarios o las misiones populares.

Nuestras Escuelas apostólicas reorganizadas después de la primera Guerra y después de la segunda han dado lo que podían dar, han desempeñado su papel. Gracias a ellas, la Compañía ha podido continuar y esperar días futuros. Sin ellas sólo seriamos la tercera o cuarta parte de lo que somos como cohermanos franceses; y eso es un resultado ciertamente positivo. Pero desgraciadamente del hecho que nos reclutábamos poco menos que normalmente por ese medio, no nos hemos planteado preguntas sobre nuestra presencia y nuestra función en la Iglesia de Francia. Al menos, esas cuestiones no nos las habíamos planteado de forma brutal y vital por las cifras. Una cortina de números tranquilizadores nos ocultaba la realidad. En los años que precedieron la guerra del 39, teníamos de 15 a 20 ordenaciones por año. El porvenir, desde el punto de vista del número, no daba lugar a ninguna inquietud.

Con todo, un hecho debería habernos turbado. Salvo raras excepciones, no entraba casi nadie donde nosotros, que procediera de los Seminarios mayores diocesanos, y eso mismo en unos períodos en que los efectivos de los seminarios habían llegado a ser numerosos como de 1930 a 1940 y de 1945 a 1950. Durante esos años solamente 17 seminaristas mayores y 2 sacerdotes solicitaron su admisión en el seminario interno, o sea, menos de uno por año. Estamos muy lejos de las cifras extraordinarias de la segunda mitad del último siglo, en que entraban entre 16 y 17 por año.

No había ganas de entrar donde nosotros, no se veía bien para qué podía venirse. A pesar del contacto diario de numerosos seminaristas diocesanos (entre 500 y 600) con nuestras comunidades de cohermanos que enseñaban en los seminarios, dábamos la sensación de ser extranjeros, viviendo en un mundo aparte, que, por cierto, en algunas casas nos empeñábamos en mantener bien aparte.

Los problemas del tiempo, las urgencias de la evangelización, las iniciativas de un clero tanteando nuevas formas, quizás nos aparecían como una agitación vana ante la eternidad de la Iglesia y el carácter inmutable de la Compañía. Teníamos el pasado, y gracias a nuestro número ascendente, teníamos el porvenir, ¿que teníamos que hacer en el presente?

Cada uno, a la luz de su experiencia puede contestar la exactitud de este análisis, diciéndose que, por su parte, tenía la impresión de ajustarse perfectamente a los problemas de su tiempo y de estar en relaciones cordiales con el clero; yo no le llevaría la contraria; también yo he pensado eso.

Pero los problemas vitales siempre terminan por aparecer en la superficie, aunque durante largo tiempo hayan estado entre dos aguas…

Para la Iglesia, en su conjunto, ha sonado la hora de la verdad. Ha tenido que plantearse después del concilio unas cuestiones sobre su función en el mundo, sobre lo que debe hacer para los hombres. Si no, se va a encoger en su vida interna y sólo será un ghetto. Igualmente, para la Compañía, después del renacimiento del interés por San Vicente, es tiempo de buscar con él qué tareas pueden pedírsenos para preparar la Iglesia de mañana, que ciertamente no faltan. Si no queremos hacerlo, no nos queda más que formular unas disposiciones testamentarias y prepararnos para la Extrema Unción.

Nuestro número

Escribía en 1967 que éramos 465 cohermanos en Francia y en el extranjero, según el recuento realizado en el catálogo. Añadía que, vista la pirámide de las edades, ese número iba a bajar a la mitad en 20 años. Han pasado 27 años desde entonces y a finales de 1994 somos 224 cohermanos franceses, o sea, poco más de la mitad de lo que éramos entonces.

Las Obras

Los seminarios.

En 1955 dirigíamos, entre 54 cohermanos, 10 seminarios diocesanos y dos seminarios universitarios. En 1968, esto es, 13 años más tarde, sólo quedaba Montpellier, más algunos cohermanos que enseñaban en unos seminarios reagrupados, esto es, unos quince cohermanos que de hecho enseñaban en los seminarios. Habría que añadir a ese número los que enseñaban en nuestras propias casas de estudios. Actualmente, ¿cuántos se dedican a la formación en los seminarios o a la formación permanente del clero? Para las dos provincias ese número no llega a la decena.

Una consecuencia seria se deduce del hecho de que tenemos 40 cohermanos menos dedicados a enseñar la teología, más algunos dedicados a la investigación. Para nuestras provincias ésa es una grave pérdida de materia gris.

Las misiones

En 1955, 8 casas de misión en Francia totalizaban 65 misioneros. En 1967, solamente eran unos treinta. Actualmente únicamente queda una casa de misiones propiamente dicha, que realiza un excelente trabajo en el esfuerzo general de las diócesis para la reorganización pastoral en el medio rural.

Antiguos misioneros y antiguos profesores de escuelas apostólicas se han dedicado al ministerio parroquial, encargándose de parroquias o de grupos de parroquias. Los obispos prefieren que vayamos a tapar los agujeros de su dispositivo pastoral.

El objetivo de esos equipos en el medio rural no es sólo sustituir simplemente a los sacerdotes diocesanos, que van escaseando. Es responder a una de las urgencias mayores de la Iglesia en el mundo rural. Se trata, en unos sectores extensos donde no habrá ya más sacerdotes, de despertar a los laicos con un tiempo de misión o de otra forma, para inducirles a que se hagan con responsabilidades pastorales, y tomen en sus manos la organización y la vida de la Iglesia en su sector. No es pequeña la tarea.

Además, nos hemos encargado de sectores del mundo urbano, a imitación de otros Institutos. Nuestros cohermanos han hecho en ellos y siguen haciéndo un trabajo excelente. Pero nosotros estábamos menos preparados para ese tipo de apostolado; también algunos cohermanos no han podido aguantar, y se han retirado.

Las Escuelas apostólicas

Teníamos en 1938 seis escuelas apostólicas que contaban alrededor de 600 alumnos con 55 profesores. Ellas aseguraban unos ingresos record en el Seminario interno. En ese año de 1938 entramos 48. Es cierto que vino la guerra, y que de ese número llegaron al sacerdocio en la C.M. 15, y 3 en las diócesis.

En la posguerra construímos varias apostólicas nuevas y que habíamos modernizado otras. En 1955, estaban funcionando 7 con 70 profesores. Desgraciadamente estuvieron lejos de dar los resultados esperados de tantos esfuerzos como se habían hecho. La reforma escolar nos obligó a emprender su reconversión. Se convirtieron en simples colegios, o dejaron de ejercer su actividad. De golpe no hemos tenido ninguna o casi ninguna vocación procedente de ese lado.

¿Qué habría que haber hecho en lugar de una simple supresión? Quizás hubiera sido necesario crear algunos Hogares para preparar en ellos vocaciones propiamente dichas. Es una lástima que no se haya intentado esa experiencia.

Las Misiones extranjeras

Estamos considerados, y con justa razón, como un Instituto misionero y tenemos en esa materia una larga y gloriosa historia. Cierto número de nosotros han ingresado en la C.M. para ir a misiones.

Pero nuestros efectivos misioneros se han reducido notablemente. En 1938, de 515 cohermanos franceses de menos de 75 años, 245 estaban en países de misión, es decir, casi la mitad. En 1967 de 400 cohermanos de menos de 75 años sólo hay 101, esto es, la cuarta parte en tierras de misión. En 1994, de 133 cohermanos franceses de menos de 75 años, solamente hay 29 en tierras de misión. Es cierto que en varios países de misión un reclutamiento local ha podido tomar el relevo.

Esta dimensión misionera de nuestras provincias se debe mantener. Durante mis viajes, he podido comprobar cuán numerosas provincias están agradecidas a los cohermanos franceses por haberlas fundado y además ayudado durante largo tiempo, y hasta hoy en día. Con bastante frecuencia sucede que algunos jóvenes son atraídos donde nosotros por esta dimensión misionera.

No he tenido la posibilidad de reunir las cifras de los ingresos en el seminario interno y de las salidas desde 1960 hasta 1990. Lo más que puedo decires que, paralelamente a las diócesis de Francia, los ingresos en el seminario se han derrumbado, y empiezan a ascender de nuevo. Los comentarios que acabo de hacer sobre las cifras de esos 150 años, no me permiten vaticinar sobre el futuro. Pero uno puede legítimamente preguntarse:

¿Qué habría que hacer?

Para que unos jóvenes quieran entrar en nuestra Congregación, es necesario que tengan la impresión de que nosotros tratamos de responder, según nuestra vocación, a las urgencias de la Iglesia. No soy quién para decir lo que habría que hacer; corresponde a las asambleas provinciales reflexionar sobre eso. Sin embargo, me permito señalar dos urgencias que, así me lo parece, deberían solicitar nuestra atención, pues están en la línea en donde hemos visto actuar a San Vicente:

1_. El mundo rural está en peligro de convertirse en un desierto religioso, si no se le evangeliza para promover unos equipos de laicos capaces de encargarse de la vida de la Iglesia; ahí volvemos a descubrir una intuicion de San Vicente.

2_. El mundo de los marginados, a cuyo servicio se entregan muchas buenas voluntades. Deberíamos estudiar este problema de sociedad y despertar, con vistas a ellos, a nuestros jóvenes. Casi habíamos tomado esa resolución, al terminar el retiro de Aiguebelle con el P. Durand O.P., de consagrarnos a ese esfuerzo de análisis y de reflexión. Cuando menos, deberíamos animar y sostener las vocaciones de los cohermanos que se sienten llamados a dedicarse a tal menester…

Eso no debe hacernos olvidar la dimensión de las misiones extranjeras, por medio de la ayuda a las provincias de tierras de misión, considerada más bien como un intercambio, gracias a la marcha de algunos cohermanos a misiones y a la acogida entre nosotros de estudiantes o de sacerdotes provenientes de esas provincias…

Ste. Livrade de Moissac, 6 de enero 1995

 

1ª columna los sacerdotes entrados a la C.M.;
2ª columna, seminaristas;
3ª, total de las dos;
4ª porcentaje con relación a las entradas totales;
5ª entradas provenientes del laicado;
6ª Total de entradas;
7ª salidas antes de los 10 años;
8ª, salidas después de los 10 años;
9ª, Total de salidas;
10ª columna. Proporción de las salidas sobre las entradas.

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