Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (XVIII)

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

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Author: Jean Guitton · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1939.
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Boletín Informativo Noviembre-Diciembre 2011El sr. Pouget era un evangélico. Quiero decir que el Evangelio, el Cristo de los Evangelios era una unidad de medida siempre presente, a la que lo refería todo. Su pensamiento, al menos así lo imagino, era algo como: «Si Jesús de Nazaret volviese entre nosotros, qué diría de nuestros pensamientos y de nuestras costumbres?» A lo que algunos van a decir: pero nuestro Pouget ¿era entonces un hereje? Y otros responderán: «Los santos no han dicho nunca otra cosa». Los santos en efecto han sido evangélicos sin ser sublevados: es por la Iglesia y en la Iglesia como han encontrado a Cristo. Si el sr. Pouget era tan severo en lo respecta a su propia pobreza, si quería que se trabajara con la cabeza con el mismo empeño de aquel que trabaja con sus manos, si enseñaba sin cesar a tiempo y a destiempo, era siempre para imitar lo que se dice de Jesús. Y, si bien él no criticó a nadie, y él mismo fue fiel no sólo a los ejercicios regulares, sino más aún a muchas devociones particulares, como las de rezar el rosario y los salmos penitenciales, relacionaba siempre la multiplicidad de las prácticas con la sencillez de Jesucristo.

En cuanto a la pobreza, era su elegancia, como para el padre Chevrier, el cura de Ars o el padre de Foucault. A sus ojos, lo viejo era más bello que lo nuevo, lo pobre más bello que lo rico, y la obra en un solo tomo más perfecta que las colecciones. Sólo Dios sabe cómo quería a sus libros y cómo los defendía contra los ladrones eventuales (lo veremos en el próximo capítulo). Pero era todo lo contrario de un bibliófilo.

Me he preguntado siempre qué habría ocurrido si, por mala suerte o voluntad humana, hubiera sido elevado a algún cargo eclesiástico en el que es necesario cierto tren de vida. Por supuesto, se habrían visto espectáculos raros. Me acuerdo cómo le alegraba este san Cesáreo de Arlès «quien predicaba sin cesar en la ciudad y en el campo, en sus incesantes giras pastorales, con sencillez y con un lenguaje natural y digno», y más aún este curioso personaje de san Hilario de Arlès, que había atravesado los Alpes en medio de los hielos y de las nieves para llevar un asunto a Roma y que, sin aguardar una resolución que se retrasaba demasiado, había regresado a casa «tranquilamente, siempre a pie y con escaso atuendo».

Sería inexacto decir que el sr. Pouget desconfiaba de los contemplativos; recuerdo con qué felicidad escuchaba cuando le leían las obras de la gran santa Teresa. «Perderlo todo según el mundo, decía, he ahí un gran ejemplo. La acción es tiránica, la vida moderna egoísta. Es bueno que existan almas contemplativas que sacrifiquen todo por Dios sólo. Una orden religiosa coloca a las personas en una igualdad extraordinaria: al parecer el individuo debería ser aplastado. Pero uno se aferra a Dios y se siente libre. Sin duda la acción es eficaz; el ejemplo lo es más: tener todos los dones y, dejarlo todo para dormir sobre tabla y vestirse de sayal, es algo que habla a la conciencia».

Pero tenía miedo a las ilusiones. Citaba «hasta la saciedad» aquel texto del Evangelio en que Jesús, interrogado sobre el mayor mandamiento, identificaba el amor de Dios con el del prójimo; quien no ama a su prójimo a quien ve, cómo amaría a Dios a quien no ve? decía san Juan. Y, por esta insistencia, estaba en la línea de san Vicente de Paúl. Tenía miedo de las ilusiones  engendradas por la piedad, y sobre todo de la tentación de pereza que, entre los religiosos le parecía la más insinuante y la más difícil de descubrir, la más rica en disfraces. San Jerónimo tenía sus defectos, decía; por lo menos no perdía el tiempo. El sr. Pouget era severo contra la siesta.

Como ponía a gran altura la vida penitente de los grandes contemplativos, pedía toda la prudencia para discernir esas vocaciones raras: temía que deseara entrar en el convento por miedo al duro trabajo y a las responsabilidades. «La historia nos enseña, decía, que en los períodos atormentados las buenas almas se retiran al desierto porque es demasiado difícil vivir en las ciudades». Se preguntaba si en nuestros días no se vería surgir también un desánimo ante la tarea inmensa que se nos presenta. Apreciaba ciertamente la renovación de la piedad mística y litúrgica que había caracterizado la posguerra, pero no pensaba que la piedad fuera suficiente para todo. Temía incluso que se constituyera en un refugio, sobre todo entre jóvenes dotados para el estudio y que tenían miedo de enfrentarse a las dificultades de la fe. «Si los Apóstoles no hubieran hecho otro tanto, decía, y si no hubieran salido del Cenáculo, el mundo estaría aún sin convertir». Y, cuando le citaban textos sobre la omnipotencia de la oración, sobre la precedencia de María sobre Marta, movía un poco la cabeza y os daba respuestas como ésta: «La piedad es más fácil que la crítica. Creo que para lanzarse hacia el cielo hay que tener una base sólida en la tierra. Leed a san Juan, veréis cómo Cristo insiste en sus obras y, sin embargo, el Evangelio es de lo más místico».

«Ya lo sé: encontraréis almas místicas que os digan que los estudios no valen una hora de dolor. A cada uno sus ideas, sus métodos, sus estilos. No critiquéis nunca. Decid sencillamente: es gente más lanzada que nosotros. Pero su idea debe de tener un fundamento; y esta base es Dios probado por la razón, y es también la revelación cristiana probada por la historia. Ellos ya lo saben. A nosotros que somos menos espirituales nos corresponde asegurar nuestras bases de partida».

«A la pregunta: ¿En qué consiste la perfección de la vida cristiana? Santo Tomás responde: Consiste en la caridad» (IIa II ae, 0.l84, art. 1). Al artículo 3 de esta misma cuestión santo Tomás añade la distinción de preceptos que obligan en todas partes y siempre y que son esencialmente el amor de Dios y del prójimo, los consejos que son medios facultativos de practicar los preceptos, es decir de realizar la caridad. Pues bien, la práctica de los consejos constituye lo que el estado religioso añade a los preceptos que obligan por igual a todo el mundo. En el artículo siguiente el santo Doctor advierte que se puede ser perfecto sin estar constituido en estado de perfección como es el estado religioso, y al revés. ¿Qué son en realidad los consejos? Son medios de llegar a la perfección y en particular medios de apartar de nuestro camino obstáculos que ciertamente no son contrarios al ejercicio de la caridad pero que hacen su práctica algo más difícil: tal es el matrimonio, a causa de los problemas de la familia (art. 3 corpus). Santo Tomás llega a decir que el estado de los simples sacerdotes que están en el ministerio lleva consigo más perfección que el de los religiosos, ya que tienen mayores dificultades que vencer que estos últimos (art. 8). La enseñanza del santo es conforme a la de Nuestro Señor.

El Salvador dijo que el mayor mandamiento es la caridad de Dios y que el segundo, que es la caridad del prójimo, es parecido al primero. Estos dos mandamientos resumen la ley y los profetas (Mt XXII, 37-40; Mc XII, 28-31; Lc X, 13-27). San Pablo, el gran apóstol, nos da la misma lección en el capítulo XIII de la Primera Carta a los Corintios, que es para leerlo entero. Aunque tuviéramos todas las otras cualidades y cumpliéramos las acciones más extraordinarias, de nada serviría si no tuviéramos caridad. Pues por las cualidades que le atribuye vemos que esta caridad es la del prójimo.

Cristo ha enviado a sus apóstoles como ovejas entre lobos para promocionar la práctica de esta caridad (Mt X, 16; Lc X, 3). Pablo no contemplaba tanto: in vigiliis, in frigore, in nuditate. Hay varias especies de contemplación. La de santa Teresa es una. Cuando el mundo anda mal las almas rectas pierden valor, se refugian en Dios y quieren que Dios lo haga todo. Y la Imitación caería un poco en este sentido. Yo creo que los selectos son aquellos que trabajan por la salud de las almas».

Un día de mala digestión, cuando una infausta tortilla se negaba a entrar en su digeridor, como él lo llamaba, me pidió que fuera a verificar en la primera carta a Timoteo la frase «que la piedad es útil para todo». Así era: pros panta ôphelimos. Y él irradiaba felicidad. «Mirad, decía, el hermano ha debido traducir como si hubiera pietas omnia est: pues es ad omnia utilis est, pros panta ôphelimos». Y eso era la razón de que no pasara la tortilla. El sr. Pouget desconfiaba mucho del laico piadoso y sobre todo, entre los hombres, del laico soltero. Le gustaba que el laico fuera sólido, alegre e incluso buen mozo, valiente, desenvuelto, cazador y pescador también, bueno para el servicio armado, amigo de todos y en particular de los de fuera, patriota, padre de familia y listo para toda obra buena. Theos aei energei. En cuanto a él, él iba a buen paso. En tiempos pasados, cuando ya empezaba a saberse el breviario de memoria, recitaba maitines al regresar de la Nacional: «Entonaba el segundo nocturno al atravesar la calle de Rivoli, llegaba al Bon Marché al final del tercero». Ya se oía el tintineo de las doce menos diez. Diez minutos, se decía, empleaba nuestro hombre: «Tengo tiempo para hacer mi cuarto de hora de oración y rezar el rosario».

Tenía san Vicente de Paúl un pensamiento obstinado de inclinarse hacia acción eficaz y común con todas las fuerzas innatas en la vida del alma misma. Y el sr. Pouget pertenecía a la misma raza. Consideraba la vida interior como una especie de cascada que podía deshacerse en espuma si no se la captaba para conducirla a los valles bajos, a las fábricas útiles a los hombres. No quería que lo accidental se impusiera a lo esencial, ni que el rito sepultara a la fe, ni que el medio hiciera olvidar el fin. Desconfiaba de los proyectos demasiado precisos, de los reglamentos demasiado completos, de las historias demasiado edificantes, así como de las efusiones y de los entusiasmos. Se curaba de la tentación de la excelencia.

Su método, en el fondo, era el espíritu de san Vicente iluminando la ciencia del siglo XIX, como había iluminado la caridad del XVII. Una vez más, esta comparación es inexacta, porque la ciencia, para el sr. Pouget, no se separaba de la caridad. Evangelizare pauperibus misit me; este texto que san Vicente repetía a sus primeros compañeros lo tenía siempre a la vista. Aunque notaba el sr. Pouget que las condiciones de la evangelización de los pobres no eran ya las de antes. Hoy en día, la asistencia del Estado ha suprimido prácticamente el pauperismo, mientras, que de rebote, la enseñanza pública de este mismo Estado ha multiplicado la ignorancia religiosa. Los verdaderos pobres de hoy, a los que se les ha racionado y a veces quitado del todo el pan de la verdad, y que son más pobres cuanto menos cuenta se dan de ello. Por eso al sr. Pouget le gustaban tanto las obras inspiradas por la caridad hacia la inteligencia, desde las mayores a las más oscuras, y con una preferencia por estas últimas porque tienden a ayudar al pueblo del campo, cuya escuela ha carcomido a menudo las razones de creer. Pensaba que una obra esencial era la de fortificar y esclarecer a estos miembros de la enseñanza del primer grado de los que esperaba la recristianización del país por métodos moleculares. Pensaba que si san Vicente de Paúl volviera no dejaría de trabajar en este campo con todas las fuerzas de su espíritu, con el sudor de su rostro, como había trabajado en el siglo XVII en los campos desolados por el hambre.

En estas condiciones se entiende qué interesado debía de sentirse en la formación de los sacerdotes. La cual era por otra arte una tarea tradicional en la Congregación de san Vicente de Paúl: El sr. Vicente decía que «colaborar en la formación de buenos sacerdotes es hacer el oficio de Jesucristo, que parece empeñado en formar a doce buenos sacerdotes que son sus apóstoles». En los últimos tiempos de su vida, el número de sacerdotes de París que confesaba el sr. Pouget era tan considerable que no se podía trabajar libremente con él. A los penitentes no sólo les gustaba la ceguera y la rapidez del sr. Pouget, sino que se sentían también atraídos  por sus consejos. Y a pesar de ello nada hacía por aumentar su «clientela». Uno asistía a menudo a escenas cómicas y heroicas a la vez. Cuando los penitentes eclesiásticos llamaban a la celda nº 104 (unos con timidez y como vergonzosamente, otros por el contrario, imperiosamente), montaba en justa cólera: «Me toman por un anciano que no tuviera otra cosa que hacer que confesar. Después de todo, añadía, tengo mi trabajo; acérquese, eche la llave; ¡qué diantre! tengo mi derecho a estar ausente». Pero al punto le entraban los escrúpulos. «Pienso, decía, si será un vicario, ya sabe, uno de esos vicarios de la zona…» Y había que dejar el lugar, a veces por una hora. En recompensa, yo volvía a verle más tranquilo, feliz por haberse remozado con un valiente, y yo recibía el aire de la tarea:

«- Nosotros los sacerdotes, nosotros tenemos siempre mucho en común. Me inclinaría a decir que la casa del sacerdote es una casa pública, si la palabra no tuviera un mal sentido.      – Entre los judíos había que distinguir al sacerdote y al profeta. El sacerdote cumplía con los ritos. El profeta es un hombre de Dios, que predica con palabras y con ejemplos. En la nueva ley no es suficiente que los ritos sean válidos y que el sacerdote diga bien sus oraciones. El sacerdote debe ser profeta. Fijaos en el cura de Ars: un santo hombre arrastra a todo un pueblo.

– Cuando nos damos a Dios para tener una familia espiritual, entonces nos vienen las preocupaciones que nos elevan.

–  El sacerdote, aun sin ser profesor debe más o menos enseñar siempre: es inherente a su ministerio, y ello supone que se ha formado seriamente para pensar por sí mismo. Numerosos son hoy, incluso en Francia, los laicos letrados que estudian la Escritura de una manera sabia. Frente a estos laicos, cuando se encuentra con ellos, el sacerdote se vería en un estado de inferioridad molesto para su carácter y para la causa de Dios que representa, si no pudiera hablar del libro divino después de un estudio personal y verdaderamente científico. Lo cual no quiere decir que deba ser un exégeta propiamente dicho: hay grados en el verdadero saber. Pero si el ministro de Dios no puede hablar del libro de Dios sino según el decir de los demás y sin haber recibido un conocimiento inmediato y personal de este libro en sí mismo, no saldrá nunca de ser un simple escolar y le ocurrirá citar muchas veces a maestros sin ton ni son, por no haberlos comprendido.

– No poseemos una formación científica suficiente. Entre el clero despreciamos demasiado las ciencias.

–  En el catecismo se trata de comprimidos de teología: por lo común los niños no entienden nada. Hay cuestiones sobre las que los primeros cristianos no habrían sabido qué responder.

La falta de sacerdotes no se hace sentir tanto para el trabajo material como para la evangelización. Hoy se actúa sobre las almas por el periódico y la palabra. El mundo necesita alimento espiritual

– La cuestión no es de salvarse, sino de hacer una obra, ya que eso es la salvación de las almas.

– Los apóstoles eran gente práctica, pequeños bateleros, pequeños patronos; eran muy prudentes; caminaban despacio; eran gente de gobierno; plantaban el Evangelio en Antioquía, en Alejandría, en Roma.

– Esforzaos con todo el tesón, en hacer entrar en los espíritus de la forma que sea la auténtica verdad. Cuando se tienen hijos espirituales, éstos hacen otros.

– Antiguamente, los sacerdotes se veían obligados a importunar a sus parroquianos. Ahora vemos que los asuntos de conciencia están todos muy complicados. Apenas sólo Dios puede resolverlos. Los casuistas han sutilizado tanto que la confesión resulta a veces difícil. Los libros de teología moral nos dan pecados abstractos, de hecho no hay más que pecados concretos. Hay casos en los que uno se encuentra ante cosas curiosísimas y que os indican que la buena gente no razona como nosotros: mire, me acuerdo de esta confesión de un buen hombre. Se le pregunta, -‘¿no habrá cometido adulterios? –Pero es que la persona lo quería. –Ya, pero ¿y el marido? –Ah diantre no, señor cura!’ Era sincero. Hay que aceptar a la gente como es, para tratar de hacerlos mejores y sin brusquedades.

–  Me gustan los predicadores que tienen en cuenta a su auditorio. Es bastante fácil predicar a las mujeres. En cuanto a los hombres, no son cómodos y nunca lo han sido. Ni siquiera en la Edad Media se tuvo considerable aceptación entre ellos. El hombre dice: «El sacerdote, después de todo, es de nuestra raza, es un hombre como nosotros». Pienso que no llegaremos al hombre si no es por la historia de Cristo, con la condición de que esté bien hecha. Cuando el hombre comprende a Cristo cree en él; ved con qué facilidad lo da todo, ved a nuestros misioneros.

–  ¿Cómo predicar? Se lo voy a decir. La mayor parte de nuestros sermones públicos son demasiado largos: entonces el final hace olvidar el principio. Además el tono no está siempre en consonancia. Los Antiguos eran muy familiares con el pueblo. Tenían razón. La verdad bien clara, bien sencilla, eso es lo que necesitamos. Cuando era joven me encendía, ahora hablaría con toda sencillez, como si charlara.

Si os dicen ‘que eso no se ha hecho nunca, responded con respeto. Pero cuando Cristo apareció se habría podido decir también: eso nunca se ha hecho; dejadnos adorar a Júpiter.

Los Doce sólo eran un puñado en un mundo mucho peor que el nuestro, y trabajaron, y su trabajo no fue infructuoso: ese es el trabajo que debemos continuar, y es la misma fuerza, Cristo eterno, la que nos sostiene».

El sr. Pouget tenía una gran fe en el porvenir, en los destinos de la especie humana. «No hay porqué desesperar de la especie humana, decía, el creador no la ha hecho mala. El hombre es algo grande». En particular, pensaba que nuestro país vale más de lo que creemos. Entre nosotros se lucha.

Se dice que Francia no es cristiana. ¡Ya lo creo que lo es! Un italiano me hablaba de Sicilia, de donde procede: ceremonias… Pero fijaos en nuestros campesinos, en nuestros obreros: discernirán bien la honradez de lo que no lo es. Y eso es el cristianismo. La cosa era bien diferente entre los pueblos paganos, incluso muy civilizados.

En cuanto a las costumbres, hay como siempre oscilaciones, pero se siguen cuidando las reglas. Y en lo de cumplir, se consigue de los fieles lo que se puede. Primitivamente la cabeza trabajaba poco: ahora sí trabaja. Y las misiones en el extranjero: en los primeros tiempos el pueblo tenía por santos a los que rezaban mucho y comían poco. Pero cuánto más grandes los que se van allá por el Evangelio.

La religión saldrá viva, y quizá más viva que nunca».

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