Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (XII)

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

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Author: Jean Guitton · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1939.
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Capítulo III: El Sr. Pouget y la crítica religiosa (cont.)

El problema de la inspiración.

Boletín Informativo Noviembre-Diciembre 2011Si bien este capítulo de nuestro estudio se limita a la exposición de una crítica religiosa, no resultará inútil decir unas palabras sobre el problema de la inspiración que, para un creyente, se ve aparecer en el horizonte de todas las dificultades planteadas por el examen de la Escritura. Una idea inexacta de la inspiración de las Escrituras es la que ha pesado fuertemente sobre los progresos de la física moderna y que ha podido a veces paralizar el progreso de los estudios bíblicos mismos. El Sr. Pouget recurría con frecuencia a este punto fundamental: fue el objeto del primer tratado que había compuesto antes de la guerra sobre la Biblia. Y ese mismo asunto fue objeto de un nuevo trabajo en 1931.

Si se quisiera dar la intención de estos estudios, habría que decir en primer lugar que estaban inspirados en un método afín al método inductivo. Él trataba de definir la inspiración sin hacer intervenir ninguna teoría, y basándose en el dato que, en este campo, correspondía a los hechos estudiados por las ciencias. Más de una vez le oí decir, al leerle algún tratado clásico: «Se nos da ahí una definición a priori; pues bien, no estamos tratando aquí con geómetras. La inspiración es algo concreto. Y, en materia de concreto, necesitamos descripciones. Ni los sabios, ni la Iglesia misma podrían determinar a priori lo que Dios ha debido hacer, ni siquiera lo que convenía que hiciera. Estudiemos los libros sagrados, dejemos a la Biblia que se comente por sí sola. Escrutemos las definiciones oficiales de los Concilios, entonces podremos saber algo de la inspiración. Se ha de ver a un león para definirlo, sin lo cual nos arriesgamos a tener solamente una idea vaga». Hechas estas observaciones, el orden que hubiera seguido gustoso el Sr. Pouget, por ser el más conforme a la razón, habría sido, a nuestro parecer, el siguiente:

a)      En una primera parte de su examen habría intentado definir lo que es un «libro sagrado» comparando las religiones conocidas por la historia.

Sabemos que la mayor parte de las religiones pretenden tener libros divinos: es uno de los rasgos generales por los que se emparientan (cf. supra, p. 136). Entre estos libros, unos parecen la base esencial del sistema religioso, así la Biblia en el Judeo-Cristianismo, el Corán en el Islamismo, el Avesta en el Mazdeísmo; otros no sostienen más que una parte, y  a veces muy débil del edificio religioso, así los libros sibilinos en la antigua Roma, en los que la religión pública no era más que una institución política. Estos libros tenidos por sagrados no tenían siempre en todas sus partes la misma autoridad religiosa, bien para apoyar la doctrina, bien para dirigir la conducta; la Biblia, y el Corán, que vino más tarde, parecen ser los únicos libros santos que hayan gozado en todas sus partes de una autoridad religiosa uniforme. En cuanto a la autoridad histórica de los libros santos, – algo capital para nosotros en este momento, – sus autores y dueños, sin desdeñarla, no se ocupaban de ella. El carácter sagrado de los libros era a sus ojos, todo o casi todo, y era lo suficiente para garantizar su autoridad: no hay excepción alguna, ni siquiera para la Biblia.

b)      Dicho esto, nos vemos llevados a comparar el valor relativo de estos diferentes libros, ya desde el punto de vista de su origen histórico, ya desde el punto de vista de su contenido.

Ya hemos tocado el primer problema (p. 138). Examinemos el segundo y comparemos los libros sagrados del Judeo-Cristianismo con los de las otras religiones, teniendo buen cuidado de señalar la relación que existe en cada caso entre la causa (las facultades intelectuales de los autores y de los fieles) y el efecto (el valor filosófico, moral o religioso de las obras),

Pongamos pues en un lado a Israel y en el otro a las grandes o medias naciones civilizadas, más o menos contemporáneas de Israel y en todo caso anteriores a la venida de  Cristo. Del lado de Israel tenemos a un pueblo sin artes, sin ciencias, sin grandes facultades  naturales. Los medios de acción que podrían darle la fertilidad del suelo, la industria, el comercio, son casi nulos: hubo solamente en tiempo de Salomón algo de comercio, y que no tuvo continuación. Este pueblo muy mediano estuvo siempre rodeado de vecinos con frecuencia tan fuertes como él y que apenas trataban de otra cosa que de vivir del pillaje.  Solamente bajo David tuvo Israel una potencia militar respetada de todos sus vecinos, pero este poder se había perdido  casi al fin del reino de Salomón. La nación se dividió luego en dos reinos, con la mayor frecuencia enemigos entre ellos, el reino de mediodía o  de Judá, y el reino del norte o de Samaría, por lo menos dos veces más fuerte que el de Judá. En resumen, nada favorecía en Israel, y al fin y al cabo en Judá, la composición de un libro como la Biblia hebrea.

Si, en cambio, examinamos las grandes naciones civilizadas anteriores a nuestra era, son todas más considerables que Israel y sobre todo que Judá. Pensemos en la India, en Irán donde se sucedieron los Medos, los Persas y los Partos, en los Estados de escritura cuneiforme de las depresiones del Tigres y del Eufrates, en Egipto, en el grupo fenicio, y ante todo en el mundo greco-romano: aquí las artes abundan, las letras con frecuencia florecen y en todas partes señaladas en extensión. Las ciencias nacen por todas partes, la astronomía en Caldea, las matemáticas en Grecia donde las bellas artes alcanzan una perfección que apenas será sobrepasada. Las clases sacerdotales hacen teología, salvo quizás en el mundo greco-romano. En este último mundo hay pensadores, los discípulos de Sócrates, que llevan la filosofía a una altura desconocida antes de ellos sólo superada cuando la razón recibió la ayuda de las luces de la Revelación judeo-cristiana. Entre la mayor parte de estos pueblos, el poder económico fue de ordinario considerable, y muchas veces la fuerza militar lo fue también. Ahora, ¿qué resultó de este acervo de cualidades naturales y de todos estos grandes medios de acción? Nada, en el sentido de la práctica moral. Errores de bulto en los escritos y en las enseñanzas religiosas.

Una conclusión sale de estas premisas. En aquellos lugares donde se encontraban todos los medios para triunfar, el fracaso fue estrepitoso; en aquellos lugares donde faltaban todos los medios de triunfar, el éxito fue completo. Para eso se necesitó una ayuda, y una ayuda que superara a todas las de la naturaleza, ya que hubo fracaso allá donde se hallaban todas estas ayudas.

En cuanto al Nuevo Testamento, éste supera en verdad y en piedad a todos los libros religiosos que han precedido a nuestra era; la comparación tampoco es posible entre la antigua Biblia y los libros religiosos extraños a ella; no obstante hemos encontrado mejoras y hasta correcciones que hacer en esta antigua Biblia. Pero el Nuevo Testamento, que relata la Encarnación, la más grande de las obras que Dios haya hecho y aun pueda hacer, es el libro religiosos perfecto; no podría ser superado, ni siquiera igualado, ya que si, hablando absolutamente, son posibles muchas Encarnaciones o su equivalente, sólo se realizó una, y ella sola es suficiente y de sobra para santificar y salvar a todos los Mundos del orden moral, ya sean terrestres si hay otros que el nuestro en el Universo visible, ya sean celestes o invisibles para nosotros.

Tal vez se piense, añadía nuestro autor, que exageramos el valor del Nuevo Testamento y nos olvidamos de que su lengua dista mucho de ser perfecta. La respuesta es fácil: para nosotros el Nuevo Testamento sólo es perfecto como libro religioso. Pero como la materia religiosa, portadora de Sobrenatural, es superior a todos los otros, resulta que el Nuevo Testamento ocupa un lugar aparte entre todos los libros existentes y aun posibles. La forma del Nuevo Testamento no es clásica, pero es sencilla, y presenta al espíritu la verdad divina en toda su pureza. Aquí las formas sabias y un tanto complicadas de los clásicos serían más dañosas que útiles: al distraer la mente pondrían una especie de velo sobre el resplandor de la verdad llegada de arriba. Además, los autores neo-testamentarios no eran, como se decía no hace aún mucho tiempo, casi rudos; los papiros griegos de Egipto, coleccionados y estudiados hace casi medio siglo, nos dan a conocer el estilo de hombres de todas las condiciones. Bueno pues, los autores del Nuevo Testamento pertenecen a la clase de gente cultivada, su griego es muy aceptable; con alguna reserva en san Marcos y sobre todo en san Pablo, pero Marcos supera a los otros evangelistas en la precisión de los relatos, y en Pablo la riqueza, la variedad y con frecuencia la elevación del pensamiento no nos permiten pensar en los defectos de la forma.

Estas materias tan elevadas en sí mismas, y por ello del todo nuevas en nuestro planeta, nuevas al menos como el sol en todo su esplendor con relación a los fulgores de la aurora, estas materias, seguía diciendo, son tratadas en el Nuevo Testamento con un dominio del pensamiento y una propiedad en la expresión, de las que no eran capaces naturalmente no sólo los Doce, sino ni el mismo Pablo, ya que su cultura intelectual aunque muy cuidada, no había salido  todavía, antes del viaje a Damasco, de las sombras del Antiguo Testamento. ¿Qué cristiano de entre los más instruidos y más piadosos podría escribirnos hoy una epístola de Pablo y sobre todo uno de nuestros Evangelios, no digamos ya el Evangelio de Juan, sino solamente uno de los tres Sinópticos?

c) Estas observaciones no podrían obligarnos a admitir lo que la Iglesia llama la inspiración de las Escrituras: no es comprensible en sí misma. Pero inducen a pensar que fue necesario un socorro espiritual para la composición de estas obras. Nos imponen en todos los casos el deber de examinar estos relatos con un cuidado especial y de recoger con atención lo que dicen de sí mismas sobre sí mismas y lo que ha definido sobre el tema la sociedad religiosa que de ello se alimenta y nos las ha transmitido.

Ahora bien, la Iglesia ha enseñado siempre que las Escrituras estaban «divinamente inspiradas». ¿Qué entiende por eso?

Misteriosa como todo lo divino, por parte de Dios, oscura e inaccesible a la conciencia como todo lo sobrenatural, por parte del hombre, la inspiración sólo nos es cognoscible en cuanto que la Escritura y la Tradición nos manifiestan sus efectos y la Iglesia  los precisa en las definiciones de la fe.

Siendo sola la Biblia en su especie, en cuanto libro inspirado, debemos pesar primero lo que ella dice de la inspiración. En I Macb (XII, 9), a los libros bíblicos del Antiguo Testamento se los llama Libros Santos. Hay que llegar al Nuevo Testamento para tener otras calificaciones, más ricas y algo más precisas.

San Pablo (II Tm 15-16) llama al Antiguo Testamento «letras sagradas y Escrituras «, y añade que todo lo que es Escritura está divinamente «inspirado»: aquí tenemos la palabra de inspiración y aquí solamente, pero la palabra griega Theopneustos, si puede ser más rica en contenido, podría ser más clara en sentido. Era el mismo pensamiento que había expresado a los Romanos san Pablo, hacia el 58, cuando decía: «Todo lo que ha sido escrito antes de nosotros ha sido escrito para nuestra enseñanza (religiosa), para que por la paciencia y el consuelo (o la exhortación) de las Escrituras poseamos la esperanza» (Rm XV, 4). La palabra empleada en estos dos textos para designar  la enseñanza (didaskalia) siempre dice relación, en el Nuevo Testamento, a la enseñanza religiosa, buena o mala. Estos textos indican con claridad el fin de la inspiración que es formar «al hombre de Dios» en la «Justicia» sobrenatural, y sostenerle en la esperanza de los hijos de Dios.

Sobre el origen de la inspiración, el pasaje menos oscuro sería el de la epístola segunda de Pedro (II P. I, 21): «Ninguna profecía de la Escritura (entendiendo por esto ningún pasaje de la Escritura, ya que, para el Antiguo Testamento como para san Pablo, toda la Escritura es profética) se debe a la luz propia del hombre, ni a su voluntad, sino que empujados (o llevados, sostenidos) por (un efecto de) el Espíritu Santo hablaron los hombres santos de Dios (o venidos de Dios)». Pero se trata de un impulso, sin duda muy variado, como del espíritu de Dios al que la Sabiduría da, según el Sr. Pouget, «por lo menos veinte calificativos» (Sb VII, 27; 22-23).

Las definiciones de Florencia (1438) y del Vaticano (1870) no añaden nada esencial a estos datos escriturísticos: se limitan a indicar algunas consecuencias, en particular la inerrancia en materia dogmática y moral y el hecho de que Dios es su verdadero autor. Señalemos además que en francés, como en latín, autor tiene una significación más extensa y aun más alta que escritor. El autor de una obra no está obligado a escribirla: basta que apruebe plenamente su contenido en la totalidad como en los detalles, que asuma la responsabilidad, que la firme.

d) Mas pronto iban a ser necesarios nuevos desarrollos en la explicación de la noción de inspiración por el progreso de las ciencias cosmológicas y de las ciencias históricas. Se iba a plantear a la Iglesia una cuestión que por decirlo así casi nunca había considerado y que era en el fondo la distinción de lo profano y de lo sagrado en los escritos inspirados. Nunca el magisterio de la Iglesia, actuando solemnemente, había pretendido que la Escritura diera una enseñanza científica. Los teólogos del Santo Oficio, que no son Iglesia, es decir el cuerpo de los pastores, al condenar a Galileo en nombre de la inerrancia de las Escrituras, habían pecado al menos por falta de prudencia. Por lo demás, este desdichado ejemplo tuvo en el siglo XIX buenos efectos, cuando se propuso la cuestión de la universalidad del diluvio y de los seis días de la creación. Pero, ¿cómo se entendía la inspiración en la Escritura.

Se dieron varias soluciones y sobre ellas iba el Sr. Pouget a ejercitar su sagacidad. Sabemos que en su edad joven había sido un ardiente concordista: Creía por ejemplo que la obra del hexamerón ocultaba verdades geológicas. Duchesne le había «abierto los ojos» y la Encíclica Providentissimus le había confirmado. Pero no había admitido nunca la teoría propuesta entonces por el Cardenal Newman en un artículo del Nineteenth Century (Feb. 1884), teoría llamada de los obiter dicta y que sustraía a la inspiración ciertas parcelas de las Escrituras. A sus ojos estos dos errores opuestos de los católicos se debían a una inteligencia todavía superficial de la verdadera tradición.

La primera, la de los concordistas, se debía a que no se quería comprender la indiferencia total de los hagiógrafos hacia todo lo que no se refería a la enseñanza religiosa. ¡Y qué Razón tenían estos autores sagrados! Hubiera sido indigno del Espíritu Santo, actuando en el orden sobrenatural, enseñarnos la física, la biología, la astronomía, y aun hasta las matemáticas. Para la adquisición de estas ciencias inferiores, basta de sobra con la inteligencia natural que Dios nos ha dado. Se comprende, escribía en 1903, «los pocos movimientos de impaciencia que se le escapaban a san Agustín mismo, cuando veía a fieles, más celosos que prudentes e instruidos, comprometer a veces la acción del Libro divino sobre las almas, alegando su autoridad para sostener conclusiones físicas y otras parecidas, en oposición con las de los especialistas de la época, quienes con frecuencia eran todavía más paganos que la mayor parte de los nuestros» (cf. Gen. ad litt., I, 19).

Por lo que se refiere a la teoría del cardenal Newman, procedía también de un concepto inexacto, o al menos de una exigencia excesiva. Se creía, por entonces, máxime en los medios vecinos del protestantismo, que todo lo que estaba inspirado debía ser positivamente edificante: era forzar el hermoso texto de san Pablo (II Tm III, 16-17).

Por lo demás esta manera de ver no ha sido nunca la de la Iglesia: para los Padres y los Concilios todo lo que es Escritura, es decir todo lo que está en la Biblia, está inspirado.

A los ojos del Sr. Pouget, si le comprendí bien, la solución estaba en el equilibrio de estos dos aspectos contrarios: 1º la inspiración se extiende a la Biblia en su totalidad; basta con que los textos sean auténticos (por este capítulo no es inspirado I Jn V,7, que es de origen priscilianista); 2º pero, si es verdad que la inspiración se extiende a todo, no lo afecta a todo de la misma manera. Y particularmente en lo que concierne a lo sagrado y a lo profano, se concluye que lo sagrado es inspirado  de por sí,  ya que por sí procura necesariamente la edificación, aun en caso de que no se la recibiera, mientras que lo profano no es inspirado más que indirectamente.

– La Biblia, decía reiteradamente el Sr. Pouget, es un libro de enseñanza religiosa. Todo cuanto no es esta enseñanza sólo puede ser el vehículo de ella. Todo es inspirado, pero Dios sólo es responsable de lo que es dogmático-moral. De lo demás no se muestra responsable. Pero hay algo de inspiración aun en los relatos que cuentan hechos profanos. Dios daba confianza a su pueblo. La densidad de la inspiración no es la misma en todas partes.

Concluyamos pues que la inspiración es una cualidad misteriosa de ciertos escritos que tienen a Dios por autor y que contienen la verdad moral y religiosa sin ningún peligro de error, pero a la par que esta verdad es inspirada directamente, el resto no lo es de hecho más que en vistas de esta verdad moral y religiosa.

El Sr. Pouget y el modernismo

El lector que me haya seguido hasta este punto habrá tenido ya más de una vez la ocasión de comparar al Sr. Pouget con aquellos a quienes se ha nombrado los modernistas. Y sin duda no habrá dejado de observar que una profunda diferencia  distinguía su mente de la del Sr. Loisy. A mi parecer, oculto y todo como estaba en la celda 104, era la antítesis del modernismo: era, si así os parece, el verdadero modernista de su tiempo, en el sentido que se ha podido decir de santo Tomás que había sido el único modernista que haya triunfado jamás; y eso, porque a los problemas fundamentales planteados en nuestro tiempo había aplicado las fuerzas de su inteligencia, sin perder el hilo de la tradición, como los Padres y los Doctores de la Iglesia.

Según su filosofía, esta raíz del pensamiento, no cesaba de defender, como lo veremos en el capítulo siguiente, la idea de un «Dios personal distinto del mundo y del que es autor total»; una y otra vez sometía a examen esta cuestión, para pulir, podar, para adaptar y volver a sentar en el edificio del pensamiento moderno esta piedra angular y fundamental sobre la que descansa la estructura del judaísmo y del cristianismo. Nunca se había sentido tocado ni siquiera tentado por la filosofía de la inmanencia: volveremos sobre esto al hablar de su esfuerzo filosófico y teológico. Digamos solamente que a sus ojos, siguiendo sus fórmulas, Dios no es inmanente más que por su acción y esto «sólo en el sentido, muy real por otro lado, que está más presente en nosotros mismos de lo que nosotros lo estamos en nosotros mismos»: ya que en nosotros estamos como efectos temporales y variables sin cesar; Dios, en cambio, está en nosotros como causa absoluta y fuente total. La Encíclica Pascendi había citado esta fórmula, tomada de un artículo de G. Besse (el seudónimo del Sr. Pouget), que había sido traducido en una revista italiana, lo que le llevó a decir sonriendo: «Después de todo, no he navegado tan mal».

En la aplicación y en la idea misma de una crítica, había entre el Sr. Pouget y el modernismo diferencias señaladas. Sin duda, tenía dificultades, y les salía al encuentro, las provocaba incluso según el ejemplo de santo Tomás en sus videtur quod non. Nunca había consentido en resolverlas por medio de compromisos o soluciones bastardas. Pero, diez mil dificultades no constituyen una duda, decía Newman; y sabemos que la crítica del Sr. Pouget estaba al servicio de la mente, y bajo su control. En eso a mi parecer se diferenciaban sobre todo él y el Sr. Loisy. Uno poseía el instrumento, el otro era poseído por el instrumento.

Por lo demás,  cuántos contrastes entre estos dos hombres que vivían en el mismo tiempo, que se dedicaban a los mismos problemas y que habían compartido años atrás la esperanza de que la crítica verdadera permitiría descubrir un transito «de la rutina que se aferra a la tradición hasta la novedad que se aferra a la verdad»! Pero, ¡qué capacidad de enseñar encerraba su enfrentamiento! ¡Cómo me recordaba sin cesar que existen a veces abismos entre los seres que parecen semejantes y que emplean las mismas fórmulas! ¿Quién trazará esa línea de separación? ¿Acaso parte de una desviación cuyos comienzos se podrían fijar? ¿O quizás de un primer dato y por decirlo así germinal, de una especie de conformación temperamental? ¿La hemos de situar en la inteligencia sola y hemos de descender hasta el carácter y atribuirla a una actitud espiritual? ¿Resulta la voluntad aquí responsable? O, ¿será quizás el destino? Quisiera poder responder a estas cuestiones que nos atenazan, cuando se estudian los pensamientos encarnados y cuando uno ve oponerse las conciencias tan trágicamente. El problema de la libertad me parece encerrado en ese problema y no precisamente para jugar limpio.

El Sr. Pouget y el Sr. Loisy se conocían, y siempre se mostraron la mutua estima que se pueden tener generales enemigos. Confiaban en su sinceridad, en su rectitud: se saludaban con la espada en alto. El Sr. Loisy colocaba al Sr. Pouget en ese pequeño grupo de sacerdotes generosos y probos del que sentía haberse separado; a lo que añadía un toque particular de respeto por su ceguera y también por su candor. Habló de él con simpatía en un rinconcito de sus voluminosas Memorias. Por su parte, el Sr. Pouget no hablaba nunca del Sr. Loisy sino con caridad y piedad verdaderas. Las veces que le oí decir refiriéndose a él: «No me gusta que se hable mal de la gente. Nemo reputetur malus, nisi probetur. Pobre Sr. Loisy, era como las cabras de mi tierra, le gustaban los precipicios…» Era también de origen campesino, de la Champagne y no de la Auvernia. En uno y otro se hallaban el apego al trabajo, la suavidad ante el obstáculo, el gusto por lo preciso y por lo exacto; uno y otro hablaban de la crítica como un campesino instruido habla de una máquina nueva que reemplazará a los viejos arados y dará un nuevo impulso a los cultivos, o mejor aún como el hombre de la prehistoria debía hablar del hacha o de la palanca. Pero el Sr. Loisy apenas dejaba traslucir sus orígenes: con hábito seglar había seguido siendo un clérigo; no había podido renunciar en su conversación a esos bonitos modales clericales y tampoco a una ligera ironía al hablar de las cosas sagradas tan propia a veces de los canónigos o de los profesores eclesiásticos. A su lado el Sr. Pouget habría dado la impresión de un laico completo, un bonachón y un tanto rústico: iba derecho al grano, y sin rodeos, sin compasión en el lenguaje, tan incapaz de una palabra edificante como de contar una gracia. Pero, ¡cuántos rasgos más ocultos para diferenciarlos! El Sr. Loisy se pasaba el tiempo recortando los textos del Evangelio o de las Epístolas, como el dialéctico de quien habla Platón en el Sofista, y parecía al leerle que la túnica sin costura había sido compuesta de mil hilos diversos: estaba más seguro de estos trucos que de la existencia de los libros que los contenían; finalmente no se veía más que la astucia de los interpoladores y eso solo producía el interés. Claro que también el Sr. Pouget acudía a los textos y allí sentaba sus reales, pero en lugar de tratarlos como acusados, los respetaba como a testigos, iluminaba unos con los otros y, una vez examinados el lenguaje y las mentalidades, investigaba su significado histórico y espiritual. Realizadas estas tareas y abolidos todos los medios de expresión, se veía dibujarse como sobre un palimpsesto el rostro y el pensamiento de Cristo. Por seguro que se sintiera de todo, por afirmativo que se mostrara con esos interpoladores desconocidos. El Sr. Loisy daba a las mentes rectas la impresión de lo incierto, y eso a causa de su intransigencia misma. El Sr. Pouget, con todas sus reservas, con sus sombras, con todas esas limitaciones que imponía al saber, os daba la impresión de la certeza. Salía uno del Sr. Loisy con la idea de que la crítica lo había trastornado todo, y pulverizado el dato bíblico; al salir del Sr. Pouget, se sentía uno con el pensamiento fortalecido, la crítica se había llevado la escoria y la herrumbre sacando a relucir el metal puro. Loisy tenía su mística, cierto, y era elevada; pero era un sentimiento más que una doctrina, une especie de culto a la humanidad, en suma una generosidad bastante nebulosa. Pouget no era místico, pero se concentraba en la imitación de Jesús de Nazaret, en la meditación del Padre, del hijo y del Espíritu: descansaba a la sombra de las Tres Personas. Loisy era de una delicadeza extrema y un poco susceptible. Pouget era rudo y las picaduras no le afectaban. Loisy estaba siempre ocupado en defenderse, en contarse, en justificarse; instruía el proceso de sus adversarios, se deleitaba comprometiendo a sus amigos; Pouget no hablaba de sí; valoraba a sus amigos, y se callaba lo malo, no sospechaba de nadie, y había aguantado sin quejarse la sospecha y el silencio. Loisy había terminado la carrera con unos festejos que habían atraído a París a los representantes de varias naciones. Pouget acababa su vida humildemente, trabajando; se le consideraba un buen hombre; y era ciego, algo que siempre se olvidaba.

Pero lo más admirable quizás es que no se encontraban en él esos resentimientos, que constituyen a menudo la herencia de los que se han visto reducidos a un segundo plano o, como se suele decir, que no han sido comprendidos; sin duda que un corazón tan sensible como el suyo había debido de conocer los primeros movimientos del humor, pero se había sobrepuesto a ellos. El problema de la sumisión no se le había planteado, estaba firme en Cristo, más allá de toda queja. He conocido cabezas generosas en este tiempo que habían sido como él lo fue objeto de sospechas injustas, que habían sido olvidados de aquellos de quienes esperaban el apoyo paterno. De estas pruebas tan duras para un cristiano fiel, aun cuando la voluntad había dominado al corazón, habían conservado un abatimiento tal que no sé qué resorte del alma había sido alcanzado y roto para siempre. ¡Que el que no haya sufrido les arroje la primera piedra! ¡Es tan duro, cuando no se tienen dos vidas, pertenecer a una generación sacrificada! Por otro lado, ya me había encontrado con sabios católicos que, ante las dificultades de la ciencia, habían tomado el partido de no pensar más. Sabían a cuántas penalidades se expone uno cuando se mueven los fundamentos de la religión, y sacrificándose a una preocupación por la tranquilidad así como al deseo de la paz y de la oración, habían resuelto dejar al tiempo vendar las heridas. Confieso que, con razón o sin ella, estas actitudes fatales del espíritu no me parecían ideales: veía en ellas por un lado demasiada timidez y por otro demasiado dolor. En el Sr. Pouget no se veía el rastro de estas flaquezas, y lo que me había empujado a seguirlo era esta limpieza. Había  en él esta virtud de valentía, de ardor en los peligros que regocija y seduce a la juventud. Algo tenía, quiero recordar, de parecido con Juana de Arco y que me henchía de gozo: «Existe gente, decía, que sólo conocen a los católicos y que nunca han ido a la guerra. Es curioso que no se quiera caminar en medio de los enemigos. Y bien a pesar de ello, el valor nos empuja a caminar siempre hacia delante: donde hay que batirse es al frente de los ejércitos.» O también, decía él: «Cuando me retiraron, me dije a mí mismo: no se embraga ya el motor, pero ello no le impide moverse; si se le engancha algo, entonces, eso le pondrá en marcha». Otra vez, llevándose la mano hacia el pecho y abriéndola de pronto como lo hacía sin duda antaño con su palma llena de grano: «Mientras se tenga la sembradora, sembremos».

Pero, ¿cómo dar a entender al lector la impresión de seguridad osada, de prudencia conquistadora, de ciencia verdaderamente caritativa, de audacia sumisa, de paz misteriosa que se vivía al lado de este hombre? Al fraccionar mi tema según las leyes de la exposición, solamente he podido indicar de paso este equilibrio del pensamiento y del espíritu, cómo esto compensaba aquello, cómo la independencia se aliaba con la fidelidad, y la libertad con la verdad, cómo el respeto se apoyaba en la audacia, cómo se pasaba sin cesar de los textos al alma, de la letra al espíritu y del todo a Cristo! Desearía reconstruir, para finalizar este capítulo, una de estas conversaciones familiares como las que mantenían con frecuencia sus amigos con él hacia el atardecer: nos dará una idea de sus altos vuelos. Como los ya ancianos, el Sr. Pouget tenía días negros, días de queja, cargados de monotonía, pero también los tenía de vigilancia y de raptos repentinos. Por momentos me hacía pensar en esos hermosos días de otoño que yo, personalmente, coloco por encima de los de la primavera: porque la primavera no se sabe qué nos traerá, no sabemos si cumplirá sus promesas, mientras que en otoño el grano está en los graneros, la vendimia se ha hecho, las obras son una realidad y la gracia de un hermoso día los corona. Había pues horas en las que, por la nitidez, por la prontitud del juicio, por el nervio y el vigor de la prueba, por el acento de la caridad, por los consejos de vida, por el sentido pleno de lo humano, por la aceptación de todo, por las aperturas al más allá, por la paz de la esperanza, era inimitable y en las que se superaba a sí mismo: tenía las manos llenas de semillas; tenía la sembradora, y sembraba. Pienso en la frase de Eckermann quien, el 11 de marzo de 1828, después de una conversación con el viejo Goethe, escribía en sus apuntes: «Lo más noble de su naturaleza parecía exaltarse en él» (Das edelste seiner Natur schien ihn rege zu sein).

Como pasaba a menudo, la conversación había comenzado mientras yo leía algo de la obra del Sr. Loisy que le había traído; en este punto, me interrumpió:

– «Este pobre Loisy, me dijo, confunde cosas del pueblo y de los eclesiásticos mal instruidos con la fe católica: eso es reducirla. A sus ojos, ya lo sé, el Evangelio no es fiel, y ha embellecido a Cristo. Ellos habían proyectado lo que creían, de manera que nosotros no conocemos a Cristo más que por medio de su fe. Pero la tradición es el testimonio de los que vivieron con Cristo: y tendrían que probarme que se trataba de idiotas. Los Apóstoles daban testimonio: ¿cómo se hace la historia? Por testimonios públicos. La historia de Tácito, ¿quién me la garantiza? Es un rumor. Aquí, había hechos extraordinarios que habían impresionado a estos hombres y que les daban ánimos. Los documentos no han hecho la Iglesia, sino que se han conservado por ella. Yo diría que los documentos son la Iglesia al tomar conciencia de sí misma. Los estudio como piezas conservadas por testigos que no habrían consentido  que se los falsificaran. Los fieles son testigos de una fidelidad excepcional, de una calidad superior.

En cuanto a estos misterios paganos, es otro caso distinto. ¿Qué eran pues estos misterios? Las sinagogas existían hasta en Roma. Para los misterios es diferente. Los misterios paganos aceptables, los de Eleuxis, eran esotéricos. No habían influido nunca en el pueblo. Y los convertidos de nota, como Justino y Clemente de Alejandría, nos cuentan cosas sorprendentes de estos misterios. Este último autor había leído quinientas o seiscientas obras hoy perdidas: era más creíble que la gente de nuestros días. Cibeles y Attis tenían sacerdotes castrados voluntariamente. Mithra era el tauróbolo inundado de sangre. Los cristianos aborrecieron siempre todo esto. Y las condiciones de la  salvación son todo lo contrario de lo que se hacía para ir a estas divinidades. Como vosotros tenéis ojos, acudid a san Marcos, capítulo VIII, versículo 34 o 35: veréis lo que predica Cristo: si alguien quiere venir en pos de mí, renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga. Y fijaos que no se lo dice sólo a sus discípulos: se dirige a la multitud. Y también Lucas nos dice, si no me equivoco, que hay que llevar la propia cruz cada día. Es duro.»

La conversación había comenzado pues por allí; se trataba del testimonio, de la declaración, del método comparativo. Solo que el Sr. Pouget no empleaba ninguna palabra de éstas: con él, siempre indicaciones, trazos, rayos de luz, y era suficiente para dirigirse. Un poco después (lo estoy viendo en mis apuntes), al hablar de la idea de la continuidad del plan divino, tan de su agrado, porque, como los que tienen miras elevadas  y a lo lejos, sabía que en todo lo que es preciso hacer en caso de necesidad es fijarse en el accidente y no litigar por la pérdida de un detalle. Se había de considerar el todo y de un único vistazo, este orden de religión, este concierto, esta continuidad de la religión.

– «Cada profecía en sí puede ser atacada: una sola profecía, no más que un solo milagro, no puede probar la verdad de la religión; Cristo hizo un montón de milagros, y sin embargo, dice san Pablo, sino ha resucitado vana es nuestra fe. Se necesita un plan y que se haya realizado. En mis pobres trabajos, me he esforzado por destacar todo el valor de ese plan especial de la Providencia, esas promesas que pretende tener este pequeño pueblo, ese plan que se ha realizado, este pequeño pueblo que, de hecho, fue el único en recibir la noción de Dios… No me quitarán de la cabeza la idea de que hubo un acontecimiento señalado en la historia de Israel. Porque una enseñanza, si es que viene de Dios, no basta con que sea moral, necesita de algo que se parezca al milagro: el desarrollo del pueblo judío es uno de esos signos, desarrollo imperfecto como todas las cosas humanas, pero que llegó a buen término. Este pequeño pueblo que nunca fue absorbido por la presión exterior, por el paganismo asirio-babilónico, por el paganismo greco-romano… Dios es quien actúa por dentro.

La historia de las religiones confirma nuestra fe. O sin Dios (los Egipcios), o Dios inacabado, ahogado en el cosmos (panteísmo de los Hindúes), encerrado en el cosmos (Griegos). Esta noción de un Dios creador, esta idea única en su especie antes de Cristo formó la mentalidad cristiana, a pesar de la influencia griega. Antes de santo Tomás vemos el cristianismo que prescinde de la filosofía griega cuando le molesta. Y que ahora eso deje sombras es algo evidente. El cristianismo no es más que misterio, pero no existe contradicción en el orden moral, que es lo importante. El orden intelectual no está más que para el orden moral. La creación, lo reconozco, es un misterio incomprensible, pero que se imponía para evitar el panteísmo y aun en cierto modo para explicar la contingencia de este mundo…»

Se ven las ideas que le eran familiares y que hilvanaba unas con otras, como fabrica su nido el pájaro. Dejaba a su interlocutor la labor de ver la convergencia de estos trozos sueltos. «Existe esto… Y también esto….Y luego esto también», decía con su modo de hablar directo. Y esta ausencia de relación me hacía entrever qué suerte que los datos en los que se apoya el cristiano que quiere pensar sean tan complejos, tan múltiples y tan estrechos, a pesar de nuestro sueño de armonía visible y de hermosa unidad. Y esto me recordaba el razonamiento de Pascal y hasta sus propias palabras, tal como las ha recogido Filleau de la Chaise: Pascal tenía por costumbre decir que la verdadera prueba es un conjunto de circunstancias que no todos reúnen y que hacen que este gran cuerpo de la religión esté compuesto de una infinidad de partes diferentes y que tienden a un mismo fin.

Pero volvamos a nuestra conversación. Veo por mis notas que hablaba de nuevo del Sr. Loisy. Y ahí es donde sobresale esta virtud de la humanidad en el juicio, que le era tan propia, haciendo gala de todo lujo de circunstancias.

– «En el momento de su jubilación, me dijeron, Loisy advirtió a sus amigos: ‘No quiero decir nada contra Cristo.’ Y uno se pregunta si no hay cabezas que tienen dificultades en creer. Nuestro dogma posee un revestimiento helénico y escolástico que puede chocar a algunos, por ejemplo, a los cerebros chinos. La metafísica es un asunto griego. Tal vez este pobre Loisy… Mirad, cuando se quiere juzgar a la gente, se ha de pensar en todo, teniendo en cuenta la educación, la mentalidad, el temperamento. Hay momentos, ahora que me acerco al fin, en los que me vienen preguntas que tenderían a la incredulidad. Estas tentaciones las aparto. Pensándolo bien, se necesitan sombras y muchas sombras: lo que os guía es la prudencia. Loisy sólo quería luz. Había destacado por el saber. Creo que se debe sobreponer uno a su saber. Mientras no domine yo mi crítica, no seré un hombre. (Un silencio, largo, se pone un dedo en los labios.) Si no estuviera tan enfermo, iría a verle. Le diría: ‘Supongamos que tenéis ideas distintas. Vengo a hablar con vos. ¿Hallemos tal vez algún punto de contacto?’ San Vicente veía al abate de Saint Cyran, cuando éste se encontraba en la Bastilla, y le excusó de una cantidad de cosas, mientras le decía la verdad. Le escribía: ‘San Lázaro está abierto para vos y vuestros seguidores.’ Los santos dan paso a la caridad ante todo».

Y, muy pronto después, el Sr. Pouget se vio ante su propia historia. El lector ha adivinado que, hacia 1910, había sentado cátedra de original entre los suyos: algunos de sus cohermanos, a la par que rendían homenaje a su persona y a sus virtudes, le habían tenido por innovador peligroso a la juventud. La caridad de unos y de otros hace que ignoremos siempre los detalles de las luchas interiores que había librado el Sr. Pouget, pero se podían calcular por ciertos pliegues en sus labios, por imperceptibles remolinos de las líneas de su frente y por un curioso destello de sus pupilas, qué tempestades habían pasado por su cerebro. Solía indignarse con los que creían que la piedad dispensaba de la crítica. Había llevado un cuaderno de apuntes, que había quemado ya y en el que había escrito un día de esos negros: Vae mihi qui cogitare ausus sum! Pero era todo un espectáculo ver amansarse esos remolinos ante un pensamiento más alto que le llevaba a dominar el tiempo y la impaciencia.

– «Roma, decía, procede por vía de autoridad, y hemos de confesar que tiene razón. Por unos trescientos o cuatrocientos espíritus críticos, hay millones y millones de almas, y esto es el pueblo.  –La Iglesia es el gran cuerpo. Ella tiene el tiempo para sí. El medio cambia poco a poco, y ello da la razón a la paciencia romana. No puede andar de prisa, porque escandalizaría a los creyentes, y no salvaría a los no creyentes. Las almas son muy quisquillosas en materia de fe. Los antiguos Padres hablaban de religión para ser comprendidos de sus contemporáneos. Maspero dijo un día a uno de mis cohermanos que iba a sus clases: Usted, usted tiene cuidado de almas, está obligado a tomar precauciones más que los otros».

Conviene advertir además que tenía mucho cuidado en no escandalizar, en no expresar una idea ante aquellos que, no siendo capaces de entenderla bien, correrían el peligro de sentirse turbados. A menudo en la casa donde vivía, no había más que novicios que le pudieran leer. Evitaba entonces los libros que le interesaban, por miedo a escandalizar a un novicio. Los libros de Duchesne estaban colocados aparte, en su biblioteca, en un lugar poco accesible. Y aun los opúsculos que había escrito sobre cuestiones delicadas se hallaban cuidadosamente enterrados en un armario. Este temor, que llegaba a veces al escrúpulo, contrastaba con la independencia de su mente. Al preguntarle alguna vez porqué tomaba tales precauciones, respondía: «¿Qué vamos a hacer? Por encima de la ciencia está la caridad. Daría toda la crítica del mundo por una sola alma: Cristo murió por las almas y con qué severidad se dirige a los que escandalizan a los pequeños!»  Volvamos a sus confidencias:

– «Yo había anotado hace tiempo en el Correspondant el famoso artículo de Mons de Hulst sobre la cuestión bíblica. Varios cohermanos me acusaron al Superior general. El Muy Honorable Padre me hizo unas observaciones en tono paternal. Entonces le dije, señalando con el pulgar mi frente y mi corazón: ‘Padre, hay todavía fe aquí y ahí.’ Él me creyó. Nunca me permitieron enseñar el Nuevo Testamento, pero eso no me impide conocerlo. Para mí antes es mi libertad que todo lo demás; cuando me cesaron no corrí a ponerme de rodillas para que se me diese un puesto. Me dan un título y me lo pueden quitar de un momento a otro. Lo que valgo, sólo Dios me lo puede quitar, haciéndome perder la cabeza. Según se va uno haciendo hombre, más cuenta se da de una cantidad de cosas.

Y además, que se ha de sufrir por esto y por lo otro; más sufrió Cristo en la Cruz. En su propia casa bien se está, no se depende más que de Dios, nada se dice. Si me preguntaran lo que pensaba, diría: ‘Señor, pienso que hay que pensar.’ La administración es siempre rutinaria: un individuo en una oficina se arregla los bigotes y os firma el papel. Se necesitaría una inteligencia angélica para gobernar bien, y Dios no hace milagros inútiles.

Detrás del lado flaco humano, tened la costumbre, vos que sois joven, de ver siempre a Cristo inmortal, y con él a todos los santos que reinan ya en el cielo, y a todos aquellos que aquí siguen con todas sus ganas, en humildad y paciencia, al divino Crucificado, con quien reinarán un día. Todas estas cosas no impiden a los santos hacerse muy santos.

Yo que no soy místico, a fuerza de estudiar ya lo sería algo. Hoy no sufro, estoy en calma, incluso tranquilo; podría ir no sé dónde. Tengo mis despojos en esta habitación, pero todo lo demás vuela lejos y muy alto. Os ruego que creáis que no me retiene la tierra. Los hermosos paisajes, todas esas escenas que no puedo ver, no me llenan como las Tres personas. Cuando pienso que el Padre, el Hijo y el Espíritu se ocupan de mí… Ni siquiera la instrucción me satisface ya, salvo la Biblia por las claridades que recibo de ella. Me hace bien pensar en los santos. No se ha de decir, de los santos sale una aureola y como una emanación, Las personas que hacen el bien, siento a su alrededor una atmósfera sui generis; es de orden natural quizás, pero que os arrastra hacia el más allá. No se puede dejar de apreciarlas; se encuentra uno a gusto con ellas. Nos gustaría que siguiera. Pienso que algo así es el misticismo.

Tengo setenta y ocho años, avanzo a toda vela hacia mi eternidad. Pues bueno, para mí no existe otro personaje que cuente, y es Cristo. Tiene una autoridad. La palabra de Dios que ha creado el mundo. Él habla con sencillez, y lo dice todo, todo me lleva a Él. Si no existiera Cristo, ¿qué haríamos nosotros? Ahora, desde este punto de vista, la crítica es bien poca cosa. Tenemos lazos con el mundo invisible, provenimos de Dios, mucho más de lo que pensamos, hasta en las últimas fibras de nuestro ser. Yo no soy otra cosa que la exteriorización de una de las ideas divinas. La gente que de esta forma en el fondo de su voluntad se sienten afectas a Dios, yo creo que Dios no puede rechazarlas. Todos mis esfuerzos se dirigen a sentirme lo más cerca posible. Voy a entrar pronto en mi eternidad. Creo que no he tratado mucho de parecer: bueno,  parecerlo es una tontería, serlo sería suficiente. El gran día de la eternidad es un horizonte tan vasto que nada cuenta ante él. Entretanto, procuro trabajar por la perfección de las almas, por hacerles vivir de un modo razonable. La vida es algo sencillo. Basta con tener la intención de cumplir con el deber para que el bien que hacéis se os tenga en cuenta para siempre. Nosotros los cristianos somos verdaderamente un tertium genus: para nosotros las cosas de la tierra cuentan poco; el después, eso es todo. En la vida de Cristo, mirad cómo está todo orientado hacia su Padre. No hizo más que pasar, y eso demasiado rápido. Así la Iglesia es un lugar de paso. Conocer el autor de tal o cual Escritura, me diréis que no es de suma importancia. Para la vida religiosa, siendo algo vital, las ideas cuentan mucho, pero no es todo. En la verdad, existe una cuestión de oportunidad; nos hemos de preocupar de las almas, por ellos se ha formado la autoridad, y hay que obedecerla por ellas.

Dejar hacer al tiempo: poco a poco las ideas pasan a los hombres; la humanidad no puede abrazarlas todas de una vez. ¿Quién sabe si en el Nuevo Testamento mismo no hay cosas que no entendemos todavía?»

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