René Abot (1677-1730)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
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Por las cartas de la isla Bourbon, del 12 de diciembre del mismo año, el Sr. Crais, prefecto apostólico y superior de esta misión, anunciaba que, el 18 de agosto de 1730, Dios había dispuesto, en Saint-Paul, una de las cuatro parroquias de esta isla, del Sr. René Abot, sacerdote de nuestra Congregación, de cincuenta y tres años de edad, treinta y ttes de los cuales los había pasado en nuestra vocación. Había sido siempre una edificación grande, habiendo vivido, en todas las situaciones, como bueno y perfecto misionero…

El Sr. René Abot había nacido en la parroquia de Nuestra Señora de Mamers, diócesis de Le Mans. Fue recibido en el seminario interno de Angers y, habiendo pasado allí grandes penas de espíritu y escrúpulos muy penosos, le enviaron al de San Lázaro en París, para tratar de curarle de una enfermedad tan aflictiva y peligrosa. Los superiores de esta casa emplearon en ello, sin gran éxito, todos los remedios ordinarios y extraordinarios; pero, al fin, se curó, muy súbita y perfectamente, por una novena que le aconsejaron que hiciera en la tumba de san Vicente de Paúl. Desde entonces dejó de ser escrupuloso, y no ha vuelto a serlo más. Fue siempre en el seminario un perfecto modelo de todas las demás virtudes de la Misión, y de todas las que componen el espíritu de la vocación.

Después de3e estos dos años de seminario, fue admitido a los votos. Se entregó a los estudios con todo el cuidado posible. Siempre recogido, modesto, regular, ejemplar y fiel a todos sus deberes de clase y a todos los ejercicios de la comunidad, todos sus cohermanos le reverenciaban como a un pequeño santo, y se esforzaban en imitarle como a su modelo¸ y sobre este punto no hubo nunca dos voces ni dos sentimientos, el sufragio fue siempre común y perfectamente unánime, porque por una parte, su virtud era sólida, uniforme y constante y que, por otra, fue siempre dulce, bien reglada, y de ninguna forma pesada para nadie.

Tras el sacerdocio, fue dedicado en París a las misiones, para las cuales sentía mucha inclinación, con mucho celo por la salvación de las almas. Predicaba con solidez, piedad y unción. Sobresalía en dulzura en el sagrado tribunal, llorando con los pecadores penitentes, haciendo duras penitencias por los que le parecían endurecidos, y derramando por todas partes el buen olor de Jesucristo Nuestro Señor, tanto en casa como en la iglesia, y en todos los lugares por donde pasaba, siempre modesto, recogido y compuesto como un ángel revestido de una carne mortal. Es el testimonio que dio en particular  el Sr. Abate  Guéret, párroco de Saint-Paul, en París, quien le había visto de muy joven en misión en su parroquia de Brie. Todos los Srs. párrocos de esta diócesis han emitido el mismo juicio.

«Había sentido de Dios, desde su infancia, escribía el Sr. Bonnet, superior general, un gran atractivo por las misiones extranjeras, según me ha contado más de una vez; y recuerdo que, en una de sus comunicaciones, tras varias insistencias que me había hecho para ser destinado allí, me dijo:    «Por más vueltas que le dé, mi querido Padre, tarde o temprano me enviaréis, pues siento bien que Dios lo quiere, y os lo dará a conocer dentro de poco «. » Hace cerca de veinte años, añade el Sr. Bonnet, que escogimos para la misión de Mascaraignas, o mejor dicho la isla Bourbon; os vais a enterar, por la carta del Sr. Criais, su cohermano, cómo se comportó; se lo hemos leído esta mañana a la comunidad, en el momento de la repetición, de lo que todos se han sentido muy consolados  y edificados. De hecho, fue designado para ser uno de los primeros obreros en la isla Bourbon, cuando en 1712 la Congregación fue encargada por la Propaganda de enviar allá misioneros «. Damos aquí alguna información sobre esta isla y sobre los trabajos del Sr. Abot y de sus compañeros.

II

 

L’île Bourbon, descubierta por los Portugueses con ocasión de su primer viaje  a las Grandes-Indias por el cabo de Buena Esperanza, hacia 1545, fue nombrada por ellos Mascaraignes. Esta isla, con un contorno de 200 kilómetros, es de figura ovalada; erizada en su centro por de altas montañas y de colinas como superpuestas unas sobre otras, está cortada por torrentes y precipicios que la hacen inhabitables en muchas partes, sobre todo alrededor del volcán. Mas, por el contrario, su terreno es de una fertilidad notable y su clima de una salubridad que sobrepasa todo lo que la fama ha publicado.

Fue en 1646 cuando los franceses, establecidos en Fort-Dauphin, en la gran isla de Madagascar, desde hacía pocos años, tomaron posesión de ella en nombre de Francia y le dieron el nombre de isla Bourbon; se ha dicho después, isla de la Reunión.

Sirvió de enfermería en la que los enfermos que eran trasladados allí desde Fort-Dauphin recobraban  en poco tiempo una salud perfecta, tanto por la pureza del aire como por el uso de calados hechos con las tortugas de las que estaba por decirlo así pavimentada.

Los misioneros destinados en el colonia de Madagascar, enviados por san Vicente de Paúl y por el Sr. Alméras, su sucesor, iban de vez en cuando a Bourbon para restablecerse y administrar los sacramentos a los enfermos. Así el Sr. Jourdié, sacerdote de la Misión, fue enviado allí en 1667 y estuvo hasta 1671. Comenzó a llevar un registro de los bautismos, sepulturas y matrimonios.

Étienne Regnault, comisionado de la Compañía de las Indias, a quien el presidente de Beaulte había dejado allí en 1665, con  veinte obreros para la construcción de las cabañas y de casas para el uso de los enfermos, levantó en Saint-Paul una capillita de madera. Es la primera de la isla.

La dispersión de la colonia del Fort-Dauphin, llegada por orden de Luis XIV en setiembre de 1674, concurrió a formar de sus materiales la colonia de Bourbon, que se convirtió por este hecho en más numerosa. Los blancos escapados del hierro de los malgaches se establecieron principalmente en Saint-Paul y en Saint-Denis, la que no tardó en tener  también una capilla de madera. Antes de la llegada de los sacerdotes de la Misión, estas capillas no fueron atendidas  por sacerdotes de puesto fijo. Los que se detenían allí  de tiempo en tiempo eran capellanes de barcos, religiosos y seculares, que desaparecían después de algunos meses de estancia; repetidas veces los habitantes solicitaron del arzobispo de París pastores de una conducta regular, y que fijasen su permanencia entre ellos. A consecuencia de esta petición, en septiembre de 1698, desembarcaron en Bourbon dos sacerdotes de las Misiones extranjeras, provistos de cartas del vicario general del arzobispo de París para regular lo espiritual de la isla. Se establecieron uno en Saint-Paul, el otro en Saint-Denis. En 1702, fueron reemplazados por dos sacerdotes  seculares venidos de Europa, a quienes nombraron párrocos de la isla, y continuaron su ruta para sus misiones respectivas. Los párrocos sucesivos no tuvieron una larga permanencia en la colonia.

La religión de los colonos,  como consecuencia del cambio frecuente de  pastores y otras causas, había acabado por confundirse con la idolatría pobre y las supersticiones de los negros empleados en el cultivo de las tierras.

Tal era el estado de los Bourbons cuando desembarcaron los sacerdotes de la Misión. En 1711, la Compañía  de las Indias pidió sacerdotes  para el servicio religioso de la colonia, al cardenal de Noailles, quien transmitió enseguida la petición a Roma. El prefecto de la Propaganda, Sacripanti, propuso esta misión al Sr. Bonnet, vicario general de la Congregación, tras el fallecimiento del Sr. Watel. Respondió que en las circunstancias presentes no podía ni aceptar ni negarse al ofrecimiento  que se había hecho a la Compañía; que el superior general cuando fuera nombrado, estaría en condiciones  de dar una respuesta categórica. Fue él mismo el nombrado.

El cardenal prefecto de la Propaganda renovó esta propuesta  al Sr. Bonnet, quien al ver la facilidad de retomar la de Madagascar, tan querida de san Vicente de Paúl, se rindió a los deseos que le manifestaban  El papa Cemente XI, en el breve que confía esta misión a la Congregación, no la ve sino como continuidad de la de Madagascar, y que estaba formada por los restos  de la del Fort-Dauphin, a la que san Vicente había enviado buen número de obreros evangélicos. (Preámbulo del contrato firmado en 1712).

Cuatro sacerdotes fueron designados: los Srs. Criais, Houbert, Abot y Renou, que fue nombrado superior de sus cohermanos, investido por la Propaganda de los poderes de prefecto apostólico, y provisto por el Sr. Bonnet de instrucciones detalladas sobre la dirección, bien durante el viaje, bien a su llegada a la isla. Se les añadió un hermano coadjutor.

El embarque tuvo lugar en San Malo, el 24 de junio de 1712, en dos navíos de la Compañía de las Indias con destino a Pondichéry. No desembarcaron hasta  diciembre de 1714, en Saint-Denis, donde fueron recibidos como ángeles de paz, con las demostraciones de la alegría más viva, por el gobernador y el pueblo.

Estos misioneros instalados entraron en posesión, el 3 de enero de 1715, de las tres parroquias y de los presbiterios que había en la isla. El Sr. Renoti se quedó con el hermano en Saint-Denis, residencia del gobernador; los Srs. Criais y Abot se establecieron en Saint-Paul, y el Sr Houbert en Santa Susana.

Estos nuevos operarios no se asustaron por la deplorable posición de la colonia; ejercitados por tanto tiempo en las penosas funciones  de las misiones en el campo, se pusieron al punto a la obra con la mayor circunspección, sabiendo bien que un celo imprudente podría comprometer todos los frutos de sus trabajos. Estudiaron el espíritu de las poblaciones, su carácter, sus necesidades, las disposiciones de los maestros y de los esclavos; convenían a menudo sobre los medios que emplear para hacer desaparecer los desórdenes  más escandalosos, instruir a estos pueblos tan diferentes por las costumbres como por su origen, hicieron pues diferentes ensayos y, recogiendo los resultados de su experiencia, publicaron medidas tan sabias, que sus sucesores no tuvieron más que conformarse a ellas para mantener y desarrollar el bien ya comenzado.

El desinterés de los misioneros, los cuidados que prodigaban a los pobres, a los afligidos y a los enfermos, su asiduidad en instruir a los ignorantes, su condescendencia y su conducta siempre ejemplar impresionaban de tal forma a las poblaciones, que se presentaban a ellos, leemos en un relato,  como los primeros fieles de Jerusalén a los Apóstoles, en la disposición de someterse a todo lo que les fuera ordenado, sea para las restituciones que hacer, sea para las ocasiones funestas que evitar y los escándalos que reparar. Los filibusteros mismos, tocados de arrepentimiento, se sometían con una docilidad de niños a sus prescripciones. El Sr. Renou escribía el 8 de abril de 1717 : «El Señor continúa bendiciendo nuestros trabajos y recompensando el celo piadoso, ardiente e iluminado de nuestros cohermanos con un éxito que los consuela en todas sus penas, y los indemniza por los sacrificios que han hecho al dejar todo por agradarle ; el estado de nuestras parroquias no es ya reconocible: los negros mismos, de quienes yo esperaba lo menos, comienzan a ser muy otros, y la palabra de Dios opera cambios sorprendentes en muchos de ellos».

Estos frutos de salvación no fueron pasajeros; en la circular del 1º de enero de 1716, el Sr. Bonnet podía decir, según los relatos de los navegantes, que los misioneros hacían revivir en esta isla las costumbres de la Iglesia primitiva, y que el bien comenzado, mantenido por las misiones y los retiros, hacía una especie de paraíso terrestre.

Así reformada, la colonia crecía a ojos vistas por la llegada de un gran número de colonos atraídos por los beneficios que hacía esperar el cultivo del café moka, introducido en 1716; otros centros de poblaciones se establecían, a los que era urgente darles iglesias. El pequeño número de obreros evangélicos, pesar de su celo, no era suficiente ya para la grandeza de su tarea. El Sr. Houbert se vio en la necesidad, en 1721, de mandar construir de madera, en escala mayor, la iglesia de Santa Susana.

El año 1729 fue desastroso para Bourbon por los estragos de una enfermedad epidémica, traída por un barco que llegaba de las Indias: en cinco meses se llevó a más de mil quinientas personas. Estos estragos se produjeron sobre todo en el barrio de Saint-Paul, atendido por el Sr. Abot, que en esta ocasión cayó herido de la enfermedad que le condujo a la muerte dos años después. El Sr. Bonnet dirigió, con ocasión del fallecimiento de este santo y laborioso misionero, a todas las casas de la Compañía, el 24 de junio de 1731, una circular en la que hemos recogido los detalles ya dados sobre la juventud del Sr. Abot. Por los informes que se acaban de leer sobre los frutos tan consoladores producidos entre los negros sobre todo hasta entonces tan abundantes en la isla de Bourbon, se puede juzgar del celo apostólico del Sr. Abot. La circular del Sr. Bonnet anunció su muerte reproduciendo una carta del Sr. Criais, uno de los cohermanos, en Bourbon, del Sr. Abot.

 

II

 

Hemos leído esta mañana en comunidad, escribía el Sr. Bonnet, la carta del Sr. Criais, y todo el mundo se ha sentido  grandemente consolado y edificado «. Es esta palabra por palabra: » Nuestras cuatro parroquias continúan normalmente: el servicio divino se hace en ellas con decencia y exactitud ; las predicaciones, los catecismos, las instrucciones se hacen sin interrupción. La mayor parte del pueblo se acerca de vez en cuando a los sacramentos. El Sr. Teste, siempre muy amable y muy santo, gobierna la parroquia de Santa Susana. Tiene en su casa al hermano Bernard Gouffé, que  está indispuesto hace algún tiempo. Los Srs. Lesueur y Meinier están en Saint-Paul, tienen en su casa al hermano Landois, quien se ocupa con cuidado de su casa y el mantenimiento a maravilla. El Sr. Caré se halla en la nueva parroquia San Luis, en el barrio de Saint-Étienne, llamado también  l’Étang de Gaule, y yo, pobre anciano, sigo en Saint-Denis con el hermano Pierre Niox, que habéis tenido la caridad de enviarme, y que me parece prudente y laborioso «.

El Sr. Criais continuaba así: » En esta enumeración, me diréis, no hacéis mención del querido Sr. Abot. ¿Qué le ha pasado a este buen misionero? Lo comprendéis ya sin que yo lo explique más Oprimido por el más vivo dolor, no tengo apenas ni la fuerza ni el valor de anunciaros una noticia tan triste y si yo no tuviera por vos el respeto que merecéis y que os debo, me contentaría con deciros en dos palabras que Dios ha dispuesto de él, y que él  está ya en el cielo, sin escribiros más, tan oprimido está mi corazón por el dolor. Pero las circunstancias que han precedido y acompañado su bienaventurada muerte son demasiado edificantes, para que yo no os dé algún conocimiento, y ciertamente no me perdonaríais si no os contara en detalle las circunstancias por las que Dios ha querido llevarse de este mundo a este santo misionero.

«Hacia finales del mes de julio de 1730, el Sr. Abot se sintió violentamente atacado de la misma enfermedad que el año anterior y casi en la misma estación, le había llevado a las puertas de la tumba. A primeros de agosto, habiéndose agravado, me llamaron, y al momento me fui de Saint-Denis para ir volando a socorrerle. A mi llegada me consolaba con que los mismos cuidados que le habían restablecido tan eficazmente la primera vez podrían, con la ayuda de Dios, restablecer la salud de nuestro querido enfermo. Algunos cortos intervalos de mejora parecieron confirmar y aumentar nuestras esperanzas. Ante esta situación, no hubo ni penas ni fatigas  a las que no me entregué durante tres semanas, sin dejarle ni de día ni de noche, a fin de conservar a este amable cohermano. Pero estaba ya maduro para el cielo, y Dios no ha juzgado conveniente dar su bendición a mis desvelos, ni escuchar como la primera vez  mis súplicas y las de todo el pueblo. El mal iba en aumento, y una fiebre maligna, acompañada de una ligera congestión cerebral se unió a sus dolores continuos de estómago y le redujo a una extrema debilidad. Era el 14 o q15 del mes de agosto.

«Nos era fácil prever que nuestro querido Sr. Abot no podría llegar lejos. A partir de este memento comenzamos a tenerle como a una víctima preparada para el sacrificio, y que no esperaba ya más que la hora  de ser inmolado a Dios, en un holocausto de agradable olor. Con esta persuasión yo le administré la extrema unción y el santo viático que él mismo pidió y quiso recibir mientras gozaba todavía de su conocimiento pleno y entero, a fin de, como él decía, de sacar más fuerza, gracias y ventajas de estos dos sacramentos.  Pareció en esta última acción de su vida tal como él debía ser, lleno de fe, de religión y de confianza.  Se puede decir de él que desde ese momento no tuvo ya ante los ojos más que a Jesucristo, su juez y su salvador, a quien consideraba como propicio a recompensar su fidelidad y a coronar sus trabajos, aspiciebat in auctorem fidei. Y es oportuno deciros que, a pesar de la pequeña congestión cerebral de la que os he hablado tenía de vez en cuando algunos momentos lúcidos durante los que elevaba su corazón a Dios, ofreciéndole sus dolores y haciéndole el sacrificio de su vida. Bastaba con decirle algunas palabras de Dios para volverle en sí. Escribí entonces al Sr. Teste quien acudió bastante a tiempo  para recibir los últimos suspiros de nuestro querido e incomparable cohermano. Pasó de esta miserable vida  a una mejor el 18 de agosto, a las diez de la mañana, sin que nos diéramos cuenta de su muerte, si bien los Srs. Teste , Menier , algunas otras personas y yo tuviésemos los ojos clavados en su rostro ; y, lo que es bastante extraordinario, no se vio en él ni agitación, ni cambio de color, de manera que se puede afirmar que no hubo nunca muerte ni más dulce ni más tranquila, y añadiré ni más preciosa  a los ojos del Señor. Por último, el querido Sr. Abot  ha muerto como había vivido, como santo, lleno de días, de buenas obras y de méritos, llorado en toda la isla, y sobre todo de sus queridas ovejas que derramaban lágrimas y lanzaban sus gritos hasta el cielo, mientras se llevaba su cuerpo a la sepultura, que fue enterrado al día siguiente a las siete.

» Qué pérdida para nuestra pobre misión! ¿No puedo yo decir ahora con toda verdad, que la luz se ha apagado en la isla de Bourbon, por la muerte de este querido y precioso misionero ?¿ Qué consuelo puedo yo disfrutar ahora en este mundo después de la separación de un cohermano y de un amigo a quien quería más que a mí mismo ? Yo tenía el título de superior, pero él era quien cumplía todas las funciones, rechazaba el honor para llevar el peso. Y yo, árbol estéril que soy, Dios me deja ocupar inútilmente la tierra, mientras que él corta y desarraiga a otro que se llevaba los frutos, al ciento por uno. Son decretos de la divina Sabiduría en los cuales no me es permitido penetrar, lo confieso; adoro su conducta, aunque un poco dura y severa en apariencia, en relación a mí,  que pierdo al más querido y cumplido de todos mis amigos. Sería inconsolable si no estuviera persuadido de la felicidad  que goza en el cielo, donde sus plegarias, convertidas en fervientes y más eficaces que cuando vivía entre nosotros, serán todavía más provechosas para nosotros y para esta pobre isla, y espero que la presentará a menudo a Jesucristo, nuestro común Maestro, y nos obtendrá la gracia de reunirnos un día con él.

» He necesitado hacer esfuerzos inimaginables  para poder escribir tanto sobre un asunto tan lamentable. Este querido difunto me está siempre presente, y le lloro con la misma sensibilidad que si la muerte me lo hubiera llevado en un instante. Estoy moralmente seguro de que está en el cielo, donde nuestro bienaventurado fundador no habrá dejado de recibirle como a uno de sus más dignos hijos y más perfectos imitadores. La vida verdaderamente apostólica que ha llevado durante treinta y tres años que he tenido la suerte de conocerle, y de los que he pasado veintidós con él, no me deja  la menor duda en este asunto; a pesar de ello, apenas puedo recobrar valor, y si Dios no me sostiene, temo caer enfermo yo mismo, tan vivo es mi dolor y tan extrema mi aflicción.

Tal vez, Señor y muy honorable Padre, después de este largo discurso, esperáis todavía de mí que os dé un compendio  de las virtudes que se han visto en nuestro querido difunto Ah, Dios mío, ¿de quién no son conocidas? ¿Acaso no ha sido toda su vida una imagen de Jesus predicando y conversando entre los hombres? ¿Acaso no ha sido una de las copias más fieles de este divino original? En la permanencia que estuvo en la casa de San Lázaro, ¿acaso no ha derramado un olor de santidad y de virtud que aún se siente? Para hacer en pocas palabras el elogio de este virtuoso misionero, me parece que es suficiente decir que ha sido siempre  tal como se le ha visto en esta gran casa, siempre tan sencillo, tan humilde, tan afable y tan obediente como el más fervoroso seminarista; nunca se ha visto variación alguna en su conducta. El ha caminado siempre a paso de gigante por el camino de las virtudes, y las que creo haber sido las más notables en él, son las mismas que las que componen el espíritu de nuestro santo estado,  es decir un gran celo  por la gloria de Dios y la salvación de las almas, un amor tierno y pleno de compasión por los pobres, una mortificación continua, y por último una gran exactitud en todos los ejercicios de piedad, en particular en la oración de la mañana.

» Aunque no tuviéramos en la vida de nuestro querido difunto un testimonio continuo de su celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas, lo que ha hecho el último año durante la cruel epidemia que ha afligido a nuestra isla, bastaría solo para convencernos. Estuvo solo asistiendo, consolando, visitando, administrando a más de mil doscientos enfermos, de los que ochocientos al menos sucumbieron. Los que han sido testigos oculares de las penas y fatigas inmensas que ha soportado este celoso misionero, pueden solos hablar convenientemente. En cuanto a mí, que le he visto de cerca, mil veces me he quedado estupefacto preguntándome cómo un solo hombre podía ser suficiente para un trabajo que tres o cuatro de los más robustos no habrían podido sobrellevar. Estaba en pie día y noche, siempre en camino para visitar, consolar a los moribundos y administrarles los últimos sacramentos. Sus fatigas han sido seguramente la causa de esta peligrosa enfermedad que le ha conducido a las puertas de la muerte, y la que acaba de llevárselo no ha sido más que el efecto y la continuación.

«Pero si el Sr. Abot ha mostrado tanto celo por la gloria de Dios y la salvación del prójimo, no ha empleado menos solicitud en aliviar los sufrimientos de sus hermanos. En el momento que conocía que alguien necesitaba socorro, su corazón enternecido no pensaba en otra cosa sino en los medios de socorrerle, y su industriosa caridad, que no desanimaban  nunca las dificultades, tenía siempre recursos y expedientes  desconocidos para otro que no tuviera un corazón tan generoso y tan terno como el suyo. Veamos un rasgo entre mil que podría citar: Hace algunos años un navío extranjero fue capturado cerca de  Saint-Paul. Los oficiales y la tripulación fueron hechos prisioneros; como consecuencia de la escasez de los víveres no se dio a estos pobres desdichados más que la mitad de lo necesario para la vida de un hombre. El Sr. Abot fue avisado: el mal le pareció grande  y el remedio difícil, pero no para rebajar el ritmo de su caridad. Comenzó primeramente por sacar de su casa y de sus pequeñas provisiones todo lo que se necesitaba para mantener  a estos desafortunados durante una semana. Recorrió luego las casas de los particulares que él creía más capaces de socorrer  a sus protegidos. Les hablaba con calor, y sus palabras, robustecidas con su ejemplo,  tuvieron tal fuerza que encontró con qué alimentar a estos pobres presos durante un tiempo muy largo, y los colocó en estado de hacer envidiar sus suerte a muchos de nuestros habitantes que decían bien claro que eran tratados peor en sus casas  que estos marineros en su prisión. Que se pregunte a la mayor parte de los que han llegado últimamente a nuestra isla, y que, en lugar de encontrar allí una fortuna ya preparada al desembarcar, se vieron reducidos a la última miseria: ¿quién los ha ayudado, socorrido, aliviado en sus  necesidades agobiantes? ¿Acaso no ha sido el querido e inapreciable Sr. Abot?

«El espíritu de penitencia y de mortificación ocupaba gran parte de todas las acciones de este virtuoso misionero. No desayunaba casi nunca, excepto los dos o tres últimos años que se había sometido por complacencia  a tomar cada mañana un poco de café. Dormía en el suelo, o si se quiere, en una piel de buey extendida en una tabla, siempre sin sábanas y a menudo sin manta. Tan pronto como se despertaba, aunque fuera medianoche o la una, se levantaba para ir a colocarse al pie de un árbol donde se pasaba en oración hasta amanecer. Este género de mortificación ha arruinado su temperamento naturalmente muy robusto; y cuando se lo decía yo: ‘Bueno, bueno, decía él, hace mucho que me predijeron que yo acortaré mi vida, y ya veis que he pasado los cincuenta años’.

» Por último, Señor y muy honorable Padre, puedo decir con toda sinceridad que nunca he conocido a un misionero tan exacto en todos sus ejercicios como nuestro querido difunto. Nuestra vida es bastante distraída: nos vemos obligados con frecuencia a caminatas y a viajes, durante los cuales es difícil ser tan regulares como en casa; además, el cuidado de la parroquia nos obliga permanecer de pie por la noche como por el día, para visitar y administrar a los enfermos que nos llaman, lo que no deja de producir trastornos. A pesar de ello,  nada era capaz de hacerle faltar al Sr. Abot a la oración por la mañana. Yo le he visto siempre, a cualquier hora que hubiera regresado de junto a los enfermos, levantarse a las cuatro y encontrarse en la oración. Es sin duda esta exactitud en un tan santo ejercicio lo que le ha mantenido en la práctica de las virtudes que le han hecho tener por santo, incluso en vida, y que han hecho decir a uno de los mejores cristianos que yo haya conocido (se trata del Sr. de Beauvollier, nuestro antiguo gobernador)  que si vinieran a decirle que el Sr. Abot ha hecho algún milagro, no le sorprendería nada. Por último, Señor y muy honorable Padre, si quisiera hacer un compendio exacto de todo cuanto hay de admirable en la vida, la conducta, y las acciones de nuestro querido difunto, habría materia para un grueso volumen. Lo que tengo el honor de escribiros basta, me parece, para dar a conocer  a todo el mundo que ha correspondido perfectamente a la alta idea que os hayáis formado de su virtud, de su mérito y de su santidad «.

» Tales son, añadía el Sr. Bonnet, las labores de la carta del Sr. Criais. Por lo demás, continuaba él, es el verdadero retrato de la vida y de las virtudes de nuestro querido cohermano difunto. Quiera el príncipe de los pastores, el obispo de nuestras almas, Jesucristo, Nuestro Señor, concedernos la gracia de reemplazarle por otro santo sacerdote que le iguale en virtud, en perfección y en méritos! Que tenga a bien hacer venir a nuestra Congregación, sujetos tan llenos de celo de la gloria de Dios y del espíritu de nuestro bienaventurada Padre, y darnos a todos imitarle perfectamente hasta la muerte! » – Circulaires des Supérieurs généraux, t. I, p. 380 ; Annales de la Mission, t. XXVII, p. 159 et suiv.

 

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